Como los peligros y las defensas sobrenaturales sólo existen por

creación del espíritu humano, son diferentes en especie y en grado en

todas las gestiones y latitudes y susceptibles de ser abandonados o

mantenidos, disminuidos o aumentados, por simple cambio del pensamiento,

sin que cambie en el mundo otra cosa que el empleo de la vida del sujeto

mismo, que cesará de gastar en ellos si cesa de creer en ellos, o

gastará el doble si cree el doble, en perjuicio o en beneficio de los

respectivos intermediarios, por esto instintivamente interesados en

mantener en la más alta tensión el terror sobrenatural para ordeñarlo

con más provecho, a cuyo efecto hacían creer antes a las gentes que el

mundo existía por y para las creencias y se acabaría si ellas cesaban.

Como en la Europa central y occidental los teólogos no lograron mantener

en tensión máxima universal el terror religioso, la inteligencia humana

pudo emanciparse del peligro teológico y llegar a engrandecerse con todo

el poder de las energías cósmicas, que trabajan gratuitamente para todo

el que aprende a gobernarlas.

En los males imaginarios, el empresario del remedio es, por supuesto, el

más entusiasta y el más infatigable propagandista del peligro: cada cual

se preocupa de hacer creer en la realidad del infierno de que puede

sacar penados, siendo al mismo tiempo el más ardoroso negador de la

existencia de los otros infiernos de que sacan otros especialistas.

Pero resulta que sobre los peligros y los temores sobrenaturales del

pasado están injertadas, no solamente las instituciones religiosas, sino

también las instituciones políticas del pasado, con lo que hay dos

grandes y poderosos interesados en su mantenimiento, desde que su

cesación comportaría el derrumbamiento de entrambos. Y la mayor

complicación proviene de la competencia internacional, que impone la

educación del pueblo, so pena de anularse brusca o lentamente el país

que la suprima o la reduzca. El dilema es inevitable: ser comido

lentamente por los frailes, los derviches, los bonzos, con elevada

mortalidad y miseria grande, para ser luego despojado o absorbido de

golpe por los rivales o levantarse y andar como ellos.

Y la solución que se ha encontrado para cultivar los poderes

intelectuales sin destruir o disminuir el miedo a los peligros

sobrenaturales, obviando el antagonismo entre la casualidad natural y la

sobrenatural, es la enseñanza religiosa de las ciencias profanas; el

cultivo de la memoria sin despertar el raciocinio, por la ingestión de

explicaciones depuradas en respuestas hechas, aprendidas y almacenadas

en la mente para responder a preguntas hechas, a fin de que el educando

atraviese la escuela, el colegio y la universidad con anteojeras de

mula, "con sujeción estricta a los textos", viendo lo que ponen delante

y no lo que le substraen o queda a los costados, como Renan, que recibió

las órdenes menores en San Sulpicio sin saber que había existido la

revolución del 89.

Pero el individuo habilitado solamente para repetir como un fonógrafo,

con o sin variaciones, lo que le han enseñado en la ciencia

circunscripta por la fe, no podrá ser más que un loro sabio, de grande

o aun de maravilloso vocabulario, y el país que cultive todos los

poderes intelectuales del habitante estará siempre mucho más arriba del

que sólo cultive alguna parte. Aun edificando el saber sobre la

capacidad pasiva de asimilar conocimientos, la enseñanza religiosa corre

graves riesgos de despertar inopinadamente la capacidad activa,

suscitando en un seminarista un Combes, y un France en un discípulo de

los asuncionistas.

Mariano Moreno, el alma de la revolución de Mayo, era doctor en teología

de la Universidad de Chuquisaca, como Voltaire era discípulo de los

jesuítas, porque la misma educación calculada para atrofiar las alas del

espíritu, fracasa en las inteligencias descollantes no habiendo

procedimiento que valga para transformar los cóndores y las águilas en

aves de corral.

De la casualidad milagrosa, que es la base de la escuela eclesiástica,

no ha salido ningún invento, ningún descubrimiento, pero han salido

todos los actores de la Revolución Francesa, los terroristas, los

nihilistas, y los anarquistas; y de las Universidades fundadas y

regenteadas por obispos, salieron todos los emancipadores de la América

del Sur, consistiendo así su único mérito en haber servido para lo que

no fueron establecidas.

A consecuencia de esto, y a precio de rebajar la mentalidad nacional por

la enseñanza anticientífica de la ciencia, a menudo equivalente a

escamotearla, y de que son víctimas en primer término los huérfanos y

las clases conservadoras, los poderes dogmáticos sólo consiguen aplazar

su derrumbe para hacerlo más completo en definitiva. Bajo la enseñanza

religiosa, la Francia monárquica llegó a ser más republicana y más

librepensadora que la Inglaterra liberal, cuyo Parlamento votaba, en

1840, 30.000 libras para escuelas y 70.000 para las caballerizas del

rey.

Abrazando la causa del liberalismo, la casa de Saboya levantó la

monarquía levantando a la Italia, y apoyándose en el clericalismo, la

casa de Braganza perdió la corona, atrasando, empobreciendo y endeudando

a Portugal.

La América del Sur se encuentra en plena evolución del espíritu místico

al espíritu práctico en algunas partes, y en plena regresión en otras.

Para la prosperidad de las poblaciones, un ferrocarril, un puerto, una

escuela, un banco, son infinitamente más eficaces que un obispado, y es

con ellos que, en sesenta años de liberalismo tibio, la Argentina ha

hecho descender el precio del oro del 2000 al 227 0|0, mientras Colombia

lo ha hecho ascender al 5000 0|0 y perdido a Panamá en 18 años de

reaccionarismo rabioso. Con su prodigioso santuario, Catamarca no ha

podido aún salir de la pobreza consuetudinaria, y con la agricultura

científica, Mendoza ha aumentado sus recursos de medio a cuatro y medio

millones de pesos en 25 años, aún teniendo adentro, como las manzanas

averiadas, a los más hábiles despojadores de viudas ricas y beatas, que

pagan el más alto tributo al miedo religioso, en dinero acumulado por

sus maridos descreídos que pasa al activo de la riqueza eclesiástica.

La penetración de los instrumentos materiales de la civilización moderna

es inevitable aun en los países en que el hombre vive sintiendo,

pensando y pereciendo en los viejos moldes y en pos de aquellos va la

infiltración de las métodos mentales de que proceden. El vapor, el

ferrocarril, el automóvil, son los precursores del régimen

constitucional y del librepensamiento en Turquía, en Persia, en China,

en Rusia.

Se ve cuán profundo era el pensamiento de lord Acton, el famoso católico

inglés, cuando decía, en referencia al gran pontífice que dejó nacer y

crecer al modernismo: "Pienso que León XIII es el primer Papa que haya

sido bastante sabio para desesperar, y sentido que debía empezar una

nueva partida y gobernar por extrañas estrellas sobre mares

desconocidos".

INSTITUCIONES LIBRES[10]

El problema que las instituciones libres deben resolver es el del

gobierno de las sociedades humanas, a gusto y beneficio de los

gobernados, y el mayor inconveniente para la buena gestión de los

intereses ajenos, es la tendencia espontánea del individuo a preferir su

propia voluntad y su propia conveniencia a las de los otros tanto más

cuanto le sean menos afines por la sangre, el espíritu, el suelo, la

lengua o el color, y las maneras de suprimirlo o atenuarlo son,

naturalmente, la división del poder en varias ramas, que se contrapesen

recíprocamente, y su contralor por la opinión pública.

En la antigüedad, solamente los griegos, que hicieron los primeros

ensayos de confederación y de gobierno del pueblo por el pueblo, y los

romanos, que se dedicaron a la conquista con incorporación, concibieron

el problema y trabajaron para resolverlo, ensayando una gran variedad de

formas políticas incompletas, que fracasaron sucesivamente, y

desarrollando la cultura del entendimiento en una medida tan vasta que,

aun preterida porque "no servía para salvarse", durante la noche de diez

siglos en que nuestros antepasados se olvidaron de las necesidades de la

tierra para delirar con el cielo, el purgatorio y el infierno, ha venido

a ser la fecunda simiente de que procede la civilización moderna.

Las repúblicas griegas, en quienes el instinto de la venganza era

todavía más grande que el sentimiento de la justicia, que ignoraban los

derechos de las minorías, como nosotros en la primera mitad del siglo

pasado, y no llegaron a conocer ni la división, ni la limitación de los

poderes, ni los grandes beneficios recíprocos de la benevolencia para

los vencidos, condenados siempre al ostracismo y la conspiración, fueron

asimismo el paraje en que el pensamiento humano pudo levantarse y

desenvolverse con mayores holguras.

Como dice Renan, "el estado habitual de Atenas era el terror. Jamás las

costumbres políticas fueron más implacables, jamás la seguridad de las

personas fue menor. El enemigo estaba siempre a diez leguas; todos los

años se le veía aparecer; todos los años era necesario guerrear con él.

Y en el interior, ¡qué serie interminable de revoluciones! Hoy

desterrado, mañana vendido como esclavo, o condenado a beber la cicuta;

después, lamentado, honrado como un dios; todos los días expuesto a

verse arrastrado a la barra del más inexorable "tribunal

revolucionario", el ateniense que, en medio de esta vida agitada, jamás

estaba seguro del día siguiente, producía con una expontaneidad que nos

asombra".

La república romana, que llegó a realizar en cierta manera la división

de los poderes y el principio de la responsabilidad, tuvo, en

consecuencia, una vida más robusta y una existencia más larga, pero,

desconociendo el principio de la representación, tiranizó fatalmente a

los pueblos vencidos, tanto menos oídos en la opulenta capital cuanto

más esquilmados en la remota provincia, y el ejercicio del despotismo

afuera, inhabilitando a los dominadores para la práctica de la libertad

en casa, substituyó paulatinamente a los gustos y las formas

republicanas, el absolutismo y las pompas orientales.

Y aquella incomparable agrupación humana que empezó como escuela de

libertad política, terminó en cátedra de absolutismo asiático, inoculado

a la parte más civilizada del mundo antiguo, en cinco siglos del más

absorvente centralismo.

La ley, que había empezado por ser la expresión de la voluntad del

pueblo, acabó por ser nada más que la expresión de la voluntad del

príncipe, según la máxima de las Institutas, que sir John Fortescue

declaraba en el siglo XV "completamente extraña a los principios de la

ley inglesa": _quod principe placuit, leges habet vigorem_.

"Más esfuerzos han sido necesarios para formular la idea de que el

hombre es libre que para saber que la tierra se mueve alrededor del sol,

dice Ihering. La historia ha trabajado infinidad de años, millones de

hombres gimieron en la esclavitud y ríos de sangre han corrido en los

tiempos más recientes, antes de que aquel principio se realice".

Y esto se refiere ya al segundo de los obstáculos mayores que ha

encontrado el problema de las instituciones libres.

Porque el terror a lo desconocido y la necesidad de saber para obrar o

abstenerse, han originado las seis mil explicaciones diferentes de los

fenómenos naturales por los poderes sobrenaturales que llamamos

religiones, y éstas han puesto fuera del contralor de la razón y de la

experiencia humanas los asuntos que más interesaban, al dar carácter

sagrado a las concepciones primitivas, tanto más sagradas cuanto más

antiguas, vale decir, cuanto más absurdas.

Por supuesto, el entendimiento se adapta a las creencias en que ha sido

amamantado como el paladar a los alimentos, y toda religión es tenida

por los que la profesan, y mayormente por los que de ella viven, como el

mayor bien posible. Por sus efectos morales, intelectuales y económicos

sobre las sociedades, todas son desastrosas en diferente medida, según

la historia y la estadística, que los creyentes no pueden entender, y

que los estadistas deben tomar en cuenta, si realmente les interesa el

porvenir de su país.

"Una religión es una causa de debilidad para un país", ha dicho el

marqués Ito. Y en efecto, sea que se propongan gobernar a los vivos a

gusto y beneficio de los muertos, para que sean felices después de

muertos, como las derivadas del judaísmo, sea que se propongan

defenderlas contra los malos espíritus, como las de la China, el África,

la Oceanía y la América salvajes, toda religión es una doble

defraudación a la energía humana, desde luego porque inducen a

ejercitarla en vías tan costosas como estériles, y después por las

servidumbres y las limitaciones que imponen al individuo a trueque de

beneficios imaginarios, dependiendo la extensión de los males que

producen del grado de poder político de que disponen para cohibir al

pensamiento dentro de sus recintos cerrados.

Así, nada les debe la libertad, pero el despotismo les debe mucho, pues

han sido siempre un resorte de gobierno, y precisamente el que ha dado

continuidad y estabilidad al poder, al proveerlo del único carácter que

podía hacerlo hereditario--el carácter sagrado--desde que las

capacidades naturales no se transmiten necesariamente de padres a hijos.

Los del primer dictador romano que fue proclamado dios, quedaron por

esta sola circunstancia en condición superior a la de todos los demás

ciudadanos romanos, y para evitar que el suyo quedara, como el de

Cromwell, en el común. Napoleón se hizo ungir de potestad divina y

consagrar por el papa.

De aquí que todo poder dinástico y toda aristocracia hereditaria sean

los aliados naturales de alguna religión, es decir, de la forma

particular de instrumentación del terror a lo desconocido de que

proviene o en la que descansa su autoridad o su superioridad extra

personal.

Nada fue así más natural que la "Santa Alianza", en la que los déspotas

europeos, sacudidos por los primeros estallidos del sentimiento

renaciente de la libertad, al finalizar el siglo XVIII, se concertaron

para destruirla, sostenerse mutuamente y ayudar a Fernando VII a sofocar

la independencia de sus colonias americanas, que el papa, por su parte,

había excomulgado desde el primer momento.

En las poblaciones helénicas de que surgieron las repúblicas griegas y

la romana, como en las tribus germanas, la virilidad individual por la

fuerza, el talento y la salud, era un desideratum nacional, el

valimiento actual pesaba más que el mérito ancestral, y la religión era

un auxiliar del estado, en categoría tan secundaria, que los héroes

semidioses de la mitología griega provienen del campo de la acción

laica, a diferencia de la civilización cristiana, en la que provienen

del campo de la acción religiosa; a diferencia también de la

civilización moderna, en la que provienen del campo de la acción

política, social, científica y educacional.

En las tribus germanas que poblaban la Inglaterra en la época de Tácito,

el jefe civil era un funcionario elegido, no en mérito de su nacimiento

sino en el de sus hechos, para administrar la justicia y presidir las

asambleas de los hombres libres, en las que los sacerdotes sólo tenían

misión para guardar el orden; el jefe militar era elegido para cada

expedición común, en mérito de sus proezas en anteriores expediciones

personales voluntarias, y la conservación del carácter electivo y del

poder limitado y revocable de los reyes anglosajones, en frente del

poder absoluto e irrevocable de los reyes de derecho divino, erigidos

por el cristianismo, ha sido durante doce siglos la gran obra del pueblo

inglés en beneficio de la civilización liberal.

Porque el proceso de asiatización de la Europa, que rebajó el estandarte

de la vida en todo el continente, desde la fe en el esfuerzo humano a la

fe en la gracia divina, aun en Escocia con el protestantismo y en

Irlanda con el catolicismo, fue menos eficazmente llevado o más

felizmente resistido por las tendencias indígenas en la Inglaterra, el

país que relativamente ha producido menos santos y más políticos,

exploradores, pensadores e inventores, el único país donde la libertad

ha fluido del espíritu de independencia, no obstante las excomuniones

reiteradas de los papas contra todas las cartas sucesivas de libertades;

donde el derecho político ha salido de los precedentes ensanchados por

crecimiento natural, como planta indígena, y no de trasplante o ingerto

como planta exótica; donde un mayor interés por los bienes positivos,

contrarrestando las exageraciones del idealismo visionario, originó la

mayor aptitud para el comercio, la industria y la colonización, dando

margen para ese espíritu práctico que se desinteresa de los modos de

pensar para atender a los modos de obrar, a la inversa de ese espíritu

sentimental impreso a los hombres por el cristianismo y el mahometismo,

que prescinde de los hechos y se infeuda a las doctrinas, hasta no poder

producir más que santos y mahdis, es decir, momias espirituales, manera

de pasividad mental que el estancamiento social secular convierte en

instinto nacional, que la Inquisición llevó al máximum en España,

extinguiendo el foco aislado de liberalismo de Aragón, y de que provino

entre nosotros la feroz intransigencia de unitarios y federales sobre

doctrinas políticas liberales sostenidas por los procedimientos más

brutalmente tiránicos.

Con el espíritu del _self government_, se preservó también en la Gran

Bretaña el amor a la justicia y el instinto de progreso, adormecidos en

el continente por la confianza en la justicia divina y la esperanza del

cielo para los pobres de espíritu; anquilosados en las civilizaciones de

la India y la China por la institución de las castas cerradas y el

mandarinismo, que oponían una barrera infranqueable a las capacidades

particulares, y se salvaron precisamente por el sistema de las clases

abiertas, pues la nobleza misma no era hereditaria sino el título de par

y por el hijo mayor, quedando así la aristocracia interesada en la

suerte de los comunes de la que participaban sus demás descendientes.

De estos factores provino esa resistencia siempre vencida y siempre

renaciente del pueblo contra los desmanes y la avaricia de los reyes y

de los papas, que alcanza su primera grande etapa en la Magna Carta,

arrancada al rey Juan por los barones en 1215, eludida a menudo después,

pero jamás borrada del espíritu público, donde se conserva con la fijeza

de una constelación en el firmamento; reconfirmada y ampliada en el

parlamento de Simón de Monfort, en 1265, echando al mar en Dover la bula

que contenía la excomunión del papa contra los barones rebeldes para

quedar, desde entonces, como el gran faro nacional para los días de

tormenta o de niebla política, mientras en el continente, aun en Escocia

y en Irlanda, y con la sola excepción de la Holanda y la Suiza, la

sumisión cristiana a la autoridad divina de los papas, los pastores y

los reyes, bajo la forma protestante, la católica o la ortodoxa, hacía

tabla rasa de todos los sentimientos de independencia individual o

comunal, y mayormente en España, donde el Santo Oficio, sentaba sus

reales y sus instrumentos de tortura veintiún años después del

nacimiento de la Magna Carta en Inglaterra, para modelar a nuestros

mayores por el terror máximo en el plan de la más grande intolerancia

sectaria y de la más completa sumisión pasiva al altar y al trono.

Y desde 1534 esta abdicación universal de la capacidad natural del

hombre en la capacidad divina de la iglesia fue reconfirmada con la

fundación de la compañía de Loyola, y el consiguiente orgullo fanático

de los siervos favoritos de Dios exteriorizado medio siglo después, en

la "invencible", enviada, dice Fiske, "para extrangular la libertad en

su patria predilecta, por el tirano más execrable y cruel que haya

visto jamás la Europa tirano cuya victoria hubiera significado no

simplemente la usurpación de la corona de Inglaterra, sino el

establecimiento de la Inquisición española en el tribunal de

Westminster".

La característica de la civilización greco-romana, que en veinte siglos

preparó el terreno sobre el cual se extendieron, más tarde, en simple

substitución, las civilizaciones cristiana y árabe, y lo que hizo

posible su prodigiosa expansión sobre los países y los continentes

vecinos, fue la circunstancia de que la religión--regional, sin

cosmología sagrada, sin dogmas teológicos y sin gerarquía

eclesiástica--no cohibiera mayormente el libre juego de las capacidades

naturales, como la parte progresiva de la misma circunstancia en

Inglaterra--su tolerancia con las costumbres y las religiones

particulares de los países conquistados hasta el punto de tener dos

religiones oficiales en el mismo reino unido, constituido en cuna de la

libertad y refugio de los perseguidos de toda la Europa,--explica la

incesante expansión inglesa; como la misma circunstancia, bruscamente

producida en Francia sobre el orden político y militar, por la

revolución del 89, y a que se refería Napoleón al decir que todo soldado

llevaba en su mochila el bastón de mariscal de Francia, explica la

inopinada expansión francesa y la epopeya napoleónica, como la misma

circunstancia sobre el terreno educacional, comercial e industrial en

Norte América explica su portentosa prosperidad; como el cristianismo

sin la ciencia europea en Abisinia, y la ciencia europea sin

cristianismo en el Japón, explican el estancamiento secular del primero

y el prodigioso desenvolvimiento repentino del segundo; como la

circunstancia inversa--el fanatismo sin pensamiento y sin ciencia,--en

España y Portugal, explica a su vez, el estancamiento regresivo a la

manera musulmana de aquel imperio ibérico en que no se ponía el sol,

cuando aquello de que ha salido toda la potencialidad moderna--el

espíritu humano--estaba aún en todas partes prisionero de los siglos

pasados, como dice Ugarte; cuando la esperanza en los milagros de la fe

obstruía en todas partes el advenimiento de los milagros de la ciencia y

la inteligencia humanas.

"Entre las grandes naciones modernas fue únicamente la Inglaterra, dice

Fiske, la que en su desenvolvimiento político se mantuvo más

independiente de la ley romana y de la iglesia romana, y la única que

salió del crisol medioeval con su gobierno propio teuton

substancialmente intacto".

"De Homero a Constantino la ciudad antigua es una agrupación de hombres

libres que tiene por objeto la conquista y la explotación de otros

hombres libres", dice Taine. De Constantino adelante, otros objetivos

para la vida dirigen la conducta por otros rumbos, pues una nueva

concepción del hombre y del mundo, que ha hecho camino en el espíritu de

las masas y llegado finalmente a la supremacía política y social, ha

invertido todos los valores humanos, descalificando el pensamiento y la

acción, la alegría, la salud y la fuerza y exaltando la esterilidad, la

tristeza, la suciedad, la enfermedad, y la pobreza, porque el ideal y el

destino del hombre han sido magnificados en el bien y en el mal y

situados fuera de la humanidad, en un otro mundo que será el inverso del

presente. La moral, que Aristóteles hacía consistir en "la utilidad

social", consiste según los teólogos en "la sumisión a la voluntad de

Dios", es decir, en la utilidad de Dios.

Esto se llama la "civilización cristiana", y a ella son convertidos los

demás semibárbaros europeos por la persuación o la fuerza. Desde

entonces, la ciudad medioeval es una agrupación teocrática de

visionarios a la expectativa del fin del mundo y del juicio final,

levantando castillos, presidios, horcas y fortalezas para defenderse de

la barbarie natural de los malvados vivos, y santuarios, templos,

conventos y oratorios para procurarse la gracia divina, conseguir

milagros y defenderse de la barbarie sobrenatural de los malvados

muertos, a quienes la teología ha dado una segunda existencia,

infinitamente peor que la primera, en los demonios, las brujas, los

duendes, los fantasmas, las ánimas en pena, etc., etc.

Esta civilización cristiana, que considera al hombre perdido desde el

pecado original, en imperiosa necesidad de salvarse, incapaz de

conducirse por sí mismo y necesitado de curatela, sucedió a la

civilización greco-romana, imperando exclusivamente en el continente

europeo hasta el siglo XVIII, en diversas formas, y en una de las peores

fue importada al nuevo mundo por la España en el XV.

La transformación de las razas en América · 第 6 / 11 段