Deseaba, dice, tomar media docena de indios para llevar consigo, y

dice que no pudo tomarlos, porque se fueron todos de los navíos ántes

que anocheciese; pero mártes, luego, 8 de Agosto, vino una canoa con

12 hombres á la carabela, y tomáronlos todos, y trajéronlos á la nao

del Almirante, y dellos escogió seis y los otros seis invió á tierra;

esto parece que lo hacia el Almirante sin escrúpulo, como otras muchas

veces en el primer viaje lo hizo, no le pareciendo que era injusticia

y ofensa de Dios y del prójimo, llevar los hombres libres contra su

voluntad, quitando los padres á los hijos, y las mujeres á sus maridos,

y que segun ley natural estaban casados, y que ellas otros, ni otras

ellos, podian tomar sin pecar y quizá mortalmente, de lo cual era el

Almirante causa eficaz; y otra circunstancia, que venian á los navíos

aquellos so tácita seguridad y confianza prometida, la cual les debian

guardar, allende el escándalo y aborrecimiento de los cristianos,

que se podia seguir, no sólo en los de allí, pero de toda la tierra

y gentes que lo supiesen. Dió luego la vela hácia una punta que dice

del Aguja, el cual nombre no dice cuando le puso, y de allí, dice, que

descubrió las más hermosas tierras que hayan visto y las más pobladas,

y, en llegando á un lugar, al cual por su hermosura llamó Jardines,

donde habia infinitas casas y gentes, los que habia tomado dijéronle

que habia gente vestida, por lo cual acordó de surgir, y vinieron á los

navíos infinitas canoas. Estas son sus palabras. Cada uno, dice, que

traia su pañezuelo tan labrado de colores, que parecia un almayzar,

con uno atada la cabeza, y con el otro cubrian lo demas, como ya se

ha tocado; destas gentes que hoy vinieron á los navíos, algunos,

dice, que traian algunas hojas de oro al pescuezo, y uno de aquellos

indios que habia tomado le dijo que por allí habia mucho oro, y que

hacian dello espejos grandes, y mostraba como lo cogian; dice espejos,

porque debia dar el Almirante algunos espejos, y por señas debia el

indio decir que del oro hacian de aquellos, no porque les entendiesen

palabra. Dice que, porque andaba por allí de corrida, porque se le

perdian los bastimentos que tanto trabajo alcanzar le habian costado,

y esta isla Española estaba más de 300 leguas de allí, no se detenia,

lo cual mucho él quisiera por descubrir mucha más tierra, y dice que

todo es lleno de islas, y muy hermosas, y muy pobladas, y tierras muy

grandes; la gente muy más política que la desta Española y guerreros,

y casas hermosas. Si el Almirante hobiera visto el reino de Xaraguá

como su hermano el Adelantado, y la corte del rey Behechio alguna

excepcion hiciera en esto. Llegando á la Punta de la Aguja, dice que

vido otra isla al Sur, 15 leguas, que iba al Sueste Norueste, muy

grande, y tierra muy alta y llamóla Sabeta, y en la tarde vido otra al

Poniente, tierra muy alta; todas estas islas entiendo ser pedazos de

la tierra firme, por las abras y valles que se abrian, que parecian

islas distintas, como quiera que él anduviese todavía por dentro del

golfo que llamó de la Ballena, cercado, como dicho es, de tierra; y

esto parece claro, porque estando como estaba dentro del dicho golfo

ninguna tierra tenia al Sur, sino la tierra firme, luego las islas que

decia no eran islas, sino pedazos de la misma tierra firme, que juzgaba

ser islas. Surgió adonde llamó los Jardines, y luego vinieron infinitas

canoas, grandes y pequeñas, llenas de gente, segun dice. Despues, á la

tarde, vinieron más de toda la comarca, muchos de los cuales traian al

pescuezo piezas de oro de hechura de herraduras; pareció que lo tenian

en mucho, pero todo lo dieran, dice, por cascabeles y no los llevaba, y

fué cosa esta de notar que un hombre tan proveido como el Almirante, y

teniendo voluntad de venir á descubrir, no trujese rescates de diversas

maneras, como trujo el primer viaje: todavía hobo alguno dellos, y era

muy bajo que parescia sobredorado. Decian, segun podian entender por

señas, que habia por allí algunas islas, donde habia mucho de aquel

oro, pero que la gente eran caníbales, y dice aquí el Almirante, que

este vocablo caníbales, tenian todos por allí por causa de enemistad,

ó quizá porque no querian que fuesen allá los cristianos, sino que

se estuviesen allí toda su vida. Vieron los cristianos á un indio un

grano de oro tan grande como una manzana. Vinieron otra vez infinitas

canoas cargadas de gente, y todos traian oro y collares, y cuentas de

infinitas maneras, y atados los pañezuelos á las cabezas que les tienen

los cabellos, y bien cortados, y paréceles muy bien; llovió mucho, y

por eso cesaban gentes de ir y venir. Vinieron unas mujeres que traian

en los brazos sartales de contezuelas, y entre ellas perlas ó aljófar,

finísimas, no como las coloradas que se hallaron en las islas de

Babueca; rescatáronse aquellas, y dice que las inviaria á Sus Altezas.

Nunca supe destas perlas que se hallaron en las islas de Babueca, que

son cerca del Puerto de Plata, en esta Española, y estas más son bajos

debajo del agua, que no islas, que hacen harto daño á los navíos que

por allí pasan, si no están sobre el aviso, y así tienen título Abre el

Ojo. Preguntó el Almirante á los indios dónde las hallaban ó pescaban,

y mostráronle de las nácaras donde nacen, y respondiéronle, por bien

claras señas, que nacian y se cogian hácia el Poniente detras de

aquella isla, que era el cabo de la playa de la Punta de Paria y tierra

firme, que creia ser isla; y decian verdad, que 25 ó 30 leguas de allí,

hácia el Poniente, está la isla de Cubagua, de que luego se dirá,

donde las cogian. Envió las barcas á tierra para saber si habia cosa

nueva que no hubiesen visto, y hallaron la gente tan tratable, dice el

Almirante, que, «aunque los marineros no iban con propósito de salir

en tierra, pero vinieron dos personas principales con todo el pueblo

y les hicieron salir; llegaron á una casa grande, hecha á dos aguas,

y no redonda, como tienda de campo, de la manera que son las de las

islas, donde los recibieron muy bien y les hicieron fiesta y les dieron

colacion, pan y frutas de muchas maneras, y el beber fué un brevaje

blanco que tienen en gran precio, de que todos estos dias trujeron

allí, y hay dello tinto, y mejor uno que otro, como entre nosotros el

vino. Los hombres todos estaban juntos á un cabo de la casa, y las

mujeres á otro. Recibida la colacion en aquella casa del más viejo,

llevóles el más mozo á otra casa é hizo otro tanto; pareció que el uno

debia ser el Cacique y señor, y el otro debia ser su hijo; despues se

volvieron los marineros á las barcas, y con ellas á los navíos muy

contentos desta gente.» Estas todas son palabras del Almirante. Dice

más: «ellos son de muy linda estatura, y todos grandes á una mano,

y más blanca gente que otra que hobiese visto en estas islas, y que

ayer vido muchos tan blancos como nosotros, y mejores cabellos y bien

cortados, y de muy buena conversacion; las tierras, en el mundo, no

pueden ser más verdes y hermosas y pobladas; la templanza, otra tal,

que desque estoy en esta isla, dice él, hé cada mañana frio, digo,

para ropon enforrado, bien que esté tan cerca de la línea equinoccial;

la mar todavía dulce; á la isla llaman Paria.» Todas son palabras del

Almirante. Llama isla á tierra firme todavía, porque así lo creia.

CAPÍTULO CXXXVI.

Viérnes, 10 de Agosto, mandó dar las velas y fué al Poniente de la

que pensaba ser isla, y anduvo cinco leguas y surgió; por temor de no

hallar fondo, andaba á buscar boca por donde saliese de aquel golfo,

dentro del cual andaba cercado de tierra firme y de islas, aunque él

no creia ser tierra firme, y dice que es cierto que aquella era isla,

que así lo decian los indios y así parece que no los entendian. De allí

vido otra isla frontero al Sur, á la cual llamó Isabela, que va del

Sueste á Norueste, despues otra que llamó la Tramontana, tierra alta y

muy hermosa, y parecia que iba de Norte á Sur, parecia muy grande; todo

esto era tierra firme. Decíanle los indios que él habia tomado, á lo

quél entendia, que la gente de allí eran caníbales, y que allí habia ó

nascia el oro, y las perlas de la parte del Norte de Paria, la vía del

Poniente, se pescaban y habian habido las que al Almirante dieron. El

agua de aquella mar era tan dulce, dice, como la del rio de Sevilla,

y así turbia. Quisiera ir á aquellas islas, sino por no volver atras,

por la prisa que tenia que se le perdian los bastimentos que llevaba

para los cristianos de la Española, que con tanto trabajo, dificultad

y gran fatiga los habia alcanzado; y, como cosa en que padeció grandes

aflicciones, repite esto de estos bastimentos muchas veces. Dice,

que cree que en aquellas islas que habia visto debe haber cosas de

valor, porque todas son grandes y tierras altas, y valles y llanos, y

de muchas aguas, y muy labradas, y pobladas, y la gente de muy buena

conversacion, así como lo muestran sus gestos. Estas son palabras del

Almirante. Dice tambien, que si las perlas nacen como dice Plinio del

rocío que cae en las ostias que están abiertas, allí mucha razon hay

para las haber, porque allí cae mucha rociada y hay infinitísimas

ostias y muy grandes, y porque allí no hace tormenta, sino la mar esta

siempre sosegada, señal de lo cual es haber los árboles hasta entrar

en la mar, que muestran nunca entrar allí tormenta, y cada rama de

los árboles que entran (y están tambien ciertas raíces de árboles

en la mar, que, segun la lengua desta Española, se llaman mangles),

estaban llenos de infinitas ostias, y tirando de una rama sale llena

de ostias á ella pegadas; son blancas de dentro y el pescado dellas, y

muy sabrosas, y no saladas sino dulces y que han menester alguna sal,

y dice que no sabe si nacen en nácaras; donde quiera que nazcan, son,

dice, finísimas, y las horadan como dentro, en Venecia; á esto que dice

el Almirante que están llenas las ramas de ostias por allí, decimos que

no son aquellas ostias que él vido, y están por aquellas ramas fuera de

la mar y un poco dentro en el agua, las que crian las perlas, sino de

otra especie, porque las que paren las perlas más cuidado tienen, por

su natural instinto, de se esconder cuanto más bajo del agua pueden,

que aquellas que vido en las ramas. Tomada ocasion desto que dice aquí

el Almirante, quiero mezclar un poco de los secretos naturales que hay

cerca del criar ó nacer de las perlas, lo que no creo que será á los

leyentes desagradable; las perlas de que hablamos, en latin se llaman

propiamente margaritas, porque se hallan en las conchas de la mar,

segun dice Sant Isidro, libro XVI, cap. 10 de las «Ethimologías,» y es

la primera y más principal de las piedras preciosas que son blancas, y

las más blancas son las más finas y ménos rubias.

Engéndranse desta manera: En ciertos tiempos del año, cuando tienen

la inclinacion y apetito de concebir, sálense á la playa y ábrense, y

allí esperan el rocío del cielo, cuasi como si esperasen y deseasen

su marido; reciben aquel rocío del cual conciben y se empreñan, y

tales producen sus hijos, que son las perlas ó margaritas, cual fuere

la calidad del rocío; si puro fuere, nascen las perlas blancas,

si fuere turbio, salen pardas ó escuras, y de aquí, dice Plinio y

Solino, se colije tener el cielo más parte en este concebimiento que

el agua de la mar tiene. Cuanto más el rocío fuere del alba ó de

la mañana, tanto más blancas salen ellas, y cuanto más á la tarde ó

noche llegaren á recebirlo, tanto más serán escuras; la edad tambien

mucho ayuda á la blancura: cuanto más viejas fueren, tanto ménos

blancas, y tanto más blancas, cuanto las conchas fueren más mozas ó

más nuevas, y cuanto mayor cantidad de rocío recibieren, tanto mayor

ternán la grandeza. Nunca mayores se dice hallarse que pesen más de

media onza, ni pase de media nuez su medida; tienen las conchas tal

sentido, naturalmente, que siempre temen no salgan maculadas sus

perlas, y por tanto, cuando hace sol recio, porque no salgan negras

ó rubias ó pardillas, ó su blancor en alguna manera se amancille,

vánse al profundo huyendo del calor del sol cuanto más pueden; si

hace relámpagos ó truena ántes que las conchas estén cerradas y del

todo estén las perlas formadas, súbitamente, de temor, se afligen y

aprietan y malparen, ó del todo echándolas de sí ó saliendo al cabo

las perlas imperfectas y muy chiquitas. En el agua están las perlas

tiernas, y sacadas de la ostia se endurecen; temen mucho las conchas

la diligencia é instrumentos de los pescadores, y por eso se afijan

y apegan y esconden siempre dentro de las más ásperas peñas; andan ó

nadan en compañia, y tienen su rey como las abejas, segun dice Plinio

y Solino, y otros filósofos. El rey ó guiador dellas es la mas vieja y

la mayor; presa la guiadora ó guiadoras que van delante, fácilmente las

demás con las redes son presas, y si se escapan algunas, á sus comarcas

se vuelven. Desto dice Megastenes, filósofo: _Conchas in quibus

margaritæ el uniones gignuntur retibus capi gregatimque multas veluti

apes depasci, regemque suum habere. Ac si contingat regem comprehendi

á piscatoribus, eas protinus circumfundi nec vim effugere: fugiente

rege et ipsas effugere._ Cuando una sola perla se halla en la ostia

es mas fina, y por esto se llama _unio_, y nunca se hallan dos juntas

de aquella especie y excelencia; cuando muchas, no son uniones, sino

gemas ó margaritas, pero no dejan de ser preciosas si son blancas, y

redondas y pesadas, y mas preciosas si de sí mesmas son horadadas.

Crecen y descrecen con la luna miéntras están vivas en las conchas;

nacen dentro de la pulpa de la carne y debajo, y en cualquiera parte

de la ostia; cuando la concha siente la mano de la persona, luego se

encoge y cubre cuanto puede de sus riquezas, y porque siente que por

ellas le tocan, apriétase cuanto puede, lastima y muerde. La virtud

dellas es, que confortan los espíritus, y para restriñir el flujo de

sangre y contra el flujo lientérico, y contra cardiaca, y sincopin

y contra diaria; nacen las mejores en las Indias, y, no tales, en

Bretaña, que es agora Inglaterra, y por haberlas tomó ocasion Julio

César de pasar á ella, y por tiranía y violencia sojuzgarla. Todas las

cosas dichas son sacadas de Fisiólogo, de Arnoldo, de Megastenes, de

Plinio, lib. VI, cap. 35; de Solino, cap. 16 de su Polistor; de Sant

Isidro, lib. XVI, cap. 10; de Alberto el Magno, lib. II, cap. 2.º _De

mineralibus_; del Vincencio, _Speculo natural_, lib. IX, capítulos

81 y 82, y del libro _De propietatibus rerum_, lib. XVI, cap. 62; y

lo que dice postrero de Julio César, refiérelo Suetonio, en la vida

del mismo Julio César, cap. 47, _Britanniam petisse spe margaritarum,

quarum complitudinem conferentem interdum sua manu egisse pondus_.

Algunos hay que duden, modernos, empero, y no de mucha auctoridad,

criarse las perlas del rocío del cielo, como arriba se ha dicho,

diciendo ser mas fábula que verdad; pero ni dan razon en contrario,

ni asignan la causa de donde tengan orígen las perlas ó margaritas,

y por tanto parece temeridad refragar sentencia de tantos y tales

autores, que tan diligentes y solícitos fueron en inquirir é manifestar

los secretos de la naturaleza. Pudieran, los que no admiten que del

rocío se crien las perlas, asignar algunas causas naturales de donde

pudiesen proceder; y es una, poderse criar en las mismas conchas por

virtud de algun lugar, en el cual impriman los cuerpos celestiales

virtud mineral y de la misma agua de la mar, de la manera que se

crian las otras piedras preciosas y comunes. Para entendimiento desto

débese saber, segun Alberto Magno en el lib. I, capítulos 7.º, 8.º y

9.º, que las estrellas, por su cantidad y su lumbre, y por su sitio y

por su movimiento, mueven y ordenan el mundo, segun toda materia y

todo lugar, de las cosas que se engendran y corrompen. Esta virtud,

así determinada, de las estrellas, se infunde y derrama en el lugar

de la generacion de cada cosa que se engendra; el lugar recibe las

virtudes de las estrellas, cuasi como la matriz ó la madre, que dicen,

de las mujeres, rescibe la virtud formativa del embrion. Embrion es

la criatura que tiene la hembra en el vientre, luego que comienza á

vivir ántes que tenga la figura señalada de macho ó de hembra, segun

su especie, y puédese decir, que es el parto crudo é imperfecto que

la hembra tiene en el vientre; de aquí es que, segun los filósofos,

el lugar es principio activo de la generacion. Esta virtud de las

estrellas no en todas partes es una, ni es igual en todos los lugares,

que sea tierra ó que sea agua, porque en unos lugares se influye y

derrama más que en otros indiferentemente, como parece, que en unos

se crian leones y no elefantes y en otros elefantes y no leones, y

en unos oro y en otros plata y por el contrario; por esta manera, en

unos lugares se halla virtud mineral para engendrar perlas y piedras

preciosas, ó de las otras comunes, y en otras no, como es manifiesto.

La virtud, pues, determinada á la generacion de las piedras en materia

terrestre ó en materia de agua, es en la cual concurren todos los

lugares, en los cuales las piedras se engendran; y así como en los

animales que son engendrados de putrefaccion ó pudrimento y cosas

podridas, como los ratones, segun la materia que se trata en el libro

IV de los «Metauros,» las estrellas infunden su virtud vivificativa que

les dá vida, por esta manera acaesce en la materia de que se engendran

las piedras, sea agua ó sea tierra, se les infunde virtud formativa

ó lapidificativa. Obra por esta manera la dicha virtud, conviene á

saber, que así como los elementos se trasmutan ó traspasan unos en

otros, como cuando la tierra convierte al agua en sí para que sea

tierra, lo primero que se hace es, que la virtud de la tierra entra en

la sustancia del agua, y altérala, y lo segundo, cuasi señoreándose

de ella, tiénela, y entónces comienza el agua á estar queda y ponerse

términos, como encogiéndose y embebiéndose, y hasta entónces no

pierde su perspicuidad ó clareza, ó traslucimiento, pero de allí vá

corrompiéndose, y así se hace tierra que ya rescibe las calidades de

la tierra, que son, ser opaca ó espesa, y escura y seca, lo mismo es

de los otros elementos. Por esta misma manera acaece de la virtud

lapidificativa cuando se infunde en algun lugar, sea agua ó sea tierra,

porque la materia agua ó tierra que la dicha virtud toca, primeramente

la altera, y lo segundo señoréala y tiénela, y despues que la tiene y

vence señoreándola, conviértela en piedra; por esta manera se pueden

engendrar y criar las margaritas, uniones y perlas sin ser de rocío,

como los autores nombrados dicen, que dentro de las ostias, ó en la

misma peña, ó en el arena, ó en aquellos lugares donde las conchas

se apacientan, infundan virtud, que comunmente se llama mineral, las

estrellas; que la misma agua de la mar, ó alguna cosa que las mismas

ostias coman para su mantenimiento altere y entre en la sustancia

de aquella, y detenga y venza y señoree, y al cabo la convierta en

margarita ó perla, porque como Platon dice, y Alberto, donde arriba en

el cap. 5.º, lo alega, que, segun los méritos y disposicion de cada

materia, se influyen las virtudes celestiales que obran las cosas de

naturaleza, _secundum merita (inquit) materiæ infunduntur virtutes

cœœœlestes quæ res naturæ operantur_, ó tambien la misma agua de la

mar suele tener tal virtud, en sólo aquel lugar y comarca, que dentro

de las ostias, de sus mismas gotas ó de otras cosas que en ellas haya,

engendre las perlas. Y la señal desto Alberto Magno allí refiere,

que hay algunas aguas, por la virtud mineral que aquel lugar donde

corren contiene, tan fuertes, que corriendo por tales materias se

embeben en las cosas minerales, ó que tienen vecindad con ellas, por

lo cual el agua misma y las cosas que están en ella se convierten en

piedras más presto ó más tarde, segun que es más fuerte ó más débil la

virtud que forma las piedras, ó lapidificativa; pero si aquella misma

agua la sacan de aquel lugar y la echan en otro, no se convertirá

en piedras: la causa es, porque como esté fuera del lugar donde hay

virtud mineral, evapórase y corrómpese, así como cualquiera otra cosa

se corrompe estando fuera del lugar de su propia generacion. Por esta

manera, dice Alberto allí, en el cap. 7.º, haberse experimentado en los

montes Pirineos, que dividen á España de Francia, ser algunos lugares

en los cuales el agua lluvia que cae se convierte en piedras, y si la

misma lluvia cae ó echan en otro lugar, fuera de aquellos, quédase

en agua como era. Por la misma razon hay algunas plantas y palos que

están dentro de algunas aguas ó mares que se convierten en piedras,

quedándoles la figura de palos ó de plantas, y algunas veces las

plantas y arbolillos nascidas dentro de la mar son tan vecinas de la

naturaleza de las piedras, que un poco secas al aire, se convierten en

piedras; y la señal desto es bien manifiesto en el coral, el cual, sin

duda ninguna, se engendra de palillos y plantas que están dentro de la

mar. Plinio, en el libro XXXI, cap. 2.º, pone haber una fuente en Asia

la Menor, que regando la tierra con su agua la torna piedra, y un rio,

que los árboles con sus hojas hacia lo mismo. Ésto no puede en alguna

manera ser sino por la virtud mineral en aquella tierra ó piedras ó

peñas que están dentro del agua ó en la misma mar, como tambien vemos

en sierras muy altas, que siempre hay perpétuas nieves, y en ellas

se engendra el cristal, lo cual no seria posible, si no fuese por la

virtud mineral que allí las estrellas infunden y derraman; desto, algo

dejamos ya dicho arriba. Así que no es cosa imposible criarse las

perlas en aquella mar sin rocío, de la manera que es dicha de suso. Las

perlas que aquí el Almirante hobo se criaban y crian en la mar de una

isleta, y al derredor della, que se llama Cubagua, que no tiene agua

dulce, sino estéril y seca, y en toda ella habrá obra de dos leguas

de tierra inhabitable, puesto que las perlas la hicieron habitada con

más de 50 vecinos, españoles; miéntras duraron, iban por el agua siete

leguas de allí, á la tierra firme. Dista esta isleta, de donde el

Almirante agora andaba, 50 leguas abajo al Poniente; podia ser que allí

en aquel golfo de la Ballena, por donde andaba, ó en la mar allegada á

la Trinidad, ó á la tierra firme, que llamaba isla de Gracia, hobiese

quizá algunas perlas, pero parece que no, pues los indios señalaban

que al Poniente las cogian. Yo estuve en la dicha isleta y vide las

conchas, y en ellas las perlas que tenian debajo de la carne; no era

uniones sino margaritas, porque tenian cuatro ó cinco juntas, unas

grandes y otras chicas; las ostias son del tamaño que las de Castilla,

y la carne ó pescado dellas la misma, bien sabrosa: yo comí hartas de

ellas. Adelante, placiendo á Dios, en el libro IV se dirá más desta

isleta de Cubagua, y de las perlas, y lo que en ella en los tiempos

pasados se ha hecho y ha acaecido.

CAPÍTULO CXXXVII.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 19 / 40 段