mandó prender á su hermano D. Diego, y, con unos grillos, échalo en una
carabela de las que él habia traido, sin decille por qué ni para qué,
ni dalle cargo ni esperar ni oir descargo; llegó el Almirante y vále á
ver, y el rescibimiento que le hizo fué mandalle poner unos grillos,
y metelle en la fortaleza, donde ni él lo vido ni le habló más, ni
consintió que hombre jamás le hablase. Cosa pareció esta absurdísima,
descomedida, y detestable juntamente, y miseranda y miserable, que
una persona en tanta dignidad subida, como era Visorey y Gobernador
perpétuo de todo este orbe, y por muy remerecido renombre Almirante del
mar Océano, y que, con tantos trabajos, peligros y sudores, aquellos
títulos, por singular privilegio de Dios escogido, habia ganado, y
con mostrar al mundo este mundo, tantos siglos encubierto al mundo,
porque así lo diga y peculiarmente á los Reyes y reinos de Castilla,
con vínculo antidotal y por natural razon establecido, á perpétuo
agradecimiento habia obligado, que tan inhumana y descomedidamente,
y con tanto deshonor haya sido tratado, cosa, por cierto, indigna
de razon recta fué, y más que monstruosa. Tenia el Adelantado ya en
Xaraguá y Francisco Roldan, presos, de los que de nuevo se alzaban,
pienso que oí por aquellos tiempos decir que eran 16, metidos en
un hoyo ó pozo, para los ahorcar. Envió el Comendador á decir al
Almirante que escribiese al Adelantado que no tocase en ellos por
manera del mundo, y lo enviase á llamar, y así lo hizo, mandándole
que viniese con toda paz y obediencia á los mandamientos Reales, y no
curase de su prision, que á Castilla irian, y los Reyes remediarian
sus agravios. Llegado el Adelantado á Sancto Domingo, halló en
el Comendador el hospedaje que habia dado al Almirante. Preso el
Almirante con sus dos hermanos, y en las carabelas aherrojados, los
que más mal les querian tuvieron aparejo para cumplidamente dellos
vengarse, porque no les bastó gozarse de vellos con tanto deshonor
y abatimiento angustiados, pero áun por escrito y por palabras, con
larga licencia, de dia y de noche no cesaban, poniendo líbelos famosos
por los cantones y leyéndolos públicamente, de maldecir y escarnecer
dellos, y blasfemallos, y lo que más duro les pudo ser, que algunos
de los que esto tan temeraria é impiamente hacian, habian comido su
pan y llevado su sueldo, y eran sus criados; y, lo que no sin gran
lástima y dolor se puede ni conviene decir, cuando querian echar los
grillos al Almirante, no se hallaba presente quien por su reverencia
y de compasion se los echase, sino fué un cocinero suyo descognoscido
y desvergonzado, el cual, con tan deslavada frente se los echó, como
si le sirviera con algunos platos de nuevos y preciosos manjares. Este
yo le cogsnoscí muy bien, y llamábase Espinosa, sino me he olvidado.
Estos grillos guardó mucho el Almirante, y mandó que con sus huesos
se enterrasen, en testimonio de lo quel mundo suele dar, á los que en
él viven, por pago. Ciertamente, cosa es esta digna de con morosidad
ser considerada, para que los hombres, ni confien de sus servicios y
hazañas, ni esperen estar seguros, porque mucho tengan los Príncipes
ó Reyes por ellas obligados, porque al cabo son hombres y mudables,
y tanto más mudables, cuanto su ánimo real de muchos es golpeado, y
pocas veces complidamente á los verdaderos servicios, con mercedes
condignas satisfacen, y muchas con disfavores y amortiguada y obliviosa
gratitud las que han hecho deshacen. Por esta causa, el profeta
David clamaba: _Nolite confidere in principibus in filiis hominum in
quibus non est salus_. Sólo Dios es el que hace las mercedes y no las
impropera ni las deshace, como dice San Pablo, cuando verdaderamente
dél no nos desviamos, y el que no engaña ni puede ser engañado, aunque
tenga muchos privados. Y puesto que los católicos Reyes fuesen mucho
agradecidos á los servicios del Almirante, y les pesase, como abajo
se declarará, de su prision y el mal tratamiento que el Comendador
hizo á él y á sus hermanos, empero, en la verdad, fueron tan largos
y exorbitantes los poderes que le dieron, y pusieron en él tanta
confianza, que, si más de lo que hizo contra el Almirante y sus
hermanos hiciera, y peor de lo que los tractó los tractara, para todo
parece, por los mismos poderes, que tuvo poder y mando. Parece que
los católicos Reyes debieran exceptuar que no tocara en la persona
del Almirante, pero creo que, como cosa que de sí era manifiesta no
incluirse en los dichos poderes, segun buen juicio, y áun segun reglas
del derecho, de hacer tal excepcion no curaron. En fin, poco ménos
calamitoso fué el fruto y galardon que reportó el Almirante de sus tan
grandes trabajos, y de haber mostrado este orbe nuevo al mundo, que
hobo aquel fortísimo é industriosísimo Belisario, gran Capitan del
emperador Justiniano, el cual, despues de vencidos los persas en el
Oriente y los vándalos en Africa, y traidos en triunfo, y los godos en
Italia, y otra vez los mismos vándalos postrados y echados de Africa,
y á Totila, rey de los godos, dos veces resistido, y Roma, otra vez
que estuvo cercada un año, de los mismos godos, la descercó y envió
las llaves al Emperador, y dejando de ser Rey de los godos, porque lo
elegian por Rey y le ofrecian todo servicio y favor para que tomase el
reino de Italia, y hecho en servicio y defensa y aumento del Imperio
romano muchas otras hazañas, al cabo rescibió el galardon que suelen
haber muchas veces los varones meritísimos, que por el bien universal
se aventuran, y trabajan por las repúblicas; este fué, que como fuese
de los que no le amaban, envidiado, y levantádole que queria alzarse
con el ejército y quitar la obediencia á Justiniano, y señorearse de
Italia, no bastando que por esta sospecha que el Emperador tuvo, le
envió á llamar, él fué luego con muchos despojos y con Vittige, rey
dellos, y otros muchos presos de los godos principales, y quitada la
sospecha que tuvo el Emperador, del todo, por entónces, finalmente, ó
porque se lo tornó á renovar, ó por odio que le tuvo, no se recordando
de sus generosos y dignos servicios, le mandó sacar los ojos y privar
de cuanto tenia, de donde vino á tal estado, que hobo de mendigar por
la extrema necesidad. Esto postrero, dice Volaterano en los comentarios
de su _Anthropología_, libro XXIII; lo demas, Procopio en los libros de
la «Guerra de los godos,» y en los de la «Guerra de Persia,» y en los
de la «Guerra contra los vándalos en África,» larguísimamente lo trata,
y otros muchos, despues de él, historiadores. Al Almirante, pues, no
le mandaron sacar los ojos, ni creo que su prision, pero ya que aquel
Comendador le prendió, y con tanto deshonor en hierros le envió,
privado de todo su estado y honra, y de toda su hacienda, hermanos,
amigos y criados, como hiciera á Francisco Roldan ó á otro de los
más bajos hombres y delincuentes que con él habian estado rebelados,
nunca, miéntras vivió, los Reyes sus pérdidas y deshonra ni estado
recompensaron, ántes, habiendo añadido otros admirables acerbísimos
y muchos trabajos y peligros, en nuevos descubrimientos que despues
hizo por servilles, al fin, en gran necesidad, disfavor y pobreza,
como en el siguiente libro se dirá, murió; y lo que más amargo y más
doloroso que sacarle los ojos sintió, y con razon, fué el sobresalto
y angustia, que, cuando de la fortaleza le sacaron para llevarle al
navío, creyendo que le sacaban á degollar, rescibió. Y así, llegando
Alonso de Vallejo, un hidalgo, persona honrada, de quien luego más se
dirá, á sacalle y llevalle al navío, preguntóle, con rostro doloroso
y profunda tristeza, que mostraba bien la vehemencia de su temor:
«Vallejo ¿dónde me lleváis?» respondió Vallejo: «señor, al navío vá
vuestra señoría á se embarcar;» repitió, dudando el Almirante: «Vallejo
¿es verdad?» responde Vallejo: «por vida de vuestra señoría, que es
verdad que se vá á embarcar.» Con la cual palabra se conhortó, y cuasi
de muerte á vida resucitó. ¿Qué mayor dolor pudo nadie sentir? ¿Qué más
vehemente turbacion le pudo cosa causar? Creo que tuviera entónces por
pena liviana que los ojos le sacaran como á Belisario, si de la muerte
Vallejo le asegurara. Tan súpitamente derriballo de la dignidad de
Visorey, que á todos los gobernaba y mandaba, sin cometer, como arriba
algunas veces se ha dicho, nuevas culpas (cuanto á los españoles digo,
que eran las que por culpas se estimaban y porque le maltrataban),
ántes él habia recibido, despues que vino, ofensas y desobediencias y
daños grandes, y sin ponelle cargos ni él descargarse, á tan miserable
y abatido estado, que temiese ser, por un hombre, particular juez,
justiciado, no pudo sino incomparable materia de angustia, y amargura,
y estupenda turbacion causarle. A Francisco Roldan, autor de todos los
alborotos y levantamientos pasados, y á D. Hernando de Guevara, que
ahora se habia alzado, y á los demas que estaban para ahorcar, no supe
que penase ni castigase en nada, los cuales yo vide pocos dias despues
desto, que yo á esta isla vine, sanos y salvos, y harto más que el
Almirante y sus hermanos prosperados, si llamarse puede, aquella vida
que tenian prosperidad y no más infelicidad. Metido en la carabela ó
navío el Almirante y sus hermanos, aherrojados, dió cargo dellos el
Comendador y envió por Capitan de las dos carabelas que habia traido,
al dicho Alonso de Vallejo, mandándole, que así, con sus hierros y
los procesos ó pesquisas que hizo, los entregase al obispo D. Juan de
Fonseca en llegando á Cáliz. Este Alonso de Vallejo, persona, como
dije, prudente, hidalgo y muy honrado, y harto mi amigo, era criado de
un caballero de Sevilla, que se llamaba Gonzalo Gomez de Cervantes,
tio, segun se decia, del mismo obispo D. Juan, y de aquí debió de venir
que el comendador Bobadilla, quiso, por agradar al Obispo, dar cargo á
Vallejo que llevase preso al Almirante. Sospecha hobo harto vehemente
quel Comendador hobiese hecho tanta vejacion y mal tractamiento al
Almirante, con favor y por causa del dicho obispo D. Juan, y si así fué
no le arrendaria al señor Obispo la ganancia.
CAPÍTULO CLXXXII.
Partieron las carabelas del puerto de Sancto Domingo para Castilla,
con el Almirante preso y sus hermanos, al principio del mes de Octubre
de 1500 años. Quiso Nuestro Señor de no alargalles mucho el viaje, por
acortalles la prision, porque llegaron á 20 ó 25 dias de Noviembre á
Cáliz. En el camino, del Alonso de Vallejo y del Maestre, que dije
arriba llamarse Andrés Martin de la Gorda, por su carabela que se llamó
así, el cual creo que tambien traia mandado el recaudo del Almirante
y de sus hermanos, fué el Almirante y sus hermanos bien tratados;
quisieron quitarle los grillos, pero no consintió el Almirante hasta
que los Reyes se los mandasen quitar, y, segun en aquel tiempo oí
decir, el dicho maestre Andrés Martin, llegando á Cáliz, dió lugar que
saliese secretamente un criado del Almirante, con sus cartas para los
Reyes y para otras personas, ántes que los procesos entregase, creyendo
que los Reyes se moverian por sus cartas, rescibiéndolas primero que
las del Comendador, y proveerian lo que conviniese al Almirante, puesto
que, como católicos y agradecidos Príncipes, no dejaran, sin aquello,
de proveer lo que mandaron. No hallé original ni minuta de carta suya,
que escribiese desde Cáliz el Almirante á los Reyes; por ventura, no
quiso escribilles, sino que de otros lo supiesen, por verse así tan
afrentado por sus poderes, creyendo quizá, tambien, que de su voluntad
su prision habia sucedido. Escribió, empero, una carta larga al ama del
príncipe D. Juan, que sea en gloria, la cual mucho queria al Almirante,
y en cuanto podia lo favorecia con la Reina, y el tenor de la carta
es el siguiente, por el principio de la cual parece la llaneza del
Almirante, y la poca presuncion que de la vanidad de los títulos, de
que agora usa España, entónces habia.
«Muy virtuosa señora: Si mi queja del mundo es nueva, su uso de
maltratar; es de antiguo; mil combates me ha dado, y á todos resistí,
fasta agora que no me aprovechó armas ni avisos; con crueldad me tiene
echado al fondo; la esperanza de Aquel que crió á todos, me sostiene;
su socorro fué siempre muy presto; otra vez, y no de léjos, estando
yo más bajo, me levantó con su brazo derecho, diciendo: «¡oh hombre
de poca fe, levántate, que yo soy, no hayas miedo!» Yo vine con amor
tan entrañable á servir á estos Príncipes, y he servido de servicio
de que jamás se oyó ni vido. Del nuevo cielo y tierra que decia
Nuestro Señor, por Sant Juan, en el Apocalipsi, despues de dicho por
boca de Isaías, me hizo mensajero, y amostró aquella parte. En todos
hobo incredulidad, y á la Reina, mi señora, dió dello el espíritu de
inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera, como á cara
y muy amada hija; la posesion de todo esto fuí yo á tomar en su real
nombre. La ignorancia en que habian estado todos, quisieron enmendallo
traspasando el poco saber á fablar en inconvenientes y gastos, Su
Alteza lo aprobaba, al contrario, y lo sostuvo hasta que pudo. Siete
años se pasaron en la plática, y nueve ejecutando cosas señaladas
y dignas de memoria, se pasaron en este tiempo; de todo no se fizo
concepto; llegué yo, y estoy que no hay nadie tan vil que no piense
de ultrajarme, por virtud se contará en el mundo, á quien puede no
consentillo. Si yo robara las Indias y tierra que fan faze en ello, de
que agora es la fabla del altar de Sant Pedro, y las diera á los moros,
no pudieran en España amostrarme mayor enemiga. ¿Quién creyera tal, á
donde hobo tanta nobleza? Yo mucho quisiera despedir del negocio, si
fuera honesto para con mi Reina, el esfuerzo de Nuestro Señor y de Su
Alteza fizo que continuase, y por aliviarle algo de los enojos en que
á causa de la muerte estaba (esto dice, porque era entónces muerto
el príncipe D. Juan), cometí viaje nuevo al nuevo cielo y mundo que
fasta entónces estaba en oculto, y sino es tenido allí en estima, así
como los otros de las Indias, no es maravilla, porque salió á parecer
de mi industria. Este viaje de Paria, creí que apaciguara algo por
las perlas, y la fallada del oro en la Española; las perlas mandé yo
ayuntar y pescar á las gentes, con quien quedó el concierto de mi
vuelta por ellas, y, á mi comprender, á medida de fanega; esto me salió
como otras cosas muchas, no las perdiera, ni mi honra, si buscara yo mi
bien propio y dejara perder la Española, ó se guardaran mis privilegios
y asientos, y otro tanto digo del oro que yo tenia agora junto, que con
tantas muertes y trabajos, por virtud divinal, he allegado á perfecto.
Cuando yo fuí á Paria, fallé cuasi la mitad de la gente en la Española,
alzados, y me han guerreado fasta agora como á moro, y los indios, por
otro cabo, gravemente[9]. En esto vino Hojeda y probó á echar el sello,
y dijo que Sus Altezas lo enviaban con promesas de dádivas y franquezas
y paga; allegó gran cuadrilla que en toda la Española muy pocos hay,
salvo vagabundos, y ninguno con mujer y fijos. Este Hojeda me trabajó
harto, y fuéle necesario de se ir, y dejó dicho que luego sería de
vuelta con más navíos y gente, y que dejaba la Real persona de la Reina
á la muerte; y en esto llegó Vicente Yañez, con cuatro carabelas; hobo
alboroto y sospecha, mas no daño. Despues, una nueva de seis otras
carabelas, que traia un hermano del Alcalde, mas fué con malicia, y
esto fué ya á la postre, cuando ya estaba muy rota la esperanza que Sus
Altezas hobiesen jamás de enviar navío á las Indias, y que vulgarmente
decia que Su Alteza..... Un Adrian, en este tiempo, probó alzarse otra
vez, como de ántes, mas Nuestro Señor no quiso que llegase á efecto
su mal propósito; yo tenia propuesto en mí de no tocar el cabello de
nadie, y á este, por su ingratitud, con lágrimas, no se pudo guardar
así como yo lo tenia pensado; á mi hermano no hiciera ménos, si me
quisiera matar y robar el señorío que mi Rey é Reina me tenian dado
en guarda. Seis meses habia que yo estaba despachado para venir á
Sus Altezas con las buenas nuevas del oro, y huir de gobernar gente
disoluta, que no teme á Dios, ni á su Rey y Reina, llena de achaques y
de malicias; ántes de mi partida supliqué tantas veces á Sus Altezas
que enviasen allá, á mi costa, quien tuviere cargo de la justicia, y
despues que fallé alzado al Alcalde, se lo supliqué de nuevo (ó por
alguna gente, ó al ménos, algun criado con cartas), porque mi fama es
tal, que aunque yo faga iglesias y hospitales, siempre serán dichas
espeluncas para latrones. Proveyeron ya, al fin, y fué muy contrario
de lo que la negociacion demandaba; vaya en buena hora, pues que es á
su grado. Yo estuve allá dos años, sin poder ganar una provision de
favor para mí, ni por los que allá fuesen, y este llevó una arca llena;
si parirán todas á su servicio, Dios lo sabe. Ya, por comienzos, hay
franquezas por veinte años, que es la edad de un hombre, y se coge el
oro; que hobo persona de cinco marcos en cuatro horas, de que diré
despues, más largo; si pluguiese á Sus Altezas de desfacer un vulgo de
los que saben mis fatigas, que mayor daño me ha hecho el mal decir de
las gentes, que no me ha aprovechado el mucho servir y guardar facienda
y señorío, sería limosna, é yo restituido en mi honra, é se fablaria
dello en todo el mundo, porque el negocio es de calidad que cada dia
ha de ser más sonado y en alta estima. En esto vino el comendador
Bobadilla á Sancto Domingo; yo estaba en la Vega, y el Adelantado en
Xaraguá, donde este Adrian habian hecho cabeza, mas ya todo era llano,
y la tierra rica y todos en paz. El segundo dia que llegó, se crió
Gobernador y fizo oficiales y ejecuciones, y apregonó franquezas del
oro y diezmos, y, generalmente, de toda otra cosa, por veinte años,
que es la edad de un hombre; y que venia por pagar á todos, bien que
no habian servido llenamente hasta ese dia, y publicó que á mí habia
de enviar en fierros, y á mis hermanos, así como lo ha fecho, y que
nunca yo volveria más allí, ni otro de mi linaje, diciendo de mí mil
deshonestidades y descorteses cosas. Esto todo fué el segundo dia que
llegó, como dije, y estando yo léjos, absente, sin saber dél ni de
su venida; unas cartas de Sus Altezas, firmadas en blanco, de que él
llevaba una cantidad, hinchió y envió al Alcalde y á su compañía, con
favores y encomiendas; á mí nunca me envió carta ni mensajero, ni me
ha dado fasta hoy. Piense qué pensaría quien tuviere mi cargo, honrar
y favorecer á quien probó á robar á Sus Altezas y ha fecho tanto mal
y daño, y arrastrar á quien con tantos peligros se lo sostuvo[10].
Cuando yo supe esto, creí que esto sería como lo de Hojeda, ó uno de
los otros, templóme que supe de los frailes, de cierto, que Sus Altezas
lo enviaban; escribíle yo que su venida fuese en buena hora, y que yo
estaba despachado para ir á la corte y fecho almoneda de cuanto yo
tenia, y que en esto de las franquezas, que no se acelerase, que esto
y el gobierno yo se lo daria luego tan llano como la palma, y así lo
escribí á los religiosos. Ni él ni ellos me dieron respuesta, ántes
se puso él en son de guerra, y apremiaba á cuantos allí iban que le
jurasen por Gobernador, dijéronme, que por veinte años. Luego que yo
supe estas franquezas, pensé de adobar un yerro tan grande, y que él
seria contento, las cuales dió sin necesidad y causa, de cosa tan
gruesa, y á gente vagabunda, que fuera demasiado para quien trujera
mujer é hijos; publiqué por palabra y por cartas que él no podia usar
de sus provisiones, porque las mias eran las fuertes, y les mostré
las franquezas que llevó Juan Aguado. Todo esto que yo fice era por
dilatar, porque Sus Altezas fuesen sabidores del estado de la tierra,
que hobiesen lugar de tornar á mandar en ello lo que fuese de su
servicio. Tales franquezas excusado es de las apregonar en las Indias:
los vecinos que han tomado vecindad, es logro, porque se les dan las
mejores tierras, y á poco valerán 200.000 maravedís, de los cuatro
años que la vecindad se acaba, sin que den una azadonada en ellas.
No diria yo así si los vecinos fuesen casados, mas no hay seis entre
todos que no estén sobre el aviso de ayuntar lo que pudieren y se ir en
buena hora[11]. De Castilla sería bien que fuesen, y áun saber quién
y como, y se poblase de gente honrada. Yo tenia asentado con estos
vecinos que pagarian el tercio del oro y los diezmos y esto á su ruego,
y lo recibieron en grande merced de Sus Altezas; é reprendíles cuando
yo oí que se dejaban dello y esperaban que el Comendador faria otro
tanto, mas fué el contrario, indignólos contra mí, diciendo que yo les
queria quitar lo que Sus Altezas les daban, y trabajó de me los echar á
cuestas, y lo hizo, y que escribiesen á Sus Altezas que no me enviasen
más al cargo, y así se lo suplico por mí y por toda cosa mia, en cuanto
no haya otro pueblo; y me ordenó él, con ellos, pesquisas de maldades,
que al infierno nunca se supo de las semejantes. Allí está Nuestro
Señor que escapó á Daniel y á los tres muchachos, con tanto saber y
fuerza como tenia, y con tanto aparejo, si le pluguiere, como con su
gana, supiera yo remediar todo esto y lo otro de que está dicho y ha
pasado despues que estoy en las Indias, si me consintiera la voluntad
á procurar por mi bien propio, y me fuera honesto, mas el sostener de
la justicia y acrecentar el señorío de Sus Altezas fasta agora me tiene
al fondo; hoy en dia que se falla tanto oro, hay division en qué haya
mas ganancia, ó ir robando, ó ir á las minas. Por una mujer tambien
se fallan 100 castellanos, como por una labranza, y es mucho en uso,
y há ya fartos mercaderes que andan buscando muchachas; de nueve á
diez son agora en precio, de todas edades ha de tener un bueno. Digo
que la fuerza del mal decir de desconcertados, me ha hecho más daño
que mis servicios fecho provecho, mal ejemplo es por lo presente y
por lo futuro; fago juramento que cantidad de hombres han ido á las
Indias, que no merescian el agua para con Dios y con el mundo, y agora
vuelven allá. Enemistólos á ellos conmigo, y él, parece, segun se hobo
y segun sus formas, que ya lo tenia bien entendido, ó es que se dice
que ha gastado mucho por venir á este negocio; no se dello más de
lo que oigo. Yo nunca oí que el Pesquisidor allegase los rebeldes y
los tomase por testigos contra aquel que gobierna á ellos, y á otros
sin fe, ni dignos della. Si Sus Altezas mandasen hacer una pesquisa
general, allí, vos digo yo, que verian por gran maravilla como la isla
no se funde; yo creo que se acordará vuesamerced cuando la tormenta
sin velas me echó en Lisboa, que fuí acusado falsamente que habia yo
ido allá al Rey para darle las Indias; despues supieron Sus Altezas el
contrario, y que todo fué con malicia. Bien que yo sepa poco, no sé
quién me tenga por tan torpe que yo no conozca que, aunque las Indias
fuesen mias, que yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe; si
esto es así, ¿á dónde pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad que en
el Rey y Reina, nuestros señores, que de nada me han puesto en tanta
honra, y son los más altos Príncipes, por la mar y por la tierra, del
mundo, y los cuales tienen que yo les haya servido, y me guardan mis
privilegios y mercedes, y, si alguien me los quebranta, Sus Altezas me
los acrescientan con aventaja, como se vido en lo de Juan Aguado, y me
mandar hacer mucha honra; y, como dije, ya Sus Altezas rescibieron de
mí servicios, y tienen mis hijos sus criados, lo que en ninguna manera
pudiera esto llegar con otro Príncipe, porque á donde no hay amor todo
lo otro cesa? Dije yo ahora así contra un mal decir, con malicia y
contra mi voluntad, porque es cosa que ni en sueños debiera allegar
á memoria, porque las formas y fechos del comendador Bobadilla, con
malicia las quiere alumbrar en esto, mas yo le faré ver con el brazo
izquierdo, que su poco saber y gran cobardía con desordenada cudicia
le ha fecho caer en ello. Ya dije como yo le escribí y á los frailes,
y luego partí, así como le dije, muy sólo, porque toda la gente estaba
con el Adelantado, y tambien por le quitar de sospecha. Él, cuando lo
supo, echó á D. Diego preso en una carabela, cargado de fierros, y á
mí, en llegando, hizo otro tanto, y despues al Adelantado cuando vino;
ni le fablé mas á él, ni consintió que hasta hoy nadie me haya fablado,
y fago juramento que no puedo pensar por qué sea yo preso. La primera
diligencia que hizo, fué á tomar el oro, el cual hobo sin medida ni
peso, é yo absente; dijo que queria él pagar dello á la gente, y segun
oí, para sí fizo la primera parte, y envia por rescate rescatadores
nuevos; deste oro tenia yo apartado ciertas muestras, granos muy
gruesos, como huevos, como de ansar ó de gallina, y de pollos, y de
otras muchas fechuras, que algunas personas tenian cogido en breve
espacio, con que se alegrasen Sus Altezas, y por ello comprendiesen
el negocio, con una cantidad de piedras grandes, llenas de oro. Este
fué el primero á se dar con malicia, porque Sus Altezas no tuviesen
este negocio en algo, que él tuviese fecho el nido de que se da buena
priesa. El oro que está por fundir, mengua al fuego, una cadena que
pesaria hasta 20 marcos, nunca se ha visto; yo he sido muy agraviado
en esto del oro, más áun que de las perlas, porque no las he traido
á Sus Altezas. El Comendador, en todo que le pareció que me dañaria,
luego fué puesto en obra. Con 600.000 maravedís pagara á todos, sin
robar á nadie, y habia más de cuatro cuentos de diezmos y alguacilazgo,
sin tocar en el oro; hizo unas larguezas que son de risa, bien que
creo que encomenzó en sí la primera parte: allá lo sabrán Sus Altezas
cuando le mandaren tomar cuenta, en especial, si yo estuviese á ella.
Él no face sino decir que se debe gran suma, y es la que yo dije, y
no tanto. Yo he sido muy agraviado en que se haya enviado Pesquisidor
sobre mí, que sepa que si la pesquisa que él enviare fuere muy grave
que él quedará en el Gobierno. Pluguiera á Nuestro Señor, que Sus
Altezas le enviaran á él ó á otro, dos años há, porque sé que yo fuera
ya libre de escándalo y de infamia, y no se me quitara mi honra, ni la
perdiera. Dios es justo, y ha de hacer que se sepa por qué y como allí
me juzgan, como Gobernador que fué á Cecilia ó ciudad ó villa puesta
en regimiento, y á donde las leyes se pueden guardar por entero, sin
temor que se pierda todo, y rescibo grande agravio. Yo debo ser juzgado
como Capitan, que fué de España á conquistar, fasta las Indias, á gente
belicosa[12], y mucha, y de costumbres y secta muy contraria, donde,
por voluntad divina[13], he puesto so el señorío del Rey y de la Reina,
nuestros señores, otro mundo, y por donde la España, que era dicha
pobre, es la más rica[14]; yo debo de ser juzgado como Capitan que de
tanto tiempo fasta hoy trae las armas á cuestas, sin las dejar una
hora, y de caballeros de conquistas, y del uso, y no de letras, salvo
si fuesen griegos, ó de romanos, ó de otros modernos, de que hay tantos
y tan nobles en España, ó, de otra guisa, rescibo grande agravio,
porque en las Indias no hay pueblo ni asiento. Del oro y perlas,
ya está abierta la puerta, y cantidad de todo, piedras preciosas y
especería, y de otras mil cosas se pueden esperar firmemente. Las
nuevas del oro, que yo dije que daria, son que, dia de Navidad, estando
yo muy afligido, guerreado de los malos cristianos y de indios, en
término de dejar todo y escapar, si pudiese, la vida, me consoló
Nuestro Señor milagrosamente, y dijo: «esfuerza, no temas, yo proveeré
en todos los siete años, del término del oro, no son pasados, y en
ellos y en lo otro, te dará remedio»: ese dia supe que habia 80 leguas
de tierra, y en todas, cabo ellas, minas: el parecer agora, es que sea
todavía. Algunos han cogido 120 castellanos en un dia, y otros 90, y se
han cogido fasta 250, y 50 fasta 70, y otros muchos de 20 fasta 50; es
tenido por buen jornal, y muchos lo continúan, el comun es de 6 fasta
12, y quien de aquí abaja no va contento. Parece tambien que estas
minas son como las otras, que responden en los dias no igualmente, las
minas son nuevas, y los cogedores; el parecer de todos es que, aunque
vaya allá toda Castilla, que, por torpe que sea la persona, que no
abajará de un castellano ó dos cada dia, y agora es esto así en fresco;
es verdad que el que tiene algun indio[15] coge esto, mas el negocio
consiste en el cristiano[16]. Ved qué discrecion fué de Bobadilla
dar todo por ninguno, y cuatro cuentos de diezmos, sin causa ni ser
requerido, sin primero lo notificar á Sus Altezas; y el daño no es este
sólo. Yo sé que mis yerros no han sido con fin de facer mal, y creo
que Sus Altezas lo tienen así, como yo lo digo, y sé y veo que usan de
misericordia con quien maliciosamente les sirve: yo creo y tengo por
muy cierto, que muy mejor y más piedad habrán conmigo, que caí en ello
con inocencia y forzosamente, como sabrá despues por entero, y el cual
soy su fechura, y mirarán á mis servicios y cognoscerán de cada dia que
son muy aventajados. Todo pornán en una balanza, así como nos cuenta
la Sancta Escritura que será el bien con el mal en el dia del juicio.
Si todavía mandan que otro me juzgue, lo cual no espero, y que sea por
pesquisa de las Indias, humilmente les suplico que envien allá dos
personas de consciencia y honrados, á mi costa, los cuales fallarán de
ligero agora que se halla el oro cinco marcos en cuatro horas; con esto
y sin ello, es necesario que lo provean. El Comendador, en llegando
á Sancto Domingo, se aposentó en mi casa; así como la falló, así dió
todo por suyo. Vaya en buena hora, quizá lo habia menester; corsario
nunca tal usó con mercader. De mis escrituras tengo yo mayor queja,
que así me las haya tomado, que jamás se le pudo sacar una, y aquellas
de más mi disculpa, esas tenia más ocultas; ved qué justo y honesto
Pesquisidor. Cosa de cuantas él haya hecho, me dicen que haya seido
con término de justicia, salvo absolutamente. Dios, Nuestro Señor,
está con sus fuerzas, como solia, y castiga en todo cabo, en especial
la ingratitud de injurias.» Esto, así todo, contenia la carta del
Almirante para el ama del Príncipe.
CAPÍTULO CLXXXIII.
Ciertamente, graves angustias padeció el Almirante, y agravios, parece
que le hizo el Comendador, muy grandes, y, si fuese cierto que el
fin de los hombres, felice ó desastrado, testifica estos ó aquellos
pecados, bien podriamos decir, que, porque los Reyes le habian enviado,
no le habian de castigar por estas cosas de que se queja el Almirante,
si ante los Reyes fueran culpables; por ellas quiso Dios por su mano
castigallo, porque se ahogó en la mar, salido de Sancto Domingo, como
se dirá en el libro siguiente, porque así lo diga, cuasi á cien pasos.
Pero esto no es cosa cierta, como el juicio Divino sea profundo, y
considere los méritos de los hombres muy diferentemente del humano;
porque muchas veces dá Dios, por el abismo de su sabiduría y bondad,
fin á algunos, que parece malo, y no por los pecados que acá juzgamos,
sino por las virtudes que aquellos tuvieron, por las cuales merecieron
que lo que por otras sus culpas habian de penar con mayor costa en la
otra, en esta vida lo pagasen; á otros suele conceder airados fines ó
acabamientos, segun el juicio de los hombres, gloriosos, por pagalles
acá algunas buenas obras que viviendo hicieron, porque no merecieron
que en el siglo venidero se les remunerasen, y estos se cuentan con los
malaventurados.