Anduvo el Almirante por gran parte de toda la isla, haciendo guerra

cruel á todos los Reyes y pueblos que no le venian á obedecer,

nueve ó diez meses, como él mismo, en cartas diversas que escribió

á los Reyes y á otras personas, dice. En los cuales dias ó meses,

grandísimos estragos ó matanzas de gentes y despoblaciones de pueblos

se hicieron, en especial en el reino de Caonabo, por ser sus hermanos

tan valientes, y porque todos los indios probaron todas sus fuerzas

para ver si pudieran echar de sus tierras á gente tan nociva y cruel,

y que totalmente vian que, sin causa ni razon alguna, y sin haberlos

ofendido, que los despojaban de sus reinos y tierras, y libertad, y de

sus mujeres y hijos, y de sus vidas y natural ser; pero como se viesen

cada dia tan cruel é inhumanamente perecer, alcanzados tan fácilmente

con los caballos y alanceados en un credo tantos, hechos pedazos con

las espadas, cortados por medio, comidos y desgarrados de los perros,

quemados muchos dellos vivos y padecer todas maneras exquisitas de

inmisericordia é impiedad, acordaron muchas provincias, mayormente las

que estaban en la Vega Real, donde reinaba Guarionex, y la Maguana,

donde señoreaba Caonabo, que eran de los principales reinos y Reyes

desta isla, como se ha dicho, de sufrir su infelice suerte, poniéndose

en manos de sus enemigos á que hiciesen dellos lo que quisiesen, con

que del todo no los extirpasen como quien no podia más; quedando muchas

gentes de muchas partes y provincias de la isla huidos por los montes,

y otras que áun los cristianos no habian tenido tiempo de llegar á

ellas y las sojuzgar. Desta manera (como el Almirante mismo escribió

á los Reyes), allanada la gente de la isla, la cual, dice, que era

sin número, con fuerza y con maña, hobo la obediencia de todos los

pueblos en nombre de Sus Altezas y como su Visorey, é obligacion de

como pagarian tributo cada Rey ó Cacique, en la tierra que poseia,

de lo que en ella habia; y se cogió el dicho tributo hasta el año

de 1496. Estas todas son palabras del Almirante. Bien creo que los

prudentes y doctos lectores cognoscerán aquí, cuan justamente fueron

impuestos estos tributos, y cuan válidos de derecho, y como los eran

los indios obligados á pagar, pues con tantas violencias, fuerzas y

miedos, y precediendo tantas muertes y estragos, y disminucion de

sus estados, de sus personas, mujeres y hijos, y libertad de todo

su ser, y aniquilacion de su nacion, les fueron impuestos y ellos

concedieron á los pagar. Impuso el Almirante á todos los vecinos de

la provincia de Cibao y á los de la Vega Real, y á todos los cercanos

á las minas, todos los de catorce años arriba, de tres en tres meses

un cascabel de los de Flandes, digo lo hueco de un cascabel, lleno de

oro, y sólo el rey Manicao ex daba cada mes una media calabaza de oro,

llena, que pesaba tres marcos, que montan y valen 150 pesos de oro, ó

castellanos; toda la otra gente no vecina de las minas, contribuyese

con una arroba de algodon cada persona. Carga, cierto, y exaccion

irracional, dificilísima, imposible é intolerable, no sólo para gente

tan delicada y no usada á trabajos grandes, y cuidados tan importunos,

y tan libre, y á quien no debia nada, y que se habia de traer y ganar

por amor y mansedumbre, y dulzura, y blanda conversacion, á la fe y

religion cristiana, pero áun para crueles turcos y moros, y que fueran

los hugnos ó los vándalos que nos hobieran despojado de nuestros

reinos y tierras, y destruido nuestras vidas, les fuera onerosísimo é

imposible, y en sí ello irracionable y abominable. Ordenóse despues

de hacer una cierta moneda de cobre ó de laton en la cual se hiciese

una señal, y esta se mudase á cada tributo, para que cada indio de los

tributarios la trajese al cuello, porque se cognosciese quién la habia

pagado y quién no; por manera que, el que no la trajese habia de ser

castigado, aunque, diz que, moderadamente, por no haber pagado el

tributo. Pero esta invencion que parece asemejarse á la que hizo, en

tiempo de nuestro Redentor, Octaviano Augusto, no pasó adelante, por

las novedades y turbaciones que luego sucedieron, con que, para mostrar

Dios haber sido deservido con tan intempestivas imposiciones, todo lo

barajó, y así las deshizo; y es aquí de saber, que los indios desta

isla no tenian industria ni artificio alguno para coger el oro, en los

rios y tierra que lo habia, porque no cogian ni tenian en su poder

más de lo que en las veras ó riberas de los arroyos ó rios, echando

agua con las manos juntas y abiertas, de entre la tierra y cascajo,

como acaso, se descubria, y esto era muy poquito, como unas hojitas ó

granitos menudos, y granos más grandes que topaban, cuando acaecia; por

lo cual, obligarlos á dar cada tres meses un cascabel de oro, lleno,

que cabria por lo poco tres y cuatro pesos de oro, que valia y vale

hoy cada peso 450 maravedís, érales de todo punto imposible, porque

ni en seis ni en ocho meses, y hartas veces en un año, por faltarles

la industria, no lo cogian, ni por manera alguna cogerlo ni allegarlo

podian Por esta razon el rey Guarionex, señor de la gran vega, dijo

muchas veces al Almirante, que si queria que hiciese un conuco, que

era labranza de pan, para el Rey de Castilla, tan grande que durase ó

llegase desde la Isabela hasta Sancto Domingo, que es de mar á mar, y

hay de camino, buenas, 55 leguas, (y esto era tanto, que se mantuviera,

cuanto al pan, diez años toda Castilla), que él la haría con su gente,

con que no le pidiese oro porque sus vasallos cogerlo no sabian. Pero

el Almirante, con el gran deseo que tenia de dar provecho á los reyes

de Castilla para recompensar los grandes gastos que hasta entónces

habian hecho y hacian, y eran menester cada dia hacerse en este negocio

de las Indias, y por refrenar los murmuradores y personas que estaban

cercanos á los Reyes, y que siempre desfavorecieron este negocio, que

disuadian á Sus Altezas que no gastasen, porque era todo mal empleado

y perdido, y que no habian de sacar fruto dello, y finalmente, daban

al negocio cuantos disfavores y desvíos podian, no creo sino que con

buena intencion, aunque, á lo que siento, con harto poco celo y sin

consideracion de lo que los Reyes, aunque no sacaran provecho alguno,

á la conversion y salud de aquellas ánimas, como católicos, debian,

querer cumplir el Almirante con esto temporal, y como hombre extranjero

y sólo (como él decia, desfavorecido), y que no parecia depender todo

su favor sino de las riquezas que á los Reyes destas tierras les

proviniesen, juntamente con su gran ceguedad é ignorancia del derecho

que tuvo, creyendo que por sólo haberlas descubierto y los reyes de

Castilla enviarlo á los traer á la fe y religion cristiana, eran

privados de su libertad todos, y los Reyes y señores de sus dignidades

y señoríos, y pudiera hacer dellos como si fueran venados ó novillos en

dehesas valdías, como, y muy peor, lo hizo, le causó darse más prisa y

exceder en la desórden que tuvo que quizá tuviera; porque, ciertamente,

él era cristiano y virtuoso, y de muy buenos deseos, segun dél, los que

amaban la verdad ó no tenian pasion ó aficion á sus propios juicios,

cognoscian, así que no curaba de lo que Guarionex le importunaba y de

las labranzas que ofrecia, sino del cascabel de oro que impuesto habia.

Despues, cognosciendo el Almirante que los más de los indios, en la

verdad, no lo podian cumplir, acordó de partir por medio el cascabel,

y que aquella mitad llena diesen por tributo; algunos lo cumplian, y

á otros no les era posible, y así, cayendo en más triste vida, unos

se iban á los montes, otros, no cesando las violencias y agravios

é injurias en ellos de los cristianos, mataban algun cristiano por

especiales daños y tormentos que recibian, contra los cuales luego

se procedia á la venganza que los cristianos llaman castigo, con el

cual, no sólo los matadores, pero cuantos podian haber en aquel pueblo

ó provincia, con muertes y con tormentos se punian, no considerando

la justicia y razon natural humana y divina, con cuya auctoridad lo

hacian.

CAPÍTULO CVI.

Viendo los indios cada dia crecer sus no pensadas otras tales,

calamidades, y que hacian fortalezas ó casas de tapias y edificios y no

algunos navíos en el puerto de la Isabela, sino ya comidos y perdidos,

cayó en ellos profundísima tristeza, y nunca hacian sino preguntar

si pensaban en algun tiempo tornarse á su tierra. Consideraban que

ninguna esperanza de libertad ni de blandura, ni remision, ni remedio

de sus angustias, ni quien se doliese dellos, tenian, y como ya habian

experimentado que los cristianos eran tan grandes comedores, y que solo

habian venido de sus tierras á comer, y que ninguno era para cavar y

trabajar por sus manos en la tierra, y que muchos estaban enfermos

y que les faltaban los bastimentos de Castilla, determinaron muchos

pueblos dellos de ayudarlos con un ardid ó aviso, ó para que muriesen

ó se fuesen todos, como sabian que muchos se habian muerto y muchos

ido; no cognosciendo la propiedad de los españoles, los cuales, cuanto

más hambrientos tanto mayor teson tienen, y más duros son de sufrir

y para sufrir. El aviso fué aqueste (aunque les salió al revés de lo

que pensaron), conviene á saber, no sembrar ni hacer labranzas de su

conuco, para que no se cogiese fruto alguno en la tierra, y ellos

recogerse á los montes donde hay ciertas y muchas y buenas raíces,

que se llaman guayaros, buenas de comer, y nascen sin sembrarlas, y

con la caza de las hutias ó conejos de que estaban los montes y los

llanos llenos, pasar como quiera su desventurada vida. Aprovechóles

poco su ardid, porque, aunque los cristianos, de hambre terrible y de

andar á montear y perseguir los tristes indios padecieron grandísimos

trabajos y peligros, pero ni se fueron, ni se murieron, aunque algunos

morian por las dichas causas, ántes, toda la miseria y calamidad hobo

de caer sobre los mismos indios, porque, como anduviesen tan corridos

y perseguidos con sus mujeres é hijos á cuestas, cansados, molidos,

hambrientos, no se les dando lugar para cazar, ó pescar, ó buscar su

pobre comida, y por las humidades de los montes y de los rios, donde

siempre andaban huidos, y se escondian, vino sobre ellos tanta de

enfermedad, muerte y miseria, de que murieron infelicemente de padres

y madres y hijos, infinitos. Por manera, que, con las matanzas de las

guerras, y por las hambres y enfermedades que procedieron por causa

de aquellas, y de las fatigas y opresiones que despues sucedieron, y

miserias, y sobre todo mucho dolor intrínseco, angustia y tristeza,

no quedaron de las multitudes que en esta isla, de gentes, habia,

desde el año de 94 hasta el de 6, segun se creia, la tercera parte de

todas ellas. ¡Buena vendimia, y hecha harto bien apriesa! Ayudó mucho

á esta despoblacion y perdicion, querer pagar los sueldos de la gente

que aquí los ganaba, y pagar los mantenimientos y otras mercadurías

traidas de Castilla, con dar de los indios por esclavos, por no pedir

las costas y gastos; y tantos gastos y costas, á los Reyes, lo cual el

Almirante mucho procuraba, por la razon susodicha, conviene á saber,

por verse desfavorecido y porque no tuviesen tanto lugar los que

desfavorecian este negocio de las Indias ante los Reyes, diciendo que

gastaban y no adquirian: pero debiera más pesar el cumplimiento de la

ley de Jesucristo, que el disfavor de los Reyes; mas la justicia contra

tanta injuria y sinjusticia; mas la caridad y amor de los prójimos,

que enviar á los Reyes dineros; mas el fin, que era la prosperidad y

crecimiento temporal, y la conversion y salvacion espiritual destas

gentes, para la consecucion del cual se ordenaba el descubrimiento que

hizo destas Indias, y la vuelta suya á ellas, y todo lo demas, que

todos eran medios, que hacer por fuerza y violentamente y con tantas

matanzas y perdicion de ánimas y de cuerpos, y con tanta ignominia del

nombre cristiano, que diesen, los que eran Reyes y señores naturales y

todos sus súbditos, la obediencia y subyeccion y tributos al Rey, que

nunca ofendieron, ni vieron, ni oyeron, ni le eran obligados por razon

alguna jurídica á lo hacer, pues los infestaban sin causa, estando

seguros en sus tierras, y sin darles razon por qué, y probársela, cosa

tan dura y tan nueva y con tanta violencia é imperio durísimo, les

pedian. Y puesto que se sacaron y enviaron muchos indios por esclavos

á Castilla para lo susodicho, y sin voluntad de los Reyes, sin alguna

duda, como abajo se mostrará, pero si nuestro Señor no ocurriera y á la

mano fuera al Almirante, con las adversidades que luego le sucedieron

(que se contarán, si Dios quisiere), para comenzar á mostrar ser

injusto é inícuo cuanto contra estas inocentes gentes, vidas y estados

y ser, se hacia, por esta sola vía de hacer esclavos para suplir las

necesidades dichas, y relevar los Reyes de tantos gastos, en muy más

breves dias se despoblara y consumiera la más de la gente desta isla,

de la que restaba de la vendimia. Bien podria cualquiera que sea

cuerdo, y mayormente si fuere medianamente letrado, cognoscer y juzgar

como los tales indios padecian injusto captiverio, y uno ni ninguno no

ser esclavo justamente, pues todas las guerras que se les hacian eran

injustísimas, condenadas por toda ley humana, natural y divina.

CAPÍTULO CVII.

Antes que tratemos de la materia de los capítulos siguientes, dos

cosas quiero aquí referir, que debemos, cierto, á mí juicio, muy bien

de notar. La una es, que como ántes que el Almirante volviese de

descubrir, el cual, llegó á la Isabela, como arriba se dijo, á 29 dias

de Setiembre del año de 94, se fueron á Castilla en los tres navíos

en que habia venido don Bartolomé Colon, hermano del Almirante, aquel

padre fray Buil y Mosen Pedro Margarite, y otros principales, estos

tales fueron los que informaron y, con sus relaciones, atibiaron á

los Reyes en la esperanza que tenian de las riquezas destas Indias,

diciendo que era burla, que no era nada el oro que habia en esta

isla, y que los gastos que Sus Altezas hacian eran grandes, nunca

recompensables, y otras muchas cosas en deshacimiento del negocio y del

crédito que los Reyes tenian del Almirante, porque luego, en llegando,

no se habian vuelto cargados de oro en los navíos en que habian venido;

no considerando que el oro no estaba ya sacado y puesto en las arcas,

ó era fruta que habian de coger de los árboles (como se queja y con

razon el Almirante), sino en minas y debajo de la tierra, y que nunca

en parte del mundo, plata ni oro, ni otro metal, se sacó sin grande

trabajo, sino fuese á sus dueños de sus arcas robado. Para testimonio

de lo haber, bastaba y sobrebastaba las grandes muestras de oro que

el primer viaje habia el Almirante llevado, y lo que con Antonio de

Torres, cogido de las minas por propias manos de los cristianos y de

lo que le dió Guacanagarí cuando tornó, habia enviado. Y ántes que

fuese á descubrir, que fué á 24 de Abril del año de 94, como arriba

queda dicho en el cap. 94, habiendo llegado á donde dispuso hacer la

poblacion que llamó la Isabela, por el mes de Diciembre, año de 93,

por manera, que no estuvo el Almirante en esta isla, estando presentes

el padre fray Buil y Mosen Pedro y los demas que se fueron ántes que

él volviese de descubrir, sino cuatro meses ó pocos dias más, ¿qué

pudo el Almirante hacer de malos tratamientos á los españoles, y qué

mala gobernacion pudo tener para que aquellos que así se fueron,

y á los Reyes informaron, fuesen causa de que la fortuna y estado

del Almirante, tan presto, y tan recientes y frescos sus grandes é

incomparables servicios, diese la vuelta y á declinar comenzase? Pero

cierto, si consideramos la providencia del muy Alto, que sabe las cosas

futuras mucho ántes, y que á todas provee su reguardo, poco hay de

que maravillarnos. Parece que en los cuatro navíos que trujo Antonio

de Torres, y en que tornó á Castilla y llevó 500 indios, injustamente

hechos esclavos, como se dijo, debieran de ir muchas más quejas contra

el Almirante y sus hermanos de los agravios que decian que hacia á los

españoles, lo cual ayudaria y moveria con mas eficacia á los Reyes para

lo que luego se dirá. La segunda cosa digna de notar es esta: que en

el mismo tiempo que el Almirante salia y salió á hacer en los indios,

contra toda justicia y verdad los grandes estragos, se le urdia en

Castilla la primera sofrenada y el primero, harto amargo, tártago.

Él salió de la Isabela en 24 de Marzo del año de 495, segun parece

arriba en el cap. 104, y en aquel mismo mes y año, estaban los Reyes

(porque escrito está: _Cor regis in manu domini_, etc.), despachando

á un repostero suyo de camas, que se llamó Juan Aguado, natural de

Sevilla, ó al ménos allí despues avecindado, enviado sin jurisdiccion

alguna, sino cuasi por espía y escudriñador de todo lo que pasaba, con

cartas de gran crédito para todos los que aquí estaban. Este comenzó á

aguar todos los placeres y prosperidad del Almirante, por manera, que

cuando el Almirante iba á ofender á Dios en las guerras injustas que

contra los indios mover queria, y así las movió, por las cuales tantas

gentes mató y echó á los infiernos, habiendo venido para convertirlos,

en aquellos mismos dias le ordenaba el comienzo de su castigo; y

desta manera lo provee y ordena Dios con todos los hombres, y por eso

todos, en no ofenderle, debemos estar muy sobre aviso, y deberíamos

suplicarle íntimamente que nos dé á cognoscer por qué pecados contra

nos se indigna, porque, cognosciéndolo, sin duda nos enmendariamos más

aína, pero cuando Dios nos azota y aflige y el por qué no lo sentimos,

verdaderamente mucho mayor y más cierto es nuestro peligro. Tornando

al propósito de nuestra historia, los Reyes mandaron aparejar cuatro

navíos y cargarlos de bastimentos y cosas que el Almirante habia

escrito, para la gente que ganaba su sueldo en esta isla, y ordenaron

que el dicho Juan Aguado, su repostero, fuese por Capitan dellos;

diéronle sus provisiones é instruccion de lo que habia de hacer,

y, para todos los que acá estaban, le dieron la siguiente carta de

creencia:

«El Rey é la Reina.—Caballeros y escuderos y otras personas que por

nuestro mandado estais en las Indias, allá vos enviamos á Juan Aguado,

nuestro repostero, el cual, de nuestra parte, vos hablará. Nos vos

mandamos que le dedes fe y creencia. De Madrid á nueve de Abril de mil

cuatro cientos noventa y cinco años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por

mandado del Rey é de la Reina, nuestros Señores, Hernandalvarez.»

Llegó Juan Aguado á la Isabela por el mes de Octubre del dicho año de

1495, estando el Almirante haciendo guerra á los hermanos y gente del

Caonabo, en la provincia de la Maguana, que era su reino y tierra,

donde agora está poblada, y siempre despues lo estuvo, una villa de

españoles que se llamaba Sant Juan de la Maguana; el cual mostró,

por palabras y actos exteriores de su persona, traer de los Reyes

muchos poderes y autoridad mayor de la que le dieron, y con esto se

entremetía en cosas de jurisdiccion que no tenia, como prender á

algunas personas de la mar, de las que habian con él venido, y en

reprender los oficiales del Almirante, mayormente haciendo muy poca

cuenta y teniendo poca reverencia, á D. Bartolomé Colon, que habia

dejado por Gobernador el Almirante, por su ausencia, como despues yo

vide, con muchos testigos, probado. Quiso ir luego el dicho Juan Aguado

en busca del Almirante, y tomó cierta gente de pié y de caballo. Díjose

que por los caminos y pueblos de los indios, él, ó los que con él iban,

echaban fama que era venido otro nuevo Almirante que habia de matar

al viejo que acá estaba, y como los señores y gentes desta isla, en

especial las de la comarca de la Isabela y de la Vega Real, y todos

los vecinos y gentes de las minas, estaban agraviados y atribulados

con las matanzas que en ellos habia hecho el Almirante, y los tributos

del oro que les habia puesto, que como no tenian industria de cogerlo

y ello se coge, donde quiera que está, con grandes trabajos, les era

intolerable, bien creo que de la venida del nuevo Almirante se gozaban;

porque apetito es comun de todos los que son pobres, y de los que

padecen adversidades y servidumbre injusta, y más de los que están

muy opresos y tiranizados, querer ver cada dia novedades, la razon es

porque les parece, por el apetito natural y ansía que tienen salir de

sus trabajos, que es más cierta la esperanza de que han de ser, poco

que mucho, relevados, que el temor de que vernán con la novedad á más

trabajoso estado. Por esta causa se hicieron algunos ayuntamientos

de gentes de unos Caciques y señores con otros, en especial en casa

de un gran señor que se llamó Manicaotex, que yo bien conocí y por

muchos años, que señoreaba la tierra cerca del gran rio de Yaquí, tres

leguas ó poco más de donde se fundó la fortaleza y ciudad, que despues

diremos, de la Concepcion, donde trataban del Almirante viejo que los

habia con tantos daños subiectado y atributado, y del nuevo, de quien

esperaban ser aliviados; pero engañados estaban, porque cualquiera que

fuera, y todos los que despues fueron, segun la ceguedad que Dios por

nuestros pecados y los suyos en esta materia permitió, no librarlos ni

darles lugar para resollar, sino añidirles tormentos á sus males y á su

trabajosa y calamitosa vida (vida infernal siempre, hasta consumirlos

á todos) procuraron. En este año de 1495, pidieron algunos marineros

y otras personas, vecinos de Sevilla, licencia á los Reyes para poder

venir á descubrir á estas Indias, islas y tierra firme que estuviesen

descubiertas, la cual concedieron los Reyes con ciertas condiciones:

La primera, que todos los navíos que hobiesen de ir á descubrir se

presentasen ante los oficiales del Rey, que para ello estaban puestos

en la ciudad y puerto de Cáliz, para que de allí vayan una ó dos

personas por veedores; la segunda, que habian de llevar la décima parte

de las toneladas con cargazon de los Reyes, sin que se les pagase por

ello cosa alguna; la tercera, que aquello lo descargasen en la isla

Española; la cuarta, que de todo lo que hallasen, diesen á los Reyes

la décima parte cuando volviesen á Cáliz; la quinta, que habian de dar

fianzas que así lo cumplirian todo; la sexta, que con cada siete navíos

pudiese el Almirante cargar uno para sí para rescatar, como los otros

que á ello fuesen, por la contratacion y merced hecha al Almirante que

en cada navío pudiese cargar la octava parte. En esta provision tambien

se contenia, que quien quisiese llevar mantenimientos á vender á los

cristianos que estaban en esta isla Española, y en otras partes que

estuviesen, los vendiesen francos de todo derecho, etc. Fué hecha en

Madrid de diez dias de Abril de mil y cuatrocientos y noventa y cinco

años.

CAPÍTULO CVIII.

Sabido por el Almirante la venida de Juan Aguado, determinó de volverse

á la Isabela, y no creo que anduvo mucho camino para ir donde estaba

el Almirante, Juan Aguado. Despues de llegado dióle las cartas que

le traia de los Reyes, y, para que presentase la creencia y otras

cartas de los Reyes que traia, mandó el Almirante juntar toda la gente

española que en la Villa habia y tocar las trompetas, porque con

toda solemnidad, cuanta fué por entónces posible, la Cédula Real de

su creencia, delante de todos y á todos se notificase. Muchas cosas

pasaron en estos dias y tiempo que Juan Aguado estuvo en esta isla, en

la Isabela, y todas de enojo y pena para el Almirante, porque el Juan

Aguado se entrometía en cosas, con fiucia y color de su creencia, quel

Almirante sentia por grandes agravios; decia y hacia cosas en desacato

del Almirante y de su auctoridad, oficios y privilegios. El Almirante,

con toda modestia y paciencia, lo sufria, y respondia y trataba al

Juan Aguado siempre muy bien, como si fuera un Conde, segun vide de

todo esto, hecha con muchos testigos, probanza. Decia Juan Aguado que

el Almirante no habia obedecido ni recibido las Cédulas y creencia de

los Reyes, con el acatamiento y reverencia debida, sino que, al tiempo

que se presentaban, habia callado, y despues de presentadas, cinco

meses habia, pedia á los escribanos la fe de la presentacion; y de la

poca cuenta quel Almirante habia hecho dellas, y queria llevar los

escribanos á su posada porque le diesen la fe en su presencia. Ellos

no quisieron, sino que les enviase las Cédulas á su posada y que allí

se la darian, él decia que no habia de fiar de nadie las cartas del

Rey, y así, de dia en dia lo disimulaba; al cabo de cinco meses que

se las envió, y dieron la fe y testimonio de como el Almirante las

habia obedecido y reverenciado, como á cartas de sus Reyes y señores,

fuélos á deshonrar con palabras injuriosas, diciendo que habian

mentido y hecho y cometido falsedad, y que ellos serian castigados.

Los escribanos dieron la fe, y despues, con juramento, confirmaron de

nuevo el dicho testimonio y fe que habian dado haber sido verdadero,

y probáronse las injurias que Juan Aguado les habia dicho. Destas y

otras muchas cosas, y de la presuncion y auctoridad que mostraba el

Juan Aguado, y de atreverse al Almirante más de lo que debiera, y de

las palabras y amenazas que le hacia con los Reyes, toda la gente se

remontaba y alteraba, por manera que ya no era el Almirante ni sus

justicias tan acatado y obedecido como de ántes. Toda la gente que en

toda esta isla entónces estaba, increiblemente estaba descontenta, en

especial la que estaba en la Isabela, y, toda la más, por fuerza, por

las hambres y enfermedades que padecian, y no se juraba otro juramento

sino, «así Dios me lleve á Castilla;» no tenian otra cosa que comer

sino la racion que les daban de la alhóndiga del Rey, que era una

escudilla de trigo que lo habian de moler en una atahona de mano (y

muchos lo comian cocido), y una tajada de tocino rancioso ó de queso

podrido, y no se cuantas habas ó garbanzos, vino, como si no lo hobiera

en el mundo; y con esto, como habian venido á sueldo de los Reyes, y

tenia en ello parte el Almirante, mandábalos trabajar, hambrientos

y flacos, y algunos enfermos, en hacer la fortaleza y la casa del

Almirante y otros edificios, por manera que estaban todos angustiados y

atribulados y desesperados, por lo cual se quejaban al Juan Aguado, y

de allí tomaba él ocasion de tener que decir del Almirante y amenazarlo

con los Reyes. La gente sana era la mejor librada cuanto á la comida,

puesto que, á lo que tocaba al ánima, era la más malaventurada, porque

andaban por la isla haciendo guerra y fuerzas, y robando, y todos los

que tomaban á vida hacian esclavos. En este tiempo se perdieron en el

puerto los cuatro navíos que trajo Juan Aguado, con gran tempestad, que

era lo que llamaban los indios en su lengua huracan, y agora todos

las llamamos huracanes, como quien, por la mar y por la tierra, cuasi

todos los habemos experimentado; y porque estoy dudoso si entre los

seis navíos, que arriba en fin del cap. 102 dijimos se perdieron en el

puerto de la Isabela, fueron los cuatro de Juan Aguado, porque se me

ha pasado de la memoria como há ya cincuenta y nueve años, no quiero

afirmar que fuesen otros ó ellos, mas de que, á lo que me parece,

que en los tiempos que yo allá estaba, que fué pocos años despues de

perdidos, platicábamos que dos veces se perdieron navíos en el dicho

puerto, y si así es, como me parece que es así, los postreros que

se perdieron fueron los de Juan Aguado; pero que sea lo uno que sea

lo otro, para tornar á Castilla ningun navío habia, sino solas las

dos carabelas que mandó hacer allí, en el puerto de la Isabela, el

Almirante.

CAPÍTULO CIX.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 8 / 40 段