El primer rompecabezas en que se estrellaron los primeros caviladores

ansiosos de saber misterios interrogando a la Esfinge, fue, sin duda, el

fenómeno siempre imponente y universal de la muerte. Y una vez asomados

al "agujero de sombra", y puestos a resolver el insoluble enigma, el

deseo de ser y la imposibilidad de pensarse no siendo, les llevaron

fatalmente a imaginarse una continuación ulterior de la vida.

Y aquí fue Troya, pues la emigración de los habitantes de las tumbas y

la invasión del mundo de los vivos por los muertos, que se enseñoreaban

de todas las cosas y de todas las gentes, esparciendo sobre los dominios

de la vida las fatídicas tinieblas del reino de la nada, empezó

entonces, y no ha concluido aún, sino para una feliz minoría de

afortunados que ha conseguido ya escapar a la incontrarrestable tiranía

de los potentados de la eternidad y a la abrumadora carga de sus

representantes en la actualidad.

El hombre también había sacado un mundo de la nada, mejor dicho, una

trinidad de mundos fantásticos, lamentablemente absurdos, inicuos,

atroces, con un desván o entresuelo complementario para los cretinos y

los recién nacidos: el mundo de los eternamente felices, el de los

temporalmente desgraciados y el de los eternamente felices, mundos de

muertos resucitados que se convierten en señores invisibles,

intangibles, ubicuos y omnipotentes para el bien y el mal de los vivos,

en dioses, semidioses, ángeles, demonios, penitentes y condenados en

reclusión o en ambulación.

Desde luego, los hombres que siguen viviendo después de muertos siguen

siendo capaces de hacer bienes y males--pues esto es la característica

de la vida--y estando ya fuera del alcance de los medios defensivos y

represivos, no quedaba más remedio inmediato que encerrarlos bajo la

tierra, clavados por el centro del pecho con una sólida estaca o

asegurados con una piedra pesada sobre la fosa, para que no pudieran

salir a molestar a los vivos con sus rencores insaciados o sus venganzas

pendientes, que fue el lejano origen de los mausoleos modernos, según

Grant Allen, o, finalmente, enterrarlos "en sagrado" y hartarlos de

responsos, misas, novenas y rosarios, para que el ánima del muerto no

salga en fantasma errante a penar por este mundo, hambrienta de

oraciones de sus deudos, amigos y conocidos, para conseguir indulgencias

en el otro.

Pero los que no eran enterrados quedaban sueltos, y todas las

precauciones posibles eran naturalmente ineficaces para sujetar a los

ultrapoderosos, que resucitaban _quand même_, y removiendo las losas

salían de su sepulcro, y subían al empíreo o descendían al infierno,

desde donde llegaban a ser más poderosos aún, y más caprichosos,

rencorosos y vengativos todavía. Y del temor póstumo a los fuertes,

supuestos coexistiendo con los débiles en una forma o manera aún más

irresistible y peligrosa para éstos, nació el culto de los dominadores

muertos, y el carácter sagrado de sus descendientes directos,

considerados naturalmente como intermediarios más eficaces para

suplicarles auxilio y favores en los trances difíciles.

Así el primer jefe hereditario en el grupo humano primitivo es al mismo

tiempo sacerdote y rey, y entra en su reinado póstumo con prestigios

dobles. Desde aquí arranca el derecho divino, que queda anexo a cada una

de las dos funciones, cuando más adelante se separan, por las exigencias

de la división del trabajo.

Y como estos dioses rudimentarios eran temidos en la proporción en que

habían sido poderosos y temibles en vida, los caudillos sobresalientes

deslucían a los comunes en la imaginación de los sobrevivientes, como el

sol a las estrellas durante el día, relegándolos a subdioses, y

magnificados aquéllos después por la leyenda, vinieron a ser dioses

locales o tribales, dioses nacionales más tarde, con el triunfo de su

tribu sobre otras tribus, dioses universales, finalmente, y por el mismo

proceso de abultamiento fantástico que en la antigüedad griega levantaba

la reputación de poder sobrenatural de una estatua particular de

Júpiter, de Venus o de Minerva, sobre todas las restantes, y que en la

actualidad católica y cismática destaca la reputación milagrosa de una

entre los millares de imágenes o de estatuas de la Virgen o de los

santos, sobre todas las de un país, como sucede con la de San Nicolás de

Rusia, o con la de Luján entre nosotros, o sobre la de todos los países

como ocurre con la de Lourdes en Francia.

Rudimentaria y confusa en los primeros engendros, esta segunda

existencia del hombre se define y precisa en la imaginación, con el

andar del tiempo y de la imaginación, hasta adquirir contornos

completamente definidos, y, en ciertos momentos de la historia, aun más

definidos y precisos que los de la vida real, aunque participando

siempre de sus caracteres, pues el ideal es una destilación de la

realidad en ficciones; el hombre no puede escapar de sí mismo, y cuando

ha concebido a Dios con los materiales al alcance de su fantasía,

resulta no haber hecho más que una transfiguración de sí mismo, una

personificación de fuerza, de poder, de voluntad, de inteligencia

sublimadas.

Así, poco a poco, vino organizándose la concepción de una voluntad

previa, como antecedente del mundo real y un mundo imaginario para la

vida imaginaria, con su correspondiente regidor y juez supremo, con su

corte celestial y sus gehennas y su portero perpetuo, y, poseídos de

incurable terror ante el factor universal de la vida y la muerte, de las

plagas, las pestes, los terremotos y las tempestades, los hacedores de

dioses no volvieron a tenerlas todas consigo, ni aun cuando discurrieron

apaciguarlos con sacrificios humanos en un principio, principalmente

primogénitos, niños inocentes y doncellas, y finalmente con el

sacrificio parcial de la circuncisión, sustituida entre los cristianos

por el bautismo; con sacrificios de animales más adelante, de

preferencia corderos, palomas y toros célibes; con sacrificios de dinero

y alhajas, en último resorte, como se estila ahora; ni aún

sacrificándolo él mismo a él mismo--el sacrificio máximo--esto es,

comiéndoselo en persona, desde luego, para tenerlo adentro en manera de

específico deificante y depurante de maldades y pecados, como lo

practican actualmente los ainos de la isla de Sakalín, cuyo Dios anual

es un oso cazado cachorro en el bosque, criado con golosinas, mimado y

venerado, y al fin muerto, descuartizado, distribuido y comido

solemnemente en la gran fiesta religiosa; comiéndoselo, más tarde, en la

persona de un vicario consagrado anualmente, como lo practicaban todavía

los mejicanos en la época del descubrimiento de América; y, finalmente,

en el canibalismo simbólico de la misa, según la forma copiada del culto

de Mitra, en el pan y el vino de la eucaristía transubstanciados por

ceremonias mágicas en la carne y la sangre del hijo de Dios sacrificado

a Dios--última expresión del cordero pascual y del inocente chivo

emisario, encargado de llevarse al desierto los pecados de los hombres

y expiarlos con sus propias penurias y tribulaciones.

Dos vidas distintas, en dos mundos diferentes, con sus respectivos

regidores, implicaban, naturalmente, dos despotismos sobre una sola

existencia, dos gobiernos simultáneos con sus correspondientes

jerarquías paralelas de funcionarios para velar por el cumplimiento de

las dos clases de obligaciones del súbdito simultáneo de Dios y el

Rey--el altar y el trono. Los obispos y los curas, como delegados del

reino de los cielos para dirigir las almas, atar y desatar desde aquí

para allá, para absolver y condenar, exigir contribuciones y

consumirlas, administrar la gracia y la ira divinas, imponiendo

penitencias y excomuniones o concediendo indulgencias; el príncipe y sus

lugartenientes y delegados para las mismas funciones en lo concerniente

a los asuntos de la tierra.

Las pirámides de Egipto son un testimonio en piedra de la magnitud de

las cargas reales que recayeron sobre las espaldas de los vivos por la

invención de la vida de los muertos, en una de sus millares de formas

diferentes.

Se sabe que en algunas regiones, en épocas remotas, los esclavos eran

enterrados vivos con el cadáver del amo, y que hasta el siglo pasado era

costumbre en la India quemar vivas a las viudas con el marido difunto,

pero, generalmente, se enterraba a los muertos con provisiones en

especies materiales para la vida ulterior, principalmente granos, que,

brotando más lozanos en la tierra removida y abonada por los detritos

del difunto, dieron origen a la agricultura, según la famosa teoría de

Grant Allen, y hoy se les entierra con provisiones en especies

espirituales, porque la vida eterna tenía que ser pensada, finalmente,

sin las circunstancias de la existencia real, o de lo contrario no podía

ser eterna. Por lo tanto, sin renovación de los materiales del

organismo, sin necesidad de comer, de dormir, de beber, de vestirse,

eternamente igual, sin nada en que pensar, sin nada que hacer--fuera de

bostezar a pasto--sin amor, sin odio, sin hijos, sin día y sin noche,

sin bien y sin mal, sin pensamiento y sin acción, vale decir, sin

conducta--la más aburrida especie de vida que haya sido posible

imaginar, o bien, con hambre y sed y sueño y odio y noche y calor o frío

inextinguibles, que es decir, la más absurda.

Desde que la vida imaginaria es ilimitada por construcción imaginaria,

la vida real, con sus dichas y desdichas transitorias, es nada más que

el prólogo o la introducción a la dicha o la desdicha perpetuas, de

donde resulta que "los muertos son los vivos y los vivos son los

muertos", según la expresión de A. France, o más bien, es un

trocatintas, pues los vivos pueden obrar en el otro mundo, sacando

ánimas del purgatorio, por ejemplo, y los muertos pueden hacer todas las

cosas de este mundo, hasta proporcionarles marido a "las hijas de María"

que se lo piden a San Expedito, cuando están apuradas.

Pero, desde que los grandes objetivos del hombre, intoxicado de

terrores y de esperanzas sobre la vida futura, vinieron a estar fuera de

este mundo, este mundo quedó fuera de la atención de los hombres, y por

ende, las leyes naturales, que han proporcionado los maravillosos

recursos de la civilización moderna, quedaron en la edad media fuera del

alcance del entendimiento humano, totalmente absorbido por la

preocupación angustiosa de las entidades y de las cosas sobrenaturales,

deslumbrado por el espejismo del otro mundo hasta dar la espalda a la

vida real y el frente a la vida imaginaria, por entender que la más alta

y noble ambición del hombre era la de "sentarse eternamente a la diestra

de Dios padre", después de muerto, con lo que resultaba estúpido,

degradante y vil todo anhelo de felicidad antes de morirse.

Y el mundo real, estigmatizado como uno de los cuatro enemigos del alma,

quedó ignorado hasta la aurora de los tiempos modernos mientras se

difundía la monomanía del más allá que hizo de la Europa medioeval una

simple variante de la China contemporánea, pues si en ésta el hombre

vive para los muertos, en aquélla el hombre vivía para después de

muerto.

LA PALABRA DE DIOS

En resumen, nuestro abolengo mental, destacándose paulatinamente de las

mescolanzas de cultos, mitologías y teogonías del remoto pasado, vino a

quedar del tenor siguiente:

Dios había hecho a los hombres para el cielo, pero de modo a que se

perdiesen en la tierra, y el diablo, agarrando la ocasión por los

cuernos, se los había ganado para el infierno. Entonces, para no

quedarse solo en el cielo, Dios bajó a la tierra, eligió entre todos un

pueblo para sí y le dictó sus condiciones, que fueron olvidadas, por lo

cual, más tarde, le envió con un hijo _ad hoc_ un segundo mensaje.

Los guardianes oficiales de la primera palabra de Dios desconocieron al

Dios hijo, portador de la segunda, lo apresaron, lo juzgaron; lo

condenaron y lo ejecutaron por contraventor a las leyes de Dios padre.

Pero otros la recogieron y edificaron sobre ella la Iglesia, la casa de

Dios hijo, frente a la sinagoga, la casa de Dios padre.

Dios había hablado a Moisés entre relámpagos y truenos, cuando no se

conocían aún los derechos del hombre y los deberes del padre, que tenía

hijos y esposas, esclavos, asnos, bueyes y cabras para explotarios,

matarlos o venderlos; había hablado como un patriarca judío, como el rey

del egoísmo, estableciendo, en primer término, la obligación de amarlo a

él sobre todas las cosas del mundo, que todavía deben ser abandonadas

por los que quieran servirlo en toda regla, la más gravosa de todas las

cargas que han pesado sobre la conciencia del hombre, el deber humano

que ha producido más palos, tormentos y matanzas, más lágrimas y

sufrimientos, más miseria y más imbecilidad consuetudinaria.

Y porque Dios había cometido la indiscreción de hablar, el hombre tuvo

que callarse a perpetuidad, o hablar sólo para repetir, como papagayo

sin plumas, la palabra divina, que vino a ser la túnica de Neso de la

inteligencia humana. Y treinta y dos generaciones de hombres

transcurrieron bajo la era cristiana en la miseria, la ignorancia y la

barbarie crónicas, profiriendo u oyendo solamente la palabra sagrada,

fulminada desde el púlpito, volcán de amenazas, en erupción perpetua de

castigos en este mundo y en el otro, para los pecadores y los infieles,

en fuente inagotable de terrores imaginarios para implantar en el

corazón de los elegidos para el cielo el horror a la vida irrenunciable

y el temor a la muerte inevitable.

Y condenado por la Iglesia con penas terribles en el otro mundo y por el

poder civil con penas atroces para los deudos en éste, el suicidio, que

ha sido en el lejano Japón, como lo fue en la antigua Roma, un límite al

sufrimiento y por ende a la crueldad humana, desapareció de las

costumbres europeas y llegando, entonces, el sufrimiento y la crueldad

consecutiva al máximum de su amplitud posible, quedó centuplicado de

golpe, por la sola invención complementaria de los instrumentos de

tortura, el poder de los déspotas temporales y espirituales sobre el

creyente puesto entre la espada y el infierno, y obligado a capitular

con todas las bajezas, humillaciones y penalidades antes que afrontar la

pavorosa eternidad.

Dios había pensado, y el pensamiento de Dios--_non plus ultra_, de

suyo--paralizó de golpe a la razón y al pensamiento humano, pues, en su

calidad de ser todopoderoso, Dios no estaba obligado a ser razonable, ni

justo, ni bueno, ni acertado, y como quiera que fuese, los hombres

estaban obligados a obedecerle ciegamente, so pena de condenación

eterna, como al papa, que tampoco tiene obligación de ser el más sabio

de los hombres y asimismo tiene el derecho de ser infalible.

La razón humana, así anulada para los fines de la vida humana, vino a

ser en el entendimiento del creyente lo que el apéndice en el intestino

del hombre civilizado: un órgano superfluo, puesto que no tenía función

propia.

Y vinieron entonces para la cristiandad aquellos oscuros y miserables

diez siglos de la edad media, en dieta rigurosa de pensamiento divino,

en los que la inteligencia humana no dio un solo paso adelante,

estancada en la parálisis mental de los musulmanes y por las mismas

circunstancias: todo estaba pensado, todo estaba resuelto, todo estaba

dicho, todo estaba escrito de antemano por los profetas y los apóstoles,

bajo el dictado o la inspiración de Dios mismo, y sancionado con penas

horrorosas.

Porque los teólogos de todas las variedades, quemaban vivos

respectivamente a los que pensaban de diferente modo que ellos, y Dios

era en la edad media el rey de los teólogos, esperando a las almas del

otro de la muerte para juzgar sus intenciones y pensamientos, y

precipitarlos en el fuego eterno, si diferían del suyo, pues aunque

Jesús mismo había dicho: "haz a los otros lo que quisiérais que te

hicieran a tí", esto no rezaba con él ni con su padre, ni con sus

teólogos por aquello de "en casa del herrero, cuchillo de palo".

EL CRIADOR Y SUS CRIATURAS

En todos los tiempos el servilismo de los gobernados ha sido

particularmente grato a los gobernantes y recompensado especialmente por

éstos, y en todos los tiempos se ha brindado a los potentados

imaginarios con el manjar más apetecido por los potentados reales.

La idea de erguirse ante los poderosos y humillarse ante los humildes,

que, haciendo al hombre gentil con las mujeres, blando con los niños y

duro con los bellacos, viene suprimiendo el látigo en las escuelas, las

cadenas en las prisiones y el garrote en los hogares, esta idea matriz

de la civilización contemporánea, derivada del principio de la igualdad

de todos los hombres, es un concepto nuevo de la personalidad,

procedente del derecho humano, en contraposición al derecho divino y

netamente expresado por Jaurés el 11 de Febrero de 1895, en la cámara de

diputados de Francia, en estos términos: "Si Dios apareciese delante de

la multitud en forma palpable, el primer deber del hombre sería

rehusarle obediencia, y considerarlo como un igual con quien las cosas

han de ser discutidas, no como un amo a quien debemos someternos".

Hasta la edad moderna, los fieles penetraban compungidos y contritos en

la casa de Dios para suplicarle de rodillas, confesando sus culpas,

besando el suelo y golpeándose el pecho. Algunas sectas protestantes,

poniendo asientos y suprimiendo genuflexiones, iniciaron la entrada de

la dignidad humana en el templo, cuatro siglos antes de que fuese

abandonada en España y en América la obligación tradicional y cotidiana

del hijo, de pedir la bendición al padre con las manos en súplica y de

rodillas en el suelo.

En algunas secciones rezagadas de esta América, todavía, cuando llevan a

Dios con campanillas por las calles, para vendérselo a algún moribundo,

los transeúntes y los vecinos, se prosternan de rodillas, como los

súbditos de los potentados orientales al paso de su respectivo déspota.

En la época en que florecieron los primeros teólogos cristianos, el más

abyecto servilismo, el servilismo oriental refinado por los sutiles

griegos de la decadencia, estaba de moda en el mundo, que levantaba

templos a los emperadores reinantes para rendirles culto, y para

endiosar a Dios en las formas del tiempo, los cristianos llevaron el

ceremonial del miedo a su señor celestial hasta los últimos límites de

lo posible, hasta los últimos extremos de lo repugnante y de lo absurdo,

como si Dios hubiera "hecho a los hombres a su imagen" para que fueran

su antítesis; pera sacrificarlos en holocausto a sí mismo como Saturno a

sus hijos; para degradarlos, levantando con su omnipotencia caprichosa

más alto en la segunda vida a los que de "motu proprio" hubiesen caído

más bajo y más sucio en la primera; como si los hombres hubiesen

recibido en la existencia la carta del negro, no para que la

disfrutasen, sino para que la padecieran como una sentencia de oprobio,

por "el delito de haber nacido del pecado original".

Y a fuerza de achatarse y deprimirse para agrandar a Dios, los hombres

se redujeron a cero, los comunes a cero a la izquierda, los "ungidos del

Señor" a cero a la derecha del todopoderoso "fuente única de todo poder

y de toda autoridad en el cielo y en la tierra", sólo accesibles a sus

criaturas por la magia religiosa y por mediación de su Iglesia, que,

trayendo así su razón de ser y de valer de la profesada omnipotencia de

Dios y de la obsecuente impotencia del hombre, quedaba fatalmente

necesitada de mantener esas condiciones de su existencia para subsistir:

la superstición, la credulidad y la ignorancia, que son los tres

componentes principales de la pobreza de espíritu, y predestinada a

decaer desde el momento y en la medida en que sus pupilos encontrasen

otras fuentes de poder y de valer diferentes de la suya y más eficaces

que la suya, como es precisamente el caso de la ciencia y la

civilización laicas, que, apenas surgidas, han levantado de improviso la

capacidad natural del hombre para superar las dificultades de la vida,

por medios derivados de la inteligencia humana, y reducido la fe en el

poder de los muertos para ayudar a los vivos, a la mitad, la tercera o

la décima parte de lo que fue.

En el apogeo de su letal influencia sobre el espíritu humano, la

doctrina del achatamiento de los vivos para el engrandecimiento de los

muertos, aminoró tan considerablemente la capacidad del cristiano para

el pensamiento y la acción en este mundo, que los árabes y los turcos,

salidos de sus estériles desiertos a impulso de un nuevo y fresco

fanatismo sobre otra astilla del mismo tronco, entraron en la

cristiandad como tropilla de lobos en rebaño de carneros, y la coparon

desde el Asia Menor, el Egipto y el África Septentrional hasta más

adentro de los Pirineos, el Austria y la Polonia, donde fueron detenidos

por un resto de energía humana, salvado de la inundación de

providencialismo en aquellas poblaciones del noroeste, que tenían en el

culto aborigen de la virilidad individual sobre la fe en sí mismos, la

levadura del espíritu práctico, del que retoñaron, más tarde, los

ingredientes del _self government_, el _self help_ y el _self control_,

primeros brotes de capacidad humana para la vida humana por iniciativa

humana, que hicieron pasar a la Holanda y la Inglaterra en el siglo XVII

el imperio del mundo que fue en el XVI de la España, doblemente entecada

por los ocho siglos de fatalismo musulmán y católico a la vez, sobre la

fe en el auxilio de Jesús y de Mahoma y los cuatro subsiguientes de

fatalismo católico puro, sobre la confianza en el auxilio de la virgen y

de los santos tutelares.

EL ALFARERO Y LOS CANTAROS

"La teología cristiana, en sus principales caracteres, fue desenvuelta

durante el período más calamitoso que haya atravesado la especie humana

en los tiempos históricos, dice Cotter Morison en su magistral _Service

of Man_. La decadencia y caída del imperio romano sigue siendo la más

grande catástrofe conocida; la muerte paulatina del antiguo mundo

dilatada por cinco siglos. Todo mal afligió a la humanidad en aquel

terrible tiempo: poder arbitrario, el más cruel y exento de

remordimientos; un fisco triturante, que al fin exterminó la riqueza;

pestilencias, que llegaron a ser endémicas y despoblaron provincias

enteras, y, para coronarlo todo, una serie de invasiones de hordas

bárbaras que pasaron sobre los países como un fuego devorador. Fue en

esta edad que los fundamentos de la teología cristiana fueron

asentados--la teología de los concilios y de los padres.--La concepción

de Dios, de su relación y manejos con el mundo, fue desenvuelta en una

sociedad que gemía bajo una opresión, miseria y aflicciones sin ejemplo.

No hay necesidad de decirlo, fue una edad de grande y casi mórbida

crueldad: los juegos del circo fueron una constante disciplina de

pasiones inhumanas...

La transformación de las razas en América · 第 2 / 11 段