XVI

Después de esta excursión que hemos hecho en el campo de la

regeneración social que se opera en América, para enunciar el plan que

debemos adoptar para servirla, proseguirla y completarla, volvamos á

nuestro punto de partida.

La Europa y la América son en política dos extremos opuestos, por más

que la ciencia, la industria y los hombres europeos puedan aclimatarse

en América y auxiliar nuestro progreso. Ese antagonismo, que tiene

su base en las ideas que dominan la existencia y los intereses

políticos de ambos Continentes, influye directa y primordialmente en

las relaciones internacionales de ambos, porque la Europa no conoce

el poder ni las condiciones de la vida americana. Si conociera eso,

el antagonismo se revelaría menos y sería menos dañoso para nosotros,

porque al fin es cierto que pueden coexistir provechosamente dos

entidades contrarias en principios, cuando se conocen, se comprenden y

se respetan.

¿Puede desaparecer esta situación normal y necesaria con la prontitud

que exigen el interés de la humanidad y las generosas aspiraciones de

muchas almas nobles de la Europa y de la América? ¿Puede modificarse

siquiera por el interés comercial y los tratados que lo regularizan, ó

por la adhesión de los gobiernos americanos á tales intereses y á las

pretensiones de superioridad de los poderes europeos?

Es indudable que no, porque una situación tan profundamente arraigada

no se cambia por transacciones pasajeras de política, sino por la

acción lenta del tiempo. ¿Cuántos años serán necesarios para que los

estudios que algunos europeos eminentes principian á hacer de las

condiciones de la sociedad americana, se generalicen en los pueblos y

alcancen á los gobiernos de la Europa?[37] ¿Cuánto necesitan trabajar

los americanos mismos para alcanzar á darse á conocer de esos

pueblos y de esos gobiernos, ante los cuales, por razón de analogía

de intereses y de simpatía en ideas, tienen más acceso, más crédito y

más consideración, los americanos que por ignorancia ó ceguedad, que

por egoísmo ó por traición, sirven al propósito de hacer prevalecer en

América el espíritu y la dominación de la Europa?

¿Y si aquellos esfuerzos generosos no han de modificar la situación,

sino á mucha costa y en largo tiempo, se podrá esperar que ella varíe

por el cambio de las ideas que dominan la existencia y los intereses

políticos de los dos mundos? Para hacer que la revolución democrática

de la América retrograde, se necesitarían dobles y más prósperos

esfuerzos que los del imperio romano contra el cristianismo, y que los

de las potencias católicas contra la Reforma. Esas revoluciones que se

fundan en la rehabilitación y emancipación del hombre y de la sociedad,

obedecen á una ley natural, que poder humano alguno puede contrarrestar.

Tal es la gran ley providencial del progreso de la humanidad, cuyo

cumplimiento, ni la alianza de la Europa entera podría contrariar. Mas

esta consideración no es bastante á impedir las empresas del interés

monárquico contra la América, y sería una ilusión pueril atenerse á

ella para confiar en la vana esperanza de que el antagonismo europeo se

arredre en presencia de la imposibilidad de contener nuestro progreso

democrático. El despotismo es ciego.

Las ideas que cambiarán, indudablemente, son las de la vida política

europea, porque no son conformes á esa ley que rige los destinos

del género humano. Su cambio y transformación se hacen lentamente,

pero de un modo visible y claro; y no llegarán á ser tan completos,

como es necesario que sean, para que desaparezca el antagonismo de

ambos mundos, sino después de profundas revoluciones y de espantosos

cataclismos políticos y sociales, producidos por el choque de los

intereses bastardos y egoístas con los de la sociedad que hoy está

sojuzgada.

Hay hechos que es necesario aceptar como se presentan, hay situaciones

indeclinables, que no se pueden modificar por medio de expedientes

evasivos, ni por intereses de circunstancias que aconsejen una política

tan efímera como ellas. Los gobiernos americanos deben aceptar su

posición como es, y servirla como exigen las condiciones de la vida

y del progreso de sus sociedades, de su soberanía é independencia.

Pretender lo contrario, adherir á las exigencias de la política europea

en América, sería servir á intereses opuestos á los americanos que

aquella política representa.

Tal es la razón de la necesidad que tienen los gobiernos americanos de

fijar en un Congreso general, ó en tratados parciales, los principios

que deben formar el código de sus relaciones mutuas, como una entidad

caracterizada por circunstancias especiales, que la diversifican

de cualquiera otra entidad política. Fijados esos principios, es

consecuencia necesaria de su determinación señalar también la posición

respectiva y los deberes que deben respetar cada uno de los miembros

de esa entidad política americana, cuando uno de ellos sea víctima del

antagonismo europeo, es decir, de los intereses opuestos que la entidad

europea, sea en el conjunto de todas sus potencias, sea parcialmente,

puede hacer valer contra los intereses americanos.

Prescindiendo de la profunda diferencia que existe entre las

poblaciones americanas y europeas, diferencia que estudiaremos después,

es indudable que las naciones hispano-americanas, por sus caracteres de

familia, por sus antecedentes, por su porvenir y por sus instituciones,

forman entre sí una entidad política verdadera, que, sin duda, tiene

una fuerte conexión con la sociedad anglo-americana, por todos esos

rasgos, aunque los caracteres de familia sean diferentes. Éste es un

hecho reconocido y aceptado por todas las repúblicas americanas, y

elevado á la categoría de un dogma político, desde que fué proclamada

y autorizada como política legal de los Estados Unidos, la doctrina de

Monroe, hace cuarenta años.

Tal hecho ha sido siempre proclamado de un modo oficial y ha servido

de base á un sinnúmero de transacciones y de gestiones políticas. El

gobierno de Chile, que lo ha hecho valer constantemente en la política

continental, lo formulaba también, discutiendo con el representante

español las cuestiones que se sucitaron después de la ocupación de las

Chinchas por la España, á título de _reivindicación_: “Las repúblicas

americanas--decía[38]--de origen español forman, en la gran comunidad

de las naciones civilizadas, un grupo de Estados, unidos entre sí

por vínculos estrechos y peculiares. Una misma lengua, una misma

raza, formas de gobierno idénticas, creencias religiosas y costumbres

uniformes, multiplicados intereses análogos, condiciones geográficas

especiales, esfuerzos comunes para conquistarse una existencia nacional

é independiente: tales son los principales rasgos que distinguen á

la familia hispano-americana. Cada uno de los miembros de que se

compone ve más ó menos vinculadas su próspera marcha, su seguridad é

independencia á la suerte de los demás. Tal comunidad de destinos

ha formado entre ellos una alianza natural, creándoles derechos y

deberes recíprocos, que imprimen á sus mutuas relaciones un particular

carácter. Los peligros exteriores que vengan á amenazar á algunos de

ellos en su independencia ó seguridad no deben ser indiferentes á

ninguno de los otros: todos han de tomar en semejantes complicaciones

un interés nacido de la propia y la común conveniencia. Este interés

será tanto más vivo cuanto una inmediata vecindad lo haga más legítimo

y fundado. Las nociones expuestas son tan generalmente aceptadas en

América, que han llegado á ser vulgares. Me creería, pues, dispensado

de recordarlas, si no me obligara á ello la extrañeza que parece V.

S. manifestar por las explicaciones pedidas en mis oficios anteriores

sobre los sucesos de Chinchas. ‘Mi gobierno, dice V. S., ignora que

el de Chile ejerza algún protectorado sobre el Perú, ni que con éste

tenga algún tratado público ó privado de alianza ofensiva y defensiva’.

No existe protectorado alguno, no existe ningún tratado de alianza

ofensiva ni defensiva entre Chile y el Perú; pero existe un derecho

perfecto é imprescriptible, el de la _propia conservación_, que permite

á un Estado intervenir en los negocios de sus vecinos, que coliga á

las naciones, como más de una vez ha sucedido en Europa, para mantener

su equilibrio político, y que autoriza á la América, á Chile en

particular, para velar por la integridad territorial y la soberanía del

Perú”.

¡Espléndida manifestación de la alianza natural que existe de hecho

entre las repúblicas americanas! Todos los pueblos, todos los gobiernos

la sienten y reconocen, y jamás ha aparecido un peligro de ésos que

tienen su origen y su causa en el antagonismo de los intereses europeos

contra la América, sin que al mismo tiempo no haya estallado también el

sentimiento de la comunidad é intimidad de los miembros que forman la

entidad política americana.

Este hecho innegable traza con precisión el objeto y los límites de

aquella evidente comunidad; de modo que es inútil y fútil desconocerla

ú objetarla con el pretexto de que podría tener una falsa y dañosa

aplicación la alianza que en ella se fundara, si una nación europea,

en defensa de sus derechos ultrajados y autorizada por la ley

internacional, moviera guerra contra una República americana que no

satisficiera de otro modo las reclamaciones justas que se le hicieran.

Este caso está fuera de la alianza natural americana, y no se puede

sacar de su posibilidad un argumento racional, ni contra la existencia

de la entidad política de la América, ni para negar el antagonismo

que la Europa tiene, por causas evidentes y por intereses indudables,

contra aquella entidad.

Un solo gobierno americano se ha atrevido á singularizarse, renegando

de aquella fraternidad y contestando la existencia de sus intereses.

No hablamos del gobierno monárquico del Brasil, que á la verdad no se

ha extendido á tanto, aunque ha aceptado con reserva la idea de un

Congreso americano, pues ha respondido á las dos últimas invitaciones

que se le han hecho que “el gobierno imperial adhiere al pensamiento,

mas que era preciso establecer primero las bases y ver la opinión que

las otras potencias tendrían, para realizarlo”.

Es natural: un gobierno como aquél, que se siente desligado de los

intereses de las repúblicas americanas por sus instituciones, sus

prácticas, sus hábitos, y aun por las calidades, antecedentes y

condición actual de su población, debe conocer primero las bases de la

unión á que se le provoca, porque ellas podrían ser contrarias á su

constitución política y á su organización social.

Nada más propio, como lo es también que la prensa del partido

político que allí se apellida liberal, ataque la doctrina de Monroe

y la posibilidad de una alianza americana, con las objeciones que

hemos enunciado en el párrafo anterior, y hasta negando, no sólo la

solidaridad de los intereses americanos y su diferencia y antagonismo

con los europeos, sino aún más, negando que existan las identidades de

familia que aconsejan la adopción de una misma política.

“Hay inmensa variedad de lenguas--dice aquella prensa[39]--, de

religiones, costumbres, tradiciones y hasta de conceptos entre las

diversas razas que pueblan los diferentes países de la América,

variedad de origen y variedad nacida de las circunstancias peculiares

en que se hallaban en su nuevo país. Es preciso atender á esta

variedad, tanto como á la posición de cada territorio, á la temperatura

del país, á la fertilidad de su suelo, central ó marítimo, agrícola,

industrial ó comercial; cuáles son sus derechos anteriores, sus

pretensiones, sus tendencias.

“Conviene que sean tomados en consideración todos estos hechos

esenciales, que constituyen la actividad especial de cada nación

americana, la base radical de su desenvolvimiento y progreso. Ya se ve

que _no puede haber_ en estos países la necesaria uniformidad social,

para que todos concuerden en una misma política, como se comprueba por

las guerras civiles, y aun por las que se hacen unos á otros, como si

no habitasen la misma parte del globo”.

Semejante argumento peca por su base, porque no siendo en último

resultado más que dos los pueblos de diferente origen, lengua, religión

y costumbres que han preponderado en la población americana, y que

pueden tener la diversidad nacida de las circunstancias peculiares que

hallaron en su nuevo país, el pueblo inglés y el de la Iberia, mal se

puede objetar semejante diferencia contra el pensamiento de la unión de

la familia hispano-americana, en la cual todos aquellos caracteres son

idénticos.

Si el Brasil se considera fuera de aquella identidad, á causa de su

proverbial antagonismo con los pueblos de origen español, confesaremos

que tiene razón para no reconocerse solidario con las repúblicas

americanas, tanto por eso, cuanto principalmente por la contrariedad

de sus instituciones políticas. Sus guerras contra las repúblicas

vecinas, que después consideraremos, pueden ser un testimonio más de

aquella diferencia; pero las que se hacen entre sí las repúblicas y sus

revoluciones intestinas no pueden citarse de ninguna manera como una

prueba de que no existe la entidad política reconocida por todos sus

gobiernos; porque el origen y las causas de tales conmociones tienen

su raíz en otras condiciones muy diferentes de las que constituyen

y deben constituir la unión americana, como lo veremos en la segunda

parte de este libro.

Mas no discutiremos ni la prudencia y reserva del gobierno imperial

ni los palpables errores con que allí se rechazan el pensamiento

de la unión americana y la existencia de la entidad política de la

América, aunque sería más digno y más propio que el Brasil se confesara

francamente desligado de aquella comunidad, en vez de objetarla.

Lo raro, lo inexplicable es que el gobierno argentino sea el que ha

renegado de aquella comunidad, aceptando los errores y las falsedades

con que el Brasil quisiera combatir un pensamiento que no cuadra

á la situación excepcional y peculiar que sus instituciones y sus

condiciones sociales le forman en América. ¡Deplorable extravío! Es

de esperar que no tarden mucho los intereses europeos en venir á

prestar apoyo á esa insólita política, que entraña otro elemento más de

discordia en la familia americana, si la nación argentina no la condena

por medio de sus representantes, reasumiendo la digna posición que sus

nobilísimos antecedentes le señalan en el Nuevo Mundo.

Vamos á terminar con la inserción del documento oficial que revela

esa singular política; y la notable y elevada refutación que de ella

hizo el ministro diplomático peruano será el mejor complemento de esta

parte de nuestra obra, en la cual, por la primera vez, se dilucidan

materias de vital importancia en América, que apenas habían sido

tocadas, y se comprueban ideas no enunciadas siquiera por otro que el

que delinea este bosquejo, en que aparece el cuadro de los hechos y de

las doctrinas que caracterizan y distinguen á la Europa y la América.

En julio de 1862, el diplomático peruano señor don Buenaventura

Seoane presentó á la consideración del gobierno argentino el tratado

tripartito celebrado en Chile el 15 de septiembre de 1856. El gobierno

lo rechazó con fundamentos generalmente sólidos que hacían inaceptables

sus estipulaciones; pero rechazando también por medio de su ministro

de Relaciones Exteriores, Sr. D. Rufino de Elizalde, en nota de 10 de

noviembre de 1862, el pensamiento de la unión americana, se expresó de

esta manera:

* * * * *

“Estudiada la nota de esa Legación y el tratado Continental con toda la

atención que ha sido posible en tan corto tiempo, el gobierno argentino

ha formado el juicio que el abajo firmado tiene el honor de transmitir

á V. E. por orden del señor presidente.

“En la nota y tratado encuentra el gobierno argentino un pensamiento

político y la indicación de medios para realizarlo, que le es sensible

no poder prestarles su asentimiento.

“Se cree en la existencia de una amenaza general á la América

independiente, á presencia de los sucesos de Santo Domingo y Méjico,

y se juzga que una de las primeras medidas que se debieran tomar para

alejar ó conjurar el peligro es la de uniformar en las repúblicas del

Continente ciertos principios que debiesen hacer parte de su derecho

internacional, y estrechar los vínculos de amistad y buena inteligencia

entre los pueblos y gobiernos, para evitar en lo sucesivo todo genero

de guerras.

“El gobierno argentino no tiene motivos para admitir la existencia de

esa amenaza, ni cree que serían suficientes los medios que se proponen

para conjurar ese peligro, si realmente existiese.

“La América independiente es una entidad política _que no existe_ ni

es posible constituir por combinaciones diplomáticas. La América,

conteniendo naciones independientes, con necesidades y medios de

gobierno propios, no puede nunca formar una sola entidad política.

La naturaleza y los hechos la han dividido, y los esfuerzos de la

diplomacia son estériles para contrariar la existencia de esas

nacionalidades, con todas las consecuencias forzosas que se derivan de

ellas.

“No es, pues, posible una amenaza á todas esas naciones que están

esparcidas en un vasto territorio, y que no habría poder bastante en

ninguna nación para hacer efectiva.

“Sólo podría existir esa amenaza en el caso de una liga europea contra

la América, y esto ni es posible ni tendría medios de llevar á fin su

propósito.

“Esa liga no podría hacerse á nombre de los intereses materiales y

comerciales de la Europa, porque esos intereses están en armonía con

los de las naciones americanas, y no habría poder humano que pudiera

crear un antagonismo que no tendría razón de ser.

“Sólo podría hacerse á nombre de la monarquía contra la República; pero

la democracia ha echado tan profundas raíces en América, los beneficios

de las instituciones republicanas son tan evidentes, la fuerza de estas

instituciones es tan grande en la esencia y forma de las sociedades

y pueblos americanos, que el gobierno argentino está convencido que

á presencia de ellas, las armas de sus enemigos habían de sentirse

impotentes para cambiarlas.

“La monarquía en Europa misma ha tenido que inclinarse ante la

democracia, y los monarcas absolutos del derecho divino van cediendo el

trono á los monarcas que nacen del voto popular, ó que tienen en él su

confirmación ó le admiten para dividir entre sí el poder.

“La monarquía en Europa no tendría cómo hacer liga para destruir la

democracia en América, porque sería venir á destruir los propios

elementos que hoy forman la base del poder de casi todas las naciones

europeas.

“Esa liga, aun cuando contase con poder, no podría hacerse, porque no

sería fácil un arreglo para perpetuar una dominación en América, ni una

combinación para dividirse los despojos de esa dominación.

“Por lo que hace á la República Argentina, jamás ha temido por ninguna

amenaza de la Europa en conjunto ni de ninguna de las naciones que la

forman.

“Durante la guerra de la Independencia contó con la simpatía y

cooperación de las más poderosas naciones. Cuando se encontró en guerra

con sus vecinos, fué por la mediación de una potencia europea que

ajustó la paz.

“En la larga época de la dictadura de los elementos bárbaros que tenía

en su seno, como consecuencia de la colonia y de la guerra civil, las

potencias europeas le prestaron servicios muy señalados.

“La acción de la Europa en la República Argentina ha sido siempre

protectora y civilizadora, y si alguna vez hemos tenido desinteligencia

con algunos gobiernos europeos, no siempre ha podido decirse que

los abusos de los poderes irregulares que han surgido de nuestras

revoluciones no hayan sido la causa.

“Ligados á Europa por los vínculos de la sangre de millares de personas

que se ligan con nuestras familias y cuyos hijos son nacionales;

fomentándose la inmigración de modo que cada vez se mezcla y confunde

con la población del país, robusteciendo por ella nuestra nacionalidad;

recibiendo de la Europa los capitales que nuestra industria requiere;

existiendo un cambio mutuo de productos, puede decirse que la República

_está identificada_ con la Europa hasta lo más que es posible. La

población extranjera siempre ha sido un elemento poderoso con que ha

contado la causa de la civilización en la República Argentina.

“No puede, por consiguiente, temer nada, porque tantos antecedentes y

tantos elementos le dan la más completa seguridad de que ningún peligro

la amenaza.

“Cree que en la misma situación se encuentran todas las repúblicas

americanas. Si alguna vez las naciones europeas han pretendido algunas

injusticias de los gobiernos americanos, éstos han sido hechos aislados

que no constituyen una política, y los gobiernos americanos, si se

han sometido á ellos, ha sido siempre por el estado en que se han

encontrado por causa de sus luchas civiles.

“Pero cada gobierno tiene medios suficientes para hacer respetar sus

derechos, si por sus propios elementos no se encuentran contrariados.

“No hay un elemento europeo antagonista de un elemento americano; lejos

de eso, puede asegurarse que más vínculos, más interés, más armonía

hay entre las repúblicas americanas con algunas naciones europeas, que

entre ellas mismas.

“La República Argentina, en vez de propender á establecer nada que críe

ese antagonismo, ha tomado cuantas medidas están en su mano para hacer

homogéneo y simpático ese elemento y asimilarlo al elemento nacional.

“Si una nación europea, por cuestiones con una nación americana, acude

á la guerra y emplea medios que importen una amenaza á los derechos

de las demás naciones, éste será un hecho particular que puede dar

mérito á medidas y arreglos especiales para el caso; pero jamás puede

ser motivo de establecer medidas generales sobre actos generales,

que tienen que ser imperfectas y deficientes, envolviendo en cierto

modo una suposición de agresión de parte de otras naciones que pueden

considerarla como una ofensa gratuita.

“Si desgraciadamente aquel caso llegase á suceder, el gobierno

argentino sería el primero en poner en ejecución cuantas medidas fuesen

necesarias y estuviesen á su alcance, para proveer á su seguridad y

á la reivindicación del derecho que quisiera hollarse; no duda que

el gobierno del Perú, como los demás gobiernos americanos, habían de

adoptar una política igual.

“Los medios propuestos no serían tampoco eficaces para evitar el

peligro, si para llenar los objetos que expresa la nota de V. E. de

asegurar la tranquilidad de las repúblicas americanas entre sí; pero

es innecesario entrar á demostrarlo desde que el gobierno argentino,

prescindiendo de esto, va á ocuparse del mérito mismo de la Convención,

sin tener en vista el motivo primordial que se ha querido consultar,

tratando sólo del mérito real de esa Convención”.

* * * * *

El Sr. Seoane refutó tan singulares aserciones de una manera victoriosa

y digna de aplauso en su nota de 17 de noviembre de 1862, diciendo:

“Si los conceptos emitidos en la expresada contestación se limitasen

á manifestar los inconvenientes que S. E. señala para aceptar pura y

simplemente aquel tratado, el infrascrito, por su parte, se habría

ceñido á referirla á su gobierno, con el fin de que le indicase los

medios de salvar aquellos inconvenientes. Pero se expresan en la nota

de S. E. proposiciones de tanta gravedad, que, si bien hasta cierto

punto se hallan contradichas en su mismo contexto, no podrían dejarse

pasar desapercibidas sin un desconocimiento tácito de la tradición, de

los hechos actuales, y de los más genuinos intereses de la América.--El

infrascrito se encuentra, pues, en el deber de contestarlos, y lo hará

con sinceridad y franqueza.

“Cuando el gobierno que representa le honró con la misión que inviste,

lo hizo en la plena convicción de que los antecedentes históricos que

ligan indisolublemente á la América no podrían jamás desconocerse

por ninguno de sus miembros, en sus efectos naturales ni en sus

consecuencias legítimas.

“Creyó igualmente que, envuelta en guerra intestina la América del

norte, ese glorioso baluarte de la democracia en el mundo; absorbida

la República de Santo Domingo por la España, invadido Méjico por

tropas europeas; trabajado el Ecuador por influencias extrañas, é

inexplicada aún ante el mundo, de un modo capaz de satisfacer á la

razón y á la justicia, la agresión de una potencia europea á una de

las más importantes secciones del Continente, era llegado el momento

de trabajar con eficacia, en llevar á buen término el antiguo y nunca

abandonado pensamiento de uniformar y consolidar las relaciones de los

Estados sur-americanos entre sí, buscando de este modo una garantía

común de seguridad, tranquilidad y poder.

“Fundada la alianza natural de las repúblicas de origen español,

como se ha dicho tantas veces, en la mancomunidad de sus esfuerzos

para emanciparse de la metrópoli, en la identidad fundamental de

sus instituciones y de su poderosa unidad de religión y de raza, ha

parecido siempre posible y conveniente establecer sus relaciones

políticas sobre bases más anchas, determinadas y fijas.

“Unir lo que debe ser compacto, fortificar lo que está débil,

resguardar del peligro lo que se halla amenazado, era una tarea

demasiado generosa para que no se invitase á concurrir á ella á la

República Argentina. El gobierno del Perú, más quizás que cualquier

otro de América, se envanecía en esperar su concurso, porque él no

había olvidado, ni podría nunca olvidar, la heroica iniciativa de esta

Nación en la guerra de la Independencia, cuando salvando las montañas y

los mares, señalaba con su espada las fronteras de la libertad en la

tierra gloriosa que iba conquistando para ella.

“Imbuido en estos recuerdos, fué que el infrascrito pidió lleno de

confianza al gobierno argentino su adhesión á la idea de un tratado

general; y para inducirlo á aceptarla, mencionó el terrible conflicto

en que Méjico se encuentra, considerando lo que allí pasa como un

gravísimo amago, contra el cual era prudente adoptar precauciones

oportunas.

“El gobierno argentino, sin embargo, no ha adherido al tratado, ni

reconocido la existencia del peligro, sino, antes bien, la ha negado.

Entretanto no ignora S. E. el Sr. Elizalde las causas que produjeron la

expedición europea sobre Méjico y las que motivaron la retirada de dos

de las tres potencias que acometieron esa empresa, como sabe también

que idénticas razones á las que ostensiblemente se dieron al principio

para empeñarse en ella, han existido y existen en casi todas las

repúblicas de América, y no sería imposible que más tarde se adujesen

para repetir el atentado.

“Antes de seguir adelante, el infrascrito se permitirá observar

que cuando invitó al gobierno argentino á la adopción de un pacto

que estrechase los lazos de amistad entre los gobiernos y pueblos

americanos, y cuyas estipulaciones los pusiesen á cubierto de

contingencias riesgosas, no ha hablado ni podido hablar racionalmente

de la posibilidad de un ataque simultáneo por una sola nación á los

diferentes puntos de un territorio tan vasto como el que ocupa la

América.

“Se limitó apenas á manifestar los recelos que sugiere la actitud

de las potencias europeas en Santo Domingo y Méjico. Pero si es

aventurado el pensar que aquel caso pudiera efectuarse, no lo es

tanto, por cierto, el que una nación fuerte atentase, como los sucesos

lo demuestran, contra la soberanía de cualquiera de las repúblicas

americanas, si se conservasen en su actual aislamiento.

“En semejante hipótesis, desgraciadamente realizada, desde que el

derecho de existir de las antiguas colonias de la España como naciones

libres y soberanas fué reconocido por todos, estableciendo así el

principio de su independencia como el principal fundamento de su

derecho público, el ataque á la soberanía de cualquiera de ellas, no

sólo importa una amenaza, sino un desconocimiento virtual de las más

sagradas prerrogativas de las otras.

“El gobierno argentino, sin pensar del mismo modo, llega hasta el punto

de declarar en un lugar de su nota que ‘no tiene motivos para admitir

la existencia de esa amenaza’, lo que no obsta á que exprese en otro

lugar que ‘si la independencia de cualquier Estado americano fuese

amenazada contra las prescripciones del derecho público, no tardaría

en ponerse de acuerdo con los demás gobiernos para reivindicar sus

derechos y garantir su seguridad’.

“Como el gobierno de S. E. el Sr. Elizalde, en vez de tomar esta

actitud tiende á asumir una posición tan nueva como excéntrica en

América, y como al mismo tiempo no se puede suponer que desconozca

á Méjico en la categoría de un Estado americano, se deriva de estas

premisas la dolorosa consecuencia de que reconoce la agresión que se

hace á Méjico como ajustada á las prescripciones del derecho público,

sin que ella envuelva una asechanza ni aun contra la independencia

de la nación agredida. Y, sin embargo, esa nación lucha hoy en santa

guerra contra sus invasores, y quizás á la hora en que tienen lugar

estas contestaciones cae envuelta en su sangre y se consuma el

sacrificio de su libertad y su derecho.

“La sorpresa del infrascrito, de la que, sin duda, participará su

gobierno, es tanto mayor á vista de la comunicación de S. E., cuanto

más incongruentes son algunas de las declaraciones que contiene,

con las que les han precedido, y con los términos de la nota de ese

ministerio fecha 14 de mayo último, dirigida á S. E. el ministro de

Relaciones Exteriores del Perú, así como con los conceptos vertidos en

el mensaje del excelentísimo señor presidente Mitre al último Congreso,

cuyos documentos volverá el infrascrito á citar más tarde.

“Antes de hacerlo, y en confirmación de los fundados temores que se

abrigan en América por la intervención de la Europa en sus negocios,

debe recordar aquí las palabras del gobierno de los Estados Unidos, que

forman el más notable contraste con la parsimonia y tranquilidad del

gobierno argentino.

“En un oficio de Mr. Seward á Mr. Gorwin, datado á 6 de abril de 1861,

dice aquel alto funcionario lo siguiente:

“El estado de la anarquía en Méjico debe obrar necesariamente como

un incentivo _en el ánimo de aquellos que están conspirando contra

la integridad de la Unión, con el propósito de buscar fuerza y

engrandecimiento para sí propios, por medio de conquistas en Méjico

y otras partes de la América española_. Así el más obtuso observador

se halla habilitado para ver lo que desde hace largo tiempo han visto

con claridad los mejor dotados de un espíritu sagaz, esto es, que la

paz, el orden y la autoridad constitucional en cada una y en todas las

diversas repúblicas de este Continente, _no son de un interés exclusivo

á una ó más de ellas, sino de un interés común é indispensable á todas_.

“Mr. Gorwin, distinguido diplomático, escribe á Mr. Seward, á 29 de

julio: _La Europa se complace en vernos postrados y no dejará de

aprovecharse de nuestros embarazos, para ejecutar designios en los que

no habría soñado si hubiésemos permanecido en paz_.

“Existe, pues, y en su mayor intensidad, la justa alarma, á que se

ha referido el infrascrito y que, hasta cierto punto, puede haber

inspirado las conclusiones de S. E. y apresurádolo á darles una

publicidad prematura. Por lo mismo es hondamente sensible contemplar al

gobierno argentino en aislado desacuerdo con la opinión de todos modos

expresada á este respecto, no sólo por todos los gobiernos y pueblos

americanos, sino hasta por la prensa libre de la Europa.

“En la América del norte, en las repúblicas de Chile y de Bolivia, en

la Oriental del Uruguay, en el Perú, en los Estados Unidos de Colombia,

en los de la América Central y hasta en la misma Francia, viendo clara

la amenaza á los Estados americanos, se ha clamado por su unión, con la

notable circunstancia de que en algunos de ellos se han propuesto bases

y medios de realizarla, sin olvidar la alianza ó contrato de guerra,

en consideración á la inminencia del peligro.

“El único gobierno americano que, hasta la fecha de la nota de S. E.

el Sr. Elizalde, no se había pronunciado sobre esta cuestión, ha sido

el del Ecuador. Pero esta abstención se aplica por la circunstancia

de existir, en altos mandos, en aquella república, dos personajes, de

los cuales el uno amenazó invadirla en 1846, con tropas que organizó

en Europa, y felizmente fueron disueltas por los esfuerzos comunes de

la diplomacia americana, y el otro, en 1859, pretendió incorporarla al

dominio de una potencia europea.

“Por lo demás, si _cada gobierno americano tiene medios suficientes_,

como lo afirma S. E., _para hacer respetar sus derechos_, no se

comprende el alcance de la manifestación que hace el gobierno argentino

de que ‘si la independencia de cualquier Estado americano fuese

amenazada, no tardaría en ponerse de acuerdo con los demás gobiernos

para reivindicar sus derechos y garantizar su seguridad’.

“Ó no es exacta, como no lo es, esa capacidad de cada Estado americano

para defenderse por sí solo, aun cuando tenga reunidos y en armonía

todos sus elementos, y en este caso es necesaria la _Unión_; ó

la proposición sentada por S. E. envuelve ya la presunción de su

ineficacia, y en este caso es inútil.

“En efecto: si aquellos Estados se hallasen tan completamente

garantidos por sí mismos, no podría sostenerse la necesidad apremiante

de su alianza.

“Estando al tenor de lo expuesto por S. E., y que se presta á tan

extensos comentarios, el peligro para ellos ‘podría únicamente

existir en el caso de una liga europea contra la América--lo que S.

E. considera imposible--, liga que no podría hacerse á nombre de los

intereses materiales y comerciales de Europa, porque esos intereses

están en armonía con los de las naciones americanas. Podría sólo

hacerse--añade S. E.--á nombre de la monarquía contra la república;

pero la democracia ha echado tan profundas raíces en América, los

beneficios de las instituciones republicanas son tan evidentes, la

fuerza de estas instituciones tan grande en la esencia y forma de los

pueblos americanos, que á presencia de ellas, las armas de sus enemigos

habían de sentirse impotentes para combatirlas’.

“¿Y Santo Domingo, señor ministro? ¿Y Méjico? ¿Y las islas Malvinas?

“Asienta S. E. que _la monarquía en Europa misma ha tenido que

inclinarse ante la democracia_, y esta aseveración lo tranquiliza.

Pero el infrascrito siente que no le permita estar de acuerdo con ella

la realidad de los hechos, que presentan preponderante en Europa á la

monarquía dinástica.

“Fundándose S. E. en el desenvolvimiento de la industria, inmigración

y comercio, toca el insólito extremo de aseverar, en el momento mismo

que se entrega á las armas la suerte de una república hermana, ‘que más

vínculos, más interés, más armonía hay entre las repúblicas americanas

de origen español con Europa, que entre ellas mismas’.

“La opinión altamente manifestada en todas épocas, la historia y los

sentimientos fraternales que está expresando la América por los sucesos

de Méjico, son una viva y ardiente protesta contra la aserción emitida.

“El actual gobierno norte-americano cree, y lo ha dicho á su ministro

en París, ‘que la emancipación de este Continente de la Europa ha sido

el rasgo principal de su historia en la última centuria’, y Washington,

cuya autoridad es imponente, en su despedida al pueblo decía: ‛que los

celos de un pueblo libre deben estar constantemente alerta contra las

insidiosas estratagemas de la influencia extranjera, pues la historia

y la experiencia han probado que esta influencia es uno de los más

terribles enemigos que tiene un gobierno republicano... La Europa tiene

una porción de intereses primarios que para nosotros son de ninguna ó

muy remota relación’.

“S. E. cree, sin embargo, ‛que la República Argentina está identificada

con la Europa hasta lo más que es posible’, y en la confianza que le

inspiran estas relaciones, llega al punto de asegurar ‛que la República

Argentina nada tiene que temer, y cree que en la misma situación se

hallan _todas_ las repúblicas de América’.

“Mas tal confianza no la hay en ellas, ni puede haberla ante la

agresión de Méjico. Por el contrario, poseídas de muy diversas

convicciones, viven y se agitan en zozobra, esperando, si no el triunfo

de aquel desgraciado país, la hora en que sus gobiernos las llamen á

auxiliar á sus hermanos.

“En cuanto á los beneficios señalados por su excelencia como recibidos

de la Europa por esta nación, no es del resorte del infrascrito el

ponerlos en problema. Sólo dirá que, á pesar de la aseveración de S. E.

sobre ‛la cooperación de naciones poderosas á la República Argentina

durante la guerra de la Independencia’, el infrascrito ha perseverado

hasta hoy en la creencia de que los resultados y triunfos de esa lucha

grandiosa se deben pura y exclusivamente, en cuanto le concierne, á sus

magnánimos esfuerzos.

“El infrascrito ha extrañado que, al hablar S. E. de la insuficiencia

de los medios propuestos, lo haya hecho sin considerar que esos medios

son previos y no únicos, y sin recordar que al final de su nota de 18

de julio manifestó su deseo de que fuesen aceptadas las bases _de paz

general y de unión americana, á fin de que las naciones del Continente

quedasen expeditas para formar después una alianza_.

“Ahora pasa á ocuparse de otro punto importante de la nota de S. E,

que, por el sentido íntimo que envuelve, va á producir en el Continente

la más ingrata impresión.

“Dice S. E. ‛que la América independiente es _una entidad política

que no existe_, ni es posible constituir por medio de combinaciones

diplomáticas; que, conteniendo la América naciones independientes con

necesidades y medios de gobierno propios, no puede nunca formar una

sola entidad política, y que se halla dividida por la naturaleza y por

los hechos’.

“Es ésta la primera vez, señor ministro, después de nuestra gran

revolución, que se levanta la voz de un gobierno contestando lo

que para los americanos ha venido á ser un principio y un dogma en

que fundan las glorias de su pasado, su esperanza en el porvenir y

su fraternidad en todo tiempo. Nadie ha contribuido más á radicar

ese principio y ese dogma que la República Argentina. Ella fué el

primer soldado de la independencia de América, y si hoy, cuando á la

aproximación del peligro se buscan los medios de prevenirlo, prefiere

desertar, negando la base principal de su grandeza, no viendo en ella

sino un conjunto de nacionalidades con intereses aislados y diversos,

no se puede olvidar, sin mengua de su merecido renombre, que fué

también la primera en reconocerlas por el órgano de sus más grandes

ciudadanos, en su potente unidad, y en sacrificarle sus tesoros y su

sangre.

“La alianza natural que forman los Estados de aquella fuerte entidad

deriva radicalmente de su origen é identidad de aspiraciones; empezó á

realizarse de una manera más sensible desde los primeros albores de su

revolución; se fortificó en los combates de la libertad, en la fuente

de los principios democráticos, y fué perdurablemente sellada con el

último cañonazo que disparó en Ayacucho.

“Sin la diplomacia ó con ella, la América independiente es una entidad

que todo el mundo reconoce; y si su código internacional y político no

está escrito aún, á eso tienden los esfuerzos comunes. Pero el vínculo

moral que liga á sus miembros entre sí, para formar el gran conjunto,

se halla poderosamente arraigado en la inteligencia y el corazón de

todos los habitantes de América.

“Y supuesto que ha llegado, señor ministro, el penoso momento de tener

que comprobar esta verdad en el mismo pueblo que se encargó en otro

tiempo de proclamarla al Universo, citará el infrascrito, si no bastan

los elocuentes testimonios del pasado, otros de actualidad que vienen

en su apoyo, y que por su procedencia tienen un carácter concluyente.

“Contestando los diferentes gobiernos americanos á las circulares

dirigidas por el gobierno del Perú á consecuencia de los sucesos de

Santo Domingo y Méjico, y antes que fueran conocidos los designios que

hoy se realizan en la última nación, se expresaban en los términos

siguientes, que copiará _in extenso_, porque es conveniente escuchar

á la América misma, hablando por el intermedio de sus representantes

legítimos, ya que su pasado no se tiene por bastante para reconocer la

robusta cohesión que constituye su poderío y grandeza.

“El gobierno de Bolivia, en 28 de diciembre de 1861, dice lo siguiente:

‛El infrascrito conoce la solidaridad de los intereses americanos;

por consiguiente, la ofensa hecha á la independencia de Méjico ó

la modificación de sus instituciones con el empleo de la fuerza

sería una verdadera amenaza á la seguridad de los demás Estados.

Por consiguiente, se adhiere con toda sinceridad á la manifestación

hecha por S. E. para conservar incólume el sentimiento de fraternal

americanismo, y la independencia de todas y cada una de las secciones

del Continente americano español’.

“El de Chile, en 30 de noviembre de 1861: ‘Un suceso de tal gravedad,

un paso semejante, que afectaba directamente al interés de los

Estados americanos, no pudo menos de llamar fuertemente la atención

del gobierno y pueblo de Chile, que animados de los más fraternales

sentimientos, jamás han permanecido indiferentes en presencia de los

peligros que ha podido correr la existencia soberana de las otras

naciones del Continente’.

“Los Estados Unidos de Colombia: ‘El gobierno de los Estados Unidos

de Colombia se ha enterado con gran satisfacción de los sentimientos

altamente americanos que manifiesta S. E., y aplaude la medida tomada

por el Perú de dar el alerta á los países del Continente, y convocarlos

á la defensa común en el caso de ser agredidos por alguna potencia

europea con cualquier pretexto’.

“Cuando se recibió la nota circular de V. E., ya el gobierno colombiano

se había anticipado á instruir á su enviado extraordinario y ministro

plenipotenciario acreditado en Washington, para que propendiese

á la reunión de un Congreso de representantes de las naciones

hispano-americanas en aquella ciudad, á fin de acordar los medios

más eficaces para la propia defensa y el sostenimiento del régimen

republicano, única forma de gobierno que sea posible establecer en

estos países.

“El gobierno de Colombia felicita al del Perú por la atinada línea de

conducta política que ha tenido por conveniente seguir, y no duda de

que su llamamiento será atendido por todos los gobiernos del Continente

sur-americano. Venezuela se adhiere á todo lo que se ha hecho y se haga

en bien de nuestra común causa, siendo de esperarse que el gobierno del

Ecuador prescinda de vacilaciones y tome resueltamente el camino que la

dignidad y la conveniencia le señalan.

“De los gobiernos de la América Central, el de Nicaragua decía en 5 de

octubre de 1861: ‘Me es muy honroso poder decir á V. E., para que se

sirva transmitirlo á su gobierno, que el mío está anuente á obrar de

común acuerdo con las repúblicas hispano-americanas para conservar la

autonomía que con tanta gloria reconquistaron mediante la lucha de

la independencia. Nicaragua, señor, aunque una de las secciones más

pequeñas del Nuevo Mundo, no vacila en ofrecer su cooperación, porque

conoce los vínculos que existen entre las naciones latinas que ocupan

este Continente, vínculos tan estrechos cuanto que son creados por toda

clase de identidad que reina entre ellas’.

“El de Honduras, en nota de 27 de noviembre del mismo año, decía:

“La comunidad de intereses de los Estados americanos, y la conveniencia

de procurar en concierto la seguridad general, unidas á otras razones

que merecen toda atención”, etc., etc.

“El gobierno del Paraguay decía, en 30 de junio último:

“El gobierno del Paraguay reconoce el sentimiento americano que

inspiró á los gobiernos contratantes la celebración de aquel pacto;

y considera el espíritu de sus estipulaciones como conservador de la

independencia, soberanía y dignidad de las naciones y de sus gobiernos,

y como propia á consolidar y garantir las relaciones de amistad y mutua

consideración, y reconoce también toda la necesidad que siente la

América independiente por la realización de un pensamiento semejante”.

“El gobierno de la república oriental del Uruguay ha solicitado y

obtenido del Senado autorización para adherir al tratado continental, y

este hecho vale más que las palabras.

“El gobierno argentino, en nota de 27 de noviembre de 1861, decía:

“El gobierno argentino, consecuente con la tradicional política que

ha señalado su marcha, concurriendo por todos los medios posibles al

mantenimiento y respetabilidad del derecho adquirido, como naciones

soberanas, por las repúblicas que en otro tiempo fueron colonias de la

España, se sintió profundamente conmovido”, etc.

“En 23 de noviembre de 1861:

“La República Argentina, cuyos antecedentes en la memorable lucha de

la libertad le dan un justo título á las consideraciones y aprecio

de sus hermanas del Sur, sería _una vez más el primer soldado que se

presente para sostener el honor y dignidad de la causa americana. Á

esta política elevada y consecuente con las tradiciones del pueblo

argentino_...”, _etcétera_.

“En 14 de mayo del presente año:

“S. E. el señor gobernador simpatiza ardientemente con el pensamiento

generoso que ha inspirado la nota del gobierno de V. E. á que contesta

el infrascrito. Siente, empero, que el carácter transitorio de la

autoridad que ejerce no le permita formular una política exterior

definida, para lo que necesitaría del concurso del Congreso, que

no está reunido aún. Encuentra por esta razón que es un deber, al

contestar la nota de V. E., limitarse á consignar en ésta _que el

pueblo argentino, cuyo órgano es en este momento, ligado á las

repúblicas americanas por la comunidad de tradiciones, de interés,

de instituciones, de sangre_, acompaña á la nación mejicana en las

dificultades en que se encuentra envuelta, con sus votos más sinceros”.

“Últimamente S. E. el presidente Mitre, en su Mensaje de apertura, dijo

al último Congreso:

“El encargado del P. E. N. cree deber manifestar con este motivo que

no ha podido menos de significar á dicho señor ministro que simpatizaba

con la idea iniciada por la república del Perú, á que algunas

repúblicas americanas han adherido ya”.

“¿Cómo podrían combinarse estas declaraciones terminantes y explícitas,

corroboradas en cada uno de los pasos de la vida oficial de la

República Argentina, con las que contiene la comunicación de ese

departamento?

“Abre el infrascrito el libro de la historia de esta nación, y entre

otros elevados ejemplos que infunden el más legítimo orgullo, encuentra

el tratado de Buenos Aires con la república de Colombia, ratificado en

esta ciudad á 10 de junio de 1823, y firmado por el Sr. D. Bernardino

Rivadavia. Á este tratado pertenecen los artículos que siguen:

“Art. 1.º. La república de Colombia y el Estado de Buenos Aires

ratifican, de un modo solemne y á perpetuidad por el presente tratado,

la amistad y buena inteligencia que naturalmente ha existido entre

ellos por la identidad de sus principios y comunidad de sus intereses.

“Art. 3.º. La república de Colombia y el Estado de Buenos Aires

contraen á perpetuidad alianza defensiva en sostén de su independencia

de la nación española y de cualquier otra dominación extranjera.

“Los dos extremos de la América se abrazan _á perpetuidad_ de este modo

á través del vasto Continente, encerrando entre el círculo extenso de

ese abrazo fraternal á todas las repúblicas intermedias.

“El 19 de junio de 1823 se sancionó en Buenos Aires la memorable ley

de que fué autor el mismo Sr. Rivadavia, en que se estableció por su

artículo 1.º: ‘Que el gobierno no celebraría tratado de neutralidad,

de paz ni de comercio con S. M. Católica, _sino precedida la cesación

de guerra en todos los nuevos Estados del continente americano y el

reconocimiento de su independencia_’.

“Era así como entonces se reconocía por esta república la solidaridad

de la América, como un cuerpo cuya vida y libertad debía igualmente

repartirse en todo su organismo. El sentimiento generoso que la citada

ley revela, en vez de amenguarse ha ido creciendo, y no se le puede

contestar sin herir las fibras más vivas del patriotismo americano.

“Por último, en la Convención entre el gobierno argentino, representado

también por el Sr. Rivadavia, y los comisionados españoles para el

cese de las hostilidades existentes en esa época, se estipulaba en

el art. 8.º que el gobierno de Buenos Aires negociaría, por medio de

un plenipotenciario de las Provincias Unidas del Río de la Plata y

conforme á la ley de 19 de junio, la celebración del tratado definitivo

de paz y amistad entre S. M. Católica y _los Estados del Continente

americano_.

“Pero superior á todos estos antecedentes que se acumulan durante medio

siglo, es el espíritu de vigorosa armonía que ellos han creado entre

los intereses de América, espíritu que no se puede contrariar sin

oponerse á la lógica de los clásicos acontecimientos y al torrente de

la opinión de los pueblos.

“El contexto de la nota de S. E. ha obligado al infrascrito á entrar

en estas largas consideraciones, apartándose del asunto primordial, á

que hubiera deseado concretarse, esto es, el tratado continental en sí

mismo...”.

Esta protesta del representante peruano, apoyada en las declaraciones

oficiales de todos los gobiernos republicanos de la América, es la más

solemne condenación de la política tan extraña como singular que ha

pretendido negar el hecho de más significación de la vida americana,

para erigir en doctrina la unión de la América á la Europa, á nombre de

mentidas conveniencias.

La fuerza de los hechos, el imperio de la verdad y el conocimiento

despreocupado de los intereses de América, hechos, verdad é intereses

que aparecen de relieve en el cuadro que acabamos de bosquejar,

acabarán muy pronto por uniformar la opinión pública del Continente y

por desterrar para siempre los repugnantes errores que el egoísmo hace

surgir de cuando en cuando.

La América, Tomo I · 第 47 / 48 题