En cuanto a la técnica, _Casa de muñecas_ señala la revolución teatral

de los tiempos modernos. Una revolución que, como todas las revoluciones

sinceras, consistió en la vuelta a las eternas normas de la cultura

grecorromana. En efecto: la perfección técnica de _Casa de muñecas_ y de

las obras que inmediatamente le siguen en la producción ibseniana es tan

acabada que, para hallarle adecuado parangón, es fuerza retraerse a los

modelos de Sófocles, el más ducho de los trágicos griegos. No hay en

_Casa de muñecas_ ninguna frase brillante, pero tampoco hay una sola

expresión baldía, o que no tenga íntima significación psicológica, o no

esté estrechamente ligada a la acción dramática.

A nuestro juicio, la interpretación de _Casa de muñecas_ por la compañía

de Eslava es la más justa, cuidadosa y viva de cuantas obras hemos visto

representar en aquel teatro o en cualquiera otro, durante esta

temporada. La señora Catalá y los señores Hernández, París y Vega, están

como deben estar, ni más ni menos, que es lo difícil.

Nora es, de todos los personajes de Ibsen, el más rico psicológicamente.

Por eso ha seducido a las más famosas actrices. En la primera parte de

la obra, Nora es como una niña; a propósito para ser representada por

una actriz de las llamadas ingenuas. Huelga añadir que la señora Bárcena

ha incorporado este preliminar del carácter de Nora con insuperable

primor y encanto. Todos admiten unánimemente que este tipo de mujer es

el que cuadra mejor con las particularidades físicas de la señora

Bárcena y con su peculiar estilo escénico. Pero, sobreviene un instante

supremo en el carácter de Nora: el tránsito del alma niña y atolondrada

al alma adulta, recogida en sí misma y abarcando con estupor los

ámbitos enormes de su conciencia y de su propio destino. En el instante

de esta crisis espiritual, la señora Bárcena llegó a la plenitud de

olvido de sí misma y de inmersión en el alma del personaje figurado.

Puede decirse que aquella escena para la señora Bárcena, fundida con

Nora, fué no tan sólo el tránsito del alma niña al alma adulta, sino

también el tránsito del arte de la ingenua al arte de la gran actriz.

Creo que este es el elogio más acendrado que se le puede hacer. Y

presumo que la mayoría de los espectadores son de mi opinión.

La versión, excelente, de _Casa de

muñecas_ al castellano, es del

señor Martínez

Sierra.

[Nota: _LA COMEDIA POLÍTICA_]

EN LO QUE VA de temporada teatral, la musa escénica, en

plena fecundidad y entre otros varios actos maternales, ha tenido un

alumbramiento de tres mellizos, de los cuales el primero, nada viable,

adoleció y desfalleció al salir a la luz de las candilejas; el segundo,

algo alfeñicado y disforme, logró días contados de vida, y el tercero,

clamoroso, pataleador y sanote hasta la antipatía, esta es la hora que

continúa clamando y pataleando.

Con las anteriores expresiones figuradas, quiero aludir a los estrenos,

casi sincrónicos, de _En Ildaria_, del señor Grau; _Esperanza nuestra_,

del señor Martínez Sierra, y _El pueblo dormido_, del señor Oliver,

comedias que considero mellizas por razón de la semejanza de sus rasgos

y carácter. Las tres pertenecen a una misma norma o matriz, que

denominaré «comedia política», a falta de otro mejor y aun a sabiendas

de que este nombre encierra una antinomia o una redundancia.

¿Con qué se come eso de la comedia política, y por qué, ya en el punto

de bautizarla, aparece la superfluidad o la antinomia y el absurdo?

El arte dramático, a diferencia de todas las demás artes, es un arte que

no admite el individuo, ni la soledad. La poesía lírica, no sólo puede

ser, sino que por naturaleza es solitaria. Está consagrada al individuo

en cuanto individuo; va en derechura a llamar en las puertas de su

recóndita alma personal. Lo mismo la pintura. Lo mismo la escultura. Lo

mismo la música. Está el hombre, a solas con su unidad y autonomía,

frente al libro que lee, el cuadro o estatua que contempla, el

instrumento que suena o la voz que canta. Las obras de cada una de estas

artes van encaminadas a un hombre solo, o a cada uno de los hombres, en

soledad imaginaria. La relación de la obra y el espectador es siempre

unilateral, aun cuando sean muchos los espectadores. Su eficacia se

ejerce sobre la propia conciencia individual, afinando y elevando las

cualidades superiores del espíritu.

Pero no se concibe un teatro para un solo espectador.

Cuando la poesía lírica deja de ser solitaria y unilateral para

convertirse en coro, se desvanece la poesía lírica y brota la poesía

dramática. Lo mismo con la música, la lírica y la dramática. Así nació

la tragedia griega, y de ella nuestro teatro occidental. Cuando la

pintura deja de ser solitaria, se trueca en pintura escénica.

El arte dramático no admite la soledad. El teatro es un espectáculo

público. Supone la agrupación de hombres que viven civilmente. En este

sentido, una obra teatral cualquiera ofrecerá por fuerza un aspecto

político. El aditamento de política añadido al nombre de comedia, antes

que precisión, trae redundancia.

Sin duda, el espectador que sale de ver una buena comedia, ya no es el

mismo que entró; ha sufrido una modificación, habiendo pasado a través

de nuevas experiencias, intensas y expresivas. No vale decir que el

espectador no ha hecho sino divertirse. Aun siendo así, divertirse

consiste en adquirir experiencias nuevas. Pero el espectador sale,

después de la comedia, modificado muy de otra suerte que de un

concierto, o de un museo, o después de haber leído un libro.

En el caso de las demás obras de arte, han sufrido una disciplina de

mejoramiento aquellas facultades del espíritu que exaltan la

personalidad y proporcionan una perspectiva única en la visión del

mundo; como si dijéramos las facultades estéticas.

En el caso de la comedia, la disciplina de mejoramiento ha obrado sobre

las facultades de relación, sobre las facultades morales, tomando lo

moral en su acepción más capaz. El arte dramático no hace sino mostrar

ejemplos de inadaptación a la armoniosa vida en común, bien sean graves

y patéticos, como en la tragedia, ya sean ridículos y de menos fuste,

como en la comedia y en la farsa. De aquí que en el frontispicio de la

escena se acostumbrase inscribir estos rótulos: _Speculum vitae.

Castigat ridendo mores_: Espejo de la vida. Corrige con risa las

costumbres. De aquí que en el teatro nos repugne la inmoralidad

deliberada, que acaso toleramos y aun celebramos en el libro o en las

artes plásticas; porque la obra dramática cae bajo el fuero de la

conciencia colectiva, menos fina, pero más segura que la conciencia

individual, ya que en ella va infundido, por manera misteriosa, cierto

sentido vital o espíritu de conservación de la especie. El espectador en

el teatro deja de ser él mismo, en algún modo. Existe un contagio

espiritual de la muchedumbre congregada, que va anulando a cada ser de

por sí y los envuelve a todos en una masa homogénea, con un solo

corazón.

Modernamente ha salido a plaza, conquistando rápida boga fuera de

España, un tipo de teatro dicho «de tesis». ¿Qué es teatro de tesis? En

las formas clásicas del teatro, la inadaptación a la vida, que es la

materia del arte dramático, se engendraba por culpa del individuo;

cuándo, a causa de sus pasiones, como en la tragedia; cuándo, a causa de

sus flaquezas, como en la comedia. Pero puede suceder que la

inadaptación no sea culpa del individuo, sino de la sociedad, por obra

de alguna falsa idea reinante. El teatro de tesis muestra concretamente

ejemplos de este linaje de inadaptación. Así, varias obras de Ibsen, de

nuestro Galdós, de Bernard Shaw. Otras veces, la inadaptación proviene

de caducidad y rigidez en alguna ley vigente o anquilosamiento de alguna

institución. Tampoco aquí el inadaptado e inadaptable es el individuo,

sino la ley, que no acierta a seguir la fluidez rítmica de la vida. Un

ejemplo de esta segunda categoría de las obras de tesis: la tragedia

_Justice_, de Galsworthy, que, sin predicaciones, sólo por la fuerza de

los hechos, hubo de provocar la reforma de régimen carcelario inglés.

_El alcalde de Zalamea_ sería en este instante drama político de

oportunidad.

Adviértase una nota señalada del teatro de tesis. En el propósito del

autor no está _demostrar_ la veracidad de un principio político, sino

_mostrar_ prácticamente la insuficiencia o perversidad de una norma

imperante, costumbre o ley. En el punto en que una obra se propone

demostrar o propagar un principio político cae sobre ella la mancha de

un pecado original, que le impedirá ser propiamente obra dramática, y lo

que es más triste, le estorbará que demuestre nada. En este sentido, la

denominación comedia política yuxtapone dos términos que se destruyen.

Con una sola tecla que no rija, con una sola nota fuera de tono, se

inutiliza un instrumento musical para sus fines más delicados. La mano

que recorre el teclado y da con la tecla inerte o con la nota falsa no

hace en aquel momento una disertación de mecánica ni de acústica, sino

que pone de manifiesto el vacío melódico o la estridencia. De la propia

suerte, el autor dramático anda pulsando la realidad, y allí donde al

oprimir surte una disonancia dolorosa, es que hay un drama.

No se olvide que, en la obra de tesis, la inadaptación dramática no debe

computarse a cargo del personaje, antes bien, en su descargo. La culpa

acháquese al prejuicio social, a la ley, a la costumbre, a las

circunstancias ajenas al personaje, así como de la inadaptación de una

cabeza y de un sombrero la culpa será siempre del sombrero, que no de la

cabeza. Esto es, que el personaje dramático no ha de ser sandio, porque

si la inadaptación que padece no existe como conflicto real e

irreductible, sino que, por el contrario, pudiera resolverse fácilmente

con una pequeña dosis de sentido común por su parte, entonces el drama

de tesis os dará más risa que angustia, que es lo que suele suceder con

los del señor Linares Rivas. Ya no se trata de la cabeza y del sombrero,

sino del payaso que se obstina en vestirse unos calzones como si fueran

chaqueta. La realidad, al rozar las almas, despierta en cada una, según

su calidad, movimientos varios y voces de timbre distinto. El drama se

produce y se depura en la medida que un alma afronta la realidad con

movimientos más nobles y con voz más elevada. Un bofetón origina

diferentes situaciones dramáticas si el que lo recibe es un justo, o un

caballero, o un tímido. Si justo, ofrece la otra mejilla. Si caballero,

se desencadena la tragedia; así se inicia la del Cid. Si tímido, exclama

como el personaje cómico:

Y me dió una bofetada;

por cierto, que me chocó.

Hay tan desmesurada proporción entre los medios sintéticos de que

dispone el arte teatral y la complejidad casuística de un problema

político cualquiera, que toda aspiración de un autor a realizar obra

política, mediante la obra dramática, se nos figura tan extravagante y

fútil como procurar cazar un rinoceronte con liga.

El teatro en general, y más señaladamente el teatro de tesis, tienen de

suyo benéfico influjo político, en cuanto ambos son fenómenos sociales

de divulgación estética e inducen al pueblo a sentimientos de

solidaridad. El sustentáculo de la solidaridad es la igualdad; e

igualdad implica libertad. Todas las obras de tesis son liberales. No

cabe, dramáticamente, una tesis reaccionaria. Pero, así en las obras

clásicas como en el teatro de tesis, se deduce la libertad como

corolario lógico y fatal, como condición para la vida armoniosa del

grupo, de suerte que la fallada de una tecla no descomponga el

instrumento y lo inutilice para sus más delicadas funciones; en tanto ha

habido otro linaje de teatro en el cual se ha predicado la absoluta

libertad para el individuo, por amor de su plenitud personal. Esta

manera de teatro es la romántica, caracterizada por el culto del

«héroe»; el hombre a quien no le impiden adaptarse circunstancias

adversas, sino su propia voluntad enérgica de no adaptarse, de

descollar con eminencia sobre el medio, de asumir en sí la existencia

universal. El arquetipo del teatro romántico lo fijó Schiller en _Los

bandidos_, desentrañando la lógica inmanente a que obedece y el fracaso

a que está destinado el héroe romántico.

El teatro, pues, acaso favorece la génesis de ciertos sentimientos

políticos, pero es un vehículo angosto e imposible para las ideas

políticas. El carro de Tespis no sirve de plataforma electoral.

Demanda, ante todo, el teatro la concentración del tema, una acción

apretada y coherente. Cuando Ibsen, por razones privadas, quiso hacer

una obra de sátira política, escribió _El enemigo del pueblo_, y eligió

un asunto de traza trivial: las disputas locales, con ocasión de un

establecimiento balneario. La intención política la dedujo el

espectador, juzgando de las alusiones por similitud y correspondencia.

Nuestros autores dramáticos se han sentido con ánimos, no ya para

encarar y vencer un problema político determinado, sino para dar al

traste con todos, de una vez.

Se dice que en el fondo de cada español yace el inquisidor. Por encima

del inquisidor, y más a flor de piel, asoma el arbitrista. En torno al

velador de un café hay siempre un cónclave de arbitristas. Inquisidor y

arbitrista son variaciones de una misma especie: el intelecto

supersticioso. Las cosas malas vienen del enemigo malo. Con un solo

hisopazo se ahuyentan los demonios. Y si no bastan los exorcismos, para

eso está el garrote.

Las tres obras antes mencionadas ambicionan nada menos que resolver el

problema político español, si bien la del señor Martínez Sierra estrecha

el empeño dentro de límites mejor marcados, menos genéricos que las

otras dos, dicho sea en homenaje de la discreción e instinto artístico

del autor. Lo que sobre todo perjudica a la obra del señor Martínez

Sierra es la interpolación de algunos temas y acciones de

sentimentalidad débil y extraña al tema propio del drama. Por esta

razón, al principio he acusado la obra de disforme.

Las tres obras producen desagradable impresión de falsedad, que en otra

clase de obras nos pasaría inadvertida. Y es que en aquellas tres obras

los autores exigen implícitamente del espectador que admita las

peripecias escénicas como la representación exacta de la enojosa

realidad cotidiana, y, además, le brinda con petulancia la panacea de

todas las enojosidades por venir; por donde el espectador se ve

constreñido a establecer términos de comparación, y concluye que

aquello no es la realidad, sino imaginaria pamplina harto fácil de

remediar. Basta con no ir al teatro.

Don Jacinto Benavente, en _La ciudad alegre y confiada_, primera de la

serie reciente de obras políticas, obvió talentosamente el riesgo de

falsedad, separando la fábula de todo accidente y pormenor histórico, y

dando a sus personajes la personalidad fantástica de seres

representativos. Pero erró en dos extremos. Uno, en no desarrollar la

comedia por medio de una intriga ágil. Otro, en haber empleado en la

sátira el discurso prolijo y enfático, en lugar de la frase concisa y

volandera, a modo de venablo, en el estilo de las comedias de

Beaumarchais, que tanto influyeron en la política, diríase que sin

proponérselo.

Del protagonista de la obra del señor Benavente se supuso, lo mismo que

en la del señor Grau, que quería incorporar a don Antonio Maura. No deja

de ser sugestiva esta predilección por la personalidad del señor Maura.

Sin duda por ser hombre enterizo, de una pieza, advierten en él algo así

como el canon de los caracteres dramáticos, los cuales, según la fórmula

rutinaria, deben ser sostenidos. Y, sin embargo, el señor Maura es la

negación del carácter político y dramático. El señor Maura es

irresponsable. Irresponsable en cierto sentido, nada hostil ni

despectivo; al político no le bastan talento, entereza y honestidad si

está al propio tiempo desamparado de otra cualidad inapreciable: la de

hacerse cargo, esto es, reaccionar con rapidez a los más leves estímulos

del momento, _responder_ adecuadamente a los hechos que van pasando.

Esta misma cualidad ha de resplandecer en el carácter dramático. Pero el

señor Maura se cierne por encima de los estímulos y de los hechos. Él es

él. O no responde, o responde siempre lo mismo, en monólogos, que es

otra manera de no responder. Esto significa irresponsable. Ahora bien:

la forma oral del teatro es el dialogo. El monólogo y el discurso se

toleran por rara excepción. Lo cual han olvidado nuestros autores de

comedias políticas.

Tal vez la predilección por el señor Maura estribe en la peculiar manera

del intelecto supersticioso, que de ordinario se siente impelido hacia

los hombres providenciales y las soluciones providenciales. Porque,

ciertamente, en nuestro repertorio político pululan figuras más

pintorescas y teatrales que el señor Maura. Por ejemplo: el conde de

Romanones, que es el Catilina de nuestros días; el señor La Cierva,

_miles gloriosus_, de Plauto; el marqués de Alhucemas, especie de M.

Jourdain, de _Le Bourgeois Gentilhomme_, que a veces es presidente del

Consejo sin enterarse; el señor Cambó, epiceno entre Yago y Gloucester;

el señor Alcalá Zamora, con su facundia mazorral y su sonrisa

satisfecha, reminiscencias del bobo de nuestras comedias antiguas, etc.,

etc.

Pero, no; nuestros autores no se satisfacen con poca cosa. Son buenos

patriotas y les corre prisa salvar a España por cuenta propia y en un

periquete. ¿Cómo? Esto es lo que no han tenido a bien explicarnos. El

señor Oliver dice que con un periódico; pero si su periódico no

había de contener más ideas que las que se

exponen en _El pueblo dormido_, para

él no existía el problema del

papel, porque le bastaba

tirar un solo número

en un papel de

fumar.

[Nota: _LA SEÑORITA DE TREVÉLEZ_]

EL SEÑOR ARNICHES, autor hasta hace poco de piececillas

compendiosas, tan pronto en el estilo del sainete, que es una mínima

comedia de costumbres, como en el modo de la farsa, y aun del drama, si

bien drama breve y frustrado, géneros los tres de buena ley artística,

aunque no de alto coturno e hinchada prosopopeya, en cada uno de los

cuales acertó el señor Arniches a producir verdaderos arquetipos u obras

maestras, digo que este autor, justamente famoso en el género llamado

chico, viene, durante las dos ultimas temporadas, ensayando explayar sus

facultades en el género llamado grande.

Respetamos estos calificativos genéricos de grande y chico, ya que

circulan como buenos así entre el público como en la crítica. Rara cosa

es que, para juzgar una obra de arte, se empleen adjetivos que aluden al

volumen y no a la materia o sustancia de la obra. Este criterio implica

un hábito peculiar de la mente: el de clasificar en ordenación

jerárquica las cosas según sus dimensiones. Y así resulta a veces que

un kilo de lana pesa más en el aprecio, ya que no en la balanza, que un

kilo de platino, porque abulta más. Cosas de España, en donde un

discurso vacío, por ejemplo, vale, políticamente, más que una sentencia

preñada de sentido.

Como el señor Arniches ha sido por largos años autor de género chico, y

nuestro público es irreductiblemente afecto al encasillado, no es

empresa sencilla conseguir que se le considere ya como autor de género

grande, aunque escribiera varias tetralogías. Cuando más, se le otorgará

una categoría intermedia: autor de chico en grande. Esto es, que se da

por sentado que el señor Arniches, en sus obras de tres actos, continúa

siendo autor del género chico, si bien, por medio de artificios

ingeniosos, se las arregla estirándolo de suerte que alcanza la longitud

del género grande. Lo cual encierra un orden de verdad, pero a la

inversa. Las obras breves del señor Arniches, si no todas, muchas de

ellas son del género grande, pero comprimido dentro de estrechos

límites. Son del único género grande que hay en arte: el género de la

verdad, la humanidad y el ingenio. Así como el niño juega con una joya

sin sospechar su valor, tomándola por bujería, así el público y la

crítica españoles han venido divirtiéndose con la producción del señor

Arniches, tomándola de nimio pasatiempo y desestimándola, justamente

por eso, por ser pasatiempo, sin advertir que lo más precioso en la vida

es el buen pasatiempo. La religión, el arte, la política, la ciencia,

¿qué son sino pasatiempos? Mejores cuanto más intensos y

trascendentales. La religión aspira a resolver el problema del

pasatiempo para toda la eternidad, de manera que durante ella no nos

aburramos ni lo pasemos mal; y cuidado que es problemático no aburrirse

durante toda una eternidad... Como que, de aburridos con algo, decimos

que dura una eternidad. Otro pasatiempo es el arte, y, por lo tanto, el

arte dramático. En el breve lapso de una genuina obra dramática,

pasamos, no ya nuestro tiempo, sino el tiempo de muchas vidas, las de

todos los personajes, las cuales hemos vivido cabalmente por cuenta

propia. Tal es la trascendencia del arte como pasatiempo. Y esta

trascendencia existe en la mayor parte de las obras del señor Arniches.

En la temporada anterior, el señor Arniches dió al proscenio una comedia

en tres actos: _La señorita de Trevélez_. Me complazco en recordar esta

comedia, por varias circunstancias. Se supuso, con ocasión de su

estreno, que era un sainete estirado, género chico en grande, y que sus

alicientes reducíanse a la amenidad, la alegría y la gracia. Cierto en

lo tocante a gracia y amenidad, que no es poco. Pero, por lo que atañe

al resto del dictamen, nada más lejos de la verdad. _La señorita de

Trevélez_ es, en el fondo o intención, una de las comedias de costumbres

más serias, más humanas y más cautivadoras de la reciente dramaturgia

hispana, y, en consecuencia, una comedia hondamente triste, bien que con

frecuencia provoque la risa. Es también una de las comedias que

encierran y exponen una tesis real, patética y convincente, que persuade

al espectador sin valerse de artilugios retóricos, nada más que por la

fuerza suasoria y afectiva de un conjunto de hechos semejantes a otros

muchos hechos de todos conocidos. Cuando, a la vuelta de los años, algún

curioso de lo añejo quiera procurarse noticias de ese morbo radical del

alma española de nuestros días, la crueldad engendrada por el tedio, la

rastrera insensibilidad para el amor, para la justicia, para la belleza

moral, para la elevación de espíritu, pocas obras literarias le darán

ideal tan sutil, penetrativa, pudibunda, fiel e ingeniosa como _La

señorita de Trevélez_; así como de la altiva, pagana y enérgica

insensibilidad moral del renacimiento italiano, la idea más exacta la

adquirimos a través de las befas y farsas que de entonces nos quedan.

Hay, sobre todo, en esta obra un personaje, el señor Trevélez, que es

una creación fuera de lo común, uno de los caracteres más vivos y

amables, más fina y difícilmente artísticos del teatro español de estos

últimos años. Menciono su dificultad artística, porque es éste un

carácter humorístico, y el humorismo, manera enteramente personal y

subjetiva de contemplar el mundo y la humanidad, fruto de tolerancia

logrado solamente en espíritus adultos y perspicaces, no se compadece

con el teatro, que es suma objetividad artística, y en el cual el autor

debe dejar a sus personajes que se muevan y obren por sí, sin mostrarse

él mismo un instante.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 9 / 15 段