una de las cosas que en el mundo hay admirables (admirable á los que la
ven, increible á los que la oyen, como dice Diodoro), pues el Almirante
D. Cristóbal Colon dió la ocasion á ello, donde muestra en esto y en
las otras historias tocadas tener noticia de muchas antigüedades, y
así convino, pues Dios le eligió para, por medio suyo, mostrar al
mundo tan oculta hazaña, paréceme no ser cosa inconveniente á nuestra
Historia, enjerir en ella lo que los antiguos sintieron diversamente
del nascimiento del rio Nilo, y de su creciente y menguante, y, al
cabo de muchas y varias opiniones referidas, colegir la falta que
tuvieron ignorando la Divina Escritura, y dellas conocer cual fué
la más probable y más allegada á lo natural. Egipto es toda tierra
muy llana y campestre, y por eso la puede muy bien regar toda el rio
Nilo; las ciudades, villas y lugares, los cortijos de los labradores
y majadas de los ganados, están todas cercadas de valladares, no
paredes de mucha resistencia, por no haberlo menester para se defender
de la creciente del rio, que nunca crece sino con gran mansedumbre,
suavemente. Cuando crece, como baña toda la tierra, parecen todas las
ciudades y habitaciones de los hombres como si fuesen distintas islas;
en tanto que dura la creciente tienen los ganados en establos, ó dentro
de sus cercadas, donde les tienen para aquel tiempo su hierba y su
comida; las otras bestias, no domésticas, si no se van con tiempo á
buscar lugares altos, todas se ahogan con el agua. Dos veces en el año
cresce y mengua el Nilo: la primera, comienza cuando el sol entra en
el signo Cáncer, y esto es á 16 de Junio, y dura esta creciente por
todo aquel signo, hasta que entra en el signo Leo; despues de entrado,
y llega á la estrella Canícula, que es cuando comienzan los dias
caniculares, cuasi mediado Julio, comienza poco á poco á descrecer de
la manera que fué creciendo, hasta quedar en su curso y agua ordinaria.
La segunda creciente hace, cuando entra el sol en el primer grado del
signo Virgo, que es cuasi mediado Agosto, y dura por un mes, hasta
que el sol entra en Libra; de allí se torna despues á su acostumbrado
estado. Strabon dice que dura el agua más de cuarenta dias, y, pasados
sesenta, queda la tierra enjuta y dispuesta para labrarla. Son estas
crecientes tan necesarias para la tierra de Egipto, que sino las
hobiese tan abundantes, segun el calor grande que allí hay por ser
la tierra muy austral, y como nunca jamás llueva, la tierra seria
toda polvo y estéril arena, como es alguna parte del mismo Egipto. La
justa creciente es, cuando sube el agua de su curso ordinario 16 codos
en alto; si son menores aguas, no lo riegan todo; si mayores, no se
enjuga con tiempo la tierra y detiénese el fruto. Cuando sube no más
de 12 padecen hambre, y cuando 13 lo mismo; 14 codos causa alegría; 15
seguridad; 16 traen deleites con el abundancia. La mayor creciente, fué
cuando llegó á 18 codos, en tiempo que imperaba Claudio, Emperador; y
la más chica, de cinco, cuando andaba la guerra Pharsálica, conviene
á saber, la de entre César y Pompeyo, segun dice Plinio. Los egipcios
honran y adoran como Dios al rio Nilo, atribuyéndole algo de deidad,
lo cual prueban porque por sus crecientes y menguantes pronostican
los males ó bienes futuros, ó por mucha cantidad de agua, ó con la
falta della. Con el limo mucho que siempre trae el Nilo, queda la
tierra engrosada, pingüísima y fertilísima, de manera, que, con poco
trabajo y costa ninguna, se reciben ubérrimos frutos de pan y vino,
y frutas y todas las otras cosas; por la virtud y abundancia de la
hierba paren dos veces las ovejas, y otras dos dan de sí lana. Entre
tanto que dura la creciente y menguante, los Reyes y los que gobiernan,
navegan por el rio: es cosa no decente; la gente comun toda se emplea
en bailes, placeres y deleites. Cuán presto la tierra se enjuga, luego
se ara y se siembra, y más presto en aquella parte donde más calor
hace: todo lo susodicho es sacado de Plinio, libro V. cap. 9.º, y
de Solino, cap. 45 de su Polistor, y de Estrabon, libro XVII, y de
Diodoro, libro X, cap. 3.º En lo que toca al nascimiento deste rio
Nilo, concluyó Séneca, despues de haber mucho disputado, en el lugar
en el precedente capítulo dicho: Que como la tierra que está debajo
de la superficie sea limosa y llena de humidades, cuando concurren
juntamente en un lugar son causa que se hagan las grandes lagunas de
mar, y donde los rios, despues, con impetuoso curso manan, y desta
manera siente Séneca que todos los rios tienen su principio; pero como
sea esta proposicion contra la Divina Escritura que suena otra cosa,
mayormente cerca deste rio Nilo, falso es lo que dice Séneca; pero no
es de maravillar, pues no se avalanzaba á más de lo que le parecia,
segun su natural juicio. Así que, como aquel rio Nilo sea uno de los
cuatro que salen del terrenal Paraíso y se llama Geon (como parece,
Génesis, II, capítulo 4.º), que comunmente se llama Nilo, deste
vocablo _nilon_, griego, que quiere decir, limoso, porque su agua es
muy limosa, por lo cual hace por donde pasa fertilísima la tierra;
por ende las lagunas ó lagos que los Centuriones vieron no era el
nascimiento del Nilo, sino que salian allí sus aguas, que, más arriba,
debajo de tierra se habian sumido, y desta manera se sume en muchas
partes el mismo Nilo; y este discurso llevan Pomponio Mela, libro I,
cap. 9.º, y Plinio, libro V, cap. 9.º, y Solino, cap. 45, puesto que
no atinan de dónde traiga su orígen; y acá vemos en Castilla en el rio
de Guadiana, que nasce bien léjos de Estremadura, donde á ratos se
sume y va por bajo de tierra mucho camino, y, cuando sale descubierto,
parece tener allí su principio. Cuanto á la razon de por qué en verano
crece, mayormente en el principio de los meses y en sus fines, segun
dice el Filósofo en el fin del libro II, de Metheoros, fueron las
opiniones de los antiguos como dijimos; segun cuenta el Filósofo en el
tractado especial que hizo del acrecentamiento del Nilo, y Solino en
su Polistor, cap. 45, Herodoto, en el segundo libro de su Historia,
y Diodoro en el primer libro, y Séneca en las dichas Cuestiones
naturales, y Strabon en el libro XVII de su Geografía. Tales Milesius,
uno de los siete sabios de Atenas, dice que los vientos que cada año
corren por aquel tiempo allegaban las aguas de una parte á otra, y
así parecian las aguas en mayor cantidad, puesto que, en la verdad,
no fuesen mayores, como en una olla que hierve; Anaxágoras y otros
dijeron que la causa es por las muchas nieves que están en los montes
de Etiopía, que con el calor del sol en verano se derriten, y aquellas
hacen crecer tanto el Nilo; y esta opinion fácilmente se derrueca,
porque no podia haber tantas nieves, que tan gran cantidad de agua en
el Nilo causasen; y esta opinion, dice Herodoto, ser falsísima puesto
que, segun él dice, segun las otras, sea modestísima. La sentencia
de Thalero, filósofo, fué que cuando vientan los vientos etesios,
que son los que corren en los dias caniculares, los cuales, por su
frialdad, espesan las nubes que están sobre la fuente que imagina en
Etiopía, en el monte que se dice de la Luna, aquellas, con el aire, se
convierten en agua, y que de allí proviene en aquel tiempo crecer el
Nilo, y en el invierno que los dichos vientos no corren, menguar; á
esto se dice que no parece posible, por viento alguno, que tanto aire
se pueda convertir en agua, porque como de un puño de agua, cuando se
convierte agua en aire, salgan diez de aire, manifiesto es que si tal
conversion se hiciese, habria de hacerse gran cantidad de aire agua,
lo que parece ser falso. Otra razon mejor: si aquellos vientos tanta
cantidad de aire y de nubes convirtiesen en agua que hiciesen crecer
al Nilo, como aquellos vientos no corran indivisiblemente, necesario
se seguiria que las fuentes, arroyos y los rios que estuviesen cerca,
un tiro de ballesta y de piedra, del Nilo, tambien crecerian; pues
esto es falso, porque ninguna agua, por cercana que esté al Nilo,
cresce, sino sola del Nilo. Pomponio dice, que los vientos etesios, ó
ventando recio, detienen las aguas del Nilo que no salgan á la mar, y
entónces suben en alto las aguas del Nilo, ó que los mismos vientos
sean causa que cieguen las bocas del Nilo, por donde sale á la mar,
con mucha arena, y así, lo hagan subir en alto; esta razon refiere
Herodoto. Lo mismo afirma el historiador Amianno en el lib. XXII de su
Historia. Esta sentencia siguió Beda en el libro de _De Natura rerum_,
capítulo 43: _.....mense enim majo, dum ostiacius quibus in mare
influit zephiro flante, undis ejectis arenarum cummulo præstruuntur,
paulatim intumescens ac retro propulsus plana irrigat Egipti: vento
autem cesante ruptisque arenarum cumulis suo redditur alveo._ Pero á
esto se puede responder con la razon de arriba, que lo mismo acaesceria
en los otros rios, pero pues no se hace no debe ser aquesta la causa
en el Nilo, y esta respuesta es de Herodoto, diciendo que muchos rios
están en Siria y muchos en África, que aquestos impedimentos padezcan;
la misma respuesta da Diodoro, lib. I, cap. 4.º. San Gerónimo, sobre
el profeta Amós, cap[8], cuasi parece declinar en esta sentencia; dice
allí que el rio Nilo, una vez en el año, viene mucho avenido, tanto
que riega toda Egipto, pero que esto se hace por divino milagro, sin
algun aumento de agua, sino que se hacen grandes montones de arena en
las bocas del Nilo por donde entra en la mar, y así el agua de arriba
vuelve atras, y por acequias grandes que están hechas en la tierra
de Egipto, vá el agua á la bañar. Solino da otra razon, y es, que el
calor derribado del sol y de los otros planetas, levantan el agua del
Nilo, haciéndola más sotil, de la manera que se levanta en la olla
que hierve y hace parecer más de la que es, pero no lo es; á esto se
dice que no es suficiente razon porque si por el calor que levanta el
agua en alto, en tiempo de verano, el Nilo cresce, luego en todas las
partes donde hobiere calor crescerán los rios; esto es falso, porque
ántes vemos, con el calor, menguar los rios. Ephorus decia, que la
causa era esta: que como la tierra de Egipto fuese toda de su natura
seca y árida, y tenga muchas hendiduras y resquebrajaduras, rescibe
y atrae los inviernos la humedad y frio del cielo, la cual como en
el verano, por manera de sudor, la produzca, este sudor y humedad
hace crecer al Nilo en el verano; pero desta burla Diodoro diciendo
que no solamente Ephoro ignoró la region y la naturaleza de Egipto,
pero ni áun oyó á los que la sabian, donde tambien prueba contra él
haber mal dicho. Agatharchides Cnidius, allegándose más cerca de la
verdad, segun opinion de Diodoro que lo recita, dice: que porque en
los montes de Etiopía llueve grandes aguas desde el solsticio estival,
que es á 14 de Junio ó á 14 dél, hasta el equinoccio del Otoño, que
es á 14 de Setiembre, por esto no ser maravilla que en el invierno
traiga el Nilo sola el agua ordinaria natural que mana de sus fuentes,
y en el verano venga muy pujante; y en esta sentencia parece Diodoro
declinar. Herodoto, en el segundo libro de su Historia, desta duda
esta sentencia puso: que tiene quel sol en el verano, cuando está
en medio del cielo, conviene á saber, en la equinoccial, vientos
frios causa y trae á sí mucho humor, el cual humor derrama sobre la
tierra hácia las fuentes del Nilo, que están puestas so el circuito
de Capricornio, cuando viene al solsticio estival, que es, como se
dijo, á 14 de Junio, cuando vientan los vientos Austro y áfricos, que
naturalmente son pluviosos, y de aquí el Nilo cobra su creciente en
los veranos; de aquí, cuando el sol torna al equinoccio autumnal, que
es á 14 de Setiembre, trae á sí las lluvias y las aguas de la tierra
y de los rios, pero no las derrama sobre las fuentes dichas, porque
hácia allá va el sol y hace seca, secando los aires y las tierras, y
en este tiempo, que es invierno, es necesario menguar el Nilo en su
agua. Desta sentencia tambien murmura Diodoro, pero no responde á ella.
Lucano, en el libro X, estima que deste crecimiento del Nilo ninguna
otra razon suficiente se puede dar, sino que Dios quiso proveer al
reino de Egipto del agua necesaria, por vía maravillosa, pues allí
no quiso que lloviese, sin la cual no podia pasar; y esta no es muy
indigna razon, y no discrepa mucho de la de San Jerónimo. Aristóteles
en el dicho Tractado de la inundacion ó creciente y menguante del
Nilo, recitadas muchas opiniones, dice la suya, y es: que en la madre
del rio Nilo hay muchas secretas fuentes que en el invierno están
cerradas sin manar, y en el verano se abren y manan, dando de sí tanta
agua, que hacen al Nilo avenir con gran pujanza que toda la tierra
de Egipto pueda bañar; pero ni Aristóteles, ni Solino, ni Herodoto,
ni Séneca, ni los demás, dan suficientes razones, por ignorar el
principio, que es el orígen del Nilo, el cual estimaban estar en
alguno de los lugares desta nuestra tierra habitable, como nazca del
Paraíso terrenal, el que todos ignoraron. Lo que más verdad parece, y
ser causa de esta creciente y menguante en ciertos tiempos, es alguna
virtud secreta natural, la cual se consigue allí inmediatamente, en
su misma fuente, en el Paraíso, de donde nasce. Otro rio hay en el
mundo que sólo á semejanza del Nilo cresce y mengua una vez en el año,
conviene á saber, cuando el sol está en el vigésimo grado del signo
de Cancrio, y dura esta cresciente por todo el Cancrio y el signo de
Leon, hasta tanto que el sol quiere pasar al signo de Virgen; la causa
desto, dice Solino en el cap. 50 de su Polistor, hablando del rio
Euphrates, es porque Euphrates y el Nilo están constituidos debajo de
semejantes paralelos del mundo, aunque en diversos lugares, y de aquí
es que la misma virtud, en ambos á dos rios, el sol y todo el cielo
influyen. Alguno contradice que estén debajo de semejantes, y á Solino
responden que habla por opinion de otros, y así parece: _Quod gnomonici
similibus paralellis accidere contendunt, quos pares et cœli et
terrarum positione æqualitas normalis efecit lineæ, unde apparet ista
duo flumina, scilicet, Nilus et Euphrates, admodum ejusdem perpendiculi
constituta, licet e diversis manent plagis easdem incrementi causas
habere._ Pero como, en la verdad, ambos á dos, estos rios, más juntos
sean entre sí que los otros rios del Paraíso, parece que á la salida
del Paraíso la misma virtud se les comunique; por manera que, segun
nos, el principio y orígen del Nilo, cierto es ser en el Paraíso,
pero segun los gentiles autores, que ingnoraron la Divina Escritura,
diversas y dudosas opiniones tuvieron de su origen, y así dice Solino:
_Ignari siderum et locorum varias de excesibus ejus (excesus vocat Nili
incrementum), causas dederunt_. Y Diodoro tambien lo mismo afirma:
_Itaque locorum inscitia errandi materiam priscis scriptoribus præbuit,
Nili fontes locaque ex quibus fluit nullus ad hoc tempus neque vidisse
se dicit, neque audisse ab aliis qui se assererent aspexisse, ex quo
res ad opiniones et conjeturas pervenit._ La razon de la diversidad
de opiniones es la que se ha tocado, que aunque aquellos cuatro rios
su primer origen sea en el Paraíso pero como, despues de salidos dél,
por algun espacio se oculten debajo de tierra y otra vez parezcan,
por esta causa los gentiles creyeron que en aquellas bocas por donde
salian estaban sus fuentes. Así que, segun la opinion de los gentiles,
certísima y famosísima, segun declara Solino, cap. 45 _De Egipto_,
cuanto á lo que ellos pudieron saber, ignorando la Divina Escritura,
el rio Nilo tiene su origen en el monte de Mauritania la inferior, más
cercana del mar Océano, que se llama el monte de la Luna, y hace allí
un profundo lago que Nilides se nombra; y así lo dice Plinio, libro V,
capítulo 9.º: _Nilus incertis ortus fontibus_; et infra: _Lacu protinus
stagnante quem vocant Nilidem_; y esto prueba, porque las mismas
hierbas y los mismos peces y bestias que cria y produce el Nilo, se
hallan en el lago dicho, do sale y corre por algunos dias, despues se
torna á encubrir, yendo por debajo de la tierra, y tórnase á descubrir
en una gran cueva de Mauritania cesariense, con mucho más ímpetu de
aguas y con las mismas señales de hierbas y peces y otras bestias, y
allí se torna á encubrir, y no sale hasta llegar á Etiopía, y de allí
saliendo, aparece todo el rio negro como la pez. Allí es el término
y fin de África, y los vecinos de aquella region le llaman Astapun,
que quiere decir agua de las tinieblas salida; de allí, corriendo por
muchos y diversos lugares, hace muchas y diversas islas, la principal
y más nombrada de las cuales es la isla Menor, donde se situa el clima
primero, segun la division de los climas que hicieron los antiguos, que
se dice Diameroes; despues entra en la tierra de Egipto, y hace las
maravillas dichas, y al fin entra en la mar por siete bocas ó puertas,
de las cuales se verá por Plinio en el cap. X del libro 5.º Y esto
baste cuanto á la historia que toca al rio Nilo.
CAPÍTULO CXXX.
Dejada la digresion donde referimos algunas historias que tocó en
sus palabras el Almirante, para dar noticia á quien no las sabia, y
acordarlas á los que las leyeron, mayormente los secretos del Nilo, el
fin que pretendemos dicta que tornemos á tomar nuestro hilo. Partió,
pues, nuestro primer Almirante en nombre de la Santísima Trinidad
(como él dice, y así siempre solia decir), del puerto de Sant Lúcar
de Barrameda, miércoles, 30 dias de Mayo, año de 1498, con intento de
descubrir tierra nueva, sin la descubierta, con sus seis navíos. Bien
fatigado, dice él, de mi viaje, que donde esperaba descanso cuando yo
partí destas Indias, se me dobló la pena; esto dice por los trabajos
y nuevas resistencias y dificultades con que habia habido los dineros
para despacharse, y los enojos recibidos sobre ello con los oficiales
del Rey, y los disfavores y mal hablar que, las personas que le podian
con los Reyes dañar, á estos negocios de las Indias daban; para remedio
de lo cual le parecia que no le bastaba lo mucho trabajado, sino que
de nuevo le convenia, para cobrar nuevo crédito, trabajar; y, porque
entónces estaba rota la guerra con Francia, túvose nueva de una armada
de Francia, que aguardaba sobre el cabo de Sant Vicente al Almirante,
para tomarlo, por esta causa, deliberó de hurtarles el cuerpo, como
dicen, y hace un rodeo enderezando su camino derecho á la isla de la
Madera. Llegó á la isla del Puerto Sancto, jueves, 7 de Junio, donde
paró á tomar leña, y agua, y refresco, y oyó misa, y hallóla toda
alborotada y alzadas todas las haciendas, muebles, y ganados, temiendo
no fuesen franceses; y luego, aquella noche, se partió para la isla
de la Madera, que, como arriba dejamos dicho, está de allí unas 12
ó 15 leguas, y llegó á ella el domingo siguiente, á 10 de Junio. En
la villa le fué hecho muy buen recibimiento y mucha fiesta, por ser
allí muy conocido, que fué vecino de ella en algun tiempo; estuvo allí
proveyéndose cumplidamente de agua y leña, y lo demas necesario para
su viaje, seis dias. El sábado, á 16 de Junio, partió con sus seis
navíos de la isla de la Madera, y llegó, mártes siguiente, á la isla
de la Gomera; en ella halló un corsario francés, con una nao francesa
y dos navíos que habia tomado de castellanos, y, como vido los seis
navíos del Almirante, dejó las anclas y el un navío, y dió de huir
con el otro, el francés; envia tras él un navío, y como vieron, seis
españoles que iban en el navío que llevaba tomado, ir un navío en su
favor, arremeten con otros seis franceses que los iban guardando, y,
por fuerza, métenlos debajo de cubierta, y así los trajeron. Aquí, en
la isla de la Gomera, determinó el Almirante enviar los tres navíos
derechos á esta isla Española, porque, si él se detuviese, diesen nueva
de sí, é alegrar y consolar los cristianos con la provision de los
bastimentos, mayormente dar alegría á sus hermanos, el Adelantado y D.
Diego, que estaban por saber dél harto deseosos; puso por Capitan de
un navío á un Pedro de Arana, natural de Córdoba, hombre muy honrado,
y bien cuerdo, el cual yo muy bien cognoscí, hermano de la madre de
D. Hernando Colon, hijo segundo del Almirante, y primo de Arana, el
que quedó en la fortaleza con los 38 hombres que halló á la vuelta
muertos el Almirante; el otro Capitan del otro navio, se llamó Alonso
Sanchez de Carabajal, Regidor de la ciudad de Baeza, honrado caballero.
El tercero, para el otro navío, fué Juan Antonio Columbo, ginovés,
deudo del Almirante, hombre muy capaz y prudente, y de autoridad, con
quien yo tuve frecuente conversacion; dióles sus instrucciones segun
convenia, y en ellas les mandó, que, una semana uno, otra semana otro,
fuese cada uno Capitan general de todos tres navíos, cuanto á la
navegacion y á poner farol de noche, que es una lanterna con lumbre que
ponen en la popa del navío, para que los otros navíos sepan y sigan por
donde vá y guía la Capitana. Mandóles que fuesen al Oeste, cuarta del
Sudueste, 850 leguas, y que entónces serian con la isla Dominica; de la
Dominica, que navegasen Oest-Noroeste, y tomarian la isla de Sant Juan,
y que fuesen por la parte del Sur della, porque aquel era el camino
derecho para ir á la Isabela Nueva, que agora es Sancto Domingo. La
isla de Sant Juan pasada, que dejasen la isla Mona al Norte, y de allí
toparian luego la punta desta Española, que llamó de Sant Rafael, el
cual agora es el cabo del Engaño; de allí á la Saona, la cual dice que
hace buen puerto entre ella y esta Española. Siete leguas hay otra isla
adelante, que se llama Sancta Catherina, y de allí á la isla Nueva,
que es el puerto de Sancto Domingo, como dicho es, hay 25 leguas.
Mandóles que donde quiera que llegasen y descendiesen á se refrescar,
por rescate comprasen lo que hobiesen menester, y que á poco que diesen
á los indios, aunque fuesen á los caníbales, que decian comer carne
humana, habrian lo que quisiesen, y les darian los indios todo lo que
tuviesen, pero si fuese por fuerza, lo esconderian y quedarian en
enemistad. Dice más en la Instruccion, que él iba por las islas de Cabo
Verde (las cuales, dice, que antiguamente se llamaban Gorgodes, ó segun
otros, Hespéridos), y que iba, en nombre de la Santísima Trinidad,
con propósito de navegar al Austro dellas hasta llegar debajo de la
línea equinoccial, y seguir el camino del Poniente hasta que esta isla
Española le quedase al Norueste, para ver si hay islas ó tierras.
Nuestro Señor, dice él, me guie y me depare cosa que sea su servicio y
del Rey y la Reina, nuestros señores, y honra de los cristianos, que
creo que este camino jamás le haya hecho nadie, y sea esta mar muy
incógnita. Y aquí acaba el Almirante su Instruccion.
Tomada, pues, agua y leña y otras provisiones, quesos en especial,
los cuales hay allí muchos y buenos, hízose á la vela el Almirante
con sus seis navíos, jueves, 21 dias de Junio, la vía de la isla del
Hierro, que dista de la Gomera obra de 15 leguas, y es, de las siete
de las Canarias, hácia el Poniente, la postrera. Pasando della, tomó
el Almirante su derrota, con una nao y dos carabelas, para las islas
del Cabo Verde, y despidió los otros tres navíos en nombre de la Sancta
Trinidad, y dice que le suplicó tuviese cargo dél y de todos ellos; y
al poner del Sol se apartaron, y los tres navíos tomaron su vía para
esta isla. Aquí el Almirante hace mencion á los Reyes del asiento que
habia tomado con el rey de Portugal, que no pasasen los portugueses
al Oeste de las islas de los Azores y Cabo Verde, y hace tambien
mencion como los Reyes lo enviaron á llamar para que se hallase en
los conciertos, con los que á la particion habian de concurrir, y que
no pudo ir por la grave enfermedad que incurrió en el descubrimiento
de la tierra firme de las Indias, conviene á saber, de Cuba, que tuvo
siempre, como no la pudo rodear, aún hasta agora, por tierra firme;
añide más, que luego sucedió la muerte del rey don Juan, ántes que
pudiese aquello poner en obra. Debia ser, que como aquello se trató
el año de 93 y 94, habria entretanto de entrambas partes impedimentos
hasta el año de 97 que murió el rey D. Juan de Portugal, como arriba se
vido, cap. 126, y por esto dice aquí el Almirante, que por la muerte
del rey D. Juan no se pudo poner en obra. Siguiendo pues su camino
el Almirante, llegó á las islas de Cabo Verde, las cuales, segun él
dice, tienen falso nombre, porque nunca vido cosa alguna verde, sino
todas secas y estériles. La primera que vido fué la isla de la Sal,
miércoles, 27 de Junio, y es una isla pequeña; de allí fué á otra
que tiene por nombre Buenavista, y es esterilísima, donde surgió
en una bahía, y cabe ella esta una isleta chiquita; á esta isla se
vienen á curar todos los leprosos de Portugal, y no hay en ella mas
de seis ó siete casas. Mandó el Almirante sacar las barcas á tierra
para se proveer de sal y carne, porque hay en ella gran número de
cabras. Vino un Mayordomo, de cuya era aquella isla, llamado Rodrigo
Alonso, escribano de la Hacienda del rey en Portugal, á los navíos á
ofrecer al Almirante lo que en ella hobiese, que él hobiese menester;
agradescióselo é hízole dar del refresco de Castilla con que se gozó
mucho. Aquel le hizo relacion de como venian allí los leprosos á se
curar de su lepra, por la abundancia grande que hay de tortugas en
aquella isla, que comunmente son tan grandes como adargas; comiendo del
pescado dellas, y lavándose con la sangre dellas muchas veces, sanan
de la lepra; vienen allí tres meses del año, Junio, Julio y Agosto,
infinitas tortugas de hácia la tierra firme, que es Etiopía, á desovar
en la arena, las cuales, con las manecillas y piés, escarban en el
arena y desovan sobre quinientos huevos y más, tan grandes como de
gallina, salvo que no tienen la cáscara dura, sino un hollejo tierno
que cubre la yema, como el hollejo que tienen los huevos de la gallina
quitada la cáscara dura; cubren los huevos con el arena como si lo
hiciese una persona, y allí el sol los ampolla, y, formados y vivos
los tortuguitos, luego se van á buscar la mar, como si vivos y por sus
piés hubieran salido della. Tomaban allí las tortugas de esta manera;
que con lumbre de noche, que son hachas de leña seca, van buscando el
rastro de la tortuga, que no lo hace chico, y hállanla durmiendo de
cansada; llegan de presto y trastórnanla, volviendo la concha de la
barriga arriba, y la del lomo abajo, y déjanla, porque segura queda que
ella se pueda volver, y luego van á buscar otra: y lo mismo hacen los
indios en la mar, que si llegan estando durmiendo y la vuelven, queda
segura para tomarla cuando quisieren, puesto que otro mejor arte tienen
los indios en tomarlas en la mar, como se dirá, si Dios quisiere,
cuando trataremos de la descripcion de Cuba. Los sanos que vivian en
aquella isla de Buenavista, como ni áun agua no tienen, sino salobre
de unos pozos, eran seis ó siete vecinos, cuyo ejercicio era matar
cabrones y salar los cueros para inviar á Portogal en las carabelas
que allí por ellos vienen, de los cuales, les acaescia en un año matar
tantos, y enviar tantos cueros, que valian 2.000 ducados al Escribano,
cuya era la isla; habíanse criado tanta multitud de cabras y machos de
solas ocho cabezas. Acaecíales á aquellos que allí vivian, estar cuatro
y cinco meses que ni comian pan ni bebian vino, ni otra cosa, sino
aquella carne cabruna, ó pescado, ó las tortugas; todo esto dijeron
aquellos al Almirante. Partióse de allí, sábado, de noche, 30 de
Junio, para la isla de Santiago, y domingo, á hora de vísperas, llegó
á ella, porque dista 28 leguas; y esta es la principal de las de Cabo
Verde. Quiso en esta tomar ganado vacuno, para traer á esta Española,
porque los Reyes se lo habian mandado, y para ello estuvo allí ocho
dias y no pudo haberlo; y porque la isla es enfermísima, porque se asan
en ella los hombres, y le comenzaba su gente á enfermar, acordó de
partirse. Torna el Almirante á decir que quiere ir al Austro, porque
entiende, con ayuda de la Santísima Trinidad, hallar islas y tierras,
con que Dios sea servido, y sus Altezas y la cristiandad hayan placer,
y que quiere ver cual era la intincion del rey D. Juan de Portogal,
que decia que al Austro habia tierra firme; y por esto dice que tuvo
diferencias con los reyes de Castilla, y en fin, dice, que se concluyó
que el rey de Portogal hobiese 370 leguas de las islas de los Azores y
Cabo Verde, del Oeste al fin del Norte, de polo á polo; y dice más, que
tenia el dicho rey D. Juan por cierto, que dentro de sus límites habia
de hallar cosas y tierras famosas. Viniéronle á ver ciertos principales
de aquella isla de Santiago, y dijéronle que al Sudoeste de la isla
del Fuego, que es una de las mismas de Cabo Verde, que está desta 12
leguas, se veia una isla, y que el rey D. Juan tenia gran inclinacion
de enviar á descubrir al Sudoeste, y que se habian hallado canoas, que
salian de la costa de Guinea, que navegaban al Oeste con mercadurías.
Aquí torna el Almirante á decir, como que hablara con los Reyes: «Aquel
que es trino y uno me guie, por su piedad y misericordia, en que yo
le sirva, y á Vuestras Altezas dé algun placer grande y á toda la
Cristiandad, así como fué de la fallada de las Indias, que sonó en todo
el mundo.»
CAPÍTULO CXXXII.
Miércoles, 4 dias de Julio, mandó alzar y dar las velas de aquella
isla de Santiago, en la cual, dice que, despues que á ella llegó,
nunca vido el sol ni las estrellas, sino los cielos cubiertos de tan
espesa neblina, que parecia que la podian cortar con cuchillo, y
calor intensísimo que los angustiaba, y mandó gobernar por la vía del
Sudueste, que es camino que lleva desde aquellas islas al Austro y
Mediodia, en nombre, dice él, de la Santa é individua Trinidad, porque
entónces estaria Leste-Oeste con la tierra de la Sierra Leona y cabo
de Sancta Ana, en Guinea, que es debajo de la línea equinoccial, donde
dice que debajo de aquel paralelo del mundo se halla más oro y cosas
de valor; y que despues navegarian, placiendo á Nuestro Señor, al
Poniente, y de ahí pasaria á esta Española, en el cual camino veria
la opinion del rey D. Juan, susodicha. Y que pensaba experimentar lo
que decian los indios de esta Española, que habia venido á ella, de la
parte del Austro y del Sueste, gente negra, y que trae los hierros de
las açagayas de un metal que llaman guanin, de lo cual habia enviado
á los Reyes hecho el ensayo, donde se halló que de las treinta y dos
partes, las diez y ocho eran de oro, y las seis de plata, y las ocho
de cobre. Prosiguiendo por este su camino del Sudoeste, comenzó á
hallar hierbas de las que se topan camino derecho destas Indias; y
dice aquí el Almirante, despues que anduvo 480 millas, que hacen 120
leguas, que, en anocheciendo, tomó el altura, y halló que el estrella
del Norte estaba en 5°; pero á mí parece, que debia haber andado más
de 200 leguas, y que está errada la letra, porque más camino hay por
aquel rumbo de 200, desde las islas de Cabo Verde y de la de Santiago,
de donde partió, hasta ponerse un navío en 5° de la equinoccial, como
verá cualquiera marinero que lo mirare por la carta y por el altura
lo mismo. Y dice que allí, viernes, 13 dias de Julio, le desmamparó
el viento, y entró en tanto calor y ardor, y tan vehemente, que temió
que los navíos se le encenderian y la gente pereceria; fué todo tan
de golpe y súbito, cesar el viento y sobrevenir el calor excesivo y
desordenado, que no habia persona que osase asomar á entrar abajo de
cubierta, para remediar la vasija del vino y agua, que se le reventaba
rompiéndose los aros de las pipas; el trigo ardia como fuego; los
tocinos y carne salada se asaban y podrecian; duróle aqueste ardor y
fuego ocho dias. El primero fué claro con sol que los asaba; proveyóle
Dios con menor daño, porque los siete siguientes llovió y hizo nublado,
pero con todo esto no hallaban remedio para que esperasen que no habian
de perecer de quemados, y si, como el primer dia hizo sol y claro, los
siete lo hiciera, dice aquí el Almirante, que fuera imposible escapar
con vida hombre dellos, y así, fueron divinalmente socorridos con
lloverles algunos aguaceros y hacer aquellos dias nublados. Determinó,
de que si Dios le diese viento para salir de aquella angustia, correr
al Poniente algunos dias, y despues que se viese en alguna templanza,
tornar hácia el Austro, que era el camino que proseguir deseaba.
Nuestro Señor, dice él, me guie y dé gracia, que yo le sirva, y á
Vuestras Altezas traiga nuevas de placer; dice que se acordó estando en
estas ardientes brasas, que cuando venia á estas Indias en los viajes
pasados, siempre que llegaba hácia el Poniente 100 leguas, en paraje
de las islas de los Azores, hallaba mudamiento en la templanza de
Septentrion al Austro, y por esto se queria ir al Poniente á poner en
el dicho paraje. En el mismo paralelo debia de ir el Almirante, ó por
mejor decir, meridiano, que llevó Hanon, Capitan de los cartagineses,
con su flota, que saliendo de Cáliz y pasando al Océano, á la siniestra
de Libia ó Etiopía, despues de treinta dias, yendo hácia el Mediodia,
entre otras angustias que pasó, fué tanto el calor y fuego que padeció,
que parescia que se asaban; oyeron tantos truenos y relámpagos, que
los oidos les atormentaban y los ojos les cegaban, y no parecia sino
que llamas de fuego caian del cielo. Esto dice Amiano, entre los
historiadores griegos, seguidor de verdad, muy nombrado en la «Historia
de la India» hácia el cabo, y refiérelo Ludovico Celio, en el lib.
I, cap. 22 de las «Lectiones antiguas.» Así que, tornando á los dias
trabajosos, el sábado, que se contaron 14 de Julio, estando las Guardas
en el brazo izquierdo, dice que tenia el Norte en 7.º; vido grajos
negros y blancos, que son aves que no se alejan mucho de la tierra, y
por esto tiénense por señal de tierra. Enfermó en este camino de gota
y de no dormir, pero no por eso dejaba de velar y trabajar con gran
cuidado y diligencia. Domingo y lúnes vieron las mismas aves y más
golondrinas, y parecieron unos peces que se llaman botos, que son poco
más ó ménos que grandes terneras, que tienen la cabeza muy roma ó bota.
Dice aquí el Almirante, incidentemente, que las islas de los Azores,
que antiguamente se llamaban Casetérides, están situadas en fin del
quinto clima. Juéves, 19 de Julio, hizo tan grande é intenso calor,
que pensaron arderse los hombres con las naos; pero porque nuestro
Señor, á vueltas de las aflicciones que dá, suele, con interpolacion
del contrario, alivianarlas; socorrióle con su misericordia al cabo
de aquellos siete ú ocho dias, dándole muy buen tiempo para desviarse
de aquel fuego, con el cual buen viento navegó hácia Poniente diez
y siete dias, siempre con intincion de tornar al Austro y ponerse,
como arriba dijo, en tal region, que le quedase aquesta Española al
Norte ó Setentrion donde pensaba que habia de hallar tierra, ántes ó
despues del dicho paraje; y así entendia remediar los navíos que ya
iban abiertos del calor pasado, y los bastimentos que en mucho tenia,
por la necesidad que dellos tenia para traerlos á esta isla, y los
muchos trabajos que al sacar de Castilla le costaron, é iban perdidos
cuasi y dañados. El Domingo, 22 de Julio, á la tarde, ya que iba con
el buen tiempo, vieron pasar innumerables aves del Oesudueste hácia
el Nordeste; dice que era gran señal de tierra. Lo mismo vieron el
lúnes siguiente y los dias despues, uno de los cuales vino á la nao
del Almirante un alcatraz y otros muchos parecieron otro dia, y las
otras aves que se llaman rabihorcados. Al décimo séptimo dia del buen
tiempo que llevaba esperaba el Almirante ver tierra, por las dichas
señales de las aves vistas, y como no la vido el lúnes, otro dia,
mártes, 31 dias de Julio, como le faltase ya el agua, deliberó de mudar
derrota, y esta era el Oeste y se acostar á la mano derecha, é ir á
tomar á la isla Dominica, ó alguna de los caníbales, que hoy llaman los
caribes; y así mandó gobernar al Norte, cuarta del Nordeste, y anduvo
por aquel camino hasta medio dia, pero como su divina Majestad, dice
él, haya siempre usado de misericordia conmigo, por acertamiento, y
acaso, subió un marinero de Huelva, criado mio, que se llamaba Alonso
Perez, á la gavia, y vido tierra al Oeste, y estaba 15 leguas della,
y lo que pareció della fueron tres mogotes, ó tres montañas. Puso
nombre á esta tierra, la isla de la Trinidad, porque así lo llevaba
determinado, que la primera tierra que descubriese así se llamase, y
plugo, dice él, á Nuestro Señor, por su alta Magestad, que la vista
primera fueron todos juntos tres mogotes, digo, tres montañas, todas
á un tiempo y en una vista. Su alta potencia por su piedad me guie,
dice él, y en tal manera, que haya él mucho servicio, y Vuestras
Altezas mucho placer; que es cierto que la fallada desta tierra, en
esta parte, fué gran milagro, atanto como la fallada del primer viaje.
Estas son sus palabras. Dió infinitas gracias á Dios, como tenia de
costumbre, y todos alabaron á la bondad Divina, y con gran regocijo y
alegría, dijeron, cantada, la _Salve Regina_, con otras coplas y prosas
devotas que contienen alabanzas de Dios y de Nuestra Señora, segun la
costumbre de los marineros, al ménos los nuestros de España, que con
tribulaciones y alegrías suelen decirla. Aquí hace una digresion y
epílogo de los servicios que ha hecho á los Reyes, y de la voluntad
que siempre tuvo encendida de les servir, no como malas lenguas, dice
él, y falsos testigos por invidia dijeron; y cierto yo creo que estos
tales tomó Dios por instrumentos para le afligir, porque le quiso bien,
porque muchos, sin por qué ni para qué, le infamaron y estorbaron estos
negocios, y hicieron que los Reyes se atibiasen y cansasen de gastar y
tener aficion y estima de que estas Indias habian de dar provecho, al
ménos que fuese más que los gastos con augmento les viniesen. Repite
el calor que padeció, y como áun iba hoy por el mismo camino paralelo,
sino que por se llegar á la tierra por la vía que tomó cuando mandó
gobernar al Poniente, porque la tierra echa de sí frescores que salen
de sus fuentes y rios, y de sus aguas, causan templanza y suavidad, y
por esta causa, dice que pueden navegar los portogueses que van á la
Guinea, que está debajo de la línea equinoccial, porque van de luengo
de tierra ó de costa, como es comun hablar; dice más, que agora estaba
en el mismo paralelo de donde llevan el oro al rey de Portogal, por lo
cual creyó que quien buscase aquellos mares hallaria cosas de valor.
Confiesa aquí que no hay hombre en el mundo á quien Dios haya echo
tanta merced, y le suplica que le depare cosa con que Sus Altezas
reciban mucho placer y toda la cristiandad; y dice que, aunque otra
cosa de provecho no hobiese, sino estas tierras tan hermosas, que son
tan verdes y llenas de arboledas y palmas, que llevan ventaja á las
huertas de Valencia por Mayo, se deberian mucho de estimar, y dice en
esto verdad, y adelante lo encarecerá, con mucha razon, más. Dice, que
cosa es de milagro que tan cerca de la equinoccial, como á 6°, tengan
los reyes de Castilla tierras, estando la Isabela de la dicha línea
distante 24°.
CAPÍTULO CXXXIII.