desenvolvimiento del espíritu, no podrá comprenderlo; y le pasará por
elevación al niño y al pobre de espíritu, como aconteció en el
experimento de los jesuítas, que elaboraron autómatas cristianos en las
Misiones.
"Los chinos agasajan de preferencia a los dioses del mal, dice Beauvoir.
Su máxima es: no cuidarse de la divinidad buena, puesto que es buena,
pero propiciarse la mala que puede dañar". Se comprende bien que los
dioses de los pueblos salvajes sean siempre malos, si se piensa que sólo
en ese carácter son inteligibles o respetables para el niño los de los
pueblos civilizados. "Tata Dios", que no tiene juguetes ni caramelos, y
que se enoja con los niños malos o desobedientes, y los castiga, no se
diferencia del "Cuco" sino en que éste hace siempre el mal, sin
necesidad de enojarse previamente, porque es malo de profesión. También,
si Dios no se enojase y no castigase, el niño no le haría pizca de caso.
Y si no acostumbrase mandar cataclismos, terremotos, pestes, epidemias,
etc., etc., para los remisos, tampoco darían mucho dinero para iglesias
los creyentes adultos.
"Presentad al salvaje, dice Lecky, la concepción de un ser invisible,
para ser adorado sin la ayuda de ninguna representación material, y será
inhábil para entenderla. No tendrá fuerza o realidad palpable para su
mente, y por lo tanto no podrá ejercer influencia sobre su vida. La
idolatría es la religión común de los salvajes, simplemente porque es la
única que sus condiciones intelectuales pueden admitir, y, en una forma
o en otra, continuará hasta que esas condiciones hayan sido cambiadas".
Cuando lo sean, la mente del semisalvaje será un almácigo de seres
invisibles, que más tarde llegarán a ser incomprensibles, para el ex
salvaje; es así como el progreso de las luces ha hecho increíble la
brujería, y el testo sagrado, "no permitirás que una bruja viva", ha
quedado recitable, pero impracticable.
Impidiendo o prohibiendo la cultura intelectual y la tolerancia, que es
la cultura moral, las iglesias cristianas que llevaban en sí el cielo y
el infierno, la civilización y la barbarie, suprimieron las
posibilidades mentales para las partes superiores de sus propias
doctrinas, y éstas quedaron incomprendidas, en letra muerta, mientras
eran letra viva las partes inferiores durante los diez siglos de la era
precientífica, en los que la civilización cristiana, con infierno y
diablos, brujas, duendes, hechicheros y magos, íncubos, sucubos, silfos,
gnomos, etc. con servidumbre, esclavitud y torturas, no se distinguía de
la judía o la musulmana sino por su mayor ferocidad.
La música misma la entiende o la desentiende cada uno proporcionalmente
a la afinación o a la desafinación de su oído, y cae de su peso que
nadie puede comprender y sentir sino lo que esté a su alcance
intelectual y moral; los fundadores de religiones no han sido espíritus
comunes, sino excepcionalmente superiores, y por ende casi siempre
incomprendidos por sus coetáneos, hasta perseguirlos y matarlos.
Una tendencia natural nos lleva a pensar y sentir que todo lo que sea
excelente debe ser creído, propagado y difundido. Pero creer no es
entender ni sentir: todo puede ser creído, desde lo absurdo hasta lo
incomprensible; por eso hay tantas religiones en el espíritu humano como
vientos en la atmósfera; pero no todo puede ser entendido y sentido por
todos. Una idea grande no puede caber en un espíritu estrecho, ni un
sentimiento generoso arraigar en un alma mezquina. Por esto, la
credulidad no puede suplir a la intelectualidad. El creyente de una
religión puede creerla toda entera, pero sólo podrá entender la parte
correspondiente a sus entendederas, y sólo ésta entrará a ser componente
substancial de su espíritu, y se traducirá en sus acciones, quedando lo
demás en calidad de simple inquilino verbal, en palabras recitables,
pero irrealizables.
* * *
Si bastase creer una doctrina superior para adquirir una capacidad
intelectual y moral superior, no habría explicación posible para los
1.800 años de barbarie cristiana que han corrido paralelamente al sermón
de la Montaña.
"Detrás de la cruz está el diablo", dice el proverbio; debajo del cielo
está el infierno. El cristianismo eclesiástico, nacido en tiempos
bárbaros, con suplicios eternos y dichas perpetuas, y por esto diabólico
y divino a la vez, mitad bárbaro y mitad sublime, es directamente
asimilable hasta por los salvajes en lo que tiene de salvaje; pero en lo
que tiene de sublime sólo por los espíritus elevados, o por los
temperamentos excepcionalmente buenos, que aparecen aun entre los
completamente bárbaros.
Se explica así que todo enardecimiento religioso haya sido acompañado
siempre de un recrudecimiento correlativo de barbarie, lo mismo en la
Escocia de Knox que en la Suiza de Calvino o en la España de Torquemada.
El desarrollo del espíritu humano en sus diversas faces, durante la
civilización grecorromana, podría ser figurado por un zigzag ascendente,
que termina hacia el fin del imperio, eclipsándose hasta desaparecer por
completo bajo una forma de moralismo que entendía prescindir de todas
las formas de actividad mental que habían prosperado bajo el paganismo;
así dio lugar al reflorecimiento colateral de las supersticiones
primitivas, relegadas por aquéllas al segundo plan, pero no extinguidas.
Es lo que ocurriría hoy mismo si fuesen clausuradas las escuelas y
destruidos los libros, suprimida la prensa y proscritas las formas
modernas del pensamiento. Las formas anteriores, siempre subyacentes,
tomarían el lugar vacante, ascendiendo al primer plan; los taumaturgos,
las reliquias y las imágines milagrosas desalojarían otra vez a los
médicos; los teólogos a los letrados; el látigo a los métodos
pedagógicos; y la letra, de nuevo convertida en vehículo de absurdos
sagrados, volvería a entrar con sangre por las partes traseras del
discípulo recalcitrante.
Descartado el desinterés por la seguridad o la esperanza de una
recompensa a la virtud, la salvación del mal y de la muerte por medio de
ceremonias, ritos y palabras mágicas, el mayor de los prodigios no era
viable entonces, como no lo es hoy, en los espíritus instruidos o
adiestrados al razonamiento, y era más viable entonces que hoy en los
espíritus ingenuos, aclimatados a la causalidad misteriosa corriente.
Repudiada por aquéllos fue aceptada por éstos, conjuntamente con la
vegetación de supersticiones asiáticas, africanas y europeas, que en
olla podrida circulaban en los bajos fondos del imperio romano, y que
fueron también admitidas en parte y repudiadas en el resto, del mismo
modo que tenemos hoy supersticiones subvencionadas, supersticiones
toleradas y supersticiones proscritas por el estado.
No habría sido viable en tal ambiente sin asimilarse alguna parte del
mismo que sirviera de puente entre lo viejo y lo nuevo; fue así como una
gran parte de las divinidades perversas de la antigüedad, a las que se
había transferido el terror de los salvajes a lo desconocido,--haciendo
la carrera de las ostras, que empezaron por ser humilde plato de los
desheredados para terminar en preciado manjar de los pudientes,--han
llegado a ser las columnas maestras en que descansa el poder de la
Iglesia, de las clases privilegiadas y de las familias reinantes.
Erigida la pobreza de espíritu en virtud cristiana, por ser la condición
más favorable a la admisión y a la conservación de la más maravillosa
concepción humana, el descenso del espíritu crítico, así descalificado,
fue la consecuencia inmediata, pero no fue suficiente en el comienzo. La
credulidad natural basta para aceptar a fardo cerrado las creencias de
nuestros mayores, cuando no se tiene ninguna, y es el mayor obstáculo
para abandonarlas cuando se las tiene. La nueva verdad religiosa, pues,
tuvo que entrar en el lugar de aquélla por la ancha puerta de las
supersticiones, poniendo allí de guardia a la teología, para impedir el
acceso a los nuevos arribantes de la misma o de otra estirpe; y fue
precisamente el portero el que lo echó todo a perder.
El criterio de la verdad sobrenatural, era, entonces como hoy, el hecho
sobrenatural: el milagro, esto es, el absurdo cumplido,--en teología,
como en teosofía, en espiritismo, curanderismo o "christian science". El
milagro cristiano se realizaba contra el diablo y los dioses paganos que
se suponía ser sus representantes; luego, la primera cosa ratificada por
el milagro era la preexistencia del diablo, pues sin esto aquello
carecía de razón de ser. Los milagros buenos implicaban los milagros
malos, como la eficacia de un remedio confirma la existencia de la
enfermedad correspondiente; y el diablo cristiano, que era la
personificación resumen de todas las potencias maléficas, de todos los
dioses bárbaros del pasado bárbaro de la humanidad, acoplado desde el
primer momento al sermón de la montaña, pudo causar más de diez siglos
de barbarie efectiva, paralelamente a la más elevada moral teórica, y a
renglón seguido de la más alta civilización de la antigüedad clásica.
En efecto, en el siglo VII, que señala el "Nadir" del espíritu humano,
empieza la preponderancia de las formas ancestrales resurgentes en pos
de la desaparición del filosofismo, y la tenebrosa onda de infernalismo
barbarizante que arranca de esa sima espiritual, oscurece a la Edad
Media, destruyendo vidas y bienes, y retrasando por siglos el
desenvolvimiento de la ciencia positiva y de los sentimientos
humanitarios, porque constituye la base económica del poder de la
jerarquía eclesiástica, que es en lo que está el secreto de sus
exageraciones periódicas y de su duración. Hasta bien adelante del siglo
XVIII, las mujeres sucumbieron en la horca o en la hoguera, a decenas de
millares en el solo renglón de la brujería, como los hombres por el de
la herejía, inhumanidades provenientes de la moral religiosa, y que no
cejaron hasta el advenimiento de la moral humana.
* * *
La lucha por la vida suscita en cada especie las calidades
correspondientes a sus condiciones particulares, reales o imaginarias.
Es por lo menos muy dudoso que la condición de asustado del infierno y
perseguido por los demonios, haya valido para apartar del mal a los
hombres, ya que éstos han sido peores en las épocas en que ha imperado
con más fuerza, y lo son todavía en las regiones y en las capas sociales
en que está más difundida. Esa condición comporta modos específicos de
pensar, sentir y de obrar, variables según su intensidad y el
temperamento personal, desde la limosna a los pobres hasta la
construcción de templos, desde la simple devoción preservativa hasta el
misticismo y el delirio perseguidor, en que se transforma de suyo el
delirio exacerbado de las persecuciones.
En la primera forma, "el santo terror del infierno" cubrió de iglesias,
conventos y ermitas el Asia Menor, el Egipto y la Europa; en la segunda,
originó las cruzadas y las órdenes de caballería religiosa, engendró la
Inquisición y los Jesuitas; en fin, suscitó las guerras intercristianas,
en las que los perseguidos por los mismos demonios, se perseguían a
matarse, por su fe en diferentes preservativos, marcando el momento en
que la imbecilidad religiosa llega al clímax en el cristianismo: porque
éste se ha reducido al mínimum y el diabolismo ha llegado al máximum.
"¡Qué malos somos cuando tenemos miedo!", dice Anatole France; y en
efecto, los mismos animales domésticos, asustados, pierden ipso facto su
mansedumbre, y se tornan aún más peligrosos que en el estado salvaje. El
peligro, asustando a los tímidos, los vuelve peligrosos, haciendo
desalmados y feroces a los humildes; cuando los hombres más galantes y
aristocráticos están enfurecidos por el miedo, son también un gravísimo
peligro recíproco, aun para las mujeres, como ocurrió en el Bazar de
Charité, de la calle Jean Goujon, en París. Los peligros teológicos
engendraron el pánico religioso; la facilidad para asustarse y la
inclinación a asustar, explotados en el terreno político, produjeron
por el peligro político el terror político, en círculo vicioso, y así se
produjo en las sociedades cristianas la reversión a los métodos de las
sociedades salvajes.
Las grandes catástrofes por disparadas locas en los teatros, en las
iglesias, en los naufragios, son casos de ferocidad repentina y
fulminante originada por el terror pánico de que proviene también
seguramente, la mayor parte de los homicidios. Los jefes de la
"Mashorca", que hacía temblar a los vecinos de Buenos Aires, eran
tímidos que de miedo a ser degollados se hicieron degolladores. En el
Uruguay, cuando las guerras jordanistas, un vasco ladrillero, que en su
vida había degollado un cordero, obsesionado por los frecuentes
degüellos, se ofreció para degollador oficioso, y en el primer candidato
que le dieron, desnudo y atado de pies y manos en el suelo, chamboneó de
tal manera, que la víctima, en sus retorsiones, rompió las cuerdas que
le sujetaban los pies, se incorporó chorreando sangre, degollado a
medias, y acometiendo a puntapies al aprendiz de verdugo, lo increpaba:
"Si no sabes degollar a qué te metes, ¡vasco de tal por cual!". Este, a
su vez, respondía a puñaladas, que entraban en el vientre del prisionero
como en un queso, hasta que el espectáculo colmó la medida, y un
veterano salió de las filas de las tropas formadas en cuadro, para su
edificación, y le puso término.
Si el primer hombre fue un salvaje, seguramente el primer dios concebido
por la mente humana fue un demonio o cosa así; en efecto, la historia y
la etnografía comprueban que, cuanto más salvajes son o han sido las
agrupaciones humanas, tanto más bárbaros, es decir, tanto más diabólicos
son o han sido sus dioses. Y también la recíproca: el ascendiente de las
concepciones salvajes en el espíritu de los civilizados los pone
salvajes. Todas las retrogradaciones accidentales o permanentes de la
civilización han salido precisamente de la recíproca, porque el hombre
tira por atavismo a las supersticiones bárbaras y se hace bárbaro, como
la cabra tira al monte y se vuelve montaraz.
* * *
La tendencia antiliberal--tan característicamente diabólica,--de los
políticos turcos, rusos, españoles e hispanoamericanos, a escarmentar
siempre al pueblo con un exceso de represión, para quitarle hasta la
tentación de reincidir en sus reivindicaciones, es una manifestación
ulterior del espíritu diabólico adquirido en la escuela religiosa; y
aparece también, por debajo, en la ferocidad de las insurrecciones
populares, porque la barbarie no es monopolizable. Tal fue el origen, y
tal el carácter de nuestras tiranías y de nuestras insurrecciones
implacables: matar o morir en la contienda.
Se ha dicho que "la mente del hombre se impregna de los materiales con
que trabaja como las manos del tintorero con los colores que manipula".
Y, en efecto, los verdaderos endemoniados no fueron los sacrificados por
tales, sino los sacrificadores; no las histéricas y los escépticos que
perecieron en las llamas, inculpados de posesión o de sugestión
diabólica, sino sus jueces, los investigadores de la eternidad macabra,
los eruditos en suplicios eternos, los tétricos doctores en demonología,
compenetrados por el ambiente de horrores en que residía su espíritu;
ellos anticiparon el infierno en la tierra con la tortura y la hoguera,
la delación y la traición, porque el hábito embota la sensibilidad; el
eterno pensar y representarse los suplicios sobrenaturales los había
insensibilizado para los dolores propios o ajenos, porque el ambiente es
el alfarero de las acciones humanas, pues, como ser vivo, el individuo
es un producto de la naturaleza y del medio social.
Hasta qué punto podían trastornar la inteligencia del adulto los
terrores teológicos, implantados en el espíritu del niño colonial por
los frailes españoles, lo sabemos por la historia de las guerras de
religión; y hasta qué punto podían aplastar literalmente a los espíritus
débiles de los indios y de los mestizos podemos inferirlo de las
estadísticas de los manicomios, y por el augusto caso de aquel pobre
Carlos II el Hechizado, que, de miedo al diablo, dormía cubierto de
reliquias, rociado con agua bendita y con un fraile a cada lado de su
cama.
Una dama de mi relación, educada en un convento de monjas, y no
disponiendo de recursos para costearse frailes con olor a santidad, que
velasen su sueño intranquilizado por el terror crónico, y atribuyendo a
trajines de ánimas o duendes el galopar nocturno de los ratones en una
casa vieja y contigua a un almacén de la calle Callao, en que residía,
aún manteniendo encendido el pico de gas, obligaba a la cocinera a
dormir en su propia habitación, y finalmente en su propia cama; tanto
era el empobrecimiento de su espíritu por la credulidad natural
complicada con cuentos de aparecidos. Y eso que pertenece a una
generación que no ha tenido la desdicha de presenciar exorciones, esas
ceremonias públicas, tan profundamente endemoniantes, en las que el
sacerdote, revestido con todos sus adminículos mágicos, espulsaba a los
demonios del cuerpo de los poseídos, como quien espanta loros de un
maizal.
Probablemente el último caso de esta especie ha sido la de Carmen Marín,
"la endemoniada o espirituada", en el que intervinieron el arzobispo,
sacerdotes y monjas, que conmovió profundamente a la sociedad de
Santiago de Chile, en el segundo semestre de 1857, y que se encuentra
documentado con informes de médicos y de presbíteros, en la "Revista
Médica de Santiago", de Octubre de ese año.
Bajo las patas del caballo de un ángel, que lo atraviesa con su lanza,
en el centro de la iglesia de Villa del Pilar, en el Paraguay, he visto
a un diablo en forma de lagarto, con alas de murciélago, sembradas de
púas, enormes ojazos de buho y garras con uñas de buitre, y he pensado
con pena en las pesadillas diurnas y en las noches de insomnio que la
vista de semejante monstruo sobrenatural debe producir a los
desventurados niños del pueblo.
Se comprende entonces que Francia, el discípulo de los jesuítas de
Córdoba, y los López, discípulos de Francia, pudieran esgrimir con tan
completa eficacia el terror político sobre una población moralmente
deprimida por el terror religioso; así se entiende la profunda
diferencia entre la política de la América del Sur, en la que las
matanzas y las proscripciones fueron el principal instrumento de
gobierno, y la política de la América del Norte, donde jamás se le
ocurrió a ningún caudillo acudir a la intimidación de sus conciudadanos
para subyugarlos o labrarse prestigios, porque 200 años antes había sido
atenuada por bill de tolerancia la dieta de horrores infernales con que
las iglesias cristianas alimentaban a los predestinados para el cielo.
Cuando la capacidad mental de la masa de la población fue ensanchada con
la cultura científica, los descendientes de aquellos mismos cristianos
bárbaros de antaño han podido retener menos diabolismos y más sermón de
la montaña en su complexión intelectual ensanchada, con lo que ha cesado
la guillotina crónica. La misma circunstancia había hecho cesar en su
diabólica operación a los puritanos quemadores de brujas de la Nueva
Inglaterra; y es a su ausencia que se debe la continuación de las
matanzas de judíos en Rusia y de cristianos en Turquía.
* * *
Fue Sarmiento, en nuestro país, el que contribuyó más eficazmente a
barrer del espíritu argentino con la difusión de las luces por la
educación común, esa lamentable basura moral, que es el gobierno de los
niños por el miedo al cuco y de los adultos por el miedo al diablo.
Desvanecidos por el liberalismo creciente los terrores religiosos
medioevales, ha venido cesando correlativamente el terrorismo político;
y el diablo cristiano sólo conserva su inmenso prestigio y el vasto rol
que le crearon los visionarios de la Edad Media, en las familias
aristocráticas educadas en los colegios de frailes y de monjas, y en las
remotas campañas, por la crasa ignorancia.
Lo que el cristianismo tiene de salvaje y de insuperablemente bárbaro,
lo que ha hecho algunas veces a los hombres más crueles y más
desgraciados que los mismos animales salvajes, es la concepción del
infierno con los tormentos eternos del diablo, con las brujas, los
duendes, los fantasmas, etc., etcétera. Los espantosos refinamientos de
la crueldad cristiana provinieron de esa escuela o ambiente espiritual
de iniquidades y horrores sobrenaturales, pendientes sobre la existencia
del creyente como la espada de Dionisio sobre la cabeza de Damocles.
Porque las cosas, los hechos y las ideas no nos chocan o escandalizan en
la medida en que sean monstruosas, sino en la proporción en que salgan
de lo ordinario; dejan de chocarnos cuando son o se vuelven ordinarios,
como ocurre con la idea del pecado original y del juicio final, con el
diablo, el purgatorio y el infierno, como ocurría con la incineración
de las viudas en la India, antes de la dominación inglesa, como ocurre
con el eunuquismo en los países musulmanes, con las maffias y las
camorras en el sur de Italia, con las corridas de toros en España y con
los linchamientos en Norte América.
La influencia del ambiente interior es análoga a la del ambiente
exterior, y las monstruosidades imaginarias producen los mismos efectos
que las reales, aunque en menor escala, variando también con el
temperamento y la educación del sujeto que se las representa, las ve,
las sabe o las oye referir.
Cuando la locura teológica llegó a ser el estado normal de las
sociedades europeas, la sabiduría y la sensatez humanas parecían
monstruosidades chocantes, y los sabios cuerdos fueron encarcelados,
ahorcados o incinerados por los sabios teológicos. Cuando se sabía, con
la más completa certidumbre, que los muertos estaban asándose por
disposición de Dios en el purgatorio y el infierno, y cuando este hecho
imaginario alcanzó en el espíritu de las gentes, por las predicaciones
de los ministros del Señor, la vividez de un hecho actual, patente y
visible, atravesar la lengua a los blasfemos con un fierro calentado al
rojo, torturar a los acusados de delitos religiosos y quemar vivos a los
condenados fueron hechos tan regulares como lo es hoy el de sentenciar a
las personas a trabajos forzados o a presidio permanente; o el de
matarlas en duelo para el hombre culto o sin duelo para el inculto; o
el de quemar negros en Norte América, donde todos se caerían de espaldas
el día en que un blanco fuera quemado vivo, siendo, probablemente, la
idea de la combustión futura de los forajidos blancos lo que quita
importancia en el espíritu del pueblo a la combustión inmediata de los
forajidos negros, en simple anticipación de la justicia divina, por la
doble odiosidad del crimen y del color del criminal.
"Solamente podemos ver fuera lo que tenemos dentro", dice Emerson;
cuando estamos llenos de rencor, de iniquidad o de imbecilidad, en todas
partes los encontramos; cuando estamos llenos de diablos y fantasmas,
los vemos y los sentimos en todas partes, porque a todas partes los
llevamos. Y lo que se ha hecho siempre con los niños, a título de
"educarlos en las creencias de sus mayores", ha sido llenarles la cabeza
de brujas, duendes y demonios y el resultado es que todo creyente está
embrujado, endemoniado o "engualichado" por los demonios, las brujas o
los "gualichos" en que cree, y predispuesto a creer en las demás
zonceras de la misma especie, como la _jettatura_ y el _trece_,
verbigracia.
* * *
La teoría de los poderes divinos y de los poderes diabólicos para la
explicación metafísica del bien y del mal, ha sido de una fecundidad
prodigiosa para extraviar y trastornar la inteligencia humana. La
fragmentación de los efectos, implicando la fragmentación o gradación
de las causas, sugirió la subdivisión y ubicación de éstas en las
personas, en las cosas, en las palabras, en los números, que vinieron a
ser así, milagrosamente buenas o milagrosamente malas en diferente
medida; escalonáronse las primeras en los ángeles, los santos, las
vírgenes, las reliquias, las plegarias, hasta la simple agua bendita, y
las segundas en los diablos, las brujas, los duendes, los hechiceros,
hasta la inocente lechuza.