que hubo el olor de sanidad y el olor a diablo, sambenito que les cayó
en lote al azufre y al ozono, resultante de la condensación del oxígeno
del aire por el rayo. Naturalmente contra las partículas de poder
diabólico en los sortilegios, daños, encantamientos y maleficios,
bastaban las partículas de poder divino contenidas en las bendiciones,
el bautismo, las reliquias y escapularios, o el puño en cruz; como basta
el puño en cuernos contra la _jettatura_ o el catorce contra el _trece_.
De la misma naturaleza, origen, materiales, formas y estructura inmoral
de los dioses monstruosamente horribles y bárbaros de los pueblos
salvajes, es el diablo: aterrador, seductor, astuto, traidor, hipócrita,
dañino de oficio, perverso de profesión, deleitándose en el mal de los
niños y de los adultos, obligados por las creencias de sus mayores a
vivir en peligro perpetuo y en guardia permanente contra sus
incansables asechanzas, especialmente encaminadas a malear a los buenos,
para hacerlos caer, por la condenación divina, en su rebaño de
condenados perpetuos, habiendo él mismo llegado a la impunidad absoluta
de sus maldades ulteriores por haber incurrido desde la primera en el
máximum de castigo. El ubicuo diablo cristiano es el subdiós de la
iniquidad, el summum del salvajismo sobrenatural.
Eterno e indestructible por construcción imaginaria, los ritos y las
ceremonias mágicas no son más que una organización defensiva permanente
contra sus poderes mágicos inextinguibles; los santos y los ángeles son
una especie de gendarmería espiritual también, eficaz para herirlo y
alejarlo, pero impotente para matarlo, porque está muerto. Consideramos
que la impunidad de las malvados es desmoralizadora, pero no existe
perversidad más grande y más impune que la de Satanás y sus legiones; si
nuestros caudillos bárbaros han sido feroces, es porque el infierno y no
el cielo era el más fuerte componente de las supersticiones de su
espíritu.
En el ambiente de patrones apenas alfabetos, y de sirvientes y
trabajadores totalmente analfabetos en que transcurría nuestra infancia,
todos temían y nadie había visto nunca a Dios; pero todos habían visto,
oído, olido o sentido al diablo, rondándoles el alma o pisándoles los
talones, en mil circunstancias nocturnas o aun diurnas.
Demasiado elevado, complicado e inabordable el primero, sólo ha
descendido de las alturas y se ha dejado ver en muy contadas ocasiones,
por los profetas elegidos al efecto, y allá en tiempos muy remotos; el
segundo, en cambio, eminentemente democrático, anda suelto y sin aparato
en la tierra, y se deja ver por todo el mundo en figura de hombre o de
animal, sin ceremonias previas, en estado de gracia o de desgracia,
sembrando gratuitamente el miedo y el terror. Son estos dos atributos,
el terror y el miedo, los que deprimen la vida apocando el espíritu,
hacen el caldo gordo para los atrevidos y producen larga cosecha de
beneficios de toda especie para los proveedores de preservativos, porque
"no hay mal que por bien no venga", como dice el refrán, y que no sea a
la vez, sincera y ardientemente propagado y cultivado por los
beneficiados, especialmente cuando ellos mismos están personalmente
inmunizados a su respecto, porque las ideas más puras y los intereses
más sórdidos suelen anudar en las profundidades del espíritu
vinculaciones secretas que pasan totalmente inadvertidas a la conciencia
más sinceramente honrada.
En el tiempo y en el medio en que yo era niño y crédulo, la condición
espiritual del niño cristiano era el del unitario en tiempo de Rosas,
según la descripción de Vélez Sársfield. "Sé vivía entre pavores" porque
la parte inteligible y corriente de la religión versaba sobre demonios
perversos e incastigables, sobre suplicios infernales eternos, sobre
mártires y santos, sobre buenas gentes, que se habían cocinado
previamente en el purgatorio para acabar de ganar la bienaventuranza con
las abstinencias y los sufrimientos de su vida miserable.
Todo el "folk lore", es decir, todo el material intelectual y moral
circulante, versaba sobre basiliscos, salamandras, salamancas,
aquelarres, hechiceros y doncellas encantadas, sobre el mandinga, la
pericana, las brujas, los duendes, los fantasmas, que pueblan de
visiones el espacio para los crédulos, y les hacen angustiosa la simple
ausencia de la luz en la oscuridad de la noche.
Las mujeres de la casa que se agrupaban compungidas por la noche a rezar
en alta voz, hacían la impresión de los sitiados que se preparan
afanosamente a rechazar un ataque nocturno del enemigo. La portación del
viático a un moribundo, desfilando de día con cirios o faroles
encendidos, repicando campanillas por el centro de la calle, las gentes
azoradas que se hincaban a rezar a la vista o al ruido de la eternidad
que pasaba en procesión fúnebre encabezada por el cura, y el resto en la
capilla mortuoria del hogar angustiado, hacían la impresión macabra de
las ejecuciones capitales en la plaza pública, también con sacerdotes,
con reo en capilla, y marchas fúnebres, y espectadores conmovidos.
Las personas de edad solían ser repertorios vivos de procedimientos
ridículos para prevenir y para remediar males y peligros reales e
imaginarios. El que bostezaba, se santiguaba sobre la boca abierta de
par en par, a fin de impedir que Satanás se le entrase por ella
aprovechando la conyuntura, y a la persona resfriada que estornudaba,
se le decía con el mismo objeto: "Jesús lo ayude". Un notario, que era
especialista en escrituras falsas para despojar a viudas, huérfanos y
tilingos, y abanderado de todas las cofradías, que hacía punta en las
procesiones y andaba permanentemente acorazado con escapularios
benditos, llevaba sus precauciones contra el diablo en la mesa, hasta
trazar una cruz preventiva sobre cada bocado que se llevaba al buche; y
al finalizar sus picardías, defraudando al diablo y al infierno, se fue
"derechito al cielo", arrepentido y contrito y "confortado con los
auxilios de la santa religión", como rezaban los avisos fúnebres.
Pues, en efecto, la manera clásica de ser diablo contra el diablo
consistía en ponerse bien con Dios, acogerse a la Iglesia, afiliarse a
las cofradías, encomendarse a los santos y proveerse de reliquias y de
indulgencias por mayor para hacer diabluras a mansalva y morir "quand
même" en olor de santidad.
* * *
En la vida de aldea, que caracterizaba a la sociedad colonial, el
diablo, con todos sus derivados, eran entidades domésticas omnipresentes
y proteiformes, esencialmente malevolentes y obsesionantes. Era un
invernáculo de supersticiones, a cargo y beneficio de un sembrador y
cultivador oficial de los terrores ancestrales que marchitan la alegría
de vivir en el niño y el buen humor en el adulto, para salvarles el
alma.
Particularmente de noche, todos los incidentes insólitos eran atribuidos
a las potencias diabólicas. Una combinación de luz y sombra a que la
imaginación presta sus formas preconcebidas, un gato negro, un perro
desconocido que se presenta de improviso en procura de restos de comida,
un buho en excursión alimenticia, el espanto de un caballo, las luces y
los ruidos sin causa conocida, todo era imputado a la peligrosa
presencia del cazador furtivo de almas desprevenidas, y comprador
generoso de almas en apuros, listo a concurrir donde lo llamasen o lo
nombrasen, y cerrar trato sin regatear precio, asustando en sus momentos
de buen humor a las buenas gentes, disfrazado de "viuda", como hace
pocos años en el Rosario, o de "chancho", como en los suburbios de
Buenos Aires, donde dio origen a la conocida milonga: "Corre que te
corre el chancho", etc.
Como los perdedores a la ruleta, en Mar del Plata, que atribuían su mala
suerte a los "patos" o mirones de atrás, si la leche o la crema se
cortaban era porque habían sido miradas por una persona de mal ojo; si
un árbol se secaba, era porque había sido tocado por una persona de mala
sangre; capturar víboras o arañas vivas era cosa de brujería, etc., etc.
Era consuetudinaria la tendencia a explicar las cosas comunes por causas
maravillosas.
Del mismo modo que los chinos encienden por la noche una luz en la
puerta de su casa, para ahuyentar a los malos espíritus, las casas
tenían en la reja de la ventana o en la puerta de calle un manojo de
ramas de olivo o de palmas benditas para espantar a los demonios; todos
los sitios donde un hombre había sido asesinado, sin darle tiempo de
arrepentirse de su vida para salvar su alma, tenían un nicho, en el que
encendían velas por la noche los miedosos de las ánimas en pena.
El miedo a la soledad y a la oscuridad, que no existen en el niño
educado laicamente, y que afligen a los niños educados "cristianamente"
deprimen también a los adultos ignorantes y supersticiosos, con las más
lamentables consecuencias, como, verbigracia, este caso que me fue
referido por mi primo Roberto Suárez. En la estancia "El Cepillo", al
pie de la cordillera, en una noche oscura y tormentosa de invierno, se
sintieron gritos de niño. De catorce peones presentes en la casa, ni uno
solo, ni todos juntos, se animaron a acompañarlo a ir en su auxilio,
pretextando que debía ser el mismo demonio quien lloraba para atraerlos
a una celada, acabando por contagiarle sus terrores a él, que era apenas
un adolescente y que había sido educado cristianamente en el colegio de
los jesuítas de esta capital. Al día siguiente encontraron, en efecto, a
un pobre niño extraviado, acurrucado en el hueco de un árbol viejo y
muerto de frío.
* * *
Nosotros, que habíamos visto, oído u observado muchas particularidades
que se nos dijeron ser rastros o manifestaciones del fatídico personaje,
acabamos, al fin, por encontrarnos con el "diablo" en persona y de manos
a boca.
Fue en el departamento de San Vicente, hoy Belgrano, en la provincia de
Mendoza. Un muchacho de la vecindad, que era mandado todas las tardes a
segar pasto en una viña, teniendo que volver, ya entrada la noche, por
una callejuela solitaria, con su fardo a cuestas, nos pedía que lo
acompañásemos para achicarse el miedo con nuestra presencia, lo que sólo
podíamos hacer nosotros clandestinamente, regresando por el interior de
la finca que se extendía hasta la precitada callejuela, y penetrando por
la pared divisoria con una huerta vecina.
Una noche muy oscura, mi hermano, que iba adelante por el lomo de la
pared, se detiene y, volviendo la cabeza, me dice en voz baja:
"Volvámonos, que ahí está el diablo". ¿Dónde? le digo yo, levantando la
cabeza por encima de sus espaldas, para mirar hacia adelante; y apenas
le hube divisado, de poncho y chambergo, con una mano a la espalda, en
actitud de sacar el cuchillo de la cintura y echando chispas por la
boca, la nerviosidad consecutiva nos hizo resbalar a los dos y caer.
Levantarnos y salir por el medio de la callejuela, y luego por el centro
de la calle real como almas que corre el diablo, para llegar casi sin
resuello y temblando de miedo a nuestra casa, a referir lo sucedido, fue
cosa de un santiamén, que asimismo nos pareció eterno.
Entre los peones, alguno propuso ir todos juntos a verificar los hechos;
pero, finalmente, ninguno se atrevió, y sólo a la mañana siguiente se
pudo ver, en el sitio de la aparición, que en un portillo, cerrado
provisoriamente con palos, habían sido cortadas con cuchillo las
ataduras de cuero que sujetaban los travesaños horizontales y robados
éstos. Fue fácil inferir, entonces, que el ladrón fumaba, en esa
circunstancia, uno de esos cigarrillos gruesos de picadura de tabaco
tarijeño, con más palos que hoja, y que por esto solían despedir chispas
como una chimenea.
Fue esa la vez en que nosotros experimentamos en mayor escala lo que se
llama tan estúpida y diabólicamente "el santo terror del infierno".
Cuando la proporción de ácido acético en el vino es muy considerable, se
le llama vinagre, y si con el mismo criterio hubiésemos de dar a las
épocas pasadas el nombre del componente principal del espíritu y de la
conducta humanos, deberíamos decir que la era satánica empezó a terminar
en América en 1810; el reinado supersticioso del diablo recrudeció entre
nosotros desde 1820 hasta 1852, para prolongarse en forma cada vez menos
acentuada hasta el presente.
NOTAS:
[1] Julio Costa. "El Presidente".
[2] Alberdi. "Luz del día".
[3] Martín García Mérou. "Alberdi".
[4] Joaquín V. González. Prólogo a "La creación del mundo moral". Edc.
de "La Cultura Argentina".
[5] "¿Adónde vamos?"
[6] "Agustín Álvarez". Revista de Filosofía. Año I. N.º 8.
[7] En "La Nación". Febrero de 1917.
[8] "Un moralista argentino". Revista de Filosofía. Año II. Núm. 6.
[9] En la ciudad del Rosario, la mortalidad que es de 14 0|00 en las
secciones que tienen obras sanitarias, alcanza en las que tienen la
higiene de la edad media la horrorosa cifra de 160 0|00 en niños menores
de cinco años--dice el doctor don Juan Álvarez.
[10] Conferencia pronunciada en la Universidad de La Plata.--1909.
[11] A propósito del congreso católico.--1907.