Con todo, no solamente los retrógrados, sino aun los que se precian de
liberales en Europa, son también víctimas de una repugnante ignorancia
acerca de nuestra situación. No extraña ver á los senadores del Imperio
atribuir á Napoleón III el pensamiento de un Congreso americano, que
nació aquí con nuestra revolución; lo extraño es oir en el seno de ese
mismo Parlamento de Napoleón á M. Thiers tronar contra la perpetua
anarquía en que vive la América y hablar de nuestras revoluciones como
un mercader que se sintiera contrariado en sus especulaciones, sin
comprender el origen ni los fines de los movimientos políticos que
produce la regeneración de nuestro Continente.
Lo extraño es oir á Palmerston, el liberal por excelencia, el ministro
que tiene por principio adelantarse á las reformas, y oir á Russell y
demás estadistas ingleses cuando tratan de justificar su adhesión á las
pretensiones filibusteras de la Francia en Méjico, ó cuando tratan
de sostener á cañonazos una reclamación injusta en América, como la
de Whitehead en Chile; y leer su prensa cuando trata de juzgar á las
repúblicas americanas. Lo extraño, en fin, es ver la prensa liberal
española cuando toma á su cargo las cuestiones americanas, sosteniendo
que la España no puede ser potencia de primer orden en Europa, ni
ponerse al nivel de la Gran Bretaña y de la Francia en América si no se
hace respetar con sus cañones, si no intimida á las repúblicas del Perú
y Chile, que han necesitado ser calumniadas para ser acusadas de dar
á los españoles un trato que, si bien lo merecían, no se les ha dado
jamás.
Los liberales franceses nos calumnian porque no nos estudian ni
comprenden, ó, más que todo, porque ellos mismos no tienen ideas
exactas del sistema liberal, preocupados como están por los principios
monárquicos que han profesado ó que pretenden asociar con la libertad.
Más tarde demostraremos este hecho, cuya enunciación parecerá temeraria
á los que se imaginan que los sabios franceses ven claro en materia de
libertad.
Los liberales ingleses, sin embargo de que son los únicos que
comprenden que la libertad no es otra cosa que el uso de los derechos
individuales que les asegura la Magna Carta, no conciben que éstos
puedan coexistir sino con la monarquía aristocrática que se los ha
concedido, y que aman por tradición y por costumbre, con la pasión que
el poder del hábito inspira á los ingleses, y nos calumnian porque esas
ideas los preocupan contra la República, y porque en sus relaciones
con la América no quieren admitir otro interés que el de sus factorías
y el de sus mercaderes, y aspiran á que todo se sacrifique á semejante
interés.
Los liberales españoles nos insultan porque no alcanzan á comprender,
en su estrechez de miras y en su preocupado espíritu, que para ponerse
al nivel de la Inglaterra y de la Francia necesita la España en América
importar y exportar tantas mercaderías como ellas, y no olvidar la
historia de ayer para venir á hacerse amar á cañonazos, cuando no
consiguió hacerse temer con todos los horrores de su despotismo y
los de la guerra. Por lo mismo que la España tiene pocos intereses
comerciales en América, nos conoce menos, con ser como somos sus hijos,
no sus hijos perdidos, sino hijos que hacemos honor á la familia.
Y es tal la ignorancia, y son tales las preocupaciones con que allí se
consideran las cosas de América, que se cree que hemos perdido social y
moralmente con la independencia hasta el grado de haber degenerado y de
haber caído en la miseria y aun en la imbecilidad.
No hace mucho tiempo que nuestro amigo y maestro D. Joaquín de Mora
publicó en la _América_, de Madrid, un prolijo y elocuente escrito,
para probar que los americanos éramos _capaces de gobernarnos_ y
capaces de vivir en sociedades organizadas.
Basta de hechos que prueban la ignorancia de la Europa sobre la América
española. Los americanos los conocen y no hay entre ellos quien no
refiera alguna anécdota auténtica de las infinitas que han ocurrido á
los hijos de este Continente en la civilizada Europa, cuyas gentes se
han quedado estupefactas al hallar un americano que no era salvaje, que
no vestía plumas ó que no era rojo ó cetrino, como los indígenas de la
conquista.