y está en las islas y tierra firme de las Indias, á donde vais por
nuestro mandado, ha estado y está alguna á nuestro sueldo, y la otra
está á cargo de pagar del Almirante, segun lo que con él se asentó por
nuestro mandado, y nuestra merced es que la que fuere á nuestro cargo,
hasta agora, y la que agora llevais á nuestro sueldo, se pague de lo
que se ha cogido y cobrado, y se cogiere y cobrare en las dichas islas
de aquí adelante, y pertenece y perteneciere á Nos; vos mandamos que
averigüeis la gente que ha estado á nuestro sueldo hasta aquí, y lo que
le fuere debido de su sueldo, y, así averiguado, lo pagueis, con la
gente que agora llevais, de lo que se ha cogido para Nos en las dichas
islas, y cogiéredes y cobráredes de aquí adelante; y la que halláredes
que es á cargo de pagar del dicho Almirante la pague él, por manera
que la dicha gente cobre lo que le fuere debido, y no tenga razon de
quejarse, para lo cual, si necesario es, vos damos poder cumplido por
esta nuestra Cédula, y no fagades ende al. De Sevilla, á 30 dias de
Mayo, de 500 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina, etc.»
CAPÍTULO CLXXX.
Leidas esta Carta y Cédula reales, mucho gozo rescibieron los que
llevaban sueldo del Rey, porque esperaban ser pagados, y se ofrecieron
á todo lo que el Comendador mandase de parte de Sus Altezas, porque
no pudiera por entónces venirles otra mejor nueva. Tornó de nuevo una
y más veces el Comendador á requerir á D. Diego y á Rodrigo Perez,
teniente del Almirante, y á otros Alcaldes, si alguno más habia,
que le diesen los presos y los procesos, y que él queria determinar
su justicia como los Reyes le mandaban, donde no que protestaba de
sacallos por fuerza; á todo y todas las veces respondia D. Diego y
Rodrigo Perez, que obedecian las provisiones y Cédula de Sus Altezas,
pero que, cuanto al cumplimiento, no tenian poder para los dar,
por estar presos por el Almirante, y que el Almirante tenia otras
mejores y más firmes Cartas y poderes que él traia, etc. De aquí
fué á la fortaleza, y mandó que las provisiones se notificasen al
Alcaide, que era Miguel Diaz, el cual se paró entre las almenas, y
oida, y recognoscidas las firmas y sello de los Reyes, desde arriba,
y requerido que diese los presos y la fortaleza, como los Reyes lo
mandaban, respondió que le diesen traslado dellas: dijo el Comendador,
que no era tiempo, ni sufria dilacion para dalle traslado, porque
aquellos presos estaban en peligro de ser ahorcados, porque, segun
habia sabido, el Almirante habia mandado que los ahorcasen, por tanto
que luego los diese y entregase, sino que él haria lo que debia hacer
hasta sacallos, por lo cual le protestaba que, si daños ó muertes
se siguiesen, fuese á su culpa, etc. Responde el Alcaide, que pedia
plazo y traslado para responder á dicha Carta, por cuanto él tenia la
dicha fortaleza por el Rey, por mandado del Almirante, su señor, el
cual habia ganado estas tierras y isla, y que viniendo él, él haria
todo lo que le mandase. Despues que vido que no tenia remedio que le
diesen los presos por los requerimientos y protestaciones y diligencias
hechas, juntó toda la gente que de Castilla traia á sueldo del Rey, é
los marineros de las carabelas, y requirióles y mandóles, y á todas
las otras personas que en la villa estaban, que fuesen con él con sus
armas, y le diesen todo el favor y ayuda, y guardasen su persona, para
entrar la fortaleza sin hacer daño en ella ni en persona alguna, si
no le fuese defendida la entrada. Luego, toda la gente, dijeron que
allí estaban prestos y aparejados para hacer todo lo que de parte de
los Reyes les mandase, con toda buena voluntad; y así, aquel mártes,
á hora de vísperas, fué con toda la gente á la fortaleza, y mandó
y requirió al Alcaide que le abriese las puertas. Paróse entre las
almenas el Alcaide, y con él, Diego de Alvarado, con las espadas
sacadas, y dijo el Alcaide que respondia lo que tenia dicho y en
ello se retificaba; y como la fortaleza no tenia tanta costilla como
Salsas, por ser hecha contra gente desnuda y sin armas, desventurada,
llegó el Comendador y la gente, y, con el gran ímpetu que dieron á la
puerta principal, quebraron luego el cerrojo y cerradura que tenia por
de dentro; puestas escalas tambien por otras partes para entrar por
las ventanas, pero no fueron necesarias porque la puerta dió libre,
luego, la entrada. El Alcaide y Diego de Alvarado, que estaban dentro,
y que se mostraron á las almenas con las espadas sacadas, ninguna
resistencia hicieron. El Comendador, luego entrando, preguntó á dónde
los presos estaban, y hallólos en una cámara, con sus grillos á los
piés; subióse á lo alto de la fortaleza, é hízolos subir allá, donde
les hizo algunas preguntas; despues los entregó con los grillos al
alguacil, Juan de Espinosa, mandándole que los tuviese á buen recaudo.
Cuando el Almirante supo la venida de Bobadilla, y lo que comenzó hacer
en Sancto Domingo y las provisiones que mostraba, y haber tomado la
fortaleza y lo demas, porque luego le avisaba de todo su hermano D.
Diego, no podia creer que los Reyes tales cosas hobiesen proveido, por
las cuales, así totalmente lo quisieron deshacer sin haber de nuevo
en cosa ofendido, ántes obligádolos con nuevos trabajos y servicios
con el descubrimiento de la tierra firme, y perlas de Paria, y otras
islas, y sospechó no fuese algun fingimiento del Bobadilla, como fué
el de Hojeda, que, para revolver la gente contra el Almirante, fingia
que traia poderes de los Reyes para gobernar con él y constreñille á
que pagase los sueldos á los que lo ganaban del Rey, como arriba en el
cap. 169 pareció. Y, ciertamente, cosa fué aquesta de gran turbacion
y sobresalto y amargura para el Almirante, y fuera para cualquiera
otra persona, por prudente que fuera, que habiendo servido de nuevo
tanto, y no delinquido hasta entónces de nuevo más de lo que Juan
Aguado habia á los Reyes notificado, el cual llevó cuanto llevar
pudo, de quejas y de los agravios que hasta entónces decian que habia
hecho á los cristianos, horribilísima y dolorosísima cosa era verse
así, sin ser oido ni vencido, de todo su estado, absolutamente, por
los Reyes tan católicos, á quien tanto tenia obligados, desposeido y
despojado; pero como arriba en algunos capítulos se ha dicho, hacello
los Reyes no fué en su mano, ántes para bien del mismo Almirante,
divinal y misericordiosamente ordenado. Y por la sospecha que hobo, de
no fuese, por ventura, otra invencion como la de Hojeda, dijeron que
habia mandado apercibir á los Caciques y señores indios, que tuviesen
apercibida gente de guerra para cuando él los llamase; porque de los
cristianos, cuanto á la mayor parte, poco confiaba, como anduviese
tras muchos á caza que andaban levantados, y cada dia temia que se le
habian de levantar más, siendo tambien tan fresco el levantamiento de
Francisco Roldan que tanto habia durado. Finalmente acordó de acercarse
á Sancto Domingo, para lo cual se vino al Bonao, 10 leguas más cerca
de la Vega donde estaba, donde estaban algunos cristianos como
avecindados, que tenian por allí labranzas que tomaban á los indios, y
otras que les forzaban á hacérselas aunque les pesase, y comenzaba ya á
llamarse la villa del Bonao. El comendador Bobadilla, que ya era y lo
llamaban á boca llena, Gobernador, despachó un Alcalde con vara, con
sus poderes y los traslados de las provisiones, la tierra adentro, para
que las notificase al Almirante y á los que por allá hallase, el cual
lo tomó ya venido al Bonao: no le escribió carta ninguna notificándole
su venida. El Almirante le escribió diciéndole que fuese bien venido,
y nunca hobo respuesta dél, lo cual fué grande descomedimiento y señal
de traer contra el Almirante propósito muy malo; y lo peor que es, que
escribió á Francisco Roldan, que estaba en Xaraguá, y á otros quizá
de los alzados, de lo que mucho el Almirante se quejaba. Notificadas
las provisiones reales, dijeron que respondió el Almirante, que él era
Visorey y Gobernador general, y que las provisiones y poderes que el
Comendador traia no eran sino para lo que tocaba á la administracion de
la justicia, y por tanto requirió al mismo Alcalde que el Comendador
enviaba, y á la otra gente del Bonao, que se juntasen con él y á él
obedeciesen en lo universal, y al Comendador en lo que le perteneciese
como á Juez y administrador de justicia, y que todo lo que respondió
fué por escrito. Desde á pocos dias llegaron, un religioso de San
Francisco, que se llamaba fray Juan de Trasierra, y Juan Velazquez,
Tesorero de los Reyes, con quien el Comendador le envió una carta de
los Reyes que decia lo siguiente:
«D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar Océano: Nos habemos
mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador de esta, que vos
hable de nuestra parte algunas cosas que él dirá; rogamos os que le
deis fe y creencia, y aquello pongais en obra. De Madrid á 26 de Mayo
de 99 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Y por su mandado, Miguel Perez
de Almazán.»
Rescibida esta carta y platicadas muchas cosas entre él y el religioso
y el Tesorero, que fueron los mensajeros, determinó de venirse con
ellos á Sancto Domingo; entretanto, el Comendador hizo gran pesquisa
y examinacion de testigos, sobre la hacienda que era del Rey, y quién
la tenia en cargo, y lo que era del Almirante, al cual tomó las arcas
y toda la hacienda que tenia de oro, y plata, y joyas, y aderezos
de su casa, y áun se aposentó en su misma casa y se apoderó en ella
y en todo lo que del Almirante era. Tomóle ciertas piedras doradas,
que eran como madres de oro, que por tiempo se convirtieran en oro,
todas, como hemos visto muchas dellas que, partiéndose por medio, está
el oro entreverado, en unas partes más oro que piedra, y en otras
más piedra que oro, por manera que á la clara parece que toda la tal
piedra se va convirtiendo en oro; tomóle tambien las yeguas y caballos
y todo lo que más halló ser suyo, con todos los libros y escrituras
públicas y secretas que tenia en sus arcas, lo que más dolor le dió
que todo, y nunca le quiso dar una ni ninguna. Esto dijo que tomaba
para pagar el sueldo á los que se les debia, que pagarlo era á cargo
del Almirante, por las cláusulas que venian en los poderes que arriba
quedan recitados. En estos dias, toda la gente española que habia
en la Vega y en el Bonao, y en otras partes comarcanas, cuanto más
podia, se descolgaba hácia Sancto Domingo á ver al Gobernador nuevo
y gozar de las novedades. Para atraer á toda la gente á sí, mandó
apregonar franqueza del oro, conviene á saber, que todos los que
quisiesen ir á cogerlo no pagasen al Rey más de la undécima parte por
veinte años, pero caro le costó, como en el siguiente libro se verá;
la misma franqueza concedió de los diezmos que entónces se pagaban al
Rey. Item, apregonó que venia á pagar los sueldos que se les debia
por el Rey, y constreñir que pagase el Almirante los que eran á su
cargo; con estas nuevas negaban y renegaban de sus padres. Vido buen
aparejo el Comendador, como todos los más estuviesen descontentos y
muy indignados del Almirante y de sus hermanos, y lo viesen ya caido
de la Gobernacion y de su estado, y fuesen al Gobernador con quejas y
acusaciones, y representasen sus agravios; hizo de su oficio pesquisa
secreta contra él y ellos, para la cual halló á todos voluntarios y
bien aparejados. Y porque, como dice Boecio, lo primero que desmampara
á los infelices es la buena estimacion, y sucede el menosprecio y
corrimiento y disfavores, comenzando á tomar testigos, las piedras
se levantaban contra sus hermanos y él: _Quo fit ut existimatio
bona prima omnium deserat infelices. Qui nunc populi rumores, quam
dissonæ, multiplicesque sententiæ, piget reminisci. Hoc tantum
dixerim, ultimam esse adversæ fortunæ sarcinam, quod dum miseris
aliquod crímen affingitur, quæ perferunt, meruisse creduntur._ Boecio,
cuarta prosa del libro I; la cual sentencia hace harto al propósito
de la infelicidad y desdicha del Almirante, que, desque se comenzó la
pesquisa, no sólo secretamente pero pública, era acusado y vituperado,
y se decian y clamaban sus defectos, afirmando que de todo mal y pena
era dignísimo. Acusáronlo de malos y crueles tratamientos que habia
hecho á los cristianos en la Isabela, cuando allí pobló, haciendo por
fuerza trabajar los hombres sin dalles de comer, enfermos y flacos, en
hacer la fortaleza y casa suya, y molinos, y aceña, y otros edificios,
y en la fortaleza de la Vega, que fué la de la Concepcion, y en
otras partes, por lo cual murió mucha gente de hambre, y flaqueza,
y enfermedades, de no darles los bastimentos segun las necesidades
que cada uno padecia; que mandaba azotar y afrentar muchos hombres
por cosas livianísimas, como porque hurtaban un celemin de trigo,
muriendo de hambre, ó porque iban á buscar de comer. Item, porque se
iban algunos á buscar de comer, á donde andaban algunas Capitanías
de cristianos, habiéndole pedido licencia para ello, y él negándola,
y no pudiendo sufrir la hambre, que los mandaba ahorcar; que fueron
muchos los que ahorcó por ésto, y por otras causas, injustamente. Que
no consentia que se baptizasen los indios que querian los clérigos
y frailes baptizar, porque queria más esclavos que cristianos; pero
esto podia impedir justamente, si los querian baptizar sin doctrina,
porque era gran sacrilegio dar el baptismo á quien no sabia lo que
rescibia. Acusáronle que hacia guerra á los indios, ó que era causa
della injustamente, y que hacia muchos esclavos para enviar á Castilla.
Item, acusáronle que no queria dar licencia para sacar oro, por
encobrir las riquezas desta isla y de las Indias, por alzarse con ellas
con favor de algun otro Rey cristiano. La falsedad desta acusacion
está bien clara, por muchas razones arriba dichas, y algunas veces
referidas, donde parece que ántes moria y trabajaba por enviar á los
Reyes nuevas de minas ricas, y por envialles oro para suplir los gastos
que hacian; y esto tenia por principal interés y provecho suyo, porque
via que todos los que lo desfavorecian para con los Reyes no alegaban
otra causa sino que gastaban y que no recibian utilidad ninguna, y
así, estaba infamada y caida toda la estimacion deste negocio de las
Indias, de donde todo el mal y daño suyo procedia: y así, no parece
tener color de verdad este delito que le imputaban. Acusáronle más, que
habia mandado juntar muchos indios armados para resistir al Comendador
y hacelle tornar á Castilla, y otras muchas culpas é injusticias y
crueldades en los españoles cometidas, pero en la honestidad de su
persona ninguno tocó, ni cosa contra ella dijo, porque ninguna cosa
dello que decir habia; pero poca cuenta tenian los que le acusaban de
hacer mencion de las que habian ellos cometido, y él en mandallo, en
las guerras injustas y malos y asperísimos tratamientos en los tristes
indios. Y esta fué insensibilidad y bestialidad general de todos los
jueces que han venido y tenido cargo de tomar cuenta y residencia á
otros jueces en estas Indias, que nunca ponian por cargos (sino de muy
pocos años atras, hasta que fueron personas religiosas que clamaron
en Castilla), muertes, ni opresiones, ni crueldades cometidas en
los indios, sino los agravios de nonadas que unos españoles á otros
se hacian, y otras cosas, que, por graves y gravísimas que fuesen,
eran aire y accidentes livianísimos, comparadas á las más chicas que
padecian los indios, las cuales, como sustanciales, asolaban como han
asolado, todas estas Indias. Muchas destas y otras, tambien acusaron á
sus hermanos; yo vide el proceso ó pesquisa y della muchos testigos,
y los cognoscí muchos años, que dijeron las cosas susodichas. Dios
sabe las que eran verdad, y con qué razon é intencion se tomaban y
deponian, puesto que yo no dudo sino que el Almirante y sus hermanos
no usaron de la modestia y discrecion, en el gobernar los españoles,
que debieran, y que muchos defectos tuvieron, y rigores y escaseza en
repartir los bastimentos á la gente, pues no los daban los Reyes sino
para mantenimientos de todos, y que se distribuyeran segun el menester
y necesidad de cada uno, por lo cual todo cobraron contra ellos, la
gente española, tanta enemistad; pero como el Almirante y ellos, tan
perniciosamente, cerca de la entrada en estas tierras y tratamientos
destas gentes, cuyas eran, y que ni pudieron, ni supieron, ni tuvieron
á quien se quejar, erraron, no podia ser ménos, por justo juicio
divino, sino que tambien cerca de la gobernacion y tratamiento de los
españoles errasen, para que, sabiendo y pudiendo y teniendo á quien
quejarse, hobiese ocasion para cortar el hilo que el Almirante llevaba
de disminuirlas, y con quitárselas de las manos con tanta pérdida,
desconsuelo y deshonor suyo, por las culpas ya cometidas, se castigase,
y porque, al fin, otros las habian de consumir, permitiéndolo así
la divinísima justicia, por los secretos juicios que Dios se sabe,
ménos parece ser ordenado divinalmente para utilidad dellas, que del
Almirante.
CAPÍTULO CLXXXI.