Y porque esta verdad manifiesta sea, referiré aquí fielmente la noticia

verídica y no aficionada que dello tengo. Para entender esto, conviene

presuponer la partida de Sant Lúcar del Almirante para hacer este

viaje, que fué á 30 de Mayo del año 1498, como arriba queda dicho, y

llegó á las islas de Cabo Verde, á 27 de Junio; y vido la isla de la

Trinidad, mártes 31 dias de Julio, y luego, miércoles, 1.º de Agosto,

vido al Sur la tierra firme por la angostura de dos leguas, que hace

con la isla de la Trinidad, que llamó la boca de la Sierpe, y á la

tierra firme, creyendo que era isla, nombró la isla Sancta, y luego,

el viérnes siguiente, vido y descubrió á Paria, y llamóla isla de

Gracia, por creer que tambien era isla. Toda esta navegacion y la

figura y la pintura de la tierra, envió el Almirante á los Reyes. Esto

así supuesto, veamos cuando partió Américo Vespucio, y con quién,

para descubrir ó negociar en estas partes; para entendimiento de lo

cual, sepan los que esta Historia leyeren, que en este tiempo estaba

el susodicho Alonso de Hojeda en Castilla, y llegó la relacion deste

descubrimiento y la figura de la tierra que el Almirante envió luego

á los Reyes, lo cual todo venia á manos del Obispo D. Juan Rodriguez

de Fonseca, que ya creo que era Obispo de Palencia, que tenia cargo

de la expedicion y negocios destas Indias desde su principio, siendo

él Arcediano de Sevilla, como arriba queda asaz dicho. El dicho Alonso

de Hojeda era muy querido del Obispo, y como llegó la relacion del

Almirante y la pintura dicha, inclinóse Alonso de Hojeda ir á descubrir

más tierra por aquel mismo camino que el Almirante llevado habia,

porque, descubierto el hilo y en la mano puesto, fácil cosa es llegar

hasta el ovillo; ayudóle á ello haber él colegido de los avisos que

el Almirante procuraba saber de los indios, cuando con el Almirante

al primer viaje vino, que habia por estas tierras, y despues destas

islas, tierra firme; y como tuvo el favor y voluntad del Obispo,

buscó personas que le armasen algun navío ó navíos, porque á él no le

sobraban los dineros, y halló en Sevilla (y por ventura en el puerto

de Sancta María, y de allí partió para el dicho descubrimiento),

donde él era cognoscido, y porque por sus obras de hombre esforzado

valeroso era señalado, quien cuatro navíos le armase. Dánle los Reyes

sus provisiones é instrucciones y constitúyenle por Capitan para que

descubriese y rescatase oro y perlas y lo demas que hallase, dándoles

el quinto á los Reyes, y tratase de paz y amistad con las gentes adonde

llegar le acaeciese. Y así, el primero que despues del Almirante fué á

descubrir, no fué otro sino Alonso de Hojeda; y, los que llevó y quiso

llevar en su compañía, trabajó de llevar todas las personas que pudo,

marineros, y que más de las navegaciones destas tierras sabian, que

no eran otros sino los que habian venido y andado con el Almirante.

Estos fueron los principales, en aquel tiempo: uno dellos, Juan de la

Cossa, vizcaino, que vino con el Almirante cuando descubrió esta isla,

y despues fué tambien con él al descubrimiento de las islas de Cuba

y Jamáica, laboriosísimo viaje hasta entónces; llevó tambien Hojeda

consigo al piloto Bartolomé Roldan, que en esta ciudad de Sancto

Domingo fué muy nombrado y todos cognoscimos, el cual edificó desde

sus cimientos gran parte de las casas que se hicieron y son vivas en

las cuatro calles, y este habia venido con el Almirante en el viaje

primero, y despues tambien al descubrimiento de Paria y tierra firme;

trujo tambien Hojeda al dicho Américo, no sé si por piloto ó como

hombre entendido en las cosas de la mar y docto en cosmografía, porque

parece que el mismo Hojeda lo pone entre los pilotos que trujo consigo.

Y lo que creo y colijo del prólogo que hace al rey Renato de Nápoles

en el libro de sus «Cuatro navegaciones,» el dicho Américo, él era

mercader, y así lo confiesa; debia, por aventura, poner algunos dineros

en la armada de los cuatro navíos y tener parte en los provechos

que de allí se hubiesen, y aunque Américo encarama mucho que el rey

de Castilla hizo la armada y por su mandado iban á descubrir, no es

así, sino que se juntaban tres ó cuatro, ó diez que tenian algunos

dineros, y pedian y áun importunaban por licencia á los Reyes, para

ir á descubrir é granjear, procurando sus provechos é intereses. Así

que Hojeda, por traer la figura que el Almirante habia enviado, de

la tierra firme que habia descubierto, á los Reyes, y por pilotos á

los marineros que habian venido con el Almirante, vino á descubrir

é descubrió la parte que abajo, cap. 166, se dirá, de tierra firme.

Que haya ido Américo con Alonso de Hojeda, y Hojeda despues de haber

descubierto la tierra firme el Almirante, es cosa muy averiguada y

probada con muchos testigos, y por el mismo Alonso de Hojeda, el cual

fué presentado por el Fiscal por testigo en favor del fisco, cuando

el Almirante, D. Diego Colon, legítimo y primero sucesor del dicho

Almirante D. Cristóbal Colon, movió pleito al Rey por todo su Estado

de que habia su padre sido desposeido, y él lo estaba por esta causa;

el cual Alonso de Hojeda dice así en su dicho á la segunda pregunta,

por la cual era preguntado, ¿si sabia que el Almirante D. Cristóbal

Colon no habia descubierto en lo que agora llaman tierra firme, sino

una vez que tocó en la parte de la tierra que llaman Paria? etc.,

responde Hojeda, que el Almirante D. Cristóbal Colon tocó en la isla

de la Trinidad y pasó por entre la isla dicha y Boca del Drago, que es

Paria, é que vió la isla de la Margarita; preguntado ¿como lo sabe?

dijo, que lo sabe porque vió este testigo la figura que el dicho

Almirante envió á Castilla, el dicho tiempo, al Rey é Reina, nuestros

señores, de lo que habia descubierto, y porque este testigo luego vino

á descubrir y halló que era verdad lo que dicho tiene, que el dicho

Almirante descubrió; á la quinta pregunta, que contiene lo que el mismo

Hojeda habia descubierto desde Paria abajo, dice así Hojeda, que la

verdad desta pregunta es, que él vino á descubrir el primero despues

que el Almirante descubrió, y que él fué hácia el Mediodia de la tierra

firme, cuasi 200 leguas, y descendió despues hasta Paria y salió por

la Boca del Drago, y allí conoció que el Almirante habia estado en la

isla de la Trinidad, junto con la Boca del Drago; y abajo dice, que

este viaje, que este testigo hizo, trujo consigo á Juan de la Cossa y

á Américo Vespucio, é otros pilotos, etc. Esto dice Alonso de Hojeda,

entre otras cosas, en su dicho y deposicion; por manera, que quedan

averiguadas por el mismo Hojeda dos cosas: la una, que trujo á Américo

consigo, y la otra, que vino á descubrir por la tierra firme despues de

la haber descubierto el Almirante; y esta postrera está muy probada,

conviene á saber, que el Almirante haya sido el primero que descubrió á

Paria, y que en ella estuvo ántes que cristiano alguno llegase á ella

ni á parte alguna de toda la tierra firme, ni tuviese noticia de cosa

de ella, y esto tiene probado el Almirante, don Diego, su hijo, con

60 testigos de oidas y 25 de vista, como parece por el proceso deste

negocio y pleito, el cual yo he visto, y bien visto. Probó asimismo,

que por haber el dicho Almirante D. Cristóbal Colon descubierto estas

Indias é islas, y despues á Paria, que es la tierra firme, primero

que otro alguno, se atrevieron á ir á descubrir los otros que despues

dél fueron descubridores, y que creen y tienen por cierto, que nunca

hombre se moviera á ir á descubrir, ni las Indias ni parte de ellas se

descubrieran, si el Almirante descubierto no las hobiera. Esto prueba

con 16 testigos de oidas y con 41 que lo creen, y con 20 que lo saben,

y con 13 que afirman que descubrió primero que otro alguno, y que

por aquello lo creen; testifícalo tambien Pedro Martir en su primera

Década, capítulos 8.º y 9.º, al cual se le debe más crédito que á otro

ninguno de los que escribieron en latin, porque se halló en Castilla

por aquellos tiempos y hablaba con todos, y todos se holgaban de le dar

cuenta de lo que vian y hallaban, como á hombre de autoridad, y él que

tenia cuidado de preguntarlo, pues trataba de escribir, como dijimos

en el prólogo de la Historia. De haber llegado á Paria el Américo en

este su primer viaje, él mismo lo confiesa en su primera navegacion,

diciendo: _Et provincia ipsa Parias ab ipsis nuncupata est_. Despues

hizo tambien con el mismo Hojeda la segunda navegacion, como en el cap.

162 parecerá. Aquí es agora mucho de notar y ver claro el error que

cerca de Américo por el mundo hay, y digo así: que como ninguno ántes

del Almirante hobiese llegado ni visto á Paria, ni cosa de aquella

tierra, ni despues dél no llegó primero otro sino Hojeda, síguese, que

Américo, ó fué con Hojeda, ó despues dél; si fué con Hojeda, y Hojeda

despues del Almirante, y el Almirante partió de Sant Lúcar á 30 de

Mayo, y llegó á ver la Trinidad y la tierra firme postrero de Julio, y

primero y tercero de Agosto, como todo queda y es ya manifiesto, ¿como

con la verdad se compadece que Américo diga en su primera navegacion,

que partió de Cáliz á 20 de Mayo, año de nuestra salud, de 1497? Clara

parece la falsedad, y si fué de industria hecha, maldad grande fué, y

ya que no lo fuese, al ménos parécelo, pues muestra llevar diez dias de

ventaja en el mes al Almirante, cerca de la partida de Cáliz, porque

el Almirante partió de Sant Lúcar á 30 de Mayo, y Américo dice haber

partido de Cáliz á 20 del dicho mes, y usúrpale tambien un año, porque

el Almirante partió el año de 1498, y Américo finje que partió para

su primera navegacion el año de 97. Verdad es que parece haber habido

yerro y no malicia en esto, porque dice Américo que tardó en aquella su

primera navegacion diez y ocho meses, y al cabo della dice que tornó

á entrar de vuelta en Cáliz á 15 de Octubre, año de 499. Claro está,

que si partieran de Cáliz á 20 de Mayo, año de 497, que tardaran en el

viaje veintinueve meses; siete del año de 97 y todo el año de 98, y más

diez meses del año de 99. Tambien se pudo errar la péndola en poner el

año de 99 por el de 98 al fin, cuando trata de su vuelta á Castilla,

y, si así fuera, era cierta la malicia. Desta falsedad ó yerro de

péndola, ó lo que haya sido, y de saber bien, por buen estilo, relatar

y parlar y encarecer Américo sus cosas y navegacion, y callar el nombre

de su Capitan, que fué Hojeda, y no hacer más mencion que de sí mesmo,

y escribir al rey Renato, han tomado los escritores extranjeros de

nombrar la nuestra tierra firme América, como si Américo sólo, y no

otro con él, y ántes que todos la hobiera descubierto; parece, pues,

cuanta injusticia se hizo, si de industria se le usurpó lo que era

suyo, al Almirante D. Cristóbal Colon, y con cuanta razon al Almirante

D. Cristóbal Colon (despues de la bondad y providencia de Dios, que

para esto le eligió), este descubrimiento y todo lo sucedido á ello se

le debe, y como le pertenecia más á él, que se llamara la dicha tierra

firme Columba, de Colon ó Columbo que la descubrió, ó la tierra Sancta

ó de Gracia, que él mismo por nombre le puso, que no, de Américo,

denominarla América.

CAPÍTULO CXLI.

Tornando al Almirante, no podia quitar de su imaginacion la grandeza

de aquella agua dulce que halló y vido en aquel golfo de la Ballena,

entre la tierra firme y la isla de la Trinidad, y dándose á pensar

mucho en ello, y hallando sus razones, viene á parar en opinion que

hácia aquella parte debia estar el Paraíso terrenal. De las razones que

le movian, una era la grande templanza que andaba por aquella tierra

y mar donde andaba, estando tan cerca de la línea equinoccial, la

cual era juzgada de muchos autores como inhabitable, ó por habitable

con dificultad; ántes, por allí, estando el sol en el signo Leo, por

las mañanas hacia tanto frescor, que le sabia bien tomar un ropon

enforrado. Otra razon era, que hallaba que, pasando 100 leguas de las

islas de los Azores y en aquel paraje del Septentrion, al Austro,

nordesteaban una cuarta las agujas y más, y, con ellas yendo al

Poniente, iba creciendo la templanza y mediocridad de los tiempos

suaves, y juzgaba que la mar iba subiendo y los navíos alzándose hácia

el cielo suavemente; y la causa desta altura, dice ser la variedad

del círculo que describe la estrella del Norte con las Guardas, y

cuanto más van los navíos al Poniente, tanto más van alzándose, y

subirán más en alto y más diferencia habrá en las estrellas y en los

círculos dellas, segun dice. De aquí vino á concebir que el mundo no

era redondo, contra toda la machina comun de astrólogos y filósofos,

sino que el hemisferio que tenian Ptolomeo y los demas era redondo,

pero este otro de por acá, de que ellos no tuvieron noticia, no lo era

del todo, sino imaginábalo como media pera que tuviese el pezon alto,

ó como una teta de mujer en una pelota redonda, y que esta parte deste

pezon sea más alta y más propincua del aire y del cielo, y sea debajo

la equinoccial; y sobre aquel pezon, le parecia podia estar situado

el Paraíso terrenal, puesto que de allí, donde él estaba, estuviese

muy léjos. Daba otra razon: hallar, dice él, esta gente más blanca ó

ménos negra, y los cabellos largos y llanos, y gente más astuta y de

mayor ingenio, é no cobardes; y da razon de esta razon, porque cuando

en este viaje llegó en 20°, era la gente negra, y cuando á las islas

de Cabo Verde, más negra, y cuando á los 5°, en derecho la línea de la

Sierra Leona, muy más negra, pero cuando declinó hácia el Poniente y

llegó á la Trinidad y tierra firme, que creyó ser el cabo de Oriente,

por respecto del lugar donde estaba, donde acababan la tierra toda y

las islas, halló mucha templanza y serenidad, y por consiguiente, de

la manera que ha dicho la gente. Otra razon es, la multitud y grandeza

desta agua dulce del golfo de la Ballena, que tiene 48 leguas della,

la cual parece que podia venir de la fuente del Paraíso terrenal y

descender á este golfo, aunque viniese desde muy léjos, y deste golfo

nacer los cuatro rios Nilo, Tigre, Euphrates y Gánges, ó ir á ellos

por sus cataratas debajo de tierra y de la mar tambien. Ciertamente,

para estar este mundo destas Indias tan oculto y ser tan reciente su

descubrimiento, y ver las cosas tan nuevas que via, no es de maravillar

que el Almirante tanta, y de tan diversas y nuevas cosas, sospecha

imaginaciones y sentencia nueva tuviese. A lo que en la segunda razon

dijo, que yendo al Poniente iban los navíos alzándose, contradice lo

que el Filósofo dice en el II, de los «Mechaoros», cap. 1.º, conviene

á saber, que la tierra y la mar de Septentrion es más alta que la del

Austro, y pruébalo, porque las mares y corrientes dellas, que vienen

de aquellas partes, corren á otras mares más bajas, y de aquellas á

este Océano; y da dello otra señal, que aquella tierra es más alta,

porque los meteorológios, que quiere decir los estudiosos de las cosas

altas, creyeron que el sol no andaba por debajo de aquella tierra,

sino por cerca della, porque en el Septentrion los lugares de la

tierra son altos; esto es del Filósofo. A lo que el Almirante infiere,

que la tierra no es redonda, Aristóteles en el II, _De cœlo_, cap.

14, y Ptolomeo en su _Almagesto_, _dictione_ 5.ªœ, cap. 16, Plinio,

libro II, capítulos 66 y 67, y Alberto Magno, II, _De cœœlo_, tractado

III, capítulos 9, 10 y 11, y el autor de la «Esphera,» y comunmente

todos los más aprobados filósofos y astrólogos y matemáticos son en

contrario, lo cual se muestra y prueba por razones demostrativas que

no pueden por alguna manera negarse. Y una razon quiero aquí decir

que experimentamos en las Indias cada dia, y es, que cuando pasamos

por la latitud de los climas, que es del Norte ó Septentrion al Sur ó

Austro, por poco que andemos, descubrimos algunas estrellas que están

en aquella parte, y que perpétuamente no vemos y nunca vimos, y si

tornamos de Austro al Septentrion, por poco que á él nos acerquemos,

se nos descubren estrellas que nunca vimos, y esto parece, porque en

Egipto y en la isla de Chipre y en Persia, que están hácia el Mediodia

ó Austro, vénse muchas estrellas meridionales, las cuales no ven los

que están en el sétimo clima, y por el contrario, muchas ven aquestos

que los habitadores del Austro no ven ni verán jamás, estando en sus

tierras. Así parece arriba, cap. 128, donde hablando de la isla de la

Taprobana, dijimos, por sentencia de los antiguos, que no se vian los

Septentriones, que son las Osas Mayor y Menor, ni las Cabrillas. Esto

en ninguna manera podia ser si no fuese la tierra redonda, porque la

misma redondez y cuesta y lomo que hace, se interpone entre las vistas

nuestras y de los que están en aquellas partes, porque, sin duda, si

la tierra fuese llana, de igual superficie, como algunos hubieron,

grandes filósofos, y de los cristianos fué Lactancio en el libro de

_Falsa sapitia_, cap. 24, donde quiera que el hombre estuviese, y en

cualquiera parte de la tierra veria ambos á dos polos y todas las

estrellas que están cerca dellos. Esta razon es del Filósofo, en el

libro II, _De cœœœlo_, cap. 14, y Sancto Tomás, allí en la leccion

última, y de Alberto Magno, donde arriba, cap. 11, y del autor de

la«Esphera.» Ponen otra razon, de los eclipses, porque si la tierra

fuera llana, en la misma hora que apareciera el eclipse á los de

Oriente lo vieran los habitadores de Occidente, pero porque unos á

una y otros á otra lo ven, los de Occidente lo ven ántes y los de

Oriente despues, y por el contrario, porque primero les anochece á

estos que á aquellos, lo cual no seria sino por el lomo ó altor ó

embarazo que hace la tierra por ser redonda. Y ansí parece que el

Almirante no argüia bien, por aquellas razones, que la tierra no fuese

redonda, pero no es de maravillar, como viese tantas novedades, como

dice, y tan admirables; y, por ventura, se movia tambien por razon de

que no total y propia y perfectamente la tierra es esférica, de tal

manera como lo es la propia y perfecta figura esférica, de cuyo punto

medio, todas las líneas rectas que proceden y van á la superficie son

iguales, como una bola que sea perfectamente redonda, pero la figura

redonda es, que va ó se quiere asemejar á lo esférico, puesto que no

sea esférico perfectamente como lo sea una manzana, aunque se puede

decir redonda, pero no se dirá propiamente esférica; y esta es la

diferencia entre lo esférico y lo redondo, y así, la tierra se dice

redonda y no propiamente esférica. Esto parece que siente Plinio en el

cap. 66 del libro II, _Orbem certe dicimus terræ globum quem verticibus

includi fatemur. Neque absoluti orbis est forma in tanta montium

excelsitate tanta camporum planicie._ Las mismas palabras dice Beda en

el libro _De natura rerum_, cap. 46. En aquello que dice, no de forma

absoluta, da á entender, que absolutamente no es la tierra esférica,

sino con condicion, conviene á saber, si todas las partes de la tierra

juntamente se ayuntasen con el anchura de las líneas, de tal manera,

que las líneas vayan sobre toda la tierra en circuito, no descendiendo

á los llanos ni campos y montes, resultaria entonces un ayuntamiento

que seria de esférica figura; y porque el Almirante no ignoraba las

razones que los antiguos daban de la redondez de la tierra, segun él

dice aquí: «Yo siempre leí que el mundo, tierra y agua, era esférico,

y las autoridades y esperiencias que Ptolomeo y todos los otros que

escribieron deste sitio daban y amostraban para ello, así por eclipses

de la luna y otras demostraciones que hacen de Oriente hasta Occidente,

como de la elevacion del polo de Septentrion al Austro; agora ví tanta

deformidad, como ya dije, y por eso me puse á tener eso del mundo, y

fallé que no era redondo de la forma que escriben, salvo que es de

forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo que allí donde tiene

el pezon allí tiene más alto, etc.» Estas son sus palabras. Donde

muestra no ignorar en este caso lo que otros de la redondez de la

tierra sabian, así que, como esto supiese, tambien habria visto esto

que se dijo de Plinio, y con ello ayuntadas las mudanzas y novedades

maravillosas que en la mar y en la tierra veia, no parece que será

razon de imputarle á falta de saber porque dijese, que aunque sabia

afirmar los pasados ser la tierra redonda, que no ser del todo esférica

le parecia.

CAPÍTULO CXLII.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 21 / 40 段