La cosa vino así: un enviado especial del autor de todo lo que existe,

que los judíos esperaban y siguen esperando aún, había descendido entre

ellos, a la tierra, para iluminar el camino de la vida a los hombres, en

una época en que la brújula, la ciencia, la navegación a vapor, las

escuelas, los ferrocarriles, la libertad, y "esos signos de la idea,

esas santas letritas de plomo que han esparcido el derecho y la razón

por el mundo", como dice France, eran insospechables, y, naturalmente

les había aconsejado lo mejor posible en la ocasión: la resignación ante

las calamidades inamovibles del presente mediante la esperanza de un

bienestar póstumo.

Este programa de vida era un sistema de compensación ideal de los males

de la tierra, calculado para dar la capacidad de sobrellevarlos

pacientemente, y no la de superarlos poco a poco, que sólo podía

provenir del acrecentamiento indefinido de la inteligencia humana por el

ejercicio, que son el método y el objetivo de la civilización moderna.

Por el contrario, empujado por la propia lógica de los suyos, el

cristianismo creó nuevas formas de males para agrandar las recompensas

del cielo--que es el plan y el objetivo de la vida

conventual--instituyendo para los infieles las penas más atroces y para

los fieles las torturas morales por los terrores del infierno, y las

torturas físicas por el cilicio, las privaciones y las penitencias,

prohibiendo la medicina, las diversiones y los anestésicos, porque

tendían a disminuir el dolor y la tristeza, que eran tenidas como

fuentes de dicha futura.

Lo que había empezado como ensueños de esperanzas, degeneró en pesadilla

de horrores futuros, sustentados y acrecentados por una gerarquía de

profesionales en las cosas del otro mundo, que llegaron a constituirse

en un segundo poder público, que enseguida vino a ser el más fuerte de

los dos, para empezar a declinar, a su turno, cuando empezó a elaborarse

la civilización moderna, que tiende a suprimir la tristeza, el dolor, la

pobreza de espíritu, la miseria, el miedo y el castigo por la educación,

la instrucción y la dignificación.

Pues, como dice Renan, "no es del cristianismo que han salido las ideas

liberales, sino del espíritu moderno, formado sin duda en parte por el

cristianismo, pero libertado del cristianismo. La ortodoxia las maldecía

desde luego; después, cuando ha visto que era imposible detener el

torrente, que la humanidad seguía su camino, inquietándose poco de

dejarla atrás, se ha puesto a correr detrás de su pupila infiel, a

hacerse la apurada, a pretender que había querido lo que ha sucedido--y

que se le debe mucho reconocimiento por ello".

Pero es justo decir que el programa cristiano de conformidad con los

males de la tierra, considerados como castigos del cielo por los pecados

de los hombres, sólo atenuables por la oración, la penitencia y las

peregrinaciones, ha sido superado en su acción enervante de la energía

humana, por otra religión igualmente fatalista salida en el siglo VII de

la misma cepa judía: "el _islamismo_, de la palabra _islam_, que

significa resignación a la voluntad de Dios".

Con la transferencia operada por Constantino, de la protección imperial

y de las rentas y bienes del antiguo culto oficial al nuevo, la iglesia

llegó a ser un poder político, y como estaba organizada en el plan del

pastor y el rebaño, que es decir, en manera más opuesta a la autonomía

moral del individuo, la libertad quedó aplastada bajo dos lápidas, y el

problema de las instituciones libres para el libre desenvolvimiento de

la personalidad, desapareció de la escena en que se trataba sólo de

"apacentar a las ovejas del Señor", a gusto y beneficio del propietario

por sus delegados y representantes, los obispos y los príncipes, sólo

responsables ante él, y por ende omnipotentes e irresponsables ante la

majada humana.

Ellos podían poner la mano sobre todos impunemente; nadie podía ponerla

sobre ellos sin quedar condenado ipso facto. La libertad individual no

había llegado antes a un estado de mayor aniquilamiento doctrinario,

pues era entendido que todo mal provenía de la perversidad del diablo o

de la ira de Dios, todo bien de su gracia y toda autoridad de su

voluntad, trasmitida por ordenación en la gerarquía eclesiástica y por

herencia y unción o por usurpación y consagración en el orden político,

ejerciéndose por delegación descendente.

Este era el orden de cosas consuetudinario cuando reaparecieron en la

Europa cristiana traídas por los ex-prisioneros de las cruzadas, las

ciencias y las artes griegas, que fueron un poderoso estimulante de

actividad mental, y consiguientemente, de diferenciación del medio

ambiente. "La cultura antigua, dice Renan, como los ríos que desaparecen

en la arena, tuvo un curso secreto, no traicionando su existencia sino

por débiles hilos de agua, hasta que reapareció gloriosamente en el

Renacimiento con todas sus virtudes fecundantes. Ella fue la levadura

intelectual de las naciones modernas".

En efecto, como el árbol y el fruto en la simiente, los descubrimientos

científicos, las máquinas y las invenciones que han elaborado las

instituciones libres, la salud, la riqueza y el bienestar, estaban en el

camino inaugurado por Euclides, Sócrates, Fídias, Aristóteles y

Arquímedes, y no estaban en la senda en que trabajaron Zoroastro,

Moisés, Confucio, Buda, Jesús y Mahoma, como que no han sido encontrados

por sus respectivos secuaces o fieles, sino, por sus rebeldes, herejes o

infieles a medias o a enteras, que, apartándose de esta vía, se echaron

a andar por aquella.

La vida de las sociedades humanas depende de la producción y la

distribución de la riqueza, y, hasta el advenimiento de las ciencias y

de las máquinas en el siglo XVIII, promovidas entrambas por el método

experimental descubierto por Bacon en el XVI, la producción de la

riqueza, confiada principalmente a los esclavos y a los siervos

embrutecidos por el exceso de trabajo y de supersticiones, fue mezquina

y precaria, y hasta la consolidación y difusión de los principios

políticos ingleses, su distribución estuvo a merced de la avaricia de

los poderosos, que, en tiempo de guerra se comían los huevos y la

gallina, y en tiempo de paz los huevos y los pollos.

"Como la de todas las civilizaciones antiguas, la causa principal de la

caída de Roma, fue la desigual distribución de la riqueza con la

resultante esclavitud de la población, dice H. Spencer. En vez de

producción de riqueza por medio de la ciencia y la industria hubo

anexión de riqueza por guerra y conquista, en monopolio de las clases

gobernantes, que por ella se corrompieron".

Las leyes romanas, que daban al acreedor el derecho de vender como

esclavo a su deudor, fueron hechas por los acreedores, dice Brooks

Adams, y la expoliación capitalista mató al imperio romano. Eran, en

efecto, en manos de los usureros, una máquina de arruinar a los más en

beneficio de los menos. Y así, cuando la conquista del Egipto,

abaratando el trigo en Roma, arruinó a los agricultores que trabajaban a

crédito en Italia, fueron estos vendidos con sus tierras, y millones de

hombres libres descendieron de este modo a la condición de siervos de la

gleba.

En las provincias, los procuradores de los prestamistas romanos al 4

0|0 mensual, y los publicanos o empresarios de contribuciones, eran un

flajelo más temible que las pestes y las inundaciones. "Además de la

contribución territorial, había una sobre las industrias, que se pagaba

cada cinco años. Cuando llega la época de la _colación lustral_, dice un

escritor de entonces, no se oyen en la ciudad más que llantos y

lamentos. Los que no pueden pagar reciben palos y maltratos; las madres

venden a sus hijos para satisfacer a los colectores. Los contribuyentes

eran sometidos a tormento en algunos casos", agrega Seignobos.

El régimen del terror supersticioso por males y peligros imaginarios, en

que vivía el hombre en la pura civilización cristiana, y la servidumbre

espiritual a los dogmas absurdos y al absolutismo de la iglesia, fue

fatal a la libertad y a todos los intereses humanos que estuvieron

subordinados a los intereses divinos. "Nadie puede ahora hacerse una

idea de lo que fue el estado mental de un hombre en el siglo IX," dice

Huxley. Por más altamente educado que fuese, su vida era un campo de

permanente entre santos y demonios por la posesión de su alma. La vida

medioeval fue en lo principal tan angustiada por el miedo de los malos

espíritus como la de cualesquiera salvaje de nuestro tiempo, dice

Robertson en su _Short History of Christianity_; pues el pueblo había

conservado la noción de sus espíritus hostiles, y el diablo cristiano

era el Dios de ese reino.

La vida también, era tan breve como apenas pueden concebirla los

modernos, tan alta era la mortalidad normal, tan frecuentes las

pestilencias, tan poco entendidas las enfermedades; y la cercanía de la

muerte hacía a los hombres atolondrados o aterrorizados. Donde la

ignorancia y el temor van unidos, es el reino de la superstición. La

religión consistía de ordinario en un empleo perfectamente supersticioso

de los sacramentos del bautismo y la eucaristía; un temor constante de

la actividad del diablo; un uso singularmente mecánico de los

formularios; una intensa ansiedad de poseer o de beneficiarse por las

reliquias, cuya fácil manufactura debe haber enriquecido a muchos; un

temor crónico de la brujería; y una concepción tan literal del

purgatorio y del infierno, que su universal fracaso en enmendar o

controlar la conducta es una revelación de la inconsecuencia de la

moralidad media. Es a menudo difícil distinguir en la religión medioeval

entre la sugestión devota y la criminal. En la vida del italiano S.

Romualdo (siglo X) se dice que cuando insistió en dejar su retiro en

Cataluña, donde había ganado una reputación de santidad, los catalanes

proyectaron matarlo para poseer sus reliquias. El mismo, por su parte,

apaleó a su padre casi hasta matarlo para hacerlo consentir en su

profesión de vida religiosa. Tales ideas morales desarrollaron en los

siglos 13, 14 y 15 los movimientos crónicos de los Flagelantes a cuyas

salvajes auto-torturas públicas no pudieron poner coto ni la Iglesia ni

el Estado mientras duró la manía".

Las profesiones instruidas, que en la civilización moderna ascienden a

57, según el cómputo de Hubbard, sólo llegaban a tres en la civilización

cristiana: predicador, abogado y médico. Aún en el siglo XVII, las

materias que se enseñaban en los seminarios a los confesores de los

reyes y directores de la sociedad eran: Teología Moral, Liturgia o Ritos

y Disciplina Eclesiástica. "Lo que se llamaba el conocimiento

enciclopédico en las escuelas, dice Robertson, consistía en las reglas

de la gramática latina, dialéctica o lógica elemental, retórica, música,

aritmética, geometría elemental y alguna astronomía tradicional. Las

tres primeras constituían el _Trivium_, o curso de introducción en las

escuelas medioevales; las otras el _Quadrivium_: juntas "las siete artes

liberales".

Las únicas profesiones lucrativas eran: la guerra, reservada a los

nobles, y la religión para los segundones de los nobles en los

beneficios mayores y para los plebeyos en los menores. El exceso de

sacerdotes era tal que las prebendas eclesiásticas--más disputadas y con

más artimañas que los empleos políticos en nuestros días--se vendían

para cuando ocurriera la vacante y hasta en 2.ª, 3.ª o 4.ª andana.

No combatiendo la inicua distribución de la riqueza sino su producción

misma, el cristianismo fue un grande error económico, político y moral,

aun siendo un grande progreso relativo sobre el paganismo. Por lo

pronto, empobreció a las poblaciones cristianas, hasta ponerlas en la

imposibilidad de resistir a la invasión de los árabes. Aniquilando por

la resignación el deseo de mejorar, desalentó el esfuerzo, acrecentando

la indigencia por la esterilidad, la inactividad y el misticismo, desde

luego, y por la avaricia insaciable de las iglesias después.

Porque todo se arreglaba por dinero y sumisiones en Roma, residencia del

poder absoluto para atar y desatar, para vender el perdón y la

indulgencia divinas, y no eran el crimen o el vicio, expiables por el

arrepentimiento, los que tenían que pagar el más alto rescate.

Las matanzas de judíos--creadores y víctimas perpetuas del odio

religioso--hoy excepcionalmente perpetradas por las masas fanáticas, lo

eran, entonces, por los gobiernos, con el aplauso de los pueblos y las

bendiciones de los papas.

Es que la barbarie no había sido suprimida por el cristianismo, sino

trasladada desde el campo de la lucha por los bienes reales al campo de

la lucha por los bienes ideales, perdiéndose en estética lo que se ganó

en ética, en mentalidad y en virilidad lo que se ganó en castidad y en

mansedumbre.

Consiguientemente, los sentimientos se distendieron y las costumbres se

suavizaron por un lado, para contraerse y endurecerse respectivamente,

por el otro, hasta que la ciencia moderna, entibiando las esperanzas y

los terrores medioevales, desarmó los odios religiosos por la tolerancia

y levantó, por la industria y la escuela, en frente de las clases

privilegiadas por el nacimiento o la ordenación, las clases

privilegiadas por el talento, el saber y la energía, que están

transformando al mundo con una rapidez sin igual en la historia de la

especie humana.

Y después de veinte siglos de sensualismo sobre el ideal de la belleza

en la mujer, en el hombre y en el arte, vinieron diez siglos de

misticismo sobre el ideal de la santidad en las personas y en las cosas;

a las luchas por predominio sucedieron las luchas por los credos, tan

devastadoras y sanguinarias éstas como aquéllas; la disputa por las

reliquias reemplazó a la disputa por las hembras, y la guerra de Troya

por la posesión de Elena, tuvo su contra parte en las cruzadas por la

posesión del Santo Sepulcro, que costaron nueve millones de vidas entre

cristianos y musulmanes.

Porque había un artículo más valioso que el oro y las perlas y las

piedras preciosas y la belleza femenina. Para robar huesos de santos y

demás reliquias, los monges de la Edad Media se preparaban con tres días

de ayunos y oraciones, como los bandidos calabreses y los rateros

napolitanos, que se encomiendan a la Madonna para asegurar su concurso

antes de dar el golpe. La mentira, la felonía, la traición, la estafa,

todo les parecía lícito para lograr la posesión de estos talismanes

milagrosos.

Hoy mismo, de los países de Europa, son la España, la Turquía y la

Rusia, los que pagan la contribución más grande a los poderes

sobrenaturales, para evitar las calamidades naturales, y a la vez los

más castigados por ellas y por las humanas de yapa, inclusive por esas

que son una vergüenza para todo país civilizado, porque provienen del

desaseo y la ignorancia: la mortalidad infantil y el hambre; "azotes de

Dios" que la ciencia humana ha reducido y suprimido respectivamente.

Por lo demás, la crueldad humana había cambiado de objetivos y de

formas, casi sin merma apreciable. Los mismos hospitales eran, por la

suciedad, lugares de tormento y pudrideros humanos, como los presidios y

los _in pace_. Las leyes y las costumbres eran igualmente bárbaras, pero

en otro sentido. Infinidad de acciones u omisiones, antes y después

lícitas, eran penadas entonces con la pérdida de la vida, la libertad,

los ojos, la lengua, las manos o los bienes.

"Con respecto a la crueldad la evidencia sobreabunda, dice también

Robertson. En Nuremberg se ha conservado una colección de instrumentos

de tortura, empleados hasta la Reforma. Es un arsenal de horror. Tales

máquinas de atrocidad fueron el expediente punitivo normal en un mundo

en que los sacerdotes enseñaban la crueldad por el ejemplo. Ellos

presidían o asistían cuando los herejes eran atormentados o quemados

vivos; y toda su concepción de la moral estaba encaminada a tales

métodos. Considerando al loco como poseído del demonio, enseñaban que

debía ser duramente castigado y huido el leproso como castigado por

Dios".

En la Edad Media dos poderes mancomunados, el civil y el eclesiástico

hacían el trasiego de la riqueza producida por los gobernados a los

gobernantes; los diezmos y primicias eran de institución divina y el

derecho al trabajo era definido por los jurisconsultos como "un derecho

real que el príncipe puede vender y que los súbditos deben comprar".

Tres insaciables vampiros enflaquecían al productor maniatado por la

ignorancia, la tradición y los reglamentos: el fisco, la iglesia y el

bandolerismo, que era el oficio de los nobles, contra los cuales era

impotente la justicia,--que sólo existía como fuente de recursos, por

vía de extorsión, hasta el punto de que se prefiriese apelar al duelo

como un medio menos oneroso para dirimir las contiendas de intereses,

dice Hanotaux. El habitante no podía alejarse 12 leguas de su residencia

sin correr peligro de muerte, dice Seignobos, y como en el continente

los bienes del clero y los de la nobleza estaban libres de impuestos, al

finalizar la época moderna, la sociedad europea era la explotación más

inicua del estado llano por las clases privilegiadas. Según el viajero

inglés Young, al estallar la Gran Revolución, el siervo estaba en la

condición de bestia de labranza, trabajando de sol a sol para los

ociosos, y alimentándose de raíces en los malos tiempos.

Especialmente la iglesia, absorviendo y acaparando constantemente los

bienes positivos para producir bienes imaginarios, con la explotación

del milagro y de los sacramentos sobre las almas por ella misma

aterrorizadas, rebajando la inteligencia a la pasividad del absurdo

obligatorio, que "en mano del clero el lenguaje y el arte de escribir se

habían convertido en medios de matar el sentido común", como dice

Robertson, enflaqueciendo la voluntad subalternizada a la de los santos

y los demonios que hacían la suerte favorable o adversa; la Iglesia

ingerida en todos los actos de la vida para manejar y usufructuar a las

personas como intermediario exclusivo entre la impotencia de los vivos y

la omnipotencia de los muertos, era un poder asfixiante de la sociedad

civil.

Aliviada la situación en Inglaterra, Alemania y Holanda, por la Reforma,

que secularizó los bienes eclesiásticos y suprimió la deprimente

confesión auricular y el dispendioso culto de las reliquias, y agravada

en Francia por las Dragonadas y la expulsión de los hugonotes, que

exportó para aquellos países, con los industriales, las industrias

francesas, este país, que había alcanzado en _l'élite qui fait la

foule_, un más alto nivel de cultura, y no tenía, como la España, un

continente colonial para ordeñarlo en beneficio de la metrópoli, vino a

ser el paraje en que hicieron crisis las iniquidades de la civilización

cristiana, agotando los límites de la dignidad humana agrandada y de la

paciencia achicada por los filósofos del siglo XVIII.

La seguridad de vida y bienes y la libertad de pensamiento y de acción,

que son la materia de las ciencias políticas, asuntos completamente

extraños a la teología y bases esenciales de la prosperidad de los

pueblos, sólo podían provenir de aquellos principios políticos que

germinaban en la Gran Bretaña cuando César conquistaba las Galias, y que

en su natural desenvolvimiento han llegado a crear el gobierno del

pueblo por sus propios representantes, contra el principio cristiano del

gobierno de los hombres por los delegados y representantes de Dios, que

fue regla en la Edad Media y en la primera parte de la época moderna.

"En el siglo XVII, dice Seignobos, la sociedad europea tenía bases

análogas en todas las naciones: la autoridad absoluta del Estado y de la

Iglesia. El poder del soberano emana de Dios y no tiene límite... No era

posible publicar libros sin el consentimiento del gobierno, y los

habitantes podían ser presos indefinidamente. No existía, pues, garantía

de ningún género, ni libertad individual; este régimen es lo que se

llama _despotismo_. No se admitía más que una iglesia, en cada país, y

los habitantes estaban obligados a practicar el culto del Estado. Este y

la Iglesia se ayudaban mutuamente, los gobiernos, persiguiendo a los

herejes y obligándolos a someterse al clero, y el clero imponiendo la

obediencia al rey como un deber religioso".

Esto era el "antiguo régimen", que en Inglaterra, emancipada del

centralismo romano y papal, sin necesidad de ejército para su defensa

exterior y sin los peligros que entraña para la libertad, como dice

Fiske,--existía ya muy atenuado, que por entonces lo fue aún más con la

revolución de 1688, el bill de derechos y el de la tolerancia, y que en

la actualidad sólo subsiste en el orden espiritual, porque el hombre es,

naturalmente, más progresivo en lo que concierne al estómago, que en lo

que concierne a la cabeza, porque los apetitos de orden inferior no

pueden ser satisfechos con alimentos ficticios como los de orden

superior; porque la libertad de pensar es inoficiosa para los que no

saben pensar, y es odiosa a los que están inhabilitados para disfrutarla

por una opción paternal previa que la excluye o la hace innecesaria,

hasta el punto de que todo creyente, budhista, católico, ortodoxo,

brahmanista, protestante o mahometano se sienta contento y feliz de las

creencias a que está aclimatado, y que por esto supone son las mejores,

y como la fuerza de toda creencia tradicional descansa sobre el

argumento hotentote: "lo creyeron nuestros padres", aumenta o disminuye,

por lo tanto, con el número de los adherentes, que sienten una

valorización de sus creencias en la aceptación que de ellas hagan los

otros y una desvalorización en el repudio.

Y mientras no hay en Inglaterra memoria de violencia contra la libertad

en el orden de los bienes, existen todavía violencias a la libertad en

el orden de las ideas: enseñanza obligatoria de creencias absurdas a los

niños en la escuela pública, viven aún personas que han padecido

condenas de los tribunales por delitos mentales, como el de herejía, por

ejemplo, abolido recién en 1865, y está fresco aún el caso de Bradlangh,

dos veces excluido del parlamento por negarse a prestar el juramento

religioso, finalmente abolido también.

Puede decirse, por lo tanto, que el "nuevo régimen" ha existido parcial

y progresivamente en Inglaterra desde los tiempos históricos, con el

espíritu germano de independencia individualista que ha elaborado las

instituciones libres, sorteando los formidables escollos del absolutismo

cristiano, por ese espíritu de transacción que entra por mitad en la

composición de la sensatez humana y ni por un ápice en aquél, y gracias

al cual ha podido surgir la más amplia libertad política en la monarquía

hereditaria, mediante esa ingeniosa combinación por la que, si la

sabiduría divina del rey se equivoca, los ministros pagan el pato.

Que le ha permitido, finalmente suprimir la rebelión por el meeting y

las revoluciones por el gobierno de la oposición triunfante en los

comicios, gracias también a esa otra doctrina de compromiso entre la

democracia y la monarquía, según la cual el rey reina, pero gobierna el

parlamento por el ministerio responsable, a la inversa del continente,

donde el sistema inglés se estrelló con las doctrinas regalistas de los

doctores de la Iglesia, de Bossuet y de Fenelón, que hacían de la

abnegación una virtud denigrante en los jefes de estado por institución

divina, falso concepto que indujo siempre a los caudillos latinos al

absolutismo, en Europa y en América y que Carlos X expresaba en esta

fórmula que lo llevó a perder la corona en la revolución de 1830:

"prefiero ser aserrador a reinar en las condiciones del rey de

Inglaterra".

En el continente, por el contrario, prevaleció el absolutismo congénito

del derecho divino sustentado por la Iglesia, y como, por la plasticidad

del espíritu humano, todo régimen es un vivero de modalidades

personales, una escuela de hábitos de pensamiento, de sentimiento y de

acción, al finalizar los tiempos modernos estaban consolidadas por el

tiempo las tendencias mentales de las poblaciones que se designan con el

nombre de raza latina, y que explican su ineptitud para moverse dentro

de las instituciones liberales, procedentes de la ordenación opuesta,

que radica en el pueblo mismo la fuente del poder, con _delegación

ascendente_.

La transformación de las razas en América · 第 7 / 11 段