El presidio perpetuo con tormentos vitalicios, que fue la pena común,

hasta para muchas acciones que hoy consideramos como derecho corriente y

perfecto del ciudadano, la ergástula está desapareciendo de la

legislación de las naciones civilizadas, aun para los delitos

monstruosos y la ergástula a perpetuidad para la segunda vida subsiste

todavía en el código moral de la Iglesia medioeval, hasta para el mero

cumplimiento de los deberes naturales, que ella considera crímenes si

son realizados sin su licencia y sacramento cuando se practican con su

intervención.

Es que la moral milenaria, la moral revelada a los hombres de una vez

para siempre en la infancia de la civilización, no puede cambiar sin una

nueva revelación que anularía a las precedentes, quitando a la Iglesia

su única base posible: el origen divino y la infalibilidad, que es su

corolalario, y en cambio, puede ser inoculada al hombre moderno en la

infancia del entendimiento que corresponde a la infancia de la especie.

En ese momento crítico de la vida en que la curiosidad ingenua, sedienta

e indiscriminativa, hace su primera provisión de explicaciones sobre los

hechos y las cosas del mundo, y en que toda clase de supersticiones

puede penetrar en la mente y arraigar, el hogar, el ambiente y la

escuela tienen un rol de primera clase.

Y en esas circunstancias, el plan de la escuela religiosa es satisfacer

la curiosidad natural del niño sobre los hechos y las cosas del universo

que le rodea, con las explicaciones que los sabios antiguos, graduados

en dilatados cursos de ayuno y meditación solitaria en los desiertos, en

las cuevas, en las ruinas o en los claustros, pusieron en boca de los

dioses de entonces, para darles una autoridad que ellos no tenían, a fin

de exigir una aquiescencia absoluta, única manera posible de hacerlas

eficaces en su tiempo, y el objeto de la escuela positiva es satisfacer

esa misma curiosidad con los conocimientos positivos adquiridos por los

sabios modernos en la investigación de la naturaleza con los métodos

modernos, y sin exigir para ellos obediencia ni aquiescencia de ninguna

clase, que el progreso de la inteligencia humana ha hecho innecesarias,

desde que la verdad no trae ya de un supuesto mandato de los muertos,

sino de su concordancia con la realidad, su fuerza de convicción sobre

el entendimiento.

LA REVELACIÓN Y LA EVOLUCIÓN

La concepción judía que informa los dos testamentos, y según la cual la

marcha de la humanidad es un proceso de decadencia apenas contenido,

porque el hombre salió perfecto de las manos del creador y se deterioró

a perpetuidad por el pecado original, la más diametralmente opuesta al

concepto moderno de la evolución ascendente de la especie humana, fue un

concepto común a todos los pueblos antiguos, el fruto natural del

pesimismo resultante de la impotencia del hombre ante los males de la

tierra y la omnipotencia de las leyes naturales, inconquistadas por la

inteligencia humana.

Y en todas, el ideal consciente o subsconsciente fue la permanencia o el

acercamiento al estado o condición en que el hombre estuvo en contacto

con la sabiduría máxima de su respectivo Confucio o Salomón, o en

comunicación con la divinidad misma por los respectivos profetas o

apóstoles; todos vivían con el pensamiento en el pasado y confiando en

el auxilio póstumo de los antepasados; todos entendían que los tiempos

felices, los tiempos heroicos, los tiempos santos estaban detrás y no

delante de la humanidad presente. Los estudios de los filósofos y de los

teólogos--utopistas retrospectivos--la enseñanza en las escuelas, la

predicación en los púlpitos, todo estaba orientado sobre la ansiada

vuelta al pasado glorioso, o santo, o dichoso. La sabiduría era una

fórmula verbal salida del pasado y del misterio.

Y así, el don capital de la especie humana: la posibilidad de mejorarse

indefinidamente, quedaba siempre más o menos anulado por todas las

doctrinas religiosas o filosóficas que entendían darle nueva vida,

porque "toda teoría es gris, y el árbol de la vida es siempre verde",

como dijo Goethe, porque el pensamiento humano es como el agua, que

estancada se corrompe y en movimiento se purifica. Aunque haya caído del

cielo en gotas cristalinas y oxigenadas, de la inmovilidad del charco o

del pantano se enturbia, poblándose de inquilinos dañosos, de microbios,

infusorios, larvas y guzarapos. Así las miriadas de mogigatos,

sacristanes, legos, frailes, monjas, ermitaños, abates, canónigos, curas

y obispos, sobrevenidos por generación espontánea de alimañas en el

pensamiento cristiano, estancado desde el siglo III y corrompido en

consecuencia inevitable, por los credos, los dogmas, las bulas, los

breves y los cánones.

Es que el mal de todas las religiones está en su esencia misma, en que

no pueden reverdecer constantemente como el árbol de la vida, reponiendo

con hojas verdes las hojas secas y con nuevos retoños los troncos

viejos; en que no puedan cambiar y caminar con el progreso del espíritu

humano. Son un soplo de vida y acción, una llamarada de infinito que

alumbra y deslumbra un momento, como lo hizo el mahometismo en los

tiempos históricos, para caer después en un nuevo plan de oscuridad

mental, de esterilidad espiritual y moral. La filosofía, la literatura y

el arte griego viven aun, reincorporados a nuestro caudal intelectual.

De las religiones egipcia, griega y romana que imperaron por tantos

siglos, no queda nada, nada, si no es el lamentable fetichismo

incorporado a las iglesias griega y latina, de las que tampoco quedará

nada.

En la Europa y la América cristiana, como en la China, como en el África

musulmana, el pasado espiritual primaba en absoluto sobre el presente;

la palabra del "maestro", de los profetas y de los apóstoles era la

última ratio del espíritu humano. Como el Cid, que ganó batallas después

de muerto, San Juan Crisóstomo, San Agustín y Santo Tomás, han triunfado

por muchos siglos en todas las controversias. En derecho, en medicina,

en ciencias naturales, "lo que pensaron los sabios antiguos" hacía ley

para los sabios modernos. Los más atrasados, vale decir, los más

versados en el saber antiguo, eran los más calificados para enseñar el

pasado al presente, y a ese título la Iglesia fue la institutriz

universal.

Recién cuando en el siglo XIX la paleontología, la filología, la

arqueología, etc., etc., pusieron en descubierto el enorme error de

aquellas concepciones, demostrando que el hombre cuanto más antiguo

había sido menos fuerte y menos sano, menos sabio y más bárbaro, surgió

la teoría de la evolución ascendente y se empezó a concebir la

perfección del hombre como un hecho del presente y del futuro, y el

espíritu humano pudo transferir su orientación y sus objetivos del

servicio de los muertos al servicio de los vivos, de los males que

fueron a los males que son, del mundo de la nada al mundo de la vida,

del estancamiento al progreso, del quietismo a la acción, del

absolutismo a la libertad, de la tradición a la evolución, "trasladando

el centro de gravedad intelectual y emocional de Dios a la humanidad",

el inmenso acontecimiento que se está realizando en nuestros días, y que

será el principio de una transformación universal más grande y más feliz

que todas las que la han precedido en el curso del tiempo.

Por el momento estamos en el período de transición, con la escuela

religiosa que, ayudada por la inercia intelectual que comportan 18

siglos de oscurantismo, en credulidad e ignorancia crónicas, educa a los

niños para las verdades y las virtudes del pasado, y la escuela liberal

que los educa para las posibilidades del presente en rumbo al porvenir;

con escuela sectaria que cierra y la escuela positiva que reabre la

curiosidad humana, esa benéfica hambre de saber y de inventar que nos

da, en término medio, una maravilla por semana.

Entre nosotros, el progreso del liberalismo es bastante satisfactorio,

si se considera que surgimos a la refulgente libertad moderna desde la

miserable intelectualidad medioeval, tan celosamente preservada por los

frailes en la España y en sus colonias; que aun no llevamos un siglo de

vida independiente y que su primera mitad fue, fatalmente, la

prolongación del terrorismo y del oscurantismo coloniales, que hicieron

fracasar la temprana iniciativa liberal de Rivadavia, y proscribieron la

ilustración clausurando las escuelas en la época de Rosas, después de la

cual fueron reabiertas bajo la férula de los sacerdotes--beneficiarios

en todas las épocas de salvajismo; que nuestra instrucción pública sólo

es aproximadamente laica desde 1884; que hasta el setenta y tantos los

internos de los recientes colegios nacionales solíamos tener que fugar,

todavía, saltando las paredes del fondo para escapar a la confesión

obligatoria en semana santa; que la humanidad no produce sino un

educador en cada siglo, como dijo Emerson, y que recién empezamos a no

echar de menos a Sarmiento en la dirección superior de la instrucción

pública; que nuestra ley de matrimonio civil es de ayer y la estadística

arroja, ya en nuestra gran capital dos tercios de matrimonios sin

intervención del cura; que la casi totalidad de nuestros hombres maduros

tuvieron fresco el entendimiento cuando estaban verdes y no se habían

difundido aún, con los ferrocarriles y la prensa, las ideas y los

sentimientos modernos, cada día más amplios en el amor a la verdad y a

la humanidad, que inducen a las almas bien templadas a trabajar en este

mundo de los vivientes para dejarlo a su partida mejor que lo

encontraron a su llegada, a la inversa de ese mezquino sentimiento de

los creyentes en la magia religiosa que los induce a dar y legar a las

iglesias para el bien de su alma exclusivamente.

LAS ÚLTIMAS AURORAS

El siglo XIX es el punto de partida de una nueva era más preñada de

beneficios para los hombres que la que se abrió con el sermón de la

montaña; es el momento del tiempo en que los hombres más altamente

civilizados empiezan a dejar de pedirle a Dios que los haga buenos y

sabios y fuertes, para esforzarse en serlo por sí mismos; a

desentenderse de los mundos imaginarios para sacar partido del mundo

real, saliendo del redil de la revelación para conquistar la naturaleza,

cambiando su punto de mira del pasado al porvenir, del fatalismo al

determinismo, de la oración a la acción, del desalentado pesimismo al

animoso optimismo, sueltas las alas del espíritu para explorar todos los

horizontes sin pasaporte de la autoridad eclesiástica; emancipados de

esa tonta piedad por los muertos que mantiene a los creyentes llorando

estúpidamente sobre las miserias remediables del presente por las

desgracias irremediables del remoto pasado, afligidos por los

sufrimientos de Jesús, de los mártires y de todos los difuntos y

perfectamente insensibles a los sufrimientos de los vivientes;

esclavizando al prójimo para explotarlo en vez de apropiarse las fuerzas

de la naturaleza para libertar los brazos del hombre, horadar las

montañas, surcar los mares, canalizar los ríos, acortar las distancias y

penetrar en las entrañas de las cosas para descubrir sus leyes, aislar

los microbios, inventar los sueros y los anestésicos y descubrir la

pedagogía y la psicología, la asepsia y la antisepsia, que les

permitieran llegar a sus propias entrañas físicas y mentales, para

extirparse las infecciones, los tumores, los cálculos y los quistes, los

malos humores y las malas pasiones, en la plena seguridad de que haya o

no haya Dios, el que haya hecho más bienes y menos males, el que haya

sido más útil a los suyos y a los extraños, el que menos haya padecido

de la ira del odio y más haya disfrutado del amor y la amistad, en una

palabra, el que "haya sido una grande alma en este mundo, tendrá más

probabilidades de ser una grande alma en cualquier otro mundo".

En el siglo XIX, en efecto, se ha librado la batalla decisiva entre los

nuevos y los viejos ideales, que se baten ya en retirada. Los derechos

del hombre están desalojando a los del sacerdote y del rey, la nobleza y

el clero han perdido sus privilegios seculares, la dignificante

solidaridad está sustituyéndose a la humillante caridad, ha tenido lugar

la emancipación de los siervos y la liberación de los esclavos, y detrás

de ellos el obrero socialista, no el obrero católico que se empeña en

seguir siendo del cura, el obrero ha entrado a ser persona, con derecho

de vivir, de pensar y de luchar por la emancipación económica, para el

mejoramiento de su condición social por una más justa participación en

los frutos de su trabajo. Y finalmente, la mujer, la hija y esclava

espiritual del confesor--el secular intruso en el hogar católico--suegro

suplementario en el matrimonio religioso, recuperando su personalidad,

se incorpora, ella también, al movimiento emancipador de la raza humana

subyugada por la Iglesia divina.

Entretanto, felices nosotros que podemos presenciar en estos momentos el

crepúsculo de lo que fue y la aurora de lo que será. Dichosos nosotros

que podemos pensar y decir sobre el futuro y el pasado lo que se nos

venga a la mente, sin temor de que nos atormenten, nos quemen o nos

destierren los ministros de Dios ofendido y enojado por ello, como lo

hacían con nuestros abuelos, casi sin temor de que nos injurien, nos

calumnien y nos persigan, como lo hacían con nuestros padres, los

representantes oficiales del Dios de bondad.

Los que tienen motivos sobrados para estar quejosos, apenados y tristes

no somos, ciertamente, los que tenemos la conciencia libre de terrores

fantásticos y a nuestro alcance la ciencia, que es el poder de hacer

milagros efectivos, sistema Edison, Röntgen, Marconi, etc., etc., sino

los fabricantes de terrores y milagros imaginarios, los sacrificadores

de la verdad humana a la verdad divina, los ayer omnipotentes

fulminadores de las iras y de las venganzas del Todopoderoso, hoy

expulsados como leprosos mentales de la nación más adelantada de la

Europa, y sin poder defenderse, porque aquella arma formidable con que

gobernaron al mundo hasta el siglo XVIII--la excomunión--está reducida

por el progreso de la razón humana al modesto rol de carabina de

Ambrosio.

EL PASADO Y EL FUTURO

Si un loco antihumanitario se echara hoy a buscar un medio de gravar a

los hombres con el máximum de incapacidades, gastos, trabajos y

penalidades, para el más inútil de los objetivos imaginables,

seguramente no podría encontrar nada tan eficaz como las religiones

reveladas "antes de la ciencia y la civilización", como dice A. France.

Por ese doble juego de gobiernos simultáneos, mancomunados y

superpuestos sobre el pueblo, el temporal para las necesidades de este

mundo, el espiritual para las necesidades del otro, nuestros antepasados

treparon la cuesta de la vida con dos enormes pulpos sobre las espaldas,

que les impedían desarrollarse y crecer, arrebatándoles todavía la mayor

parte del mezquino fruto de sus amenguadas energías, en compensación del

trabajo que se tomaban para coartarles el pensamiento--que es una forma

del movimiento, como la electricidad, el magnetismo o la luz,--matarles

el espíritu de iniciativa y tutearlos después que les habían tullido la

capacidad de obrar y de conducirse solos.

Aprender de memoria el ininteligible catecismo--el librejo más lleno de

absurdos y patrañas después del Corán--asistir obligatoriamente a todos

los actos y ceremonias religiosas, diurnas y nocturnas, no pensar sin

permiso del cura, ayunar, confesarse, comulgar, hacer penitencias,

afligirse y llorar en los días y horas prefijados, obedecer a la campaña

de la iglesia como las mulas al cencerro de la madrina, pagar a los

sacerdotes los diezmos y primicias, fuera de los impuestos

extraordinarios por milagros accidentales y por cada uno de los

acontecimientos de la vida, desde el nacimiento hasta después de la

muerte, en los funerales y los "cabos de años", todo bajo pena de

excomunión, persecución, confiscación de bienes, y destierro o muerte.

Comprar al príncipe el derecho de vivir sometido a todos sus caprichos y

brutalidades, y el de trabajar bajo los reglamentos más estúpidamente

antieconómicos, en el mejor de los casos--en el del hombre libre--eran

ciertamente condiciones sociales, económicas y morales que hacían

imposible la prosperidad del habitante y el progreso de la nación.

Sólo por la disminución del gobierno espiritual de la Iglesia y del

gobierno temporal de los príncipes, y en la medida en que se lograban al

influjo de la filosofía y de las ciencias renacientes, por explosiones

sucesivas de los doblemente oprimidos y explotados, ha venido

acrecentándose la capacidad humana por la vida humana.

Y como en los países protestantes disminuyó primero el gobierno

eclesiástico por la secesión con el papado y la supresión de los

milagros, la confesión, la comunión, las indulgencias y el óbolo de San

Pedro, fue en ellos donde primero se acrecentó por la fe en la ayuda

propia que sustituyó a la fe en el auxilio milagroso de los santos, la

capacidad del individuo y la correlativa prosperidad de las naciones. Y

como en España y en Italia fue más cargosa la tiranía eclesiástica,

fueron también en ellas más agobiado el individuo y más empobrecida la

comunidad por la Iglesia que había hecho de las sagradas escrituras no

un faro sino un presidio de la inteligencia humana, un presidio sin aire

y sin luz, al que los protestantes le pusieron con el libre examen,

puertas y ventanas.

Cuando los romanos llegaron al Egipto, no pudo resistirles, porque los

sacerdotes absorbían en este país la tercera parte de la riqueza

nacional, para sus inútiles mojigangas. A su vez las exacciones del

fisco romano, centuplicadas por la avaricia insaciable de los

publicanos, habían destruido _in situ_ la fuerza del imperio, desde

mucho antes de las invasiones de los bárbaros, y las explotaciones de la

avaricia sacerdotal, reforzada por el Santo Oficio y los jesuítas, y

admirablemente secundada por la imbecilidad de los reyes y de los

ministros fanáticos, que expulsaron a los judíos y a los moros para

hacer la unanimidad católica, convirtiendo al habitante en siervo de la

Iglesia y a los 3|5 del territorio fértil en bienes de mano muerta,

aniquilaron tan radicalmente la energía humana del imperio en que no se

ponía el sol, que, sin empujones de afuera, se cayó de decadencia

espontánea por debilidad intrínseca, como se están cayendo los pueblos

musulmanes del presente.

Y como es natural que el remedio sea más grande donde es más grande el

mal, según ocurrió en la revolución francesa, si los países latinos

aventajaran a los anglosajones en desprenderse completamente de ese

enervante y costoso gobierno de las conciencias por el Vaticano, como lo

ha iniciado la Francia, recobrarían, en el futuro, el terreno perdido en

el pasado.

Porque se puede prever, desde ahora, la universal superabundancia de

capacidad humana para los problemas de la vida humana, que sobrevendrá

cuando hayan desaparecido del todo, con la clase sacerdotal que los

explota, los problemas de la vida futura, que hoy consumen todavía parte

tan considerable de la energía humana en costosas ceremonias

absolutamente inútiles y en afanes sobre el vacío para hallar las más

diversas y disparatadas soluciones ilusorias de lo insoluble.

DIOS MEDIOEVAL Y DIOS MODERNO

El concepto de la glorificación de Dios por la anulación voluntaria del

hombre, arrodillado ante su creador, de miedo a su creador, que es la

idea madre subyacente en la ordenación católica del pensamiento humano,

la que engendró el oscurantismo, el misticismo y el monasticismo sobre

la abdicación de la razón, de la virilidad, de la voluntad y de la

dignidad humanas, la que informa toda la conducta de la Iglesia en su

guerra sin cuartel contra todos los progresos de la humanidad por

iniciativa del hombre, ese principio fue el alma de las sociedades

cristianas del pasado, fundadas sobre el derecho divino, fatalmente

sectario, autoritario y absolutista.

El concepto de la glorificación del Creador por el engrandecimiento

intelectual, moral y material de sus criaturas, fruto superior de la

razón moderna, formada lenta y subrepticiamente por la filosofía

moderna, sobre los restos del pensamiento griego salvado por los árabes

del vandalismo cristiano de los primeros siglos de fe, este principio

esencialmente afirmativo y constructivo, concorde con la ley de

evolución, por el que el hombre marcha paralelo con las fuerzas de la

naturaleza y fortalecido por ellas, como diría Emerson, tan

diametralmente opuesto al principio esencialmente negativo e inactivo de

la teología cristiana que se propone, como el paganismo, contrarrestar

las energías de la naturaleza con la magia religiosa, esta dignificante

y operante concepción de la vida, levadura del liberalismo y alma de la

civilización moderna, fue adoptada y apadrinada desde su nacimiento por

la franc-masonería, que se reconstituyó para propender al

desenvolvimiento de la verdad, la justicia y la fraternidad, sobre los

Derechos del Hombre, al fin proclamados netamente en la declaración de

la independencia americana, y sobre las ruinas de la Bastilla, en el

último tercio del siglo XVIII.

Hay, pues, una oposición fundamental, perfectamente caracterizada desde

1864 por el Syllabus de Pío IX, entre la manera cómo entienden concurrir

al progreso los albañiles del templo de la justicia, que, prescindiendo

de las diferencias de raza, nacionalidad, color, condición social y

opinión política o religiosa, trabajan para ensanchar la libertad, la

igualdad y la fraternidad humanas, y la manera cómo entienden servir a

Dios los hombres y las mujeres que renuncian al esfuerzo, al pensamiento

y la acción, y se confinan en la pasividad y la esterilidad voluntarias

de la oración, la penitencia y la humillación, en este mundo de los

vivos, para ser recompensados en el de los muertos.

LA SOCIEDAD PRESENTE Y LA FUTURA

En estas sociedades que descansan, todavía, sobre el lujo y la miseria,

sobre la ociosidad de los unos y el trabajo de los otros, lo que los

padres quieren procurar a sus hijos no es la capacidad para producir,

sino la capacidad para disipar, la posibilidad de disfrutar sin

producir, en una palabra: la riqueza. Y lo que hombres y mujeres buscan

principal o secundariamente en el matrimonio, es la dote inmediata o la

herencia en perspectiva.

Y desde que la riqueza confiere la posibilidad de alcanzar los honores y

los privilegios, y la satisfacción de todos los gustos, los apetitos y

las vanidades en boga, y aun la de comprar a la Iglesia la salvación

eterna, y que ella pueda ser adquirida por medios ilícitos o perversos,

con más o menos riesgos, hay un premio eventual para la depravación

moral, una seducción permanente--que en muchos países y en ciertas

ocasiones suele hacerse irresistible--para la mentira, el robo, el

peculado, el fraude, el asesinato y la guerra.

Sin duda la profesión de bellaco, que es entre los musulmanes y que por

tantos siglos ha sido en la cristiandad el medio más rápido y eficaz de

conquistar honores y privilegios y de alcanzar títulos de nobleza, en el

achatamiento universal de los pobres de espíritu que elaboraba la

Iglesia, se viene haciendo cada vez más peligrosa y menos lucrativa y

honorífica, con el reverdecimiento de la energía al influjo de los

ideales modernos, pero, todavía, y particularmente en los países

católicos y ortodoxos, el inquilino de la sociedad contemporánea está

instalado en un plano fuertemente inclinado hacia la perversidad humana,

resultando siempre más o menos ineficaces para contenerlo arriba todos

los terrores en uso, civiles o religiosos, y todos los surtidores

permanentes o occidentales de energía moral.

Pero, según el rumbo que llevan las ideas avanzadas del presente, en la

sociedad del porvenir, lo que los padres querrán dejar a sus hijos, lo

que buscarán en el matrimonio los hombres y las mujeres, será "la salud

o la plenitud que responden a sus propios fines y tienen para ahorrar,

correr e inundar los alrededores y crujir por las necesidades de los

otros hombres", como dice Emerson; será la aptitud para conducirse y

prosperar por sí mismo, la capacidad intelectual, moral y física para la

felicidad humana por la fraternidad humana, la sensatez, la dulzura, la

belleza de alma; por el trabajo, el amor y la amistad, según aquella

exacta definición de la dicha, que la hace consistir en "tener siempre

algo que hacer, alguien a quien amar, alguna cosa que esperar".

La transformación de las razas en América · 第 4 / 11 段