Algún erudito supone que sólo la segunda jornada de _La adúltera

penitente_ es de mano de Moreto. La primera y la tercera se presume que

pertenecen, respectivamente, al acervo literario de Cancer y al de Matos

Fragoso, ingenios segundones de la prole multitudinosa que don Pedro

Calderón dejó en el mundo de la escena española. Sea de ello lo que

quiera, _La adúltera penitente_ puede valerse por sí y con independencia

de sus procreantes.

En las relaciones de comedias de los tiempos viejos, _La adúltera

penitente_ va adornada con este perendengue: _comedia de vidas de

santos_.

La clasificación de nuestro teatro clásico es de origen vulgar, que no

erudito. Las denominaciones con que se conocen los diversos y ricos

grupos de comedias las fué poco a poco inventando el público de los

corrales; no revelan el concepto dramático del autor, sino que expresan

la impresión en el pueblo, el cual se inclina a definir las cosas

atendiendo antes a una circunstancia notoria que al carácter esencial,

como lo prueban los apodos y remoquetes. Para el pueblo todo lo que

vuela es ave; por ejemplo: el murciélago. Todo lo que nada, es pez; por

ejemplo: la ballena. Lo que vuela y lo que anda, es carne; lo que nada,

es pescado. Lo que no vuela, ni anda, ni nada, no es carne ni pescado;

por ejemplo: una berza. El pueblo no podía admitir que dos comedias, una

sobre San Isidro, labrador, y otra sobre Tolomeo, rey de Egipto, fuesen

de la misma especie. Sería tan absurdo como emparejar de alguna suerte

murciélago y ballena.

Así, se estableció, ante todo, una marcada divisoria entre las comedia

_a lo divino_ y todas las demás, urdidas con personajes de carne, hueso

y cuero. La comedia a lo divino, por antonomasia, es el «auto

sacramental». En la loa del auto de Lope _El nombre de Jesús_, a la

pregunta «¿qué son autos?», se contesta:

«Comedias a gloria y honor del pan,

que tan devota celebra

esta coronada villa.»

Son los autos comedias en torno al sacramento de la Eucaristía, obras de

divulgación teológica.

Como su mismo nombre indica, las comedias de vidas de santos toman a los

santos en vida, cuando se mostraban como seres de carne, hueso y cuero.

Son, por consiguiente, comedias humanas. Era costumbre dar estas

comedias el día de la fiesta del protagonista, a fin de ejemplarizar con

sus virtudes.

La comedia de vidas de santos viene a ser, en el fondo, una leyenda

dramática con asunto piadoso. En cuanto al aparato, corresponde a lo que

se llamó comedia _de ruido, de teatro, o de cuerpo_, por oposición a la

comedia de _capa y espada_, o _de ingenio_ y discreteo.

En las de capa y espada, los actores vestían trajes de la época. El

tablado estaba circuído de tapices fijos. Las de teatro y ruido exigían

más lujo de trajes, maquinaria y decoraciones.

Si arbitraria es la clasificación precedente, no lo era menos, en

verdad, la que hicieron los romanos de sus comedias, según tenían asunto

de Roma o asunto de Grecia, en _Commediae Togatae_ y _Commediae

Palliatae_; _de toga_, vestidura romana con que salían los actores en

las primeras, y _palio_, traje nacional griego, atavío obligado en las

últimas. Dintinguíase también la tragedia, con personas de elevada

jerarquía, de la comedia, entre gente rahez.

La adúltera penitente es Santa Teodora de Alejandría. Da la casualidad

que el 28 de agosto la Iglesia católica celebra la festividad de dos

Santas Teodoras: la de Alejandría y otra, virgen y mártir; y las dos han

salido a las tablas. La Santa Teodora virgen y mártir es la heroína de

una de las tragedias de Corneille.

El venerable Jacobo Voragino, frailecico italiano del siglo XIII,

hermano en religión y sentimiento del beato Angélico, nos cuenta, en su

_Lectura áurea_, la vida de Santa Teodora de Alejandría.

«Teodora, mujer de ilustre casa, vivía en Alejandría, bajo el emperador

Zenón. Estaba casada con un hombre rico y temeroso de Dios; pero el

diablo, resentido de su santidad, excitó en el alma de otro ciudadano de

Alejandría el deseo de poseerla.»

El seductor importuna en vano a la santa. Por fin, envía de mandadero a

un mágico. Teodora responde que no cometerá pecado en presencia de Dios,

que todo lo ve. A lo cual, el pícaro mágico responde con estas palabras,

que el venerable Jacobo estampa, como si las estuviese oyendo: «Todo lo

que se hace de día, Dios lo ve y lo sabe; pero lo que se hace por la

noche, después de la puesta del sol, Dios lo ignora.» Y la dama,

engañada por esta mentira y tocada de piedad por su enamorado, le envía

a decir que le autoriza para que venga a verla, después de la puesta del

sol. Y añade candorosamente el venerable Jacobo: «el enamorado tuvo buen

cuidado de no faltar.» Apenas el amante abandona la casa, Teodora

comienza a «volver en sí» y a darse cuenta de que ha pecado. Por salir

de dudas, va la mañana siguiente a consultar con una madre abadesa sobre

si Dios ve de noche. La madre abadesa responde, claro está, que sí.

Entonces, Teodora termina de darse cuenta. De allí a pocos días se corta

el cabello, se viste de hombre y se dirige a un convento de monjes, a

ocho leguas de Alejandría.

En _La adúltera penitente_ el esposo de Teodora se llama Natalio, y el

amante, Filipo. La primera jornada comprende la caída de Teodora y su

huída al convento. El episodio del mágico y la consulta con la madre

abadesa, no tienen cabida en la comedia. El diablo toma mucha parte en

esta primera jornada, si bien su papel es mudo, pantomímico.

Teodora, en el convento, pasa por hombre; es el hermano Teodoro. Hace

dura y edificante vida de penitencia. El diablo está cada vez más

resentido y rabioso. «Un día, refiere el venerable Jacobo, volviendo

Teodoro de la ciudad, recibe hospitalidad en una casa en donde una

muchacha se le acerca y le dice: ven a yacer conmigo. Y como el monje

rehusase, la muchacha va a buscar otro hombre que vivía en la casa. Y

cuando, andando el tiempo, le preguntaron de quién estaba encinta,

respondió: del monje Teodoro.» En las anteriores líneas hemos modificado

y preterido algunas expresiones harto cándidas, del venerable Jacobo.

Prosigamos. El prior del monasterio reprimenda ásperamente al hermano

Teodoro y le despide, con la criatura a cuestas. Tal es lo que sucede en

la segunda jornada.

En la tercera jornada acrecen las penitencias del tierno monje;

convierte al seductor, que andaba como forajido por el monte; retorna a

las puertas del convento, conociendo que se aproxima su fin; satisface

al marido; pónese en claro que no podía ser padre de ningún niño, y en

la hora de la muerte los ángeles acuden a recoger su alma.

Esta es la deliciosa comedia, que los espectadores frívolos han

desdeñado por pueril y disparatada.

Autos sacramentales y comedias de vidas de santos son derivaciones,

intelectualmente elaboradas, de aquellas piezas de asunto religioso y

propósito moral, aun cuando no siempre de procedimiento limpio y

decoroso, _milagros_, _misterios_ y _moralidades_, que durante la Edad

Media se representaban en todos los pueblos de Europa, generalmente en

las catedrales, iglesias y monasterios.

Prohibióse en España la representación de los autos sacramentales, a 9

de junio de 1765; la de las comedias de santos, algo antes. Debióse,

como causa ocasional, la prohibición, a las impugnaciones de José

Clavijo Fajardo, que ha dejado memoria, más que como escritor, como

hombre, a causa de cierta aventura con una hermana de Beaumarchais, que

aprovechó Goethe para su drama _Clavijo_.

Clavijo era uno de aquellos escritores hispanos que durante el siglo

XVIII se esforzaron por corregir nuestros hábitos escénicos e implantar

las normas austeras del teatro francés. Los ensayos polémicos y

críticos, sobre arte dramático, de Clavijo, aparecieron en una

publicación intitulada _El pensador matritense_, imitación de _El

espectador_ inglés. El ensayo o «pensamiento» III del volumen primero se

rotula en el índice _Crítica de nuestras comedias_, y en el texto,

_Defensa de las comedias españolas_. Versa sobre las comedias de ruido y

bulto, entre las cuales se cuentan las de vidas de santos[A]. El asunto

está desarrollado irónicamente. Comienza: «¡Que no ha de haber forma de

reprimir la osadía con que a nuestras barbas se burlan de nosotros los

extranjeros! Señores, ¿y dónde estamos? ¿Qué sufrimiento tan fuera de

tiempo es el nuestro? Y luego, mucha bulla, mucha planta, mucho de

Es una fiera gente la de España,

que cuando a pechos una cosa toma,

los tiembla el mar, la muerte los extraña.»

[Nota A: Las comedias de capa y espada, de ingenio o de intriga se

ajustan, por su naturaleza, a las exigencias unitarias de lugar, tiempo

y acción.]

Simula el autor que en un corro de conversación tropezó, entre muchos

españoles, con dos extranjeros, los cuales «empezaron a burlarse a

banderas desplegadas, ¿y de qué? De las niñas de nuestros ojos, de la

alhaja preciosa de la España; en una palabra: de nuestras queridas

comedias».

«El primer envite de los dos señoritos empezó por las tres unidades, que

dicen deber observarse en la comedia: unidad de lugar, unidad de tiempo

y unidad de acción.» Entonces el autor asume en chanza la defensa de

nuestras comedias, y acumula de propósito en su alegato donosos

desatinos. «Ahora bien: señores, les preguntó yo: ¿por qué y para qué se

han de guardar? El porqué, ya veo que me dirán vuesas mercedes que es

porque así lo establecieron los maestros del arte. ¿Y quiénes son estos

maestros, estos doctores, cuyos documentos y lecciones debemos seguir

ciegamente? Aristófanes, Menandro, Plauto, Terencio y otra cuadrilla de

condenados. Lindos modelos, por cierto. Unos hombres que están ardiendo

en los infiernos...» Y luego: «Si al señor don Terencio y al señor don

Plauto se les hubiera antojado poner cinco, seis, veinte y cuarenta

unidades en cada comedia, ¿el mismo número habíamos de conservar

nosotros?» Siguen otras razones no menos estrambóticas. «Queda visto

ser absurdo, tuerto y contrahecho, el porqué de las tres unidades, que

vuesas mercedes nos vienen cantando a cada instante, como las tres

ánades madre. Veamos ahora el para qué.» A esto se responde que para

conservar la ilusión. Y el pensador exclama: «Que es lo mismo que el

engaño, en buen castellano. ¿Y quién les ha dicho a vuesas mercedes que

nosotros queremos engañar a las gentes? No, señores; muy al contrario.

Nosotros somos hombres de buena fe, y de verdad, y no damos gato por

liebre... Y si no, miren ustedes nuestros teatros y nuestros actores.

Estos parecen alquilados, y a excepción de levantar un poco más o menos

la voz en donde se les antoja, sin método ni discernimiento, y sin saber

lo que se pescan, ellos no hacen sino el papel de papagayos, repitiendo

lo que les dice el apuntador; pero esto bien y fielmente, sin que pueda

quedar la menor duda, porque en lo más retirado de nuestros corrales (y

búrlense vuesas mercedes del nombre), antes se oye al apuntador que a

ellos.» Lo mismo que ahora. «Nuestros teatros no pueden engañar al más

rústico». Noticias que en otros pasajes nos da el propio Clavijo,

contradicen esta afirmación.

Entra a seguida el autor a criticar humorísticamente el famoso dístico

de Boileau sobre las tres unidades; que, traducido al castellano, dice,

poco más o menos:

Que _en un lugar y en un día_,

_un solo y único hecho_

tenga el teatro ocupado

y al auditorio suspenso.

Los extranjeros interpretan la unidad de lugar como alusiva a la acción

de la obra dramática, de manera que «si la acción de la pieza principia

en Viena, no tenga su medio en Babilonia, ni su fin en el Mogol... No,

amigos; nosotros acomodamos esta regla mucho mejor, sin comparación,

según su sentido literal, que se reduce a decir que en el mismo lugar

donde se empieza la comedia, allí mismo, y no en otra parte, se

concluya. Y esto sucede, y hubiera siempre sucedido, aunque Boileau no

hubiera venido al mundo; porque sería muy incómodo después de oír la

primera jornada en la Rambla, ir a ver la segunda al Encante, y la

tercera a Barceloneta». Esta interpretación española de la unidad de

lugar, aunque el pensador la juzgase risible y sandia, es, en rigor, la

misma que adoptaron el doctor Johnson, en el prólogo a su edición de

Shakespeare, y Lessing, en su _Dramaturgia hamburguesa_. Hoy en día no

consideramos monstruoso que la acción de una obra comience en Viena,

continúe en Babilonia y concluya en el Mogol.

«Pasemos a la segunda unidad. En un día. ¿Qué cosa más clara? Un niño de

la escuela adivinará sin mucho trabajo que esto quiere decir que no dure

dos o tres días la comedia... Antójaseme, por ejemplo, saber la vida da

Matusalén. Quizás habrán vuesas mercedes oído decir que vivió

novecientos sesenta y nueve años. Tomo, pues, un Flos Sanctorum.

Apostemos que en menos de una hora me leo toda la vida. Aquí, pues, de

la razón y del juicio. Si en una hora sé lo que ha pasado a Matusalén en

novecientos años, en dos horas y media, que hemos de conceder, por lo

menos, a la comedia, puedo saber lo sucedido en dos mil doscientos y

cincuenta.»

«Una sola acción es la tercera y última unidad que se nos predica. ¿Y

qué es esto? Vuélvome a mi tema: pobreza. Pobreza de ingenio, pobreza de

invención y pobreza de gente.»

En cuanto al ingenio, el pensador se burla de la desatentada

promiscuidad de metros en que están escritas las comedias españolas, fea

y extravagante abundancia que los nacionales toman por riqueza de

ingenio.

«Pobreza de invención. Porque los extranjeros han inventado el

telescopio, las máquinas pneumática y eléctrica, y otras semejantes, ya

les parece que no hay otras invenciones que las suyas, y que los

españoles no saben lo que se inventan. Y a fe mía que se engañan de

medio a medio; que mucho más difícil y mucho más gloriosa es la

invención de hacer hablar un mono, y no le va en zaga el formar una voz

_sobre natural_, y uno y otro se ve en la comedia famosa de Lope,

intitulada _El Pitágoras moderno_. Y si esto les parece poco, ahí está

la comedia del Rey Wamba, que no me dejará mentir, donde un niño recién

nacido hace su papel como un hombre.» «En la comedia _El triunfo de la

virtud_, de Lope, con sólo hacer el mágico Euristeo sobre el tablado

varios círculos, se abre una boca de infierno, tan fea y tan hedionda

que da miedo, y sale bailando, dando saltos y brincos una tropa de

diablos de todos tamaños.»

«Pobreza de gente. Tómense las comedias de los extranjeros y se verá que

en entrando en una comedia seis o siete personas, ya les parece que

tienen el gasto hecho... Pues en la comedia citada de _El Pitágoras

moderno_, excluyendo las guardas del rey de Marruecos, una tropa de

marineros moros, un mono que habla, una estatua, dos pares de angelones

y una voz sobrenatural, hay por lo menos veinticinco personajes.»

Los pensamientos XLII y XLIII del volumen cuarto contienen reflexiones y

críticas sobre la representación de los autos sacramentales. El pensador

procura desterrar de la escena estas obras, más por amor a la religión,

a lo que él asegura, que por amor al arte.

«No pueden mirarse--dice--en unos teatros tan profanos, sin que tenga

mucho que gemir el católico menos celoso.» Y más adelante: «Quieren

elevar el teatro hasta una esfera muy distante y muy ajena de su

institución, o rebajar el santuario, queriendo trasladar a un lugar

inmundo la cátedra y el sacerdocio.» «No ha muchos años que en uno de

nuestros teatros se vió ridiculizar al Papa y al Sacro Colegio,

representado con la púrpura y demás insignias de sus dignidades,

haciendo que al oír cantar la chacona perdiesen todos estos personajes

la gravedad que les correspondía y empezasen a bailar

descompasadamente.» Tendría que ver.

«Mi dictamen es _que los autos sacramentales deberían prohibirse por el

Soberano, como perniciosos y nocivos a la religión cristiana_.»

A cuatro puntos reduce el pensador los motivos en que funda su demanda

de prohibición: 1.º, el fin de los autos; 2.º, el lugar en que se

representan; 3.º, las personas que los ejecutan; 4.º, el modo de

representarlos.

«No obsta que digan algunos van a los autos para aprender teología y

escolástica y la expositiva, y que aprenden más en una tarde de autos

que en muchos meses de trabajo sobre libros.»

«Lo que se advierte continuamente es que la mayor parte de las gentes, y

particularmente las de un cierto tono, están en conversación o dejan los

aposentos y lunetas mientras dura el auto, y sólo asisten al entremés y

sainete.»

Respecto a las personas que los ejecutan: «El pueblo, acostumbrado a ver

representar a una comedianta los papeles de _maja_, de _lavandera_, de

_limera_ y otros, que, por más serios, no tienen menos indecencia, y en

que no pocas veces se ven más atajados el recato y la honestidad, no

puede engañarse cuando la ve hacer el papel de la Virgen purísima.»

«Al rey nuestro señor don Felipe II presentó un seglar de capa y espada

un memorial en que había las cláusulas siguientes: el traje y

representación de la reina de los ángeles ha sido profanado por los

cómicos, representándose en esta corte una comedia de la vida de Nuestra

Señora... El representante que hacía la persona de San José estaba

amancebado con la mujer que representaba la persona de Nuestra

Señora... En esta misma comedia, llegando al misterio del nacimiento de

Nuestro Señor, este mismo representante reprendió en voz baja a la

mujer, porque miraba, a su parecer, a un hombre de quien él tenía celos,

llamándola con un nombre, el más deshonesto que se suele dar a las

mujeres malas.» Y añade el memorial: «En su vestuario están bebiendo,

jurando y jugando con el hábito y forma exterior de santos, de ángeles,

de la Virgen y del mismo Dios, y después salen al público fingiendo

lágrimas y haciendo juego de lo que siempre había de ser veras.» Esta

manera de raciocinio carece de validez, ya se aplique al cumplimiento de

los deberes religiosos, ya al ejercicio del arte escénico. Que

sacristanes y monaguillos retocen, remangados los hábitos, en la

sacristía, y profieran allí palabrotas irreverentes, no es fundamento

para suprimir estos útiles acólitos en las ceremonias del culto. Mucho

menos lógico sería acabar con el clero porque haya malos clérigos. Y en

lo atañedero al arte escénico, la vida en el camarín y detrás de

bastidores en nada se asemeja a la vida ideal del proscenio. Puede hacer

un excelente Yago un actor que después de los mutis sea, en la vida

civil, un pedazo de pan; un excelente Otelo, un marido burlado,

noticioso de la burla y estoico, y una excelente Desdémona, una mujer

corrompida y hastiada de amorosas experiencias.

En cuanto al modo de representarse los autos, el pensador vitupera los

anacronismos en que abundaban. Pero el anacronismo podrá ser un defecto

científico, mas no una falta de arte.

Las tachas que el pensador descubre en nuestro teatro clásico, fueron, a

la vuelta de contados años después que él pensaba y escribía,

enaltecidas como rasgos de belleza, alicientes de amenidad y condiciones

de vida del drama, por los corifeos del teatro romántico en toda Europa.

Y caso, no por frecuente en España, menos peregrino: cuando algunos

escritores españoles ensayaron aclimatar entre nosotros el teatro

romántico, el público y la crítica lo motejaban de insensato,

desapacible, estúpido y extranjerizo.

Recientemente se observa en todo el mundo civilizado un renacimiento de

los artes dramático y escénico, cuya orientación y sentido ha

compendiado un tratadista en esta fórmula: _reteatralización del

teatro_.

El vicio de origen del teatro clásico francés, y de sus sucedáneos e

hijuelas, entre los cuales está, naturalmente, el teatro francés

moderno, estriba en haber mermado la materia estética del arte

dramático, restringiéndola a la imitación mecánica de la vida cotidiana.

Lo esencial e imprescindible para preceptistas y autores franceses son

la verdad y la realidad escénicas, las cuales, cierto que no son

esenciales ni imprescindibles. La verdad y la realidad artísticas, sea

en la escena, sea en el cuadro, sea en un instrumento músico, son

verdades y realidades distintas de las verdades físicas con que, a

troche y moche, tropezamos; son realidades y verdades imaginarias, que

acaso conseguimos insertar en la vida cotidiana y acaso no. Si ha de

existir un teatro artístico, vivo y bello, ha de nutrirse de verdades y

realidades peculiarmente teatrales. Así ha sido siempre el teatro y así

ha de ser, si quiere durar y prosperar. Esto quiere decir la

reteatralización del teatro. Justo es declarar que de los directores de

teatros actuales, el señor Martínez Sierra es el único que ha percibido

las obligaciones que incumben al cargo.

Al aparecer en Eslava _La adúltera penitente_ se dijo que obras de este

jaez no interesan al alma contemporánea, que no cree en milagrerías ni

diablos coronados. Precisamente por eso deben interesar artísticamente.

Las impugnaciones y críticas del pensador son disculpables, porque

entonces el pueblo tomaba demasiado por lo serio, como si fuera la

verdad misma de todos los días, las representaciones teatrales. El

propio Clavijo cuenta que, en cierta ocasión, un espectador, fuera de

sí, gritó: ¡Viva el demonio!, después de un parlamento afortunado de un

actor que hacía de diablo.

Que yo no crea en centauros ni nada de la mitología griega, no me impide

admirar el cuadro de Boticelli «Palas y el centauro».

Una obra de arte es un pedazo de materia bruta en donde han infundido su

espíritu o su carácter un individuo o un pueblo. Tan artística, a su

modo, es una bronca cerámica de Fajalauza, como una porcelana de Sèvres.

El interés del arte no proviene tanto de la perfección imitativa cuanto

del carácter acusado que posee

la obra. Y _La adúltera penitente_ es una

comedia característica, muy española

y muy siglo XVII. Esperemos

que permanezcan en el

repertorio y se muestre

de cuando en

cuando.

[Nota: _PASTORA IMPERIO_]

SI AGRUPAMOS los miembros de la Real Academia de la

Lengua según el género literario que cultivan, tengo para mí que el

núcleo más nutrido está representado por el arte dramático. Autores

dramáticos, ya puros, ya injertos en otra autoridad literaria, creo que

son los más en la Academia. Acaso les sigan los oradores políticos.

Oratoria política y arte dramático; dos maneras retóricas que ofrecen

entre sí estrecho parentesco y semejanza.

Si bien la pauta o canon con que, antes de acogerlos, talla, mide y

coteja la Academia a los académicos aspirantes permanece incógnita e

inviolada para quienes vivimos extramuros de aquel sacro recinto, con

todo, se me figura que, en punto a la admisión de los autores

dramáticos, la Academia emplea dos criterios: uno remuneratorio y otro

punitivo. Así como en otras actividades literarias no es raro que la

Academia se incline por las medianías, en lo tocante a la dramaturgia no

acepta sino los extremos; bien sea los autores excelentes, que todo el

mundo admira y aplaude, bien los autores depravados y execrables

(artísticamente hablando, claro está), que todo el mundo toma a chanza.

En el primer caso, la investidura académica es un galardón. En el

segundo caso, como quiera que a la Academia le incumbe velar por los

fueros de la literatura patria, finge otorgar un honor al vitando

dramaturgo, no sin antes haberle exigido juramento de que no volverá a

escribir para el teatro, y si, por desdicha suya y de los demás, cediera

a la tentación de reincidir, se le recaba la promesa solemne de que,

cuando menos, no consentirá que su obra se represente en un escenario

importante. Si es esto cierto, como presumo, yo, por mí y en delegación

de no pocos deleitantes del teatro, me atrevo a suplicar a la Academia

que no desdeñe al señor Linares Rivas, el cual, a lo que se dice,

presenta su candidatura para una vacante que ahora hay.

Una larga experiencia me ha enseñado, en efecto, que los dramaturgos

académicos incursos en el sector penal se divorcian de Talía desde el

instante que transpasan los umbrales de la Academia. De donde infiero

que el criterio punitivo y prohibitorio no es un antojo de mi

imaginación, sino cosa real, aunque recóndita. Dichos señores académicos

y autores dramáticos a lo sumo celebran vergonzantes contubernios con

la musa plebeya de algún antro escénico fuera de mano. Así ha sucedido

estos últimos días. Un académico ha estrenado en Novedades, y otro, en

Romea. Lo de Novedades no lo sé sino por referencia periodística. De lo

de Romea he sido testigo presencial. Se trata de una obrilla en verso,

escrita por el señor Cavestany para el beneficio de la gran bailarina

gitana Pastora Imperio.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 6 / 15 段