El Almirante, con la mayor presteza que pudo, se partió de Cáliz

para Sevilla, y de Sevilla para Búrgos, donde la corte estaba, ó los

Consejos; el Rey estaba en Perpiñan en la guerra con Francia, porque

el rey de Francia pasaba otra vez á Italia; la Reina era en Laredo

ó en Vizcaya, despachando á la infanta Doña Juana para Flandes, que

iba por archiduquesa de Austria, á casar con el archiduque D. Felipe,

hijo del emperador Maximiliano, los cuales, despues fueron príncipes y

reyes de Castilla, y engendraron al emperador y rey D. Cárlos, nuestro

señor, con los demas señores Rey é Reinas, sus hermanos. La flota

en que fué aquella señora Infanta y Archiduquesa, y despues Reina,

nuestra señora, Doña Juana, era de 120 naos. Desde algunos dias que el

Almirante llegó, los Reyes se volvieron á Búrgos á esperar á madama

Margarita, hermana del susodicho señor Archiduque, para casar con el

príncipe D. Juan. El Almirante besó las manos á Sus Altezas, con la

venida del cual en grande manera se holgaron, porque mucho lo deseaban

por saber las cosas desta isla y tierras, en particular de su misma

persona, porque no lo habian sabido sino por sus cartas. Hiciéronle

mucha honra, mostrándole mucha alegría y gran clemencia y benignidad.

Dióles cuenta muy particular del estado en que estaba esta isla, del

descubrimiento de Cuba y Jamáica, y de las otras muchas islas que

descubiertas dejaba, y de lo que en aquel viaje habia pasado, y de la

dispusicion dellas, y lo que de cada una sentia y esperaba; dió tambien

á Sus Altezas noticia de las minas del oro y de las partes donde las

habia hallado. Hízoles un buen presente de oro, por fundir, como de las

minas se habia cogido, dello menudo, dello en granos como garbanzos,

y dello mayores los granos, segun se dijo, que habas, y algunos,

como nueces; presentóles muchas guayças ó carátulas de las que arriba

dijimos en el cap. 60, con sus ojos y orejas de oro, y muchos papagayos

y otras cosas de los indios, todo lo cual con mucha alegría los Reyes

recibieron, y daban á Nuestro Señor, por todo, muchas gracias, y al

Almirante, tenérselo todo en servicio, y en señalado servicio, en

palabras y honrarle se lo mostraban. De cada cosa de las dichas,

muchas particularidades y dudas le preguntaban, y á todas el Almirante

les respondia, y con sus respuestas les satisfacia y contentaba. De

las informaciones que Juan Aguado trujo y hizo á los Reyes contra el

Almirante, muy poco se airaron, y así no hay qué más contar ni gastar

tiempo de Juan Aguado. Propuso á Sus Altezas la intencion que tenia

de servirlos mucho más de lo servido, yendo á descubrir otra vez,

afirmando que, segun esperaba en Dios, les habia de dar descubierta,

sin islas, grande tierra, que fuese otra, quizá, tierra firme (aunque

ya tenia creido que la habia descubierto, teniendo á Cuba por tierra

firme), lo cual les certificó que seria tan verdad como lo que les

afirmó ántes que comenzase el primer viaje. Mandaron los Reyes que

diese sus memoriales de todo lo que habia menester, así para su

descubrimiento, como para las provisiones de la gente que en esta

isla estaba, y la que de nuevo decia que convenia traer. Pidió ocho

navíos; los dos, que viniesen luego cargados de bastimentos derechos

á esta isla, con el ansia que tenia de que la gente de los cristianos

estuviesen acá proveidos y contentos, para que la contratacion y

prosperidad del negocio destas Indias creciese, y en fama y obra se

prosperase, y los seis, tambien llenos de bastimentos, con la gente que

habia de traer, él los trujese, y en el viaje que entendia de camino

hacer, descubriendo, le acompañasen. Acordaron los Reyes, con parecer

del Almirante, que estuviesen siempre en esta isla á sueldo y costa

de Sus Altezas, por su voluntad empero, 330 personas desta calidad y

oficios, y forma siguiente: 40 escuderos, 100 peones de guerra é de

trabajo, 30 marineros, 30 grumetes, 20 artífices, ó que supiesen labrar

de oro, 50 labradores del campo, 10 hortolanos, 20 oficiales de todos

oficios y 30 mujeres. Á estos se mandó dar 600 maravedís de sueldo

cada mes, y una hanega de trigo cada mes, y para lo demas 12 maravedís

para comer cada dia; y, porque mejor se pudiesen gozar, mandaron que

se buscasen alguna persona ó personas que se obligasen á traer y tener

mantenimientos en esta isla, para que pudiesen la gente dellos, los que

hobiesen menester comprar. Habíaseles de prestar á las tales personas

ó mercaderes algunos dineros del Rey, segun pareciese al Almirante,

para emplear en los dichos bastimentos, dando fianzas que traerian los

dichos mantenimientos á esta isla, pero al riesgo de los Reyes, cuanto

al riesgo de la mar, y despues de hechos dineros, habian de volver

al Tesorero de los Reyes lo que se les habia prestado. Poníaseles

tasa en los precios de las cosas que habian de vender; el vino á 15

maravedís el azumbre, la libra de tocino é carne salada á 8 maravedís,

é los otros mantenimientos y legumbres á los precios que al Almirante

pareciese, ó á su Teniente, por manera que ellos hobiesen alguna

ganancia y no perdiesen, y la gente no recibiese agravio comprando

lo que hobiesen menester muy caro. Mandaron asimismo los Reyes, que

viniesen religiosos é clérigos, buenas personas, para que administrasen

los Sanctos Sacramentos á los cristianos que acá estuviesen, y para

que procurasen convertir á nuestra sancta fe católica á los indios

naturales destas Indias, é que trajese el Almirante, para ello, los

aparejos é cosas que se requerian para el servicio del culto divino.

Mandaron tambien traer un físico, é un boticario, é un herbolario, y

tambien algunos instrumentos músicos, para que se alegrasen y pasasen

tiempo la gente que acá habia de estar. Mandaron que en la Isabela y

en la poblacion que despues se edificase, se hiciese alguna labranza y

crianza para que mejor se mantuviese la gente que aquí estuviese, para

lo cual, se habian de prestar á los labradores 50 hanegas de trigo para

que lo sembrasen, y, á la cosecha, lo volviesen y pagasen el diezmo

á Dios, y de lo demas se aprovechasen, vendiéndolo á los vecinos y

gente que allá estuviese al precio razonable; para esto le mandaron

librar en las tercias del Arzobispado de Sevilla 600 cahices de trigo.

Mandaron tambien traer 50 cahices de harina, y 1.000 quintales de

bizcocho para que comiese la gente, entretanto que se hacian molinos y

atahonas para moler el trigo que traia, y el que se esperaba que daria

la tierra; lo mismo se le mandó que, sobre las vacas y yeguas que habia

en esta isla, trajese para cumplimiento de 20 yuntas de vacas y yeguas

y asnos, para poder labrar los labradores la tierra. Dieron comision

los Reyes al Almirante, para que, si le pareciese que convenia traer

más gente de los 330 hombres, pudiese subir el número hasta 500, con

tanto que á los demas de 330, se les pagase el sueldo y mantenimiento

de cualesquier mercaderías é otras cosas de valor que hobiese en estas

tierras, sin que los Reyes mandasen proveer y pagarles de otra parte

alguna. Hicieron merced á todos los que quisiesen venir á estar y morar

en esta isla, sin llevar sueldo alguno de sus Altezas, con tanto que

no pasasen acá sin su licencia ó del que tuviese cargo de darla, que,

de todo el oro que cogiesen y sacasen de las minas, con que no fuese

de rescate ó conmutacion con los indios, llevasen la tercia parte, y

con las dos acudiesen á los oficiales de sus Altezas. Bien parece por

esto el poco dinero que habia por aquellos tiempos en Castilla, y por

consiguiente, cuanto caso hacian los Reyes del oro destas Indias, lo

poco que hasta entónces habia parecido; poco digo por respecto de lo

que despues vimos. Hiciéronles tambien merced á los tales vecinos, que

de todas las otras cosas de provecho que hallasen, que no fuese oro, en

esta isla, diesen á los Reyes no más del diezmo. Estas cosas postreras

se concedieron el año de 95 en Madrid, á 10 dias de Abril; y porque

el Almirante consideraba que habia menester gente para su propósito

en esta isla, y que la española era mal contentadiza, y que no habia

mucho de perseverar la que acá estaba y la que agora traia, y por otra

parte, temia que los Reyes se hartasen ó estrechasen en los gastos que

con los sueldos hacian, pensó esta industria, para traer alguna parte

de gente sin sueldo, y que tuviesen por bien, por trabajos que se

les recreciesen, de vivir en esta isla: suplicó, pues; á los Reyes,

que tuviesen por bien, de que los malhechores que en estos reinos

hobiese, les perdonase sus delitos con tal condicion que viniesen á

servir algunos años en esta isla, en lo que el Almirante, de su parte,

les mandase. Proveyeron Sus Altezas dos provisiones sobre esto: la

primera, que porque de la poblacion de cristianos en estas tierras,

esperaban en Dios que saldria mucho fruto en la conversion destas

gentes, y dilatacion, y ensalzamiento de nuestra santa fe, y sus reinos

ensanchados, y para esto era más gente menester, sin la que daban

sueldo, que acá viniese, y por usar tambien de clemencia, que todas é

cualesquiera personas, hombres y mujeres, delincuentes, que hobiesen

cometido hasta el dia de la publicacion de sus cartas, cualquiera

crímen de muerte ó heridas, y otros cualesquiera delitos de cualquiera

natura ó calidad que fuesen, salvo de herejía, ó _lesæ majestatis_, ó

_perdulionis_, ó traicion, ó aleve, ó muerte segura, ó hecha con fuego

ó con saeta, ó de falsa moneda, ó de sodomía, ó de sacar moneda, ó

oro, ó plata, ó otras cosas vedadas fuera del reino, viniesen á servir

acá, en lo que el Almirante, de parte de los Reyes, les mandase, y

sirviesen á su costa en esta isla, los que mereciesen muerte, dos años,

y los que no, un año, les perdonaban cualesquiera delitos, y pasado el

dicho tiempo se pudiesen ir á Castilla libres. Destos cognoscí yo en

esta isla á algunos, y áun alguno desorejado, y siempre le cognoscí

harto hombre de bien. La otra provision fué, que mandaron los Reyes á

todas las justicias del Reino, que todos los delincuentes que por sus

delitos mereciesen ser desterrados á alguna isla ó á cavar metales,

segun las leyes, los desterrasen para esta isla de la misma manera, y,

lo mismo que los que no mereciese pena de muerte pero que mereciesen

ser desterrados para esta isla, los desterrasen por el tiempo que les

pareciese. Estas dos provisiones fueron despachadas en Medina del

Campo, á 22 de Junio de 1497. Concedieron tambien los Reyes á los que

se avecindasen en esta isla, de los que en ella estaban, y los que

viniesen á ella de Castilla para se avecindar, que el Almirante les

repartiese tierras, y montes, y aguas, para hacer casa, heredades,

huertas, viñas, algodonales, olivares, cañaverales para hacer azúcar

y otros árboles, molinos é ingenios para el dicho azúcar, y otros

edificios necesarios para sí propios, y que dellos, en cualquiera

manera, por venta ó donacion, ó trueque ó cambio, se aprovechasen,

con que estuviesen y morasen en esta isla con su casa poblada cuatro

años; con tanto, que las tales tierras, y montes, y aguas, no tengan

jurisdiccion alguna civil ni criminal, ni cosa acotada, ni término

redondo, más de aquello que tuvieren cercado de una tapia en alto, y

que todo lo otro descercado, cogidos los fructos y esquilmo dellos,

sea para pasto comun é valdío á todos. Reservaron para sí el oro y

plata, y brasil, é otro cualquiera metal que en las tales tierras se

hallase, ni que no hiciesen en ellas cargo ni descargo de oro y plata,

ni de brasil, ni de otras cosas que á los Reyes perteneciesen. Esta

provision fué hecha en Medina del Campo, mes é año susodicho. Para

estos despachos, mandaron librar los Reyes al Almirante seis cuentos,

los cuatro, para los bastimentos susodichos, y los dos para pagar la

gente; estos seis cuentos, con grandísima dificultad y con grandes

trabajos suyos y angustias, por las grandes necesidades de los Reyes,

de guerras y los casamientos de sus hijas las señoras Infantas, se le

libraron; pero porque despues para cobrarlos, tuvo mayores trabajos

y dificultades, como se dirá adelante, dejemos aquí su despacho, y

contemos lo que se hizo en esta isla despues que los tres navíos, que

halló en Cáliz el Almirante para partir á la Isabela, llegaron.

CAPÍTULO CXIII.

Tornando á lo que en esta isla sucedió, ido el Almirante y llegados

los tres navíos que halló de partida, decimos que llegaron al puerto

de la Isabela por principio de Julio, con los cuales, y con lo que

dentro traian, que todo era bastimentos, y con saber que habia llegado

el Almirante con salud á Castilla, la gente y D. Bartolomé Colon y

su hermano D. Diego recibieron regocijo inestimable é incomparable

alegría. No habia cosa en aquellos tiempos que á la gente que acá

estaba en tanto grado alegrase, aunque fuese abundancia de oro, como

saber que venian navíos, y bastimentos en ellos, de Castilla; porque

todos sus principales males eran de hambre, mayormente, como arriba

dijimos, los que no andaban por la tierra guerreando, sino que estaban

de contino en la Isabela en los trabajos en que allí los ocupaban, que

comunmente eran trabajadores y oficiales. Estas hambres y desventuras

causaron los malos tratamientos y angustias, que, desde luego que

los cristianos entraron en esta isla, comenzaron y prosiguieron

siempre á hacer á los indios, y querer el Almirante darse tanta prisa

á subiectar Reyes y súbditos, y á todos hacer tributarios de quien

nunca cognoscieron, ni oyeron, ni supieron causa ni razon por qué se

los debian; porque si se entrara en esta isla como Cristo quiso, y

entrarse debia, los indios vinieran á mantener y ayudar y servir en

todas sus enfermedades y trabajos á los cristianos, con sus mujeres y

hijos. Bien se prueba esto por el humanísimo y admirable, y más que de

hombres comunes, hospedaje y obras paternales que hizo en el primer

viaje al Almirante aquel tan virtuoso rey Guacanagarí, en quien tanto

abrigo, ayuda, favor, mamparo y consuelo halló, pudiéndolo matar y que

nunca hobiera memoria en el mundo dél ni de todos los cristianos que

con él iban. Así que, volviendo á tejer nuestra historia, recibidas

las cartas del Almirante, y con ellas las que convino enviar de los

Reyes, su hermano, D. Bartolomé, con los dichos tres navios determinó

de despacharlos con brevedad, hinchirlos de indios, hechos esclavos

con la justicia y razon que arriba se ha dicho (y estos fueron 300

inocentes indios), porque dijeron que el Almirante habia á los Reyes

escrito que ciertos Reyes ó Caciques desta isla habian muerto ciertos

cristianos, y no dijo cuantos él y los cristianos habian hecho pedazos;

y los Reyes le respondieron, que todos los que hallase culpados los

enviase á Castilla, creo yo que por esclavos como en buena guerra

captivos, no considerando los Reyes ni su Consejo con qué justicia las

guerras y males el Almirante habia hecho contra estas gentes pacíficas,

que vivian en sus tierras sin ofensa de nadie, y de quien el mismo

Almirante á Sus Altezas, pocos dias habia, en su primer viaje, tantas

calidades de bondad, paz, simplicidad y mansedumbre habia predicado.

Al ménos parece que se debiera de aquella justicia ó injusticia dudar,

pero creyeron solamente al Almirante, y como no hobiese quien hablase

por los indios, ni su derecho y justicia propusiese, defendiese y

alegase, como abajo parecerá más largo y claro, quedaron juzgados y

olvidados por delincuentes, desde el principio de su destruccion hasta

que todos se acabaron, sin que nadie sintiese su muerte y perdicion, ni

la tuviese por agravio. Debiera tambien haber escrito el Almirante á

los Reyes como habia hallado muy buenas minas de oro á la parte desta

isla austral, y que entendia de buscar por aquella costa de la mar

algun puerto donde pudiesen las naos estar, y poblar en él un pueblo,

y que, si se hallaba, traería grandes comodidades, porque, viniendo

por aquella costa del descubrimiento de las islas Cuba y Jamáica, le

habia parecido muy hermosa tierra, como lo es, y algunas entradas de la

mar en la tierra, donde creia que habia muchos puertos; especialmente

que no podian estar léjos de allí las minas que últimamente habian

descubierto, á las cuales, como arriba se dijo, puso su nombre de Sant

Cristóbal. Los Reyes le respondieron que hiciese lo que en ello mejor

le pareciese, y que aquello ternian Sus Altezas por bueno, y se lo

recibirian por servicio. Vista esta respuesta en Cáliz, el Almirante,

escribió á su hermano D. Bartolomé Colon que luego lo pusiese por la

obra y caminase á la parte del Sur, y con toda diligencia buscase

algun puerto por allí para poblar en él, y, si tal fuese, pasase todo

lo de la Isabela en él y la despoblase; el cual, visto el mandado del

Almirante, determinó luego de se partir para la parte del Sur, y,

dejado concierto y órden en la Isabela, y en su lugar, á su hermano

D. Diego, como el Almirante hobo ordenado, y con la gente más sana

que habia y el número que le pareció, se partió derecho á las minas

de Sant Cristóbal. De allí, preguntando por lo más cercano de la mar,

fué á aportar al rio de la Hoçama, que así lo llaman los indios, rio

muy gracioso, y que estaba todo poblado de la una y de la otra parte;

y este es el rio donde agora está el puerto y la ciudad de Sancto

Domingo. Entró en canoas, que son los barquillos de los indios, sondó,

que es decir experimentó con algun plomo ó piedra y cordel la hondura

que el rio tenia, vido que podian entrar en el rio no sólo navíos

pequeños, pero naos de 300 toneles, y más grandes, y, finalmente,

cognosció ser muy buen puerto; fué grande el gozo que él hobo y los que

con él iban. Determinó de comenzar allí una fortaleza de tapias sobre

la barranca del rio y á la boca del puerto, á la parte del Oriente, no

donde agora está la ciudad, porque está de la del Occidente; provee

luego á la Isabela que se vengan los que señaló, para que se comience

una poblacion la cual quiso que se llamase Sancto Domingo, porque el

dia que llegó allí, fué domingo, y por ventura, dia de Sancto Domingo;

aunque el Almirante, segun creo, quiso que se llamase la Isabela Nueva,

porque así la nombró hasta que, el tercero viaje que hizo á estas

Indias, cuando descubrió á tierra firme, vino á desembarcar en ella,

como abajo parecerá. Quedaron en la Isabela los enfermos y oficiales

de ribera que hacian dos carabelas; dejó allí 20 hombres comenzando á

cortar madera y aparejando lo demas para hacer la fortaleza, y, venida

la gente de la Isabela que mandó venir, la prosiguiesen, y él, con los

demas, toma guías de los indios, por allí vecinos, para ir á la tierra

y reino del rey Behechio, cuyo reino se llamaba Xaraguá, la última

sílaba luenga, de quien y de su estado y policía, y de una su hermana,

notable mujer, llamada Anacaona, maravillas habia oido.

CAPÍTULO CXIV.

Partido del rio de la Hoçama y por otro nombre, ya nuestro, Sancto

Domingo, D. Bartolomé Colon con su compañía, y, andadas 30 leguas,

llegó á un rio muy poderoso, que se llamaba y hoy llamamos como los

indios, Neyba, donde halló un ejército de infinitos indios con sus

arcos y flechas, armados en son de guerra, puesto que desnudos en

cueros; y notad qué guerra pueden hacer con las barrigas desnudas

por broqueles. Parece que como el rey Behechio tuvo nueva que los

cristianos venian, y habia oido las nuevas de sus obras, contra el rey

Caonabo y su reino, hechas, envió aquella gente ó vino él tambien en

persona con sus juegos de niños á resistirlos (que todas sus guerras,

comunmente, son tales, mayormente las desta isla). Los cristianos,

viendo el ejército, hizo D. Bartolomé señales de que no los venia á

hacer mal, sino á verlos y holgarse con ellos, y que deseaba ver á

su rey Behechio y su tierra, luego los indios se aseguraron como si

ya tuvieran grandes prendas dellos y fuera imposible faltarles la

palabra. Van luego volando mensajeros al rey Behechio, ó él, si allí

iba, invia á mandar que salgan toda su corte y gente con su hermana

Anacaona, señalada y comedida señora, á rescibir á los cristianos,

y que les hagan todas las fiestas y alegrías que suelen á sus Reyes

hacer, con cumplimiento de sus acostumbrados regocijos. Andadas

otras 30 leguas, llegan á la ciudad y poblacion de Xaraguá, porque

60 leguas dista de Sancto Domingo, como arriba queda dicho; salen

infinitas gentes, y muchos señores y nobleza, que se ayuntaron de toda

la provincia con el rey Behechio y la Reina, su hermana, Anacaona,

cantando sus cantares y haciendo sus bailes, que llamaban areitos,

cosa mucho alegre y agradable para ver, cuando se ayuntaban muchos

en número especialmente; salieron delante 30 mujeres, las que tenia

por mujeres el rey Behechio, todas desnudas en cueros, sólo cubiertas

sus vergüenzas con unas medias faldillas de algodon, blancas y muy

labradas, en la tejedura dellas, que llamaban naguas, que les cubrian

desde la cintura hasta media pierna; traian ramos verdes en las manos,

cantaban y bailaban, y saltaban con moderacion como á mujeres convenia,

mostrando grandísimo placer, regocijo, fiesta y alegría. Llegáronse

todas ante don Bartolomé Colon, y, las rodillas hincadas en tierra,

con gran reverencia, dánle los ramos y palmas que traian en las manos;

toda la gente demas, que era innumerable, hacen todos grandes bailes

y alegrías, y, con toda esta fiesta y solemnidad, que parece no poder

ser encarecida, llevaron á D. Bartolomé Colon á la casa real ó palacio

del rey Behechio, donde ya estaba la cena bien larga aparejada, segun

los manjares de la tierra, que era el pan de caçabí é hutias, los

conejos de la isla, asadas y cocidas, é infinito pescado de la mar

y del rio, que por allí pasa. Despues de cenar, vánse los españoles

cada tres ó cuatro á las posadas que les habian dado, donde tenian

ya sus camas puestas, que eran las hamacas de algodon, muy hermosas,

y, para de lo que eran, ricas; destas, ya en el capítulo 42, queda,

como son hechas, dicho. El D. Bartolomé con media docena de cristianos

quedóse aposentado en la casa del rey Behechio. Otro dia tuvieron

concertado en la plaza del pueblo hacerle otras muchas maneras de

fiestas, y así llevaron al D. Bartolomé Colon y cristianos á verlas.

Estando en ella salen súpitamente dos escuadrones de gente armada

con sus arcos y flechas, desnudos empero, y comienzan á escaramuzar

y jugar entre sí, al principio como en España cuando se juega á las

cañas, poco á poco comienzan á encenderse, y, como si pelearan contra

sus muy capitales enemigos, de tal manera se hirieron, que cayeron en

breve espacio cuatro dellos muertos, y muchos bien heridos. Todo, con

todo el regocijo y placer y alegría del mundo, no haciendo más caso

de los heridos y muertos que si les dieran un papirote en la cara;

durara más la burla y cayeran hartos más sin vida, sino que, á ruego

de D. Bartolomé Colon y de los cristianos, mandó cesar el juego el rey

Behechio. Esta manera de juegos escaramuzales se usaban antiguamente

en Castilla, la que decimos Vieja, puesto que intervenian en Castilla

caballos, que Estrabo llama _Gymnica certamina_, y debia ser más que

juegos de cañas: y dice así en el libro III, pág. 104, de su Geografía:

_Gymnica etiam conficiunt certamina, armis exercent ludos, et equis, et

cæstibus, et cursibus, et tumultuaria pugna, et instructo per cohortes

prœœœœlœio._

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 10 / 40 段