el Almirante hacer, del lugar donde estaba, determina, y es que, á más
andar, quiere venirse á esta Española por algunas razones que mucho
le impelian; la una, porque andaba con grandísima pena y sospecha,
como no habia tenido nueva del estado desta isla, tantos dias habia, y
parece que le daba el ánima la desórden y los daños y trabajos, que,
con el alzamiento de Francisco Roldan, toda esta tierra y sus hermanos
padecian; la otra, por despachar luego á su hermano el Adelantado con
tres navíos, para proseguir el descubrimiento que él dejaba comenzado
de tierra firme. Y es cierto, que si Francisco Roldan con su rebelion
y desvergüenza no lo impidiera, el Almirante, ó su hermano por él, la
tierra firme hasta la Nueva España descubriera; pero no era llegada
la hora de su descubrimiento, ni se habia de revocar la permision,
por la cual muchos habian de señalarse en obras injustas, con color
de descubrir, por la Providencia divina establecida. La tercera causa
de darse priesa el Almirante á venir á esta isla, era ver que se le
dañaban y perdian los bastimentos, de que tanta necesidad, para el
socorro de los que aquí estaban, tenia, los cuales torna á llorar,
encareciendo que los hobo con grandes angustias y fatigas, y dice,
que si se le pierden que no tiene esperanzas de haber otros, por la
gran contradiccion que siempre padecia de los que consejaban á los
Reyes, los cuales, dice él aquí: «no son amigos ni desean la honra del
Estado de Sus Altezas las personas que les han dicho mal de tan noble
empresa, ni el gasto era tanto que no se pudiese gastar, puesto que tan
presto no hubiese provecho para se recompensar, pues era grandísimo el
servicio que se hacia á Nuestro Señor en divulgar su santo nombre en
tierras incógnitas; y, allende desto, fuera para más gran memoria, que
Príncipe hobo dejado, espiritual y temporal.» Dice más el Almirante:
«y para esto fuera bien gastado la renta de un buen Obispado ó
Arzobispado, y digo (dice él), la mejor de España, donde hay tantas
rentas y no ningun Prelado, que, aunque han oido que acá hay pueblos
infinitos, que se haya determinado de enviar acá personas doctas y
de ingenio, y amigos de Cristo á tentar de los tornar cristianos ó
dar comienzo á ello; el cual gasto, bien soy cierto, que placiendo á
Nuestro Señor, presto saldrá de acá y para llevar allá.» Estas son
sus palabras. Cuanta verdad diga y cuan claro argumento haya sido
de la inadvertencia y remision, y atibiado hervor de caridad de los
hombres de aquel tiempo, espirituales ó eclesiásticos y temporales, que
tenian poder y facultad, no proveer al remedio y conversion destas tan
dispuestas y aparejadas gentes para recibir la fe, el dia del universal
Juicio parecerá. Fué la cuarta causa de venirse á esta isla y no
detenerse en descubrir más, lo que mucho quisiera, como dice él, porque
no venian para descubrir proveidos, la gente de la mar, porque dice,
que no les osó decir en Castilla que venia con propósito de descubrir,
porque no le pusiesen algun estorbo y porque no le pidiesen más dineros
que él no tenia, y dice que andaba la gente muy cansada. La quinta
causa, porque los navíos que traia eran grandes para descubrir, que el
uno era de más de 100 toneles y el otro de más de 70, y no se requiere
para descubrir sino de ménos; y por ser grande la nao que trajo el
primer viaje, se le perdió en el Puerto de la Navidad, reino del rey
Guacanagarí, como pareció arriba en el cap. 59. Fué tambien la sexta,
que mucho le constriñó á dejar el descubrir é venirse á esta isla,
tener los ojos cuasi del todo perdidos de no dormir, por las luengas y
continuas velas ó vigilias que habia tenido; y en este paso dice así:
«Plega á Nuestro Señor de me librar dellos (de los ojos dice), que bien
sabe que yo no llevo estas fatigas por atesorar ni fallar tesoros para
mí, que, cierto, yo conozco que todo es vano cuanto acá en este siglo
se hace, salvo aquello que es honra y servicio de Dios, lo cual, no
es de ayuntar riquezas ni soberbias, ni otras cosas muchas que usamos
en este mundo, en las cuales más estamos inclinados que en las cosas
que nos pueden salvar.» Estas son sus palabras. Verdaderamente este
hombre tenia buena y cristiana intincion, y estaba harto contento con
el estado que tenia, y quisiera con mediana pasada en el sustentarse
y de tantos trabajos reposar, al cual habia subido tan meritamente,
pero lo que sudaba y trabajaba era por echar mayor cargo á los Reyes;
y no se qué mayor era necesario del que habia echado, y áun él los
habia obligado, sino que via hacer tan poco caso de los señalados
servicios que habia hecho, y que de golpe iba cayendo y aniquilándose
la estimacion que destas Indias se habia comenzado, por los que á los
oidos de los Reyes estaban, que temia cada dia mayores disfavores,
y que del todo desmamparasen el negocio los Reyes, y así viese sus
sudores y trabajos perdidos, y él, al cabo, muriese en pobreza.
Determinando, pues, de venirse cuan presto pudiese á esta isla,
miércoles, á 15 de Agosto, que fué de la Asuncion de Nuestra Señora,
despues del sol salido, mandó alzar las anclas de donde habia surgido,
que debia ser dentro del golfete que hace la Margarita y otras isletas
con la tierra firme (y debia estar cerca de la Margarita, como dijimos
arriba, cap. 139), y dió la vela camino desta isla; y, viniendo su
camino, vido bien vista la Margarita y las isletas que por allí habia,
y tambien, cuanto más se iba alejando, más tierra alta descubria de
la tierra firme, y anduvo aquel dia, desde el sol salido hasta el sol
puesto, 63 leguas, por las grandes corrientes que ayudaban al viento.
Dejémosle agora venir hácia acá, donde pensaba de tener algun poco de
descanso y placer de su tan laborioso camino é indisposicion corporal,
holgándose con sus hermanos y amigos, lo que no hallará sino materia
con que se le doblen nuevas y mayores angustias y amarguras, de donde
se cognoscerá, lo que arriba alguna ó algunas veces habemos dicho,
conviene á saber, que toda su vida fué un trabajoso martirio.
CAPÍTULO CXLVIII.
Ya dejamos salido el Almirante de la tierra firme y de sus comarcanas
islas; conviene al órden de nuestra historia, que contemos el viaje
que hicieron los tres navíos que el Almirante despachó de las
islas de Canaria, viniéndose él á las de Cabo Verde, para hacer el
descubrimiento de la tierra firme, que agora hizo. Ya dijimos arriba en
el cap. 120, como Francisco Roldan con los de su rebelion se fueron á
la provincia de Xaraguá, reino del rey Behechio, estando allí haciendo
vida nefanda, y espurcísima y tiránica, teniendo cada uno las mujeres
que queria, tomadas por fuerza ó por grado á sus maridos, y á los
padres sus hijas para camareras, lavanderas cocineras, y cuantos indios
les parecia para servirse, y traer consigo, que le acompañasen, como
si hobieran nacido de ilustres padres, haciendo fuerzas é importunas
violencias donde quiera que estaban y andaban; matando y acuchillando
fácilmente á cualesquiera tristes indios por cualquiera desabrimiento
que dellos tuviesen. Así que, obrando estas heróicas obras y tales
ejemplos de bien vivir á los infieles, que por las obras de los
cristianos debieran bendecir al Padre celestial, dando por permision
de Dios, que suele, segun los desmerecimientos de los que están en
pecados, desampararlos de su mano, y ponerles ocasiones para que,
perseverando en su malicia más profundamente, caigan, por la ignorancia
de los pilotos, que entónces era harta, y por las corrientes grandes
que por esta isla, al ménos por esta costa del Sur, van abajo, habiendo
de venir á este puerto de Sancto Domingo, los dichos tres navíos fueron
más de 170 leguas abajo, á donde estaban todos los alzados, donde se
hallaron sin saber dónde estaban ni por dónde venian; y paréceme á mí,
que aunque adrede lo quisieran hacer, no pudieran peor errarlo. Y,
cierto, si hubiera sido posible deste alzamiento en Castilla haberse
sabido algo, gran sospecha pudiera tenerse de malicia de los pilotos ó
de los Capitanes, pero no pudo haberse algo sabido. Pues como Francisco
Roldan y su compañía supieron de los navíos, parte temiendo y parte
se alegrando, y algo dudando, quedaron espantados; fueron al puerto,
que estaba dos leguas, disimularon estar en obediencia del Adelantado,
preguntan como aportaron allí y qué nuevas habia del Almirante;
responden que por yerro y por las corrientes, y que el Almirante sería
presto en esta isla con otros tres navíos, que tantos dias habia que
se apartó para ir á descubrir tierra hácia el Austro: entraron en los
navíos y hablaron, y regocijáronse con los Capitanes, dos dias. Dióles
el Capitan Alonso Sanchez refresco, y tornados á salir con buena paz
en tierra como si no estuvieran rebelados, parecióles á los Capitanes
que debia salir la gente que traian de sueldo para trabajar, y que se
viniese por tierra á esta ciudad de Sancto Domingo, por la dificultad
grande que habian de tener los navíos por las corrientes y brisas que
siempre corrian, y, para guiarla, acordaron que el Capitan del un
navío, Juan Antonio Columbo, los llevase, y el Capitan Arana trujese
los navíos á este puerto. Saltaron 40 hombres, todos con sus ballestas,
lanzas y espadas bien aderezadas, á los cuales fácilmente provocó
Francisco Roldan y los suyos á que con él se quedasen, afirmándoles que
los habian de hacer trabajar y cavar por fuerza, y con mucha hambre y
laceria, pero allí en su compañía habian de tener la vida que vian que
ellos tenian, la cual no era otra sino andar de pueblo en pueblo de los
indios, cada uno con las mujeres que le placia tener, y los sirvientes
cuantos querian, fuesen hijas ó hijos de los señores y Caciques, aunque
les pesase, y haciendo cuanto querian sin que nadie les fuese á la
mano, y del todo corrompiendo y alborotando la tierra y las gentes
della, robándoles cuanto oro tenian y cualquiera cosa que tuviesen
de valor, y cortando las orejas y matando á los que no les servian á
su sabor, y otras cosas semejantes, infinitas. Con los cuales hobo
poco que trabajar para haberlos de inducir, porque algunos, y hartos,
eran homicianos, delincuentes, condenados á muerte por graves delitos,
como en el cap. 112 dijimos, sino fueron siete ó ocho que no quisieron
cometer tan gran vileza. Desque cognoscieron los Capitanes que estaban
rebelados y andaban sin obediencia, perpetrando los daños que hacian,
y desvergonzándose á sosacar los que nuevamente venian de Castilla,
fueron á Francisco Roldan, en especial Juan Antonio, el Capitan, que
parecia que más de veras aquella maldad sentia, y díjole que por qué
hacia cosa tan contraria al servicio de los Reyes, pues tanto él
afirmaba estar allí y andar en servicio dellos, que mirase que aquella
gente enviaban los Reyes, que ganaban su sueldo, del cual en Castilla
habian la mitad de un año recibido, para que le sirviesen en sacar oro
de las minas y en otras cosas y oficios, para los cuales dedicados
venian, y cuanto estorbo al servicio de los Reyes se causaria, por eso
que no diese lugar á tanto daño, escándalo y confusion como dello se
creceria. Roldan no curó de sus palabras ni de los daños que le ponian
delante futuros, sino del provecho que al presente con tan buen lance
se le ofrecia, porque se engrosaba y fortificaba para se defender
del Almirante, á quien él harto temia (como á quien tanto habia sido
ingrato y ofendido), allegándosele gente más de la que tenia. Estaban
con él 75, y creo que algunos más hombres, y 40, pocos ménos, que allí
le habian recrescido, tenia ya 100 y más, por manera que Juan Antonio
acordó de volverse á los navíos, y él y Pedro de Arana pusieron recaudo
en la otra gente que quedaba en ellos no se les saliese; y acordaron
partir para este Puerto de Sancto Domingo, quedándose el Capitan
Alonso Sanchez de Carvajal para venirse por tierra y trabajar con el
Roldan, si pudiera á la obediencia reducirlo. En este tiempo alcanzó
el Adelantado á saber, por nuevas y relacion de indios, como andaban
tres navíos hácia el Poniente, luego sospechó que debian venir de
Castilla y haber errado el camino; despachó luego una carabela para
buscarlos y traerlos. Antes que estos tres navíos llegasen, habia
escrito Francisco Roldan y los que con él estaban, á algunos amigos
suyos de los que estaban con el Adelantado, que tuviesen manera con
el Almirante, si viniese, de lo aplacar y reconciliar con él, y que
él queria á la obediencia pristina reducirse; aunque despues tuvo mil
mundanzas y engaños.
CAPÍTULO CXLIX.
Volvamos á la navegacion del Almirante, que dejamos partido del
paraje de la isla Margarita, y anduvo aquel dia, miércoles, 63 leguas
de sol á sol, como dicen. Otro dia, jueves, 16 de Agosto, navegó al
Norueste, cuarta del Norte, 26 leguas, con la mar llana, gracias á
Dios, como él siempre decia. Dice aquí una cosa maravillosa, que cuando
partia de Canaria para esta Española, pasando 300 leguas al Oueste,
luego nordesteaban las agujas una cuarta, y la estrella del Norte no
se alzaba sino 5°, y agora en este viaje nunca le ha nordesteado,
hasta anoche, que nordesteaba más de una cuarta y media, y algunas
agujas nordesteaban medio viento, que son dos cuartas; y esto fué,
todo de golpe, anoche. Y dice que cada noche estaban sobre el aviso
maravillándose de tanto mudamiento del cielo, y de la temperancia dél,
allí, tan cerca de la línea equinoccial, en todo este viaje, despues
de haber hallado la tierra; mayormente estando el sol en Leo, donde,
como arriba ha dicho, por las mañanas se vestia un ropon, y la gente de
allí de Gracia ser más blancos que otros que haya visto en las Indias.
Halló tambien allí, donde agora venia, que la estrella del Norte tenia
en 14° cuando las Guardas habian pasado de la cabeza el término de
dos horas y media. Aquí torna á exhortar á los Reyes que tengan este
negocio en mucho, pues les ha mostrado haber en estas tierras oro, y
mineros ha visto sin número dél, y que se quiere sacar con ingenio,
industria y trabajo, porque áun el hierro, habiendo tanto como hay, no
se saca sin él; y les ha llevado granos de veinte onzas y otros muchos,
y que donde hay esto, algo se debe creer que hay: y que llevó á Sus
Altezas grano de cobre de nacimiento, de seis arrobas, azul, lacar,
ámbar, algodon, pimienta, canela, brasil infinito, estoraque, sándalos
blancos y cetrinos, lino, aloes, jengibre, incienso, mirabolanos de
toda especie, perlas finísimas y perlas bermejas, de que dice Marco
Paulo que valen más que las blancas, y esto bien puede ser allá en
algunas partidas, así como de las conchas que se pescan en Canaria
y se venden en tanto precio en la Mina de Portugal; otras infinitas
cosas he visto y hay de especería que no curo agora de decir por la
prolijidad. Todas estas son sus palabras. Cerca de lo que dice de la
canela, y aloes, y jengibre, incienso, mirabolanos, sándalos, nunca
los ví en esta isla, al ménos, no los conocí; lo que dice del lino,
debe querer decir la cabuya, que son unas pencas como las çavila, de
que se hace hilo y se puede hacer tela ó lienzo dello, pero más se
asemeja al cáñamo que al lino; hay dos maneras dello, cabuya y nequen:
la cabuya es más gruesa y áspera, y el nequen más suave y delgado;
ambos son vocablos desta isla Española. Estoraque, nunca lo olí sino en
la isla de Cuba, pero no lo vide, y esto es cierto, que en Cuba debe
haber árboles dello ó de resina que huela como ello, porque nunca lo
olíamos sino en los fuegos que hacen los indios, de la leña que queman
en sus casas, el cual es olor perfectísimo, cierto; incienso, nunca yo
supe que en estas islas se hallase. Volviendo al camino, viernes, 17
de Agosto, anduvo 37 leguas, la mar llana, á Dios nuestro señor, dice
él, sean dadas infinitas gracias. Dice, que con no hallar ya islas se
certifica, que aquella tierra de donde viene sea gran tierra firme,
ó á donde está el Paraíso terrenal, porque todos dicen, dice él, que
está en fin de Oriente, y es este, dice él. Sábado, entre dia y noche,
andaria 39 leguas. Domingo, 19 de Agosto, anduvo en el dia y la noche
33 leguas, y llegó á la tierra; y esta era una isleta chiquita que
llamó Madama Beata, y hoy comunmente la nombran la Beata; es isleta
de obra de legua y media, junto con esta isla Española, y dista deste
puerto de Sancto Domingo cerca de 50 leguas, y del puerto de Yaquino
15, que está más al Poniente. Está junto á ella otra más chiquita que
tiene una serrezuela altilla, que desde léjos parece vela, y púsole
nombre Alto Velo; creyó que la Beata era una isleta que llamó él Sancta
Catherina cuando vino por esta costa del Sur, del descubrimiento de
la isla de Cuba, y dista deste puerto de Sancto Domingo 25 leguas, y
está junto á esta isla. Pesóle de haber tanto decaido, y dice que no se
debe alguien de maravillar, porque como en las noches estaba al reparo
barloventeando, por miedo de topar algunas islas ó bajos, como hasta
entónces no estaban estos alrededores descubiertos, si habia en ellos
en qué tropezar, y así, no andaba camino, las corrientes, que por aquí
son muy grandes, que van para abajo hácia tierra firme y el Poniente,
hobieron de llevar los navíos, sin sentirse, tan abajo. Corren tanto
por allí hácia la Beata, que ha acaecido estar navío ocho meses en ella
y por ella, que no pudo venir á este puerto, y esto de tardar mucho de
allí aquí ha acaecido muy muchas veces; así que, surgió agora entre la
Beata y esta isla, que hay dos leguas de mar entremedias, lúnes, 20 de
Agosto. Envió luego las barcas á tierra á llamar indios, que por allí
estaban poblaciones, para escribir al Adelantado su venida; venidos á
medio dia, los despachó. Vinieron á la nao seis indios, en dos veces, y
uno de ellos trujo una ballesta con su cuerda, y nuez y armatostes, que
no le causó chico sobresalto, y dijo, plega á Dios que no sea de algun
muerto, y porque debian de ver desde Sancto Domingo pasar los tres
navíos hácia abajo, teniendo por cierto que era el Almirante, como cada
dia lo esperaban, saltó el Adelantado luego en una carabela y alcanzó
aquí al Almirante. Holgáronse muy mucho de verse ambos; preguntado
por el estado de la tierra, dióle cuenta como Francisco Roldan era
con 80 hombres levantado, con todo lo demas que en esta isla, despues
que salió de ella, habia pasado. Lo que con tales nuevas sentiria,
poca necesidad se ofrece de encarecerlo ni recitarlo. Partióse de
allí, miércoles, 22 de Agosto, y, finalmente, con alguna dificultad
por las muchas corrientes y las brisas que por allí son continuas y
contrarias, llegó á este puerto de Sancto Domingo, viérnes, postrero
dia de Agosto del dicho año de 1498, habiendo partido de la Isabela
para Castilla, jueves, 10 dias del mes de Marzo, año de 1496 años. Por
manera que tardó en volver á esta isla dos años y medio ménos nueve
dias.
CAPÍTULO CL.