no en la haz ni, segun creo, con facilidad pensada, sino por algun
dia rumiada de Américo Vespucio, para que se le atribuyese haber
descubierto la mayor parte deste indiano mundo, habiendo concedido Dios
este privilegio al Almirante. De aquí conviene proseguir la historia
de lo que acaesció á Alonso de Hojeda, con quien iba el Américo, su
primer viaje. Partió, pues, con cuatro navíos, por el mes de Mayo, del
puerto de Cáliz, Alonso de Hojeda, y Juan de la Cosa por piloto ya
experimentado por los viajes que habia ido con el Almirante, y otros
pilotos y personas que tambien se habian hallado en los dichos viajes,
y tambien Américo, el cual, como arriba queda dicho en el cap. 140,
ó fué como mercader ó como sabio en las cosas de cosmosgrafía y de
la mar; partieron, digo, por Mayo, segun dice Américo, pero no como
él dice año de 1497, sino el año de 99, como asaz queda averiguado.
Su camino enderezaron hácia el Poniente, primero, desde las islas
Canarias, despues la vía del Austro. En veintisiete dias llegaron
(segun dice el mismo Américo) á vista de tierra, la cual juzgaron ser
firme, y no estuvieron en ello engañados; llegados á la más propincua
tierra, echaron anclas, obra de una legua de la ribera, por miedo de no
dar en algun bajo. Echaron las barcas fuera y aparéjanse de sus armas,
llegan á la ribera, ven infinito número de gente desnuda; ellos reciben
inestimable gozo. Los indios páranselos á mirar como pasmados, pónense
luego en huida al más propincuo monte; los cristianos, con señales
de paz y amistad, los alagaban, pero ellos no curaban de creerlos, y
porque habian echado las anclas en la playa y no en puerto, temiendo
no padeciesen peligro, si viniese algun recio tiempo, alzaron y vánse
la costa abajo á buscar puertos, viendo toda la ribera llena de gente,
y al cabo de dos dias lo hallaron bueno. Surgieron media legua de
tierra, pareció infinita multitud de gentes que venian á ver cosa tan
nueva. Saltaron en tierra 40 hombres bien aparejados, llamaron las
gentes como con señuelos, mostrándoles cascabeles y espejuelos y otras
cosas de Castilla; ellos, siempre temiendo no fuesen cebo de anzuelo ó
carne de buitrera no los creian, pero al cabo, algunos de los indios
que se atrevieron, llegáronse á los cristianos, y las cosillas que les
daban recibieron. Sobrevino la noche, volviéronse á las naos y los
indios á sus pueblos, y, en esclaresciendo, estaba la playa llena de
gente, hombres y mujeres con sus niños en los brazos, como unas ovejas
y corderos, que era grande alegría verlos. Saltan los cristianos en
sus barcas para salir en tierra, échanse los indios al agua, nadando,
vienen á recibirlos un gran tiro de ballesta; llegados á tierra de tal
manera, los recibieron, y con tanta confianza y seguridad ó descuido
se juntaban los indios con ellos, como si fueran sus padres los unos
de los otros, y toda su vida hubieran vivido y conversado con ellos.
Era esta gente de mediana estatura, bien proporcionados, las caras
no muy hermosas por tenerlas anchas; la color de la carne que tira á
rubia como los pelos del leon, de manera que, á ser y andar vestidos,
serian poco ménos blancos que nosotros; pelo alguno no le consienten
en todo su cuerpo, porque lo tienen por cosa bestial; ligerísimos,
hombres y mujeres, grandes nadadores, y más las mujeres que los
hombres, más que puede ser encarecido, porque nadan dos leguas sin
descansar. Entendieron los nuestros ser muy guerreros; sus armas son
arcos y flechas muy agudas de huesos de peces, y tiran muy al cierto;
llevaban sus mujeres á la guerra, no para pelear, sino para llevarles
las comidas, y lo que más suelen consigo llevar; no tienen Reyes, ni
señores, ni capitanes en las guerras, sino unos á otros se llaman
y convocan y exhortan cuando han de pelear contra sus enemigos; la
causa de sus guerras entendieron ser contra los de otra lengua, si
les mataron algun pariente y amigo, y el querelloso, que es el más
antiguo pariente, en las plazas llama y convoca á los vecinos que le
ayuden contra los que tiene por enemigos. No guardan hora ni regla en
el comer, sino todas las veces que lo han gana, y esto es porque cada
vez comen poco, y siéntanse en el suelo á comer; la comida, carne ó
pescado, pónenla en ciertas escudillas de barro que hacen, ó en medias
calabazas; duermen en hamacas hechas de algodon, de las que arriba,
hablando de esta isla dijimos; son honestísimos en la conversacion de
las mujeres, como dijimos de los desta isla, que ninguna persona del
mundo lo ha de sentir, y, cuanto en aquello son honestos, usan de gran
deshonestidad en el orinar ellos y ellas, porque no se apartan, sino en
presencia de todos; y lo mismo no se curan de hacer el estruendo del
vientre. No tenian órden ni ley en los mantenimientos; tomaban ellos
cuantos querian y ellas tambien, y dejábanse cuando les placia, sin
que á ninguno se haga injuria ni la reciba del otro. No eran celosos
ellos ni ellas, sino todos vivian á su placer, sin recibir enojo del
otro. Multiplicaban mucho, y las mujeres preñadas no por eso dejan de
trabajar; cuando paren tienen muy chicos y cuasi insensibles dolores.
Si hoy paren, mañana se levantan, tan sin pena, como si no parieran;
en pariendo, vánse luego al rio á lavar, y luego se hallan limpias y
sanas. Si se enojan de sus maridos, fácilmente, con ciertas hierbas
ó zumos, abortan, echando muertas las criaturas; y, aunque andan
desnudas, lo que es vergonzoso de tal manera lo tienen cubierto con
hojas, ó con tela, ó con cierto trapillo de algodon, que no se parece,
y los hombres y las mujeres no se mueven más porque todo lo secreto
y vergonzoso se vea ó ande descubierto, que nosotros nos movemos
viendo los rostros ó manos de los hombres. Son limpísimos en todos sus
cuerpos ellos y ellas, por lavarse muchas veces. Religion alguna no
les vieron que tuviesen, ni templos ó casas de oracion. Las casas en
que moraban eran comunes á todos, y tan capaces, que cabian y vieron
en ellas 600 personas, y ocho dellas que cupieran 10.000 ánimas. Eran
de madera fortísimas, aunque cubiertas de hojas de palmas; la hechura
como á manera de campana; de ocho á ocho años, dicen que se mudaban
de unos lugares á otros, porque con el calor del sol excesísimo se
inficionaban los aires y causaban grandes enfermedades. Todas sus
riquezas eran plumas de aves de colores diversos, y unas cuentas hechas
de huesos de peces y de unas piedras verdes y blancas, las cuales se
ponian en las orejas y labios; el oro y perlas y otras cosas ricas, ni
las buscan ni las quieren, ántes las deshechan como cosas que tienen
en poco. Ningun trato y compra ni venta ni conmutaciones usan, sino
sólo aquellas cosas que para sus necesidades naturales les produce y
ministra la naturaleza; cuanto tienen y poseen dan liberalísimamente á
cualquiera que se lo pide; y así como en el dar son muy liberales, de
aquella manera de pedir y recibir, de los que tienen por amigos, son
cupidísimos. Por señal de gran amistad tienen entre sí, comunicar sus
mujeres é hijas con sus amigos y huéspedes. El padre y la madre tienen
por gran honra que cualquiera tenga por bien de llevarles su hija,
aunque sea vírgen, y tenerla por amiga, y esto estiman por confirmacion
de amistad entre sí. Diversas maneras de enterrar los difuntos entre sí
tienen; unos los entierran con agua en las sepulturas, poniéndoles á la
cabecera mucha comida, creyendo que para el camino de la otra vida, ó
en ella, de aquello se mantengan; lloro, ninguno, ni sentimiento hacen
por los que se mueren. Otros tienen aqueste uso, que cuando les parece
que el enfermo está cercano á la muerte, sus parientes más cercanos
lo llevan en una hamaca al monte, y allí, colgada la hamaca de dos
árboles, un dia entero les hacen muchos bailes y cantos, y viniendo la
noche, pónenle á la cabecera agua y de comer cuanto le podrá bastar
para tres ó cuatro dias, y, dejándolo allí, vánse, y nunca más lo
visitan. Si el enfermo come y bebe de aquello, y al cabo convalece y se
vuelve, de su casa con grandes alegrías y ceremonias lo reciben; pero
pocos deben ser los que escapan, pues nadie, despues de puestos allí,
los ayuda y visita. En el curar los enfermos se han desta manera:
que cuando están con el mayor calor de calentura, métenlo en agua muy
fria, y allí lo bañan; despues pónenlo al fuego, que hacen muy grande,
por dos horas buenas, hasta que esté bien caliente; de aquí hácenle,
aunque le pese, dar grandes carreras en ida y venida; despues échanlo
á dormir. Con esta medicina y modo de curar, muchos escapan y sanan;
usan mucho de la dieta, porque se están tres y cuatro dias sin comer
ni beber. Sángranse muchas veces, no de los brazos, sino de los lomos
y de las pantorrillas; tambien acostumbran vómitos con ciertas hierbas
que traen en la boca; abundan en mucha sangre y flemático humor, por
ser su comida de raíces y hierbas y cosas terrestres, y de pescado;
hacen el pan de las raíces que en esta Española llamaban yuca; grano,
dijeron que no tenian; carne pocas veces comian, sino era la humana,
lo cual mucho tenian en uso, y esta era la de sus enemigos, los cuales
se maravillaban de que los cristianos la de sus enemigos no comiesen.
Hallaron en esta tierra poca señal de oro, aunque alguna, ni de otra
cosa que fuese de valor; echábanlo á que no entendian la lengua,
mayormente, que hallaban diversas lenguas en una provincia. Del sitio
y disposicion y hermosura de la tierra, dicen que no puede ser mejor.
Todas estas cosas cuenta Américo en su primera navegacion, muchas de
las cuales no era posible en dos ni tres, ni en diez dias que podian
estar ó estaban entre los indios, no entendiéndoles palabra una ni
ninguna, como él aquí confiesa, saberlas, como es aquella de que en
ocho años se mudaban de tierra en tierra por el ardor del sol, y que
cuando se enojaban de sus maridos, movian las criaturas las mujeres,
y que no tenian ley ni órden en los matrimonios, y ni Rey, ni señor,
ni Capitan en las guerras, y otras semejantes; y por eso, sólo aquello
que por los ojos vian, y podian ver, como era lo que comian y bebian,
y andaban desnudos y eran de color tal, y grandes nadadores, y otros
actos exteriores, es lo que podemos creer; lo demas parece todo
ficciones.
CAPÍTULO CLXVI.
Dejaron estas gentes y vánse la costa abajo, muchas veces saltando en
tierra y viendo y conversando diversas gentes, hasta que llegaron á
un puerto, en el cual, como entraron, vieron un pueblo sobre el agua
fundado como Venecia; en el cual, dice Américo, que habia 20 casas muy
grandes de la hechura de las otras, en forma de campana, puestas sobre
postes validísimos, á las puertas de las cuales tenian sus puentes
levadizas, por los cuales, como por calles, pasaban y andaban de una
casa á otra. Los vecinos della, así como vieron los navíos y la gente
dellos, á lo que pareció, alzaron luego sus puentes todas, y luego en
sus casas se recogieron, y estando los cristianos mirando y admirándose
desto, ven venir 12 canoas ó barquillos de los de un madero, llenas de
gente que se venian á ellos; y, llegados, páranselos á mirar rodeando
los navíos de una parte á otra, maravillados y como pasmados de verlos.
Hiciéronles los cristianos señas de amistad y que se viniesen á ellos,
no quisieron; vánse los cristianos hácia ellos, pero no quisieron
esperar, sino dándose priesa á huir, y con las manos haciendo señas
como que los esperasen y volverian, salen de sus canoas y vánse á
una sierra, y vuelven con 16 doncellas, y viénense con ellas á los
navíos en sus canoas, y poniendo en cada navío cuatro, ofrécenselas,
y así de buena amistad, dentro de sus canoas, entrando y saliendo á
los navíos, conversaron con ellos. En esto salen de las casas que
habian visto mucha gente, y échanse á la mar, nadando veníanse hácia
los navíos, y ya que llegaban cerca, páranse ciertas mujeres viejas
y dan tantos gritos y voces, hacen tantos clamores, mesábanse los
cabellos, mostraban tanto dolor y angustia, que parecia que rasgaban
los cielos; viendo esto las doncellas, súbito, se dejan caer á la
mar, y los indios que estaban en las canoas comenzaron á apartarse
de los navíos y á tirarles flechazos muy á menudo, y los que venian
nadando, diz que, traian sus lanzas con el agua encubiertas. Debia ser
tirar las flechas y traer las lanzas por defensa de las muchachas, ya
que se arrepentian de se las haber dado, porque no se las tornasen á
tomar. Visto esto, los cristianos que no sufren á los indios muchos
juguetes, saltan en las barcas y van tras ellos; embisten las canoas
y anéganselas, matan 20 dellos, y acuchillan y alancéanles muchos,
no del todo muertos. Sálvanse á nado todos los que pudieron; de los
cristianos quedaron heridos cinco, pero no padecieron peligro alguno.
Cogieron de las muchachas dos, y tres de los hombres prendieron; van
luego á las casas, no hallaron más de dos viejas y un hombre enfermo;
no quisieron quemar las casas porque les pareció tener escrúpulo de
conciencia, dice Américo. Harto fuera mejor, y con ménos escrúpulo de
conciencia se hiciera, dejarlos ir y mostrarles mansedumbre, y darles
á entender que no les querian hacer mal, por señas, ni venian á eso,
enviándoles de las cosillas de Castilla, y vencieran el mal con bien,
é fuera cristiano ejemplo, pero no iban á esto sino á buscar oro y
perlas. Volviéronse á sus navíos con sus cinco captivos, echaron los
tres hombres en hierros; una noche, las dos muchachas y uno de los
presos, que se soltó sotilmente, se echaron en la mar y dellos se
descabulleron. Alzan las velas de este puerto, y vánse 80 leguas la
costa abajo, y esta fué la tierra de Paria, que habia descubierto el
Almirante, como pareció arriba, donde hallaron otra gente, de aquella,
en lengua y conversacion, muy diversa; surgieron con sus anclas,
saltaron en las barcas para ir á tierra, vieron sobre 4.000 personas
en la ribera. No esperaron los indios de miedo, ántes á los montes,
dejando cuanto que tenian, huyeron. Salidos los cristianos á tierra
vánse por unos caminos, hallaron ciertas chozas y muchas, que fuesen
de pescadores creyeron; hallaron muchos fuegos, y en ellos pescados de
diversas maneras, y asándose una de las iguanas que arriba dijimos,
de que se asombraron, creyendo que era alguna bravísima sierpe. El pan
que comia esta gente, dice Américo, que lo hacian de pescado en agua
hirviente algo cocido, despues lo golpean y amasan, y, hecho de aquella
masa panecillos, pónenlo sobre las ascuas, y así allí los cuecen, y
era muy buen pan, á su juicio. Muchas maneras de manjares y de hierbas
y de frutas de árboles hallaron, y ninguna cosa dellas les tomaron,
ántes les dejaron en sus ranchos y chozas cosillas de las de Castilla,
para, si pudiesen, asegurarles del miedo que tenian, y volviéronse á
sus navíos. Otro dia, en saliendo el sol, comienza á venir á la playa
infinita gente; salieron á tierra los cristianos de los navíos, esperan
los indios, aunque todavía muy tímidos; lléganse los cristianos, y poco
á poco pierden el miedo, y por señas les dicen que aquellas chozas no
son sus casas principales, más de para venir á pescar hechas, y que
les rogaban fuesen con ellos á sus pueblos. Vista la instancia que
hacian é su importunidad, y que parecia proceder de buena voluntad,
acordaron de ir 23 hombres, bien armados, con determinacion de morir
cuando la necesidad les compeliese, empleando primero en ellos bien sus
personas. Estuvieron allí con ellos tres dias en gran conversacion de
amistad, puesto que ni una palabra se entendian. Fuéronse con ellos la
tierra dentro, tres leguas, á un pueblo que estaba allí, donde fueron
recibidos con tantos bailes, cantares, alegría y regocijos, y servidos
de tantos manjares y comida de los que tenian, que dice Américo que
no tenia péndola que lo pudiese escribir. Dice más, que aquella noche
durmieron allí, y que sus propias mujeres, con toda prodigalidad les
ofrecian, y esto con tanta importunidad que no bastaban á resistirles;
como allí estuviesen aquella noche y otro dia hasta medio dia, fué
tanto y tan admirable el pueblo que á verlos de otras poblaciones de
la tierra vino, y verlos absortos en mirarlos, rodearlos y tocarlos,
que era una cosa de maravilla. Ciertos hombres ancianos, que debian
ser los señores, les rogaron con la misma importunidad que se fuesen
con ellos á sus pueblos, lo cual les concedieron, donde fácil cosa de
contar no es, dice Américo, cuantos honores y buen tratamiento les
hicieron. Estuvieron en muchas poblaciones suyas, por nueve dias,
dentro de los cuales los que quedaron en los navíos estuvieron harto
penados, temiendo no les hobiese la ida sucedido mal. Despues de los
nueve dias, que gastaron andando por muchos pueblos, acordaron á sus
navíos volverse; fué cosa cuasi increible la gente que con ellos en
su compañía vino hasta la mar, hombres y mujeres; cuando se cansaba
alguno de los cristianos, ellos los levantaban, y en las hamacas los
traian á cuestas, como quien anda en litera, y áun con harto ménos
peligro y más descanso, ellos los llevaban. Á las pasadas de los rios,
que habia muchos y muy grandes, con balsas y otros sus artificios,
con tanta seguridad y enjuteza los pasaban como si fueran por tierra.
Vinieron con muchas cosas cargados muchos, que á los cristianos en sus
pueblos dieron, como muchos arcos y flechas, muchas cosas de pluma; de
papagayos gran número, de diversas colores; otros traian sus alhajas
cuantas tenian para darles y dejarles cuando á sus casas se volviesen;
otros, dice Américo, traian sus animales consigo; estos animales no
puedo yo entender cuales fuesen. Y cuenta una cosa, entre las otras,
muy admirable: que cada uno de los indios se tenia por felice, si á las
pasadas de los rios que se vadeaban, pasa el cristiano en sus hombros,
y aquel que más veces ó más cristianos pasaba por más bienaventurado
se estimaba. Así como llegaron á la playa, que vinieron las barcas
de los navíos á tomar los cristianos, y quisieron entrar en ellas, y
tanta gente cargó y con tanta prisa entrar quisieran, unos primero que
otros, que aína se anegáran las barcas; fueron tantos los que entraron
en las barcas con los cristianos y los que iban nadando, que pasaban
de mil, y daban alguna molestia con su importunidad y frecuencia á
los cristianos. Entraron en los navíos y estuvieron en ellos, aunque
desnudos y sin armas, dice Américo; de ver los navíos y las járcias
y todos los instrumentos y aparatos de las naos, y de su grandeza,
no acababan de se admirar. Estando así admirados, acuerdan los de
un navío, y debia de ser del navío del capitan Hojeda, burlando ó de
veras espantarlos más; soltaron ciertas lombardas, pegando fuego, y,
con el terrible tronido que dieron, la mayor parte de todos ellos
dan consigo en la mar, de la misma manera que las ranas que estan en
seco en la ribera, oyendo algun estruendo, súbitamente saltan luego
á zabullirse en el agua; y de tal manera quedaron atónitos y sin
habla, que ya á los cristianos de la burla les comenzaba á pesar;
comenzáronse á reir y alagarlos, hasta que vieron que aquello era
burlando, haciéndoles entender por señas, que aquellas armas eran para
las guerras que solian tener contra sus enemigos. Estuvieron allí
todo aquel dia, con gran contentamiento, y que no los podian despedir
de sí hasta que les dijeron por señas que se fuesen, porque aquella
noche se querian partir; fuéronse muy alegres y contentos, y con gran
amor y benevolencia de los cristianos. Dice Américo aquí, que aquella
tierra era de gente muy poblada y de muchos y diversos animales llena,
pocos que se parecian á los nuestros de España, sacados los leones,
osos, ciervos, puercos, cabras monteses y gamos, que tenian cierta
deformidad, diferentes de los nuestros; pero, en la verdad, yo no
creo que él vido leones ni osos, porque leones son muy raros, y no
pudieron estar tanto que los viesen, ni osos; cabras, nunca hombre en
estas Indias las vido, ni sé como pudo ver la diferencia que hay de
ciervos á los gamos, si alguna es, ni puercos porque no los hay en
estas partes; ciervos ó gamos, de léjos, bien pudo ver muchos, porque
los hay infinitos en toda la tierra firme; caballos, mulas, asnos,
vacas, ni ovejas, ni perros, dice que no hay y dice verdad, puesto
que perros de cierta especie, que no la de acá, háilos en algunas
partes. De otros muchos animales de varios géneros, silvestres, dice
que hay gran abundancia; pero si no eran conejos, pudo él dar poco
verdadero testimonio de haberlos visto. De aves de diversas colores y
especies y hermosura, dice que vieron muchas, y así lo creo, porque
las hay infinitas. De la region de la tierra, dice ser amenísima y
fructífera, de selvas y florestas grandes llena, las cuales en todo
el tiempo del año están verdes y con sus hojas que jamás se caen;
frutos, innumerables y diversos de los nuestros: y todo es verdad.
Torna á repetir (no sé si lo dice de aquella misma tierra, que parece
que sí, ó de otra, y parece que su decir confunde la relacion por
lo que ha dicho arriba, que se habian de partir aquella noche), que
vino mucho pueblo á los contemplar por ver sus gestos, personas y
blancura, y que les preguntaban que de dónde venian, ellos respondian
que habian descendido del cielo por ver las cosas de la tierra, lo
cual sin duda los indios creyeron. Cometieron aquí los cristianos un
grande sacrilegio, estimando hacer á Dios agradable sacrificio, que
como vieron aquellas gentes tan tratables, mansuetas y benignas, no
las entendiendo, ni ellas á ellos, ni sola una palabra, por lo cual
no pudieron darles alguna chica ni grande doctrina, baptizaron, dice
Américo, infinitos; de donde parece lo poco que Américo y los que
allí iban, de la práctica de los Sacramentos y la reverencia que se
les debia tener, y la disposicion y idoneidad que para recibirlos se
requeria, sabian, porque si el Sacramento del baptismo recibieron y
el carácter se les imprimió, como parece que sí, porque no tuvieron
ficion alguna, sino ántes voluntad positiva, expresa, de recibir lo que
aquellos hombres cristianos les daban, é implícita de lo que la Iglesia
les diera si fueran los ministros discretos, y si ellos supieran qué
cosa era Iglesia y baptismo, precediendo en ellos suficiente doctrina,
sin duda tuvieran la voluntad é intencion expresa. Es manifiesto que
cometieron aquellos cristianos, en baptizarlos, contra Dios gran
ofensa; la razon es clara, porque fueron causa aquellos que fueron
ministros del baptismo, que aquellos indios ya cristianos, que poco
que mucho eran idólatras, y que estarian en muchos pecados, quizá de
diversas especies, como gente careciente de lumbre de fe y de doctrina,
desde adelante fuesen á idolatrar con injuria del Sacramento, y así,
con gran sacrilegio, imputable á los que tan indiscretamente los
baptizaron, no á los baptizados indios; y si no recibieron el carácter
y baptismo, tambien ofendieron á Dios, porque administraron fuera
del caso de necesidad en cuanto en sí era el Sacramento en balde é
indebidamente, por faltar la necesaria disposicion en el sujeto,
por lo cual se instituyeron, con culpable indiscrecion, en idóneos
ministros. Dice Américo, que, despues de baptizados, decian los indios,
charaybí, que suena en su lengua, llamando á sí mismos, varones de
gran sabiduría; cosa es esta de reir, porque áun no entendian qué
vocablo tenian por pan ó por agua, que es lo primero que de aquellas
lenguas á los principios aprendemos, y en dos dias ó diez que allí
estuvieron, que quizá no llegaron á seis, quiere Américo hacer entender
que entendia que charaybí queria decir varones de gran sabiduría. Aquí
declara Américo, que aquella tierra llamaban los naturales de ella,
Paria, y disimula lo que allí pasó de las nuevas que supieron, como
habia estado allí tantos dias el Almirante, y vieron las cosas que les
habia dado de las de Castilla, y fuera razon que no lo callara. Bien
será que todos los que aqueste paso leyeren, y todo el discurso de
aquesta historia, hagan aquí pié, y noten como verdaderos cristianos y
prudentes, desembarazados y libres de afeccion, la bondad y mansedumbre
y hospitalidad natural de estas gentes, todas, digo, las de estas
Indias, y como resciben los cristianos en sus tierras al principio,
ántes que los cognoscan por sus obras no cristianas ni de cristianos,
sino de hombres, puros hombres, inventadas y adquiridas por sus
corruptas costumbres; consideren tambien los lectores, la disposicion
tan buena y tan propíncua que tenian para recibir nuestra católica fe,
y con cuan poco trabajo, y con ninguna resistencia se hicieran todas
las naciones deste orbe, infinitas, cristianas, y se convirtieran á su
Criador y Redentor, Jesucristo, si entráramos en ellas como verdaderos
cristianos. Pero pasemos adelante, porque antigua cuestion y lamentable
materia es esta.
CAPÍTULO CLXVII.
Acordaron de salir deste puerto, y debia ser el golfo dulce, de que
arriba se ha hecho larga mencion, que hace la isla de la Trinidad con
la tierra de Paria, dentro de la boca del Drago, y sospecho que, como
cosa que era señalada y notorio haberla descubierto el Almirante, calló
Américo, de industria, el nombre de la boca del Drago; porque esto es
cierto, que Hojeda y Américo estuvieron dentro deste puerto, como el
mismo Hojeda, en la susodicha su deposicion, con juramento lo confiesa,
y otros muchos testigos, asimismo con juramento, en la probanza que
hizo el Fiscal, lo afirman; y aquí dice Américo, que habia ya trece
meses que andaban por allí, pero yo no lo creo, y si dice verdad en
los meses, fueron en el segundo viaje, que despues con el mismo Hojeda
hizo, á lo que tengo entendido, y no en este primero, como parece
por muchas razones arriba traidas, y por las que más se trujeren.
Finalmente, salidos, desde Paria vánse la costa abajo, y llegan á la
Margarita, que el Almirante habia visto y nombrado Margarita, puesto
que no llegó á ella, y saltó en ella Hojeda, y paseó parte della por
sus piés, como él mismo dice, y estos mismos testigos, que con él
fueron, tambien dicen que llegó á ella, puesto que no niegan ni lo
afirman que saltase en ella; y desto no hay que dudar, sino que la
pasearia, porque es muy graciosa isla, y tenia espacio para ello:
y poco hace al caso esto. Allí es de creer que rescataron perlas,
puesto que no lo dice, pues otros descubridores que luego despues de
él vinieron, las rescataron en la dicha Margarita. Extendió su viaje
Hojeda hasta la provincia y golfo de Cuquibacoa, en lengua de indios,
que agora se llama en nuestro lenguaje, Venezuela, y de allí al cabo de
la Vela, donde agora se pescan las perlas, y él le puso aquel nombre,
cabo de la Vela, y hoy permanece, con una renglera de islas que van de
Oriente á Poniente, alguna de las cuales llamó Hojeda de los Gigantes.
Por manera que anduvo costeando por la tierra firme 400 leguas, 200 al
Levante de Paria, donde recognosció la primera tierra, y esta, él sólo
primero que otro alguno, con los que con él iban y fueron, la descubrió
y descubrieron; y 200 que hay de Paria al cabo de la Vela. Paria
estaba descubierta, y la Margarita, por el Almirante, ocularmente, y
grande parte de las dichas 200 leguas de la Margarita al cabo de la
Vela, porque el Almirante vido como iba la tierra y la cordillera de
las sierras hácia el Poniente, y así todo este descubrimiento á él se
le debe, porque no se sigue que para que se dijese haber descubierto
una tierra ó isla, era menester que la paseara toda; como la isla de
Cuba, claro está que la descubrió por su persona, pero no se requeria
que anduviese todos los rincones della, y lo mismo desta isla Española
y de las demas, y así de toda la tierra firme, cuanto grande sea
y cuanto más se extienda, el Almirante la descubrió. De lo dicho
parece, manifiestamente, que Américo se alargó en lo que en su primera
navegacion afirma, que costearon 860 leguas: esto no es verdad, por
confesion del mismo Hojeda, el cual no quiso perder algo de su gloria
y derecho, empero, dice en su dicho, como pareció en el cap. 140, que
arriba de Paria descubrió 200 leguas, y de Paria á Cuquibacoa, que hoy
es Venezuela; yo le añido hasta el cabo de la Vela, porque lo hallé
así depuesto en el susodicho proceso por algunos testigos que supieron
bien despues toda aquella tierra, é trataban con los descubridores é
iban en los descubrimientos, aunque no aquel viaje con Hojeda, pero
era todo esto entónces muy reciente, y por esto muy manifiesto. No
hizo mencion Hojeda del cabo de la Vela, porque está cerca del golfo
de la Venezuela y es toda una tierra, y del golfo y provincia, como
cosa señalada y notable, que, como se dijo, se llamaba por los indios
Cuquibacoa, principalmente la hizo. De toda esta tierra ó ribera de
mar que anduvo Hojeda y Américo y su compañía, oro y perlas, por
rescates y conmutaciones, hobieron; la cantidad no la supe ni las obras
que por la tierra hicieron. Dejada, pues, la Margarita, vinieron á
Cumaná y Maracapana, que está de la Margarita, 7 leguas el primero y
20 el segundo. Estos son pueblos que están á ribera de la mar, y ántes
del Cumaná entra un golfo, haciendo un gran rincon el agua del mar, de
14 leguas, dentro en la tierra; estaba cercado de pueblos de infinita
gente, y el primero, cuasi á la boca ó entrada, estaba Cumaná, que dije
ser el primer pueblo. Sale un rio junto al pueblo, poderoso, y hay en
él infinitos que llamamos lagartos, pero no son sino naturalísimos
cocodrilos de los del rio Nilo. Y, porque tenian necesidad de adobar
los navíos, porque estaban defectuosos para navegar á España tanto
camino, y de bastimentos para la mayor parte de su viaje, llegaron á
un puerto que el Américo dice que era el mejor del mundo, y no dice á
qué parte ó lugar, ni tampoco lo toca Hojeda, y segun yo me quiero, de
cuarenta y tres años atras, acordar, cuando hablábamos en el viaje de
Hojeda (y áun quizá son más de cincuenta años), sospecho que debia ser
en el golfo que arriba dije de Cariaco, que entra 14 leguas la tierra
dentro, y está la boca de él 7 leguas de la Margarita, en la tierra
firme, junto á Cumaná. Por otra parte, me parece que oí en aquel tiempo
que habia Hojeda entrado y adobado los navíos y hecho un bergantin en
el puerto y pueblo que nombré Maracapana; pero este, aunque es puerto,
no es el mejor del mundo.