Fueron algunos otros que tuvieron opinion que estaba el Paraíso

terrenal debajo de la línea ó en la línea equinoccial, y, para

prueba dello, señalaban algunas razones: una era, porque, segun

muchos filósofos, aquel lugar es temperatísimo por las razones que

al principio el Almirante propuso ante los Reyes católicos, probando

ser posible el descubrimiento deste orbe, las cuales pusimos en los

capítulos 6.º y 7.º, y la verdad desta temperancia, cierto, más vemos

por nuestros ojos que podemos leer en ningunos libros. Pues como el

Paraíso haya de tener el más templado y felice lugar que se pueda

hallar en la tierra, segun que arriba se ha visto, parecíales que

allí debia estar situado el Paraíso terrenal, y confírmase por esta

razon, y sea la segunda, porque en la línea equinoccial, ó cerca

della, entre los trópicos, que se llama, segun Virgilio en el primero

de las «Georgicas,» y Sant Jerónimo en la _Epistola ad Paulinum_, al

principio, la Mesa del sol, está la ciudad de los filósofos, nombrada

Arim, y otros lugares cuyos habitadores todos, por la mayor parte,

se ocupan en ciencia de astrología y en especular los secretos de

las cosas naturales; pues como, para entender y ejercitarse en esta

especulacion y estudio, se requiriese vivir ó habitar en lugar suave

y templado, ajeno de las perturbaciones é inquietudes que causan el

excesivo frio y calor, como en el capítulo 142, hablando del monte

Olimpo, se dijo, por esto les parecia que por aquella region debia de

estar el Paraíso; y porque el Almirante habia ejercitado estas antiguas

lecturas, y se via 5° de la línea equinoccial, y con tan maravillosa

frescura, verdura, templanza, y tan sensible serenidad, pudo no sin

mucha causa ser movido, al ménos, á sospechar que aquella tierra de

Paria ó cerca della debia estar el Paraíso terrenal. Dícese allí la

Mesa del sol, por una manera de metáfora, porque los filósofos, como en

mesa de dulces manjares, se mantenian y recreaban del suave y deleitoso

manjar de la sabiduría y ciencia de filosofía, penetrando y entendiendo

los secretos, por ella, de los movimientos é influencias y virtudes de

los cielos y estrellas, y de las otras cosas naturales; pero, en el

sentido literal, la Mesa del sol se dice y dijo, porque en Etiopía,

cerca de la isla Meroc, que hace el rio Nilo, la cual está cerca de la

línea equinoccial, donde viven la gente que se llaman macrobios, gente

amicísima de justicia, de verdad y de virtud, y que se adornan con

joyas hechas de cobre, y las prisiones á los delincuentes hacen de oro,

por tener en ménos estima el oro quel cobre, hay un prado ó campo en el

cual de noche, los que gobiernan, mandan proveer y hinchir de muchas y

diversas carnes asadas, en suma y grande abundancia, y, salido el sol,

cada uno de los que quiere van á él y toman lo que dellas quieren, á

su voluntad; piensan los ignorantes pueblos, que divinalmente aquello

se les provee y nasce en aquel campo, y porque adoran al sol, llaman

la Mesa del sol, estimando que el sol se lo provee. De aquí salió

entre los antiguos este proverbio ó refran, que á toda abundancia ó

provision copiosa de comida, ó cuando los ricos daban en sus casas bien

de comer á los menesterosos, llamaban Mesa del sol. Por esto la llama

Sant Jerónimo, donde dije arriba, _Famosissimam solis mensam_. Della

hace mencion Herodoto en el libro III de su «Historia,» y Pomponio

Mela, libro III, cap. 10, y Solino, cap. 43. Por ver á esta Mesa del

sol envió Embajadores Cambises, rey de Persia, al rey de Etiopía,

diciendo que la deseaba ver como cosa tan maravillosa; pero hacíalo por

usurpar aquel señorío de Etiopía; el cual enviando sus Embajadores,

más por espías para especular la tierra por dónde habia de entrar con

su ejército, que con embajada, dióles muchos dones, ciertas vestiduras

de carmesí, é collar de oro y ajorcas, que usaban los hombres en

aquellos tiempos, y un alabastro de ungüento, y vino de Fenicia, muy

precioso, que le presentasen de su parte y dijesen así: «Cambises,

Rey de los persas, deseando ser tu amigo, querria tambien ser huesped

tuyo; nos ha enviado y mandado que vengamos á te hablar de su parte,

y te presentásemos estos dones, los cuales él tenia por muy preciosos

y usa dellos como en cosa de que él se deleita, y porque te ama quiso

con ellos agradarte.» Pero el rey de Etiopía, entendiendo que más por

escudriñarle su reino, para usurpárselo los enviaba, respondióles:

«Vuestro señor, el Rey de los persas, ni os envia porque él tenga

en mucho ser mi huesped, ni vosotros decís verdad, porque no venís

sino á especular nuestro imperio, ni vuestro Rey, que os envia, es

bueno ni justo, porque, si justo fuese, no desearia usurpar el reino

y region ajena, sino estaria con la suya contento, ni á los hombres

que mal nunca le hicieron querria poner en servidumbre, y por tanto,

vosotros tomad este arco y decidle: «El rey de Etiopía da este consejo

al Rey de los persas, que cuando los persas trujeren tan fácilmente

sus arcos, tan grandes como este, entónces con mayores ejércitos mueva

guerra contra los macrobios etiopes, y, entretanto, haga gracias á

los dioses que no inspiran ni mueven á los hijos de los etiopes, que,

fuera de la suya, cudicien adquirir otra region.» Y dicho esto, dióles

el arco. Y esto decia, porque eran todos aquellos macrobios hombres

de gran estatura, y los arcos usaban muy gruesos y grandes, y el Rey

siempre era elegido el que era mayor de cuerpo. Tomó la vestidura de

púrpura, y sabido que con sangre de ciertas conchas se teñia, dijo:

«Los hombres dolosos engañadores, de dolosos y engañosos vestidos se

visten.» Preguntado para qué eran aquellas ajorcas y collar de oro,

y respondido que para atavío de los Reyes, rióse creyendo que eran

prisiones, y dijo: «Más fuertes son las prisiones de mis cárceles.»

Preguntado por el ungüento, y le dijesen que de ciertas confecturas se

hacia, dijo lo mismo que de la púrpura; cuando vinieron al vino gustólo

y maravillosamente se deleitó. Preguntó qué cosas tenia por manjares

su Rey, y qué tanto vivian en su tierra los hombres; respondiéronle

que comian pan de trigo, dándole á entender qué era y como se hacia,

y que á lo más que llegaba la vida eran ochenta años; respondió: «No

es maravilla, pues comen estiércol, que vivan tan poco.» Preguntado

el Rey por los Embajadores, que tantos vivian los hombres en aquel su

reino, respondió, que ciento y veinte años, y más, porque no comian

otra cosa sino carne cocida y bebian leche. Finalmente, tornados los

Embajadores al rey Cambises, y sabida la respuesta, hecho furibundo

y sin considerar lo que debiera hacer, junta grande ejército para

ir contra el rey de Etiopía, que mal nunca le habia hecho; y, no

proveyendo los mantenimientos necesarios, ántes que la quinta parte del

camino anduviese, pasando por dificultosísimos lugares, acabáronseles

las talegas; comenzó el ejército á comer hierba, y él no por eso dejó

el camino hasta que llegaron á ciertos arenales, donde faltándole del

todo la comida, acuerda el ejército de echar suertes sobre que de cada

diez uno, dellos mismos, se comiesen. Oido por Cambises, acuerda de

tornarse, habiendo muchos del ejército perecido. Vuelto á Thebas y de

allí á Memphis, ciudad de Egipto, envió por la mar otro grande ejército

contra los etiopes, que nunca le habian, como dicho es, ofendido,

adonde hizo desatinos, y al cabo, allí, con rabia de no haber con su

locura salido, del todo perdió el seso. Todo esto cuenta Herodoto en

su libro III. Esto hemos referido por ocasion de la Mesa del sol que

dijimos. De otra manera, y por otros efectos hablan los astrólogos y

astrónomos de la Mesa del sol, y es esta: que partiendo y dividiendo la

tierra toda en tres partes, la una es la parte austral, la segunda la

aquilonar, la tercera la Mesa del sol. Todo lo que hay de tierra de esa

parte del trópico de Capricornio hiemal, nombran austral; toda la parte

que hay desta de trópico de Cancro estival, aquilonar; y todo lo que se

contiene entre ambos á dos trópicos, llamaron la Mesa del sol; la razon

es, porque el sol no sale de entre los dos trópicos, y entre ambos,

cada dia natural de veinticuatro horas de Oriente á Poniente, por el

movimiento del primer movible, parece que se apascienta y recrea como

en una mesa; y en seis meses del año, con el movimiento propio, ándase

del trópico hiemal al estival, y los otros seis meses del estival al

hiemal; y así, por una manera de metáfora, llaman todo aquel aspacio

de tierra de entre ambos trópicos la Mesa del sol, como dicho es. La

tercera razon, que los que afirmaban estar el Paraíso en la línea

equinoccial daban, colegian de los nascimientos del rio Nilo, arguyendo

así: cierto es que el rio Nilo es Gion, uno de los cuatro que salen del

Paraíso, pues vemos que este rio aparece y mana teniendo sus principios

y fuentes de la etiopal, cerca de la línea equinoccial, el cual cerca

toda la tierra de Etiopía, como dice la Escritura «Génesis» cap. 2.º, y

despues allí riega la tierra de Egipto; luego señal es que debe allí,

ó cerca de allí (conviene á saber, de la línea equinoccial), estar el

Paraíso terrenal, y parece venir derecho camino de hácia allá. Destas

tres razones aquí dichas, que alegan los que afirman estar el Paraíso

en la línea equinoccial, las dos, primera y tercera, refiere, con

aquellos, Sancto Tomás en el segundo escripto sobre las «Sentencias,»

distincion 17, cuestion 3.ª, art. 2.º _In corpore_. Y aunque la razon

postrera parece que arguye, con alguna sospecha, que por allí estará

el Paraíso, por aparecer Nilo cerca de la equinoccial, pero no es muy

eficaz; la razon es, porque muchos rios hay é fuentes que nacen en unas

tierras y islas, y viénense á tornar á nacer á otras, aunque ellas

estén muy apartadas, y entre ellas haya mucha distancia de tierra ó

de mar, porque si la distancia es de tierra, puede venir, é de hecho

viene, el agua por venas y soterráneos ocultos de la tierra, y en unas

tierras aparecen, y en otras se sumen y corren sin verse ni sentirse,

y en otras parece que de nuevo nacen, como si allí fuese su primer

orígen; y si la distancia tambien es de mar, lo mismo acaece, porque

viene, ó por los caminos soterráneos de la tierra que está debajo de la

mar, ó por encima de la misma agua salada, porque el agua dulce anda

siempre por encima de la salada por ser más liviana, y va su camino,

y si algo toma de lo salobre, despues, pasando por las venas de la

tierra, se torna á endulzorar. Desto un asaz patente ejemplo tenemos

del rio Alpheo, que su fuente y nascimiento es en la Peloponense,

provincia de Grecia, que se solia llamar Acaya, donde predicó Sant

Andrés, agora se llama la Morea, y está entre dos mares Jonio y Egeo,

cuasi como isla, de allí corre aquel rio Alpheo y va por la ciudad de

Elide y por la de Pisa, ciudad de Arcadia; de allí se sume y va mucho

camino por debajo la tierra, despues por debajo de la mar por grandes

honduras, como son las del Archipiélago, y va á salir en la isla

Oritigia, que tambien se llama Délos, la principal del Archipiélago,

en manera de fuente, como si allí tuviese su primer nascimiento;

despues deja á la Grecia, y va por debajo de la mar y sale por la

fuente Aretusa, muy nombrada, que está en la isla de Cecilia, cerca

de la ciudad Siracusana, y de allí entra en la mar, lo cual es cosa

admirable. Esto se experimenta echando pajas ó otra cosa liviana en

el principio y fuente del rio Alpheo, que es en Grecia, viene á salir

por la dicha fuente Aretusa, en Sicilia. Así lo cuenta Virgilio en el

III de las «Eneidas,» _Alpheum fama est Elidis amnen ocultas egisse

vias subter mare; qui nunc ore Arethusa tuo confunditur undis_, y en

el VII de «Las Bucólicas,» en la égloga última; y Ovidio, en el V de

_Metamorphoseos_, al fin, y Strabo en el libro VIII, y Séneca tambien

en el libro V de las «Cuestiones naturales.» Lo mismo y más eficazmente

se prueba por los rios Tigris y Euphrates que salen del Paraíso

terrenal, los cuales no se nos manifiestan luego como salen, ántes,

por debajo de tierra y por mar, con luengo discurso, y no salen hasta

la region de Armenia, donde ambos juntos se muestran por una fuente,

como si allí fuese su primer principio, y de allí luego se dividen, y

el Tigris va más al Oriente, hácia los Asirios, y Euphrates hácia los

Caldeos; desto hace mencion Salustio y Boecio, libro V, metro primero,

_De consolatione_: _Tigris et Euphrates uno se fonte resolvunt et mox

adjunctis disociantur aquis; si coeant cursumque iterum revocentur in

unum, confluat alterni quod trahit unda vadi_, etc. Y Sant Agustin,

libro IX, cap. 6.º, sobre _Genesim ad literam_. Lo mismo parece del

mismo rio Nilo, que en muchas partes se encierra y en muchas aparece, y

nunca se ha podido tener certidumbre dónde sea su nacimiento, despues

de que sale del Paraíso, segun arriba se ha visto. De todo lo dicho se

sigue, que podrá estar el Paraíso en alguna isla cercada de mar, porque

ninguna razon repugna, ántes parece apuntarse por el dicho de Strabo, y

que dicen, que, _interjecto Oceano et montibus appositis_, etc., estar

cercado de mar, y así ser isla; pero que sea en isla, ó esté situado en

tierra firme, ni se ha sabido ni se puede saber, si Dios, que lo asentó

en su lugar, no lo revela.

Tambien hace á la prueba de lo arriba dicho, lo que refiere Sant

Anselmo en el libro I, cap. 22, _De imagine mundi_, concuerda Sant

Augustin, sobre _Genesim ad literam_, libro V, cap. 10, el cual dice,

que el agua, de todas las fuentes y rios del mundo, dulce, de la fuente

y cuatro rios del Paraíso procede, y que al abismo, que es la madre de

donde la dicha fuente nasce, otra vez se torna; la cual, puesto que por

todos los mares ande, no, empero, con el agua de la mar se mezcla, sino

que como el agua dulce sea liviana, corre por encima de la salada, que

es pesada, y por el discurso suyo, secreto, se torna; de aquí es lo que

se dice _Ecclesiastes I_: _Ad locum unde exeunt flumina revertuntur ut

iterum fluant: omnia flumina intrant in mare et mare non redundat_. Y

así parece, que la postrera de las tres razones que traen para probar

que el Paraíso terrenal está en la línea equinoccial, por nacer por

allí cerca el rio Nilo, no urge mucho, puesto que podria estar so ella.

Desta opinion hace mencion Sancto Tomás, primera parte, cuestion 102,

art. 2.º, _in fine_, donde dice: _Quidquid autem de hoc sit credendum

est: Paradisum in loco temperatissimo constitutum esse, vel sub

equinocciali ut alibi_.

CAPÍTULO CXLV.

No faltaron algunos otros que sintieron estar el terrenal Paraíso á la

parte austral de Mediodia, pasados ambos trópicos, y para persuadirlo

trajeron algunas razones no fuera de razon, y principalmente hacen

esta razon y es la misma que arriba, cap. 143, trujimos de Sancto

Tomás: A la más noble parte de la tierra, como es el Paraíso terrenal,

débensele, segun toda órden y razon natural, la cual guarda siempre la

divina Providencia, la más noble parte del cielo, pues la más noble

parte de toda la redondez de la tierra es el Paraíso terrenal, como

arriba se ha visto, y abajo, de aquí á poco, en el cuarto artículo,

se verá; luego el Paraíso terrenal está situado y constituido en

la parte del mundo austral. Que se le deba la más noble parte del

cielo á la más noble parte de la tierra, pruébase lo primero por

el Filósofo en el IV de los «Físicos,» que el lugar y lo que se ha

de poner en él han de ser ambas á dos cosas proporcionadas: _Locus

et locatum debent proportionari_. Lo segundo se prueba, porque la

nobleza, bondad, fertilidad y felicidad de la tierra, no le viene á

la tierra principalmente, ni procede, sino de las nobles y felices

influencias de las estrellas y aspecto favorable y benévolo del cielo,

como de la causa universal, segun parece por lo que en los capítulos

84 y otros se ha tractado, luego á la noble y felice tierra, noble y

felice parte se le debe del cielo, y á la más noble más noble, y á la

nobilísima nobilísima; pues el Paraíso y su tierra es la nobilísima

parte del mundo, luego nobilísimo asiento se le debe por respecto del

cielo. Que la más noble parte y más felice y felicísima del cielo

sea la parte austral, de la otra parte de los trópicos y Mesa del

sol, como lo llamaban los poetas y astrólogos, esto será menester

probarlo; para la prueba de lo cual, debemos presuponer: Primero, que

segun el Aristótel y Alberto Magno, en el II _De cœœœlo et mundo_, y

segun Ptolomeo y todos los filósofos y astrólogos, comunmente todo el

orbe juntamente es dividido con la tierra en dos partes principales,

iguales, segun que la línea equinoccial lo divide en dos hemisferios,

austral y aquilonar; y dicen que el austral es la cabeza y eminencia

del mundo, y el aquilonar son los piés y lo bajo y cuasi sentina

del mundo. La mano derecha es el Oriente, ó parte oriental donde

comienza el movimiento del primer móvile, como ya se ha tocado; y la

izquierda es el Occidente ó Poniente, donde va el movimiento. Esto

supuesto, manifiesto es que la cabeza de todas las cosas naturales

y artificiales, y áun civiles, siempre vemos ser más adornadas y de

mejor hechura, y más dignas de donde procede la virtud é influencia á

los otros miembros del cuerpo, en las cosas, al ménos, que viven, como

una hormiga y un gusanito y en un árbol, que aunque tiene la cabeza

debajo de la tierra, si aquella cabeza no tuviese vida, no la ternia

todo el árbol, pues della depende al árbol el nutrimento y sustentacion

con que vive, y, porque el arte imita la naturaleza en cuanto puede,

vemos en las cosas artificiales tambien, que un pintor que pinta una

imágen, cuanto más adorna y se esmera en hacer más perfecto el rostro

y la cabeza, y el carpintero una arca, la cabeza, que parece ser la

tapadera de encima, hace de mejor tabla y madera, y más dolada y limpia

y labrada parece. En las civiles ó inanimadas ó ayuntamientos naturales

de las gentes, tambien lo habemos experimentado y cada dia vemos,

las ciudades que son cabezas de los reinos, cuanto más excelentes

edificios y fuerzas, cuanto más labores y adornos tienen, cuanto más

privilegiadas y ennoblecidas y exentas de pechos, cargas y servicios

y derechos suelen ser por los Príncipes. Pues las civiles animadas,

como entre los hombres, no es menester tardar en esto más, como veamos

cuan más nobles y dignos son los que rigen, los Magistrados, los

Príncipes, los Reyes, no por más sino por ser cabezas de los pueblos;

por manera, que en las cosas naturales y en las artificiales, y en

las civiles inanimadas y animadas, y, finalmente, en todas las cosas

criadas, las cabezas son las más nobles, de más virtud y más dignas.

Pues como los cielos sean la más excelente parte de todo el universo

(de las cosas que no son racionales ni intelectuales hablando, y que

no viven), como sin sus movimientos, ni los árboles, ni los animales,

ni tampoco los hombres podrian tener vida, y otras muchas cosas

no ternian ser, manifestísimo es que la parte que fuere su cabeza

será, sobre todas las otras sus partes, necesariamente nobilísima,

virtuosísima, y del mesmo Hacedor con abundancia de virtudes naturales

y vigorosas privilegiatísima; pues esta es la parte austral y que los

marineros llaman el Sur, luego aquella parte será y debe ser la más

noble y más felice y más digna que el Oriente, ni el Occidente, ni

la del Norte ó Septentrional. De aquí es, que Aristóteles y Alberto

Magno en el II, cap. 2.º, _De cœœœlo et mundo_, y todos los filósofos

de Etiopía que se llaman Bragmanes, y Gimnosophistas, que especulan

aquella parte austral, mayormente Ptolomeo, afirman que las estrellas

de aquella parte son mayores y más resplandecientes y más nobles y

más perfectas, y, por consiguiente, de mayor virtud y felicidad y

eficacia que las aquilonares. Y asimismo, que aquel polo Antártico

y austral, es de mucha mayor cantidad y claridad y virtud que el

nuestro, que llamamos el Norte; y la razon es, porque toda aquella

parte es cabeza del mundo, luego las influencias y virtudes de allí

son más nobles, y, por consiguiente, de mayor felicidad, eficacia y

virtud. Es luego manifiesto ser la más felice y noble y digna parte del

cielo la parte austral, y, por consiguiente, allí debe estar situado

el Paraíso terrenal, y no al Occidente ni al Norte ó Septentrion, ni

tampoco á la parte oriental, porque todas aquellas partes del cielo no

tienen tanta nobleza, ni tanta virtud natural que cause y corresponda

á la suavidad, templanza, deleite y felicidad que tuviéramos y hoy

gozan Elías y Enoc en el Paraíso terrenal. Y á esto parece consonar

aquellas palabras del «Génesis,» cap. 3.º, conviene á saber: que

como Adan oyese la voz del Señor, que andaba paseándose, _ad auram

post meridiem_, hacia el aire suavísimo de esa parte de Mediodia,

escondióse, etc., porque el aire de aquel lugar dice aura, que es

blandísimo, suavísimo, y delectabilísimo aire, y de temperatísima luz

y deleitable. Dícese tambien estar despues del Mediodia, por razon

del lugar, porque aquella region está situada de esa parte de ambos á

dos trópicos, que decian los astrólogos Mesa del sol, como fué arriba

dicho, la cual se dice _meridies_ ó Mediodia al ménos, segun imaginaban

los antiguos que hacian la línea equinoccial tórrida zona, y calurosa

demasiadamente. Esta es la diferencia por aquel respecto entre el

Mediodia y la region que allí parece la Escriptura llamar aura, que

el Mediodia es lo mismo que lumbre intensísima, con calor excesivo,

lo cual imaginaban ser entre los trópicos, pero el aura es lo mesmo

que aire suavísimo y vital, y templadamente lucido y cálido, como es

el de aquel hemisferio, por el favor é favorables influencias de las

estrellas y cuerpos celestiales, y así parece que por el aura, despues

del Mediodia, donde aquestos afirmaban estar el Paraíso terrenal, se

entiende la parte austral que es situada desa parte del Mediodia, que

está pasado el trópico de Capricornio, en el cual se engendra fuego,

mayormente cuando el sol está en los signos australes y se apropincua

al opósito de auge. Y aquel trópico piensan algunos que es el gladio

y cuchillo ígneo versátil que puso Dios entre nosotros y el Paraíso,

para que Adan ni Eva, ni alguno de sus hijos pueda entrar allá. Pero

el contrario es la verdad, que vemos por experiencia, que debajo del

mismo trópico hay tierra excelentísima y muy poblada, en las provincias

del Perú. Por todo lo que dicho es, parece quedar harto probable la

opinion que tienen los que ponen el Paraíso de los deleites, de donde

fueron echados nuestros primeros padres en este valle de lágrimas

y amarguras, en la parte y hemisferio austral. Y pues hobo varones

doctos que con tan probables razones quisiesen persuadirnos estar el

Paraíso en aquella parte del mundo austral, y el Almirante viese que

la tierra firme, ó, segun estimaba entónces, isla de Gracia, parecia

en la parte austral, y la tierra tan felice y aires tan suaves y

aguas tan dulces, y juntas tantas, no absurda ni no razonablemente,

pudo pensar y juzgar, ó al ménos sospechar, estar por aquella parte

el Paraíso terrenal. A lo que estos opinadores dicen, que el trópico

de Capricornio engendra fuego, y que este debe ser ó es la espada

ó cuchillo ígneo que defiende la entrada del Paraíso terrenal, el

contrario podemos afirmar los que habemos pasado el dicho trópico, por

estas Indias andando hácia la parte austral, donde no vemos el exceso

del fuego ó del calor, ántes, hallamos tierra y mar bien templada.

Puede ser por esta vía la contrariedad concordar: que, como luego se

dirá, no parece que todo aquel hemisferio era necesario, segun algunos

quisieron decir, ocupar el Paraíso terrenal, sino que alguna gran parte

y aquella que ocupa, debe criar el dicho fuego ó calor, y no lo más,

pues no hay necesidad, y porque, segun algunos escritores, en la region

del Paraíso, fuera dél, muchos pueblos se cree morar.

CAPÍTULO CXLVI.

Cuanto á lo tercero que dije en el cap. 142, que entendia tratar,

conviene á saber, de la grandeza ó tamaño y capacidad del Paraíso,

esto parece que es lo más probable: que aquel lugar del Paraíso es

muy grande, porque están en él inmensidad de árboles de todos géneros

y de todas especies, con toda amenidad y frescura; es tambien el rio

que riega todo el Paraíso muy grande, y dél se reparten los cuatro

rios poderosos que arriba se han nombrado, y esto, por fuerza es que

requiera lugar de capacidad grande. Item, si Adan no pecara habia de

vivir y habitar en él todo el linaje de los hombres, porque ninguno

habia de vivir en el mundo, donde agora moramos, porque esto se dejaba

para habitacion de las bestias, pues para vivir y morar todos los

hombres juntos, gran capacidad de lugar era menester. Por esta razon

tuvieron algunos que el Paraíso terrenal era de tanta capacidad,

cuanta tiene una gran provincia ó una parte de las principales, como

es África ó Europa; otros, que todo aquel austral hemisferio era dado

por Paraíso terrenal, por la razon en el precedente capítulo dicha,

por la cual sentian ser toda aquella parte amenísima y felice; pero

á estos se puede, segun parece, responder, que si tan grande y tan

capaz fuera el Paraíso, no se pudiera de algunas gentes, y áun de la

mayor parte de los hombres, encubrir. Item, lo de la multiplicacion de

los hombres, no fuerza á tener que por ello hobiese de ser tan capaz

como una provincia grande; la razon es, porque los hombres, aunque

multiplicaran como ahora multiplican y quizas más, no habian siempre de

permanecer juntos, hasta cumplido el número que Dios tenia determinado

de salvar y fenecer el mundo, sino que, de generacion en generacion,

los habia Dios de traspasar en la vida eterna y estado celestial, por

dos ó de dos maneras, segun dice Sant Augustin en el libro IX, cap.

6.º sobre _Genesim ad literam_, y tráelas el Maestro en el segundo de

las «Sentencias,» distincion vigésima. La una es, ó que nascidos los

hijos, é instruidos y llegando á la edad de los padres, los padres

sin muerte fuesen transferidos; la otra, que á cabo de cierto tiempo

y número, unos fuesen y otros quedasen, y desta manera no fuera tanta

multitud de hombres en el Paraíso como es agora en el mundo. Puédese

tambien decir, que aunque hubiese entónces grande número de hombres

habitando en el Paraíso, no era necesario tener gran lugar como agora

ocupamos, porque agora tenemos necesidad de tener con nosotros muchos

animales para poder vivir, é para los animales tierra larga para en

que quepan y hallen sus pastos, y tierra tambien para labrarla y haber

los frutos della, y esta suele ser por tiempo estéril, y es menester

por algunos dias mudar las labores y reservarla, y así, para pocos

hombres, grande tierra y espaciosa es necesaria; todo lo cual, en el

Paraíso cesaba, como los hombres se hubiesen de mantener de los frutos

de los árboles, y así, poca tierra les bastaba, puesto que el Paraíso

tiene un lugar bien capaz y grande, para que se pudiesen los hombres,

con alegría, gozo, delectacion y consuelo, por muchas partes espaciar.

Algunos sienten que terná espacio de 100 leguas en todo su ámbito, por

manera que si así es su longura, será 30 leguas ó poco más, porque en

el círculo ó figura redonda, desta manera sea la longura que es el

diámetro á la línea circunferencial. Finalmente, ninguna cosa de las

dichas tiene certidumbre, como quiera que la divina Escritura desto no

haga mencion alguna, ni haya hombre que lo haya visto ni pueda ver ni

saber, si no le fuese divinalmente revelado, porque segun Beda sobre

el «Genesis,» de creer es que aquel lugar es remotísimo de la noticia

de los hombres. Puesto que hay quien diga que cerca dél haya pueblos y

poblaciones de hombres, sentencia es que no contradice á la Escritura,

pues presupone poder algunos venir á él, pero no entrar por el muro de

fuego, que llama Espada en manos del Cherubin. Parece que, si cerca

de allí no hobiera pueblos algunos, no era necesario sino supérfluo

poner guarda para que no osara entrar ninguno; parece tambien esto,

porque segun el texto hebreo, «Genesis,» II, plantó Dios el Paraíso

en Edem, que significa la tierra ó lugar donde lo plantó, la cual

estaba poblada y habitada de gentes, como parece «Genesis,» cap. 4.º

_Egresus Cain habitavit profugus ad Orientalem plagam Edem_; salió

Caín huyendo y fué á morar á la provincia Edem, que está al Oriente:

y en «Ezequiel,» cap. 27, donde se cuentan muchos pueblos y naciones

que traian mercadurías á Jerusalen, entre ellos se nombran los pueblos

de Edem y Charan, de donde se averigua ser provincia ó region poblada

por entónces. Dícese así en Ecequiel: _Charam et Edem negotiatores

tui_, etc., Edem cuasi provincia y region, donde está el Paraíso. Así

dice Sant Juan Damasceno: _Hic locus divinus est Paradisus Dei manibus

in Edem, id est, delitiis et voluptatibus_, etc. Y Sant Agustin, en

el libro VIII, cap. 3.º, sobre _Genesim ad literam_: _Plantavit ergo

Dominus Paradisum in delitiis, hoc est enim in Edem, ad Orientem_.

Donde se da á entender que toda aquella provincia ó region era

delectable y felice, donde moraban los hombres, pero, sobre todas las

partes della, era felicísimo y delectabilísimo el Paraíso que plantó

el Señor donde puso el hombre, el cual comunmente se nombra por los

que escriben, Monte altísimo, como ha parecido arriba. Toman tambien

otro argumento para decir que cerca del Paraíso estuvo, y por ventura

está hoy, gente poblada, porque segun dicen que refiere Sant Basilio

en su _Exameron_, y Sant Ambrosio en el suyo, que como el Paraíso esté

constituido en monte altísimo, puesto que arriba sea él todo llano, cae

el agua de la fuente que sale dél en un lago grande, de donde proceden

despues los cuatro rios caudales, y es tanto y tan grande el estruendo

y sonido que hace al caer, que todos los moradores de los pueblos

vecinos del dicho lago ó laguna en que cae, nacen todos sordos por el

exceso grande, que corrompe el sentido del oir. Pero esto no lo dicen

Sant Basilio ni Sant Ambrosio en sus _Examerones_, ni en los libros que

ambos hicieron del Paraíso terrenal; si en otra parte quizá de sus

obras no está escrito, que yo no haya visto, solamente hallo que esto

afirmaron decirlo los Sanctos susodichos á Bartolomé Anglico, autor del

libro _De propietatibus rerum_, en el libro XV, cap. 112, y á otros que

lo tomaron dél: como quiera que ello sea y cualquiera que lo diga, como

no lo contradiga la Escritura, bien podemos pasar con ello. Todas estas

cosas, puesto que remotas de nuestra Historia, he querido engerir aquí

ofrecida ocasion de haber hablado el Almirante del Paraíso, para que

los que no saben latin, de cosas que no leyeron tengan alguna noticia.

Y por concluir con esta intincion cerca de lo cuarto que arriba en el

cap. 142 prometí, digo, que de las cualidades del Paraíso dicen los

Sanctos maravillas, porque en él habia copia de todos los bienes que

pueden al hombre, para su consuelo, gozo, alegría y felice vida, en

cuanto al cuerpo, convenir, de tal manera, que ninguna cosa pudiese

desear que no la tuviese, ni aborrecer que no estuviese ausente dél,

segun Sant Agustin, libro XIV, cap. 10, _De civitate Dei_: _¿Quid

timere aut dolere poterant in tantorum tanta affluencia bonorum, ubi

non aberat quicumque quod bona voluntas non adipisceretur; neque erat

quod carnem vel animam hominis feliciter viventis ofenderet vel mali

quo molestaret?_ Allí todos los sentidos se deleitaban, los ojos, con

admirable claridad y en ver la hermosura de los árboles y frutas y

otras cosas; los oidos, del cantar y música de las aves; el sentido

del oler, con los aromáticos y diversos y suaves olores, y así los

demas, todos juntos, con la templanza y suavidad del aire y amenidad

del lugar, y templatísima concordia de los tiempos, donde concurrian

la frescura del aire, los alimentos del verano, la alegría del otoño,

la quietud de la primavera, la tierra gruesa y fructífera, las aguas

delgadas y en gran manera dulces y apacibles. Allí, no violencia de

vientos, no molestia de tiempos, no granizo ni nieve, no truenos ni

relámpagos, no hielo de invierno, no calor de verano, ni otra cosa

que les pudiese dar angustia ni afliccion ó fastidio; allí dicen que

ninguna cosa puede morir. Estas y otras muchas, dulcísimas y alegres

calidades pone Sant Basilio en el libro suso tocado del Paraíso,

lo demas se lea en los lugares donde copiosamente, de propósito, la

materia se escribe. Y así, queda largamente persuadido de haber tenido

el Almirante muy urgentes razones para entre sí considerar, ó al ménos

sospechar, que podia estar por allí, ó cerca, ó léjos de allí, en aquel

paraje ó region de tierra firme, que él juzgaba ser isla, aunque ya

iba creyendo que era tierra firme, el terrenal Paraíso; pues por otra

parte habia leido y entendido, que unos lo ponian al Oriente, otros al

Occidente, otros en la línea equinoccial, otros al Austro y Mediodia, y

por otra sabia que habia navegado al Occidente, y despues tornado algo

al Oriente, y por esto pensaba que aquello era el fin del Asia. Otra

vez volvia al Sur ó Austro, y la tierra grande que primero vido despues

de la isla de la Trinidad, y que llamó isla de Gracia, le pareció de

hácia el Mediodia; de otra parte, hallábase 5° de la línea; por otra,

experimentaba tanta frescura de tierras, tan verdes y deleitosas

arboledas, tanta clemencia y amenidad de sotiles aires, tanta y tan

impetuosa grandeza, y lago y ayuntamiento tan capaz y tan largo de

tan delgadas y dulcísimas aguas, y allende todo esto, la bondad,

liberalidad, simplicidad y mansedumbre de las gentes, ¿qué podia otra

cosa juzgar ni determinar, sino que allí ó por allí, y áun cerca de

allí, habia la divina Providencia constituido el Paraíso terrenal, y

que aquel lago tan dulce era donde caia el rio y fuente del Paraíso

y de donde se originaban los cuatro rios Euphrates, Gánges, Tigris y

Nilo? Y quien todas estas razones considerara, y hobiera lo que el

Almirante habia experimentado, leido y entendido, y entre sí, lo mismo

no determinara ó al ménos sospechara, de ser juzgado por mentecapto

fuera digno.

CAPÍTULO CXLVII.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 23 / 40 段