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"LA CULTURA ARGENTINA"
AGUSTÍN ÁLVAREZ
LA TRANSFORMACIÓN DE LAS RAZAS EN AMÉRICA
Con una introducción de
ARTURO E. DE LA MOTA
ADMINISTRACIÓN GENERAL:
CASA VACCARO, Av. de Mayo 638--Buenos Airas
1918
ÍNDICE
Agustín Álvarez
Advertencia de la presente edición
Introducción
La evolución del espíritu humano
La madre de los borregos
El mensaje de la esfinge
La palabra de dios
El criador y sus criaturas
El alfarero y los cantaros
La fe y la razon
El pasado y el presente
La escuela religiosa
La revelación y la evolución
Las últimas auroras
El pasado y el futuro
Dios medioeval y dios moderno
La sociedad presente y la futura
El porvenir
Las ideas capitales de la civilización en el momento que pasa
La vida y el bienestar
La vida y la salud (el costo de las velas)
La religión y la ciencia
Instituciones libres
Instituciones libres
Evolución intelectual de las sociedades
Sumario:
La barbarie.
--Cómo se realiza el progreso.
--Las civilizaciones antiguas.
--Las civilizaciones medioevales.
--La civilización moderna.
--Evolución de la moral.
El diablo en América
AGUSTÍN ÁLVAREZ
Nació en la ciudad de Mendoza el 15 de Julio de 1857. Huérfano desde la
primera edad, fue un "self made man"; si llegó a conquistar fama y
rango, no fue tan sólo por su talento original y su vasta ilustración,
sino también por sus ejemplares virtudes públicas y privadas.
Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de Mendoza; allí
encabezó una revuelta estudiantil para obtener reformas de la enseñanza
y cambios en las autoridades docentes. En 1876 se trasladó a Buenos
Aires, ingresando al Colegio Militar; en 1883 emprendió estudios
universitarios, graduándose en Derecho en 1888. Fue Juez en lo civil, en
Mendoza (1889-1890) y Diputado por esa provincia al Congreso Nacional
(1892-1896). Su doble competencia militar y forense lo llevó al cargo de
vocal letrado del Consejo Supremo de Guerra y Marina (1896-1906).
Durante los últimos quince años de su vida fue un apóstol de la
educación científica y moral, ocupando cátedras en las Universidades de
Buenos Aires y La Plata; de ésta última fue vicepresidente fundador y
canciller vitalicio.
Su carrera de escritor, iniciada en la prensa, en 1882, le llevó a
especializarse en estudios de educación, sociología y moral. Son sus
obras principales: "South América" (1894), "Manual de Patología
Política" (1899), "Educación Moral" (1901), "¿Adonde vamos?" (1904), "La
transformación de las razas en América" (1908), "Historia de las
Instituciones Libres" (1909), "La Creación del Mundo Moral" (1912), y
numerosos folletos y escritos sobre los problemas políticos,
sociológicos y éticos que constituyeron la constante preocupación de su
edad madura.
La democracia en lo político, el liberalismo en lo moral, el laicismo en
lo pedagógico y la justicia en lo social, fueron los cimientos
cardinales de su vasta obra de apóstol y de pensador, orientada en el
sentido educacional de Sarmiento y eticista de Emerson.
Su virtud y su sencillez fueron tan grandes como su consagración al
estudio y a la enseñanza; fue, siempre, un varón justo.
Falleció en Mar del Plata el 15 de Febrero de 1914.
ADVERTENCIA DE LA PRESENTE EDICIÓN
El libro editado en 1908 con el título _La transformación de las razas
en América_ constaba de 33 títulos. Los primeros 14 forman parte de la
conferencia titulada _La Evolución del espíritu humano_; los 19
restantes están incluidos en el volumen _¿A dónde vamos?_
En la presente edición se conservan los primeros 14, con su título de
conjunto y se agregan los trabajos similares: _Las ideas capitales de la
civilización en el momento que pasa_, _Instituciones libres_, _Evolución
intelectual de las sociedades_ y _El diablo en América_.
INTRODUCCIÓN
"En la América del Norte se aprendió a trabajar y a gobernar; en la
América del Sur se aprendió a rezar y obedecer".--"La herencia
moral de los pueblos hispanoamericanos". (Rev. de Filosofía, año 1,
N.º 3). _Agustín Álvarez_.
I.--ÁLVAREZ Y LA HORA ACTUAL
Nunca será más oportuno e interesante estudiar a Agustín Álvarez que en
la hora actual, tanto por lo que el hombre, la vida y su obra comportan
de halagüeño y significativo como para enfrentarlo con la incertidumbre
y regresión del momento. Vientos de reacción soplan por todas partes;
luctuosos tiempos los que corren y más luctuosos, acaso, los que se
avecinan. Reacción criollista y religiosa a la vez. El pasado bárbaro
vuelve a la escena con sus violencias primarias, su "culto nacional del
coraje". El dogma pujando por ahogar la libertad y el libre examen. El
amo esforzándose por anular la crítica y la fiscalización. En suma, las
dos fórmulas fatales: reacción política y reacción religiosa. Estado
social peligroso, formas funestas a los pueblos nuevos que han menester
savia joven e ideales nuevos.
Y no es alarmismo de pesimista el nuestro: miramos los fenómenos
sociales objetivamente, poniendo sordina a la pasión y al entusiasmo.
Según la afirmación de un escritor humorista, hábil juglar de paradojas,
"todo se había mestizado en el país: el comercio, el trabajo, la
agricultura, las vacas, los caballos, los carneros; lo único que se
mantenía criollo puro era la política. Y es lo único que no anda
bien"[1]. Acaso la única verdad de todo un libro. Esa es la política que
persiste, que triunfa; puramente empírica y sentimental, personalista.
Ni económica, ni social, ni científica. De palabras sonoras, de gestos
teatrales, de declamaciones histriónicas, sin una idea económica, sin
principio filosófico o propósito social que la determine. Es la vieja
política que vuelve--o más bien, que continúa--a pesar del cambio de
unos hombres por otros, y de las declamaciones prosopopéyicas de los
palaciegos en el Capitolio: es decir, la política de Tartufo, que ya
encontrara aquí _Luz del Día_ en su peregrinación por América, cuando,
cansada de vivir en Europa, hizo su viaje de incógnito por estas tierras
según la sabrosa creación alberdiana. Es que el señor Tartufo es un
viejo conocido nuestro. Para Alberdi era un personaje familiar. Miral
cómo retrata al tipo ideal de su mandatario, con condiciones también
ideales: "Debe tener en apariencia--dice--todas las aptitudes del
mando, pero en realidad debe carecer de todas, porque si una sola le
acompaña, eso será lo bastante para que nunca llegue al poder; con el
exterior de un gobernante nato, debe ser más gobernable que un esclavo;
debe ser un timón con el aire de un timonero; una máquina con figura de
maquinista, un carnero con piel de león, un conejo con el cuero de una
hiena, un bribón consumado con el aire grave del honor hecho hombre.
Debe ser un mentiroso de nacimiento y al mismo tiempo el flajelo de los
mentirosos para darse el aire de odiar a la mentira. El carácter es un
escollo y el vicio de decir la verdad es otro. El que ama el poder y
aspira tenerlo, debe dejarse mutilar la mano antes que abrirla, si está
llena de verdades: verdad y poder son antítesis. Debe tener el talento
de ocultar la verdad por la palabra y la prensa. La frase gobierna al
mundo a condición de ser vacía, porque la frase, como la tambora, hace
más ruido a medida que es más hueca"[2].
Esta página admirable del eminente hombre público parece escrita para
nuestra época. La tierra fantástica de su _Quijotania_, que no es sino
ésta que nosotras conocemos, fue siempre y sigue siendo aún, propicia a
los tartufos que hasta se han puesto del lado del pueblo soberano...
"Ilusos o criminales--dice un respetable escritor--gracos o dulcamaras,
su brillante fraseología sólo sirve para engañar a los crédulos y
arrastrarlos a la perdición. ¡Qué cuadro doloroso el de estas naciones
corroídas en que una fachada opulenta esconde un edificio en ruinas y en
que el aparato de la civilización sólo sirve de máscara a la decrepitud
y los vicios de la decadencia!"[3].
La regresión de esta hora histórica es innegable. Es un estado de plena
patología política. Hechos hay a granel que abonan la seriedad de este
aserto; bastará auscultar serenamente el ambiente social para
percibirlo. Es "el tinglado de la antigua farsa" que dijera Benavente.
Mas no es caso de lamentarse ni temblar: recojamos el ánimo y vayamos
hacia Agustín Álvarez. Estudiémoslo y meditemos su obra de múltiples
proyecciones sociales, fecunda y sobria en enseñanzas, que, en la recia
urdimbre de su pensamiento, robusteceremos nuestro espíritu, en su vida
austera hallaremos un modelo que imitar y en la cosecha del sembrador
encontraremos la buena semilla--todavía infecunda--para esparcirla a
todos los vientos, en la seguridad de que contribuiremos al mejoramiento
moral, social y político de este pedazo de suelo en que nos toca actuar
y vivir.
II.--EL HOMBRE Y LA OBRA
Por mi parte tengo que confesar con rubor no haber conocido a Álvarez,
sino algo después de los veinte años, vale decir, en su obra de
pensador, de moralista, de sociólogo, de educador, que lo fue en el más
alto concepto del vocablo. Su vasta, compleja e inusitada labor
esparcida en numerosos volúmenes, de filosofía, de educación, de
política y de sociología, escritos con ese sello tan característico, tan
suyo, que lo hace inconfundible entre mil.
No he conocido antes a Álvarez. Por otra parte no estoy seguro de que
hubiera comprendido en toda su intensidad e intención el valor de sus
escritos y obras, en la primera juventud en que gustamos más de la frase
que suena, de la cláusula armónica al oído, que de su contenido o
sustancia. Y no es mía la culpa; en mi lejana ciudad natal el maestro
era un desconocido y seguirá siéndolo quién sabe por cuanto tiempo. Allí
donde, según el decir suyo, tan exacto como mortificante, se gasta más
sebo y cera para fabricar velas que jabón para la higiene, claro está
que Álvarez y sus ideas no podían llegar sino de contrabando. El medio
es francamente hostil a ellas. Se lo ignora como se lo ignora a
Ameghino: sólo se los conoce de nombre. Apenas si Darwin y Comte tienen
uno que otro discípulo infiel. ¿Y cómo iba a escucharse la voz del
maestro laico, del filósofo de la libertad, del crítico agudo y mordaz
de nuestra patología política y social si aquellas sociedades
provincianas son un exponente del pasado hispano-colonial con todos sus
prejuicios y rutinas? ¿Podría oírse la voz de Álvarez, su crítica recia
y fuerte a todos los dogmas religiosos donde el espíritu manso y
serenamente episcopal del padre Esquiú preside la vida de las gentes
todavía con sus sermones en olor de santidad?
No podía percibirse, pues, su pensamiento entre el ruido ensordecedor de
las campanas echadas a vuelo diariamente, para mejor gloria del Señor,
el canto de los beaterios y la mendicante pobreza mental del pueblo.
Compréndese fácilmente que en los pueblos de provincias, donde el
fanatismo toma formas tan raras y en donde, pudiéramos afirmar sin
exageración, sólo se aprende a rezar y a despreciar el trabajo manual,
un pensador de su estirpe y de la fuerte contextura de su crítica fuese
sistemáticamente excluido. Así este virtuoso del pensamiento es casi un
extraño; sólo comienza hoy a conocérselo. Por otra parte, la prensa
gaucha y mercachifle, que tiene para el tartufo el aplauso suelto y
fácil, tuvo para él su silencio de guerra. Y se comprende bien.
El político criollo no podía ir a buscar a sus obras una frase
pertinente para ornamentar su discurso con la cita indispensable, porque
él lo tenía catalogado en un "Manual de patología". El abogado, más o
menos leguleyo y enredista, el procurador ave negra, en fin, la serie
interminable de los que cayeron bajo la agudeza mortificante de su pluma
y toda esa legión enorme de gente "buena" con que nos encontramos
diariamente, que vive tributando culto a los prejuicios más groseros y
ridículos, no podía ser amiga de Álvarez, y hoy han de prendérsele a su
nombre y a sus obras con mal disimulada saña.
Cosas, hombres, costumbres, hábitos, rutinas, prejuicios, taras
hereditarias, sedimentos sociales, todo lo enfoca bajo el haz luminoso
de su linterna este espíritu ansioso de saber y de bien.
Hurga, remueve, corta lo enfermo, lo malo, con su bisturí implacable.
Todo cae bajo la disección y el análisis. Al par del diagnóstico de la
enfermedad expresará el remedio para la cura, aunque sea el cauterio
aquí o la amputación allí.
Su humorismo provinciano se desata en el sarcasmo, en la ligera y apenas
perceptible sonrisa burlona--que me la imagino distendiendo
constantemente la comisura de sus labios--; en la crítica mordaz y fina
de los sectarismos sociales, de los órganos petrificados que pugnan por
abatir el espíritu de observación y experimentación del positivismo
científico, sin verdades reveladas ni verdades inmutables; teniendo
siempre la frase adecuada, la cita oportuna, el decir cáustico para
todas estas cosas tan feas y tan nuestras.
* * *
Pero lo que más hace resaltar el valor de su obra con acentuados
relieves, es que toda ella, como él mismo, fue el producto del esfuerzo
propio. Muchacho huérfano, conoció tempranamente el dolor de la vida, es
decir, tuvo que ser prematuramente hombre; mas eso no apagará la sed de
perfección de su espíritu, el ansia fervorosa de saber, ni amainará el
temperamento brioso y decidido. Vino a Buenos Aires, la suspirada
Buenos Aires, ciudad deslumbradora y áurea, escenario indispensable a
todas las consagraciones, no sin antes haber dado pruebas de su carácter
enérgico encabezando una revuelta estudiantil en el colegio nacional de
Mendoza, donde cursó estudios secundarios.
Así, pues, sin oro en las talegas, pero con un gran valor para la lucha,
llegó a Cosmópolis, a luchar brazo a brazo con la vida. Se formó solo en
el estudio y el trabajo, sin directores mentales, sin guías, sin tutores
de su inteligencia--la peor calamidad--siguiendo sus vocaciones unas
veces, impulsado por las necesidades otras, hasta encontrar la
definitiva orientación de su espíritu, a más de la mitad de su
existencia, siguiendo luego por ese camino de progreso hasta su muerte.
Esta condición de ser el producto de su trabajo, de no deber nada de sus
prestigios y de sus méritos conquistados a nadie, será más tarde motivo
de su orgullo, un orgullo legítimo, por cierto, que él expresará
repetidas veces al decir de sus biógrafos en pertinente y expresivo
idioma inglés: "self made man".
La vocación de los grandes caracteres suele ser el apostolado de una
idea--ha dicho un escritor contemporáneo[4], a propósito de nuestro
dilecto pensador--y Álvarez tenía todas las características del apóstol:
la fe inquebrantable que lo hace persistir en su lucha tenaz en un
ambiente hostil, puesta la mirada visionaria hacia un ideal
humanitario, de perfección social, de vida bella y mejor para todos por
la difusión cultural, pues entendía que la educación forma una segunda
naturaleza, creyendo "poder cambiar, por medio de la escuela, un pueblo
de bellacos en un pueblo de gentes de bien y una tierra de miserias y
maldiciones, en tierra de prosperidades y bendiciones"[5]. Esa es la
calurosa pasión que se descubre a través de su crítica social en sus
múltiples facetas, aunque ella se dirija más a la razón que al
sentimiento, prefiera el cerebro al corazón y busque la reflexión serena
más que la efectividad fácilmente impresionable. Por último, esa
sencillez en el escritor, despreocupación en el hombre, proverbialmente
suya, que consiste en el olvido de la propia persona para consagrarse a
los otros, al culto de una idea o ideal que suele ser siempre una
obsesión constante en los predestinados.
El hombre, su vida entera, su espíritu templado en la adversidad y los
reveses, se refleja en su obra de escritor; tan clara, tan nítida es la
imagen, que nunca es más exacto aquello del estilo y el hombre. "Y tanto
se refleja en el libro la personalidad de su autor--dice Alicia
Moreau--que al leerlo parece que surgiera de entre las páginas aquella
su original silueta, sencilla y modesta sin afectación, el gesto sobrio
y ameno, la mirada serena, la sonrisa de bondad finamente matizada de
ironía; el autor está en su obra tanto como la obra en su autor, pues
nunca un hombre fue más autorizado para hablar de moral a sus
prójimos"[6].
En vano buscaríamos en Agustín Álvarez esa unidad, esa consecuencia
espiritual, que tienen a menudo otros escritores y pensadores, entre su
juventud y la plena madurez. No existió en él. La vida lo obligó como a
tantos otros a seguir orientaciones, que acaso no fueran las predilectas
a su temperamento, y así lo vemos cambiar a menudo de rumbos. Múltiples
actividades distraen y preocupan su existencia. Militar primero--y esto
es lo más asombroso tratándose de Álvarez,--abogado, periodista, juez,
escritor, diputado, profesor universitario después.
Pero no será perdido en vano el tiempo transcurrido en los diversos
campos de su actividad; irá acumulando datos, notas diversas,
amontonando observaciones, haciendo aprendizaje en la naturaleza de los
hombres y las cosas, en las costumbres y hábitos; palpando errores,
deformaciones, vicios ancestrales, acaso siempre con esa sonrisa de
hombre bueno, "matizada de ironía", que le servirán para su ulterior
labor crítica y consultiva de escritor costumbrista y de filósofo
moralista. Eso mismo lo hará abominar de todo el pasado
hispano-colonial, sintiendo por él un santo horror, a igual de otros
grandes pensadores nuestros: Sarmiento y Alberdi; pasado que ha moldeado
ese tipo de individuos y de sociedades, resignados hasta el fatalismo,
supersticiosos, fanáticos y perezosos, como una consecuencia del pésimo
régimen político, del feudalismo de la tierra unido al detestable
régimen económico y, sobre todo, como un producto de la morfina
absorbida por siglos de cristianismo que en su afán de cultivar el alma
para la otra vida ha descuidado ésta "flaca vida terrenal", formando así
sociedades reacias a la higiene, a la cultura y al trabajo, poco aptas
para la civilización y el progreso técnico. Con su moral de
renunciamiento, de dolor y amargura, depresiva de la personalidad, que
él combatirá tenazmente sabiendo cuán hondas son sus raíces y cuán
esparcidas están, como fervoroso de la ciencia que era, sin ser
propiamente un hombre de ciencia. Por eso procurará trazar las bases de
un nuevo mundo moral, fundamentado en el culto de la vida, de la belleza
y de la libertad interna y externa, mediante la educación del individuo
en la virtud y libertad que da la sabiduría. Por eso también será un
europeísta, coincidiendo en esto, como en su pasión por la educación
popular, otra vez con Sarmiento, pues sobre todo era un apasionado del
tipo anglo-sajón. Se esforzará por mejorar el individuo trabajando en la
levadura criolla, según el modelo del norte, entendiendo así mejorar la
colectividad. Lleno de un sano optimismo, confiaba en el futuro,
labrando la dura argamasa sin temor de romperse las manos.
Trabajaba para el porvenir, generoso y desinteresado, confiando en él,
entendiendo que "todos los ideales del presente pueden ser realizados
en el porvenir como están excedidos en el presente todos los sueños del
pasado".
* * *
No hacemos aquí un estudio crítico. Esbozamos simplemente, sin mayor
pretensión, la obra junto al hombre. Eticista a la manera de
Emerson,--con quien se le ha encontrado tanto parecido--aunque no es tan
exacta la semejanza, será el Emerson del sur, más propiamente, el
Emerson argentino.
Su obra seria de escritor no comienza hasta los treinta y siete años de
su vida, con "South America", seguido de otros volúmenes que guardan una
acentuada unidad de tendencias; "Manual de patología política", que será
llamado primero "Manual de imbecilidades argentinas", cambiando más
tarde el nombre y el contenido con algunos agregados; irán apareciendo
luego otros libros más: "Ensayo sobre Educación", ¿A dónde vamos?";
hasta rematar, sereno y profundo el escritor, con "Transformación de las
razas en América", "Historia de las instituciones libres" y "La creación
del mundo moral".
Por la virtuosidad de sus ideales y la austeridad de su vida de varón
tranquilo y fuerte que "iba armado con aquel invulnerable escudo de la
bondad y de la justicia que permitía a M. Bergeret recoger la piedra que
una multitud enfurecida le arrojaba porque se había atrevido a decir la
verdad y murmurar sonriente: es un argumento cuadrangular", podemos
considerarlo como el tipo ideal del ciudadano--que dijera de Alberdi,
Jaurés,--en la más honrosa expresión del término y maestro del pueblo
también, ya que no pasó su vida como tantos escritores de
serrallo--lejos de la vida colectiva y de su época--tejiendo filigranas
y arabescos, sino que dedicola en sus últimos y laboriosos años a
instruir al pueblo y la juventud, desde la cátedra, con libros,
folletos, conferencias públicas, para libertarlo de los dogmas
religiosos y de prejuicios y rutinas de toda índole, después de haberse
libertado a sí mismo por la sabiduría; y porque es un alto exponente de
energía, de labor, de esfuerzo propio, es digno de presentarse como un
modelo, a los jóvenes y a los hombres de trabajo que luchan en la
pobreza por mejorarse día a día, llevando prendido al alma un sano y
noble ideal.
III.--EL ESCRITOR
Tenía el estilo sencillo, fácil y claro sin la rebuscada erudición de
los que quieren deslumbrar más que enseñar. Ello no significa que no
hubiera erudición en sus libros: la hay, y de buena ley, pues que era un
infatigable estudioso, un apasionado de la ciencia, gustando a menudo
fundamentar en ella sus aseveraciones. Ni aparatoso, ni solemne, a pesar
de estar llenos sus libros de sanas y saludables máximas morales que
trasuntaban su anhelo de justicia y de bien, preocupación constante de
su vida de escritor.
A veces tórnase picaresco, malicioso, agudo, para zaherir el vicio, el
prejuicio o la rutina. Es siempre pintoresco, bueno, lleno de sana
alegría, como si se hubiera propuesto curar la melancolía ingénita de
nuestro pueblo, imbuido de tristeza romántica.
Dijérase que la forma le preocupaba bien poco. Llenos están sus libros
de desaliño--sobre todo los primeros, en que hasta la gramática se
resiente--en un cierto agradable desgaire. Álvarez no es un estilista.
Podríase afirmar--como se dijo de Sarmiento--que escribe en mangas de
camisa. No importa que la palabra no suene bien, que la frase sea un
lugar común, con tal que aquélla o ésta expresen con exactitud el
concepto y se comprenda bien su significado.
No hará literatura vana de hojarasca y ampulosidad; no escribirá ni una
página en que haya el rebuscamiento alambicado de la locución, el
refinamiento esmerado de la forma, que degenera a menudo en un
verbalismo odioso, en que tanta gente de letras malgasta su tiempo. No
hará jamás ni una filigrana, ni un arabesco. A él le interesan las
ideas, los conceptos como expresión de verdades. Irá al fondo del
problema o la cuestión, y lo tratará con claridad y conocimiento. Sin
que ello importe que no guste de la belleza, como que campean en sus
libros imágenes hermosas como novias garridas y apuestas, pues que no
desdeña unir a la línea severa de la idea la curva elegante y armoniosa
del arte.
Pero siempre familiar e irónico. Esta última condición le viene de su
fuerte cepa nativa; es la socarronería del criollo que el hombre culto
ha perfeccionado y pulido.
Se le ha criticado, y con razón, que no tenía el dominio de la síntesis
artística de la prosa. Se repite a cada momento; da vueltas y rodeos
sobre un mismo tema. En tal sentido puede decirse que escribió muchas
páginas inútiles; pero no es esto aceptar aquella imputación de mal
gusto e inoportunidad que le echaron al rostro por haber dado demasiada
importancia a la cuestión religiosa. Ella la tiene, sin duda, para
preocupar a escritores y pensadores, y Álvarez estuvo en lo cierto; ya
nos ocuparemos luego de ello.
Hay algo, sobre todo en el escritor y en el hombre, que lo hacen
inconfundible, único: es su valentía moral. Conocer la verdad, es ya,
por cierto, un mérito. Decirla sin reticencias ni eufemismos es de suyo
admirable. Pero vivirla, uniendo la idea al hecho, la teoría a la
práctica, la prédica a la acción es, a no dudarlo, una heroicidad.
Exponer sus prestigios, sus méritos, su porvenir entero es el heroísmo
moderno más alto y más noble.
Tocole vivir una época de bizantinismo desenfrenado, en que la
corrupción lo invadía todo y los valores morales se cotizaban en moneda
nacional. Un pueblo de caballeros en que no abundaba la hombría de bien,
es decir, un pueblo de respetables ladrones. El ditirambo, el
panegírico, la sumisión incondicional al potentado fue un medio de
alcanzar posiciones, de conquistar rangos y de labrar fortuna. Su
espíritu selecto chocó con el sensualismo ambiente de pillos y vividores
y lo marcó con su pluma de fuego.
Por ser el "arquetipo del sentido común o medianía intelectual"--se ha
insinuado por allí--"pudo sostener con su vida, el ejemplo de las
teorías caras a su estrecha visión". Acúsasele pues, de carencia de
amplitud de espíritu, de falta de comprensión. Contestaremos con estas
sabrosas líneas de don Miguel de Unamuno:
"Y me moriré repitiendo que la falta de austeridad no es sino falta de
inteligencia y que no es sino tontería, pura tontería, tontería de
remate lo que atrae a esa gentuza del buen tono a los centros del lujo y
del vicio. No siendo el vicio de pensar todos los demás arrancan de
deficiencias mentales. Y claro está que no llamo vicio a las pasiones, a
las fuertes pasiones, a las pasiones trágicas. Llamo vicio a la vaciedad
de los espíritus que se tienen por refinados"[7].
* * *
Álvarez fue ante todo y sobre todo un autodidacta. Como todo estudioso
tenía por costumbre--dice uno de sus biógrafos--hacer acotaciones
marginales a las obras leídas, subrayando los párrafos que le
interesaban y anotando en las primeras hojas del libro leído el número
de las que servirán a sus ulteriores consultas. Además, valíase de
cuadernos en que hacía extractos, notas, agrupaba observaciones, prontas
para ser utilizadas en sus escritos. Quedan todavía muchos de ellos sin
haber llenado su objeto--según confesión de un vástago de aquella noble
cepa tutora--a causa de la muerte prematura.
Su obra se reciente de método. El trajín de la lucha cotidiana le
impidió el reposo y la serenidad, tan necesarias a las especulaciones
del espíritu.
Su paso por la vida militar, por el periodismo, por los tribunales, ya
como abogado o magistrado, su incursión por el campo de la política, su
dedicación a la labor educacional como profesor de la enseñanza militar,
secundaria y universitaria; su actuación como miembro de numerosas
instituciones científicas o culturales, o ya en numerosos congresos
científicos de diversa índole, nacionales o internacionales; su
actuación de funcionario de la nación o provincia; todo ello le impidió
hacer su obra metódica y serenamente, en la especialización. Así en ese
afanoso bregar diario por todos los senderos fue construyendo con
admirable persistencia y energía no común. ¡Asombra el imaginar lo que
hubiera dado este cerebro bellamente constituido si la fortuna le
hubiese sido propicia y hubiera podido dedicarse por completo al
estudio, sin las preocupaciones materiales que son como el grillete para
el intelectual!
Caracteriza singularmente sus primeros libros la copiosidad en las
citas. Sus enormes lecturas enciclopédicas las va volcando allí; junto
a la observación personal de hombres, hechos y cosas que el espectador
diestro descubre al solo golpe de vista, irá la cláusula pertinente del
autor nacional o extranjero con quien hermana o coincide, acompañada de
una sabrosa acotación suya. O bien será la anécdota, el cuento, el hecho
histórico, el proverbio criollo traído a cuenta para satirizarlo y
deducir sus consecuencias lógicas. Así han sido escritos sus primeros
libros, sobre todo "South America", "Manual de patología política" y
"Ensayo sobre Educación".
IV.--LA CUESTIÓN RELIGIOSA
La cuestión religiosa ha preocupado constantemente a Álvarez. Estuvo
repicando con sin igual persistencia sobre ello; exhortando a sus
conciudadanos al estudio de la ciencia, que ponía frente a frente del
precepto religioso. Fue "un San Pablo del liberalismo", ha dicho Joaquín
V. González con sobrado acierto. Se le ha reprochado y repróchasele como
un rasgo de mal gusto esa insistencia; mas, Álvarez estaba en lo cierto.
En nuestro país la religión toma formas curiosísimas; se infiltra por
todos los rincones de la vida social: en la escuela, en el hogar, en el
gobierno, en la administración, en la ley. Y atisba con ojo avizor el
momento propicio para reconquistar la posición perdida.
Afírmase a menudo que la cuestión religiosa no es de actualidad, que
ella ha sido resuelta en nuestro país, que en el mundo ya no se
discute. Nada más falso ni antojadizo que esta aseveración. La cuestión
religiosa es de actualidad en el mundo hoy más que nunca, y se habla por
ahí de un renacimiento místico o religioso en la humanidad... Pero lo
innegable es que la guerra ha puesto en discusión las viejas normas
éticas que rigen la humanidad actual, y, en primer plano, las normas
religiosas.
En nuestro país el problema religioso es de actualidad, de Sarmiento a
esta parte, sobre todo, en su faz práctica. El registro civil con el
matrimonio civil, y la ley laica de educación, son conquistas del
espíritu laico sobre el poder religioso. Todo hace suponer que la
lucha--que ruge sordamente en los distintos grupos sociales--entre el
precepto religioso y los ideales laicos ha de acentuarse cada vez más.
Ni siquiera, pues, puede con justicia tachársele a Álvarez de inactual.
A propósito de esto, se le acusa de "materialista", de haber formado
opinión en lecturas extremadamente de esa índole--las "únicas" fuentes
de su cultura, dice un crítico--con criterio viejo, atrasado, y que vio
a través de este prisma el problema religioso.
Creemos que Ingenieros ha contestado esa inculpación de una manera
definitiva: "Nada hay en efecto--dice--más falso que la pretendida
identidad de la superstición con el idealismo, no hay nada más torpe que
sugerir al vulgo que todos los moralistas laicos son "materialistas" y
carecen de ideales", y luego agrega: "Nada hay moralmente más
materialista que las prácticas externas de todos los cultos conocidos y
el aforo escrupuloso con que establecen sus tarifas para interceder ante
la divinidad; nada más idealista que practicar la virtud y predicar la
verdad como hicieron los más de los filósofos que murieron en la hoguera
acusados de herejía. En este sentido moral--y no cabe otro para apreciar
un sembrador de ideales--Agustín Álvarez fue idealista toda su vida, no
adhiriendo jamás al materialismo de ninguna religión conocida"[8].
V.--EL EDUCADOR
Álvarez fue un maestro en el amplio sentido de la palabra. Su
temperamento de educador y su vocación por la enseñanza se manifestó en
múltiples formas. Puede decirse que fue en él una preocupación
constante.
En la cátedra universitaria enseñaba--dicen sus alumnos--con verdadero
fervor. En la conferencia pública, en el folleto y el libro pone esa
misma unción pedagógica.
"Nuestra enfermedad es la ignorancia; su causa el fanatismo"--escribe--.
"El remedio es la escuela; el médico es el maestro". Advierte que la
América vive encendiendo "velas a los santos para que vean a quienes
deben hacer milagros, y no enciende luces en la inteligencia de los
niños para alumbrar el camino de la existencia". Confía en la escuela
como el remedio de todos nuestros males; pero la escuela que da la
educación científica, basada en la observación de la naturaleza, la
educación laica, pues la escuela, en su buen entender, debe educar para
la libertad y el trabajo y no para la sumisión y el abandono. De su
preocupación sobre la materia hablan bien claro las sustanciosas páginas
que dejó al morir.
De su "Ensayo sobre educación", aparecido en momentos de mayor confusión
de planes y programas, ha dicho Máximo Victoria: "El campanero de estos
tres repiques llamaba a misa mayor cuando los escribió".
ARTURO E. DE LA MOTA.
LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU HUMANO
LA MADRE DE LOS BORREGOS
La necesidad específica del entendimiento es la explicación, como la
necesidad específica del estómago es el alimento. El hambre y la
curiosidad son, pues, los dos factores primitivos y fundamentales del
ser humano: el uno para asegurar el crecimiento físico, el otro para
asegurar el crecimiento mental, igualmente necesario para la
conservación del individuo y de la especie.
Sin alas, sin cola, sin trompa, sin garras, sin colmillos, sin veneno,
sin púas, sin cuernos, sin caparazón, sin agilidad, sólo por la
inteligencia podía el hombre sobreponerse a las demás especies animales
en la lucha por la vida; pero, en cambio, la inteligencia era de suyo un
arma o un poder susceptible de desarrollarse indefinidamente, de
levantarse más alto que los pájaros y de caer más bajo que los reptiles.
Es necesario obrar para vivir, y es necesario saber para obrar. Saber al
derecho o al revés, saber bien o saber mal, da lo mismo para
determinarse a la acción o la inacción y conducirse en ellas, y sólo es
diferente para el resultado.
Para orientarse en el mundo, más allá del hábito heredado en el
instinto, es necesario tener un concepto, una idea, una explicación del
mundo, muy burda en un principio, y de más en más elaborada después,
porque solamente las explicaciones burdas pueden satisfacer a los
entendimientos burdos, y solamente las explicaciones refinadas pueden
satisfacer a los espíritus refinados.
Así, para la credulidad fundamental del niño, del salvaje y del
ignorante, las explicaciones son tanto más creíbles cuanto son más
disparatadas, más extraordinarias, más fantásticas, que es decir, más
atrayentes, más impresionantes sobre la imaginación predominante en
ellos.
Los sistemas de explicación del universo, las creencias a priori sobre
lo desconocido, eran tan necesarias al hombre para rumbear y
desempeñarse en la maraña de bienes y de males en que se desenvuelve la
vida, como las sendas y los caminos para transitar sobre el suelo, y en
ambos terrenos el ensanche del tráfico tenía que producir necesariamente
el ensanche de la vía.
Descubrir el modo y la razón de ser propias de los hechos y de las cosas
era imposible. Imaginárselos, era fácil e inevitable, pues cercados en
todas direcciones por el misterio, urgidos por la necesidad de saber
para obrar y aguijoneados por la curiosidad de saber para saber, los
hombres tenían que recurrir fatalmente a la cavilación para descifrar
los enigmas del universo y de la vida, a fin de orientarse en el mundo y
en la vida, y la loca de la casa tuvo que ser la encargada de amueblar
y pertrechar la casa.
Para los primeros hombres, el antecedente conocido de sus acciones, el
porqué de sus actos, fue ese misterio interior que llamamos la voluntad,
y en función de este primer factor de los hechos propios se explicaron,
naturalmente, los hechos ajenos como efectos de otras voluntades en las
otras personas, en los animales y en las cosas, como el niño que se
enoja con los juguetes indóciles a sus caprichos y los rompe, porque los
cree culpables, que es decir, voluntarios; como los baqueanos de la
cordillera que creen que la montaña desconoce a los forasteros y
desencadena en seguida la tormenta para manifestar su disgusto; como los
napolitanos supersticiosos que creen que las diligencias no gustan de
los curas y se vuelcan de rabia cuando va alguno entre los pasajeros.
Tomando esta primera cosa conocida--el yo--como base o punto de
referencia para la explicación de las demás cosas, el hombre llegó
necesariamente a la personificación de todas las cosas del mundo real,
desde luego, y a la de todas las del mundo imaginario después,
suplicando en un principio directamente al sol para que enviase la luz y
el calor y evitase los nublados y los eclipses, y después a Horo, a
Dionisios, a Febo Apollo, a Jehová, a Dios, a San Antonio o a San
Francisco.
Empezando por suponer una voluntad dentro o detrás de las cosas para
explicarse las particularidades de las cosas, el hombre llegó, por
refinamientos sucesivos, a imaginarse los poderes invisibles como
productores de los hechos incomprensibles, encarnándolos después en los
fetiches para rendirles miedo, vale decir, culto.
Y una vez concebidos los factores imaginarios de los hechos y de las
cosas, sobrevino la necesidad de influir sobre aquéllos, para influir
sobre éstas, y el hechicero--embrión del obispo--tomó a su cargo en la
tribu la provechosa función de espantar a los malos espíritus para sanar
a los enfermos.
La necesidad trae la función y el funcionario trae el procedimiento. La
necesidad de actuar sobre los poderes invisibles trajo al mago y el mago
trajo la magia, hechicería en segundo grado, bifurcada ya en dos ramas o
especialidades en el judaísmo y en el paganismo, la una para apaciguar a
los poderes imaginarios irritados o propiciarlos por medio de
sacrificios, laudatorias y genuflexiones, pues "la sangre y los
sufrimientos de los humanos eran el néctar de los dioses"; la otra para
pronosticar o predecir sus determinaciones, interpretando, según el
método de los profetas, las visiones de la imaginación exaltada por el
ayuno y la soledad, en el judaísmo, o los sueños y los presagios, según
el método de las pitonisas y los augures en el paganismo.
Entretanto, al lado de las viejas mitologías y liturgias perfeccionadas,
surgen la filosofía y la literatura griegas, que, disminuyendo la
candidez humana, quebrantan primeramente el prestigio de los
adivinadores del porvenir, y luego la eficacia misma de las teogonías
corrientes para responder satisfactoriamente a la curiosidad humana
ensanchada en el mundo greco-latino. Y el hombre necesita, entonces, en
las costas del Mediterráneo, una nueva explicación de los hechos y de
las cosas, del mundo, y se la proporciona el supernaturalismo cristiano,
con los dos testamentos como nueva teoría de los hechos y de las cosas,
y con los sacramentos--hechicería en tercer grado--como nuevo vehículo
de comunicación entre los seres humanos que sufren los accidentes de la
vida y los acontecimientos del universo, y los seres sobrehumanos que
los producen, suspenden o cambian a su arbitrio.
En el Oriente quedaron los astrólogos para investigar el porvenir
interrogando a los astros, y los nigromantes para conocer las cosas
ocultas por las ciencias ocultas; en el Occidente, los exorcistas para
expulsar los demonios del cuerpo de los poseídos, y los beatos para
inducir a los muertos a producir bienes y evitar males para los vivos.
Aunque muy lentamente, porque la Iglesia, prohibiendo la duda y la
curiosidad para preservar sus dogmas, ha mellado los aguijones que
empujan a los hombres a buscar, investigar y averiguar para saber, el
entendimiento humano ha seguido creciendo siempre en amplitud y en
complejidad, con disminución consecutiva y paralela del miedo a las
brujas, duendes, diablos y basiliscos, y el último traje o catecismo de
terrores y esperanzas imaginarias, confeccionado con las revelaciones de
los profetas y de los apóstoles, llega, también, a quedarle estrecho.
El exorcismo, que había hecho víctimas a millares de millares, quemando
herejes, embrujados y endemoniados,--histéricos, locos y sabios,--no
pudo sostenerse ante la inteligencia humana llegada a más, y cayó el
primero, definitivamente, en la aurora del siglo XIX.
En un principio, la Iglesia, por entonces omnipotente, luchando contra
la incredulidad naciente, consigue mantener la integridad de su
explicación-credo, destruyendo o aplastando a los que, desde el
Renacimiento, empiezan a excederla en capacidad mental, pero éstos
siguen brotando en todas partes y en tal progresión que la guerra, la
excomunión, el tormento y la hoguera, funcionando en el máximum, no
bastan, al fin, para extirparlos, y a su turno, ella también empieza a
batirse en retirada, ante la marea creciente de los curiosos
insatisfechos con la última explicación de lo natural por lo
sobrenatural.
Porque la alquimia ha venido abriendo el camino a la física y a la
química, han renacido la filosofía, la literatura y el arte, y el
entendimiento humano, de nuevo en camino, empieza a repugnar los
milagros de los muertos y los extravíos histéricos de los profetas y de
los doctores de la Iglesia, en que siguen comulgando los pobres de
espíritu.
Una nueva explicación del mundo empieza a ser necesaria para las
inteligencias abiertas de la Europa y de la América, y la inician en el
último siglo las ciencias positivas, prescindiendo del origen
incognoscible de las cosas para explicar los hechos naturales por sus
causas naturales; abandonando el _porqué_ se producen, que hasta aquí ha
separado a los hombres en fieles e infieles, enconados y enfurecidos
recíprocamente sobre su diferente explicación a priori de los misterios
del universo, para contraerse a investigar el _cómo_ se producen, que
siendo uno mismo para todos los observadores, constituye un capital
común para los hombres de todas las razas, de todos los colores, los
lugares y los climas, un vínculo de acercamiento recíproco para
beneficio mutuo.
Y sin un sacerdocio desligado de la familia y de la patria y consagrado
exclusivamente a propagarlo y explotarlo, sin órdenes de caballería y de
predicadores a su servicio, sin jesuítas combatientes a sus flancos, sin
misioneros que la difundan, sin un pontífice a su frente, sin déspotas
que la impongan por la fuerza, la última explicación del universo y de
la vida se ensancha, difunde y extiende espontáneamente, no sobre el
filo del sable, como las religiones medioevales, sino en alas del libro
y del periódico, enrolando por su propia superioridad intrínseca a todos
los hombres y las mujeres, a medida que superan el nivel intelectual del
pasado que produjo las supersticiones oficiales de las religiones
oficiales, pues del mismo modo que el fetichismo católico, v. gr.,
resulta inadecuado para las tribus de negros de África, porque les queda
demasiado grande para su entendimiento demasiado estrecho todavía,
resulta, también, inadecuado para las inteligencias desenvueltas de la
Europa y de la América porque les queda demasiado chico y demasiado
mezquino.
De la crasa ignorancia a la más grosera superstición, y, ayudando la
benignidad del clima y la fertilidad del suelo en las regiones
privilegiadas, de una en otra superstición hasta la más alta, de la más
alta a la ciencia; del credo obligatorio al libre pensamiento, de la
verdad revelada a la verdad demostrada; de la magia religiosa a la
mecánica racional; de las palmas benditas al pararrayo; del milagro al
vapor, al ferrocarril, al telégrafo, al teléfono; de la rogativa a la
cirugía y los sueros; de la censura eclesiástica a la libertad de la
prensa; de "la santa ignorancia" a la instrucción obligatoria, tal ha
sido la marcha ascendente del espíritu humano, impelido por la necesidad
de conocer el porqué de las cosas para conducirse enfrente de las cosas.
Cuestión de millares o de centenares de siglos para subir los primeros
escalones de la evolución, de decenas solamente para los últimos, ha
llegado a ser, bajo el impulso de la instrucción pública liberal,
cuestión de sólo docenas de años para alcanzar aumentos apreciables de
capacidad mental en el individuo y en la comunidad.
Pues, según leyes sicofisiológicas conocidas, el órgano que se ejercita
se desarrolla, y alguna parte de esto o la aptitud para reproducirlo, se
transmite, también, _grosso modo_, a la descendencia, por manera que,
una vez así levantado por los hombres superiores y los medianos de una
época el nivel moral o intelectual de la subsiguiente, los de ésta,
emergiendo para su respectiva carrera desde una plataforma o base más
alta, llegan más lejos con el mismo caudal o impulso, que es lo que
explica el hecho notorio de que los hombres medianos y los superiores de
Francia, por ejemplo, tomados en conjunto, valgan muchas veces más que
los de España, en la misma pretendida raza latina, o los de la
Argentina--que tuvo un Rivadavia, un Mitre y un Sarmiento,--mucho más
que los de Bolivia, que ha tenido muchos obispos y ningún educador, en
la misma América del Sud y del Papa; lo que explica que un Voltaire, un
Michelet, un Renan, un Taine, un France, siendo un hecho natural en
Francia, serían un caso prodigioso en España, absolutamente imposible en
Marruecos.
Ahora, la superstición, que no es más que un conocimiento falso de las
cosas, es una forma de actividad de la mente--muy pobre, sin duda, pero
"más vale algo que nada"--y de acuerdo con las leyes precitadas, la
mente desarrollada por las primeras supersticiones, cuán lentamente lo
fuera, creció, al fin, en alguna parte, lo bastante para excederlas,
haciendo necesarias las segundas, después las terceras, y así
sucesivamente, hasta culminar el género en el paganismo, el budismo, el
judaísmo, el cristianismo y el mahometismo, que rematan _la edad de la
imaginación_.
Pobremente alimentada con patrañas, mitos y leyendas, la inteligencia
humana ha crecido, al fin, lo bastante para necesitar alimentos más
consistentes, explicaciones menos fantásticas y más positivas de los
hechos y de las cosas del mundo, y se inicia, entonces, _la edad de la
razón_, con el dominio progresivo del hombre sobre las fuerzas de la
naturaleza, conquistadas con los métodos positivos de investigación.
Como los hombres mismos, como los animales todos, que al término de su
limitada carrera pasan a ser carga y estorbo, cartas de más en la baraja
de la vida universal, que no puede conservar su perpetua juventud sino
por la renovación perpetua, las creencias que se prolongan más allá de
su radio de eficacia, acaban, como las uñas desmesuradamente alargadas
de los aristócratas siameses, por embarazar y estrechar la existencia,
debiendo ser, entonces, barridas por el olvido y la muerte bienhechores,
para dar lugar a nuevas entidades, a nuevas formas del movimiento
perpetuo de la materia. La evolución de las creencias ha sido paralela
con la del entendimiento, y los dioses, los semidioses y las semidiosas
actuales descienden de los fetiches prehistóricos, como el hombre
contemporáneo desciende del hombre de las cavernas.
El empeño de mantener en pie lo que ha madurado para caer y desaparecer,
se paga irremisiblemente en pérdida de vida nueva, y podría decirse que
la mortalidad prematura de los hombres por intolerancia, imbecilidad
remanente, ignorancia, miseria, suciedad, indolencia, pesimismo, etc.,
etcétera, está en los diferentes países en razón directa de la
antigüedad y de la inmovilidad de sus respectivas creencias sobre el
universo y la vida, que les impiden llegar sucesivamente a mejores
procedimientos de disminuir el mal y aumentar el bien. Basta recordar
que la peste humana, que puede ser detenida con sólo matar ratones desde
que se ha encontrado su bacilo, aniquiló la cuarta parte de la población
de la Europa, cuando las epidemias eran combatidas con rogativas y
procesiones, en el siglo XIV.
Las creencias son así un producto fatalmente pasajero del entendimiento
humano en crecimiento incesante desde que se puso en marcha huyendo del
mal y buscando el bien. Todo lo que ha sido materia de los terrores y de
las esperanzas de los hombres en una época o en un estado de la
evolución progresiva de la humanidad civilizada, ha perdido su valor en
las subsiguientes. En el árbol de la vida síquica, las hojas envejecen
también, se secan, se caen y son reemplazadas por otras en la
subsiguiente primavera del espíritu. En la inmensidad del tiempo, toda
teoría de la vida es como la paja que lleva el viento, como el árbol que
crece en el suelo y que no puede instituirse por sí mismo en ejemplar
único y definitivo del reino vegetal sobre la tierra.
EL MENSAJE DE LA ESFINGE