Finalmente, surgieron allí donde quiera que sea, dentro de aquellas 200

leguas de tierra firme, de Paria abajo; fueron recibidos y servidos

de las gentes de aquella comarca, que dice Américo eran infinitas,

como si fueran ángeles del cielo, y ellos, como Abrahan cognosció los

tres, por ángeles los conocieran. Descargaron los navíos, y llegáronlos

á tierra, todo con ayuda y trabajos de los indios; limpiáronlos y

diéronles carena, y hacen un bergantin de nuevo. Diéronles todo el

tiempo que en esto estuvieron, que fueron treinta y siete dias, de

comer de su pan y venados y pescado, y otras cosas de sus comidas, que

gastar de sus mantenimientos de Castilla ninguna necesidad tuvieron,

por manera que, sino no les proveyeran, dice Américo, que no tuvieran

para tornar en España, sin gran necesidad de bastimentos, que comieran.

En todo el tiempo que estuvieron, se iban por la tierra dentro á los

pueblos, en los cuales les hacian caritativos recibimientos, honras,

servicios y fiestas. Y esto es cierto, como abajo, en el discurso

desta historia, se verá, placiendo á Dios todo poderoso, que todas

estas gentes de las Indias, como sean de su naturaleza mitíssimas y

simplicísimas, así saben servir é agradar á los que en sus casas y

tierras, cuando los tienen por amigos, resciben, que ninguna otra les

hace en esto ventaja, y quizá ni llega á serles en esto vecina. Ya que

determinaban, remediados sus navíos y hecho el bergantin, partirse para

Castilla, dice aquí Américo, que aquellos sus buenos huéspedes les

dieron grandes quejas de otra cierta gente feroz y cruel, habitadora de

cierta isla, que de allí 100 leguas estaria, que venia en cierto tiempo

del año por la mar á hacerles guerra y los cautivaba, y llevándolos

consigo, los mataba y los comia. Con tanta instancia y afeccion y dolor

parece que lo representaban, dice Américo, que los movió á compasion

y se ofrecieron á vengarlos dellos. Holgáronse, dice Américo, en gran

manera, y dijeron que querian ir con ellos, pero los cristianos, por

muchas consideraciones, consentir no lo quisieron, sino siete dellos,

con tal condicion que no fuesen obligados á volverlos á sus tierras,

sino que ellos con sus canoas sólos se volviesen, y así, dice que, con

la condicion los unos y los otros consintieron. No sé yo quién era

destos contratos y de todas las demas palabras, pues en treinta y siete

dias no pudieron saber su lengua, el intérprete. ¿Y qué sabian Hojeda

y Américo y los de su compañía, si tenian los de aquella isla contra

estos, por alguna justa causa, justa guerra? ¿tan ciertos estuvieron

de la justicia destos, sólo porque se les quejaron, que luego, sin

más tardar, á vengarlos se se les ofrecieron? Plega á Dios que no les

pluguiese tener achaques, para hinchir los navíos de gente, para

venderlos por esclavos, como al cabo en Cáliz lo hicieron; obra que

siempre en estas desdichadas gentes y tierras, por los nuestros, á

cada paso se usó. Salieron, pues, de allí, y, en siete dias, topando

en el camino muchas islas, dellas pobladas y dellas despobladas, dice

Américo, llegaron á la donde iban. Estas islas no pudieron ser otras,

sino las que topamos viniendo de Castilla, como son la Dominica y

Guadalupe, y las otras que están en aquella renglera. Vieron luego en

ella, dice él, gran monton de gente, la cual, como vió los navíos y las

barcas que iban á tierra, puesto que bien aparejadas con sus tiros de

pólvora, y los cristianos bien armados, llegáronse á la ribera obra de

400 indios, desnudos, y muchas mujeres, con sus arcos y flechas, y con

sus rodelas, y, todos de diversos colores pintados, y con unas alas y

plumas de aves grandes, que parecian muy belicosos y fieros, y, como

se acercasen las barcas á un tiro de ballesta, entran en el agua y

disparan infinitas flechas para resistirles la entrada. Los cristianos,

que no les popan, disparan los tiros de pólvora en ellos, y derruecan

muertos muchos dellos. Vistos los muertos, y el estruendo del fuego y

de los tiros, luego dejan el agua y se meten todos en tierra. Saltan

42 hombres de las barcas, y van tras dellos; ellos varonilmente, no

huyeron, sino, como leones, hacen cara y resisten y pelean fuertemente,

defendiendo á sí y á su patria. Pelearon dos horas grandes, y con las

ballestas y espingardas, y despues con las espadas y lanzas, mataron

muy muchos, y no pudiéndolos más sufrir, por no perecer todos, los

que pudieron huyeron á los montes, y así quedaron los cristianos

victoriosos. Tornáronse á los navíos con gran alegría de haber echado

al infierno los que nunca les habian ofendido. Otro dia, de mañana,

vieron venir copiosa multitud dellos, atronando los aires con cuernos

y bocinas, pintados y aparejados para la segunda pelea, puesto que las

barrigas y pellejos de fuera, porque desnudos como suelen andar en

cueros.

Determinaron salir á ellos 57 hombres hechos cuatro cuadrillas, cada

una con su Capitan, con intencion, dice Américo, que si los pudiese

hacer sus amigos, bien, pero si no que como á hostes y enemigos los

tratarian y, cuantos dellos haber pudiesen, harian sus esclavos

perpétuos. Esto dice así Américo, y es de notar aquí el escarnio que

quiere hacer Américo de la verdad y justicia, y de los leyentes, como

si cuando se movieron á venir 100 leguas, habiendo prometido á los

otros de los vengar y hacer guerra, vinieran á tratar amistad con

ellos, ó para tener ocasion de cumplir con sus cudicias, que era á lo

que de Castilla venian. Estas son las astucias y condenadas cautelas

que siempre se han tenido para consumir estas gentes.

Salieron, pues, en tierra, pero los indios, por los tiros de fuego,

no les osaron impedir la salida, sino espéranlos con gran denuedo:

pelearon los desnudos contra los vestidos, fortísimamente, por mucho

tiempo, mataron é hirieron de los desnudos los vestidos, inmensos,

porque las espadas empléanse bien en los desnudos cuerpos; viéndose

así hacer pedazos, huyeron el resto. Van tras ellos hasta un pueblo;

prenden los que pudieron, que fueron 25; vuélvense con su victoria,

puesto que aguada todavía, por dejar de su compañía uno muerto y

traer 22 heridos. Despidieron á los 7 que habian venido con ellos de

la tierra firme; partieron, dice Américo, con ellos la presa, porque

les dieron 7 personas, 3 hombres y 4 mujeres de los cautivos, y los

enviaron muy alegres, admirados de aquella hazaña que los cristianos

hicieron y de sus fuerzas. Todo esto cuenta Américo, añidiendo que de

allí se volvieron á España y llegaron á Cáliz con 222 indios cautivos,

donde fueron, segun él dice, con mucha alegría recibidos, y allí sus

esclavos todos vendieron. ¿Quién le preguntara agora que de dónde

robaron y hobieron ó saltearon los 200 de aquellos? porque esto, como

otras cosas, pásalo en silencio Américo. Nótese, pues, aquí, por los

leyentes, que saben algo de lo que contiene en sí la recta y natural

justicia, aunque sean sin fe, gentiles, con qué derecho y causa

hicieron estos, con quien Américo iba, guerra á los de aquella isla,

y hicieron y llevaron estos esclavos, sin les haber injuria hecho,

ni en cosa chica ni grande ofendido, ignorando tambien si justa ó

injustamente los de la tierra firme acusaban á los desta isla, y qué

fama y amor quedaria derramada y sembrada de los cristianos en las

gentes, y por los moradores della y de las comarcanas, quedando tan

asombrados, lastimados y ofendidos; pero vamos adelante, que, acerca

desto, _grandis restat nobis via_.

CAPÍTULO CLXVIII.

De aquí queda nuestro Américo asaz claramente de falsedad convencido,

porque, de aquesta isla que escandalizó y en ella tan gran daño hizo,

dice que se volvieron á Castilla, no haciendo mencion de haber venido

primero á esta Española, como vino; la cual venida á su segundo viaje

aplica, pero no es verdad, como en el cap. 162 probé arriba. Puesto que

pudo decir verdad, que de aquella isla que guerrearon y maltrataron

fuese su venida para Castilla, pero no por el discurso que hasta

agora ha dicho; lo cual pruebo y parece así, por los testigos que se

tomaron por parte del Fiscal del Rey en el pleito que el almirante D.

Diego Colon trujo con el Rey, sobre la guarda y cumplimiento de sus

privilegios, de que he hecho muchas veces mencion arriba; depusieron

que Alonso de Hojeda, con quien venia Américo en su primer viaje,

corrió la costa de la mar hasta Cuquibacoa, que es Venezuela, y el

cabo de la Vela, y que de allí se vino á esta isla, y así lo juró un

testigo que se llamó Andrés de Morales, que yo bien cognoscí, principal

piloto y viejo en estas Indias, vecino desta ciudad de Sancto Domingo,

el cual, en su dicho dice así: «Andrés de Morales etc.,» á la quinta

pregunta dijo: «Que la sabe como en ella se contiene»; preguntado como

la sabe, dijo: «Que la sabe porque se ha hallado muchas veces con Juan

de la Cosa é con Alonso de Hojeda en las navegaciones de aquel viaje

etc., y que los sobredichos partieron desta isla de Roquemes, en las de

Canaria, é fueron á dar en la tierra firme encima de la provincia de

Paria, é descubrieron por la costa abajo á la dicha provincia de Paria,

é pasaron más abajo á la dicha isla Margarita, y de ahí á Maracapana,

descubriendo la costa hasta el dicho Cacique Ayarayte, y desde allí,

de puerto en puerto, hasta la isla de los Gigantes, y desde allí

descubrieron á la provincia de Cuquibacoa hasta el cabo de la Vela, el

cual nombre le pusieron el dicho Juan de la Cosa é Hojeda, é que de

allí se vinieron á la isla Española.» Estas son sus palabras. Luego no

pudo de allí tan abajo tornar á la isla que alborotaron, porque aquella

no pudo ser sino alguna de las que están hácia el Oriente, comenzando

de donde ellos estaban, como es la de Guadalupe y sus comarcanas,

como arriba dijimos; y era dificilísimo subir de bajo arriba, por las

grandes corrientes y contrarios vientos que por allí son continuos. Y

esto se confirma porque fueron á parar al Brasil desta isla, que es al

puerto de Yaquimo, esta costa abajo de Sancto Domingo, y es la propia y

buena navegacion desde el cabo de la Vela hasta allí. Item, si habian,

en aquel puerto ó tierra susodicha, adobado tan poco, habia sus navíos

y tomado bastimentos, ¿como traian necesidad de adobarlos y de comida,

como luego se dirá, á esta isla? Item, ¿como los testigos, y especial

el piloto Andrés de Morales, que parece decir que iba con ellos, como

no tocó ni otro ninguno en decir que Hojeda habia en algun puerto de

aquella tierra firme hecho el bergantin y adobado sus navíos, siendo

cosa señalada, y que daba más vigor á la verdad de sus dichos, que les

pedian para que constase haber él descubierto aquella tierra firme, que

era el fin que el Fiscal contra el Almirante pretendia? Luego, cierto,

Américo trastrueca las cosas que les acaecieron y obraron en el primer

viaje, al segundo, y las del segundo atribuye al primero, como arriba

en el cap. 142 mostramos evidentemente, callando muchas y añidiendo

otras que no convienen. De aquí parece, que el hacer del bergantin y

adobar los navíos en aquella tierra firme, lo cual cierto fué, y yo lo

sé por ser en aquel tiempo notoriamente manifiesto, esto hicieron en el

segundo viaje y no en el primero; y venir á esta isla Española, y donde

acaecieron ciertos escándalos que causó Hojeda en ella, que luego se

dirán, fué en el primero y no en el segundo, como quiso fingir Américo,

y más digo, que nunca vino Hojeda á descubrir é rescatar, é á poblar en

tierra firme, que de vuelta no viniese á parar á esta isla, como abajo

parecerá, y la venida del viaje primero niega ó disimula Américo debajo

de silencio. Item, despues que Hojeda salió de España, hasta llegar

á esta isla, no pasaron más de cinco meses, como arriba ha parecido,

luego no tuvo tiempo para todo lo que dice que hicieron en aquel primer

viaje.

Tornando, pues, á proseguir el primer viaje de Hojeda, con quien iba

Américo, por recta vía, y no por el camino torcido ó interpolado y

confuso, como Américo lo escribe, decimos que, de la provincia de

Cuquibacoa, que ahora se nombra Venezuela, y del cabo de la Vela,

vino á tomar esta isla Española, y fué á surgir á 5 del mes de

Setiembre, como arriba queda dicho en el cap. 164, al Brasil, que es

á la provincia de Yaquimo, y áun creo que más abajo, cerca de la que

se llama ahora la Çabana, tierra y reino de un Rey y señor que se

llamaba Haniguayabá; supiéronlo luego los españoles que estaban por

aquella provincia de Yaquimo, por indios, ó porque vieron venir los

navíos por la mar, y supieron que era Hojeda, y hacen luego mandado

al Almirante, que estaba aquí en Sancto Domingo, recien hecha la paz

con Francisco Roldan y su compañía; luégo el Almirante mandó aparejar

dos carabelas ó tres, y envió á Francisco Roldan con gente para que le

prohibiese cortar brasil, sospechando que los cargaria dello, y que no

hiciese algun otro daño, como sabia que Hojeda era más atrevido de lo

que él quisiera, y dicho y hecho, como dicen. Llegó Roldan al puerto

de Yaquimo, ó, por allí cerca, más abajo, con sus carabelas ó navíos,

y saltó en tierra en 29 de aquel mes de Setiembre, y allí supo, de

los indios, como estaba cerca de allí Hojeda; Roldan, con 26 hombres

de su gente, púsose dél legua y media, y envió de noche por espías

cinco hombres para ver qué gente estaba con él; halláronlo alborotado

y que venia ya camino á ver á Francisco Roldan, porque le habian dado

aviso los indios que habian venido tres carabelas y en ellas Francisco

Roldan con mucha gente; como Roldan era por toda aquella tierra tan

cognoscido, que temblaban dél, y dijeron al Hojeda, que Roldan lo

enviaba á llamar y que fuese á donde él estaba, lo cual no fué así.

Hojeda, como no tenia consigo sino 15 hombres, porque los demas habia

dejado en sus cuatro navíos, que estaban en un puerto ocho leguas de

allí, porque habia venido á hacer en aquel pueblo del Cacique y señor

Haniguayabá, pan, y lo estaba haciendo hacer, no osó hacer otra cosa,

y temió harto no lo viniese Roldan á prender. Hojeda, con cinco ó seis

hombres, venido á donde Roldan estaba, y habladas cosas generales,

pregúntale Roldan, que como venia á esta isla, y mayormente por aquella

trasera parte, sin licencia del Almirante, y no ir primero á la parte

donde el Almirante estaba; respondió Hojeda, que él venia de descubrir

é traia gran necesidad de comida, y los navíos para adobar y habia de

remediarlos, y no pudo ir á otra más cercana parte. Tornó Roldan á

preguntarle, que con qué licencia venia á descubrir, si traia provision

Real que se la mostrase para poder proveerse en esta isla, sin demandar

licencia al que la gobernaba; dijo que sí traia, pero que la traia en

las carabelas, ocho leguas de allí; dijo Roldan que se la mostrase,

porque de otra manera no podia dar buena cuenta, segun debia, al

Almirante, pues para aquello habia sido por él enviado. Cumplió Hojeda

con él cuanto pudo, diciendo que, en despachándose de allí, habia de

ir á hacer reverencia al Almirante, y á hablarle muchas cosas que le

tocaban, de las cuales dijo algunas al Roldan; y estas eran, segun yo

no dudo, las que ya en la corte se trataban, quitar la gobernacion al

Almirante, porque segun le escribió el Roldan, eran cosas que no se

habian de fiar de cartas.

Roldan dejó allí á Hojeda, y váse con sus carabelas á los navíos del

Hojeda, y halló algunas personas de las que habian estado en esta isla

con el Almirante y venido al descubrimiento de Paria, y que se habian

tornado en los cinco navíos, en especial á un Juan Velazquez y Juan

Vizcaino, los cuales le mostraron la provision ó capitulacion, firmada

del Obispo D. Juan de Fonseca, que arriba en el cap. 164 dijimos, y

allí le informaron de todo su viaje, y lo que habian por la tierra

firme bojado y navegado, y las señas de un hombre que les habian

muerto, y los veinte y tantos heridos, como pareció en el dicho 164

capítulo, en el cual se probó haber aportado á esta isla el Hojeda, y

la guerra, donde le mataron al hombre y los demas heridos, en el primer

viaje de Hojeda todo haber acaecido. Supo tambien Francisco Roldan

dellos, haber hallado oro y traerlo en guanines, que eran ciertas joyas

muy bien hechas y artificiadas, como se supieran labrar en Castilla,

puesto que el oro era bajo de valor; trujeron cuernos de venado, y

dijeron que los vieron, y conejos, y un cuero de onza, que debia de

ser de tigre, y un collar hecho de uñas de animales; todo lo cual fué

muy nuevo de oir para ellos y todos los que estaban en esta isla.

Roldan, esto sabido, creyendo que Hojeda cumpliera lo que le dijo, que

en haciendo pan en aquel pueblo se habia de partir á ver al Almirante,

á este puerto de Sancto Domingo, debióse de tornar al Almirante por

tierra, ordenado á las carabelas lo que habian de hacer, y creo yo que

sería que se cargasen del brasil. Él vino de Yaquimo á Xaraguá, que son

18 leguas, y visitó la gente de los cristianos, que repartida estaba

por los pueblos de los indios, y hizo lo que más le pareció, y vínose

á dar cuenta al Almirante de las cosas que le habia dicho Hojeda, que

no debian ser las mejores nuevas del mundo, pues se trataba entónces

en la corte, despues de llegados los cinco navíos con las nuevas de la

rebelion de Roldan, la deposicion del estado del Almirante; cosa que no

fué Hojeda el postrero que lo supiese, como fué favorecido del Obispo

D. Juan de Fonseca, y ambos no aficionados á las cosas del Almirante.

Del Obispo, arriba queda dicho que así era cuasi notorio, y yo lo vide

con mis ojos, y sentí con mis sentidos, y entendí con mi entendimiento.

Del Hojeda, despues pareció que debia de irse desta isla, del Almirante

descontento.

CAPÍTULO CLXIX.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 32 / 40 段