Lo curioso es que en ninguna de las naciones en donde fueron a dar,

salvo en España, dejaron de ser casta intrusa, esclavizada o paria. A lo

sumo se les tomó por instrumento de solaz y pasatiempo servil, como

sucede con los _tsiganos_ o gitanos de Bohemia. En ninguna parte, salvo

en España, se fraternizó con los

_cañís_ ni el gitanismo se consustantivó

con la tradición nacional, con el

casticismo. ¿A qué misteriosas

razones de afinidad obedece

este fenómeno?

Merece la pena

pensarlo.

[Nota: _DOMANDO LA TARASCA_]

EL TITULO CASTELLANO que el señor Martínez Sierra ha

puesto a la comedia de Shakespeare, _The taming of the shrew_, si no más

exacto que el que acostumbraba llevar en otras traducciones italianas y

españolas, es, desde luego, más gracioso y sugestivo. El verbo inglés

_to tame_, y el nombre _shrew_, significan, literal y respectivamente,

«desbravar» y «mujer de mal genio». Hasta ahora, la comedia de

Shakespeare venía llamándose _La fierecilla domada_, lo cual no es del

todo exacto, pues fierecilla lo mismo puede ser una moza que un mozo o

un niño; en tanto, _shrew_ no puede significar sino una hembra de rompe

y rasga, una mujer bravía. No añade exactitud la sustitución de

«tarasca» en vez de «fierecilla», pues la nueva palabra, ya se tome en

sentido literal, ya en traslaticio, implica, no sólo mal carácter y

desenvoltura de la mujer, sino también fealdad, falta de gracias

físicas, lo cual no es verdad en lo que atañe a Catalina, la bravía de

la comedia, sobre todo cuando esta Catalina es Catalina Bárcena. De

todas suertes, es innegable que _Domando la tarasca_, hasta en la forma

de acción presente, expresada por el gerundio «domando», es un título

que estimula la fantasía, que es precisamente lo que se propuso

Shakespeare, en _The taming of the shrew_.

La comedia ofrece muchos lados interesantes, así para el mero espectador

como para el aficionado a penetrar un poco más seriamente en el sentido

y desarrollo del arte dramático.

_The taming of the shrew_ es una comedia dentro de una comedia. Los

ingleses llaman a esta especie de enchufe dramático, «inducción».

La inducción es independiente de la comedia propiamente dicha. En la

comedia de Shakespeare, los personajes de la inducción son: un lord, un

calderero, de nombre Cristóbal Sly; una huéspeda o dueña de taberna, un

paje, criados, cazadores y farsantes. Es el calderero un impenitente

borracho, de abundante y villanesca vena cómica. A poco de levantarse la

cortina, se desploma en escena, como un fardel. En esto llega un lord,

que viene de caza con sus monteros y jauría; ve al borracho en tierra y

se le ocurre, al punto, jugarle una burla. Llévase a casa consigo al

calderero, hace que lo desnuden y acuesten en rica estancia, pone

maestresala y criados a su servicio, de manera que, al recobrarse de la

borrachera, imagine, por lo que todos en torno suyo aseguran, ser un

gran señor que ha vivido muchos años fuera de seso y como en sueños, y

que al cabo torna a la razón. Y como se previene, se ejecuta. Porque no

falte detalle, una hermosa dama, que es el paje disfrazado, finge ser la

mujer del tantos años insensato señor. A lo cual, el calderero, que lo

acepta todo sin melindres, dice a la supuesta dama: «Puesto que sois mi

esposa, aléjense los criados; desnudaos, señora, y venid conmigo a la

cama.» La mujer responde que los médicos lo tienen prohibido, por el

pronto, temerosos de una recaída del enfermo. No sin cierta

contrariedad, el calderero se somete a la prescripción facultativa.

Anuncia entonces un criado que algunos farsantes, que van de paso,

entrarán en la estancia a representar una comedia. Y las últimas

palabras de la inducción o prólogo le corresponden al calderero, que

exclama: «Pues bien: veamos la comedia. Venid, señora esposa; sentaos

muy cerca de mí. Que ruede el mundo. Nunca hemos de ser más jóvenes que

en este instante.» He aquí al grosero borracho convertido en hombre

delicado, gentil y un tanto filósofo.

A continuación, los actores de la inducción pasan a ser espectadores de

la comedia. El señor Martínez Sierra ha suprimido este prólogo. Hoy por

hoy, y para el público madrileño, la supresión es juiciosa.

Hay bastantes ejemplos de inducción en el teatro inglés. También en

_Hamlet_ unos cómicos andariegos representan una tragedia en el palacio

del rey. Los espectadores y glosadores son, igualmente, cómicos que

hacen su papel. Merced a este modo duplicado, echamos de ver el

verdadero sentido del teatro y cómo fué en sus orígenes el drama

moderno. El público era el pueblo. Los actores estaban tocando y

percibiendo de continuo el temple del corazón popular, como un músico su

instrumento. Tropas de farsantes iban, sin aparato ni tramoya, dando sus

comedias de pueblo en pueblo, de posada en posada y aun de casa en casa.

No faltan en nuestro teatro clásico comedias con inducción. El entremés

cervantino _El retablo de las maravillas_ es un ejemplo magistral de

inducción.

La inducción teatral se ha mantenido hasta el presente. Las llamadas

«revistas» están hechas, casi siempre, por el procedimiento de la

inducción.

El prólogo de _The taming of the shrew_ nos hace recordar, en cuanto al

significado trascendental que encierra, y en algunas de sus frases, la

idea matriz de _La vida es sueño_, de Calderón; y en cuanto a la

intriga, se asemeja, en parte, a _Los tres maridos burlados_, de Tirso.

Bien que en la literatura inglesa ha influído la literatura española

acaso más que ninguna otra literatura, sólo hay dos casos en que las

fuentes de las obras de Shakespeare, el cual abundantemente bebió de

todas las fuentes, se remonten a nuestras letras. Uno es _The two

gentlemen of Verona_, que tiene puntos de contacto con el incidente de

Felismena, en la _Diana_, de Montemayor. Otra es _The taming of the

shrew_, cuya primera inspiración hallamos en el ejemplo XXXV del conde

Lucanor. No es probable que Shakespeare conociese el ejemplo

directamente, sino a través de traslados o referencias hechos en Italia

o en Francia, por donde la obra de don Juan Manuel andaba muy difundida.

Titúlase el ejemplo de nuestro escritor: «De lo que aconteció a un

mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava.» La moraleja del

ejemplo va al final, en un dístico, que reza:

_Si al comienzo no muestras quién eres,_

_nunca podrás después, cuando lo quisieres._

La historia pasa entre moros. Un mancebo de «buenas maneras» desea casar

con una doncella rica, cuyas maneras eran «malas y revesadas, y, por

ende, hombre del mundo no quería casar con aquel diablo». El padre del

mozo pide la hija al padre de la moza, que eran buenos amigos, el cual

respondió que sería falso amigo si se la diese, «porque tenéis muy buen

hijo, y estoy cierto que, si con mi hija se casase, sería muerto o le

valdría más la muerte que la vida». Pero el mozo, que estaba determinado

en casarse con ella, la desposa sin escuchar advertimientos. Luego que

se casaron, y estando en casa solos y sentados a la mesa, antes que ella

pudiera decir nada, miró el novio en derredor, y, viendo «un su alano,

díjole bravamente: Alano, dadnos agua a las manos. Y el alano no lo

hizo. Y él se comenzó a ensañar, y díjole más bravamente que le diese

agua a las manos. Y el perro no lo hizo. Y de que vió que no lo hacía,

levantóse muy sañudo de la mesa y metió mano a la espada, y fué contra

el alano, que comenzó a huir, y él en pos de él, saltando ambos por la

ropa y por la mesa y por el fuego, hasta que lo alcanzó y le cortó la

cabeza y las piernas y los brazos, y todo lo hizo pedazos, y ensangrentó

toda la casa y la ropa y la mesa. Y así, muy sañudo y ensangrentado,

tornóse a la mesa y miró alrededor y vió un gato». Y el novio hizo con

el gato lo que con el perro, por no haberle obedecido, y luego con un

caballo, el único que tenía. Volvióse a sentar con «la espada

ensangrentada en el regazo». La mujer comprendió que aquello «no se

hacía por juego», y desde aquel punto obedeció al marido en todo lo que

le mandaba, y quedó mansa como una paloma duenda «et hobieron muy buena

vida. Et dende a pocos días su suegro quiso facer así como ficiera su

yerno, y por aquella manera mató un caballo, et díjole su mujer. A la

fe, don Fulán, tarde vos acordastes, ca ya non vos valdrá nada si

matásedes cient caballos, que antes los hobieredes comenzar, porque ya

bien nos conocemos.»

El mozo del conde Lucanor pasa a ser Petruchio en la comedia de

Shakespeare, y la moza, Catalina. En el ejemplo español, la ficción del

mozo se desarrolla con aspecto trágico, bien que las víctimas fuesen

seres irracionales, «animalías», como se decía en aquel entonces. La

comedia inglesa es el arquetipo de la farsa. La entraña es

sustancialmente humana; el aspecto es grotesco. Traducido en términos

sencillos, la farsa consiste en tomar la vida en broma; pero en serio.

La farsa es la antesala del humorismo, del humorismo genuino, que no es

sólo donaire y visaje, sino cordialidad y nobleza. _La señorita de

Trevélez_, de Arniches, cae dentro de este concepto de la vida y del

teatro.

Un sesudo crítico de Shakespeare, Mr. Herfort, estudiando la cronología

de las obras shakespeareanas, sitúa _The taming of the shrew_ en lo que

él denomina «el grupo Falstaff»: esto es, en la plenitud humorística, en

la colmada jocundidad y maduro sentido de la vida en Shakespeare. Aun el

más intenso sentimiento trágico, si se derrama por exceso de plétora,

hace un son de carcajada saludable y optimista.

Petruchio, saturado de la intuición trágica de la vida cotidiana, no se

manifiesta con actitudes trágicas; antes bien, bufonescas y

humorísticas. No domina a la brava Catalina mediante el terror, sino

mediante la seriedad burlesca o burla grave. «¿Que me habla con

destemplada voz?», piensa entre sí Petruchio, «le diré, llanamente, que

canta con tanta dulzura como el ruiseñor. ¿Que frunce el ceño? Le diré

que su rostro está despejado como rosas empapadas en el rocío de la

mañana. ¿Que permanece muda, sin decir palabra? Entonces encareceré la

versatilidad de su penetrativa elocuencia.»

Poco a poco, merced a mentidas blanduras que disimulan provechosas

asperezas; sin darle un gusto, fingiendo no moverse sino por darle gusto

en todo; contrariando su voluntad a pretexto de acatársela, Petruchio va

domando y desbravando a la caprichosa y mimada Catalina. _This is a way

to kill a wife with kindness_, murmura quejumbrosa Catalina. Lo cual, en

romance, significa: «He aquí una manera de matar a una mujer en fuerza

de amabilidad.» Matar, sí, a la mujer bravía y dominante, por que nazca

la mujer dulce y sumisa, la compañera, la esposa. Al final de la

comedia, Catalina, con razones cortas, resume el ideal que nuestro fray

Luis de León desarrolló en prolijo volumen: _La perfecta casada_. Sobre

si la casada perfecta es lo que quieren la mujer de Petruchio y fray

Luis, habría bastante que discutir, y no es esta la ocasión. Piénsese lo

que se piense, ello no estorba a la excelencia y encanto de esta comedia

como obra de arte.

Observemos, de pasada, que algunas escenas de _Domando la tarasca_,

aquella en que Petruchio asegura que el sol es luna, y un viejo,

bellísima doncella, y la mujer asiente, de buen o mal grado, recuerdan

otro cuento del conde Lucanor.

Algún inglés ha dicho, según refiere Hazlitt, que toda luna de miel es

un conflicto elegante entre una Catalina y un Petruchio. Esta ingeniosa

definición merece meditarse seriamente. En los amores sin atadura legal

o religiosa indisoluble--amor de novios y amor de amantes--, voluntad,

designio, fuerza e iniciativa, pertenecen al que ama menos. El que ama

más, sea el hombre, sea la mujer, cede siempre, porque tiene más que

perder. En el matrimonio, establecido por atadura perdurable, ya no es

cuestión de quién ama menos, sino de quién ha de mandar y de cuál ha de

ser la voluntad imperativa. En el matrimonio, el que ama menos no cabe

que imponga la amenaza tácita o expresa de romper, porque esta atadura

no se rompe. Marido y mujer, recién casados, son como dos adversarios.

Uno será el vencedor para lo venidero; otro, el vencido. El pensamiento

germinal de _Domando la tarasca_ ha reaparecido en una comedia francesa

moderna muy conocida, que se titula, precisamente, _El adversario_. En

este sentido, la luna de miel es un conflicto elegante entre una

Catalina y un Petruchio.

_Si al comienzo no muestras quién eres,_

_nunca podrás después, cuando lo quisieres._

_The taming of the shrew_ es una comedia de técnica la más compleja y

habilidosa. Amén de la inducción o prólogo y del conflicto entre

Petruchio y Catalina hay una trama subsidiaria entre Blanca, hermana

menor de Catalina, y tres pretendientes. Esta trama subsidiaria la tomó

Shakespeare de _I suppositti_, de Ariosto, a través de una comedia

inglesa del tiempo de la reina Isabel: _Supposes_. En su arreglo o

versión castellana, el señor Martínez Sierra ha simplificado la trama

subsidiaria, en mi sentir, con notable acierto y buen sentido. En el

resto de la obra, el traductor ha seguido fidelísimamente el texto

inglés, vistiéndolo con el más acomodado, elegante y gracioso ropaje

castellano.

El decorado de la obra ha sido, que yo recuerde, lo más artístico que

hasta el presente se haya visto en un escenario madrileño. La

interpretación, en conjunto, muy buena; óptima, por parte del señor

Hernández... Y en cuanto a la señora Bárcena... ¿Cómo encarecer

bastantemente la incorporación, mejor dicho, la compenetración de

Catalina Bárcena con la otra Catalina, el personaje imaginario de

Shakespeare? Acaso no falte quien ponga reparos a su labor, y yo he

escuchado algunos. Pero, en puridad, son reparos convertibles en

extremadas lisonjas, así como se suele decir de ciertas personas que

son demasiado ricas o sanas hasta la antipatía o que fastidian por muy

talentosas. ¡Que Dios nos conceda esos que muchos

reputan como defectos, cuando son, si

no exceso, abundancia! Los defectos

que le ponían a Shakespeare en

el siglo XVIII eran, principalmente,

que incurría en

excesos de belleza

artística.

[Nota: _CASA DE MUÑECAS_]

IBSEN

NOTABLE MUESTRA de sagacidad y cultivado talento nos ha

dado, entre otras muchas, el señor Martínez Sierra, director artístico

del teatro de Eslava, al resucitar en la escena española, con un

intersticio de pocos días, _Domando la tarasca y Casa de muñecas_,

porque ambas obras son la misma cosa, aunque vista por diferentes lados;

como si dijéramos el anverso y el reverso de una medalla. El tema de

estas dos obras pudiera formularse así: «Valor de humanidad de la mujer,

en cuanto mujer casada.» ¿Qué debe ser el matrimonio para la mujer?

¿Esclavitud, liberación o entronización? ¿Qué es la mujer casada junto a

su marido; esclava, compañera o tirana? ¿Es la mujer un ser humano lo

mismo que el hombre, o es un ser inferior, un animal de cabellos largos

e inteligencia corta, como dijo Schopenhauer, si no estoy equivocado?

Hombre y mujer, dos cuerpos y dos almas distintas, dos personalidades

naturalmente contrarias, llegan a formar, mediante el matrimonio, un

nuevo ser y persona de indisoluble unidad. Pero la unidad es meramente

formal; impuesta por la costumbre y por la ley. ¿Cómo se ha de llegar a

la unidad sustantiva, al goce aplaciente de la armonía verdadera? ¿Ha de

lograrse merced a una igualdad y equilibrio perfecto de obligaciones y

derechos y ecuación de responsabilidades? ¿O es cuestión de resolver

prácticamente quién se ha de vestir los pantalones, como dice el vulgo?

[Nota: LA EPÍSTOLA DE SAN PABLO]

Cuando la gente se desposa, el sacerdote lee a los contrayentes, entre

otras cosas, me parece que el capítulo VII de la epístola de San Pablo a

los de Corinto. Y es lástima que, cohibidos y casi ajenados por lo

terrible del trance, los novios no presten la debida atención a la

palabra del apóstol y la escuchen como monserga.

Desde luego, San Pablo no era partidario del matrimonio. El citado

capítulo comienza así: «Por lo que hace a este asunto, bueno sería a un

hombre no tocar mujer.» Que es como resolver el problema huyendo de él:

lo mejor de los dados es no jugarlos. Prosigue: «Mas para evitar la

fornicación (_propter fornicationem_), cada uno tenga su mujer y cada

una su marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino

el marido. Y asimismo, el marido no tiene potestad sobre su propio

cuerpo, sino la mujer. Mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se

separe del marido. Y el marido tampoco deje a su mujer. Y, no el Señor,

sino yo, digo que si alguno tiene mujer infiel y ella consiente morar

con él, no la deje. Y si una mujer fiel tiene marido infiel, y él

consiente morar con ella, no deje al marido.» Igualdad de derechos y

obligaciones. El adulterio es tan grave y pecaminoso en la mujer como en

el hombre. Y si al hombre se le perdona, debe perdonársele en la misma

medida a la mujer; «porque el marido infiel es santificado por la mujer

fiel; y santificada es la mujer infiel por el marido fiel. Porque si no,

vuestros hijos no serán limpios». He aquí, en estas siete últimas

palabras, condensada la más profunda doctrina moral sobre las relaciones

entre marido y mujer: «porque si no, vuestros hijos no serán limpios».

El problema del matrimonio es, en definitiva, el problema de la prole.

La libertad individual, el derecho de exaltar la propia personalidad

hasta el máximo, con menosprecio de todo reparo, ligadura o

responsabilidad, no se pierde en el momento de casarse, sino en el

momento de tener un hijo.

El que ha echado un hijo al mundo ya no es por entero dueño de sí mismo,

so pena de dejar de ser honrado. El hombre es el centro del universo;

pero, al ser padre, el hijo pasa a ser el centro del universo.

Por esto mismo de que hay una ley moral, muchas veces difícil de

cumplir, el matrimonio induce a frecuentes conflictos de conciencia y

empeñadas luchas entre la razón y el instinto, que también tiene sus

leyes y a veces se erige en ley moral; y de aquí su virtualidad como

tema dramático.

[Nota: CATALINA, NORA Y CASILDA]

_The taming of the shrew_, cuya es protagonista Catalina, es la única

obra de Shakespeare que tiene moraleja. En el punto de casarse, Catalina

es una criatura hombruna, desapacible, imperiosa y cerril. Celando el

amor bajo inflexible severidad, el marido la desbrava y hace de ella el

ser más amoroso, aniñado, dulce y sumiso. La morada de Catalina será

como una casa de muñecas. La comedia se cierra con un largo parlamento

de Catalina, del cual entresaco algunos conceptos: «La esposa irritada

es como agua removida, cenagosa, repulsiva, espesa y hedionda, que

nadie, ni el más reseco y sediento, beberá una gota de ella. El marido

es señor, es rey, es quien gobierna.» Y repite otra vez: «El marido es

señor, vida, guardador, cabeza y soberano de la mujer. Por procurarle

sustento padece sinnúmero de penalidades, en tanto ella se guarda dentro

del templado hogar. La propia obediencia debe la esposa al esposo como

el vasallo a su príncipe. Me avergüenza ver mujeres tan insensatas que

riñen por el gobierno y la supremacía dentro de casa. Hemos nacido para

servir, amar, obedecer. Por eso nuestro cuerpo es débil, suave y terso.»

Allí donde concluye _The taming of the shrew_, comienza _Et Dukkehjem_,

esto es, _Casa de muñecas_.

Catalina, la Catalina aniñada, dulce, jovial, ha mudado de nombre: se

llama Leonor, Eleonora, pero le dicen siempre Nora, en abreviatura. Su

cuerpo es débil, suave y terso, delicado regalo para los sentidos del

esposo. Nora es ya madre, pero sigue siendo tan niña como sus propios

hijos. Es hija de un hombre de dudosa hombría de bien. Ha sido educada

frívolamente. Es derrochadora. Miente sin escrúpulo, por ligereza más

que por malicia. Pero su corazón es hermoso. Los estímulos de su

conducta se inspiran en un deseo de bondad, de ventura y firmísimo amor

al marido. El marido, por su parte, no ve en Nora sino un hechizo de

hermosura y de puerilidad. La trata como una niña, como un bebé. No

comparte con ella las intimidades de su trabajo ni las hondas

preocupaciones de su espíritu; apenas si le pone al tanto de las

vicisitudes de su fortuna y se excusa de hablarle sobre asuntos serios.

El hogar es para Nora una casa de muñecas. Nora, por salvar la vida del

marido, en circunstancias difíciles, ha contraído temerariamente

compromisos de dinero. Al descubrirlo, el marido se muestra árido, frío,

egoísta, cruel, cobarde y temeroso de los respetos humanos, del «qué

dirán», en lugar de agradecido y enamorado, como esperaba Nora. En un

instante de intuición, de revelación, de clarividencia absoluta, Nora

advierte que su matrimonio no ha sido tal matrimonio, que ha estado

conviviendo con un extraño, y no con un esposo. Su alma niña atraviesa

una trasustanciación y se trueca súbitamente en alma adulta. No

juzgándose todavía apta para ser cabalmente madre de sus hijos, abandona

la casa. ¿Para volver? «Los poetas noruegos--escribe Havelock Ellis,

precisamente a propósito de _Casa de muñecas_--gustan de terminar sus

dramas con un signo de interrogación, al modo que concluyen en la vida

real.»

_Domando la tarasca_ es la historia de la sumisión de la hembra. _Casa

de muñecas_ es la historia de la emancipación de la mujer. Una y otra

obra son dos arquetipos dramáticos, en los cuales el tema de la mujer

en el matrimonio se trata con dos técnicas dramáticas las más

contrarias.--Shakespeare, con una farsa; Ibsen, con un drama de

conciencia--, y el tema se resuelve con dos soluciones, las más opuestas

también.

Como fiel de balanza, entre Catalina y Nora, está Casilda, la mujer de

Peribáñez, en _Peribáñez y el comendador de Ocaña_, tragicomedia de Lope

de Vega. El fondo de la obra de nuestro clásico no es propiamente el

tema de la mujer en el matrimonio, si bien se toca de soslayo la

cuestión de las obligaciones conyugales, que Lope llama agudamente el A

B C del marido y el A B C de la mujer, y la toca con donosura tan

peregrina que no resisto a la tentación de transcribir aquí el pasaje.

Peribáñez recita el A B C de la casada: «Amar y honrar el marido--es

letra de este abecé--, siendo buena por la B--que es todo el bien que te

pido--. Haráte cuerda la C--, la D, dulce y entendida--; la E y la F en

la vida--, firme, fuerte y de gran fe.--La G grave, y, para honrada--,

la H, que con la I--te hará ilustre, si de ti--queda mi casa

ilustrada--. Limpia serás por la L--y por la M, maestra--de tus hijos,

cual lo muestra--quien de sus vicios se duele--. La N te enseña un no--a

solicitudes locas--; que este no, que aprenden pocas--, está en la N y

la O--. La P te hará pensativa--, la Q bien quista, la R--con tal razón,

que destierre--toda locura excesiva--. Solícita te ha de hacer--de mi

regalo la S--, la T tal que no pudiese--hallarse mejor mujer--. La V te

hará verdadera--, la X buena cristiana--, letra que en la vida

humana--has de aprender la primera--. Por la Z has de guardarte--de ser

zelosa...»

Casilda dice el A B C del casado: «La primera letra es A--, que altanero

no has de ser--; por la B no me has de hacer--burla para siempre ya--.

La C te hará compañero--en mis trabajos; la D--dadivoso, por la fe--,

con que regalarte espero--. La F de fácil trato--, la G galán para mí--,

la H honesto, y la I--sin pensamiento de ingrato--. Por la L liberal--,

y por la M mejor--marido que tuvo amor--, porque es el mayor caudal--.

Por la N no serás--necio, que es fuerte castigo--, por la O sólo

conmigo--todas las oras tendrás--. Por la P me has de hacer obras--de

padre, porque quererme--por la Q será ponerme--en la obligación que

cobras--. Por la R regalarme--, y por la S servirme--, por la T tenerme

firme--, por la V verdad tratarme--, por la X, con abiertos--brazos

imitarla así--(abrázale)--y como estamos aquí--estemos después de

muertos.» La solución que Peribáñez y Casilda dan a la cuestión del

matrimonio es sencilla, graciosa, tierna y honda. El hogar de Peribáñez

no era casa de muñecas.

[Nota: CASA DE MUÑECAS]

_Casa de muñecas_ es, en el teatro moderno, como una de esas piedras

miliarias que señalan una nueva jornada en el camino. Nora, como

Werther, en el siglo XVIII, incitó a controversias ásperas e incontables

imitaciones supersticiosas, en la literatura y en la vida. Por los

tablados de la farándula castellana ha brujuleado, por fortuna

fugazmente, una Nora un tanto caricaturizada, que respondía por el alias

de _La princesa Bebé_, la cual, a su modo, también quiso emanciparse y

«vivir su vida».

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 8 / 15 段