No dudando el Almirante que Juan Aguado habia de llevar muchas quejas

de los españoles que allí por fuerza estaban, y tan necesitados, á los

Reyes, contra el Almirante, y que no dejaria de añadir y encarecer

mucho sus defectos, y que de secreto llevaria informaciones hechas

contra él, y que sobre las relaciones ásperas y demasiadas, y por

entónces, cierto, segun yo creo, no muy verdaderas, que pudieron decir,

si las dijeron (lo cual se presume por haberse ido, tan sin tiempo y

sin licencia del Almirante, y descontentos), y tambien porque no parece

que los Reyes enviaran á Juan Aguado tan presto, sino por la relacion

que harian en infamia desta isla y destas tierras, y en deshacimiento

y disfavor del servicio que el Almirante habia hecho á los Reyes en su

descubrimiento, el susodicho padre fray Buil y Mosen Pedro Margarite,

y los demas que, ántes que el Almirante volviese de descubrir las

islas, Cuba y Jamáica y las demas, se habian desta isla ido á Castilla,

moverian y exasperarian los ánimos de los Reyes y disminuírseles ía la

voluntad de hacer los gastos que eran necesarios para proseguir esta

empresa, determinó el Almirante de ir á Castilla para informar á los

Reyes del estado desta isla y del descubrimiento de Cuba y Jamáica,

y de las cosas sucedidas, y responder á los obiectos que se habian

puesto contra la bondad y felicidad y riquezas destas tierras, porque

no hallaron tan á mano los montes de oro, como en España (al ménos

los seglares, salvando al dicho padre fray Buil) se habian prometido,

y, finalmente, para satisfacer á los Reyes y darles cuenta de sí, é

tractar esomismo sobre ir á descubrir lo que mucho deseaba, por topar

con tierra firme; por ventura, tambien pudo ser que los Reyes le

escribieron en la carta que el dicho Juan Aguado le trujo, que así

lo hiciese, porque se querian informar dél en todo lo susodicho. Pero

que los Reyes le escribiesen que fuese á Castilla, nunca hombre lo

supo ni tal he podido descubrir, ántes, por cosas que pasaron entre

el Almirante y Juan Aguado públicas, que yo he visto en probanzas con

autoridad de escribanos, parece el contrario, porque el Almirante decia

públicamente, «yo quiero ir á Castilla á informar al Rey é á la Reina,

nuestros señores, contra las mentiras que los que allá han ido les han

dicho,» y no tuve yo á Juan Aguado por tal, que si él tuviera tal carta

ó noticia della, qué no le dijera, cuando reñian y él se desmesuraba

contra el Almirante, que iba á Castilla á su pesar, porque los Reyes

así lo querian. Al ménos parece por esta razon claro un error que

dice en su Historia, entre otros muchos, Gonzalo Hernandez de Oviedo

en el cap. 13 del II, libro donde dice, que desde á pocos dias que

llegó Juan Aguado, apregonada la creencia de los Reyes y ofrecidos los

españoles á le favorecer en lo que de parte de los Reyes se dijese,

dijo al Almirante que se aparejase para ir á España, lo cual dice que

el Almirante sintió por cosa muy grave, é vistióse de pardo como fraile

y dejóse crecer la barba, y que fué en manera de preso, puesto que no

fué mandado prender; y que mandaron los Reyes tambien llamar al dicho

padre fray Buil y á Mosen Pedro Margarite, y á otros que allí cuenta,

que fuesen á Castilla entónces cuando el Almirante fué. Dice mas, que

venido el Almirante de descubrir á Cuba y Jamáica, y pasados dos meses

y medio, mandó llamar á Mosen Pedro Margarite, que era Alcaide de la

fortaleza de Santo Tomás, y á otros que estaban con él, y venidos á

esta ciudad de Santo Domingo, donde por la fertilidad y abundancia de

la tierra se repararon y cobraron salud, y despues que todos fueron

juntos, comenzaron á tener discordias entre si el Almirante y el

padre fray Buil, y que hobieron estas discordias principio, porque el

Almirante ahorcó á un aragonés que se llamaba Gaspar Ferim, por lo

cual, cuando el Almirante hacia cosa que al fray Buil no pluguiese,

ponia entredicho y cesacion del divino oficio; el Almirante quitaba

la racion al fray Buil y á su familia, y que Mosen Pedro y otros los

hacian amigos, pero que duraba el amistad pocos dias: todo esto dice

Oviedo en el susodicho capítulo. Que todo sea falso, cuanto cerca desto

dice, no serán menester muchos testigos, pues parecerá por muchas

cosas arriba dichas; lo uno, porque cuando el Almirante partió para

descubrir, áun no habia, en obra de cinco meses que estuvo en esta

isla despues que llegó de España y enfermó, ahorcado hombre ninguno,

ni nunca oí que tal dél se dijese, ni en las culpas que le opusieron

despues y hombres que le acusaron que ahorcó y nombrados, el catálogo

de los cuales yo vide y tuve en mi poder, pero nunca tal hombre vide

nombrado entre ellos; lo otro, porque como arriba en los capítulos 99 y

100 pareció, cuando el Almirante llegó á la Isabela de descubrir á Cuba

y Jamáica, que fué á 29 de Abril del mismo año de 1494, ya eran idos

el dicho padre fray Buil y Mosen Pedro Margarite, y otros, á Castilla,

sin licencia del Almirante, luego no tuvieron pendencias ni discordias

el Almirante y el padre fray Buil, para que el uno descomulgase y

pusiese entredicho, y el otro negase las raciones y la comida al padre

fray Buil y á su familia; lo otro, porque Oviedo, dice, que pasados

dos meses y medio, poco más ó ménos, el Almirante envió á llamar á D.

Pedro Margarite, y no tornó en sí de la grande enfermedad con que tornó

del dicho descubrimiento de Cuba, en cinco meses, como parece arriba

en el cap. 100; lo otro, porque Oviedo dice que vino el Almirante, del

dicho descubrimiento, aquí á este puerto de Sancto Domingo, y no vino

sino á la Isabela, porque este puerto áun no se sabia si lo habia en el

mundo, ni jamás ántes el Almirante lo habia visto hasta el año de 1498

que volvió de Castilla, y descubierta ya por él tierra firme, segun que

parecerá abajo; lo otro, porque dice Oviedo que llegó el Adelantado D.

Bartolomé Colon á este puerto, dia de Sancto Domingo, á 5 de Agosto

del año 1494, y esto parece manifiesto ser falso, porque él llegó á

esta isla, en 14 dias de Abril del mismo año 94, ántes que el Almirante

viniese de descubrir á Cuba, como parece en el cap. 101, y no habia

de volar luego á este puerto en tres meses, sin ver al Almirante,

ni sin tener cargo alguno, como si hubiera rebeládosele estando en

Castilla. Lo que dice de Miguel Diaz, que huyó del Adelantado por

cierta travesura, y vino á parar aquí á este puerto y provincia, pudo

ser, pero nunca tal oí, siendo yo tan propincuo á aquellos tiempos; mas

de tener por amiga á la Cacica ó señora del pueblo que aquí estaba,

y rogarle que fuese á llamar á los cristianos para que se pasasen

de la Isabela á vivir aquí, es tan verdad, como ser el sol obscuro

á medio dia. Donosa fama los españoles, por sus obras tan inhumanas

tenian para que la Cacica ni hombre de todos los naturales desta isla

los convidasen á venir á vivir á su tierra, ántes se quisieran meter

en las entrañas de la tierra por no verlos ni oirlos. Así que, esto

es todo fábula y añadiduras que hace Oviedo suyas, ó de los que no

sabian el hecho, que se lo refirieron, fingidas; lo que desto yo puedo

decir, es, que dejó mandado el Almirante cuando se partió esta segunda

vez á Castilla, que el Adelantado enviase á Francisco de Garay y á

Miguel Diaz á que poblasen á Sancto Domingo, y esto siento ser más

verdad, vistos mis memoriales que tengo de las cosas que acaecieron

ántes que yo viniese, de qué, los que las vieron ó supieron y tuvieron

por ciertas, me informaron. Lo postrero, porque dice Oviedo que el

Almirante, y el padre fray Buil, y Mosen Pedro Margarite, y Bernal de

Pisa, y otros caballeros fueron juntos en la misma flota á Castilla;

esto no es así, segun parece claramente por todo lo dicho, y mucho

ménos es verdad que el Almirante fuese á manera de preso, porque áun

no estaban tan olvidados en los corazones de los católicos Reyes sus

grandes y tan recientes servicios.

CAPÍTULO CX.

En estos tiempos el Almirante ya habia mandado hacer dos fortalezas,

una que llamó la Magdalena, como dijimos en el cap. 100, en la

provincia del Macorix, que llamábamos el Macorix de abajo, dentro de

la Vega Real, que creo que fué asentada en un lugar y tierra de un

señor que se llamaba Guanaoconel, tres ó cuatro leguas, ó poco más, de

donde está agora asentada la villa de Santiago, en la cual puso por

Alcaide á aquel hidalgo, que arriba en el cap. 82 dijimos, Luis de

Artiaga. Nombrábamos el Macorix de abajo, á diferencia de otro Macorix

de arriba, que era la gente de que estaba poblada la cordillera de las

sierras que cercaban la Vega por la parte del Norte, y vertian las

aguas en la misma provincia del Macorix de abajo; decíase Macorix en

la lengua de los indios mas universal de esta isla, cuasi como lengua

extraña y bárbara, porque la universal era mas pulida y regular ó

clara, segun que dijimos en la descripcion desta isla, puesta arriba

en los capítulos 90 y 91. Hizo otra, cerca de donde fué puesta despues

la villa de Santiago, en la ribera ó cerca del rio Yaquí; otra hizo

que llamó Sancta Catherina, fué Alcaide della un Fernando Navarro,

natural de Logroño; esta no sé donde la edificó, por inadvertencia de

en aquellos tiempos no preguntarlo. Otra hizo que llamó Esperanza,

creo que la puso en la ribera del rio Yaquí, á la parte de Cibao. La

otra fortaleza se edificó en la provincia y reino de Guarionex, 15

leguas, ó algunas más, en la misma Vega, más al Oriente de la otra,

donde se pobló despues la ciudad que se dijo y dice de la Concepcion,

que ya está cuasi del todo despoblada, que tomó nombre de la misma

fortaleza, á la cual el Almirante puso nombre la Concepcion; en esta

puso por Alcaide á un hidalgo que se llamó Juan de Ayala, despues la

tuvo un Miguel Ballester, catalan, natural de Tarragona, viejo y muy

venerable persona. Por manera, que hobo en esta isla tres fortalezas,

despues que el Almirante vino el segundo viaje á poblar con gente

española, y si añidimos la que dejó hecha en el Puerto de la Navidad,

donde quedaron los 39 cristianos, fueron cuatro; pero desta no es de

hacer mencion, pues tan poco duró y ménos aprovechó, por culpa de los

que en ella quedaron. La mejor de todas ellas fué la de la Isabela,

porque fué de piedra ó cantería, de la cual, siendo yo Prior en Sancto

Domingo de la villa de Puerto de Plata, hice traer una piedra grande,

la cual hice poner por primera piedra del Monesterio que allí yo

comencé á edificar, por memoria de aquella antigüedad. Está la dicha

piedra en la esquina oriental del cuarto de abajo, que fué el primero

que comencé á edificar más propincuo á la porteria y á la iglesia.

Despues de aquella fortaleza de la Isabela fué la mejor la de la

Concepcion de la Vega, que era de tapias y con sus almenas y buena

hechura, la cual duró muchos años, hasta el año de 1512, si bien me

acuerdo; todas las demas, muchos años ántes habia que se cayeron, y no

hobo memoria dellas, como se fueron consumiendo los indios, con las

crueles guerras, contra quien se procuraron hacer; la menor y ménos

fuerte de las cuales, como no fuese de madera, sino de tierra, era más

inespugnable para los indios que Salsas para franceses. Despues mandó

hacer otra en la provincia del Bonao, que dista de la Concepcion ocho

ó diez leguas, camino de Sancto Domingo, en la ribera del rio, que se

llama en lengua de los indios desta isla, Yuna, pegada á la sierra que

recibe el sol luego en naciendo á la mañana; por manera, que tuvo el

Almirante, ántes que tornase á Castilla, hechas siete fortalezas en

esta isla. Desta postrera, que fué la quinta, no estoy cierto, que la

mandase hacer ántes ó despues de venido de Castilla el Almirante, y

ántes creo, que despues de partido él la hizo D. Bartolomé Colon, su

hermano. Como Guarionex y los otros señores se viesen tan fatigados

con la carga de los tributos del cascabel de oro, que el Almirante

á contribuir les forzaba, tenian todas las maneras que podian para

excusarse, afirmando que sus gentes no tenian industria de cogerlo,

sino lo que hallaban á caso ó buscándolo en las riberas de los arroyos

ó rios, como arriba se dijo, sobre la arena, y finalmente lo que podian

haber con poco trabajo. Avisaron al Almirante, que, hácia la parte

del Mediodia ó del Sur, habia minas de mucho oro, que enviase allá de

sus cristianos para buscallo. Deliberó el Almirante de hacerlo así,

y díjose que habia enviado á Francisco de Garay y á Miguel Diaz, con

cierto número de gente, para lo cual les dieron guías que los llevasen;

partieron de la Isabela y vinieron á la fortaleza de la Magdalena, y de

allí á la de la Concepcion, todo por la Vega Real, llano como la palma

de la mano. De allí llegaron al puerto grande, de sierra muy hermosa,

por la misma vega, que está tres leguas, buenas, de la dicha fortaleza

de la Concepcion, la vega abajo por el pié de la sierra; subidos arriba

del puerto, vieron de allí gran pedazo, y más se parecen de 30 leguas

della, cosa dignísima para della sacar materia de dar muchas gracias

á Dios, como arriba se dijo, hablando della. Dura el puerto hasta

tornarlo á buscar á la parte de la provincia del Bonao, dos leguas, no

grandes. Asomaron luego á otra vega, bien de 10 ó 12 leguas de largo y

ancho, que, como arriba en la descripcion destas islas dijimos, que se

llamaba en lengua de indios el señor della Bonao, y de aquí llamamos

los españoles el pueblo que allí se hizo la villa del Bonao. En todos

los pueblos que topaban de indios, les hacian muy buen acogimiento,

dándoles de comer y haciéndoles todo el servicio, aunque los tenian por

hombres infernales. Del Bonao, las guías los llevaron hasta otras 12

leguas, las tres ó cuatro por tierra harto lodosa y áspera de cuestas

y muchos rios y arroyos, que despues llamamos las lomas del Bonao;

llegaron á un rio caudal que se llamaba y hoy le nombramos Hayna,

gracioso y fertilísimo rio, en el cual les dijeron que habia mucho oro,

ó por aquella comarca, y así fué, porque cavando en muchos lugares

de los arroyos que entraban en el rio grande de Hayna, hallaron muy

gran muestra de oro, de manera que juzgaron que un hombre trabajador,

podia coger tres pesos de oro, y más adelante. Estas minas llamó el

Almirante las minas de Sant Cristóbal, por una fortaleza que allí

mandó hacer á su hermano, cuando se partió para Castilla, so este

nombre, despues se llamaron las minas viejas, y hoy se llaman ansí,

por respecto de otras que despues se descubrieron á la otra parte del

rio Hayna, frontero destas, que se nombraron las minas nuevas; las

viejas estaban al Poniente del rio, y las nuevas á la parte oriental.

Estaba de allí la costa de la mar, y el rio, en cuya boca despues se

edificó la ciudad, que hoy permanece, de Sancto Domingo, no más de

ocho leguas. Anduvieron en este camino, desde la Isabela hasta las

dichas minas viejas y primeras, como se dijo, 45 leguas. Finalmente,

trujeron gran muestra de oro y granos algunos grandes, de los cuales

despues, muchos y grandes, por la mayor parte, en estas y en las minas

nuevas (como abajo parecerá), se hallaron, lo que no acaeció en las de

Cibao, donde todo el oro que se halló allí, por la mayor parte, no fué

sino como sal, menudo, puesto que hobo tambien algunos, buenos granos.

Algunos granos grandes se hallaron, los tiempos andando, adelante de la

tierra que propiamente se llamó Cibao, al cabo de las sierras mismas y

cordillera que es continua de Cibao, que va á parar á la parte de la

isla del Norte ó septentrional, mayormente en la provincia de Guahava,

como, placiendo á Dios, abajo tambien se dirá.

CAPÍTULO CXI.

Acabadas las dos carabelas que habia mandado hacer el Almirante, y

guarnecidas de bastimentos y agua, y de las otras cosas, segun que

se pudo aparejar, necesarias, ordenadas las que convenian á la isla,

encomendadas las fortalezas á las personas que le pareció ser para

ellas, constiyó por Gobernador y Capitan general desta isla, en su

lugar, con plenísimo poder, á D. Bartolomé Colon, su hermano, y

desques dél á D. Diego Colon, su segundo hermano, rogando y mandando

á todos que los obedeciesen, y á él, que, con su prudencia, con todo

el contentamiento que se sufriese de la gente, á todos agradase y

gobernase, y bien tratase; dejó por Alcalde mayor de la Isabela y de

toda la isla, para el ejercicio de la justicia, á un escudero, criado

suyo, bien entendido aunque no letrado, natural de la Torre de don

Ximeno, que es cabe Jaen, que se llamó Francisco Roldan, porque le

pareció que lo haria segun convenia, y lo habia hecho siendo Alcalde

ordinario, y en otros cargos que le habia encomendado. Y porque los

Reyes habian mandado que el Almirante dejase ir á Castilla los más

enfermos y necesitados que en la isla estaban, y otros cuyos parientes

y deudos y sus mujeres se habian á los Reyes quejado que no les daba

licencia el Almirante para irse á sus tierras y casas, y otros por

otros por ella suplicádoles, allegáronse hasta doscientos veinte y

tantos hombres que en ambas carabelas se embarcaron; sobre muchos

dellos, quién irian ó quién quedarian, teniendo iguales necesidades, y

otros, que se encomendaban á Juan Aguado, Juan Aguado creia que, por

la creencia Real que trujo, debia el Almirante conceder que fuesen los

que nombraba ó queria, otras veces parecia que lo rogaba, aunque no con

mucha humildad, para con el Almirante, otras, que con que irian ante

los Reyes, lo amenazaba. Finalmente, tuvieron hartos enojos y barajas,

pero al cabo no se hacia ni podia hacer más que lo que el Almirante

mandaba, lo que no acaeciera, si Juan Aguado de los Reyes trajera,

para ello, ni para otras cosas, en lo público, alguna autoridad. Al

cabo de todos estos contrastes, se hobo de embarcar el Almirante en

una destas dos carabelas, la principal, y Juan Aguado en la otra,

repartidos los doscientos y veinte y tantos hombres, y más 30 indios,

segun la órden que el Almirante dió, en ambas. Salió del puerto de la

Isabela, jueves, á 10 dias de Marzo del año de 1496 años, y porque

tenia noticia ya del puerto de Plata, que estaba siete ú ocho leguas

de la Isabela, desde el primer viaje, quiso irlo á ver, y que fuese

con él el Adelantado, y mandóle salir en tierra con 10 hombres para

ver si habia agua, con intincion de hacer allí una poblacion. Hallaron

dos arroyos de muy buen agua, pero el Adelantado, dijeron, que negó

haber agua, porque no se impidiese la poblacion de Sancto Domingo;

salióse para tornarse por tierra á la Isabela el Adelantado, y fuése

su camino el Almirante. Subió hácia el Oriente con gran dificultad

por los vientos contrarios Levantes y corrientes, que le desayudaban,

hasta el Cabo de la isla, que creo es el que hoy llamamos el cabo del

Engaño; y, mártes, 22 de Marzo, perdió de vista el dicho Cabo y tierra

desta isla, y por tomar algun caçabí y bastimento de comida, porque

no sacó tanta cuanta hobiera menester de la Isabela, quiso volver

hácia el Sur por tomar las islas de por allí, é á 9 de Abril, sábado,

surgió en la isla de Marigalante. De allí, otro dia, domingo, fué á

parar y surgir á la isla de Guadalupe; envió las barcas en tierra bien

armadas, y, ántes que llegasen, salieron del monte muchas mujeres con

sus arcos y flechas para defender que no desembarcasen, y porque hacia

mucha mar no quisieron llegar á tierra, sino enviaron dos indios de

los que llevaban desta Española, que fuesen á nado, los cuales dijeron

á las mujeres, que no querian sino cosas de comer, y no hacer mal á

nadie; respondieron las mujeres que se fuesen á la otra parte de la

isla donde estaban sus maridos en sus labranzas, y que allá hallarian

recaudo. Yendo los navíos junto con la playa, salieron infinitos indios

dando alaridos y echando millares de flechas á los navíos, aunque no

alcanzaban; fueron las barcas á tierra, los indios resistieron con

sus armas, tiráronles de los navíos ciertas lombardas, que derrocaron

algunos; huyen todos á los montes viendo el daño, desamparadas sus

casas. Entran los cristianos destruyendo y asolando cuanto hallaban,

sino era lo que á ellos les habia de aprovechar; hallaron papagayos de

los grandes, colorados, que arriba dijimos llamarse guacamayos, que son

como gallos, aunque no tienen las piernas grandes, y dice el Almirante

que hallaron miel y cera. Esta no creo que fuese de la misma isla,

porque nunca, que yo sepa, se halló miel ni cera que en isla, sino en

tierra firme, se criase; hallaron aparejo para hacer caçabí y cerca las

labranzas. Dánse todos prisa, los indios que llevaba desta isla y los

cristianos, á hacer pan; entretanto envió el Almirante 40 hombres que

entrasen en la tierra á especularla, y tornaron otro dia con 10 mujeres

y tres muchachos; la una era la señora del pueblo, y, por ventura,

de toda la isla, que cuando la tomó un canario que el Almirante allí

llevaba, corria tanto, que no parecia sino un gamo, la cual, viendo

que la alcanzaba, vuelve á él como un perro rabiando y abrázalo y dá

con él en el suelo, y, si no acudieran cristianos, lo ahogara. Creyó

el Almirante que estas mujeres debian tener las costumbres que se

cuentan de las Amazonas, por cosas que dice que allí vido y supo, las

indias preguntadas; estuvo en esta isla de Guadalupe nueve dias, en

los cuales hicieron mucho pan caçabí, é proveyéronse de agua y leña, y

por dejar no tan agraviados los vecinos de la isla, porque, diz que,

aquella isla estaba en el paso, envió las mujeres á tierra, con algunas

cosillas de Castilla, de dádivas, sino sola la señora y una hija suya

que, dijo el Almirante, habia quedado de su voluntad; esta voluntad

sabe Dios que tal sería y qué consolados y satisfechos quedarian los

vecinos, llevándoles sus enemigos á su señora. Finalmente, hizo vela el

Almirante, de aquella isla, miércoles, á 20 dias de Abril, é comienza

á seguir su camino, segun le daban lugar los vientos contrarios; fué

mucho camino por 22°, más y ménos, segun el viento lugar le daba,

no cognosciendo aún la cualidad del aquel viaje, porque como cuasi

siempre todo el año corran por estas mares vientos brisas, y boreales

y levantes, para huir dellos conviene meterse los navíos en 30° y

más, donde se hallan los tiempos frescos y fríos, y así navegan por

su propio camino hasta dar en las islas de los Azores las naos: esta

navegacion no pudo fácilmente y luego en aquellos tiempos alcanzarse,

la cual solamente la experiencia ha mostrado, así que, por esta falta

hízosele más largo al Almirante su viaje, y, como iban mucha gente,

padecieron última necesidad, de hambre, de manera que pensaron perecer.

Vieron la isla de Santiago, una de los Azores, no la debian de poder

tomar, segun creo; finalmente, plugo á Dios de darles la tierra,

habiendo habido diferentes pareceres de los pilotos, donde estaban,

el Almirante afirmando que se hallaba cerca del cabo de Sant Vicente,

y así fué como él lo certificaba. Llegó y surgió en la bahía de Cáliz

á 11 de Junio, por manera que tardó en el viaje tres meses menos un

dia; halló en Cáliz tres navíos, ó dos carabelas y una nao, para

partir, cargados de bastimentos, trigo, vino, tocinos y carne salada,

habas y garbanzos, y otros cosas que los Reyes habian mandado cargar y

enviar para mantenimiento de la gente que en esta isla estaba. Vistas

las cartas y despachos que los Reyes enviaban al Almirante, proveyó

y escribió largo todo lo que convenia hacer allá, á D. Bartolomé

Colon, su hermano, con un Peralonso Niño, Maestre y Capitan de las

dos carabelas y nao; y, dados los despachos, partiéronse cuatro dias

despues quel Almirante á Cáliz habia llegado.

CAPÍTULO CXII.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 9 / 40 段