Hicieron otra merced sin estas, que le dieron licencia y facultad

que pudiese hacer instituir uno y muchos mayorazgos, cada y cuando

quisiese; así en vida, por simple contrato y manda, como por donacion

entre vivos, como por su testamento y postrimera voluntad, ó codicilo,

por una ó dos ó tres escrituras, etc., de sus bienes, vasallos,

heredamientos, oficios perpétuos, para que quedase memoria dél y de

su casa y linaje, y porque los que dél viniesen fuesen honrados,

acatando los muchos y buenos, y leales, y grandes, y continuos

servicios que dél habian rescibido y rescibian cada dia, especialmente

en descubrir y atraer á su poder y señorío las islas y tierra firme

que habia descubierto en el mar Océano, mayormente porque esperaban

que redundaria en mucho servicio de Dios, é á honra de los Reyes, é

pró y utilidad de sus reinos, é porque se esperaba que los pobladores

destas Indias se convertirian á nuestra sancta fe católica, y porque

consideraban que de los Reyes y Príncipes, que no recognoscen

superior, es propia cosa honrar y sublimar sus súbditos y naturales,

especialmente aquellos que fiel y lealmente les sirven, y porque

tambien en se hacer los tales mayorazgos es honra de la Corona real,

etc. Y entre otras cláusulas, muchas necesarias y favorables dicen,

que los bienes que incluyese en el mayorazgo ó mayorazgos, fuesen

imprescriptibles é impartibles para siempre jamás, y que la persona

ó personas en quien les hiciere ó instituyere, no los puedan vender,

ni dar, ni donar, ni amenguar, ni dividir, ni apartar, ni los puedan

perder ni pierdan por ninguna deuda que deban, ni por otra razon ni

causa, ni por ningun delito ni crímen, ni exceso que cometan, salvo

crímen _lesæ majestatis_, ó _perdulionis_, ó traicion, ó crímen de

herejía, etc. Fué hecha en la ciudad de Búrgos á 23 de Abril del mismo

año de 1497. Y hemos aquí de notar, que en esta provision y otras

muchas, como de alguna parece arriba, hacen mencion los Reyes que les

habia descubierto y dado á tierra firme, y no era así, porque no habia

descubierto sino solas islas, cuasi teniendo por cierto que se la habia

de descubrir, como agora en este viaje lo hizo.

Finalmente, le hicieron los Reyes otra merced, que instituyeron á su

hermano D. Bartolomé Colon, Adelantado de todas estas Indias islas y

tierra firme, y la provision comienza:

«D. Hernando y doña Isabel, etc., por Nos vistos y considerados los

muchos y buenos y leales servicios que vos don Bartolomé Colon, hermano

de D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar Océano, é Visorey,

é Gobernador de las islas nuevamente halladas en las Indias, nos

habedes hecho é facedes de cada dia, é esperamos que nos hareis de

aquí adelante, tenemos por bien y es nuestra merced y voluntad, que de

aquí adelante vos llameis é intituleis Adelantado de las islas dichas

nuevamente halladas en las dichas Indias, é podades usar é ejercer, é

facer en las dichas islas é en cada una dellas, todas las cosas que

los otros Adelantados de los dichos nuestros reinos pueden facer,

é que hallades é gocedes, é vos sean guardadas todas las honras, y

gracias, y mercedes, y preeminencias, y prerogativas que son debidas

é se deben facer é guardar, segun las leyes por Nos fechas en las

Córtes de Toledo, ó las otras leyes de nuestros reinos, á los otros

nuestros Adelantados dellos, etc. Y Nos, por esta nuestra Carta, os

criamos y facemos Adelantado de las dichas islas y tierra firme que así

nuevamente se han hallado y descubierto en las Indias, é vos recibimos,

é habemos por recibido al dicho oficio é al uso y ejercicio dél, y

mandamos que en ello, ni en parte dello, embargo ni impedimento alguno

vos non pongan, etc.»

Fué hecha en Medina del Campo á 22 de Julio del dicho año 1497.

CAPÍTULO CXXVI[4].

Estando el Almirante para se despachar de la corte, y los Reyes

que lo deseaban ver partido, acaeció que murió el rey D. Juan de

Portogal, y sucedió en aquel reino el rey don Manuel, que era Duque

de Verganza. Tractaron los Reyes de casar la princesa Doña Isabel,

que fué reina de Portugal y princesa de Castilla, con el dicho rey

D. Manuel, y, concluido, la Reina Católica, su madre, la llevó en

fin de Setiembre deste año de 97 á Valencia de Alcántara, donde vino

el rey de Portugal, y la recibió sin fiestas ningunas. La razon fué,

porque yendo el Rey y la Reina juntos á llevar la dicha señora Reina

Princesa á Ávila, por ver el monasterio de Sancto Tomás de Ávila, de

la órden de Sancto Domingo, y que habia hecho el Prior de Sancta Cruz,

fraile de la mesma órden, Inquisidor mayor, y el primero que hobo en

España, como obra insigne y señalada y hecha de los bienes que se

habian confiscado á los herejes que se habian quemado, supieron los

Reyes que el príncipe D. Juan, que de Medina del Campo, de donde salió

la corte, se habia ido con la Princesa, madama Margarita, su mujer,

á Salamanca, se habia sentido enfermo; volvióse luego el Rey, é sola

la Reina prosigió el camino con la Princesa, como dije, para Valencia

de Alcántara. Desde á pocos dias ántes que la Reina volviese, plugo á

nuestro Señor de atribular y poner en luto y en lloro á toda España,

con la muerte del príncipe D. Juan, y desde á algunos dias, por el

mes de Deciembre, permitió la divina clemencia otro azote, que poco

ménos amargó á los Reyes y á los reinos que el primero, que quedando

la princesa Margarita preñada, movió una hija muerta de siete meses.

Los Reyes mostraron grandes ánimos de paciencia, y, como prudentísimos

y animosos Príncipes, consolaban todos los pueblos por escrito y por

palabra. Nombraron y declararon luego al rey de Portugal y á la Reina,

su mujer, por Príncipes de aquellos reinos de Castilla, y así, aquella

señora, Doña Isabel, hija de los católicos Reyes, fué llamada la

Reina Princesa. El luto que se mandó poner por la muerte del Príncipe

fué jerga blanca muy basta, que ver los grandes y pequeños que la

traian era cosa extraña y penosísima de ver; despues desto, nunca se

acostumbró más en España, por muerte de Rey ó Príncipe, traer por luto

jerga. Todos estos trabajosos acaecimientos que venian á los Reyes

y á aquellos reinos, eran penosísimos para el Almirante, por ser de

su despacho retardativos, no viendo la hora de su partida, como que

sospechara la confusion y perdicion que, por la rebelion de Francisco

Roldan, en esta isla, entre los cristianos y en destruccion de los

humildes y desamparados indios, habia. É fuele tambien impedimento,

que acordaron los Reyes que no tuviese ya el cargo de las cosas destas

Indias, en Sevilla, el susodicho Arcediano de aquella iglesia, D.

Juan Rodriguez de Fonseca, que ya era Obispo de Badajoz, sino que lo

tuviese el hermano del ama del Príncipe, Antonio de Torres, y porque

pidió tantas condiciones y preeminencias si habia de tener aquel cargo,

se enojaron los Reyes y lo aborrescieron; tornaron á confirmar en el

encargo al dicho Obispo D. Juan de Fonseca, y como estaban hechos los

despachos, suponiendo que habia de tener el encargo dicho Antonio de

Torres, y rezaban con él muchas de las Cédulas y Cartas de los Reyes,

hubiéronse de tornar á hacer, por manera que hobo de tener más tardanza

el despacho. Finalmente, hóbose de despachar de la corte á 21 de Julio

del dicho año de 1497, con sus provisiones é instrucciones de los Reyes.

El primer capítulo de la Instruccion principal decia desta manera:

Capítulo primero de la Instruccion que dieron los Reyes al Almirante

el año de 1497.—Primeramente, que como seais en las dichas islas,

Dios queriendo, proveereis con toda diligencia de animar é atraer á

los naturales de las dichas Indias á toda paz é quietud, é que nos

hayan de servir y estar so nuestro señorío é sujeccion benignamente. É

principalmente que se conviertan á nuestra sancta fé católica, y que á

ellos, y á los que han de ir á estas tierras en las dichas Indias, sean

administrados los Sanctos Sacramentos por los religiosos y clérigos que

allá están y fueren, por manera, que Dios nuestro Señor sea servido y

sus conciencias se aseguren.»

Por este capítulo y por el de la Instruccion primera del segundo viaje,

que se puso arriba en el cap. 82 desta historia, parece claro que nunca

la intencion de los Reyes fué que se hiciese guerra á estas gentes,

ni tal jamás mandaron, por que fuera injustísima su entrada en estas

tierras, ni tal intincion y mando fuera digno de tales y tan católicos

Reyes, y no sólo ellos, pero ni sus sucesores, hasta estos tiempos del

año de 1530, que su nieto, el rey D. Cárlos reina, como parecerá por

el discurso desta historia; sino sola la cudicia y ambicion de los que

á estas tierras vinieron, mayormente de los Gobernadores, fué la causa

de inventar y mover las guerras contra estas desarmadas y pacíficas

naciones, con las cuales han destruido este nuevo mundo.

Otra cláusula llevó en esta Instruccion, que dice así:

«Item, se debe procurar que vengan á las dichas Indias algunos

religiosos y clérigos, buenas personas, para que allá administren los

Sanctos Sacramentos á los que allá están, é procuren de convertir á

nuestra sancta fé católica á los dichos indios naturales de las dichas

Indias, é llevar para ello los aparejos é cosas que se requieren para

el servicio del culto divino, é para la administracion de los Sanctos

Sacramentos.»

Otros capítulos, cuanto á la sustancia dellos, aunque no por órden,

pusimos arriba en el cap. 113.

Llegado el Almirante á la ciudad de Sevilla, juntóse con el Obispo

de Badajoz, D. Juan Rodriguez de Fonseca, y, cuan presto pudieron,

despacharon las dos carabelas, de que arriba, en el cap. 120,

dijimos haber llegado á buen tiempo para favor del Adelantado contra

Francisco Roldan, y partiéronse de Sanlúcar, mediado Enero, año de

1498. Despachadas las dos carabelas, daba priesa en proveer los seis

navíos que quedaban, que él habia de llevar consigo, y porque los

negocios destas Indias iban cayendo, de golpe, en fama y disfavores de

muchos, como arriba se ha tocado, en especial de los que más cercanos

estaban de los Reyes, porque no iban los navíos cargados de oro (como

si se hobiera de coger, como fruta, de los árboles, segun el Almirante

se quejaba, y arriba se dijo); el acabar de cargar los seis navíos

de los bastimentos, y lo demas que los Reyes habian mandado, fuéle

laboriosísimo y dificilísimo, pasó grandes enojos, grandes zozobras,

grandes angustias y fatigas; y porque de los oficiales de los Reyes

algunos suelen ser más exentos y duros de atraer á la expedicion de

los negocios, sino es cuando ellos quieren, por presumir de mayor

auctoridad de la que quizá requieren sus oficios, algunos de los que en

el despacho del Almirante, con él y con el Obispo entendian, diéronle

más pena y más trabajo y dilacion que debieran, y quizá ponian de

industria impedimentos en su partida, no considerando ni temiendo el

daño y riesgo que á los que acá estaban se recrecia, y los gastos que

con la gente que en Sevilla para pasar acá tenia, y los desconsuelos

y aflicciones que causaban al mismo Almirante. Parece que uno debiera

de, en estos reveses, y, por ventura, en palabras contra él y contra

la negociacion destas Indias, más que otro señalarse, y segun entendí,

no debiera ser cristiano viejo, y creo que se llamaba Ximeno, contra

el cual debió el Almirante gravemente sentirse y enojarse, y aguardó

el dia que se hizo á la vela, y, ó en la nao que entró, por ventura,

el dicho oficial, ó en tierra cuando queria desembarcarse, arrebatólo

el Almirante, y dále muchas coces ó remesones, por manera que lo trató

mal; y á mi parecer, por esta causa principalmente, sobre otras quejas

que fueron de acá, y cosas que murmuraron dél y contra él los que bien

con él no estaban y le acumularon; los Reyes indignados proveyeron

de quitarle la gobernacion, enviando al comendador Francisco de

Bobadilla, que esta isla y todas estas tierras gobernase; y bien lo

temió él, como parece por un capítulo de la carta primera que escribió

á los Reyes desque llegó á esta isla, donde dice:

«Tambien suplico á Vuestras Altezas, que manden á las personas que

entienden en Sevilla en esta negociacion, que no le sean contrarios,

y no la impidan; yo no sé lo que allá pasaria Ximeno, salvo que es de

generacion que se ayudan á muerte y vida, é yo ausente y invidiado

extranjero: no me desechen Vuestras Altezas, pues que siempre me

sostuvieron.»

Estas son sus palabras, donde parece temer lo que luego le vino, lo

cual cansó al Almirante su total calamidad y caida, que es harta

lástima de oir, como se verá, con el favor de nuestro Señor, en el

principio del libro II.

En este año de 1497, envió el rey D. Manuel de Portugal á descubrir

la India, por la mar, cuatro navíos; salieron de Lisboa, sábado, á

8 de Julio, habiendo primero el rey don Juan, su antecesor, enviado

ciertos hombres por tierra, el año 1487, á que hobiesen y le trajesen

alguna noticia del Preste Juan de las Indias, de quien tantas cosas

y riquezas, por fama, oia decir. Pasadas las islas de Cabo Verde,

anduvieron en Agosto y Setiembre y Octubre por la mar engolfados, por

doblar el cabo de Buena Esperanza, con grandes tormentas; cuando vido

que era tiempo, dieron la vuelta los cuatro navíos sobre la tierra, y

á 4 de Noviembre, vieron tierra y gente, pequeños de cuerpo, de color

bazos, los vestidos que traian eran de pieles de animales, como capas

francesas, traian sus naturas y vergüenzas metidas en unas vainas de

palo, muy bien labradas; las armas que tenian eran varas tostadas, con

unos cuernos tostados por hierros; su mantenimiento era de unas raíces

de hierbas y de lobos marinos, etc.

CAPÍTULO CXXVII.

Embarcado el Almirante y toda la gente, que seria cerca de 200 hombres,

sin los marineros, en seis navíos, hízose á la vela en el puerto de

Sant Lúcar, el dia que abajo se dirá, y comenzó, como solia, á escribir

este su tercero viaje, hablando con los Reyes desta manera:

«Serenísimos é muy altos é muy poderosos Rey é Reina, nuestros

señores.—La Sancta Trinidad movió á Vuestras Altezas á esta empresa

de las Indias, y, por su infinita bondad, hizo á mí mesajero dello,

al cual vine con el embajada á su real conspectu, movido, como á los

más altos Príncipes de cristianos, y que tanto se ejercitaban en la

fé y acrecentamiento della. Las personas que entendieron en ello lo

tuvieron por imposible, y el caudal hacian sobre bienes de fortuna, y

allí echaron el clavo. Pasé en esto seis ó siete años de grave pena,

amostrando, lo mejor que yo sabia, cuanto servicio se podia hacer á

nuestro Señor en esto, en divulgar su sancto nombre y fé á tantos

pueblos, lo que era todo cosa de tanta excelencia y buena fama y gran

memoria para grandes Príncipes. Fué tambien necesario de hablar del

temporal, á donde se les amostró el escrebir de tantos sabios dignos

de fé, los cuales escribieron historias, los cuales contaban que en

estas partes habia muchas riquezas; y asimesmo fué necesario traer á

esto el decir y opinion de aquellos que escribieron y situaron este

mundo. En fin, Vuestras Altezas determinaron que esto se pusiese en

obra, á que mostraron el grande corazon que siempre ficieron en toda

cosa grande, porque todos los que habian entendido en ello y oido esta

plática, todos á una mano, lo tenian por burla, salvo dos frailes que

siempre fueron constantes. Yo, bien que llevase fatiga, estaba bien

seguro que esto no vernia á ménos, y estoy de contino, porque es

verdad que todo pasará, y no la palabra de Dios, y se complirá todo lo

que dijo; el cual tan claro habló destas tierras por la boca de Isaías

en tantos lugares de su Escritura, afirmando que de España les sería

divulgado su sancto nombre. É partí en nombre de la Sancta Trinidad, y

volví muy presto, con la experiencia, de todo cuanto dije, en la mano.

Tornáronme á enviar Vuestras Altezas, y en poco espacio digno, no de[5]

le descubrí, por virtud divina, 333 leguas de la tierra firme, fin de

Oriente, y 700 islas de nombre, allende de lo descubierto en el primer

viaje, y le allané la isla Española, y boxa más que España, en que la

gente della es sin cuento, y que todos le pagasen tributo. Nació allí

maldecir y menosprecio de la empresa cometida en ello, porque no habia

yo enviado luego los navíos cargados de oro, sin considerar la brevedad

del tiempo, y lo otro, que yo dije, de tantos inconvenientes; y en

esto, por mis pecados ó por mi salvacion creo que será, fué puesto en

aborrecimiento y dado impedimento á cuanto yo decia y demandaba, por

lo cual, acordé venir á Vuestras Altezas y maravillarme de todo, y

mostrarles la razon que en todo habia, y les dije de los pueblos que yo

habia visto, en qué, ó de qué, se podian salvar muchas ánimas; y les

truje las obligaciones[6] de la gente de la isla Española, de como se

obligaban á pagar tributo, y les tenian por sus Reyes y señores; y les

truje abastante muestra de oro, y que hay mineros y granos muy grandes,

y asimesmo de cobre; y les truje de muchas maneras de especería de que

sería largo de escrebir, y les dije de la gran cantidad de brasil, y

otras infinitas cosas. Todo no aprovechó para con algunas personas que

tenian gana y dado comienzo á maldecir del negocio, ni entrar con

fabla del servicio de nuestro Señor, con se salvar tantas ánimas[7], ni

á decir que esto era grandeza de Vuestras Altezas, de la mejor calidad

que hasta hoy haya usado Príncipe, porque el ejercicio é gasto era para

el espiritual y temporal, y que no podia ser que, andando el tiempo,

no hobiese la España de aquí grandes provechos, pues que se veian las

señales que escribieron de lo de estas partidas, tan manifiestas,

que tambien se llegaria á ver todo el otro cumplimiento, ni á decir

cosas que usaron grandes Príncipes en el mundo para crecer su fama,

así como Salomon, que envió desde Jerusalen, en fin de Oriente, á ver

el monte Sopora, en que se detuvieron los navíos tres años, el cual

tienen Vuestras Altezas agora en la isla Española. Ni de Alexandre,

que envió á ver el regimiento de la isla de Taprobana en India, y Nero

César á ver las fuentes de Nilo, y la razon porque crecian en el verano

cuando las aguas son pocas, y otras muchas grandezas que hicieron

Príncipes, y que á Príncipes son aquestas cosas dadas de hacer; ni

valia decir que yo nunca habia leido que príncipes de Castilla jamás

hobiesen ganado tierra fuera della, y que esta de acá es otro mundo en

que se trabajaron romanos, y Alexandre, y griegos para la haber con

grandes ejércitos, ni decir del presente, de los reyes de Portogal, que

tuvieron corazon para sostener á Guinea, y del descubrir della, y que

gastaron oro y gente, atanta, que quien contase toda la del reino, se

hallaria que otra tanta como la mitad son muertos en Guinea, y todavia

la continuaron hasta que les salió dello lo que parece; lo cual, todo,

comenzaron de largo tiempo, y há muy poco que les da renta. Los cuales

tambien osaron conquistar en œœÁfrica, y sostener la empresa, de Cepta,

Tanjar, y Arguin, y Angola, y de contino dar guerra á los moros, y

todo esto con grande gasto, sólo por hacer cosa de Príncipes, servir

á Dios y acrecentar su señorío. Cuanto yo más decia, tanto más se

doblaba á poner esto á vituperio, amostrando en ello aborrecimiento,

sin considerar cuanto bien pareció en todo el mundo, y cuanto bien se

dijo en todos los cristianos de Vuestras Altezas por haber tomado esta

empresa, que no hobo grande ni pequeño que no quisiese dello carta;

respondiéronme Vuestras Altezas riéndose y diciendo que yo no curase de

nada, porque no daban auctoridad á quien mal les decia desta empresa.»

Cerca de lo que hasta aquí ha dicho el Almirante con su simple y

humilde manera de hablar, es bien apuntar y notar y declarar, para

los que no tienen mucha noticia de antiguas historias, algunas cosas.

Lo primero reza lo que dice, que los antiguos que escribieron que en

estas tierras habia muchas riquezas, se ha de entender, segun que

aquestas tierras son parte de la India, y lo último della, de que á

mí duda ninguna queda, y así el Almirante lo sintia y en busca dellas

venia; y dello se pueden colegir muchos argumentos, y uno es, por la

grandeza de la India, que, segun Pomponio Mela, lib. III, cap. 7.º

de su «Cosmografía,» y Plinio, que fué despues dél, libro VI de su

«Natural Historia,» que desde derecho del monte Tauro, yendo hácia el

Austro y volviendo al Occidente, tenian de ribera, de costa de mar,

tanto camino cuanto los navíos podian andar en sesenta dias con sus

noches, que, al ménos, podian ser más de 1.500 leguas y podian llegar

á 2.000, (puesto que en Plinio se diga cuarenta dias, puede haberse

errado en poner cuarenta por sesenta, poniendo la letra _X_ atras de

la letra _L_); y por esta su grandeza fué muchos tiempos estimada la

India por la tercera parte de todas las tierras, como dice Plinio, lib.

VI, cap 17, y Solino en su Polistor, cap. 65. Dice más Pomponio Mela:

que tanto se extienden las Indias hácia el Mediodia, que en alguna

parte dellas no se pueden ver la Osa Menor, que llamamos la Bocina ó

las Guardas, ni la Mayor, que es el Carro, que ambas á dos, en veinte y

cuatro horas, dan una vuelta á la estrella del Norte y al mismo polo.

Esto bien averiguado es ya en las islas de Mallorca y en algunas

partes de nuestra tierra firme y en otras descubiertas por nos y por

los portogueses. Es otro argumento, haber en estas islas y tierra firme

papagayos verdes, los cuales, en ninguna parte del mundo se halla que

sean verdes, segun dice Plinio, lib. X, cap. 42, y Solino en el lugar

ya dicho. El otro argumento es, las grandes riquezas de oro, y plata, y

perlas, y piedras que hay en estas islas y tierras firmes; y otro, las

costumbres destas gentes, que concuerdan con muchas de las que cuentan

los historiadores y cosmógrafos de las gentes de las tierras que se

llamaron siempre Indias; desto, mucho más largo queda dicho en otros

capítulos. Dice más, que estaba profetizado claro, por Isaías, que de

España habia de ser el nombre de Cristo divulgado en estas Indias. Bien

creemos que está profetizado por Isaías y por otros profetas, que de

España habia de ser predicada nuestra sancta fé de Jesucristo en ellas,

porque ningun misterio, tocante á la universal Iglesia, así ántes del

advenimiento de Cristo, como despues de venido, se obró en su principio

y edad primera, como en su augmento, que se celebra y perfecciona

cuando los infieles son por conocimiento de Dios convertidos, ya á

Cristo por la fé unidos, que por los profetas, y principalmente por

Isaías, que más claro que otro, segun San Agustin y San Jerónimo, de la

conversion de las gentes hablo, no haya sido ántes dicho; y á esto hace

lo que dice San Gregorio en el lib. XXIII, cap. 19 de los Morales sobre

aquellas palabras de Job: _Semel loquitur Deus, et secundo idipsum non

repetit_, Job 33: _Non ergo Dominus ad omnia verba nobis respondet,

quia semel loquitur et secundo idipsum non repetit, id est: his quæ

per Scripturam sacram ad patres protulit, nos erudire curavit._ Por

manera, que ninguna cosa en su Iglesia se hace, ni á persona particular

acaece, que ya en la Sagrada Escriptura no esté comprehendida, y

esto á la larga tracta San Gregorio en aquel capítulo; y así, hemos

de creer, que el Espíritu Sancto, por boca de Isaías, habló que de

España vernian los primeros que á estas gentes convertirian, pero que

lo podamos señalar con cierto lugar de su profecía, no pienso que sin

presuncion, sino fuese con nueva lumbre y nueva inteligencia divina,

hacerlo podriamos. Dice otra cosa el Almirante, que del viaje segundo,

quiere decir del que descubrió á Cuba y á Jamáica, dejó descubiertas

333 leguas de tierra firme, fin de Oriente, y 700 islas; de las islas,

ser muchas y casi no numerables las que vido por el renglen de la isla

de Cuba, á las cuales puso nombre Jardin de la Reina, y que fuesen 700,

él que las vido, y le costaron tantos trabajos, las contaria, pero en

la verdad, estas leguas no fueron de tierra firme, sino de isla, y esta

era la isla de Cuba, que agora llaman Fernandina, de donde parece que

el Almirante, como no pudo pasar adelante de las 333 leguas della, por

faltarle los bastimentos, y las grandes dificultades y peligros en que

se vido cuando fué á descubrirla, como en el cap. 97 queda escrito,

siempre creyó que la isla de Cuba era tierra firme, y nunca se averiguó

ser isla, hasta que el Comendador mayor de Alcántara, Gobernador desta

isla, envió á un caballero gallego, de que arriba se hizo mencion, que

se llamaba Sebastian de Campo, á rodearla toda y descubrirla, como,

placiendo á Dios, se dirá en el siguiente libro. La especería que dijo,

no sabemos otra en estas islas de por aquí, sino la pimienta que los

indios desta isla Española llamaban axí, la sílaba postrera aguda.

Almáciga creo yo que hay mucha, digo árboles della, pero poco cuidado

ha habido de gozar della, por que siempre se ha tenido el oro por mas

lucido; del brasil, creyó ser mucho el Almirante y alguno se llevó á

Castilla, pero despues no vide que se hiciese cuento dello, como ni del

almáciga se hizo.

CAPÍTULO CXXVIII.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 15 / 40 段