El apropósito del señor Cavestany no es sino un apropósito para que

Pastora, la gitanaza, y otras varias gitanillas, en torno de ella,

agiten todo el repertorio de danzas loquescas o graves en que la

española gitanería siempre fué maestra. Pero, además de ser un

apropósito: está profusamente aderezado de despropósitos que se revisten

de variadas formas métricas, redondillas, quintillas, seguidillas y

_morcillas_, que es como en la jerga de entre bastidores se llama al

ripio o relleno. En puridad, poco montan apropósito y despropósitos del

señor académico, porque la verdadera académica allí es Pastora Imperio.

Recuerdo la Pastora Imperio de hace quince años, primera vez que la vi.

Bailaba en un teatrucho que había a la entrada de la calle de Alcalá. No

gozaba todavía de renombre. Penetré, por ventura, una noche en el

teatrucho. Fueron sucediéndose en el tablado varios números: una pareja

italiana, hombre y mujer, que hacían infinitos gestos y cantaban

canciones indecorosas, enseñando unas hortalizas naturales y alusivas;

una cupletista voluminosa como un mamut... Y salió Pastora Imperio. Era

entonces una mocita, casi una niña, cenceña y nerviosa. Salía vestida de

rojo; traje, pantaloncillos, medias y zapatos. En el pelo, flores rojas.

Una llamarada. Rompió a bailar, si aquello se podía decir baile: más

bien lo que griegos y romanos querían que fuese el baile (_orchestike_,

_saltatio_); esfuerzo dinámico y delirio saltante, ejercicio de todo el

cuerpo, sentimiento, pasión, acción. La bailarina se retorcía, como

posesa, con las convulsiones de las Mainades y los enarcamientos de las

Sibilas (_sibulla_, que significa «voluntad de Dios»). Los negros

cabellos en torno a la carátula contraída y acongojada ebullían de vida

maligna, ondulaban, sacudíanse con frenesí, como sierpes de una testa

medúsea. Todo era furor y vértigo; pero, al propio tiempo, todo era

acompasado y medido. Y había en el centro de aquella vorágine de

movimiento un a modo de eje estático, apoyado en dos puntos de

fascinación, en dos piedras preciosas, en dos enormes y encendidas

esmeraldas: los ojos de la bailarina. Los ojos verdes captaban y

fijaban la mirada del espectador. Entre niebla y mareo, como en éxtasis

báquico, daba vueltas el orbe de las cosas en redor de los ojos verdes.

Los bailes de Pastora Imperio, niña, imprimían en la memoria impresión

indeleble. Cuando yo leía en autores clásicos o pseudoclásicos todo eso

de los bailes sagrados y de las bacantes que llegaban a perder el seso

haciendo zapatetas, pensaba que eran exageraciones, literatura y

pamplina. Después de ver a Pastora Imperio en sus bailes apenas núbiles,

comprendí que no todo era pamplina en algunas danzas clásicas.

De entonces acá, en el lapso transcurrido, Pastora no ha envejecido

quince años, sino algunos siglos. No quiero decir que Pastora haya

envejecido físicamente. Pastora está muy joven, entre otras razones,

porque es muy joven. Me refiero al envejecimiento artístico; y el arte

bueno, como los buenos libros, el buen vino y los buenos amigos, cuanto

más antiguos, mejores. Ha envejecido Pastora, porque si en sus danzas de

muchacha era Grecia, en las de ahora, ya mujer, es la India. Antes, el

movimiento; ahora, el reposo: antes, el giro raudo; ahora, la actitud

plástica: antes, la fuga de sus alados pies; ahora, la majestad de sus

divinos brazos: antes, la flecha; ahora, el surtidor.

Pasemos a otro asunto. Generalmente se toma por cierto y averiguado que

el baile gitano es el baile español por excelencia; tal vez hasta se oye

afirmar que es el único baile castizo. _Castizo_; esta es la palabra que

más a menudo suena para calificar lo concerniente al gitanismo. Cuando

un extranjero llega a España y pregunta por las manifestaciones castizas

de la vida española, se le conduce, lo primero, a que contemple

bailadoras gitanas. No parece sino que el gitanismo es algo

consustantivo con la casta española. Según eso, tanto valdría casticismo

como gitanismo.

Sin embargo, los gitanos no hay cuenta que cayeran sobre España antes de

la Edad Moderna. Hoy en día, llamar «gitana» a una mujer es rendimiento

y loor. Hace tiempo, «gitano» era grave denuesto e injuria. Una

pragmática de 1783 considera esta palabra como «denigrativa».

El Diccionario de autoridades define «gitano» en términos bastante

irrisorios. «Cierta clase de gente que, afectando ser de Egipto, en

ninguna parte tienen domicilio y andan siempre vagueando.» Con esto ya

están cabalmente descritos los gitanos. La _afectación_ de ser de Egipto

la mantienen los gitanos todavía. Una gitana me decía: «A nosotros nos

llaman gitanos porque venimos de Gito.» Luego me habló de los Faraones.

Naturalmente, yo no pensé que fuera afectación, sino ignorancia de la

etnografía, que nadie está obligado a conocer al dedillo, y menos una

gitana. Aparte de que el cómo y de dónde han venido los gitanos no se

sabe de cierto. Este tema del gitanismo en su relación con lo castizo

merece tratarse con alguna extensión.

La única autoridad que cita el Diccionario de autoridades acerca de la

voz «gitano» es la de Cervantes, del cual copia las primeras líneas de

_La gitanilla_: «Los gitanos y gitanas parece que solamente nacieron en

el mundo para ser ladrones.» Diríase que Cervantes tenía en poco a los

gitanos. No hay tal. Sobre Cervantes, hombre andariego y ganoso de

aventuras, «la vida ancha, libre y muy gustosa» (como él mismo dice) de

los gitanos ejercía singular hechizo, y aun considero probable que

experimentase, por lo personal e íntimo, las costumbres del aduar.

Pruébalo la frecuencia con que alude a los gitanos y las circunstancias

gitanescas que nos pinta en el _Coloquio de los perros_ y en _La

gitanilla_.

La ascendencia de Pastora hemos de buscarla en _La gitanilla_ de

Cervantes. La Preciosa de antaño es como la Pastora de hogaño. La mayor

parte de los accidentes y pormenores, y todos los encarecimientos

cervantinos sobre Preciosa, cuádranle bien asimismo a Pastora.

«Salió la tal Preciosa la más única bailadora que se hallaba en todo el

gitanismo», escribe Cervantes.

«Salió Preciosa rica de coplas y otros versos, que los cantaba con

especial donaire..., y no faltó poeta que se los diese: que también hay

poetas que se acomodan con gitanos y les venden sus obras, como los hay

para ciegos.»

Al cantar y bailar Preciosa, «unos decían: _Dios te bendiga_. Otros:

_Lástima que esta mozuela sea gitana; en verdad que merecía ser hija de

un gran señor_. Otros había más groseros, que decían: _Dejen crecer la

rapaza, que ella hará de las suyas; a fe que se va añudando en ella

gentil red barredera para pescar corazones_.» Pero no le decían:

_Bendita sea la madre que te parió_, que es acaso un punto mas grosero

que el precedente jaleillo de la red barredera.

«Preciosa quedó tan celebrada de hermosa, de aguda y de discreta y de

bailadora, que a corrillos se hablaba de ella en toda la corte», y en

toda España.

«Estos sí que son ojos de esmeraldas.»

«_Ceñores_--dijo Preciosa, que, como gitana, hablaba ceceoso, y esto es

artificio en ellas, que no naturaleza.» Esta observación cervantina

sugiere algunos interrogantes. ¿Es que en tiempo de Cervantes el cecear

era un defecto de pronunciación y no manera prosódica de ciertas

regiones? ¿Es que el artificio lo tomaron los gitanos de los andaluces,

o, por el contrario, los andaluces de los gitanos?

A última hora, averíguase que Preciosa no es tal gitana, sino una niña

rica y noble; Costanza de Acevedo y Meneses, a quien una gitana había

robado y puesto aquel gentil remoquete.

No me sorprendería que vinieran a

última hora con que tampoco

Pastora es tal gitana.

[Nota: _LA TRADICIÓN Y LOS GITANOS_]

PROMETIMOS EN el ensayo anterior conceder algún espacio

a este tema. He aquí unas ligeras disquisiciones.

Con harta frecuencia se leen en periódicos, revistas y libros,

elucubraciones retóricas de escritores españolistas, de esos que llevan

muchos dedos de rancia enjundia, en las cuales ora se canta, en tono de

ditirambo, lo castizo, tradicional y típico, ora se vitupera, con

amargura de treno jeremíaco, el desuso en que poco a poco va cayendo lo

castizo tradicional y típico. Lo que comúnmente se entiende a veces por

castizo, tradicional y típico, no es sino la indumentaria pintoresca.

Pero la indumentaria pintoresca, en ocasiones, nada tiene de típica, ni

de tradicional, ni de castiza. Por ejemplo: el mantón de Manila, atavío

mujeril el más clásico y español, a lo que se asegura, sin reparar que

no se introdujo en España hasta los comedios del pasado siglo. Si en el

punto en que un tendero atrevido y unas hembras desenvueltas ensayaron

establecer la moda del mantón de Manila hubiera prevalecido el criterio

de los casticistas indumentarios de ahora, adiós esa prenda, si no la

más clásica y española, desde luego muy graciosa y alegre.

No debemos entusiasmarnos con ciertos rasgos y circunstancias

tradicionales, porque quizás no lo son. Ni hay razón tampoco para que

nos amilanemos porque desaparecen ciertos usos y costumbres que desde

nuestra infancia nos eran familiares; otros vienen, que, a su turno,

serán tradición más pronto de lo que se piensa.

La vida del hombre está gobernada por dos fuerzas armónicas: una,

impulsiva, afán de novedad, de donde nace la moda; otra, represiva,

exigencia de continuidad, de donde nacen la rutina y la tradición. La

vida del hombre atraviesa por dos períodos: en el primero, de juventud y

plasticidad, domina la fuerza impulsiva, el anhelo de cambiar la faz del

mundo; en el último período, el hombre quisiera que el mundo se

inmovilizase y conservase sin mudanza, tal como se le aparecía cuando él

era joven, y, de esta suerte, albergar la ilusión de seguir siéndolo. La

mayor parte de los hombres, a los cincuenta años, son infinitamente más

viejos de lo que la edad les acredita, porque asumen como propia la

milenaria ancianidad del mundo, y se figuran que todo ha de concluir

cuando ellos concluyan. Y la mayor parte de los jóvenes se figuran que

el mundo es mozo, porque ellos son mozos. Por donde, al llegar a viejos,

se aficionan a considerar como antiquísimas y necesarias las cosas que

en la mocedad conocieron y que por caso perduran. De aquí esas llamadas

tradiciones, que, en rigor, son mocedades de anteayer. Y así, en la

sociedad, jóvenes y viejos andan encariñados con su tema; unos, con la

moda; otros, con la tradición. Y las modas pasan a ser tradiciones.

Yo había oído que el _fado_ es un canto inmemorial portugués. El verano

pasado, estando en Portugal, leí, en una monografía sobre _Música e

instrumentos portugueses_, por Luis de Freitas Branco: «En cuanto al

fado, que hoy pasa por ser el canto nacional por excelencia, dice Miguel

Angel Lambertini que en los Diccionarios anteriores a la última mitad

del siglo XIX no se encuentra la palabra fado en sentido musical. Por lo

tanto, no se pueden conceder fueros de nacionalidad a una canción

popularizada en estos últimos cincuenta años.» Y como yo le expresase mi

sorpresa a un portugués, me replicó: «No haga usted caso de las

tonterías que ponen los libros. El fado se canta en Portugal de toda la

vida. Yo recuerdo haberlos oído cantar cuando era muchacho.» Para este

portugués la vida de Portugal era nada más que su propia vida.

Hoy nos parece muy chula la gorrilla de visera, picarescamente derribada

a un lado y dejando en libertad un bucle por el lado opuesto. Pues la

gorrilla chula no es sino la gorrilla inglesa, que no hace aún muchos

años sólo se veía en algún escenario de género chico, caricaturizando un

inglés de sainete. Por entonces la gorra chula era de tubo de chimenea,

es decir, la gorra de los parisienses del pueblo bajo, a la sazón. Los

tres ratas de _La Gran Vía_ se presentaban con esa gorra, chaquetilla a

la altura de los riñones y pantalones sobremanera angostos. Hoy los

pantalones chulos son pantalones de odalisca, esto es, imitados de los

que usan las mujeres en el harem. Y en cuanto a las ingeniosidades y

fantasías capilares, ¿hay nada más chulo, más castizo, que ese bucle, de

la forma y tamaño de una rosquilla de Reinosa? Sin embargo, no ha mucho

lo castizo y chulesco era el peinado de _chuletas_, con el pelo atusado

hacia delante, adherido a las sienes, hasta las cejas, y cortado al

extremo en línea vertical.

Clemencín, en una nota al _Quijote_, nos refiere las vicisitudes

históricas de barba y cabellos. «Entre los antiguos, escribe, hubo

variedad acerca de la barba. A los judíos prohibía la ley el raerla.

Por el contrario, los griegos y romanos se la quitaban, conservándola

sólo entre los primeros algunos filósofos y personas que afectaban

gravedad. Cicerón habla de las precauciones de Dionisio, el tirano de

Siracusa, para afeitarse. Los romanos usaron barbas al principio;

después, las quitaron, y el famoso Escipión Africano introdujo la

costumbre de afeitarse diariamente. Entre nosotros se traían barbas en

la Edad Media; pero las atusaban y componían, sin dejarlas crecer

libremente. En Aragón se usaba también llevarlas en el siglo XIV, puesto

que el rey don Pedro IV prohibió las postizas, que se ponían los

atildados y petimetres. En Castilla se suprimieron por entonces las

barbas. En el XVI, el rey de Francia Francisco I, para ocultar una

cicatriz que le dejó una quemadura en el rostro, se dejó crecer la

barba. Con esto las barbas se hicieron de moda; dejábanselas crecer los

galanes, y las personas serias se afeitaban, por gravedad y por no

parecerse a los pisaverdes. A principios del reinado de Carlos V, en

España se introdujo la moda de las barbas largas, a la tudesca. Por

entonces floreció un pintor flamenco llamado Juan de Barbalonga, porque

la tenía de vara y media de largo (la barba, claro está). Fué costumbre

general llevar barbas atusadas en el resto del siglo XVI y parte del

siguiente, en que se incluye la época de Cervantes. Muy entrado ya el

siglo XVII, las barbas se redujeron al bigote y perilla, que duraron

hasta el XVIII, de que han quedado restos en los bigotes de los

soldados. Al mismo tiempo que volvían a dejarse crecer las barbas, se

introdujo también el cortarse la cabellera que antes traían larga los

seglares. Carlos V se la cortó en Barcelona el año 1529, para curarse de

los dolores de cabeza que padecía, y a su imitación se la cortaron

también sus cortesanos. Los españoles llevaron cabellera sin barba hasta

Carlos V; barbas sin caballera, hasta Felipe IV; bigotes y perilla con

cabellera, hasta Felipe V.» Después de Felipe V pasó a España la moda

francesa del rostro rasurado y la peluca.

Ahora bien: ¿qué es lo español y castizo, en punto a barba y cabellos?

Cuando algunos panegiristas de lo castizo preconizan la vuelta a lo

tradicional y añejo, así en la indumentaria como en las costumbres y en

el lenguaje, me pregunto: ¿hasta qué fecha hemos de retirarnos en el

tiempo para dar con el prístino manantial de la tradición? Y concediendo

que se fije una fecha, ¿por qué nos hemos de plantar ahí, en lugar de

seguir retrocediendo? De esta suerte, llegaríamos a lo más tradicional

y castizo: la hoja de parra, trepar a los árboles, el grito

onomatopéyico.

Actualmente estamos asistiendo a una reviviscencia deliberada de lo

castizo pintoresco. Por todos los medios se procura que seamos castizos,

tradicionales. Pero ¿hasta dónde se alonga esta pretendida tradición? No

más allá de fines del siglo XVIII y principios del XIX. Entendida de

esta suerte la tradición, el gitanismo es uno de los ingredientes

esenciales de lo castizo. Otro ingrediente esencial es el versallismo.

El casticismo a la moda es maridaje de dos influencias exóticas.

Desde la época de Felipe II los modos y maneras españoles eran rígidos,

severos, adustos, formulistas. Los hombres vestían de negro; las

mujeres, cuando no de negro, con sobriedad de colores. Los arreos de los

menestrales eran asimismo apagados, sombríos. Guardábanse celosamente

las jerarquías. El hidalgo miraba a lo alto y rehuía envolverse con la

plebe, aunque anduviera tronado y muerto de hambre. Las grandes

solemnidades públicas consistían en que los caballeros alanceaban a

caballo toros en coso, y los togados quemaban herejes. Sobre aquel

cortejo funerario de los atavíos de entonces contrastaba, como pandilla

de máscaras en un entierro, el indumento amarillo y rojo de los tercios

de Flandes y el más abigarrado aún de la gitanería, que desde poco más

de un siglo se había metido por tierras de España. Carlos V, en una

pragmática de 1539, mandaba salir del reino a los _gitanos y personas

que con ellos andan en su hábito y traje_. Infiérese de aquí que, bien

que los gitanos no fueran bienquistos de la mayoría de los españoles, no

faltaba quien se dejara arrastrar por ellos a la vida errante, adoptando

la traza gitanesca. Tal es el asunto de _La gitanilla_, de Cervantes.

Inútiles fueron todas las ordenanzas reales encaminadas a la expulsión

de los gitanos. Los gitanos que cayeron sobre España afincaron en ella

para no abandonarla ya más. Otro caso de contumacia semejante, no ya de

una clase de gentes, sino de una costumbre, lo ofrecen las fiestas de

toros. Pontífices y prelados las condenaban. Isabel la Católica las

aborrecía. Felipe II caviló en proscribirlas. Pero ni Isabel ni Felipe

se juzgaron con fuerza bastante para tamaña empresa. En resolución, la

España de los Austrias se nos representa como un pueblo enorme,

empobrecido, espetado, picaresco, supersticioso, cruel y lúgubre. Dos

notas de color flamean sobre este ambiente fuliginoso: los soldados y

los gitanos.

En el siglo XVIII desvanécense del solio real los trágicos y lóbregos

monigotes austriacos, y salta, como en un escenario de fantoches, un

muñeco versallesco, disfrazado con peluca y sedas de mil brillantes

colores. Este ligero trastrueque basta para desfigurar la fisonomía de

España. Nuestra nación cuelga los enlutados tocas y mantos de dueña

dolorida y se viste de colorines. Bajo el influjo de la corte de

Versalles, que dirige y acompasa los movimientos de la Europa como un

maestro de baile, el siglo XVIII es racionalista, epicúreo y danzante.

España entra en la danza. Las mujeres de alto copete, que hasta entonces

habían vivido encerradas bajo muchas llaves, dentro de casa, y

encerradas dentro del guardainfante, faldamento aforrado de hierro como

plaza fuerte, abren de golpe puertas y ventanas, rompen la afectada

reserva, se arrojan a la calle, acortan la falda hasta más arriba del

tobillo, van de tertulia en tertulia y de sarao en sarao, se pintan

lunares, chapurrean francés y bailan gavotas. Los menestrales de la urbe

remedan en el traje la policromía y porte de los encasacados

lechuguinos. La luenga capa negra cede el puesto a la capa escarlata. El

pardo chambergo se destierra por un gran sombrero redondo, de color gris

perla; el castoreño que todavía usan los picadores de toros. En todo el

Mediodía de España el pueblo se apropia los rasgos característicos de la

gitanería; su estilo de vestir, sus bailes y algunas de sus expresiones.

Carlos III otorga estado civil a los gitanos, y los caballeros e

hidalgos cultivan su trato y amistad (véase la _VII carta marrueca_, de

Cadalso). Al propio tiempo se inicia, y en un instante llega a su colmo,

la moderna tauromaquia. «Como el señor Felipe V no gustó de estas

funciones (alancear toros), las fué olvidando la nobleza; pero no

faltando la afición a los españoles, sucedió la plebe a ejercitar su

valor, matando los toros a pie, con la espada, lo cual es no menor

atrevimiento y, sin disputa, por lo menos su perfección es hazaña de

este siglo.» (Nicolás Fernández de Moratín: _Carta histórica sobre el

origen y progresos de las fiestas de toros en España._) Antes, correr

toros era deporte y alarde de hombres principales. Con los Borbones, es

profesión lucrativa de gente baja.

En el desarrollo de la fiesta de toros, tal como hoy se practica, no les

cabe participación y honra a los gitanos. Seguiré copiando a Moratín,

padre: «Francisco Romero, el de Ronda, fué de los primeros que

perfeccionaron este arte, usando la muletilla» (invención sólo

comparable a la de la imprenta). «En el tiempo de Francisco Romero,

estoqueó también Potra, el de Talavera, y Godoy, un caballero extremeño.

Después vino el fraile de Pinto, y luego el fraile del Rastro, y

Lorencillo, que enseñó al famoso Cándido. Fué insigne el famoso Melchor

y el célebre Martincho, como lo fué sin igual el diestrísimo licenciado

de Falces.» Véase cómo en la creación de la tauromaquia moderna

colaboraron el pueblo, el blasón, la cogulla y la muceta. El licenciado

de Falces inventó plantar los garapullos o banderillas dos a dos.

Añade Moratín: «era una cierta ceremonia que los toreros de a pie

llevaban calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de

terciopelo negro, para resistir a las cornadas. Hoy que los diestros ni

aun las imaginan posibles, visten de tafetán (seda).» Y, como

complemento, Estébanez Calderón, el _Solitario_, nos informa de que:

«Cándido, dejando el calzón y justillo de ante como traje poco galán y

de poca bizarría, introdujo el vestido de seda y el boato de los

caireles y argentería.» Esto es, se rechazó el sórdido traje español del

período austriaco por el traje galo; calzones, chupa y casaquilla

recamados de oro, plata y pedrezuelas. En las corridas de toros perdura

el alguacilillo, vestido de golilla de la época austriaca, sin duda a

fin de marcar este contraste de que venimos hablando. Los toreros

imitaron de los gitanos las patillas de «boca de hacha» y el traje de

calle, que, al fin y al cabo, se había instituído como típico en

Andalucía.

Instaurada la moderna tauromaquia, la nobleza, arrepentida de haber

abandonado tan lozano juego, y no siéndole ya fácil volver a él,

consuélase con mezclarse entre toreros y ponerlos par a par de sí. De

este connubio irregular de aristocracia, torería y gitanismo, se

engendra la _majeza_, lo _flamenco_. El _majo_ es una mezcla de gitano,

torero y señor. «El vestido de majo--escribe el inglés Ricardo Ford, a

principios del siglo XIX--, lo mismo que un disfraz, autoriza la

conducta licenciosa. Cualesquiera que sean la posición o sexo del que se

lo pone, y se lo pone hasta la más alta nobleza[B], adquieren derecho a

la insolencia.» Ford dice «requiebro»; pero por entendido que, en

opinión de un inglés de entonces, el requiebro era pecaminosa

insolencia.

[Nota B: Lady Holland escribe desde Madrid: «Los _matadores_ son una

especie de _toreros_, particularmente admirados por las altas damas. Las

duquesas de Alba y de Osuna rivalizaron en el amor de Pedro Romero.»]

¿Se pretende que el flamenquismo y el gitanismo sean muy españoles y

castizos? Conformes; siempre que se precise y agregue «muy siglo

XVIII».

A pesar de todo, el problema del gitanismo queda en pie. Los gitanos

están extendidos por todas partes en Europa. Repártense en doce grupos:

Turquía, Rumania, Hungría, Bohemia, Moravia, Rusia, Alemania, Francia,

Inglaterra, Grecia, Italia y España. El grupo más numeroso es el rumano

(unos 300.000). No se conoce de cierto su origen. Según la conjetura más

verosímil, pertenecen a una raza aborigen de la India. Ford, escribía

hace años: «los gitanos españoles muestran decididas señales de sangre y

hermosura indostánicas; los ojos grandes y casi cristalinos, la mirada

de languidez, la blancura de los dientes, la frente evasiva, el frágil y

elegante esqueleto». Investigaciones posteriores confirman esta

presunción. El _caló_ gitano es una lengua congénere de los siete

idiomas neo-indos. La inmigración gitana en los países de la Europa

occidental data del siglo XV. Tuvieron, a lo que parece, por centro

primitivo, un país griego, probablemente Tracia (un autor francés, M.

Bataillard, quiere que los gitanos sean un antiguo pueblo griego, los

_Syginnos_), luego un país eslavo, y, por último, antes de

desparramarse, acamparon y posaron en Rumania.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 7 / 15 段