IX

Prueba evidente de lo que decimos se halla en la notable circunstancia

de ser hoy la escuela americana la única que en el campo de la ciencia

social concibe la verdad y la proclama netamente en Inglaterra y en

Francia. Ya en tiempos pasados, durante la revolución francesa, era

también la escuela americana la que señalaba la senda que la revolución

debía seguir para reconstruir la sociedad y el Estado.

Su voz fué ahogada por las ilusiones de los revolucionarios, por los

errores que habían tomado de Rousseau y de otros filósofos ilusos, por

el terror en que fundó su imperio el pueblo soberano, que á su turno

pretendía ser también absoluto, como lo habían sido sus monarcas,

cuyo absolutismo decapitaba en Luis XVI. Más tarde, cuando el poder

omnímodo del pueblo había cedido su puesto al imperio del nuevo César,

y éste había dejado el suyo á la monarquía constitucional; cuando los

embusteros políticos de 1830 llegaron á la escena con el propósito

de reconstruir con sus paradojas el poder enérgico, centralizado y

tutelar de la monarquía latina sobre el engaño del pueblo y por medio

de la farsa y de la prestidigitación; entonces reaparece otra vez

la escuela americana y se hace oir y respetar en la voz potente del

inmortal Tocqueville.

Es cierto: él no comprendió bien la causa de la existencia y del

progreso de la República democrática en los Estados Unidos. Laboulaye

ha tenido razón de exclamar: “¡Cosa extraña! M. de Tocqueville no supo

desprenderse del sentimiento aristocrático que le dominaba. Busca la

causa del prodigioso espectáculo que tiene á la vista ya en la raza,

en el país, en la creencia, en la educación, en las instituciones,

mientras que un solo principio, una misma ley se lo habría explicado

todo”.

En América todo parte del individuo; en nuestra vieja Europa todo

viene del Estado. Allá, la sociedad salida de la iglesia puritana no

conoce más que el hombre y le deja el cuidado de su vida, como el de su

conciencia; aquí estamos aprisionados en el círculo estrecho y variable

que traza alrededor de nosotros la mano del Poder. Reconocida esta

verdad, todo aparece claro en la aparente confusión de la América; allí

es preciso buscar el orden verdadero, el orden que nace de la comunidad

de las ideas, del respeto mutuo, de la libertad individual.

En Francia se alegan con cierto placer las asonadas de una ciudad

sin policía como Nueva York, ó las violencias y ultrajes de algunos

cultivadores perdidos en las soledades del Sur; pero no se puede juzgar

un país sino por el conjunto de las casas. ¿En dónde es más intensa

la vida y el progreso más visible? ¿Qué hemos hecho en Argelia, en

treinta años, con nuestros procedimientos regulares y artificiales?

Ved, por el contrario, lo que un puñado de americanos tomados al azar

ha hecho en algunos años en las costas desiertas de California[20].

Pero Tocqueville fué el primero que llevó á la Europa, entre muchas

ideas nuevas y santas, la de que la libertad no es la igualdad, como

se ha creído siempre y se cree todavía en Francia, olvidando que la

igualdad se amolda á todos los sistemas y que puede coexistir con el

régimen más absoluto. Él reveló la existencia de una república poderosa

en que la democracia es una realidad y de la cual tiene mucho que

aprender la Europa.

Protestó contra la idea pagana de la soberanía absoluta; contra el

poder único, simple, providencial y creador; contra la omnipotencia

del poder social y la uniformidad de sus reglas, que forma el rasgo

saliente que caracteriza todos los sistemas políticos engendrados

en Europa; al revés de lo que sucede en los Estados Unidos, donde

la gran máxima sobre que reposa la sociedad civil y política es la

independencia del individuo para dirigir por sí mismo las cosas que

sólo á él interesan, máxima “que el padre de familia aplica á sus

hijos, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á sus administrados,

el Poder á las municipalidades, el Estado á las provincias, la Unión á

los Estados, y que extendida así al conjunto de la nación, llega á ser

el dogma de la soberanía del pueblo”[21].

Pero Tocqueville no era republicano en Francia.

Se limitaba á pedir y servir la libertad, la justicia, la

descentralización administrativa. Quería la emancipación de la

Municipalidad, la completa libertad de la prensa, dar á la magistratura

el lugar que le corresponde en un país libre, esto es, hacerla

soberana. “En este punto estaba él tan adelantado á las ideas francesas

que no sé--dice Laboulaye--si se le ha comprendido”.

Nuestra magistratura es muy considerada y con razón; pero si nuestros

tribunales aseguran en las litis ordinarias una justicia imparcial

é ilustrada, no constituyen por eso una garantía política para el

ciudadano. Todas las constituciones repiten á la sociedad que la

separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial,

es la condición de la libertad; pero desde 1789 jamás en Francia la

justicia ha marchado al igual con la autoridad de las cámaras y del

príncipe; ese poder independiente ha estado siempre subordinado.

La administración se le escapa por el privilegio de su jurisdicción

y aun lo domina á veces por la competencia. Por más que se queje el

ciudadano, jamás tiene acción el juez sobre el funcionario que obedece

á un orden regular. Aunque el oficial público abuse abiertamente de

su poder, es necesario el permiso del Estado para citar al culpable

delante de los tribunales. No es así en América y en Inglaterra. Todo

agente de la autoridad es personalmente responsable de la orden que

ejecuta: no hay funcionario que el ciudadano no pueda inmediatamente

demandar ante la justicia para forzarlo á que respete la ley.

En estos conflictos inevitables, que en todos los países suceden entre

los particulares y el Estado, la última palabra entre nosotros es la de

la administración; entre los ingleses y americanos la última palabra

es la justicia. La razón es sencilla: en un gobierno centralizado el

interés general representado por el Estado está antes del individuo; en

un país libre el derecho del individuo contiene las pretensiones del

Estado, y sólo un juez tiene el poder de pronunciar. “En América--decía

M. de Tocqueville--el hombre no obedece jamás al hombre, sino á la

justicia, á la ley”.

En cuanto á la centralización del poder en Francia, el sabio

americanista la creía funesta á la existencia de la libertad. Él

demostró hasta la evidencia “un hecho tan curioso para la historia

como importante para la política, esto es, que á pesar de todos los

esfuerzos de la Revolución para romper con el pasado, la Francia

administrativa del siglo XIX se diferencia menos que lo que se cree

de la Francia de Luis XV; que la centralización administrativa es

un legado de la antigua monarquía, aceptado y aumentado por la

Revolución”. No es que M. de Tocqueville crea que la Revolución ha sido

una obra estéril.

La Revolución ha sido fecunda por sus destrucciones: ha arruinado todo

lo que se oponía á la igualdad. Ella suprimió la nobleza, que fuera del

ejército no era más que una casta inútil; destruyó el poder territorial

del clero, poder que no tenía razón para existir; desembarazó el

suelo de cargas pesadas, que no eran compensadas y que encadenaban

la agricultura; emancipó la industria; estableció la uniformidad del

impuesto; en dos palabras: la Revolución fué una gran reforma social;

pero ese nivel, pasado por todas las condiciones, no ha hecho más que

hacer más directa y fuerte la acción del Estado. La prueba de ello es

que no hay en Europa monarquía absoluta ninguna que no haya tomado á

la Administración francesa por modelo. La Rusia, por ejemplo, se la

asimila cada vez más, sin que se pueda acusarla de un amor inmoderado

por las ideas de 1789, á lo menos por las que defendían Lafayette,

Barnave y Mirabeau[22].

Pero la propaganda de Tocqueville no halló prosélitos. La voz de los

pocos que le comprendieron no fué siquiera escuchada en la revolución

de 1848, y los franceses, entonces, obcecados como siempre en creer que

la igualdad los haría libres y en suponer que la nación, al obrar como

soberana, podía desplegar un poder tan absoluto y tan ilimitado como

el de la monarquía que destruían, se pusieron de nuevo á inventar una

República, y no lograron por segunda vez otra cosa que desacreditar una

forma de gobierno, para caer en manos de otro César, que á nombre de

esa soberanía absoluta les diera la igualdad y les quitara todos sus

derechos, todas sus libertades.

Después de este segundo ensayo del orgullo europeo se ha comenzado

á comprender la verdadera causa del mal, y los hombres amantes de

la patria y de la verdad, cualquiera que haya sido ó sea su partido

político, han comenzado á echar una mirada de esperanza hacia

la América del norte, á buscar en ella, en sus instituciones y

costumbres, la solución del problema que no han podido resolver cuatro

generaciones, que han malgastado su sangre y sus esfuerzos á pura

pérdida.

Son varios los escritores que en el seno mismo de la esclavitud han

tenido el arrojo de levantar su voz para anunciar la nueva luz que hoy

llega desde el ocaso al Viejo Mundo, que en otros tiempos la recibió

del oriente. Vamos á exponer ahora las teorías de dos únicamente, que

á nuestro juicio son los primeros, los que de nuevo fundan y propagan

en Europa la escuela americana: Laboulaye, que en la Cátedra y en la

prensa da á conocer las instituciones de la democracia americana, las

defiende é ilustra en todos los tonos y las formas, que asume como

profesor, como novelista y como filósofo; y Courcell-Seneuille, que

ha escrito en Chile y publicado en París el libro más notable que la

ciencia social ha podido jamás presentar.

La América, Tomo I · 第 35 / 48 题