La cultura moral depende, también, del ejercicio de la generosidad, el

amor, la simpatía, la benevolencia, la ecuanimidad, la dulzura, la

consideración para los padecimientos de los otros; que hacen el cultivo

de las células o de las conexiones correspondientes en los órganos

respectivos, y en la propagación del Evangelio por el sable, sin lástima

para los sufrimientos de los herejes, los españoles la perdieron también

para los de los fieles, y así nació la famosa crueldad, que conocieron y

aprendieron los Países Bajos, la Italia y la América en ocasión de la

conquista, la colonización y la emancipación. El trato de la ruda, y

grosera tropa de antaño, en la vida de frontera y en la guerra contra

los salvajes, rebajaba visiblemente la cultura de los oficiales, es del

negro trato de los negros que proceden las peores grietas o depresiones

morales de los norteamericanos, y ninguna profesión, ni la de carnicero,

ha llegado nunca a degradar tan monstruosamente el carácter humano,

como el Santo Oficio de la Inquisición.

Es que las agrupaciones humanas sacan su cultura del comercio

intelectual, como los individuos educándose recíprocamente, y así cuando

los romanos no tuvieron de dónde sacar o de quién adquirir nuevos

instrumentos de cultura, teniendo de sobra en quienes degradar la

propia, con los sesenta millones de bárbaros, incorporados a la sociedad

romana como esclavos, y que, por lo pronto, redujeron a la mayoría de

los hombres libres a la miserable condición de siervos o de clientes de

los ricos, gobernando a los peores que ellos rebajaron su capacidad de

gobernarse, en las circunstancias mismas en que una variación

intelectual, de origen interno, empezaba a cambiar la orientación

política que subordinaba el individuo al "servicio del Estado", por la

ordenación teológica que lo subordinó al "servicio de Dios", sobre el

mismo o a un mayor desconocimiento de lo que hoy llamamos los "derechos

del hombre", más particularmente acentuado sobre esa vasta provincia de

jurisdicción eclesiástica, que ha costado tanta sangre, lágrimas, atraso

y miseria, y que, por ello precisamente, nuestra constitución declara

"reservada a Dios y exenta de la autoridad de los magistrados".

Con la transferencia operada por Constantino, de la protección oficial y

de las rentas y bienes del antiguo culto al nuevo, el cristianismo, cuya

más genuina y completa forma es la perfecta esterilidad del misticismo,

desaloja al helenismo y al filosofismo, y determina, efectivamente, una

nueva actividad intelectual, de carácter especial, inhibitoria de toda

otra, como el islamismo, que surge, más tarde, de la misma cepa judía, y

también para secar o esterilizar como ésta y aquélla la fuente de que

han brotado, a fin de quedar en la situación privilegiada del hijo único

del entendimiento, monopolizando todas las facultades y las afecciones,

heredero universal de los bienes, los mimos y los honores en la persona

de sus tanto más celosos guardianes y adherentes; unicato intelectual

que la revelación cristiana conserva hasta los tiempos modernos y la

musulmana hasta el presente.

La uniformidad intelectual que estancó la actividad mental de los árabes

en el apogeo de su grandeza, por la reducción a un común denominador,

resultante de la circunscripción del pensamiento a una revelación

inampleable, pesó también sobre los cristianos durante los diez siglos

en que estuvieron obligados a la pasividad del creyente forzoso en otra

revelación infranqueable, y que se caracterizaron por la más

desesperante esterilidad, en todos los terrenos en que ha realizado

adelantos portentosos el entendimiento moderno que pasó las fronteras

del entendimiento antiguo; no franqueadas aún por los abisinios, los

maronitas, los armenios, la inmensa mayoría de los rusos, más de la

mitad de los españoles y los tres cuartos de los sudamericanos, todavía

encerrados por la credulidad en el redil de la fe, mientras fuera de

ella, el espíritu crítico ha logrado ya crear una fuente de renovación

intelectual inagotable, cuya superioridad proviene, precisamente, de la

circunstancia a que Brunetière atribuía su supuesta bancarrota: de su

incapacidad para cerrar en ninguna dirección los horizontes del espíritu

humano con una explicación definitiva e infranqueable.

Justamente, el impulso de la variación intelectual introducida por

Mahoma, sacó a los árabes de las supersticiones del tiempo de Abraham,

en las que estaban enquistados, y los llevó aún más arriba que los

mismos cristianos que, en cierta época, tenían que ir a las

universidades de Córdoba, Fez y Bagdad, para aprender lo que todavía se

ignoraba en las suyas.

Pero, una vez pasados los efectos de la novedad, como decimos hoy,

agotado y aquietado el sacudimiento intelectual producido por la nueva

doctrina, con la conversión de los infieles a la nueva fe, en la que

volvieron a enquistarse, sintiendo, pensando y obrando todos de la misma

manera, a impulso de las mismas pasiones y las mismas esperanzas, siendo

todos iguales por los componentes del espíritu, aunque diferentes por la

condición social, como los diferentes ejemplares de un mismo libro en

distinta encuadernación, rústica, media pasta, tela, pasta o cuero, con

o sin cantos dorados, el comercio intelectual en el trato mutuo, quedó

reducido a la confirmación recíproca de las supersticiones comunes, que

así recalentadas se conservan en la tensión de fanatismo indurado,

efecto que alcanzan en nuestros días los sacerdotes católicos con las

misiones, las cofradías y las hermandades, y los protestantes con sus

_revivals_.

En el fondo, fue una reedición sobre el Corán, de lo que los judíos

habían realizado sobre el Talmud y los cristianos sobre la Biblia,

crucificando a todos los que se atrevían a mirar el mundo sin las

anteojeras confeccionadas por los respectivos profetas, para suprimir la

originalidad, que es la fuente de diferenciación que origina el

progreso. Y así, cuando Newton, viendo caer una manzana madura, vio en

ello un motivo diferente de la voluntad de Dios, "se le acusó, dice

White, de haber quitado a Dios la acción directa sobre su obra que le

atribuye la Escritura, para transferirla a un mecanismo material y

substituir la gravitación a la Providencia."

Como el Maestro había dicho: "buscad primeramente el amor de Dios y todo

lo demás vendrá de yapa" el procedimiento cristiano del progreso

consistía en llegar a la ciencia por la vía de la inocencia, haciendo la

extirpación del pecado y la absoluta sumisión al Todopoderoso, para que,

cesando el trabajo impuesto como pena a la desobediencia del primer

hombre, y degradante por ello, el pan viniera del cielo, como el maná, y

la sensatez bajara de las nubes, en forma de bendiciones del Altísimo.

Con la idea de la redención de los pecados de los hombres por el

sacrificio de un Dios, y de la expiación de la maldad por el sufrimiento

y la oración, junto con la suposición de que los muertos están en

mayores necesidades que los vivos, mereciendo, por lo tanto, más

atenciones, la Iglesia buscaba en el cielo todo lo que la inteligencia

humana viene encontrando en el suelo, por medio del pensamiento

rehabilitado y del trabajo ennoblecido.

Y sobre ese plan, la maestra universal de cultura religiosa para las

poblaciones semibárbaras de la Europa, a la caída del imperio romano,

cegando todas las fuentes de nuevo pensamiento y los manantiales del

antiguo, negándose a aprender nada en la ciega convicción de saberlo

todo, confinada en el aislamiento intelectual de su propia doctrina,

estancó en el culto de los muertos la cultura europea, y al influjo

persistente del remanente de ignorancia y de barbarie correspondiente a

la ausencia de las demás formas de cultura que ella misma había

impedido, llevando en el pecado la penitencia, llegó a ser el más

bárbaro de los poderes de Europa.

Y como la cultura musulmana no se había detenido aún en el choque de

estas dos civilizaciones unilaterales, por la disputa del Santo

Sepulcro, pudo verse que, en ferocidad y crueldad inútiles, los

caudillos cristianos eclipsaron a los mahometanos, como los rusos a los

japoneses en nuestros días.

Finalmente, en cuatro o cinco siglos más de suministrar alimento

intelectual de una sola especie y sin permitir el cultivo de las otras

especies, flagelando por piedad a la impiedad, al sobrevenir las

incidencias intestinas de la Reforma, la maestra de cultura que durante

diez siglos había enseñado mucho y no aprendido nada, aparece en un

grado de barbarie intrínseca, no alcanzado en los tiempos antiguos y que

empieza a ser motivo de asombro para las generaciones posteriores, que

no pueden ya explicarse o entender a los vicarios del Redentor haciendo

quemar vivos a los hombres y a las mujeres más virtuosos, desde Bruno

hasta Juana de Arco, y abriendo de antemano y de par en par la _Porta

Coelum_ a los que se alistasen en las bandas de forajidos devotos para

torturar hombres, mujeres y niños cristianos de distintas cofradías _ad

mayorem Dey gloriam_.

La caridad y la crueldad, la piedad y la inhumanidad son hermanos

gemelos en el Talmud, en la Biblia y en el Corán. La moral cristiana,

orientada sobre el servicio de Dios, sólo podía mejorar a los hombres de

ese lado, empeorándolos necesariamente del otro. Imponiéndoles el amor a

Dios, a sus ministros y a sus partidarios y el odio a sus enemigos, era

una fuente de bondad y de maldad a la vez, y, naturalmente más eficaz en

lo segundo que en lo primero, perfeccionó los métodos y los instrumentos

de martirio, creó el purgatorio y el infierno para torturar a los

muertos y afligir a los vivos, y derramó a torrentes la sangre judía, la

mahometana y la cristiana también, por meras diferencias en la

interpretación de los textos o en la práctica de los ritos sagrados. Y

el _humanismo_, que había tenido tan altos exponentes en Epicteto y

Marco Aurelio, restringido a los correligionarios, vino a ser

substituido por el _sectarismo_.

Como sus beneficios debían realizarse en el reino de los cielos, el

objetivo de la moral cristiana era el mejoramiento de los hombres para

la vida futura, y con la sumisión de los reyes, los nobles, los

villanos, los siervos y los esclavos, los malvados y los locos, a la ley

de Dios y a los mandamientos de la Iglesia, quedaba cumplida su misión

sobrenatural aquí abajo.

Y reducida la ciencia cristiana a la explicación de los hechos y de las

cosas del mundo, por los textos sagrados y por la voluntad de Dios,

ningún progreso era posible a menos de ocurrir un cambio, y ningún

cambio era posible a menos de salir de ese callejón espiritual. Los

primeros que lo intentaron fueron obligados a volver a la Escritura,

como Galileo, o excluidos de la sociedad cristiana, terrible cosa en un

principio, porque importaba la pérdida de todos los beneficios sociales,

y que se ha vuelto innocua desde que ha llegado a ser más apetecible la

sociedad de los excomulgados que la de los comulgados.

De todos modos, una nueva levadura de pensamiento se había incorporado

al espíritu humano y el proceso de expansión mental, por ella iniciado

tuvo que dirigirse a ensanchar la casa espiritual para alojar en ella a

la nueva prole porque, fuera de ella, la vida era imposible. A esta

necesidad respondió la secesión del protestantismo, rebelado contra la

venta de indulgencias y la tiranía papal, y a la misma responde

actualmente el _modernismo católico_, que encuentra en el Syllabus y en

el Index un _corset_ demasiado estrecho para su corpulencia, y que Pío X

ha condenado, felizmente, pues, como el protestantismo, valdría sólo

para retardar la emancipación de los que, no cabiendo ya con su bagaje

mental dentro de los credos tradicionales, emigran del estrecho, obscuro

y terrorífico hogar materno hacia los vastos, fecundos y luminosos

dominios del libre pensamiento, como el ave que, una vez completadas sus

alas, deja el nido y se lanza al espacio y al sol.

Y desde mucho antes de que estuviera construido el racionalismo--la

nueva casa espiritual de la humanidad--se había venido diseñando una

nueva moral, tendiente a poner las capacidades del hombre "al servicio

del hombre", para la vida presente. No al servicio de "Dios y la

Patria", como en las monarquías europeas; no al de "Dio e Popolo", como

en el programa semirreaccionario de Mazzini, sino "con el objeto de

formar una unión más perfecta, establecer la justicia, consolidar la paz

doméstica, proveer a la defensa común y asegurar los beneficios de la

libertad para todos", como lo expresa por primera vez el preámbulo de la

constitución de la libre América, sin invocar la protección de nadie,

para no quedarle obligado.

Y al creciente influjo de la moral para este mundo, los deberes del

creyente contra los enemigos de Dios empezaron a enfriarse y a ser cada

vez más impracticables, cayendo en desuso, progresivamente, la hoguera

para quemar brujas y purificar herejes, la cámara de tortura para

arrancar confesiones y delaciones, la condenación sin pruebas en los

delitos contra Dios, los _in pace_, las galeras y las _lettres_ de

cachet, hasta llegar a la tolerancia impuesta por los poderes humanos a

los divinos, y continuar después con la libertad de conciencia, por la

supresión de la censura eclesiástica, la secularización de los

cementerios, del nacimiento, del matrimonio y de la enseñanza.

El progreso social, indiferente a la moral revelada que se propone el

bienestar en el otro mundo por la abstinencia del bienestar en este

mundo, es particularmente interesante a la moral humana, que se propone

casi exactamente lo contrario, por cuya razón viene haciendo cesar

progresivamente las iniquidades que aquélla había consentido o creado:

la esclavitud, la servidumbre, los fueros, los diezmos y primicias, los

privilegios hereditarios, el despotismo sacerdotal y el derecho divino,

y levantando en su lugar el derecho y la justicia humanos que han

obligado a los reyes a complementar la fórmula cristiana del poder: "por

la gracia de Dios", con la fórmula racionalista: "por la voluntad del

pueblo" y a las iglesias cristianas a ensanchar con un poco de ese

"bienestar material", que el fundador consideraba incompatible con la

"dicha celestial", el viejo programa de "bienestar espiritual", que es

por lo menos igual en todas las religiones, desde que proviene de

creerse, por la posesión de la verdad, en el camino de la salvación,

mientras los demás están por la del error en la vía de la perdición,

motivo de que todos los creyentes se sientan impulsados por la piedad a

propagar sus propias creencias y a suprimir las ajenas, aunque sea

matando, si pueden, a los que las profesan, pues lo propio de las

religiones, dice Hubbard, es que "todos las consideran absurdas, salvo

el que las cree"; seudo bienestar que por tantos siglos fue igualmente

suficiente para cristianos, judíos y musulmanes, y que se torna

insuficiente para los primeros en la medida en que el ejercicio

creciente de la razón disminuye la credulidad y ensancha la sensatez

humana.

Y cuando en el curso de la lucha secular del pueblo inglés para

resguardar las personas y los bienes contra los abusos y las

usurpaciones de los reyes, se llegó a establecer que "la casa del hombre

es sagrada pudiendo entrar en ella el viento y la lluvia pero nunca el

rey", empezó a destacarse una nueva inteligencia de las cosas, distinta

de la que había creado ese carácter exclusivamente para "la casa de

Dios" y para sus ministros y sus bienes, exentos de la jurisdicción y de

las cargas comunes; tan distinta que viene precisamente subordinando la

casa, los bienes y los ministros del Señor a la ley común, por la

supresión de los derechos de asilo, de justicia propia, y de exención de

impuestos y de cargas públicas, hasta someter a las mismas personas

sagradas al servicio militar obligatorio; la inteligencia de la cosas

humanas que, prescindiendo de las cosas divinas, ha hecho la

inviolabilidad del domicilio, de la persona y de los bienes para todos

los hombres, aunque sean herejes, incrédulos o extranjeros, y

transferido las inmunidades personales de los representantes de Dios a

los representantes del pueblo; y gracias a la cual "se ha vuelto

repugnante a la humanidad el dogma de los castigos eternos que fue

predicado por cerca de 2.000 años".

Donde el nuevo factor de capacidad humana y de amortización de las

restantes formas de barbarie no pudo surgir o prosperar, no fueron éstas

disminuidas por las formas correlativas de cultura, ni aquélla fue

acrecentada, y el siglo de la libertad y de las luces, encontró sin

ellas a la Rusia, el Austria, la España y la América española, rezagadas

en la cultura y en la barbarie específicas de la Edad Media.

Mientras imperaron exclusivamente las civilizaciones cristiana y

mahometana en el Mediterráneo, los constructores de iglesias y los

constructores de mezquitas se equivalieron en capacidad y en moralidad,

y se contrapesaron por espacio de más de ocho siglos en poder militar y

naval, pero cuando fueron reencontrados los instrumentos perdidos de la

cultura grecorromana, nuevas vías quedaron abiertas por ellos a la

intelectualidad europea, que empezó a desviarse paulatinamente del canal

teológico en que estaba encauzada, y por el Renacimiento artístico y

literario, extendido progresivamente a la astronomía, la alquimia, la

filosofía, la política, las matemáticas, la geografía, la historia, la

pedagogía, las ciencias naturales y las ciencias sociales, se llegó poco

a poco, después de quince siglos de concentración del pensamiento

europeo sobre la revelación cristiana, con desperdicio de todas las

aptitudes excluidas, a esta polifurcación de la energía mental, que

permite el aprovechamiento de todas las capacidades y que llamamos la

_civilización moderna_. Y a medida que al lado de la civilización

supernaturalista que descansa sobre el poder de la oración y de las

reliquias, nacía y crecía la civilización naturalista que descansa sobre

el poder de los métodos y de las máquinas, mientras al mismo tiempo las

naciones musulmanas quedaban rezagadas en la pura civilización

religiosa, y sin venir a menos, sólo por quedarse hoy donde estaban

ayer, venían siendo cada vez más impotentes contra la fuerza, la riqueza

y la salud crecientes, de sus iguales de antaño, engrandecidas por las

maravillosas revelaciones de la ciencia humana que han excedido en

realidades a todas las fantasías de los cuentos orientales.

Y con las ideas y las invenciones que aumentan día por día el caudal

objetivo de la humanidad; con éstas y con las escuelas que más

particularmente aumentan el caudal subjetivo; con la prensa, el

telégrafo, el correo, los ferrocarriles y los vapores que facilitan la

difusión de entrambos, la diferencia de condiciones entre los que

aprovechan y los que repudian su parte de beneficios en las materias de

utilidad común, crece en proporción geométrica, a favor de los primeros

y en contra de los últimos.

En resumen: en la moral pagana, cuyo fin era la glorificación del Estado

bajo la angustia permanente del peligro exterior, el individuo tenía

obligaciones en favor del Estado pero no tenía derechos contra el

Estado; en la moral cristiana, que tiene por fin la glorificación de

Dios, de su hijo y de la madre de éste, el individuo tiene obligaciones

para con Dios y sus allegados, pero no tiene derechos contra Dios, ni

siquiera contra sus representantes y delegados, pues, como lo dijo San

Pablo, ningún descendiente de la arcilla tiene el derecho de quejarse

contra el Supremo Alfarero, que fue dueño absoluto de hacer del mismo

barro un vaso de honor o un vaso de noche. Y por último, en la moral que

ha proclamado los derechos del hombre y que tiene por fin el bienestar

de la especie humana, el individuo tiene deberes para el Estado y

derechos contra el Estado.

EL DIABLO EN AMÉRICA

La Argentina de la época de Rosas y la del presente, son dos países tan

distintos como la Turquía y la Francia contemporáneas. Vélez Sársfield,

que vivió en la primera, nos la ha esbozado en dos pinceladas: "Un

caudillo mayor trae a otros caudillos a su jurisdicción y los cuelga en

las plazas públicas. Establece entonces un sistema de tal esclavitud en

aquellos pueblos soberanos, que los más altivos gobernadores sirven

apenas para verdugos... Se vivía entre pavores, y cuando sonaba un

cañonazo en Palermo, los hombres que recorrían las calles de esta ciudad

se paraban temblando, como si fueran un peso inútil sobre la tierra".

El miedo fue el secreto resorte de las tiranías; el miedo fue el

resultado de las supersticiones religiosas de la Sociedad Colonial,

encarrilada en la obediencia habitual por el miedo crónico o

consuetudinario a gobernantes de derecho divino, consagrados por el

tiempo y por la Iglesia, que cesaron de improviso por la revolución y

fueron reemplazados por directores accidentales que se aprovecharon del

antiguo espíritu supersticioso. El nuevo poder revolucionario,

constituido sobre la inteligencia política indesenvuelta, no resultó

equivalente al antiguo y fracasó a poco andar; entonces reapareció la

forma consuetudinaria sin el prestigio tradicional, que fue naturalmente

substituido por una mayor dosis de terror. El usurpador se vio obligado

a suplir la velocidad adquirida del hecho consentido, que es fuerza de

una especie (y que falta siempre al hecho nuevo cuando no ha cambiado el

ambiente), por una fuerza complementaria equivalente, de otra especie,

que en nuestro caso fue designada con el nombre de "facultades

extraordinarias". Así el terror crónico, que era bastante para el hecho

crónico, se transforma en el terror agudo necesario para el hecho agudo.

Como el terror francés, el terror argentino salió de las circunstancias

precedentes, continuándolas en diferente forma y medida. "No se suprime

sino lo que se reemplaza"; y cuando se reemplaza con otra cosa de la

misma especie, en diferente grado, "plus ça change, plus c'est la même

chose".

Fuerza y miedo era el antiguo régimen colonial; más fuerza y más miedo

fue fatalmente y de ordinario el régimen restaurado por Rosas. Un nuevo

factor, y de otra especie, fue introducido después; digo uno porque sólo

al influjo de éste han sido posibles los demás, no siendo viables en

pueblos ignorantes y retrógrados la inmigración europea, la prensa

libre, los ferrocarriles, los telégrafos, etc., etc. Y el más

interesante problema de sociología argentina podrá ser planteado en

estos términos: ¿por qué éramos todavía semibárbaros en la primera

mitad del siglo pasado, después de 1.500 años de cristianismo forzoso, y

somos ya algo más que semicivilizados con sólo 50 años de instrucción

casi obligatoria?

* * *

Por supuesto, la civilización consiste en la economía de la vida y de

los sufrimientos, y en el acrecentamiento correlativo de las amenidades

de la existencia.

Aunque la teología no se propuso civilizar a los hombres para este

mundo, (como la filosofía, la pedagogía, la política y la higiene), sino

para el otro, los hombres le hubiesen resultado aún involuntariamente

civilizados en éste; pero llevaba en sí misma el impedimento o los

resortes inmorales, en una trastienda de monstruosidades ancestrales,

bastantes para neutralizar y hasta superar en ocasiones a todos sus

elementos y sus factores de cultura, aun en sus más altos

representantes. Es legítimo suponer que sin la intervención de la

filosofía griega y de la ciencia positiva, la pura civilización

cristiana se habría mantenido semibárbara y absolutista, como la

islámica. Y no es menos seguro que el cristianismo español, tal como fue

introducido en América por los conquistadores, contenía más elementos

diabólicos que divinos, más miedo que amor, más mal que bien, quitando a

los hombres toda confianza en sí mismos y haciéndolos esclavos del

terror.

Según las teorías modernas, que la experiencia diaria confirma, el

individuo reproduce en compendio la evolución de la especie, de modo

que, aun en las naciones civilizadas, todos empezamos la existencia en

el estado mental del salvaje adulto, a la vez injusto y vengativo, que

siente necesidades, apetitos, deseos y temores, y no conoce deberes ni

responsabilidades; nos es naturalmente más fácil y accesible lo que

tenga este carácter y no el opuesto toda vez que la ira, el odio, el

terror, el alcohol o las lesiones cerebrales nos despojan accidental o

permanentemente de la cultura adquirida y superpuesta,--con tanta mayor

facilidad cuánto más débil o más reciente sea,--quedamos en la pura

barbarie inicial, y asoma el salvaje que está siempre latente en el

hombre civilizado.

Consiguientemente, lo que toda religión tiene de primitivo es lo que el

niño puede entender y asimilarse inmediatamente; eso es lo concordante

con su intelecto incipiente o primitivo, y en ello se quedará cuando

otros factores no lo eleven a mayores aptitudes.

La transformación de las razas en América · 第 9 / 11 段