Para más completa aclaración nos permitiremos transcribir unas líneas de

una novela contemporánea, _Troteras y danzaderas_, en donde, al modo de

síntesis explicativa de ciertos hechos narrados, se lee: «Aquella

catarsis o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que

el espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles, no es más, si

bien se mira, que acto preparatorio del corazón para recibir dignamente

el advenimiento de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir que

las únicas: la tolerancia y la justicia. Estas dos virtudes no se

sienten, por lo tanto no se trasmiten, a no ser que el creador de la

obra artística posea de consuno espíritu lírico y espíritu dramático,

los cuales, fundidos, forman el espíritu trágico. El espíritu lírico

equivale a la capacidad de subjetivación; esto es, a vivir, por cuenta

propia y por entero, con ciego abandono de uno mismo y dadivosa

plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas. En la mayor o menor

medida que se posea este don, se es más o menos tolerante. La suma

posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente lo posee en tal grado

que en él viven todas las criaturas. El espíritu dramático, por el

contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea, la mutilación de

toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser o una idea enfrente

de otros, sino que se les ha de dejar, uncidos a la propia ley de su

desarrollo, que ellos, con fuerte independencia, luchen, conflagren, de

manera que no bien se ha solucionado el conflicto se vea por modo

patente cuáles eran los seres e ideas útiles para los más y cuáles los

nocivos. El campo de acción del espíritu lírico es el hombre; el del

espíritu dramático, la humanidad. Y de la resolución de estos dos

espíritus, que parecen antitéticos, brota la tragedia. Cuando el autor

dramático inventa personajes amables y personajes odiosos, y conforme a

este artificio inicial urde la acción, el resultado es un melodrama.» Y

más adelante: «el autor dramático debe hacerse esta consideración:

Supongamos que mis personajes asisten como espectadores a la

representación de la obra en la cual intervienen, ¿pondrían en

conciencia su firma al pie de los respectivos papeles, como los testigos

de un proceso de buena fe al pie de sus atestados?»

En el melodrama, el espectador no es nada más que un espectador. En el

drama y en la tragedia, el espectador es, al propio tiempo, actor, con

todas sus potencias.

Con esto damos por concluídos nuestros comentos acerca de _Antonio

Roca_. Hemos obtenido algún resultado: el descubrimiento de que esa

forma peregrina y amoral del melodrama novísimo tiene ya sus

antecedentes en aquel bullicioso _microcosmos_ que fué la obra

de Lope de Vega. Quizás algún día se nos

antoje inquirir y mostrar cómo allí

mismo se animan los organismos

infantiles de la tragedia, el

drama y el teatro

poético.

[Nota: _JUAN DE LA CUEVA_]

LA BIBLIOGRAFÍA sobre nuestro teatro clásico se ha

enriquecido con una obra nueva y excelente. Aludo a la edición de las

comedias y tragedias de Juan de la Cueva que ha hecho D. Francisco A. de

Icaza y publicado la Sociedad de Bibliófilos Españoles. La edición

comprende cuatro tragedias y diez comedias. Va precedida de un estudio

del colector, trabajo no por compendioso nada deficiente, en el cual se

patentizan aquellas cualidades de elevación en el propósito, fineza de

percepción y amable sobriedad de forma que posee el Sr. Icaza, como

poeta y como crítico.

Como advierte el Sr. Icaza, el de Juan de la Cueva no es un valor

literario perenne, sino ocasional; no nos solicita a causa de su interés

presente e intrínseco, sino por su interés histórico. Juan de la Cueva

debe su partícula de inmortalidad a la circunstancia de haber nacido

antes de Lope. Si se retrasa en nacer unos cuantos años, la posteridad

erudita apenas si le hubiera mentado. Dicho en otras palabras: Juan de

la Cueva figura en la historia literaria en concepto de precursor de

Lope; algo así como el Bautista de nuestro teatro. El problema es:

¿está Cueva, respecto de Lope, en la relación de la flor y el fruto, que

si la flor no se logra, el fruto no cuaja? De no haber existido Juan de

la Cueva, ¿hubiera practicado Lope diferente arte de componer comedias?

Más adelante responderemos a esta pregunta.

La circunstancia de ser Juan de la Cueva precursor de Lope ha ido

desnaturalizándose en términos que recientemente se le ha llegado a

considerar como definidor y creador de la dramaturgia hispana. Este

fenómeno de estragamiento en la estimación de los valores literarios es

harto frecuente y explicable. Es de suponer que el primero que intenta

fijar el valor de una obra tiene conocimiento de ella. Pero viene luego

un segundo, al cual ya no le importa aquella obra en particular, sino

como tantas otras, puesto que desea trazar la historia de una época, y,

en vez de acudir directamente a la obra, aprovecha el dictamen del

primero, modificándolo un tanto y exagerando ora el loor, ora el

menosprecio, porque parezca que habla por cuenta propia. Y surge un

tercero, que tiene entre manos la historia de varias épocas, el cual

toma disimuladamente la opinión del segundo y la exagera y modifica un

poquito más, por amor de la originalidad. Y así sucesivamente hasta que

ya nadie se entiende. Esto se llama hablar por boca de ganso, lo cual no

tiene remedio mientras en la flaca naturaleza humana subsista la

propensión a oficiar de enterado, sin noticias, ni juicio, ni

comedimiento.

Algo semejante sucedió con Juan de la Cueva. Schack y Lista hablaron

como por cuenta propia de Juan de la Cueva, y no hacían sino aderezar, a

su modo, lo poco que Moratín, hijo, había dicho antes. «Y más

inexplicable es aún--escribe el Sr. Icaza--que empiece a correr como

valedera, y se repita de igual modo que antes se reproducían las

observaciones de Moratín, cierta leyenda recién inventada, falsa de todo

punto, que hace de Juan de la Cueva el más fervoroso propagandista, en

la teoría y en la práctica, de un arte netamente español por la forma y

por los asuntos, que hasta exigía fueran contemporáneos.» Añade el Sr.

Icaza que para salir de este error bastaba con leer los resúmenes que

Moratín hace de los argumentos de las comedias y tragedias de Juan de la

Cueva. «Sólo tres de las catorce obras escénicas que hasta nosotros han

llegado tienen asunto español.»

Un historiador reciente de la literatura española atribuye a Juan de la

Cueva el siguiente designio: «Que no había que andar repitiendo fábulas

griegas, latinas o italianas, que no nos importaban un bledo a los

españoles.» Y como quiera que Juan de la Cueva, en _El ejemplar

poético_, trató en verso la didascalia dramática, el referido

historiador infiere que Cueva «llevó la teoría a la práctica»,

suponiendo que su obra didáctica es anterior a sus comedias y tragedias;

hipótesis algo aventurada, que es como si supiéramos que Aquiles había

sentido la vocación de héroe porque había leído la _Ilíada_, o que

Esquilo aprendió a hacer tragedias en la _Poética_ de Aristóteles. «_El

ejemplar poético_--escribe el Sr. Icaza--es más de un cuarto de siglo

posterior a las comedias y tragedias.» Mal pudo Juan de la Cueva llevar

su teoría a la práctica. En arte, jamás la teoría antecede a la

práctica, sin que esto signifique que el artista produzca ciegamente su

obra, no de otra suerte que la nube se resquebraja y da de sí agua de

lluvia. El artista--digo el artista, que no el confeccionador de

pacotillas y de arte contrahecho--sabe lo que hace y cómo lo hace y para

qué lo hace; pero lo sabe en el momento de estar haciéndolo, con un

conocimiento tan profundo y activo que su manera más adecuada de

expresión es la creación misma. En cada artista yace un sentimiento

peculiar del Universo, acompañado de una visión propia de la realidad

sensible. A este modo original de ver y de sentir, que necesariamente

provoca un modo original de pensar, se le denomina temperamento o

personalidad. Si un artista verdadero, original, con personalidad

propia, en el momento de atravesar ese período indivisible de

conocimiento teórico o intuición técnica y de necesidad de creación, se

desdoblase y escindiese, dejando por el momento de producir, a fin de

sólo enunciar sistemáticamente la teoría de arte que sintéticamente se

le había revelado cuando se hallaba en trance de crear, resultaría:

primero, que su teoría no sería inteligible para los demás; segundo, que

luego, al producir, sus producciones serían artificiosas, insípidas,

muertas. El artista realiza u objetiva en la misma obra de arte su

personalidad, su teoría, su sistema. Más tarde, si se tercia, expone su

sistema; pero este sistema nunca tiene un alcance universal, sino que es

meramente la justificación o elucidación del propósito y procedimiento

de la obra ya exteriorizada. Si la crítica tiene alguna utilidad o razón

de ser, ha de esforzarse, ante cada personalidad artística, en

justificar y elucidar el propósito y procedimiento de la obra, cuando el

propio autor no lo haya hecho. Lo cual supone un viceversa correlativo;

fijar lo artificioso y falso de una obra cuando, careciendo el productor

de originalidad y personalidad propia, se ha conformado con seguir

cánones preestablecidos, fingir en frío sensibilidad y emoción, y

remedar peculiaridades ajenas.

Juan de la Cueva escribió comedias y tragedias a su modo. Andando el

tiempo, pretendió justificarse en su _Ejemplar poético_, al cual

pertenecen estos tercetos:

Mas la invención, la gracia y traza es propia

a la ingeniosa fábula de España;

no, cual dicen sus émulos, impropia.

Cenas y actos suple la maraña

tan intrincada, y la soltura de ella,

inimitable de ninguna extraña.

Es la más abundante y la más bella

en facetos enredos y en jocosas

burlas, que darle igual es ofendella.

En sucesos de historia, son famosas;

en monásticas vidas, excelentes,

en afectos de amor, maravillosas.

(_Suple las comedias._)

Finalmente, los sabios y prudentes

dan a nuestras comedias la excelencia

en artificio y pasos diferentes.

De lo copiado no es lícito deducir que Juan de la Cueva asentase la

simpleza de que un teatro nacional debe versar sobre asuntos nacionales.

Comenta el Sr. Icaza, y el comento es obvio: «Juan de la Cueva se

refiere a los moldes del teatro español de su época, cuyo artificio

alaba por más amplio, en contraposición del teatro griego, latino e

italiano renacente, _teatros extraños_. Sujetos aquéllos a las unidades

clásicas, paréncele monótonos y cansados, y su trama, _maraña_, no tiene

a su juicio el _suelto_ y a la vez _intrincado_ enredo del teatro

español. _Jamás trata de limitar los motivos y argumentos, ni en tiempo,

ni en lugar, ni en acción, ni mucho menos en asunto._»

Un teatro será nacional cuando se corresponde con el temperamento de una

nación, como una obra es original cuando se corresponde con la

personalidad de un individuo; y temperamento y personalidad se

acreditan, no sólo en la vida nacional y doméstica, sino también, y

principalmente, en la vida de relación con otros pueblos y otros

individuos, tratando temas universales, que así es como se contrasta y

define el carácter de cada cual. Shakespeare aprovechó asuntos de la

historia inglesa para su teatro; pero el teatro inglés no se ensanchó a

la categoría de teatro universal por virtud de los asuntos estrictamente

ingleses, antes por el contrario, gracias a las obras no locales;

_Hamlet_, _Othelo_, _El mercader de Venecia_, _Romeo y Julieta_, etc.,

etc.

Examinando en estos mismos ensayos una obra de Lope, hemos escrito: «En

Lope y Shakespeare están cabalmente representadas las respectivas

dramaturgias nacionales, con sus virtudes y flaquezas. Lope persiguió en

sus obras la _amenidad_; Shakespeare, la _humanidad_. La materia

dramática de las obras de Lope son los _sucesos_; la de Shakespeare, las

_acciones_.» Dicho en los términos de Juan de la Cueva: el teatro

español buscó ante todo la invención, la gracia y movimiento, la fábula

enmarañada e intrincada, la abundancia de enredos.

Más arriba hemos calificado a Juan de la Cueva como el Bautista de

nuestro teatro. No se interprete esta apelativo metafórico en un sentido

literal, como si Juan de la Cueva fuese el primero en España que

escribió obras teatrales. Nadie ignora que antes de él escribieron otros

muchos. Pero en Cueva aparecen las cualidades características de nuestra

dramaturgia ya robustas y a punto de adquirir forma definitiva, la cual

recibió de las ágiles manos de Lope. Y estas cualidades son

características, no ya de Cueva y Lope, sino del pueblo hispano. Todas

ellas, ha poco mentadas, se resumen en una: falta de atención. La falta

de atención en el autor le condujo a diluirse en su obra, adoptando,

como más cómoda, la factura laxa y superficial. La falta de atención en

el público necesita, como acicate del interés, la obra de factura

laxa y superficial, la maraña, la diversidad

ininterrumpida de escenas. En

suma: pereza de entendimiento

y sordidez de nervios. Sin

Juan de la Cueva, Lope

hubiera escrito lo

mismo que

escribió.

[Nota: _ENTREMÉS DE ENTREMESES_

(_Conferencia leída en el Ateneo de Madrid._)]

ASÍ LA PALABRA entremés como la palabra sainete, las

cuales en el uso figurado designan sendas especies dramáticas, hasta

cierto punto semejantes entre sí, significan originalmente cosillas de

comer. Aunque admitida secularmente en nuestra habla, y al parecer voz

familiar y castiza, sin embargo, la verdad es que nos llegó de Francia,

en donde se dijo _entremets_, o sea, entre vianda y vianda.

La palabra entremés viene ya desde la Edad Media. La «crónica de don

Alvaro de Luna» dice del rey don Juan II: «Fué muy inventivo e mucho

dado a fallar invenciones e sacar entremeses en fiestas.»

Sainete deriva de saín, que vale por la grosura de los animales. Era el

pedacito de gordura de tuétano que los cazadores de volatería daban al

halcón cuando lo cobraban. Díjose luego, por extensión, de cualquier

bocadillo delicado y gustoso al paladar, o de la salsa con que se da

buen sabor a las cosas, y, por último, de un a modo de postre en las

representaciones teatrales.

Una representación clásica de nuestro teatro estaba aparejada en el

estilo de una comida suculenta y copiosa. Primero, la loa o aperitivo.

Luego, la comedia, con sus tres jornadas por lo menos, que hacían de

platos fuertes. Entre jornada y jornada, como entre plato y plato, los

entremeses. Y el sainete, de postre. Los españoles son de condición

sobria, pero cuando se presenta la coyuntura de comer, no se detienen

hasta el hartazgo.

Siendo los entremeses materia parva, considero incongruente hacerlos

indigestos, adobándolos con una larga disquisición erudita. Sea este

breve comentario un entremés más; entremés de entremeses.

Tres de estas menudas y sabrosas representaciones se nos ofrecen hoy:

una de Lope de Rueda, otra de Cervantes, otra de los hermanos Quinteros.

De los Quinteros, así como de Cervantes, ¿qué podré decir que vosotros

no sepáis? Pero Lope de Rueda ya no es de todos igualmente conocido. Sea

el propio Cervantes quien os lo presente.

Escribe Cervantes en el prólogo de sus comedias: «Los días pasados me

hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las

cosas a ellas concernientes. Tratóse también de quién fué el primero

que en España las sacó de mantillas y las puso en toldo y vistió de gala

y apariencia. Yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me

acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne

en la representación y en el entendimiento. Fué natural de Sevilla y de

oficio batihoja. En el tiempo de este célebre español, todos los

aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se

cifraban en cuatro pellicos blancos, guarnecidos de guadamecí dorado, y

cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios como

églogas. Aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de

negra, ya de rufián, ya de bobo o ya de vizcaíno, que todas estas cuatro

figuras y otras muchas hacía el tal Lope, con la mayor excelencia y

propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoya. El

adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una

parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual

estaban los músicos cantando sin guitarra algún romance antiguo.»

Por mi parte, sólo he de añadir unas consideraciones, concisas y

someras, por ver de contrarrestar y esclarecer un error y un equívoco,

ya bastante arraigados, sobre el teatro español y el entremés.

A veces se da por evidente que el entremés es una comedia comprimida o

que la comedia es la dilatación de un entremés; y más aún, que el

entremés fué como la célula germinativa, que, reproduciéndose y

desarrollándose, dió de sí nada menos que todo el teatro español; y

viceversa, que nuestro teatro clásico nace del entremés. Prescindo de

argumentos documentales y me atengo al sentido común.

Supongamos que nos preguntan qué es una corbata y en qué relación está

con el traje. Sería absurdo responder que una corbata es un traje

comprimido, y un traje, una corbata dilatada; que la corbata es el

origen del traje y que el traje nació de la corbata. Pero esto, que es

absurdo de la corbata, ya no lo sería de... una hoja de parra. La hoja

de parra sí es un traje comprimido, y correlativamente, el traje es una

hoja de parra dilatada. Por eso, una vez que la hoja de parra ha

henchido los últimos lindes de sus posibilidades utilitarias y se ha

convertido en traje, ya no habemos menester de ella. No creo que nadie

se ponga ahora hojas de parra. En cambio, todos nos ponemos corbata.

Aquí está el toque. Cuando una cosa, sea en el orden que sea, ya en la

evolución de los géneros de la naturaleza, ya en la evolución de los

géneros literarios, cumple en el menester de germen, paso o estadio

previo de un organismo superior y más perfecto, deja de existir por sí y

permanece reabsorbida en el nuevo ser a que ha dado origen.

Cuéntase que entre el repertorio de santas reliquias, en una catedral

andaluza, acostumbraban mostrar a los curiosos tres calaveras, las tres

de San Palemón, que no fué tricípite; una, pequeñuela, de cuando era

niño; otra, terciada, de cuando era mancebo; la otra, del tamaño

acostumbrado, de cuando era hombre hecho y derecho. Puede pasar,

tratándose de reliquias, que son vestigios de personas y sucesos

sobrenaturales. Pero no es admisible semejante criterio cuando aplicamos

a inquirir los fenómenos naturales.

La mejor prueba de que el entremés no es embrión de nuestro teatro, nos

la proporciona el número crecido de entremesistas notables durante el

siglo XVII, época de máximo esplendor para el teatro clásico español. Y

ahora mismo el entremés continúa siendo literatura viva, como lo

acreditan con sus obras los hermanos Quinteros, las cuales no ceden en

primor y donaire a los mejores modelos de otras épocas.

Lejos de ser la comedia dilatación del entremés, Cervantes dice muy

claro que el entremés sirvió para dilatar la comedia. «Las comedias eran

unos coloquios como églogas. Aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres

entremeses.»

Y en el _Viaje entretenido_, de Agustín de Rojas, leemos acerca de Lope

de Rueda:

_Empezó a poner la farsa_

_en buen uso y orden buena_

* * * * *

_Entre los pasos de veras_

_mezclados otros de risa,_

_que porque iban entremedias_

_de la farsa, los llamaron_

_entremeses de comedias._

Por ende, los entremeses son pasos de risa, son chascarrillos, son

ocurrencias de poco momento, y como tales, obligadamente breves. ¿Se

concibe que del paso de _Las aceitunas_ o de _El viejo celoso_, por

mucho que se dilaten, lleguen a salir dos comedias?

Españoles, españolísimos son los entremeses, sobre todo por el lenguaje.

Como dijo Sarmiento: «Nunca supe lo que era lengua castellana hasta que

leí entremeses.» Por el asunto ya no siempre son tan españoles, sino que

con frecuencia recuerdan las befas italianas y las chocarrerías de la

_Commedia del’Arte_. Cervantes nos informa de cómo Lope de Rueda

representaba con la mayor propiedad las figuras de bobo, negra y rufián.

Por lo pronto, ya tenemos aquí un personaje del todo italiano y con

nombre italiano: el rufián. Por otra parte, en los entremeses viejos

bullen y zanganean los jocundos e irrisorios tipos del teatro italiano

popular y profano: _Arlequino_, _Truffaldiño_, _Capitano_, _Spavento_,

_Rinoceronte_, _Francatripa_, e _tuti e cuanti_, si bien al pasar a

estas tierras se confirman con nombres castellanos.

Por lo tanto, el entremés puede ufanarse de su autonomía y razón de ser,

al lado de otros géneros teatrales de más pompa y prosopopeya; posee

carácter propio, dispone de tipos exclusivos suyos y se inspira en un

fin peculiar, que es el de mover a risa; simplemente, hace reír. A la

sazón que este género literario frisaba en su adultez, ocurría que el

mundo de entonces no acertaba a reír sino a costa de personas viles y de

condición baja, o con palabras y lances licenciosos. De aquí que los

tipos del entremés están extraídos de entre la gente rahez, y sus

agudezas son harto desenfadadas, cuando no torpes. Téngase en cuenta que

de esa gran risa sana, libre y tumultuosa, que resuena en las

postrimerías históricas del medioevo y aurora de la presente edad,

participaban todos, grandes y chicos, hembras y hombres, religiosos y

seglares. En su _Tratado histórico del histrionismo en España_, escribe

Pellicer que «se representaban en templos y conventos de monjas comedias

con entremeses y bailes indecentes». La corroboración se halla en muchos

autores, entre otros, el P. Juan de Mariana.

Del linaje de asuntos y condición de los tipos del entremés, se ha

querido deducir una categoría estética: la del realismo. Y aquí aparece

el equívoco a que más arriba hube de eludir.

Yo he leído estas caprichosas afirmaciones: «La literatura española es

la más realista. El entremés es eminentemente realista, y el teatro

español, como nacido del entremés, es eminentemente realista.»

Afirmaciones caprichosas y equívocas, en tanto no acordemos qué es

realismo.

Sobre el realismo del teatro clásico español, escuchemos a Cervantes, el

cual, en el _Quijote_, dice: «Estas (comedias) que ahora se usan, así

las imaginadas como las de Historia, todas ellas o las más son conocidos

disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza.» «Los extranjeros, que

con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por

bárbaros e ignorantes.» Escribía esto Cervantes a tiempo que, según sus

propias palabras, «entró el monstruo de naturaleza, el gran Lope de

Vega, y alzóse con la monarquía cómica, avasalló y puso debajo de su

jurisdicción a todos los farsantes». El propio Lope reconocía, en su

arte de hacer comedias, ser el escritor más bárbaro.

No he de ponerme a escudriñar aquí lo que el realismo sea, o si el

teatro español ocupa en justicia el solio de la eminencia a causa de ese

pretendido realismo. No deseo sino prevenir a los incautos contra el

equívoco ahora muy en boga, acerca del realismo. Se ha dado en estrechar

la realidad humana a las funciones del sistema circulatorio, digestivo y

de reproducción, excluyendo en absoluto las del sistema nervioso. Se

quiere que la materia estética de la literatura sea aquello que el

hombre tiene de común con los animales, y no aquello en que los

aventaja. Conforme a este patrón de juicio, hay historiadores y críticos

literarios que clasifican las obras en verdaderas y falsas, o realistas

y cultas: son realistas y verdaderas las que muestran al hombre como un

ser fisiológico y huyen de expresar ideas; son cultas y falsas, las que

expresan ideas. Como si los pensamientos de un hombre fueran menos

reales y verdaderos que sus uñas. En suma: se da por supuesto que

realismo y lo vil son sinónimos. Y esta sinonimia la aplican al fondo de

la obra y asimismo a la forma, al habla. Y al tropezar con un entremés

extremadamente deslenguado, exclaman con fruición: ¡Qué realismo!

Cierto: qué realismo. No hay por qué asustarse. Así debe ser el

lenguaje, cuando se tercia, porque la condición del personaje lo pida.

Pero no se olvide

que si hay realismo y verdad en lo vil, no

por eso deja de haber realismo y verdad

en lo noble. Pues qué, ¿son

acaso los suspiros de Don

Quijote menos reales y

verdaderos que los

regüeldos de

Sancho?

[Nota: _LA COMEDIA DE SANTOS_]

A LOS COMIENZOS de la temporada teatral, se representó

en Eslava _La adúltera penitente_, cuya paternidad el cartel atribuía

exclusivamente a Moreto. Dolida la triste adúltera de la indiferencia

del público, nuevo y mortificante género de penitencia con que tal vez

no contaba, hubo de retirarse presto por el foro hacia la región de los

bienaventurados, dejando afligidas a las almas piadosas, y contrariados

a los espíritus que se gozan en el arte. A pesar de todo, la

escenificación de _La adúltera penitente_ ha sido uno de los

acontecimientos dramáticos más señalados y dignos de comentario, hasta

ahora. La cortedad de la estada de aquella antigua comedia sobre el

moderno tablado de la farándula no es razón bastante para que se

malogren las glosas que a su paso nos sugirió.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 5 / 15 段