graciosa y palanciana en sus hablas, y artes, y meneos, y amicísima
de los cristianos; fué tambien reina de la Maguana, porque fué mujer
del rey Caonabo susodicho, como arriba todo esto fué á la larga
dicho, cap. 86. Despues de todas estas fiestas y regocijos, habló D.
Bartolomé Colon al rey Behechio y á esta señora, su hermana, Anacaona,
como su hermano, el Almirante, habia sido enviado por los reyes de
Castilla, que eran muy grandes Reyes y señores, y tenian muchos reinos
y gentes debajo de su imperio, y que habia tornado á Castilla á verlos
y notificarles, que muchos señores y gente desta isla le eran ya
tributarios, y los tributos les pagaban, y por tanto, él venia á él
y á su reino, para que lo mismo hiciese y los recibiese por señores,
en señal de lo cual en cosas convenientes les tributasen. Pero de oir
es, y notar, la respuesta que le dió (que como habian oido que el rey
Guarionex y Guacanagarí, é los reyes de Cibao y sus gentes, tributaban
oro, como si ya le hobiera mostrado y demostrado por naturales razones,
que él no pudiera negar, sino que convencido del todo quedaba ser
obligado, á Reyes ó gentes que nunca oyó ni creyó que eran en el mundo,
tributar), respondió: «¿como puedo yo dar tributo, que en todo mi reino
ni en alguna parte ni lugar dél nace ni se coge oro, ni saben mis
gentes qué se es?» Creia, y no sin razon que no buscaban ni venian por
otro fin los cristianos, sino por llevar oro á sus Reyes y señores.
Respondió D. Bartolomé Colon: «no queremos ni es nuestra intencion
imponer tributo á nadie, que no sea de aquellas cosas que tengan en sus
tierras y puedan bien pagar; de lo que en vuestra provincia y reinos
sabemos que abundais, que es mucho algodon y pan caçabí, queremos
que tributeis é de lo que más en esta tierra hobiese, pero no de lo
que no hay.» Oidas estas palabras, alegróse mucho, y respondió: «que
de aquello cuanto él quisiese le daria hasta que no quisiese más.»
Mandó luego, enviando mensajeros á todos los otros señores y pueblos,
sus subiectos, que todos hiciesen sembrar y sembrasen en sus tierras
y heredades mucho algodon para que hobiese grande abundancia dello,
porque se habia de dar tributo á los reyes de Castilla, cuyo criado
y enviado era el Almirante y su hermano, que agora venido habia y
estaba en su casa. Dos cosas podemos aquí considerar y notar; la una,
la innata bondad y simplicidad del rey Behechio, la cual manifiesta
dos cosas muy claras; la una, que pudiera matar á D. Bartolomé y á
todos los cristianos, los cuales, no creo que podian llegar á número
de ciento, y él tenia millones de gentes, porque de gente, y términos
de tierra larga, y corte y en muchas ventajas, era en esta isla el Rey
más principal; la otra, en conceder tan fácilmente, recognoscer por
superior y tributar á otro Rey extraño, que no sabia quién era ni quién
no. ¿Quién de los reyes libres del mundo á la primer demanda ó palabra
se querrá á otro Rey que nunca vido ni oido subiectar, y servirle como
súbdito y vasallo, repugnando al apetito natural? Y si dijeres que
fué por miedo y temor que hobo de D. Bartolomé y de los cristianos
que consigo llevaba, por haber oido las guerras crueles, y estragos y
muertes que el Almirante habia hecho en el Rey é gente de Caonabo y
en otras partes, parece que no, pues pudiera sin duda matarlos, ó al
ménos, acometerles y hacerles harto daño, lo cual nunca intentaron;
y si porfiares que sí, por ende fueron más injustos y más contra ley
natural los tributos que D. Bartolomé Colon le impuso, haciendo Rey
libre, tributario por miedo, contra su voluntad, no siendo su súbdito
ni debiéndole algo, lo que es propio de tiranos. La otra cosa que aquí
se debe notar, es, cuan al revés y preposteramente hizo su entrada D.
Bartolomé Colon en este reino de Xaraguá, dando, primeramente noticia
á los infieles simplicísimos de los reyes de Castilla y de su grandeza
y merecimientos que del verdadero Dios, y echarles ántes carga de
tributos, que dándoles algo que en su provecho y utilidad resultase; no
habiendo otra causa legitima para entrar cristianos en estos reinos y
tierras, sino sólo para darles noticias y cognoscimiento de un solo y
verdadero Dios y de Jesucristo, su hijo, universal Redentor; manifiesto
es que aquellas gentes, ó habian de tener á los reyes de Castilla por
dioses, pues se les predicaba primero que otra cosa su merecimiento
y valor, y que se les debian de otros Reyes, tan grandes señores
en tierras y gentes como ellos, recognoscimiento de superioridad y
tributos, ó habian de creer que el fin que acá los cristianos, y no
otro, traian, como cosa dellos amada sobre todo, era su propio interese
y llevar á sus tierras, de los bienes agenos, tributos y oro. Muy por
el contrario del camino que Cristo llevó y sus Apóstoles para traer
á sí al mundo, que ante todas cosas predicaban á Dios, y no sólo no
pedian tributo ni tomaban de hombre cosa, mas hacíanles grandes bienes,
y daban sus vidas y dieron, por atraer y salvar á los que predicaban,
y el hijo de Dios la suya por todos. Pero entró por la misma puerta y
llevó el mesmo camino D. Bartolomé Colon, que su hermano el Almirante
al principio entró y anduvo, cierto engañados no sé con qué; mas creo
que sí sé, de una culpabilísima, que á ninguno excusa, del derecho
natural y divino ignorancia.
CAPÍTULO CXV.
Dejó D. Bartolomé Colon muy contento, á lo que parecia, y Dios sabe
si era así, al rey Behechio, y tributario y solícito de cumplir los
tributos que se le habian pedido; y, con ánsia de saber lo que en la
Isabela y aquestas partes desta isla de la Vega y Cibao habia sucedido,
acordó partirse de Xaraguá para acá, y, llegado á la Isabela, halló
que cerca de 300 hombres habian fallecido de diversas enfermedades.
Rescibió desto D. Bartolomé grande trabajo, y aunmentábaselo tener muy
pocos bastimentos y no venir navíos de Castilla; determinó de repartir
y enviar todos los enfermos y flacos por las fortalezas que habia
desde la Isabela hasta Sancto Domingo, y á los pueblos de los indios
que cerca dellas estaban, porque al ménos ternian, sino médicos y
boticarios, comida que los indios les darian y no les faltaria, y así
pelearian solamente con la enfermedad, y no con ella y juntamente con
la hambre: las fortalezas fueron la Magdalena, Santiago, la Concepcion,
el Bonao, como se dijo en el cap. 110. Dejó en la Isabela los hombres
más sanos, en especial oficiales, haciendo dos carabelas, y él tornó
á visitar la fortaleza que dejó haciendo sobre el rio de Sancto
Domingo, yendo cogiendo los tributos, por el camino, de los señores
y sus vasallos á quien el Almirante y él los habian impuesto; donde,
como estuviese algunos dias, los señores y gentes de la Vega y de las
provincias comarcanas, no pudiendo sufrir la importuna carga de los
tributos del oro que cada tres meses se les pedia, y la más onerosa y
á ellos más intolerable, y aspérrima conversacion de los cristianos,
de comerles cuanto tenian y no se contentar con lo que se les daban,
sino, con malos tratamientos, miedos, amenazas, palos y bofetadas,
llevarlos de unas partes á otras cargados, andarles tras las hijas é
las mujeres, é otras vejaciones é injusticias semejantes, acordaron de
se quejar al rey Guarionex y á inducirle á que mirase y considerase
su universal captiverio y opresion, y vida tan malaventurada que
pasaban con aquellos cristianos, que trabajasen de matarlos si pudiesen
y libertarse. Hacian cuenta que mayor era el tormento que sufrian
cuotidiano é inacabable que podian ser las muertes de pocos dias, que,
si no salian con lo pensado, esperaban; y en fin, siempre creian de sí
mismo haber vitoria de los cristianos, en lo cual siempre se engañaban.
Guarionex, como era hombre de su naturaleza bueno y pacífico, y
tambien prudente, y via y cognoscia las fuerzas de los cristianos, y
la ligereza de los caballos, y lo que habian hecho al rey Caonabo y á
su reino é á muchos otros de la provincia de Cibao, mucho lo rehusaba;
pero al cabo, importunado de muchos, y, por ventura, amenazado de
que harian Capitan otro que á él le pesase, con gran dificultad hobo
de aceptarlo. Sintiéronse destos movimientos algunas señales por los
cristianos que estaban en la fortaleza de la Concepcion; avisaron con
indios que les fueron fieles á los cristianos de la fortaleza del
Bonao, y aquellos despacharon otros mensajeros á Sancto Domingo, donde
don Bartolomé estaba, el cual, á mucha prisa, vino á la Vega, ó á la
Concepcion, que así se llamaba.
Quiero contar una industria que tuvo un indio mensajero, que creo que
fué esta vez, para salvar las cartas que llevaba de los cristianos
de la Concepcion á los del Bonao. Diéronselas metidas en un palo que
tenian para aquello, hueco por una parte, y como los indios ya tenian
experiencia de que las cartas de los cristianos hablaban, ponian
diligencia en tomarlas; el cual, como cayó en manos de las espías,
que los caminos tenian tomados, fué cosa maravillosa la prudencia de
que usó, que no fué á la del rey David muy desemejable. Hízose mudo y
cojo, mudo para que no le pudiesen constreñir á que, lo que traia,
ó de donde venia ó qué hacian ó qué pensaban hacer los cristianos,
hablase, y cojo, porque el palo en que iban las cartas, que fingia
traer por bordon necesario, no le quitasen; finalmente, hablando y
respondiendo por señas, y cojeando, como que iba á su tierra con
trabajo, hobo de salvarse á sí é á las cartas que llevaba, las cuales,
si le tomaran y á él prendieran ó mataran, por ventura, no quedara, de
los cristianos derramados por la Vega y aún de los de la fortaleza de
la Concepcion, hombre vivo ni sano. Llegó, pues, D. Bartolomé con su
gente á la fortaleza del Bonao, y allí fué, de lo que habia, avisado.
De allí trasnocha y vá á entrar en la fortaleza de la Concepcion, que
10 leguas buenas distaba; sale con toda la gente sanos y enfermos á
dar en 15.000 indios que estaban con el rey Guarionex y otros muchos
señores ayuntados, y, como estas tristes gentes vivian pacíficos, sin
pendencias, rencillas, ni trafagos, no tenian necesidad de con muros
y barbacanas, ni fosas de agua, tener sus pueblos cercados. Dieron en
ellos de súbito, á media noche, porque los indios, nunca de noche, ni
acometen, ni para guerra están muy aparejados, puesto que no dejan de
tener sus velas y espías, y, en fin, para contra españoles harto poco
recaudo; hicieron en ellos, como suelen, grandes estragos. Prenden
al rey Guarionex y á otros muchos; mataron á muchos señores de los
presos, de los que les pareció que habian sido los primeros movedores,
no con otra pena, segun yo no dudo, sino con vivos quemarlos, porque
esta es la que comunmente, y siempre y delante de mis ojos yo vide,
muy usada. Traidos presos á la fortaleza de la Concepcion, vinieron
5.000 hombres, todos desarmados, dando alaridos y haciendo dolorosos y
amargos llantos, suplicando que les diesen á su rey Guarionex y á los
otros sus señores, temiendo no los matasen ó quemasen. D. Bartolomé
Colon, habiendo compasion dellos, y viendo la piedad suya para sus
señores naturales, cognosciendo la bondad innata de Guarionex, cuan más
inclinado era á sufrir y padecer con tolerancia inefable los agravios,
fuerzas é injurias que le hacian los cristianos, que á pensar en hacer
vengaza, dióles su Rey é á los otros sus señores, con que quedaron de
sus angustias y miserias algo consolados, no curando del captiverio y
opresion y vida infelice en que quedaban, ni de sus, cierto, futuras
mayores calamidades.
CAPÍTULO CXVI.
Pasados algunos dias, poco despues que aqueste alboroto fué asosegado,
aunque las gentes de aquella comarca de la Vega, con las cargas y
trabajos que los cristianos continuamente les daban, por tenerlos
en ménos, por haberlos guerreado y hostigado, como siempre lo han
acostumbrado hacer, no muy alegres ni descansadas, vinieron mensajeros
del rey Behechio y de Anacaona, su hermana, á D. Bartolomé Colon;
haciéndole saber como los tributos del algodon y caçabí, que habia
impuesto ó pedido á su reino, estaban aparejados, que viese lo que
cerca dello mandaba; si no me he olvidado, creo que dentro de seis
ó ocho meses, sembradas las pepitas del algodon, dan fruto; los
arbolillos que dellos nacen, llegan á ser tan altos, los mayores, como
un buen estado, puesto que desde más chicos comienzan á darlo. Acordó
luego D. Bartolomé ir á Xaraguá, lo uno, por ver lo que Behechio,
rey de aquel reino, le avisaba, y como habia cumplido su palabra; lo
otro, por ir á comer á aquella tierra que no estaba trabajada, como
tenian los cristianos la Vega y sus comarcas, puesto que les daba Dios
siempre el pago, en los descontentos que siempre tenian por la falta de
vestidos y de las cosas de Castilla, por las cuales siempre suspiraban
y vivian todos, ó todos los más, como desesperados. Llegado al pueblo
ó ciudad del rey Behechio, D. Bartolomé, sálenle á recibir el Rey y
Anacaona, su hermana, y 32 señores muy principales, que para cuando
viniese habian sido convocados, cada uno de los cuales habia mandado
traer muchas cargas de algodon en pelo y hilado, con su presente de
muchas hutias, que eran los conejos desta isla, y mucho pescado,
todo asado; lo cual todo, cada uno le presentó, de que se hinchió,
de algodon digo, una grande casa. Dióles á todos los señores muchas
gracias, y al rey Behechio y á la señora su hermana, muchas más y más
grandes, mostrando señales de grande agradecimiento, como era razon
dárselas; ofreciéronse á traerle tanto pan caçabí que hinchiese otra
casa y casas. Envia luego mensajeros á la Isabela, que, acabada la una
de las dos carabelas, viniese luego á aquel puerto de Xaraguá, que es
una grande ensenada ó entrada que hace la mar, partiendo esta isla
en dos partes; la una, como arriba se dijo cap. 50, hace el cabo de
Sant Nicolás, que tiene más de 30 leguas, y la otra tenia más de 60,
que hace el Cabo que ahora se llama del Tiburon, y que llamaban de
Sant Rafael cuando vino del descubrimiento de Cuba el Almirante. El
rincon desta particion ó abertura que la mar por allí hace, distaba de
la poblacion y casa real de Behechio, dos leguas, no más largo; allí
mandó venir la carabela, y que la tornarian llena de caçabí. Desto
recibieron los españoles, que en la Isabela estaban, grande alegría,
por el socorro que para su hambre esperaban; diéronse priesa, vinieron
al puerto de Xaraguá, donde los deseaban. Sabido por la señora reina
Anacaona persuade al Rey, su hermano, que vayan á ver la canoa de los
cristianos, de quien tantas cosas se les contaban. Tenia un lugarejo
en medio del camino, Anacaona, donde quisieron dormir aquella noche;
allí tenia esta señora una casa llena de mil cosas de algodon, de
sillas y muchas vasijas y cosas de servicio de casa, hecha de madera,
maravillosamente labradas, y era este lugar y casa, como su recámara.
Presentó esta señora á D. Bartolomé muchas sillas, las más hermosas,
que eran todas negras y bruñidas como si fueran de azabache; de todas
las otras cosas para servicio de mesa, y naguas de algodon (que eran
unas como faldillas que traian las mujeres desde la cinta hasta media
pierna, tejidas y con labores del mismo algodon) blanco á maravilla,
cuantas quiso llevar y que más le agradaban. Dióle cuatro ovillos de
algodon hilado que apénas un hombre podia uno levantar; cierto, si
oro tuviera y perlas, bien se creia entónces que lo diera con tanta
liberalidad, segun todos los indios desta isla eran de su innata
condicion dadivosos y liberales. Vánse á la playa ó ribera de la mar,
manda D. Bartolomé venir la barca de la carabela á tierra; tenian al
Rey é la Reina, su hermana, sendas canoas, muy grandes y muy pintadas y
aparejadas, pero la señora, como era tan palanciana, no quiso ir en la
canoa, sino con D. Bartolomé en la barca. Llegando cerca de la carabela
sueltan ciertas lombardas; turbáronse los Reyes y sus muchos criados y
privados en tanto grado, que les pareció que el cielo se venia abajo,
y aína se echaran todos al agua, pero como vieron á D. Bartolomé
reirse, algo se asosegaron. Llegados, como dicen los marineros, al
bordo, que es junto á la carabela, comienzan á tañer un tamborino y la
flauta, y otros instrumentos que allí llevaban, y era maravilla como
se alegraban; miran la popa, miran la proa, suben arriba, descienden
abajo, están, como atónitos, espantados. Manda D. Bartolomé alzar las
anclas, desplegar las velas, dar la vuelta por la mar: aquí creo yo
que no les quedó nada de sangre, temiendo no se los llevasen; pero
desque dieron la vuelta hácia casa, quedaron sin temor y demasiadamente
admirados, que sin remos, la carabela, tan grande, parecia que volase,
y, sobre todo, que con un viento sólo fuese á una parte, y á otra
contraria tornase. Tornáronse á Xaraguá; vinieron infinitos indios de
todo el reino del pan caçabí cargados. Hinchen la carabela del pan y
del algodon y de las otras cosas que el Rey é la Reina y los otros
señores habian dado; partióse la carabela para hacer á la Isabela su
viaje, y D. Bartolomé, con su gente, tambien acordó irse para allá con
su compañía por tierra; dejó alegres al Rey é á la Reina, y, á todos
los señores y gentes suyas, muy contentos.
CAPÍTULO CXVII.
Entretanto que D. Bartolomé Colon estaba en el reino de Xaraguá con el
Behechio y hacia lo que en el precedente capítulo se dijo, Francisco
Roldan, á quien, como arriba en el capítulo 111 dijimos, dejó el
Almirante por Alcalde mayor en la Isabela, y, como tambien dije, de
toda la isla, por descontentos que tuvo del Gobernador, D. Bartolomé
Colon, ó por no sufrir las reglas y estrechura de los bastimentos de la
Isabela, y querer vivir más á lo largo andando por la isla (ó tambien,
hallo en mis memoriales, que tuvo principio este levantamiento porque
uno de los principales, que consigo siempre trujo, se echó con la
mujer del rey Guarionex, y porque le quiso el Adelantado castigar), ó
porque era bullicioso y pretendia subir á más de lo que era, imaginando
que el Almirante nunca volveria, porque hacia ya quince meses que era
partido desta isla, y que era señal que los Reyes no lo dejarian volver
acá, segun, por ventura, debiera Juan Aguado haber dicho y así se
decia, acordó quitar la obediencia al dicho D. Bartolomé y levantarse
contra él con hasta 70 hombres, los más sanos, gente comun, y algunos
principales que él pudo atraer á sí, que pretendian lo mismo que él,
de los cuales yo cognoscí los más, ó cuasi todos. Este Francisco
Roldan fué, como dije, criado del Almirante y ganó su sueldo, y debia
ser su oficio, á lo que entendí, como hombre que tenia cargo de andar
sobre los trabajadores y oficiales para los hacer trabajar, salvo
que, como fuese hombre entendido y hábil, cognosciendo el Almirante
que era para tener cargos, y, por honrarlo y hacer en él, hízolo
primero Alcalde ordinario de la Isabela, y despues Mayor de toda la
isla, y él quiso, por agradecimiento, levantándose le dar el pago. La
ocasion que para se desvergonzar tomar quiso, fué en dos maneras,
para indignar é allegar y atraer á sí á los indios y á los cristianos
contra el Adelantado y el Almirante. Para ganar los cristianos, fué
esta su cálida industria: la carabela que habia traido el algodon y
pan, y otras cosas de la provincia de Xaraguá, mandóla luego varar ó
sacar en tierra fuera del agua, D. Diego Colon, porque, como la gente
estaba siempre demasiadamente descontenta, temíase que no la tomasen
y se fuesen muchos sin licencia y á pesar del D. Bartolomé, y de don
Diego, y del Almirante tambien, con ella á Castilla; Francisco Roldan
comienza á murmurar con la gente trabajadora y marineros, y la demas
gente baja y que más descontenta estaba, porque la carabela no estaba
en el agua, y que sería bien enviarla á Castilla con cartas á los
Reyes, pues el Almirante no venia, para hacerles saber sus hambres y
necesidades y los proveyesen, y que sino se hacia, que todos habian
en esta isla de perecer, ó de hambre, ó que los indios los habian de
consumir, é que D. Diego ni D. Bartolomé no la querian enviar por
alzarse con la isla y tenerlos á todos ellos por esclavos, sirviéndose
dellos en hacer sus casas y fortalezas, y acompañarse y coger los
tributos de los indios y hacerse ricos del oro de la tierra, y,
finalmente, para sólo su provecho é particular interese. Viendo la
gente que el Alcalde mayor y quien lo mandaba todo, y á quien por la
vara del Rey, como Justicia mayor, todos obedecian, que estaba de la
opinion dellos, comienzan despues con mayor desenvuelta osadía y ménos
temor, lo que en sí secretamente gruñian y no osaban, sino por los
rincones, boquear, públicamente y sin miedo ninguno á decirlo. Vista la
gente ya de su bando, persuadióles que le diesen las firmas para que
se pudiese dar á entender como era sentencia de todos, que convenia
al bien y salud comun de los cristianos que la carabela se echase al
agua, aunque pesase al D. Diego y á quien más se lo quisiese estorbar;
y todo esto, que este trabajaba ó porfiaba de echar la carabela al
agua, no era porque se echase al agua ni fuese á Castilla, porque á él
no le convenia que supiesen los Reyes su alzamiento y desobediencia á
su Justicia mayor, que era D. Bartolomé y D. Diego, que al presente
la Isabela gobernaba, sino por indignar y mover á la gente contra el
Almirante y los que gobernaban, y que él tuviese gente y fuerzas para
levantarse, y en su tiranía conservarse; hay desto muchos argumentos
claros, como parecerá abajo. La otra ocasion ó título que tomó para
atraer á sí, juntamente, indios y cristianos, fué, que decia á los
cristianos que para que los indios sirviesen mejor á los cristianos,
estando en paz con ellos, era cosa necesaria que se le quitasen los
tributos que les habia impuesto el Almirante, y esto muchas veces
lo decia él á D. Bartolomé Colon platicando; y, ciertamente, si él
lo dijera con celo de virtud y de piedad para con los indios, decia
gran verdad, porque los indios y los Reyes y señores suyos, vivian
con los tributos que se les pedian cada tres meses, desesperados;
y áun fuera, sin comparacion, grande utilidad para los cristianos,
porque ni murieran de hambre ni padecieran de necesidad alguna en sus
enfermedades, ni anduvieran en guerras por sierras y valles á cazar y
matar indios, ni dellos algunos, los indios, como mataron, mataran,
ántes los sirvieran de rodillas y adoraran, pero no lo decia el pecador
sino por robar más á los indios y más señorearlos, y que á esto no
le fuese Dios ni el Rey ni sus Ministros á la mano. Finalmente, D.
Diego mandó al dicho Francisco Roldan que fuese con cierta gente á
la Concepcion, por que se sonaba y temia que los indios y gente de
Guarionex andaba mal segura y alborotada, como no podian sufrir los
tributos; el cual se fué al pueblo del cacique Marque, donde tuvo
lugar Roldan de concluir é publicar su traicion, de donde se vinieron
muchos, que no quisieron consentir en ella, á la fortaleza de la
Concepcion, á los cuales trató mal y tomó todas las armas. De aquí
del pueblo Marque, tornó á la Isabela, y váse á la Alhóndiga del Rey,
donde estaban los bastimentos y la municion de las armas, y, tomada
la llave por fuerza á quien la tenia, que era un criado de D. Diego
Colon (ó hizo las cerraduras pedazos, con 50 hombres, diciendo «viva
el Rey»), toma todas las armas que le pareció haber menester para sí
é para sus compañeros tiranos; y de los bastimentos, que con la guarda
y regla y estrechura, porque así convenia, se guardaban y daban, y de
todas cuantas cosas allí habia, sin medida repartia, y para sí tomaba.
Sale D. Diego á le ir á la mano con ciertos hombres honrados á afearle
tan grande insolencia y alboroto, al ménos, de palabra; vino tras él,
y el D. Diego se retrujo con ellos á una casa fuerte, y miéntra en la
Isabela estuvo Francisco Roldan y habia de hablar D. Diego con él,
habia de ser con seguro que primero Roldan le daba. De allí fueron al
hato de las vacas del Rey y mataron lo que dellas quisieron; que matar
una en aquel tiempo era por gran daño estimado, porque las tenian para
criar. Van tambien al hato de las yeguas, que eran tambien del Rey, y
tomaron las yeguas ó potros ó caballos que á todos plugo tomar. Esto
hecho, vánse por los pueblos de los indios, y á los señores y Caciques
dellos, publícanles que el Almirante y sus hermanos les han cargado de
tributos, y que Francisco Roldan y ellos han reñido con el D. Bartolomé
Colon y D. Diego porque no se los quitaban, y que han acordado ellos
de se los quitar y que no curen dende adelante darlos, que ellos se
los defenderán del Almirante y sus hermanos, y para ello, si fuere
menester, los matarán. Desde allí, diciendo «viva el Rey,» van por
toda la Isla, y por toda se suena que el Alcalde Roldan es el que los
liberta; y así, el Roldan decia que los habia recibido debajo de su
mamparo, segun que un poco abajo se verá, y por todos los pueblos de
los indios que pasaba, publicaba mal de don Bartolomé y del Almirante,
y á todos los cristianos que topaba detraia y blasfemaba de D.
Bartolomé, diciendo que era hombre duro, áspero y cruel, y cudicioso,
y que con él no podia alguno medrar, y todos cuantos males podia decir
acumulaba, dando por causas de se apartar dél. Y cosa fué esta, cierto,
maravillosa y juicio de Dios muy claro, si con ojos limpios entónces lo
vieran y agora lo miramos, que aquel Roldan, sin saber quien lo movia
mediatamente, que era la divina Providencia, pero inmediata su propia
ambicion cudicia y maldad, fuese profeta en la obra, como Caifás lo
fué en la palabra, y á ambos movió la voluntad y providencia de Dios;
Caifás, diciendo que convenia que Cristo muriese por todo el pueblo,
porque toda la gente no pereciese, más por el odio que á Cristo tenia
que por la salud comun, empero, sin saber lo que decia, profetizó;
Roldan, por su propia malicia, permitida de lo alto, y por se hacer
rico y señor, tomó y se arreó del oficio y título, sin saber lo que
hacia, de los pueblos y gentes desta isla opresas, llamándose defensor
y librador; manifiesto es por la lumbre natural sola que tuviésemos,
cuanto más añidida la ley divina de justicia y de caridad, y aqueste
Roldan y otro cualquiera cristiano, y áun gentil que fuera ó moro, si
por el bien sólo y liberacion destas gentes, por la piedad natural se
moviera, para las librar de las injurias y daños y tiranía que padecian
con los insoportables é, sin justicia, impuestos tributos, tenia
justísima guerra contra el Almirante y contra D. Bartolomé y D. Diego
Colon; y muy mayor justicia y mérito le favoreciera, si con la piedad
natural juntara hacerlo por la honra de Dios, porque como para entrar y
tener que hacer en estos reinos y gentes los cristianos, no haya habido
otro título ni derecho, chico ni grande, sino sólo la predicacion de la
fe y conversion dellos, y traerlos á Cristo, en lo cual, nunca se dió
puntada, grande ni chica, sino imponerles y cargarles y pedirles oro,
y lo que se creia que valia oro, ¿quién de los que fuesen cristianos
osará dudar que juntamente con las injurias y agravios tan grandes que
hacian á los prójimos, no se ofendiese gravísimamente Dios? Luego,
mucho mereciera Roldan delante de Dios, allende ser obligado de ley
natural, moviendo guerra contra los que á estas gentes, con tantos y
tan graves tributos, impuestos tan sin justicia, oprimian y amargaban,
por su redencion, luego en tomar el oficio y apellido de redemptor;
aunque por robar él y ser señor, como Caifás diciendo y él haciendo,
profetizó. Pero fueron tantas las tiranías y maldades opresivas que en
estas gentes despues hizo él y su compañía, que no con celo de piedad,
sino con título para se levantar y señorear haberse movido, bien
manifiestamente mostró.
CAPÍTULO CXVIII.