..."La crueldad, la injusticia y el poder arbitrario eran demasiado

familiares para ser chocantes, demasiado constantes para que se les

tuviera por transitorios y accidentales. El mundo que veían era tomado

como un oscuro modelo y pronóstico del mundo ideal más allá de la tumba.

Dios era un poderoso emperador, un trascendental Diocleciano o

Constantino, haciendo su gusto con lo suyo. Sus edictos corrían al

través del espacio y del tiempo, sus castigos eran eternos, y

cualesquiera que fuese, su justicia no podía ser discutida. Y así estas

palabras vinieron a ser escritas": "Tuvo merced en quien quiso tenerla,

y fue duro con quien no quiso ser blando. Tú me dirás ¿por qué encontró

culpa? ¿Pues quién ha resistido su voluntad? Ahora, ¡oh, hombre! ¿quién

eres tú para replicar contra Dios? ¿Puede la cosa formada decir al que

la ha formado por qué me has hecho así? ¿No tenía el alfarero poder

sobre la arcilla para hacer del mismo pedazo una vasija de honor y otra

de deshonor?" lo que probablemente ha contribuido más a la miseria

humana que ninguna otra expresión salida del hombre. La enseñanza de San

Pablo cayó en un suelo fértil. Por cerca de 1.500 años la conciencia

humana no se sintió chocada por ella. Desde el nacimiento de la teología

arminiana ha habido una gradual y creciente revulsión de sentimientos, y

ahora se dice llanamente que "el alfarero no tiene derecho de estar

irritado contra sus cántaros. Si los quería diferentes debió hacerlos

diferentes". Las pretensiones de un "omnipotente demonio deseando ser

cumplimentado" como todo misericordioso, cuando está ejerciendo la más

perversa crueldad, no son ya admitidas en consternado silencio. Pero si

la gran dificultad del infierno y de los castigos eternos fue felizmente

superada, aun quedan, en todo el plan de la redención cristiana,

iniquidades morales y desvíos de que ningún hombre de bien del presente,

cualesquiera que sean su religión o su teología, querría hacerse

culpable. La noción de que Dios quería ser propiciado por la muerte del

inocente Cristo es totalmente baja y bárbara natural en las edades

rudas, cuando los sacrificios costosos eran un medio reconocido de

apaciguar deidades irritadas, pero repelente ahora. Difícilmente el

hombre más depravado, en su recto entendimiento, aceptaría el castigo de

un inocente en lugar del que le hubiera ofendido. Un hombre de espíritu

elevado casi lo sufriría todo antes que afrontar semejante enormidad.

"La idea es bárbara, bien digna de aquella concepción de la justicia de

los chinos, contenta si el ejecutor consigue un sujeto para operarlo,

pero indiferente respecto a que sea el culpable o no. Sin embargo, esta

cruel y bárbara noción es el eje de la religión cristiana; a lo menos

entiendo que aun no se ha descubierto que esté fuera de la escritura.

Todavía Satán puede molestar a los teólogos sueltos en este mundo como

en el otro. Cuando han esplanado su eterna función de atormentar las

almas en el infierno, tienen que aclarar sus extrañas distracciones

temporales en la tierra, y explicar como pueden ser permitidas por un

Dios misericordioso. A un ángel caído, de extensa habilidad, sutileza y

dolo, le está permitido tentar a los hombres y a las mujeres, aun a los

niños, a cometer pecado, alejarlos de Cristo, poner en peligro sus

esperanzas del paraíso. Y Dios, que permite esto, es supuesto de

detestar el pecado. Si hubiera deseado que abundase, ¿qué más pudo haber

hecho que dejar al archidemonio, ayudado por legiones de diablos

menores, ir como un rugiente león buscando a quien devorar, con

constante acceso a los hombres, aun hasta el interior de su mente,

susurrando malos pensamientos, estimulando, y, sin embargo, a menudo

alejado por santa oración, siempre renovando sus asaltos sobre las

pobres almas, hasta el último instante de la mortal agonía, triunfando

más a menudo que fallando en arrastrarlas a su lugar de tormento? La

petición de Cristo, "no nos induzcas en tentaciones y líbranos del mal",

nunca ha sido oída o nunca ha sido concebida. Siempre estamos inducidos

a la tentación, nunca estamos libres del mal de este lado de las puertas

de la muerte. Un ser sobrenatural que naufragó la felicidad humana en el

paraíso, y llevó el pecado y la muerte al mundo, está nombrado para el

oficio de tentar a los hombres, en todos los tiempos, en todos los

lugares, durante la vida; capaz de entrar en la mente de sus víctimas y

pervertir su alma, en sociedad y en soledad, en el sueño, aun en la

plegaria, capaz de asumir todos los disfraces, aun de aparecer como un

ángel de luz. El seductor humano más artificioso y vil, está limitado en

cuanto al tiempo y oportunidades de corromper al inocente. Satán tiene

constantes e invisibles accesos. Ahora, un padre o guardián que

permitiera a los niños a su cargo asociarse con malos caracteres sería

justamente condenado como falto del sentimiento, del deber y de

humanidad. Pero Dios permite algo infinitamente peor, por toda la

diferencia que va de un espíritu inmortal al más libertino de los

tentadores terrestres. Que lo ensaye un padre humano e imaginad la

angustia con que vería a su inocente, inexperta hija, del brazo de un

cumplido y fascinante seductor. ¿No sería su primer paso, poner término

a semejante corruptor comercio? ¿No perdonaría ampliamente la opinión

pública las violencias de su parte si apareciese que los designios del

villano habían sido coronados con un éxito lamentable? Sin embargo, se

entiende que el padre celestial ve esto y mucho peor a cada hora y a

cada minuto del día; ve al joven, al débil, al desvalido, asaltados por

un tentador sobrenatural, su propia criatura, su ángel rebelde,

enteramente malo y perverso; y lo ve triunfar en su empresa de arruinar

a las almas. Y entonces, el traicionado, la pobre víctima humana es

castigada, no el diablo".

Proscribiendo el uso de la inteligencia moderna para la vida moderna, la

Iglesia se ha habilitado para continuar explicando los hechos del

presente con la inteligencia del pasado, y pudiendo así acuñar verdad

obligatoria para sus fieles, con errores, mentiras y absurdos, puede

confeccionarles dogmas de fe sobre lo inexplicable, lo desconocido y lo

incomprensible, sobre el pasado y el futuro de la existencia humana. De

ahí que los teólogos se hayan distinguido siempre; como dice Buckle, por

su profundo conocimiento sobre las cosas de que no se sabe nada.

De ahí también que a los dogmas del pasado para salvar el alma es el

futuro haya que tragarlos enteros, como a las cápsulas de aceite de

castor, pues el que los mastica, los vomita y pierde el medicamento: "La

primera cosa que me haya repugnado en la religión que profesaba con la

seriedad de un espíritu sólido y consecuente, es la condenación

universal de los que la desconocen o la han ignorado, dice Mme. Roland,

en sus memorias. Cuando, nutrida de historia, hube encarado la extensión

del mundo, la sucesión de los siglos, la marcha de los imperios, las

virtudes públicas, los errores de tantas naciones, me parecía mezquina,

ridícula, atroz, la idea de un _creador_ que entrega a los tormentos

eternos a esos innumerables individuos, débiles obras de sus manos,

arrojados sobre la tierra en medio de tantos peligros y en la noche de

una ignorancia de la que tanto han sufrido ya. Estoy turbada sobre este

artículo, es evidente; ¿no lo estoy también sobre algún otro?

Examinemos. Desde el momento en que un católico ha hecho este

razonamiento, la Iglesia puede considerarlo perdido para ella. Concibo

perfectamente por qué los sacerdotes quieren una sumisión ciega y

predican tan ardientemente esta fe religiosa que adopta sin examen y

adora sin murmurio; ello es la base de su imperio; y éste está perdido

desde que se razona".

LA FE Y LA RAZON

A primera vista sorprende la supervivencia de tan grandes necedades

morales e intelectuales al lado de los grandes ensanches aportados al

entendimiento humano por las disciplinas positivas de la civilización

moderna.

Pero es que aquellas enormidades representan el ideal de justicia de las

épocas que precedieron a la civilización presente.

Y los creyentes de todos los credos, desde los últimos negros de África

hasta los más encumbrados príncipes cristianos, desde los fanáticos que

se hacen aplastar por las ruedas del Jagernaut hasta los bonzos, los

derviches, los lamas y los frailes que se aburren, se maltratan y se

envician en los conventos con sus tristezas confesionales, porque cada

uno entiende que no tenerlas sería mil veces peor, puesto que sería la

perdición entera; todos están aclimatados a la religión de su comunidad

como al clima de su país, y aun orgullosos de su respectivo lote de

mogigangas y tonterías, porque en ningún momento han estado en capacidad

ni en imparcialidad para juzgarlas, porque no hay comparación posible

entre lo que se siente y lo que no se siente, entre lo que se cree y lo

que no se cree; porque no hay posibilidad de juicio para el

entendimiento adulto entre lo que es precierto y lo que es prefalso,

desde la infancia.

El caballo que ha crecido comiendo pasto duro en el campo se muere de

inanición mordiendo palos o mascando tierra frente a una pila de maíz

desgranado, como, en las grandes sequías, el hindú, vegetariano por

precepto religioso, se muere de hambre en medio de un rebaño de vacas

sagradas o profanas, y en la misma situación se encuentran los

noctámbulos del oscurantismo, que, viviendo en el tenebroso ambiente de

las verdades reveladas, se sienten enceguecidos por la claridad de las

verdades demostradas, como los topos y los murciélagos por la luz del

día.

Como los creyentes en la fatalidad de la suerte del viernes o del trece,

los creyentes en las supersticiones católicas están aclimatados desde la

infancia a la fe en los fetiches y a su régimen de terrores y esperanzas

ilusorias, y perfectamente avenidos a las infelicidades y explotaciones

conexas, por su profunda convicción de hacerse infinitamente más

infelices si las dejasen; aclimatados a la perspectiva del fuego eterno,

como a los fríos glaciales el groenlandés que sufre en las regiones

templadas la nostalgia de sus nieves perpetuas.

Pero una religión desalentadora del esfuerzo personal para el

mejoramiento de la condición personal es obstructiva o depresiva de la

acción humana como un clima ingrato o enervante, y cuando concurren las

dos circunstancias a la vez, su acción general es doble, como es el caso

en las poblaciones musulmanas que habitan la zona tórrida en el viejo

mundo, y el de las poblaciones católicas de la misma zona en el nuevo.

Por supuesto, todos tenemos creencias--la creencia es la expresión, el

resultado, la forma de la razón humana en un asunto y en una época--pero

unos tienen creencias voluntarias que pueden cambiar o dejar, como el

traje civil del particular, y otros tienen creencias forzosas, como el

uniforme del fraile o del soldado, que no pueden cambiar o abandonar sin

incurrir en penalidades; unos tienen creencias antiguas y otros tienen

creencias modernas, porque la razón humana tiene hijas mozas y tiene

hijas viejas.

EL PASADO Y EL PRESENTE

La característica mental del hombre en la edad media fue el miedo a los

muertos y el terror a la muerte. La del hombre moderno es lo inverso,

cada día más pronunciadamente, y de aquí proviene el debilitamiento

progresivo de los poderes de derecho divino, fundados sobre la

supervivencia de los difuntos, resucitados para penarlos, si fueren

malos, y para petardearlos, si fueren buenos, y que al fin empiezan a

descansar en paz, reintegrados a la tranquilidad definitiva por la razón

humana, para libertar a la vida humana de las peores formas de la

imbecilidad humana.

La decadencia de los poderes espirituales que gobiernan a los vivos por

delegación de los muertos es un hecho paralelo y concomitante con el

relevamiento de la inteligencia humana por la civilización moderna. La

que fue más grande y más fúnebre en su ya lejana época de esplendor, la

que ha perseguido, torturado y destruido a mayor número de vivos en

desagravio de los muertos, la que en mayor medida sigue achatando a los

vivientes en homenaje a los fallecidos, es ya un poder en decadencia

manifiesta, un gigante en el ocaso de su existencia; un poder social que

gravita en favor de las hijas fósiles de la inteligencia humana y en

contra de su nueva y robusta prole; un poder que fue absolutamente

incontrastable hasta el siglo XV; un poder que fue aun irresistible para

el común de los hombres, pero ya afrontable por los príncipes y los

reyes hasta el siglo XVII; un poder que después de haber hecho temblar a

los emperadores puede ser despreciado por los niños.

Su función consiste siempre en alarmar las conciencias con terrores

imaginarios para venderles a precio de oro y de salud, la tranquilidad

que el racionalismo da gratis y completa, sobre un campo de acción que

para éste se ensancha y para aquélla se restringe, día por día, en

cantidad y en calidad, pues con el procedimiento de los teólogos

cristianos para la curación de la perversidad en los hombres por el

terror del infierno viene sucediendo lo que aconteció con la curación de

los heridos en las batallas por el aceite hirviendo: que la primera vez

que faltó medicamento para la mitad de los enfermos, los cirujanos

pudieron constatar, perplejos, que los no curados sanaron más pronto.

Apenas disminuido el miedo a los males del mañana, aumentó el valor para

afrontar los males del presente, y la barbarie, la esclavitud, la

servidumbre, el despotismo, la rapiña, las pestes, la guerra, la

imbecilidad, la ignorancia y la miseria, que por 18 siglos habían

coexistido con el pensamiento antiguo no pudieron coexistir con el

pensamiento moderno,--y vienen desapareciendo rápidamente con el

crecimiento de éste por la educación liberal.

Y las concepciones cristianas que sustituyeron a las del paganismo, se

encuentran hoy en la misma situación en que se encontraron éstas en los

tiempos de Séneca, que la describió así: "La religión es considerada por

el pueblo como verdadera, por los filósofos como falsa y por los

gobernantes como útil". De ella había dicho ya Polibio: "Si fuera

posible que un Estado sólo se compusiera de sabios, semejante

institución sería inútil; pero como la multitud es naturalmente

inconstante, llena de arranques desenfrenados y de cóleras locas, ha

sido necesario apelar a esos terrores de lo desconocido y a todo ese

aparato de ficciones aterradoras para dominarla".

Es, exactamente, a 2.200 años de distancia, el mismo razonamiento en

virtud del cual los gobernantes modernos subvencionan al cura para que

asuste al pueblo con patrañas y no van a misa porque entienden que ese

insano régimen del miedo crónico por peligros imaginarios, que no es

bueno para las personas ilustradas, es bueno para los ignorantes.

Felizmente, la reciente guerra ruso-japonesa, poniendo al descubierto el

enorme flaco de esta elaboración de la docilidad humana por el aceite

hirviendo del infierno, por los terrores del más allá y no por la

educación de las multitudes para la justicia, la rectitud, la

benevolencia y la cordura, les hará ver por egoísmo lo que no han

querido ver por generosidad de alma: que las sociedades organizadas

sobre el miedo al castigo, serán siempre inferiores en poder moral a las

sociedades organizadas sobre el sentimiento de la dignidad humana.

De todos modos, la terapéutica del pasado para la salud del alma y del

cuerpo mediante la magia religiosa está herida de muerte por la ciencia

positiva, aunque no esté muerta aun. Por lo pronto, este siglo XX

empieza para los factores de milagros por fuerzas sobrenaturales con una

disminución de sesenta millones de francos en la sola Francia, que fue

siempre el granero principal del vicario de Dios en la tierra, y que

hoy, sólo con cerrarle la bolsa del Estado, ha puesto a los cardenales a

medio sueldo en Roma.

Los grandes criminales contra la religión, que la Iglesia condenó y

quemó vivos, empiezan a tener estatuas; y mientras la literatura del

infierno está en bancarrota definitiva, las ciencias sociales, que aun

no han concluido de nacer, son ya dueñas del mercado.

El espíritu de investigación que está revisando, reformando, rehaciendo

y renovando todas las ideas de los hombres sobre el universo y la vida,

que nada ni nadie ha podido detener antes, que cada día es más vigoroso,

más amplio y más decidido, y que está paseando la antorcha de la Ciencia

hasta por los terrenos vedados a la razón humana por la palabra divina,

viene también, detrás de los fugitivos de Francia y de Filipinas, a

rescatar para la moral del amor y de la simpatía, del pensamiento y la

acción, esta América del Sud, que fue consagrada a la moral del

infierno y al servilismo espiritual por sus primeros colonizadores, y

que ha sido desde entonces un infierno de odios y rencores, de

esterilidad mental y de persecuciones y atrocidades sin cuento,

simplemente porque los caudillos políticos acudieron a los mismos

resortes de gobierno que la religión había implantado en el alma de los

sudamericanos; el miedo al mal y la resignación para aguantarlo

pasivamente.

Hace apenas un siglo que empezó a desviarse hacia los sanatorios y las

clínicas, la corriente de enfermos y lisiados que antes inundaban los

santuarios de las diferentes Mecas cristianas en busca de la salud por

el milagro, y hoy ya es río lo que hace 50 años era arroyo y viceversa.

Y los mismos sacerdotes de Lourdes y de Luján, testigos fehacientes de

tantas y tan variadas curas maravillosas, cuando se enferman, llaman al

médico, su viejo rival antes proscrito y quemado vivo, y hoy triunfante

en toda la línea.

Todo viene por su orden. Ahora empieza a haber quienes piensen en la

emancipación moral del pueblo; mañana habrá quienes la realicen. "Si se

nos preguntase cuál es la fe que anima actualmente no sólo al

liberalismo político en todo el mundo civilizado, sino también a las

masas de hombres y mujeres que no pueden decir a qué escuela pertenecen,

la respuesta sería que lo que guía, inspira y sostiene a la democracia

moderna, es la convicción del progreso ascendente en los destinos de la

humanidad, dice John Morley. Y es emocionante pensar cuán nueva es esta

convicción; a cuántas mentes privilegiadas fue desconocido éste que es

el más fortificante de todos los lugares comunes... La moderna creencia

en el progreso no figuró entre los ideales del siglo XVIII, aun tomando

por sus exponentes a Voltaire, Montesquieu y Diderot, y Rousseau

concebía la historia de la civilización como la de la caída del hombre".

Y lo que la ciencia divina no ha podido realizar en 18 siglos de ayunos,

penitencias, excomuniones, autos de fe, procesiones, rogativas,

peregrinaciones, exorcismos, misas y novenas: la disminución de la

perversidad humana, que era su principal objetivo, la ciencia humana lo

ha realizado en uno solo, haciendo adelantar más a la humanidad en los

últimos cien años que en los cien mil años anteriores.

Para adecentar la vida pública y la moral privada, v. gr., la sola

libertad de la prensa ha resultado más eficaz que las legiones de

censores, confesores, inquisidores y predicadores, que torturaban

disidentes y liberales mientras el papa Alejandro VI, su hijo el

cardenal César Borgia y su hija Lucrecia, daban a la Europa cristiana el

modelo de una perversidad y depravación que no han sido superadas.

Por lo menos quince siglos fueron consagrados íntegramente al estudio de

las cosas que sólo existían en la imaginación de los visionarios de

primera agua o de contagio, y desde el doctor en teología hasta el

labriego, nuestros antepasados, ignorando casi todas las cosas

necesarias a la salud en este mundo, o sabiéndolas al revés, tenían

conocimientos seguros, precisos y detallados sobre todas las cosas

necesarias a la salud en el otro mundo. Nada sabían de las ciencias y

las artes de la salud y la riqueza en la tierra, teniendo apenas

conocimientos rudimentarios de agricultura, pero eran eruditos en

milagros y reliquias, y profundamente versados en historias de santos,

de brujas, diablos, duendes, fantasmas y sucedidos maravillosos;

ignoraban casi toda la historia y la geografía de este mundo, pero

sabían perfectamente la historia y la geografía del otro, habiendo

llegado hasta determinar la ubicación, la capacidad, la extensión y la

población del cielo, el purgatorio y el infierno, y el nombre de los

ángeles, que lo tienen, dice Hubbard, "para que la lavandera no les

confunda la ropa".

La educación de los niños sin el castigo y la emulación, por la bondad y

la simpatía como medio de apartar a los hombres del mal por la provisión

de aptitudes para el bien, de decencia y aseo, de iniciativa, dignidad,

autocontrol y valor para el trabajo, el más importante de los

descubrimientos modernos, no fue ni siquiera sospechado, y sólo pudo

pensarse en el látigo y el azúcar con que se amansa a las bestias, para

amansar a los hombres; en la recompensa y el castigo, como únicos medios

posibles, aunque ineficaces para inducirlos al bien y alejarlos del mal,

en este mundo y en el otro. "La prisión, la tortura y la muerte

constituían una trinidad bajo cuya protección la sociedad podía sentirse

segura, dice el coronel Ingersoll... Hace algunos años solamente, que

más de 200 ofensas eran penables con la muerte, en la Gran Bretaña. La

horca fructificaba todo el año y el verdugo era el hombre más ocupado

del reino--pero los criminales aumentaban... porque no hay reforma en la

degradación: todo degradado por la sociedad se convierte en su enemigo

implacable".

Desde que los hombres creyeron en el cielo y el infierno, escapar al

infierno y ganar el cielo era la gran cuestión, y la infelicidad era el

medio porque estaba dicho que los últimos serían los primeros y los

primeros serían los últimos en el reino del Señor.

En la plena seguridad de ser, en definitiva, archipagados en dicha

futura de todas sus desdichas presentes, los creyentes sinceros no se

preocuparon de evitarlas sino de padecerlas adrede, como los pordioseros

que avivan constantemente sus lacras profesionales para sacar más dinero

a los transeúntes compasivos, y como el perro de la fábula, que cruzando

el río, vio reflejado en el agua y agrandado por la refracción el trozo

de carne que llevaba en el hocico, y, creyendo que eran dos, lo soltó

para agarrar el más grande; así el bienestar presente fue abandonado

para alcanzar la dicha eterna. Y la libertad, la justicia, el progreso,

el bienestar, las ciencias y las artes, todo lo que realmente vale, no

importó ya un bledo a la conciencia humana.

Y sólo después de 1.600 años consagrados a producir los héroes de la

otra vida, y los sabios del otro mundo, cuyas imágenes pueblan los

nichos de las iglesias, pudieron las naciones cristianas empezar a

producir, al fin, los sabios de este mundo y los héroes de esta vida,

cuyas estatuas se levantan en las plazas públicas para ofrecer nuevos

modelos de conducta a las nuevas generaciones.

Y del deseo y la esperanza del bien en este mundo surgió el instrumento

del bien en este mundo; el espíritu de progreso que viene embelleciendo

y alargando la existencia, sin despojarla de esa emancipación suprema

que es la muerte, y sin descorrer la cortina que oculta el más allá en

el insondable enigma que hace el encanto de la vida, según la expresión

de Holyoake, y que desaparecería desde el momento en que la jugásemos a

cartas vistas, como en efecto desaparece por completo para los

completamente convencidos de la existencia real de la dicha y la

desdicha eternas, que vegetan en la ermita o en el claustro esa

infecunda y monótona vida de atesoradores de dicha póstuma por

abstinencia de dichas presentes, sin hogar, sin familia, sin amor, sin

afecciones, y a medias para los convencidos a medias, que en la sociedad

viven un poco para este mundo y el resto para el otro.

"Usted me pregunta ¿cómo puedo ser feliz sin la esperanza de una vida

futura? El niño que no piensa nunca en una vida futura encuentra, no

obstante, los medios de ser feliz", dice Elisa Movory Bliven. Y los

desgraciados niños a quienes se obliga a pensar en el diablo, el

purgatorio y el infierno, tienen desde entonces y según la dosis del

veneno, más o menos malogradas sus alegrías del presente por sus

aprensiones y sus temores del más allá. "El peso de la muerte se alivia

a cada generación, a medida que sus formas violentas, y sus terrores

póstumos se atenúan, dice Maeterlinck. Lo que más tememos en ella es el

dolor que la acompaña o la enfermedad que la precede. Pero ya no es la

hora del juez irritado e incognoscible el objeto único y espantoso, el

abismo de tinieblas y de castigos eternos. Nuestra moral ¿es menos alta

y menos pura desde que es más desinteresada? ¿La humanidad ha perdido un

sentimiento indispensable o precioso perdiendo un temor?"

LA ESCUELA RELIGIOSA

Por el contrario, la humanidad ha ganado inmensamente desde que empezó a

convalecer del miedo al infierno que la hizo tan miserable, tan cruel,

tan dura y tan implacable en el pasado.

La proporcionalidad del castigo con la falta, por ejemplo, ha empezado a

ser desde el siglo último la regla en las leyes de la tierra, gracias al

abogado Beccaria, y en la actualidad las personas de sentimientos

morales refinados son ya capaces de comprender la monstruosa iniquidad

de los tormentos eternos que sancionaron los iluminados por el Espíritu

Santo para castigar en el otro mundo los errores de los hombres en éste.

La transformación de las razas en América · 第 3 / 11 段