Tornando á donde quedó el hilo de la historia, en este paso hace

mencion el Almirante de muchas puntas de tierra é islas, é nombres que

les habia puesto, pero no parece cuando, y en esto y en otras cosas

que hay en sus Itinerarios, parece ser natural de otra lengua, porque

no penetra del todo la significacion de los vocablos de la lengua

castellana, ni del modo de hablar della; hace mencion aquí de la Punta

Seca, de la isla Isabela, de la isla Tramontana, de la Punta Llana,

de la Punta Sara, suponiéndolas, empero ninguna cosa ha dicho dellas,

ó de alguna dellas. Dice que toda aquella mar es dulce, y que no sabe

de donde proceda, porque no parecia haber disposicion de grandes rios

(y que los hobiese, dice, que no dejaria de ser maravilla), pero

engañábase en pensar que no habia rios, porque aquel rio Yuyaparí era

tan caudal y poderoso, como está dicho, y otros que salen por allí.

Deseando ya salir deste golfo de la Ballena, donde andaba cercado de

tierra firme y de la Trinidad, como dicho queda, navegando al Poniente

por aquella costa de tierra firme, que él llamaba de Gracia, hácia

la Punta Seca, que no dice donde era, halló dos brazos de agua no

más; envió la carabela pequeña para ver si habia salida al Norte,

porque, frontero de la tierra firme y de la otra que llamó Isabela,

al Poniente, parecia una isla muy alta y hermosa; volvió la carabela,

y dijo que halló un golfo grande y en él cuatro grandes aberturas que

parecian golfos pequeños, y á cabo de cada uno un rio. Á este golfo

puso nombre Golfo de las Perlas, aunque no hay, creo yo, ninguna.

Esto parece que era al rincon de todo este golfo grande, donde andaba

el Almirante cercado de la tierra firme y de la isla de la Trinidad;

aquellas cuatro abras ó oberturas, creia el Almirante que eran cuatro

islas, y que no parecia que hobiese señal de rio que hiciese todo

aquel golfo, de más de 40 leguas de mar todo dulce; pero los marineros

afirmaban que aquellas aberturas eran bocas de rio, y decian verdad,

al ménos en las dos, porque por la una salia el gran rio Yuyaparí,

y por la otra sale otro grande que hoy se llama el rio de Camarí.

Quisiera en gran manera el Almirante ver la verdad de este secreto,

cual era la causa de haber 40 leguas en luengo y 26 de ancho, como

tiene el dicho golfo, de agua dulce, lo cual, dice él, era cosa de

admiracion, y razon, cierto, tenia; y tambien por penetrar los secretos

de aquellas tierras, que no creia ser posible que no tuviesen cosas de

valor, ó que no las habia en las Indias, mayormente habiendo hallado

allí muestra de oro y de perlas, y las nuevas dellas, y descubierto

tales tierras y tantas y tales gentes en ellas, por lo cual fácilmente

las cosas dellas, y riquezas que habia se supieran; pero porque los

mantenimientos que llevaba para la gente que estaba en esta Española,

y la que traia para que comiesen en las minas, cogiendo oro, se le

perdian, los cuales habia alcanzado con gran dificultad y fatiga, no

le dejaban detenerse, y dice que, si tuviera esperanza de haber otros

tan presto, todos los pospusiera, por descubrir más tierras y ver

los secretos dellas. Y al fin acuerda seguir lo más cierto, y venir

á esta isla y enviar della dineros á Castilla para traer bastimentos

y gente á sueldo, y lo más presto que pudiese enviar tambien á su

hermano el Adelantado á proseguir su descubrimiento y hallar grandes

cosas, como esperaba que se hallarian, por servir á Nuestro señor y á

los Reyes; pero al mejor tiempo se le cortó el hilo, como parescerá,

destos sus buenos deseos, y dice así: «Nuestro Señor me guie por su

piedad y me depare cosa con que él sea servido y Vuestras Altezas hayan

mucho placer; y, cierto, débenlo de haber, porque acá tienen cosa tan

notable y real para grandes Príncipes, y es gran yerro creer á quien

les dice mal desta empresa, salvo aborrecerles, porque no se halla que

Príncipe haya habido tanta gracia de Nuestro Señor, ni tanta victoria

de cosa tan señalada, y dé tanta honra á su alto Estado y reinos, y

por donde pueda recibir Dios eterno más servicios, y la gente de España

más refrigerio y ganancias, que visto está que hay infinitas cosas de

valor, y bien que agora no se conozca esto que yo digo, verná tiempo

que se contará por grande excelencia, y á grande vituperio de las

personas que á Vuestras Altezas son contra esto, que bien que hayan

gastado algo en ello, ha sido en cosa más noble y de mayor estado que

haya sido cosa de otro Príncipe hasta agora, ni era de se quitar de

ella secamente, salvo proceder y darme ayuda y favor, porque los reyes

de Portugal gastaron y tuvieron corazon para gastar en Guinea, fasta

cuatro ó cinco años, dineros y gente, primero que recibiesen provecho,

y despues les deparó Dios ganancias y oro. Que, cierto, si se cuenta la

gente del reino de Portugal y las personas de los que son muertos en

esta empresa de Guinea, se fallaria que son más de la mitad del reino;

y, cierto, fuera grandísima grandeza atajar una renta en España, que

se gastase en esta empresa, que ninguna cosa dejaran Vuestras Altezas

de mayor memoria, y miren en ello; y que ningun Príncipe de Castilla

se halla, ó yo no he hallado por escrito ni por palabra, que haya

ganado jamás tierra alguna fuera de España, y Vuestras Altezas ganaron

estas tierras que son otro mundo, y adonde habrá la cristiandad tanto

placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto acrecentamiento. Todo esto

digo con muy sana intincion, y porque deseo que Vuestras Altezas sean

los mayores señores del mundo, digo señores de todo él; y sea todo con

mucho servicio y contentamiento de la Santísima Trinidad, porque en fin

de sus dias hayan la gloria del Paraíso, y no por lo que á mí propio

toca, que espero en su alta Majestad, que Vuestras Altezas presto

verán la verdad dello, y cual es mi cudicia.» Todas estas son palabras

formales del Almirante, sobre las cuales habria mucho que hablar,

pero en breve quiero anotar algunas cosas: lo primero, es manifiesto

la buena intincion que siempre tuvo el Almirante, para con Dios y con

los Reyes, y con cuanta simplicidad de ello hablaba, y creo para mí

que algo y mucho excedió en la intencion de agradarles á los Reyes,

y por esta ser nimia demasiada no se agradó mucho Dios; y él mismo lo

confiesa en una carta que escribió á los Reyes y á otras personas, que

dice así: «Torno á decir con juramento, que yo he puesto más diligencia

á servir á Vuestras Altezas, que no á ganar el Paraíso.» Estas son sus

palabras. Lo segundo, se debe notar, que cerca de lo que dice aquí el

Almirante, ser cosa real y notable estas tierras y riquezas dellas que

habia descubierto, ciertamente, para encarecer la grandeza y dignidad

destas cosas de las Indias, que Dios puso en manos de los Reyes de

Castilla, necesario fuera tener la elocuencia y eficacia de Demóstenes,

y para escribirlo, la mano de Ciceron; un orbe tantos siglos escondido,

amplísimo y longuísimo, tan lleno y rebosante de inmensas y quietas

gentes, todo él á una mano, felicísimas, fertilísimas, sanísimas y

riquísimas tierras, ¿quién lo podrá explicar, loar y dar á entender?

Lo tercero, que haya sido especial gracia y don señalado de Dios, y no

comparable á cualquiera concedido á los Reyes de Castilla para grande

honra suya y favor, y engrandecimiento de su alto Estado y reinos,

como el Almirante dice, mayor suficiencia que la dicha se requiere

para lo saber engrandecer, y esto, porque por disposicion divina

fueron elegidos, más que otros ningunos Reyes, para ser ministros

medianeros de los mayores servicios que Reyes cristianos á Dios eterno

jamás hicieron. Desto se sigue lo cuarto que notarse debe; la razon

que tuvieron de se alegrar y haber mucho placer, como el Almirante

dice, y yo añido, que tienen estrechísima obligacion de referir por

ello inmensos loores y gracias á Dios. Lo quinto es, que se note cuan

indiscretamente se habian con los Reyes, y cuanto les deservian los que

á Sus Altezas disuadian, por unos pocos de gastos que se hacian, que se

dejasen desta empresa, pues habiendo parecido tierras tan grandes y tan

felices, y que habian dado muestra de oro, no chica, y de temporales

riquezas, mayormente no habiendo experimentado más de lo desta isla,

debieran creer y áun tener por cierto, que en tantos reinos grandes

bienes haber podria; y ciertamente, no ménos insensibles parece que

eran, y que no les rebosaba mucho el cuidado, de la dilatacion de la

fe por estas tierras y gentes dellas, ni su celo, pues no tenian el

ojo á otro hito sino á que gastaban los Reyes y no recibian provecho,

faltándoles consideracion de aquestas tierras y gentes, no para

esquilmar el oro y riquezas temporales dellas, sino para divulgar

el divino nombre, y convertir todas estas racionales ánimas de que

están llenas, y las habia puesto Dios y su Iglesia en las manos de

los católicos Reyes, y esto bien lo sentia y lloraba el Almirante.

Y con razon, de los tales émulos tenia grande queja, y, como aquel

que tantos sudores y trabajos le habia costado y costaba de presente

aqueste mundo nuevo que descubria, y habia descubierto, y juntamente la

buena intincion que en todo ello tenia; por lo cual todo le daba Dios

claro cognoscimiento para que acertase en lo que estaba por venir, como

hombre de gran prudencia, pues decia bien, «si que agora no se cognosce

lo que yo digo, verná tiempo que se contará por gran escelencia.» ¿Qué

se podrá contar en todo lo poblado del mundo, en este género, que se

iguale con lo sucedido y procedido en las Indias y de las Indias en

nuestros tiempos? lo cual, todo, ántes y despues de su descubrimiento,

era estimado por vanísimo é increible, pero, como dije, dábalo Dios á

cognoscer y á decir ántes que se cumpliese, al que, para lo principiar,

y mostrar, con el dedo habia elegido. El ejemplo que trae de los Reyes

de Portugal, que gastaron muchos dineros y gentes en el descubrimiento

y trato de Guinea, ántes que della hobiesen provecho, verdad es; pero

de las ganancias que de allí ha habido y hoy hay, ruego yo á Dios

que no tenga yo parte ni quien bien ó mal me quiera. En aquello que

dice que fuera grandísima grandeza atajar (pone atajar por señalar ó

reservar), alguna renta en España para que se gastase en esta empresa,

dice la mayor y más sustancial y prudente razon de cuantas ha dicho,

el fundamento de todo el bien y causa de evitar el mal, mayormente á

los principios, de todas estas Indias; porque si los católicos Reyes,

aunque siempre vivian con necesidad, situaran ó señalaran cierta renta

(que no era menester muy mucha), para que se gastara en la comunicacion

y contratacion cristiana, humana, pacífica y razonable de Castilla con

estas gentes, y no hobiera tanta priesa en los que les aconsejaban

que fueran riquezas á aquellos reinos, ó en estimar que debian ir

limpias de polvo y de paja, como si estos reinos, no por otra razon ni

título, sino solamente porque acaeció ser descubiertos, lo debieran

á aquellos, sin alguna duda los gastos que los Reyes hicieran, les

fueran, cuando ménos provecho en estas tierras hubo, recompensados, y

sobrepujara la recompensa, y poco á poco se fueran descubriendo las

grandes riquezas que en estas tierras habia, y se ganaran todas para

Castilla, ganadas primero las voluntades de los dueños dellas que con

antiguo derecho y justicia las poseian, y entrando por esta puerta, que

era la justa, verdadera y legítima, en estas tierras, estos reinos y

aquellos fueran felicísimos. Pero harto hicieron los católicos Reyes

teniendo consejeros, y los que en estos negocios entendian, tan ciegos,

en no desmamparar del todo la prosecucion de esta demanda, como ellos,

precipitándose inconsideradamente, les persuadian. Callo la ignorancia

ó la inadvertencia no muy saludable que tuvieron en no entender que

á estas naciones, solamente por ser hombres y gentiles, carecientes

de lumbre de nuestra católica fé, de precepto divino de la caridad el

celo y obra de darlos doctrina y convertirlos por la forma que Cristo

estableció, se les debia; con tal parecer y consejo fueran causa

que, con ninguna otra hazaña (puesto que fueron muchas y dignísimas

las suyas), dejaran los Reyes mayor memoria, ni la cristiandad tanto

placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto acrescentamiento, y la

Santísima Trinidad recibiera tanto servicio y contentamiento, como el

Almirante con sus sinceras palabras dice.

CAPÍTULO CXXXVIII.

Así que, para salir deste golfo dentro del cual estaba de tierra

por todas partes cercado, con el propósito ya dicho de salvar los

bastimentos que traia, que se le perdian, viniéndose á esta isla

Española, sábado, 11 de Agosto, al salir de la luna, levantó las

anclas, y tendió las velas y navegó hácia el leste, que es hácia donde

sale el sol (porque estaba en el rincon del rio Yuyaparí, como arriba

se dijo), para ir á salir, por entre la Punta de Paria y tierra firme,

que llamó la Punta ó cabo de la Playa, á la tierra isla de Gracia, y

entre el Cabo á que dijo cabo Boto de la isla de la Trinidad, como

parece arriba en el cap. 134. Llegó hasta un puerto muy bueno, que

llamó Puerto de Gatos, que está junto con la boca donde están las dos

isletas del Caracol y Delfin, entre los cabos de Lapa y cabo Boto; y

esto, domingo, 12 de Agosto, surgió cerca del dicho puerto, para por

la mañana salir por la dicha boca. Halló otro puerto cerca de allí,

donde envió á verlo la barca; era muy bueno; hallaron ciertas casas de

pescadores, y agua mucha y muy dulce, y púsole por nombre el Puerto

de las Cabañas; hallaron, dice, mirabolanos en la tierra; junto á la

mar, infinitas ostias pegadas á las ramas de los árboles que entran

en la mar, las bocas abiertas para recibir el rocío que cae de las

hojas, hasta que cae la gotera de que se engendran las piedras, segun

dice Plinio y alega al Vocabulario que se llama _Catholicon_; pero

ya queda dicho arriba en el cap. 136, que aquellas ostias no parece

que son de la especie que crian las perlas. Lúnes, 13 de Agosto, en

saliendo la luna, levantó las anclas de donde surgido estaba, y vino

hácia el cabo de la Playa, que es el de Paria, para salir al Norte

por la boca que llamó del Drago, por la siguiente causa y peligro en

que allí se vido; la boca del Drago, dice, que es un estrecho que

está entre la Punta de la Playa que es el fin de la isla de Gracia,

que como muchas veces está dicho, es la punta de la tierra firme y de

Paria, al Oriente, y entre el cabo Boto, que es el fin de la isla de la

Trinidad, al Poniente; dice, que habrá entre medias de los dos cabos

legua y media. Este debe ser pasadas cuatro isletas que dice haber

allí en medio, atravesadas, aunque agora no vemos más de dos, por las

cuales no debe haber salida, y sólo debe de quedar la angostura de la

legua y media para poder salir los navíos por ella, porque de la Punta

de la Lapa al cabo Boto cinco leguas hay, como en el cap. 134 dijimos.

Llegando á la dicha boca á la hora de tercia, halló una gran pelea

entre el agua dulce por salir á la mar, y el agua salada del mar por

entrar dentro en el golfo, y era tan recia y temerosa, que levantaba

una gran loma, como un cerro muy alto, y con esto traian un estruendo

y ruido ambas aguas, de Levante á Poniente, muy largo y espantoso, con

hilero de aguas, y tras uno venian cuatro hileros uno tras otro, que

hacian corrientes que peleaban; donde pensaron perecer, no ménos que

en la otra boca de la Sierpe del cabo del Arenal, cuando entraban en

el golfo. Fué doblado este peligro más que el otro, porque les calmó

el viento con que esperaban salir, y quisieran surgir, que les fuera

algun remedio, aunque no sin peligro por los combates de las aguas,

pero no hallaron fondo, porque era muy honda allí la mar; temieron,

calmado el viento, no les echase el agua dulce ó salada á dar en las

peñas con sus corrientes, donde no hubiesen algun remedio. Dicen, que

dijo aquí el Almirante, aunque no lo hallé escrito de su mano, como

hallé lo susodicho, que si de allí se escapaban, podian hacer cuenta

que se escapaban de la boca del drago, y por esto se le quedó este

nombre, y con razon. Plugo á la bondad de Dios que del mismo peligro

les salió la salud y liberacion, porque la misma agua dulce, venciendo

á la salada, echó sin sentir los navíos fuera, y así fueron puestos

en salvo; porque cuando Dios quiere que uno ó muchos sean de vida, el

agua les es medicina. Así que, salió, lúnes á 13 de Agosto, del dicho

golfo y de la boca del Drago, peligrosa. Dice que hay desde la primera

tierra de la Trinidad hasta el golfo que descubrieron los marineros que

invió en la carabela, donde vieron los rios y él no los creia, al cual

golfo llamó de las Perlas, y esto es al rincon de todo el golfo grande,

que nombró de la Ballena, donde tantos dias anduvo, de tierra cercado,

48 leguas; yo le añido que son buenas 50, como aparece de la carta del

marear. Salido del golfo y de la boca del Drago y su peligro, acuerda

de ir al Poniente por la costa abajo de la tierra firme, creyendo

todavía que era isla de Gracia, para emparajar en el derecho de dicho

golfo de las Perlas, Norte Sur, y rodearla y ver aquella abundancia

de agua tan grande, de dónde venia, y si procedia de rios, como los

marineros afirmaban, lo que él dice que no creia, porque ni el Ganjes,

ni el Euphrates, ni el Nilo, no ha oido que tanta agua dulce trajesen.

La razon que le movia era, porque no habia tierras tan grandes de donde

pudiesen nacer tan grandes rios, salvo, dice él, si esta no es tierra

firme; estas palabras son suyas. Por manera, que ya va sospechando que

es tierra firme la tierra de Gracia que él creia ser isla, pero era y

es, cierto, tierra firme, y los marineros habian dicho bien; de la cual

procedia tanto golpe de agua por los rios Yuyaparí y el otro que sale

cerca del que llamamos hoy Camarí, é otros que por allí deben salir.

Así que, yendo en busca de aquel golfo de las Perlas, donde salen los

dichos rios, creyendo de hallarlos rodeando la tierra, por estimar ser

isla y ver si habia entrada por allí, ó salida para el Sur, y si no

la hallase, dice, que afirmaria entónces que era rio, y que lo uno y

lo otro era gran maravilla, fué la costa abajo aquel lúnes hasta el

sol puesto. Vido que la tierra era llena de buenos puertos y tierra

altísima; por aquella costa abajo, vido muchas islas hácia el Norte y

muchos cabos en la tierra firme, á los cuales, todos, puso nombres: á

uno, cabo de Conchas; á otro, cabo Luengo; á otro, cabo de Sabor; á

otro, cabo Rico, tierra alta y muy hermosa; dice que en aquel camino

hay muchos puertos y golfos muy grandes que deben ser poblados, y

cuanto más iba al Poniente, via la tierra más llana y más hermosa. Al

salir de la boca, vido una isla, al Norte, que estaria de la boca 26

leguas, púsole nombre la isla de la Asuncion; vido otra isla y pusóle

la Concepcion, y á otras tres isletas juntas llamó los Testigos, y

estas, se llaman hoy así; á otra cabe ellas, llamó el Romero; á otras

isletas pequeñas, nombró las Guardias. Despues llegó cerca de la isla

Margarita, y llamóla Margarita, y á otra cerca della, puso nombre el

Martinet. Esta Margarita es una isla que tiene de luengo 15 leguas, y

de ancho cinco ó seis, y es muy verde y graciosa por de fuera, y por

dentro es harto buena, por lo cual está poblada; tiene cabe sí, á la

luenga, leste gueste, tres isletas, y dos detras dellas, Norte-Sur: el

Almirante no vido más de las tres, como iba de la parte del Sur de la

Margarita. Está seis ó siete leguas de la tierra firme, y por esto hace

un golfete entre ella y la tierra firme, y en medio del golfete están

dos isletas, leste gueste, que es de Levante á Poniente, junto la una

á la otra; la una se llama Coche, que quiere decir venado, y la otra

Cubagua, que es la que arriba en el cap. 136 dije, donde se han cogido

infinitas perlas. De manera, que el Almirante, aunque no sabia que en

aqueste golfete se criaban las perlas, parece que adivinó en llamarla

Margarita; estuvo muy cerca della, puesto que no lo expresa, porque

dice estaba nueve leguas de la isla Martinet, la cual estaba junto,

dice él, á la Margarita, de la parte del Norte, y dice junto, porque

como iba por la parte del Sur de la Margarita, parecia estar junto,

aunque estaba ocho ó nueve leguas: y esta es la isleta de la parte

del Norte, cercana á la Margarita, que agora se llama isla Blanca, y

dista las ocho ó nueve leguas de la Margarita, como dije; por aquí

parece que debia estar junto ó cerca de la Margarita, el Almirante, y

creo que, porque le faltó el viento, por allí surgió. Finalmente, de

todos los nombres que puso á islas y cabos de la tierra firme que tenia

por isla de Gracia, no han quedado ni se platican hoy sino la isla

de la Trinidad, y la boca del Drago, y los Testigos, y la Margarita.

Aquí andaba el Almirante muy malo de los ojos, de no dormir, porque

siempre, como andaba entre tantos peligros dentre islas, así lo tenia

de costumbre, y lo debe de tener cualquiera que trae cargos de navío,

por la mayor parte, como son pilotos, y dice, que más fatigado se vido

aquí que cuando descubrió la otra tierra firme, que es la isla de Cuba

(la cual áun pensaba que era tierra firme hasta agora), porque se

le cubrieron los ojos de sangre, y así eran por la mar sus trabajos

incomparables; por esta causa estuvo esta noche en la cama y luego

se halló más fuera en la mar de lo que se hallara si él velara, por

lo cual, no se descuidaba ni fiaba de los marineros, ni debe fiarse

de nadie el que es diligente y perfecto piloto, porque á su cuenta y

sobre su cabeza están todos los que van en la nao, y lo más propio y

necesario que al ejercicio de su oficio pertenece es velar y no dormir,

todo el tiempo que navega.

CAPÍTULO CXXXIX.

Parece haber andado el Almirante la costa abajo desde que salió de la

boca del Drago, ayer lúnes y hoy mártes, hasta 30 ó 40 leguas cuando

más, puesto que no lo dice, porque (como él se queja que no escrebia

todo lo que debia describir), no podia por andar por aquí tan malo;

y como via que la tierra iba muy extendida para abajo al Poniente, y

parecia más llana y más hermosa, y el golfo de las Perlas que quedaba

en la culata del golfo ó mar dulce, donde salia el rio de Yuyaparí, en

cuya busca iba, no tenia salida, la cual esperaba ver, creyendo que

esta tierra firme era isla, vino ya en cognoscimiento que tierra tan

grande no era isla, sino tierra firme, y, como hablando con los Reyes,

dice así: «Yo estoy creido que esta es tierra firme, grandísima, de

que hasta hoy no se ha sabido, y la razon me ayuda grandemente por

esto deste tan grande rio y mar, que es dulce, y despues me ayuda

el decir de Esdras en el libro IV, cap. 6.º, que dice que las seis

partes del mundo son de tierra enjuta, y la una de agua, el cual libro

aprueba Sant Ambrosio en su _Examenon_, y Sant Agustin sobre aquel

paso, _Morietur filius meus Christus_, como lo alega Francisco de

Mayrones, y despues desto me ayuda el decir de muchos indios caníbales

que yo he tomado otras veces, los cuales decian que al Austro dellos

era tierra firme, y entónces estaba yo en la isla de Guadalupe, y

tambien lo oí á otros de la isla de Sancta Cruz y la de Sant Juan, y

decian que habia mucho oro, y, como Vuestras Altezas saben, muy poco

ha que no se sabia otra tierra más de la que Ptolomeo escribió, y no

habia en mi tiempo quien creyese que se podia navegar de España á las

Indias, sobre lo cual anduve siete años en su corte, y no fueron pocos

los que entendieron en ello; y en fin, sólo el grandísimo corazon de

Vuestras Altezas lo hizo experimentar contra el parecer de cuantos

lo contradecian, y agora parece la verdad, y parecerá ántes de mucho

tiempo más larga: y, si esta es tierra firme, es cosa de admiracion, y

será entre todos los sabios, pues tan grande rio sale que haga una mar

dulce de 48 leguas.» Estas son sus palabras. Por manera, que la primera

razon que le persuadia ser tierra firme, la que llamó Sancta cuando

entró en el golfo por la boca de la Sierpe, cuando vido la Trinidad,

y la que despues llamó isla de Gracia, fué salir tanta agua dulce

que endulzaba tan grande golfo, y argüia muy bien, porque gran golpe

de agua ó rio muy grande no se puede congregar, si no es de muchas

fuentes, las muchas fuentes causan muchas quebradas, son causa de

muchos arroyos, hacen muchos rios chicos y despues se ayuntan grandes;

todo lo cual presupone necesariamente, grandísimo discurso y longura

de tierra. Esta parece que no puede ser isla por grande que sea, luego

parece que debe ser tierra firme; y era bonísima la conjetura por

este argumento. La segunda razon tomaba de la autoridad de Esdras,

que dice que las seis partes de la tierra quedaron enjutas, mandando

Dios que todas las aguas se encerrasen en un lugar, que es la mar, y

aquel testo dice así: _Et tertia die imperasti aquis congregari in

septima parte terræ, sex vero partes siccasti et conservasti_, etc.

Arguye, pues, así: la auctoridad de Esdras afirma ser las seis partes

del mundo tierra, y la una de agua; toda la tierra que sabemos parece

ser poca, segun la mar vemos tan grande; luego esta tierra debe ser

grande, más que isla, que llamamos firme para que concuerde con la

autoridad de Esdras, que tenga seis partes la tierra, respectivamente

comparadas á una que ha de tener el agua, y por esto no es mucho ni

difícil creer que esta sea tierra firme. No solamente el Almirante por

la autoridad de Esdras se movia y argüia ser la tierra seis veces más

grande que el agua, pero tambien doctísimos varones en todas ciencias

hacian lo mismo, y della argüian ser la mayor parte del mundo tierra

y habitable, contra Ptolomeo, que tuvo que solamente la sexta parte

del mundo era habitable, y las otras cinco partes estaban cubiertas de

agua, como parece en el libro de Ptolomeo, «De la disposicion de la

esfera,» y en el «Almagesto,» libro II; y de ellos es Pedro de Aliaco,

doctísimo varon en todas ciencias, el cual, en el libro _De imagine

mundi_, cap. 8.º, alega la dicha autoridad de Esdras, diciendo que

aquel libro los Santos tuvieron en reverencia, y por él las verdades

sagradas confirmaron. Estas son sus palabras. Desto dijimos en el

capítulo 6.º Lo mismo de Esdras alega Jacobo de Valencia, no poco docto

en cosmografía, en el Salmo CIII, sobre el verso _Hoc mare magnum et

spatiosum_, etc., probando que la tierra es seis veces mayor que la

mar. Puede alguno decir á la autoridad de Esdras, que aquel libro IV es

apócrifo y de ninguna autoridad, y á lo que dice Pedro de Aliaco, que

los Santos lo tuvieron en reverencia, no lo probara con San Jerónimo,

el cual, en la «Epístola contra Vigilancio,» dice que nunca aquel

libro leyó, porque no conviene tomar en las manos lo que la Iglesia

no recibe; estas son sus palabras. Sant Agustin, libro XVIII, cap. 36

_De Civitate_, no aprueba aquel lib. IV de Esdras, sino el III, cap.

3.º, diciendo que, por aventura, Esdras fué profeta en aquello que

dijo, «que la verdad es más fuerte y poderosa que el Rey é las mujeres

é el vino,» profetizando de Cristo, Nuestro Señor y Redentor, que es

la verdadera verdad. Esto es lo que dice Sant Agustin; que escribiendo

sobre aquellas palabras, _morietur filius meus Christus_, tratase de

Esdras y lo aprobase, no sé donde Francisco Mairones lo halló. Y aquel

lib. III tambien se pone por apócrifo, aunque no tanto como el IV, por

no tenerse por cierto que Esdras lo escribió; Sant Ambrosio, no en el

_Examenon_, como el Almirante dice, sino en el libro de _Bono mortis_,

cap. 10, contra los gentiles que creian morir las ánimas juntamente

con los cuerpos, parece aprobar tambien el IV, aunque da á entender

con alguna condicion, sobre aquel artículo de nuestra fé, que en el

tiempo del universal juicio, los muertos han, en sus cuerpos, propios,

de resucitar; el cual toca allí en el cap. 7.º, Esdras, hablando del

juicio, y que la tierra los ha de restituir á las ánimas: _Terra

reddet quæ in ea dormiunt et pulvis quæ in eo silentio habitant et

promptuaria reddent quæ in eis comendatæ sunt animæ et revelabitur

Altissimus super sedem judicii_, etc. Donde dice así Sant Ambrosio:

_Animarum autem superiora esse habitacula scriptura testimoniis valde

probatur, siquidem in Esdræ libris legimus, quod cum venerit judicii

dies reddet terra defunctorum corpora; et pulvis reddet eas quæ in

tumulis requiescunt reliquas mortuorum_. Et infra. _Sed Esdræ usus

sum scriptis ut cognoscant gentiles ea quæ in philosophiæ libris

mirantur translata de nostris_, etc.; en esto que Sant Ambrosio dice,

á la postre, usado he de los escritos de Esdras, porque cognoscan los

gentiles que, de lo que se admiran de nuestras Escripturas salió,

parece, algo, que si no fuera por confundirlos á ellos, lo de aquel

libro IV alegará, pero puédese decir que ni contra los gentiles lícito

era traer testimonio de lo que no tenia autoridad. Finalmente, aunque

aquel libro sea apócrifo, que es tanto como sospechoso de contener

algunos errores, no se sigue que no tenga algunas y muchas verdades,

como es aquella del final juicio, y aquella _morietur filius meus

Christus_; y así puede haber sido de la dicha autoridad, que la tierra

sea seis veces mayor que la mar, é por esta razon se puede muy bien en

esto alegar. Tuvo el Almirante otra razon para más se persuadir á que

esta era tierra firme: las nuevas que dice que le dieron los vecinos de

la isla de Guadalupe, y desta Española, y de la de Sant Juan.

CAPÍTULO CXL.

Por todo lo susodicho en los capítulos precedentes, asaz parece

manifiesto haber sido el primero el Almirante D. Cristóbal Colon,

por quien la divina Providencia tuvo por bien de descubrir aquesta

nuestra grande tierra firme, así como lo tomó por instrumento y eligió

por medio de que al mundo se mostrasen todas estas, tantos siglos,

encubiertas océanas Indias. Vídola, miércoles, 1.º dia de Agosto, un

dia despues que descubrió la isla de la Trinidad, año del nacimiento

de nuestra salud, Jesucristo, de 1498 años, á la cual llamó la isla

Santa, creyendo que era isla, desque comenzó á llegarse para entrar por

la boca que llamó de la Sierpe, en el golfo de la Ballena, que nombró,

que halló todo dulce, la cual boca hace la isla de la Trinidad, por

aquella parte, y la misma tierra firme que llamó Santa; y el viérnes

siguiente, que se contaron 3 dias del dicho mes de Agosto, descubrió la

Punta de Paria, que llamó la Punta de la Paria, á la cual, estimando

que tambien era isla, púsole nombre la isla de Gracia; como todo fuese

tierra firme, como por sus dias y horas arriba ha parecido, y hoy

más claramente, por la apariencia y vista de ojos, ser toda inmensa

tierra firme, parece. Y es bien aquí de considerar, la injusticia y

agravio que aquel Américo Vespucio parece haber hecho al Almirante,

ó los que imprimieron sus cuatro navegaciones, atribuyendo á sí, ó

no nombrando sino á sí sólo, el descubrimiento desta tierra firme;

y por esto todos los extranjeros que destas Indias en latin ó en su

lenguaje materno escriben, y pintan, ó hacen cartas ó mapas, llámanla

América, como descubierta y primero hallada por Américo. Porque como

Américo era latino y elocuente, supo encarecer el primer viaje que

hizo, y aplicarlo á sí mismo, como si fuera él por principal y Capitan

dél, habiendo ido por uno de los que fueron con el capitan Alonso de

Hojeda, del que arriba hemos hablado, ó por marinero, ó porque puso

como mercader alguna parte de dineros en el armada, mayormente cobró

autoridad y nombre por haber dirigido las navegaciones que hizo al rey

Renato, de Nápoles. Cierto, usurpan injustamente al Almirante la honra

y honor y privilegios, que, por ser el primero que con sus trabajos,

sudores y industria dió á España y al mundo el conocimiento desta

tierra firme, como lo habia dado de todas estas occidentales Indias;

merece, el cual privilegio y honor reservó la divina Providencia para

el Almirante D. Cristóbal Colon, y no para otro, y por esto nadie

debe presumir de se lo usurpar ni dar á sí ni á otro, sin agravio é

injusticia y pecado, cometida en el Almirante, y, por consiguiente, sin

ofensa de Dios.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 20 / 40 段