Citábamos en un ensayo anterior cierta observación de Bergson sobre lo

cómico, y es que tan pronto como un personaje cómico inspira interés o

simpatía, cesa el efecto risible, cesa lo cómico. Así es, en efecto.

Cesa lo cómico, pero no nace necesariamente lo dramático sino cuando la

interioridad del personaje externamente cómico en la cual penetramos es

de naturaleza dramática, a causa de las pasiones o torturas que le

atosigan y remueven. Pero si el alma, imbuída en cuerpo risible, se nos

ofrece clara y desnuda, como un alma, no ya violenta y exaltada, sino de

normal diapasón, tierna, sencilla y en servidumbre de flaquezas comunes

y parvas contrariedades, que ella, en la estrechez de su conciencia a

que ha reducido el vasto mundo, se las figura de aspecto desmesurado y

trágico sentido, entonces se origina en nosotros un sentimiento

equívoco, epiceno de serio y de cómico; con el corazón estamos al lado

del alma cuitada, pero con la inteligencia analizamos su cuita y echamos

de ver que la desproporción entre la causa y el resultado nos induce a

una sonrisa de burla que la compasión nos reprime; no ha cesado ahora

para nosotros el efecto cómico del exterior del personaje, pero lo

cómico material se ha modificado, amalgamándose con lo

cómico-psicológico y con la simpatía; no asoman las lágrimas a nuestros

ojos, ni la sonrisa a nuestros labios, sino que permanecen dentro de

nuestro pecho, derretidas y envueltas las unas en las otras, pugnando

con tenue congoja por salir, aunque sin querer manifestarse. En suma,

nace entonces una de las maneras de humorismo: lo cómico romántico.

El género apropiado para presentar el humorismo de los caracteres es la

novela, puesto que, como hemos notado, los caracteres humorísticos se

corresponden con almas de normal diapasón que a sí propias se definen,

no mediante acciones extraordinarias, sino a lo largo de una copiosa

sucesión de hechos menudos y débiles vislumbres psicológicos, los cuales

recoge a su entero talante y con dilatada holgura el novelista, en tanto

el dramaturgo no dispone sino de pocas y culminantes acciones. Dickens,

en primer término; luego, Daudet, y, entre nosotros, Galdós y Palacio

Valdés, son maestros en la concepción y desarrollo de esos caracteres

humorísticos, cuerpos de ridícula traza y de entrañas sanas, de alma

buena y un tanto ridícula al propio tiempo, criaturas conjuntamente

bufas y adorables.

Galdós ha llevado alguna vez con éxito al teatro a estos personajes: don

Pío Coronado, de _El abuelo_; don Pedro Infinito, de _Celia en los

infiernos_. Pero deben advertirse dos circunstancias acerca del modo

como Galdós saca a escena estos personajes, a diferencia de cómo ellos

mismos, u otros de la familia, discurren a través de las novelas

galdosianas. Primera: los caracteres humorísticos de Galdós, en la

novela, están desarrollados con todo pormenor y deleitación; en el

teatro, no más que insinuados. Segunda: en la novela, el pergenio físico

de estos personajes abunda en trazos caricaturescos y agudos que punzan

inmediatamente los músculos de la risa; en el teatro, la caricatura se

mitiga hasta casi desaparecer, sin duda porque Galdós comprendía lo

arriesgado que es reunir teatralmente lo ridículo con lo patético en

todas las acciones y movimientos de un mismo personaje. Por

consiguiente, estos caracteres humorísticos son personajes secundarios

en el teatro de Galdós, en tanto el señor Trevélez es eje de la obra de

Arniches, aunque otra cosa diga el título de ella, y su carácter va

desarrollándose puntualmente en la experiencia espiritual del

espectador, a tiempo que, ante la experiencia sensible, se le está

mostrando, sin cesar, en caricatura. Por si acaso, traduciré este

concepto con mayor claridad aún. El espectador, tal como advierte con

sus sentidos al señor Trevélez, tal como le ve y le escucha, tal como le

juzga, por la experiencia sensible y externa que de él tiene, halla un

cúmulo de ridículas particularidades, que son otros tantos estímulos

para que la malignidad burlesca, que yace ingénita como integrante del

ser elemental humano, tome a chanza al señor Trevélez y se ría a su

costa. Pero, al propio tiempo, el espectador, por ministerio artístico

del dramaturgo, va pasando insensiblemente por otra experiencia de orden

espiritual, va compenetrándose con el alma del señor Trevélez, hasta que

se le aparece toda desnuda y delicada, y en este instante el personaje

teatral es digno de veneración sin dejar de ser ridículo. Conservar en

el fiel la balanza, con risas y lágrimas contrapuestas, es de extremada

dificultad en el arte dramático. La risa suele sobreponerse, y, al

desbordarse, la primera víctima es el autor. Añádase a la anterior

dificultad otra, peculiar del carácter del señor Trevélez. La

generalidad de los caracteres humorísticos son ridículos sin saberlo, y

hasta, por un fenómeno de inversión psicológica, reputan como admirable

lo que es ocasión de su ridiculez; por ejemplo, aquella señora de una

novela de Dickens que se ufanaba de una nariz absolutamente ridícula,

porque ella creía que era de clásico perfil, a lo Coriolano. El señor

Trevélez, en cambio, es deliberadamente ridículo, en holocausto al amor

fraternal; los que en torno de él giran y le dan vaya le imaginan

ignorante de su propia ridiculez. Presentar en escena un carácter con

tales matices y contradicciones aunadas era sobremanera expuesto. El

señor Arniches acertó a infundir tanto caudal de

humanidad en el señor Trevélez que

este personaje, una vez conocido,

permanece alojado en

las moradas de nuestra

memoria.

[Nota: _LA TRAGEDIA GROTESCA_]

[Nota: QUE VIENE MI MARIDO]

ARNICHES CALIFICA su última obra, _Que viene mi marido_,

de tragedia grotesca. ¿Qué nuevo concepto engendra este peregrino

ayuntamiento de antiguos conceptos: lo trágico y lo grotesco? Para los

que emplean las palabras sin ponderación ni examen, concediéndoles sólo

un valor aproximativo, lo grotesco es lo cómico exagerado y lo trágico

es lo dramático exagerado. Como quiera que el límite máximo y fatal de

la tragedia es la muerte, infiérese, según este sumario método de

discurrir, que la tragedia grotesca se reduce a comentar con bufonadas

la muerte. Si se añade que esta actitud ante la muerte no es la usual,

resulta que aquellos angostos, livianos y aproximativos entendimientos,

para los cuales lo real es lo usual, ya que no alcanzan ni por ende

admiten otra realidad que la acostumbrada, vienen a dar en que la

tragedia grotesca por fuerza ha de ser una forma falsa, arbitraria y

despreciable de arte. No pocos juicios de este linaje aparecieron con

ocasión de la última obra de Arniches. Se dijo que era una astracanada

lúgubre, una farsa macabra sin verosimilitud alguna. Esto de la

verosimilitud me recuerda cierto sucedido. Un famoso ceramista español

mostró a un su amigo, escritor, un ánfora que acababa de hacer, en la

cual campeaba una gran águila heráldica. El escritor sonrió

compasivamente ante aquel avechucho de dos cabezas, cuatro patas y

plumas historiadas y simétricas, y aconsejó al ceramista que en lo

sucesivo procurase hacer las águilas más verosímiles y conforme a

naturaleza. Luego, por su cuenta, decía irritado el ceramista: «¡Qué

bruto! No se ha enterado de que es un águila _estilizada_.» En efecto,

el arte no siempre persigue la verosimilitud. A veces, la voluntad del

artista se sobrepone a la realidad--que no otra cosa es el estilo, «el

estilo es el hombre»--y deforma o transforma las formas naturales; por

ejemplo, en las artes decorativas, y dentro de la dramaturgia, en la

farsa.

La farsa macabra no es de desdeñar, y menos en España, en donde viene de

tradición milenaria y acaso por idiosincrasia espiritual. Su origen

patente se remonta a Séneca, a quien Nietzsche llamó, con expresión

feliz, «el torero de la virtud». El estoicismo de Séneca se diferencia

de las demás disciplinas de estoicismo por lo pronto en el tono, que así

como en éstas es austero y enjuto, en aquél es socarrón y pingüe. El

estoicismo tiene dos aspectos: uno positivo, la práctica de la virtud;

otro negativo, la serenidad ante las adversidades y la muerte. El

estoicismo ibérico se desentendió de lo positivo, y así se quedó en una

moral negativa, compatible con toda inmoralidad activa. Séneca predicaba

la virtud, pero la burlaba con ágiles quiebros y vivía muellemente. La

picaresca española es la historia anecdótica del estoicismo senequista

en acción. El pícaro era un estoico y un sinvergüenza. El pícaro se

reía, con ánimo sereno, del hambre, del sufrimiento y de la muerte. En

la literatura española hay innumerables testimonios de inversión de lo

patético en bufo. En el último tercio del siglo XIX eran tipos cómicos

obligados del sainete y de la caricatura el maestro de escuela y el

cesante, desastrados y hambrientos. Lo que ahora denominan «el fresco»,

personaje imprescindible en las obras bufas, no es sino supervivencia

del pícaro. La insensibilidad española se corresponde con el senequismo,

esa sofisticación del estoicismo; porque el estoicismo persuade a la

insensibilidad y entereza en las propias adversidades, pero no induce a

la burla y dureza con las adversidades ajenas, antes al contrario; en

tanto el español suele ser tan árido para el dolor de los demás como

para el propio.

La aridez y sequedad de ternura de que adolece el pueblo español las

puso Arniches de manifiesto en _La señorita de Trevélez_,

contrastándolas con lo florido y tierno de dos almas, humanas

verdaderamente, que se disimulaban bajo una envoltura corporal ridícula.

En la tragedia grotesca _Que viene mi marido_, Arniches realiza una obra

de estilo, o, si se quiere, de estilización, sobre aquel rasgo

característico de españoles: la insensibilidad. El autor ha tomado como

punto de partida la insensibilidad (o senequismo, o picarismo) del

carácter español, y la va desarrollando y perfilando, sin cuidarse de la

aparente verosimilitud, y sí sólo de la expresión, hasta consumar un

edificio imaginario, que, no por artificioso, deja de ser en el fondo

más real y sugestivo que la copia mecánica y naturalista de un suceso

cierto, pero fútil.

No olvidemos advertir que el picarismo, o senequismo rahez y anecdótico

se define en la práctica por una nota intelectual, que es como su última

diferencia, junto a todo el resto de normas de conducta. Es desde luego

el picarismo un estoicismo o moral negativa que se compagina

maravillosamente con la inmoralidad activa. Pero no basta ser estoico y

sinvergüenza para ser pícaro, como no basta, según Quevedo y Chamfort,

ser marido engañado para ser cornudo. El título diplomado de pícaro

exige una certificación de aptitud intelectual específica: maliciosa

agilidad con que burlar y torear a la virtud, inventiva de recursos con

que salir campante de lances prietos, sutileza de ingenio con que

industriarse a través de la vida. Los pícaros son caballeros, pero

caballeros de industria. La escuela de picarismo es la necesidad,

conforme aquella sentencia: «La necesidad aguza el ingenio». Pero no

todos aprovechan la enseñanza de esta escuela. En definitiva, que el

ingenio es la nota diferencial del picarismo; ingenio más de acción que

de labia. Luego veremos cómo en la tragedia grotesca de Arniches

resplandece rarísimo ingenio.

Y ahora puntualicemos el calificativo de tragedia grotesca.

Comencemos por lo grotesco. Conceder que lo grotesco es lo cómico

exagerado es conformarse con poco; viene a ser como decir que una casa

es un gabán de piedra o que un gabán es una casa de paño. Primeramente

nos encontramos con que la palabra «grotesco» no es castellana, sino

italiana, si bien le hemos suprimido una _t_. La voz italiana es

_grottesco_, que viene de _grotta_: gruta. En castellano debiera

decirse grutesco, y así se dijo. En una edición añeja del Diccionario de

la Academia se describe así lo grotesco: «Adorno caprichoso de bichos,

sabandijas, quimeras y follajes; llamado así por ser a imitación de los

que se encontraron en las grutas o ruinas del palacio de Tito. _Florum

frondiumque et pomorum insectorum insuper deformiumque animalium

implexus atque contextus._» Se refiere a la arquitectura y a la pintura.

Es, por lo tanto, un procedimiento decorativo o de estilización, en que

el designio del artista se sobrepone a la rutina de las formas naturales

acostumbradas. Es lo grutesco, en su primera apariencia, arbitrariedad

inverosímil; trátese de artes plásticas o ya se trate de literatura.

Pero sólo en su primera apariencia, pues, como más arriba se ha dicho,

estos artificios imaginarios son a veces más reales que la copia

mecánica de la naturaleza. En este sentido: que la copia mecánica repite

los resultados de la actividad de la naturaleza, sus obras acabadas, o

sea, lo ya rígido, lo ya sobreseído, lo ya inerte, lo ya muerto; en

tanto, la finalidad de esos artificios imaginarios de arte estriba en

imitar a la naturaleza en su manera de obrar, en lo flúido, lo continuo,

lo sensible y lo vivo. ¿Reproduce lo grutesco la naturaleza en su

manera de obrar? Sin duda. Por lo grutesco, el arte se anticipó en

adivinar una doctrina que la ciencia, al cabo de muchos años, se había

de hacer la ilusión de descubrir: la doctrina de la evolución natural.

Sostiene esta doctrina que la infinita diversidad de formas naturales no

fueron creadas _ab initio_ y de sopetón, sino que de la prístina e

insensible materia fueron surgiendo, por evolución, las formas

inorgánicas, las vegetales, las zoológicas y las humanas. La naturaleza

está de continuo en vías de transformación, si bien los hombres en

general no ven sino las transformaciones conseguidas y desconocen el

nexo inequívoco entre una y otra, no de otra suerte que el espectador de

un teatro ve salir en escena un actor como rey, y poco después el mismo

actor como bufón; pero se le oculta aquel período en que el actor, en

trance de transformarse dentro de su camarín, es a medias rey y a medias

bufón. Lo grutesco imita plásticamente a la naturaleza en período de

transformación y evolución; de aquí que sus manifestaciones sean

monstruosas a la par que bellas.

Lo grutesco no está imitado de la gruta de Tito, como dice la Academia,

sino de todas las grutas. Penetramos en una gruta, y las

anfractuosidades de la roca, insinuadas a través de la penumbra y

animadas de soslayo por la luz, fingen abigarrado hacinamiento de formas

fantásticas: frondas, flores, frutos, insectos y mil deformes animales,

como reza el texto latino antes citado.

Todas estas formas vegetales y animales no se presentan autónomas,

separadas, distintas, sino envueltas, enredadas (_implexus_); y aun más,

entretejidas y en continuidad no interrumpida (_contextu_); de suerte

que las vegetales brotan de las minerales, sin emanciparse enteramente

de la inercia, y las animales de las vegetales, sin eximirse del todo de

la naturaleza vegetativa, estableciendo así una jerarquía de lo inferior

a lo superior (_insuper_), de lo más sordo a lo más sensible. En el seno

de la gruta se nos revela esa lucha latente y titánica del Universo por

esclarecerse a sí propio, por humanizarse, por darse cuenta de sí mismo,

_ideal_ que se alcanza definitivamente en los más elevados vuelos del

alma racional: la filosofía y la poesía, la comprensión intuitiva y la

especulativa.

Huelga traer ejemplos de lo grutesco plástico, puesto que se emplea como

ornamento en casi todos los estilos arquitectónicos y de mueblería. La

poetización patética de la esencia de lo grutesco la expresó Rodin en

su famosa escultura «El Pensamiento», en donde una delicada y

evanescente cabeza femenina va surgiendo, angustiada y serena, de un

bloque de piedra mármol. Porque, ciertamente, en el pensamiento más puro

y desasido de lo concreto actúa una fuerza de gravitación hacia la

materia bruta, como si la roca aspirase con ciega energía hacia el

pensamiento, y el pensamiento, fatigado de conocer, sintiese en todo

punto la nostalgia de ser roca. En España nos ufanamos de un

extraordinario dibujante de lo grutesco deforme, un creador fecundísimo

de formas fundidas e implicadas, pertenecientes a los tres reinos da la

naturaleza: Bagaría.

Trasladando las observaciones anteriores a la motivación psicológica,

que es el terreno de lo dramático, clasificaremos con almas grotescas

aquellas en que las formas superiores de la conciencia aparecen

implicadas, apenas nacientes y casi absorbidas en las formas inferiores

del instinto; almas oscuras que en vano se afanan hacia la claridad;

pequeños monstruos inofensivos, porque ni el instinto ni la inteligencia

están lo bastante deslindados para determinar acciones violentas. En

estas almas hay un asomo de conciencia, que es lo que de ellas sale al

exterior; pero la conciencia está reintegrada en el instinto, que es el

móvil recóndito y confuso de los actos que ejecutan. La mayor parte de

los hombres poseen un alma grotesca. Arniches, en su última obra, nos

presenta unas cuantas almas grotescas, y nos las presenta grotescamente,

como es debido; unas cuantas almas que se juzgan libres, pero que están

enraizadas en el bajo subsuelo del instinto de codicia.

Se levanta el telón. Una sala modestamente amueblada. Se oyen ayes y

alaridos en aposentos interiores. Varios personajes salen y entran

atraviesan aturdidos la escena. Acuden unos vecinos. ¿Qué pasa? Una

madre y una hija que están accidentadas. ¿Por qué? Los personajes, en su

aturdimiento, olvidan satisfacer nuestra curiosidad, que va subiendo de

punto, aguijada por varios lances ridículos, hasta que, promediado el

acto primero, nos informamos de todo. ¡Un drama terrible! La niña de la

casa, Carita, tenía un padrino millonario, que la ha dejado heredera.

Pero... según condición que impone el testador, la niña no podrá entrar

en posesión de la fortuna sino al quedarse viuda. La carta del notario,

con el testamento, se les ocurrió leerla estando presente el novio de la

niña, Luis, que es estudiante de Medicina. La niña y su madre han caído

con sendos patatuses. El novio se pone pálido, se apoya en el hombro de

un tío de la niña, y exclama: «Ay, don Valeriano, qué infamia... Yo me

muero.» Y el buen tío replica: «Hombre, todavía no; espera a ver, espera

a ver...» Pero ¿cómo se le ocurrió al padrino semejante infamia? ¿Sabía

que la niña tenía novio? Sí, lo sabía, y por celos, lo aborrecía. Había

pretendido casarse con su ahijada, y como ésta se negase, él le había

respondido, avieso y sentencioso: «Yo te prometo que algún día desearás

la muerte de ese hombre.» Por evitar que llegue ese día, el estudiante

no quiere casarse. Consternación en la familia. Examinan entre todos las

posibilidades y contingencias futuras. No hay solución satisfactoria. El

padrino les ha condenado a una vida amarga y desesperada. Se imagina uno

al viejo, riéndose con faz sardónica de ultratumba. Por cuanto, he aquí

que un compañero del novio da con una idea que anulará el pérfido

conflicto póstumo promovido por el padrino. Este compañero, llamado

Hidalgo, se explica así: «Hay en mi sala del hospital un enfermo que

lleva allí dos meses. La afección que aqueja a este quídam se ha hecho

incurable, según el pronóstico de las diez y ocho eminencias médicas que

le han visitado. Ha entrado esta mañana en el período preagónico.»

Hidalgo propone que Carita se case _in articulo mortis_ con el enfermo;

se quedará viuda al día siguiente, y, ya millonaria, se casará con su

Luis. Después de cortas dubitaciones, la familia se somete al plan

facultativo. La codicia les ha dado aliento y esperanza.

Este acto es delicioso de movimiento, comicidad y donaire. Pero hasta

aquí no aparece la tragedia; cuando más, un drama conjurado a tiempo, a

la picaresca, por industria del ingenio.

La tragedia grotesca comienza en el acto segundo. Realmente el modo de

concebir Arniches la tragedia grotesca es de una penetración y agudeza

asombrosas. Algunos revisteros teatrales se figuraron que el autor

calificaba su obra de tragedia grotesca porque se disponía a tomar la

muerte a chanza. Sorprendente miopía del entendimiento, cuando el

concepto de tragedia grotesca se descubre tan paladino en _Que viene mi

marido_.

Hemos visto que lo grotesco sorprende a la naturaleza en vías de

transformación, y cómo en lugar de repetir servilmente las obras

acabadas y rígidas de la naturaleza toma las formas naturales más

superiores y nobles y las ofrece, desenvueltas, sin solución de

continuidad, en varios antecedentes de formas inferiores. Así, en un

mascarón de talla grutesca observamos algunas facciones cabalmente

humanas y otras que degeneran hacia la animalidad, el mundo vegetal, y,

por último, la materia inorgánica; acaso las orejas se retuercen y pasan

a ser alas de dragón; quizás la lengua, que sale de la boca, es lengua

al principio, luego penca de acanto, luego columna arquitectónica. Cabe

en lo grutesco la posibilidad de subvertir el orden de la naturaleza a

voluntad del hombre, comenzando por lo último para concluir por lo

primero, como se hace, por ejemplo, con una cinta cinematográfica.

¿Habéis visto, por ventura, una cinta cinematográfica a la inversa? Todo

va hacia atrás, todo se retrotrae. De una lisa superficie de agua surten

al pronto sinnúmero de gotas que, trazando una curva gentil, van a

reunirse en un punto, de donde sale disparado, cabeza abajo, un hombre

con taparrabos, el cual se eleva prodigiosamente en el aire hasta caer

de pie en lo más avanzado de un trampolín. Algo semejante a esto será lo

grotesco, aplicado a la tragedia. Una tragedia grotesca será una

tragedia desarrollada al revés.

¿Y qué es una tragedia al revés? Arniches lo ha resuelto, con certera

perspicacia. En la tragedia, la fatalidad conduce ineluctablemente al

héroe trágico a la muerte, a pesar de cuantos esfuerzos se realicen por

impedir el desenlace funesto. El héroe trágico no tiene más remedio que

morirse. Por el contrario, el héroe de la tragedia grotesca no hay

manera de que se muera ni manera de matarlo, a pesar de cuantos

esfuerzos se realicen por acarrear el desenlace funesto. Tal es el tema

de los actos segundo y tercero de _Que viene mi marido_.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 10 / 15 段