IV

Lo peor es que aun cuando los europeos estudien á la América, están

condenados por sus preocupaciones á no juzgarla bien. ¿Qué saben

ellos de gobierno republicano, ni de libertad, ni de derechos, para

comprender nuestra situación?

Los europeos no pueden ni quieren comprender lo que pasa en América; no

pueden, porque están connaturalizados con los principios fundamentales

de la monarquía latina (no hablamos de raza), que han llegado en ellos

á ser un sentimiento que los preocupa y los apasiona, cualquiera que

sea la elevación de su inteligencia y la nobleza de sus aspiraciones; y

no quieren, porque están habituados también á despreciar á la América y

no alcanzan á concebir que ella tenga algo que enseñarles en moral, en

ciencias sociales.

De la América inglesa han imitado el sistema penitenciario, é imitan

diariamente su industria poderosa, llevando á sus talleres las máquinas

de guerra ó las industriales, y hasta las prensas de imprenta de los

norte-americanos; pero no pueden convencerse de que esa República

admirable pueda servirles de modelo para su aprendizaje social y

político.

¡Cuánto no ha errado la sabia Europa al apreciar la situación de los

Estados Unidos durante la guerra civil! Ahí están las opiniones de

la prensa y de los primeros hombres de Inglaterra, los discursos de

Gladstone, ministro de Hacienda, y los de otros estadistas, sobre

aquella cuestión, para probarnos que si los ingleses dicen desatinos

cuando tratan de juzgar á su propia nación bajo la forma republicana

en América, mal pueden comprenderla mejor las demás naciones europeas;

y que si no pueden ver claro á ese gigante de las naciones, ofuscados

como están por sus vicios y preocupaciones, mal pueden siquiera

divisarnos á nosotros, los hispano-americanos, que somos verdaderos

_liliputanos_ distribuidos en repúblicas microscópicas para los ojos de

la Europa.

Los más encopetados sabios del Viejo Mundo tienen una clave, que ha

llegado á ser popular, para explicarse la existencia y los progresos

de la República en Norte-América, y es la de suponer que son las

condiciones territoriales y las de su población la que obran tal

prodigio.

“¡Cuántas gentes, en efecto--dice Laboulaye[5]--, en lugar de rendirse

á la evidencia prefieren engañarse á sí mismas, declarando que el

gobierno de los Estados Unidos es una especie de _anarquía_ que se

mantiene desde setenta años merced á la inmensidad de su territorio, á

la raridad de su población, á la facilidad del trabajo, que son otras

tantas condiciones que faltan á nuestro viejo Continente!”

¿Qué escritor, qué estadista, qué panfletero, qué diarista, qué

politiquero, qué mercader, qué industrial de Europa no está imbuido

en tal error? Lord Macaulay, el gran historiador inglés, que con sus

elevados talentos y su alto criterio no sólo ganó fama, sino que

conquistó un título de nobleza, escribía á Mr. Rand, de Estados Unidos,

juzgando las instituciones democráticas bajo el imperio de aquel

paralogismo.

“Desde mucho tiempo atrás--le decía--he tenido el convencimiento de

que las instituciones democráticas, tarde ó temprano, deben destruir

la libertad, ó á la sociedad, ó á ambas á un tiempo. En Europa, donde

la población es densa, el efecto de tales instituciones sería casi

instantáneo.

“Lo que sucedió en la Francia poco ha es un ejemplo. Pueden pensar

ustedes que su país está exento de estos males. Yo francamente le

confesaré que soy de una opinión enteramente diferente. La suerte de

ustedes la creo infalible, aunque diferida por una causa física.

“Mientras que posean ustedes una ilimitada extensión de terreno fértil

y desocupado, sin población proletaria, serán más ventajosamente

acomodados que la misma clase de personas en el viejo mundo; y mientras

esto suceda la política de Jefferson podrá existir sin ocasionar

ninguna calamidad funesta. Pero vendrá el tiempo en que la nueva

Inglaterra esté tan poblada como la vieja. El jornal del trabajador

será tan reducido y fluctuará tanto entre ustedes como entre nosotros.

“Tendrán ustedes sus Manchesters y sus Birminghams, y en esos

Manchesters y Birminghams centenares de miles de artesanos estarán

sin duda en algunas ocasiones sin poder hallar trabajo. Entonces las

instituciones de ustedes serán puestas á una prueba completa. La

escasez y la miseria en todas partes del mundo, ponen descontenta y

turbulenta á la gente trabajadora y la inclina á prestar fácil oído á

los agitadores, quienes la enseñan que es una iniquidad monstruosa que

un hombre tenga un millón de pesos mientras que otro no consigue con

qué comer.

“En los años malos hay por acá bastantes murmuraciones, y en algunas

ocasiones alborotos; pero poco importa esto, porque los que padecen no

son los gobernantes. El poder supremo está en manos de una clase de la

sociedad, verdaderamente poco numerosa, pero selecta y educada; de una

clase que tiene la conciencia de estar profundamente interesada en la

seguridad de la propiedad y en el mantenimiento del orden.

“Por esta razón los descontentos están firmes, pero benignamente

refrenados. El mal tiempo pasa sin que se quite nada á los ricos para

aliviar á los indigentes.

“Las fuentes de la prosperidad nacional principian á correr de nuevo;

el trabajo se aumenta, el jornal sube, y todo recupera su tranquilidad

y alegría habituales.

“He visto á la Inglaterra en tres ó cuatro ocasiones pasar por épocas

tan críticas como la que acabo de indicar. Por tales épocas tendrán que

pasar los Estados Unidos en el trascurso del siglo venidero si no en

el presente. ¿Cómo pasarán ustedes por ellas?

“De todo corazón deseo á ustedes una salvación feliz. Pero mi razón

y mis deseos están opuestos entre sí, y no puedo menos que presagiar

lo peor. Es muy evidente que el gobierno de ustedes no podrá refrenar

jamás á una mayoría agitada por la miseria y el descontento, porque

entre ustedes la mayoría es el gobierno, y que tiene á los opulentos

que siempre forman la minoría, absolutamente á su merced. Vendrá día

que en el estado de Nueva York una gran multitud de gentes de las que

ninguna haya tenido más que un medio almuerzo ni espera tener más que

una media comida, elegirá una legislatura.

“¿Es posible dudar de la clase de legislatura que en tales

circunstancias sería escogida? Á un lado hay un estadista predicando

la paciencia respecto á los derechos legítimos y una observancia

estricta respecto de la fe pública. Al otro hay un demagogo voceando

y disparatando sobre la tiranía de los capitalistas y usureros y

preguntando por qué á un individuo debe permitirse beber champaña y

andar en coche, mientras que millares de gentes honradas carecen de lo

necesario para mantenerse.

“¿Cuál de los dos oradores lleva más probabilidad de ser elegido

y escuchado? Yo seriamente temo que ustedes en alguna ocasión de

adversidad como la que dejo indicada cometerán algún acto que alejará

la prosperidad de su país. Algún César ó algún Napoleón arrebatará con

mano fuerte las riendas del gobierno, ó la República de ustedes será

tan espantosamente robada y devastada por los bárbaros del siglo XX

como fué el imperio romano en el V, con la diferencia de que los hunos

y los vándalos que asolaron el imperio romano vinieron de afuera y que

los hunos y vándalos de ustedes habrán sido engendrados dentro de su

propio país y por sus propias instituciones[6]”.

Nos hemos complacido en copiar la opinión del escritor moderno más

caracterizado de la Inglaterra, porque es la que predomina en todos

los grandes hombres de aquella nación, la que aparece parafraseada y

expuesta en todas formas en su prensa y en sus discursos. Pero como

el noble lord se ha equivocado tan afortunadamente, todos los demás,

prensa y estadistas, se acaban de llevar un chasco tan soberano con la

terminación de la guerra norte-americana, que todavía no se reponen de

su espanto.

¿Necesitaremos demostrar en América aquella equivocación?

¿Necesitaremos decir que la República ha triunfado en una portentosa

crisis á la cual no pueden compararse, en magnitud y en poder, las que

producen esos motines del hambre que con tanta frecuencia amenazan á la

monarquía y á la aristocracia en la Gran Bretaña?

¿Y por qué no se realizaron los temores del sabio historiador en la

crisis política que en medio de la producida por la guerra tuvo la

República con motivo de la elección de presidente? Entonces hubo una

numerosa clase hambrienta que explotaron á sus anchas los demagogos

del partido _demócrata_, auxiliados por la autoridad del gobernador

de Nueva York y por el oro que los esclavócratas y los ingleses y

franceses protectores de los esclavócratas derramaban á manos llenas.

Entonces llegó el tiempo que para más tarde esperaba el lord de

la literatura inglesa; entonces fueron puestas las instituciones

democráticas á la prueba que él temía: el gobierno no se ocupó

absolutamente en refrenar á esa mayoría agitada por la miseria y por

el oro corruptor, y confió en el poder de aquellas instituciones y

en el juicio del pueblo; y las instituciones triunfaron, y el pueblo

republicano probó que quería la abolición de la esclavitud, con la

reelección del viejo Abraham, y que el gobierno que se funda en la

libertad, es decir, en los derechos individuales, no se bambolea

siquiera por la demagogia ni por los motines.

El motín es una manifestación de la vida democrática en Norte-América;

la autoridad casi nunca se toma la molestia de refrenarlo, y deja al

interés individual, al pueblo que vive de sus libertades, que está

interesado en la existencia de las instituciones y del gobierno que

se las asegura, al pueblo que no ve sobre sí á un ente que está de

más, con el título de rey, y que vive de la fortuna pública; al pueblo

que no tiene una aristocracia que lo explote, que sea dueño de las

tierras, que bebe champaña y anda en coche á costa del pueblo que muere

de hambre; al pueblo libre, en fin, á la americana y no libre á la

inglesa, el cuidado de sofocar y aun de castigar los motines.

Mas los ingleses se atendrán siempre á la opinión de Macaulay, á

pesar de su falsedad, porque ellos no comprenden otra libertad que

la suya, esa libertad que deben á los privilegios conquistados por

su aristocracia. Sus nobles conquistaron para sí y para el pueblo la

libertad individual, el derecho de votar sus impuestos, el de ser

juzgados por sus iguales, y más tarde se aumentó ese caudal de derechos

con la libertad de conciencia, aunque limitada por una iglesia oficial;

la del pensamiento y la de asociación, aunque sujetas á trabas que las

modifican, pues que las opiniones pueden ser justiciables, y el derecho

de asociarse depende de condiciones que lo restringen.

En el goce de todos esos derechos el pueblo inglés se siente ligado á

la aristocracia y la monarquía, y ambos saben que deben su existencia

al goce de tales derechos por el pueblo, puesto que si el pueblo inglés

no los poseyera, otra sería su situación y día había de llegar en que

el hambre y el despotismo le hicieran despertar para tomar severa

cuenta á la corona y al sistema feudal. Los derechos individuales

son, pues, allí la salvaguardia de la monarquía y de la aristocracia,

y el pueblo, que los ama, no tiene otra ambición que la de sostener

esos poderes que se los aseguran, haciendo consistir su gloria en las

distinciones sociales, que desea con avidez, porque nunca ha necesitado

de la igualdad para ser libre, y siempre ha visto que la igualdad puede

ser sacrificada sin mengua de su bienestar y de la libertad.

¿Podrá una sociedad semejante concebir un gobierno sin monarca

hereditario, sin aristocracia y con un pueblo que posea esos mismos

derechos en mayor extensión, que administre por sí mismo todos los

negociados sociales y políticos y que posea la igualdad como base

fundamental de tal organización? No, la República no cabe en la cabeza

de un buen inglés, y por eso la nación entera mira con desdén á sus

hijos de América, y no alcanza á concebir que en la América española

pueden organizarse repúblicas duraderas. ¿Para qué se tomarían sus

estadistas la pensión de estudiar á nuestros pueblos y de conocerlos?

Somos en su concepto simples nacionalidades anárquicas, que tenemos

una vida efímera, y que estamos destinados á servir de pasto á un gran

imperio.

¿Serán capaces de comprender mejor que los ingleses la República

de América las demás naciones de Europa cuyo evangelio político es

la unidad y omnipotencia de la monarquía latina, esto es, el poder

absoluto que domina la conciencia, el pensamiento, la voluntad, y que

aniquila al individuo para engrandecer la autoridad, sea que ella esté

en las manos de un monarca, de una aristocracia ó de un cuerpo de

representantes del pueblo?

¿Quién ha comprendido en Francia al escritor más amante de la libertad,

al simpático Tocqueville, al patriota más sincero, que consagró sus

mejores años al estudio de la democracia en los Estados Unidos, para

convencer á sus conciudadanos de que no eran libres, y de que estaban

engañados al creerse tales porque habían conquistado la igualdad?

Veamos si no la situación actual de la ciencia política en cuanto al

Estado y á los derechos individuales en Europa, y podremos calcular

la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo.

Llama ahora la atención el publicista más notable que jamás haya tenido

la Francia, M. Laboulaye, quien acaba de presentarnos un cuadro de las

teorías de Guillermo Humboldt, de Mill, de Eœtvœs y de Jules Simón,

que son, sin duda, los escritores contemporáneos que más profundamente

han tratado la cuestión de la libertad y del Estado en Alemania, en

Inglaterra y en Francia. Siguiendo á Laboulaye vamos á exponer y juzgar

esas teorías, y después juzgaremos al mismo sabio escritor[7].

La América, Tomo I · 第 26 / 48 题