[20] _L’État et ses limites._
[21] _De la Démocratie en Amérique._
[22] _Alexis de Tocqueville_, por Laboulaye.
X
Laboulaye, en su libro sobre _El Estado y sus límites_, parte del
principio irrecusable de que la filosofía política no puede proponerse
otra cosa que la de descubrir las leyes que rigen el mundo moral:
porque hoy ya no se puede creer que Dios se mezcle incesantemente en
nuestras pasiones y en nuestras miserias, estando siempre listo para
salir de las nubes, con rayo en mano, á vengar la inocencia y castigar
el crimen.
Ya nadie espera esos golpes teatrales de la justicia divina, ni hay
quien crea, si no es Napoleón III, que un grande hombre reciba la
misión celestial de aparecer súbitamente en medio de una sociedad
inerte, para amasarla á su gusto y animarla con su soplo, cual otro
Prometeo. Se siente todo eso; pero desgraciadamente la ciencia está
nueva y mal establecida.
Esta convicción lleva á Laboulaye á proclamar por primera vez en
la ciencia política europea una doctrina que hace más de veinte
años habíamos proclamado nosotros y habíamos practicado en Chile.
“Reunir los hechos--dice el publicista francés--es una obra penosa y
sin brillo; es más fácil imaginarse un sistema, erigir un elemento
particular en principio universal, y dar la razón de todo con una
palabra. De ahí esas bellas teorías que brotan y caen en una estación;
influencia de la _raza_ ó del clima, ley de la decadencia, del
retroceso, de oposición, de progreso.
“Nada más ingenioso que las ideas de Vico, de Herder, de Saint-Simón,
de Hegel; pero es evidente que á pesar de sus partes brillantes, esas
construcciones ambiciosas no reposan sobre nada. Al través de esas
fuerzas fatales que arrastran á la humanidad hacia un destino del cual
ella no puede huir, ¿en dónde colocar la libertad? ¿Qué parte de acción
y de responsabilidad queda al individuo? Mucho ingenio se gasta para
dar vueltas al problema, en lugar de resolverlo; pero, ¿qué importan
esas poéticas quimeras? Lo único que nos interesa es precisamente lo
que se nos dice. Si se quiere escribir una filosofía de la historia que
pueda aceptar la Ciencia, es preciso cambiar de método y volver á la
observación.
“No basta estudiar los acontecimientos, que no son sino efectos; es
preciso estudiar las ideas que los han producido, porque las ideas son
las causas, y sólo en ellas aparece la libertad. Cuando se arregle
la genealogía de las ideas, cuando se sepa qué educación ha recibido
cada siglo, cómo se ha corregido y completado en él la experiencia de
los que vivieron antes, entonces será posible comprender el curso del
pasado y quizás presentir la marcha del porvenir.
“No hay que engañarse. La vida de las sociedades, como la del
individuo, está siempre regida por ciertas opiniones, por cierta fe...”.
Eso mismo pensábamos y practicábamos nosotros en 1844, en nuestras
_Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del
sistema colonial de los españoles en Chile_, atreviéndonos por la
primera vez, que sepamos, á combatir las teorías de Herder.
“Es cierto--decíamos--que al contemplar en el inmenso caos de los
tiempos un poder superior, siempre en acción, que lo regulariza
todo, una ley orgánica de la humanidad siempre constante y demasiado
poderosa, á la cual se sujetan los imperios en su prosperidad, en su
decadencia y en su ruina, la cual preside á todas las sociedades,
sometiéndolas á sus irresistibles preceptos, apresurando el exterminio
de las unas y proveyendo á la subsistencia y ventura de las otras,
es cierto que al ver una armonía siempre notable y sabia en esa
confusión anárquica que produce el choque y dislocación de los
elementos del universo moral, el espíritu se agobia de admiración y
como fatigado abandona el análisis, juzgando no sólo excusable sino
también lógicamente necesario creer en la fatalidad, entregarse á ese
poder regulador de la creación, confiarse en el orden majestuoso de los
tiempos y adormecerse arrullado con la esperanza de que esa potestad
que ha sabido pesar y equilibrar los siglos y los imperios, que ha
contado los días de la vieja Caldea, del Egipto, de la Fenicia, de
Tebas la de cien puertas, de la heroica Sagunto, de la implacable Roma,
sabrá también coordinar los pocos instantes que le han sido reservados
al hombre y esos efímeros movimientos que llenan su duración”[23].
Mas el error en que se funda este raciocinio, al parecer tan lógico,
se descubre cuando nos elevamos á contemplar la alteza de la
humanidad, cuando nos fijamos en esa libertad de acción de que la
ha dotado su creador. La sucesión de causas y efectos morales que
constituyen el gran código á que el género humano está sometido por
su propia naturaleza, no es tan estrictamente fatal que se opere sin
participación alguna del hombre; antes bien la acción de esas causas es
enteramente nula si el hombre no la promueve con sus actos.
Tiene éste una parte tan efectiva en su destino, que ni su ventura
ni su desgracia son en la mayor parte de los casos otra cosa que un
resultado necesario de sus operaciones, es decir, de su libertad. El
hombre piensa con independencia, y sus concepciones son siempre el
origen y fundamento de su voluntad, de manera que sus actos espontáneos
no hacen más que promover y apresurar el desarrollo de las causas
naturales que han de producir su felicidad y perfección ó su completa
decadencia...
Estas observaciones, fundadas rigurosamente en los hechos, nos prueban
demasiado bien que la humanidad es harto más noble en su esencia y que
está destinada á fines más grandiosos que los que imaginan aquéllos
que la consideran sometida tan estúpidamente como la materia á sus
leyes. Pensar que las sociedades humanas debieran entregarse pasivas
á una ley que caprichosamente las extingue ó engrandece, sin que ellas
puedan influir en manera alguna en su bienestar ó en su desgracia, es
tan absurdo y peligroso como establecer que el hombre debe encomendarse
á otro poder que no sea el que le ha dado la naturaleza para labrarse
su felicidad, y que por someterse al orden fatal de su destino debe
encadenar en la inercia sus facultades activas[24].
Con efecto: la humanidad es dueña de sus destinos, y, por tanto, es
necesario que las ciencias morales se funden en la observación, como
las ciencias físicas, para descubrir las leyes ciertas á que ella
obedece, y aun para prever el porvenir. Laboulaye dice que aunque
parezca temeraria esta aserción, él quiere verificarla á sus expensas,
estudiando, aun á riesgo de aparecer como falso profeta, una idea que,
desconocida hoy en Europa, puede aparecer clara muy pronto. “Esta idea,
que por lo demás no es nueva, pero cuya hora aún no ha sonado, es que
_el Estado, ó si se quiere la soberanía, tiene límites naturales en que
acaba su poder y su derecho_”.
Aquí nos será permitida otra digresión, por vía de comparación del
estado de la ciencia política en ambos continentes. Ese principio, que
no puede ser enunciado siquiera sin riesgo en Europa, es una realidad
en América, porque sólo en virtud de él es que las constituciones de
las repúblicas americanas limitan el poder de la soberanía, por medio
de la determinación de las atribuciones de los poderes que la ejercen.
La Constitución de los Estados Unidos del norte, que es la más
explícita de esta parte, declara terminantemente que: “El Congreso no
puede hacer ley alguna estableciendo una religión ó prohibiendo el
ejercicio libre de otra, ó restringiendo la libertad de la palabra ó de
la prensa, ó el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y pedir
justicia al gobierno; ó violando el derecho que garantiza al pueblo
contra los registros y embargos arbitrarios en sus personas, domicilio,
papeles y efectos”[25].
De la misma manera limita el poder de los Estados en varios negociados,
y sobre todo les prohibe dar leyes retrospectivas, ó leyes en virtud
de las cuales se pueda condenar sin forma de juicio, ó que anulen
las obligaciones contraídas por contratos[26]. Sobre estas materias
y otras análogas, el Poder judicial, que es allí independiente, es
tan estricto, que jamás aplica ley alguna que sea contraria á las
limitaciones determinadas en la Constitución, dando así una verdadera
garantía política á los ciudadanos contra los abusos del Estado, sobre
lo cual hay multitud de decisiones[27].
El mismo principio se enseña en las universidades hispano-americanas, y
el que estas líneas escribe lo ha sostenido y propagado siempre durante
quince años, desde 1836 adelante, en las cátedras de derecho público,
en Santiago de Chile[28].
Contra esta enseñanza y la adopción general en América de aquella
doctrina no podrían citarse algunos actos de los partidos políticos en
circunstancias anormales, porque, aparte de la vaguedad de las leyes
que han podido dar lugar á ellos, no es esa la práctica ordinaria, que,
sin duda, acabará por corregir aquella vaguedad y por incorporar de un
modo definitivo en nuestra jurisprudencia constitucional lo que todavía
es una quimera en el Viejo Mundo: la limitación de los poderes del
Estado.
Vamos á exponer las ideas de Laboulaye sobre esta cuestión, porque
en el estudio histórico que él hace de la idea del Estado hallaremos
preciosos datos para apreciar mejor el atraso político de la Europa,
donde todavía es una temeridad el hablar de la necesidad de limitar la
soberanía.
Para conocer á fondo la idea contraria, la del poder omnímodo del
Estado, Laboulaye estudia su genealogía desde los griegos y los
romanos, que son los antepasados políticos de la Europa, á pesar de la
enorme diferencia que hay entre ambas civilizaciones.
Entre aquellos no había industria, ni comercio, el trabajo estaba en
manos de los esclavos, el ciudadano no tenía otras ocupaciones que la
guerra y la política, y no habiendo una clase intermedia, la miseria
extrema se hallaba al lado de la extrema opulencia. La ciudad era el
todo, nadie tenía derechos contra ella, el Estado era el dueño de los
ciudadanos, en cuanto la mayoría de éstos disponía de todos.
Mientras que Roma fué una República, es decir, una aristocracia
omnipotente de ciudadanos, éstos, que eran la nobleza, gozaban de una
libertad soberana y no sentían el peligro de su teoría sobre el Estado.
Mas cuando tuvieron un emperador, su libertad fué aniquilada, porque
el despotismo lo abrazaba todo y no era posible escapar de él sino
con la muerte. Todo estaba en las manos del César: ejército, rentas,
administración, justicia, religión, educación, opinión, todo, hasta la
propiedad y la vida del último ciudadano; de modo que no era extraño
que los romanos adorasen al emperador, considerándolo en vida como un
_Numen_ y después de muerto como _Divus_, uno de los genios tutelares
del imperio.
Al principio, bajo los primeros Césares, el emperador gobernaba por sí
mismo, y más tarde por medio de la administración ó de las oficinas que
dependían de él, las cuales presentan en los códigos de Teodosio y de
Justiniano una poderosa centralización, que ahoga á la sociedad bajo su
espantosa tutela. Este inmenso poder se fundaba en la antigua noción
de la soberanía popular, pues en teoría la República subsistía siempre
y el príncipe no era sino el representante de la democracia, el tribuno
perpetuo de la plebe. Los jurisconsultos del siglo III explicaban de
este modo el principio constitucional. _Quod principi placuit legis
habet vigorem_.
El cristianismo, que vino á arruinar la antigua civilización, echó
también por tierra la teoría política de los antiguos: “Dad al César
lo que es del César y á Dios lo que es de Dios”, es hoy un adagio
vulgar, que repetimos sin pensar en que es una declaración de guerra
al despotismo imperial. Allí donde reinaba una violenta unidad, Cristo
proclamó la separación; en adelante, en el mismo hombre era necesario
distinguir al ciudadano del fiel, respetar los derechos del cristiano,
inclinarse delante de la conciencia del individuo, lo cual era una
revolución, que comprendieron bien los emperadores romanos, tratando
de sofocarla en el martirio de sus adeptos. Lo raro y que no puede
explicarse sino por la imperfección humana es que después de diez y
nueve siglos sean los cristianos los que más se empeñan en desconocer
la independencia proclamada por Jesucristo, pretendiendo someter
todavía al imperio del Estado la conciencia, que no es del César sino
de Dios.
Con todo, la soberanía absoluta del Estado, que era una especie de
artículo de fe política, había echado tan profundas raíces, que el
cristianismo no pudo triunfar de ella, bien que la Iglesia tampoco lo
pretendió. Constantino, que debía á los cristianos una parte de su
fortuna, asoció la Iglesia á su poder.
Los obispos entraron con gusto en el cuadro de la administración
imperial; tomaron á los pontífices paganos sus privilegios, sus
títulos, sus honores, como también al paganismo sus templos y sus
fundaciones; nada se cambió en el Estado, no hubo sino algunos
funcionarios de más y sobre todos ellos el emperador.
El cristianismo ha hecho una gran revolución moral, esparciendo
sobre la tierra una vida y una doctrina nuevas; pero en el siglo IV
la Iglesia, la jerarquía, tomó en el Estado el lugar del antiguo
pontificado pagano, con algunas prerrogativas de más, y estableció con
la monarquía una liga estrecha que dura hasta hoy. En el fondo no hay
más que la idea pagana de la soberanía absoluta del Estado, con un
disfraz cristiano.
Mientras que el imperio extiende esa administración que le agota, los
bárbaros se aproximan y dan cuenta fácilmente de una sociedad que
después de largo tiempo estaba desarmada por los celos del Estado;
pero ellos traen una idea nueva que hace su fuerza: para el romano, el
Estado era todo, el ciudadano nada; para el germano, el Estado no es
nada, el individuo es todo. Cada jefe de familia se establece donde
quiere, gobierna su casa según lo entiende, recibe la justicia de sus
pares ó la administra, se enrola en la guerra bajo el jefe que escoge;
no reconoce más superior que el que se da á sí mismo; no paga otros
impuestos que los que vota, y por la menor injusticia apela á Dios y
á su espada. Esto es un trastorno de todas las ideas romanas: entre
los germanos una prodigiosa libertad y muy poca seguridad, entre los
romanos una seguridad muy grande, salvo el temor del príncipe y de sus
agentes: una policía vigilante é inquieta, pero libertad ninguna.
Cuando el germano se estableció en las provincias que le abandonaba la
debilidad del imperio, regló la propiedad á su imagen y la hizo libre
como él. La justicia, la policía, el impuesto pertenecen á la tierra
y la siguen en todas las manos. El feudalismo es el triunfo de este
sistema, que confunde la propiedad con la soberanía: cada barón es el
señor de la tierra, jefe en la guerra, juez en la paz; sólo para él
tienen deberes sus vasallos, y sólo él está obligado respecto del rey.
Desaparecieron el Estado, la centralización, la unidad; sólo queda
una jerarquía confusa, que no se parece al sistema romano ni á la
sociedad moderna. Pero bajo el despotismo de los señores había una
savia fecunda; esta savia que se ocultaba en el privilegio, era la
libertad, y á ella se debe la época del Renacimiento tanto como á la
acción tutelar de la Iglesia, que, ligando á los vencedores y á los
vencidos con el lazo común de la religión, aproximó y confundió lo que
se llamaba la civilización y lo que se llamaba la barbarie.
Esta acción tutelar de la Iglesia explica la influencia que ella tuvo
bajo las dos primeras razas y que conservó durante la Edad Media.
Emancipados los obispos por la caída del imperio, se encontraron á la
vez jefes de las ciudades, consejeros del rey germano, depositarios de
la tradición romana, y tan poderosos por sus luces como por su carácter
sagrado.
Desde el primer día de la invasión la Iglesia reasumió su
independencia natural y siguió una política que le sometió el
mundo. Esto no era, en proporción, otra cosa que la política romana
aplicada al gobierno de los espíritus. Desde luego, la Iglesia no
quiso someterse á las autoridades profanas y aspiró á someter al
poder temporal, exigiendo que los reyes se confesaran sus vasallos
espirituales.
Entonces la idea del Estado fué diferente de la romana, porque dos
potencias se dividieron el mundo, y la autoridad religiosa, es decir,
el poder moral é intelectual, tomó la suprema dirección de los negocios
humanos.
La Iglesia tomó á lo serio este gobierno del espíritu, que la opinión
le defería: le era necesaria el alma entera, dejando al príncipe
el cuerpo; y así la fe, el culto moral, educación, letras, artes,
ciencias, leyes civiles y criminales, todo estuvo en su mano. De esta
manera resolvía la Edad Media la difícil cuestión de los límites del
Estado.
Pero, como era natural, las ideas romanas mantuvieron siempre una
sorda reacción, que, andando el tiempo, llegó á hacerse fuerte. El
derecho romano fué exhumado y los legistas, con el Digesto y el Código,
comenzaron á minar las libertades feudales, haciendo triunfar su ideal
del Estado romano, esto es, la unidad y la uniformidad bajo un jefe que
no depende más que de Dios. Una fe, una ley, un rey: tal es su divisa.
La lucha de la reacción romana contra el feudalismo duró más de tres
siglos, y la monarquía absoluta triunfó al fin de la independencia,
sometiendo á los señores los castillos; las ciudades, las campañas á
la unidad legislativa, á la centralización despótica del Estado, y
la Iglesia misma se sometió por medio del concordato á la servidumbre
común. El rey la protege, la enriquece, la defiende contra la herejía;
pero al mismo tiempo nombra á los jefes y se sirve del episcopado como
de un medio de gobierno.
La obra estaba consumada, el Estado no tenía límites, el sistema romano
había reaparecido como en sus mejores días, cuando la Reforma abre
una era nueva en el mundo, restableciendo el principio individual y
protestando contra el poder absoluto de la tiara y de la corona. Lo que
se encontraba en el fondo de la reforma era la antigua independencia
germánica. Lo que muy luego reclaman los protestantes es el derecho de
cada cual para obedecer á su propia conciencia, para escoger su fe,
para constituir su iglesia; y de allí á discutir la obediencia civil, á
reclamar en el Estado la libertad que reinaba en la iglesia, no había
más que un paso, y este paso fué fácilmente dado.
La reforma inquietó á los príncipes; ella era una revolución semejante
á la que el cristianismo había venido á hacer en el imperio romano. La
organización política fundada en la estrecha alianza de la Iglesia y
el Estado estallaba por todas partes; la conciencia y el pensamiento
se escapaban al soberano. Se pretendió ahogar este soplo terrible
en la sangre de los mártires, la persecución engendró la revuelta
y la guerra; y agotada la Europa en las luchas fratricidas, las
dos comuniones, impotentes para reducirse, acabaron por tolerarse
mutuamente.
En Francia y en Alemania fué necesario sufrir que la minoría conservase
su religión; el Estado fué obligado á abdicar delante de la
conciencia. La libertad religiosa, alma de las sociedades modernas, es
la raíz de todas las demás libertades. No se divide en dos el espíritu
humano; si el individuo tiene el derecho de creer, tiene también el
derecho de pensar, de hablar y de obrar; los súbditos no pertenecen ya
al príncipe, el Estado es hecho para ellos, no para él. Eso fué lo que
sintió Luis XIV; su instinto despótico no le engañó.
El protestantismo era la negación del derecho divino, un desmentido de
la política tradicional de la monarquía. Anonadando á los reformados,
se creía asegurar la unidad; pero detrás de los protestantes se
hallaron los jansenistas, y arrasado Port-Royal, aparecieron al frente
los filósofos. El pensamiento era libre y se reía del rey.
En Inglaterra la reforma tomó dos fases diversas: para la nobleza y el
clero fué un rompimiento con Roma, y la Iglesia quedó estrechamente
unida al Estado; para la clase media y el pueblo fué tanto una
emancipación política como religiosa, pues la fe popular era el
calvinismo que rompía con el Estado y hacía de cada comunidad de fieles
una República que se gobernaba por sí misma y en la cual cada uno tenía
el derecho de _profetizar_, es decir, de hablar sobre todas las cosas.
Perseguido por la monarquía, el puritanismo triunfó con Cromwell;
y aunque este triunfo político fué de corta duración, el germen
republicano quedó en la sociedad inglesa, y fué el que, transportado á
las plantaciones del Nuevo Mundo, engendró á los Estados Unidos.
Si la primera revolución había sido calvinista y democrática, la de
1688 fué anglicana y conservadora. Se destronó al rey; pero no la
monarquía. En el reinado de Enrique VIII, las ideas del siglo y la
necesidad de resistir á la España habían concentrado el poder en las
manos de un señor; pero aceptando aquel despotismo como el baluarte
de la independencia y de la grandeza nacional, se había conservado
el antiguo espíritu sajón. Las ideas y las leyes romanas no habían
penetrado jamás en Inglaterra. La libertad estaba allí eclipsada; pero
no destruida.
La independencia comunal, el jurado civil y criminal, el parlamento,
el veto del impuesto no son conquistas ni tienen fecha entre los
ingleses: son establecimientos de la ley común; en otros términos, son
las costumbres que el espíritu sajón había llevado de la Gran Bretaña,
costumbres cuyo desarrollo ha sido á veces retardado; pero que no han
dejado de existir jamás. Esto explica cómo en 1688 la Inglaterra,
tomando posesión de sí misma, constituyó, sin sacudimientos, aquel
gobierno libre que la ha puesto á la cabeza de la civilización europea.
Las ideas inglesas tuvieron una influencia considerable durante el
último siglo en Francia, difundidas por Voltaire, por Montesquieu y
Delolme. Al lado de esta escuela inglesa apareció otra francesa, la de
los fisiócratas, que reclamaban la libertad de la agricultura y del
comercio, con la reforma del impuesto. Así es que en 1789 había en
Francia hombres ilustrados que, aunque partidos de diferentes puntos,
sentían la necesidad de reducir el despotismo del Estado; pero,
desgraciadamente, al lado de esta escuela liberal se fortificaba un
partido ardiente que confundía _el poder del pueblo con la libertad_,
y que estaba pronto á sacrificar todos los derechos á la soberanía
popular. Este partido, que debía triunfar, procedía de Rousseau, que
por medio de sofismas, que, á pesar de su nulidad, no han perdido su
influencia, y que se encuentran en el fondo de todos los movimientos
revolucionarios de Francia, restablece la teoría pagana de que la
libertad es la soberanía y de que el derecho no es más que la voluntad
de la nación.
Este error funesto dominó á la Constituyente, que, como órgano del
pueblo, se atribuyó el derecho de hacerlo todo y reformó tanto la
Iglesia como el Estado; sus sucesores obedecieron también al mismo
error. El Consulado aceptó la sucesión de la monarquía y restableció
la tradición en hombres y cosas, sin restablecer los privilegios, cuya
destrucción habría sido grata al mismo Richelieu.
Su grande obra fué el complemento de la de los reyes por medio de una
centralización más regular y más fuerte. Una administración enérgica,
una igualdad completa y nada de libertad: tal fué el régimen que
estableció el primer cónsul[29]. La restauración, aunque no restableció
la monarquía antigua y dejó á la Francia el gusto de la libertad
política, mantuvo el poder de la administración, y durante su reinado
el Estado, compuesto del monarca y de las cámaras, fué siempre el
Estado absoluto.
Bajo la monarquía de 1830 prevaleció también la falsa noción del
Estado, y los amigos de la libertad, que tuvieron entonces más acción
y más influencia en los destinos de la Francia que en el reinado
anterior, confundieron la soberanía electoral y parlamentaria con la
libertad.
El sistema proteccionista sostenido por la influencia de los grandes
industriales fué apenas contenido; la educación fué ampliamente
difundida, pero siempre por la mano del Estado, que rechazó la libertad
de enseñanza; el derecho de asociación, ese gran resorte de la
Inglaterra, fué prohibido; la prensa, cargada de trabas, y por lo mismo
concentrada en un pequeño número de diarios, fué un peligro, cuando
habría sido fácil hacerla inofensiva, difundiéndola. En suma: subsistió
siempre la administración imperial, animada, es verdad, de un espíritu
liberal y temperado por la publicidad; pero si el vicio original fué
paliado, no por eso fué curado. Otro es el camino por donde se conduce
á un pueblo á la libertad.
La revolución de 1848 mostró cuán extraña á las ideas liberales es la
generación actual. Después de treinta años de gobierno constitucional
se retrocedió entonces hasta los más fatales errores de la primera
revolución. Los publicistas, que se pretendían los más adelantados,
proclamaban que el individuo es hecho para la sociedad y no la sociedad
para el individuo, volviendo de este modo al _Contrato social_ y á
la tiranía de la Convención; los utopistas suprimían la familia y
se proponían encerrar á la Francia en un taller; los legisladores,
imbuidos en las preocupaciones de 1789, no imaginaban nada mejor para
fundar la democracia que debilitar el Poder ejecutivo, como si la
autoridad no fuera la primera garantía de la libertad.
El resultado de esta política no era dudoso, pues que está escrito en
todas las páginas de la historia. El pueblo se sirvió de su soberanía
para desembarazarse de la anarquía. Después de las asonadas, de la
guerra civil, de las amenazas y furores de la prensa, se tenía horror
aún del nombre de libertad, aunque ella no tiene nada de común con
semejantes excesos.
La Francia, que vive de su trabajo, estaba cansada del desorden y pedía
el reposo y la paz á todo precio. El imperio absoluto, más invasor
y más enérgico que nunca, reapareció, haciendo brillar en todo su
esplendor los días de los Césares romanos.