Llegó á Castilla con sus 12 navíos Antonio de Torres, con muy buen

viaje y breve, porque salió del puerto de la Isabela á 2 de Febrero,

y llegó á Cáliz cuasi entrante ó á los 8 ó 10 de Abril. Recibieron

los Reyes inestimable alegría con la venida de Antonio de Torres, por

saber que el Almirante, con toda la flota, hobiese llegado á esta isla

en salvamento, y más con las cartas y relacion del Almirante, y el

oro que les enviaba, cogido de las mismas minas de Cibao con la gente

que él habia enviado con Hojeda para verlas é descubrirlas, y, por

vista de ojos, experimentar que lo hobiese en la misma tierra y sacado

por mano dellos; y porque ya los Reyes, por ventura, habian mandado

aparejar tres navíos para que fuesen tras el Almirante y su flota, por

el deseo que tenian de saber dél, por el temor, quizá, quel armada que

se decia tener el rey de Portugal no hobiese topado con él, los dichos

tres navíos; llegado Antonio de Torres, mandaron, con muchas cosas de

las que el Almirante pidió por sus cartas, despacharlos. Y en aquestos

creo que vino Bartolomé Colon, porque por entónces no habian venido acá

otros, y eran todos bien contados y deseados cada vez que acá venian,

como se verá. En ellos escribieron los Reyes al Almirante, la presente

carta ó epístola:

«El Rey é la Reina.—D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar

Océano, é nuestro Visorey é Gobernador de las islas nuevamente falladas

en la parte de las Indias: Vimos las cartas que nos enviastes con

Antonio de Torres, con las cuales hobimos mucho placer, y damos muchas

gracias á Nuestro Señor Dios que tan bien lo ha hecho, y en haberos

en todo tan bien guiado. En mucho cargo y servicio vos tenemos lo que

allá habeis fecho, que no puede ser mejor, y asimismo oimos al dicho

Antonio de Torres, y recibimos todo lo que con él nos enviastes y Nos

esperábamos de ver, segun la mucha voluntad y aficion que de vos se

ha cognoscido y cognosce en las cosas de nuestro servicio. Sed cierto

que nos tenemos de vos por mucho servidos y encargados en ello, para

vos hacer mercedes, y honra, y acrecentamiento como vuestros grandes

servicios lo requieren y adeudan; y porque el dicho Antonio de Torres

tardó en venir aquí hasta agora, y no habiamos visto vuestras cartas,

las cuales no nos habia enviado por las traer él á mejor recaudo, y

por la prisa de la partida destos navíos que agora van, los cuales, á

la hora que lo aquí supimos, los mandamos despachar con todo recaudo

de las cosas que de allá enviastes por memorial, que cuanto más

cumplidamente se pudiera facer sin detenerlos, y así se hará y cumplirá

en todo lo otro que trujo á cargo, al tiempo y como él lo dijere.

No há lugar de os responder como quisiéramos, pero cuando él vaya,

placiendo á Dios, vos responderemos y mandaremos proveer en todo ello,

como cumple. Nos habemos habido enojo de las cosas que allá se han

hecho fuera de vuestra voluntad, las cuales mandaremos bien remediar é

castigar. En el primer viaje que para acá se hiciere enviad á Bernal de

Pisa, al cual Nos enviamos á mandar que ponga en obra su venida, y en

el cargo que él llevó entienda en ello la persona que á vos y al padre

fray Buil pareciere, en tanto que de acá se provee, que por la prisa

de la partida de los dichos navíos no se pudo agora proveer en ello,

pero en el primer viaje, si place á Dios, se proveerá de tal persona

cual conviene para el dicho cargo. De Medina del Campo á diez y ocho de

noventa y cuatro años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandado del Rey é

de la Reina, Juan de la Parra.»

Parece por esta carta de los Reyes, que Antonio de Torres debia haber

traido las quejas de Bernal de Pisa, y á esto contradice lo que arriba

en el cap. 90 se dijo, que despues de partido de la Isabela con los

12 navíos, Antonio de Torres, se quiso amotinar, con los cinco que

quedaron, Bernal de Pisa. No tiene concordia ninguna, sino es que él

debia de causar algunas inquietudes y alborotos, estando áun allí

Antonio de Torres, y desto escribió quejas el Almirante á los Reyes,

y, despues de partido Antonio de Torres, pasó adelante en quererse

alzar con los cinco navíos; la razon es, porque no hobo navío alguno

que volviese á Castilla, sino los 12 que volvieron y los cinco que

quedaron. Mandaron los Reyes que, con toda la priesa y diligencia que

posible fuese, se aparejasen cuatro navíos en que tornase Antonio

de Torres, con todas las provisiones y recaudos que el Almirante,

por su memorial, envió á suplicar y pedir á los Reyes, todo lo cual,

hizo muy cumplidamente el Arcediano de Sevilla susodicho, D. Juan de

Fonseca, y fué todo puesto á punto, por manera, que al fin de Agosto

ó en principio de Setiembre, á lo que creo, se hizo Antonio de Torres

con los cuatro navíos á la vela, con el cual escribieron los Reyes al

Almirante la carta siguiente.

«El Rey é la Reina.—D. Cristóbal Colon, Almirante mayor de las islas

de las Indias: Vimos vuestras letras é memoriales que nos enviastes

con Torres, y habemos habido mucho placer de saber todo lo que por

ellas nos escribistes, y damos muchas gracias á Nuestro Señor por todo

ello, porque, con su ayuda, este negocio vuestro será causa que nuestra

sancta fe católica sea mucho más acrecentada. Y una de las principales

cosas porque esto nos ha placido tanto, es, por ser inventada,

principiada y habida por vuestra mano, trabajo é industria, y parécenos

que todo lo que al principio nos dixistes que se podia alcanzar, por

la mayor parte, todo ha salido cierto como si lo hobiérades visto

ántes que nos lo dixérades; esperanza tenemos en Dios, que, en lo

que queda por saber, así se continuará, de que por ello vos quedamos

en mucho cargo para vos facer mercedes, por manera que vos seais muy

bien contento: y, visto todo lo que nos escribistes, como quiera que

asaz largamente decís todas las cosas, de que es mucho gozo y alegría

verlas, pero algo más querriamos que nos escribiésedes, ansí en que

sepamos cuantas islas fasta aquí se han fallado, y, á las que habeis

puesto nombres, qué nombre á cada una, porque aunque nombrais algunas

en vuestras cartas, no son todas, y á las otras, los nombres que les

llaman los indios, y cuanto hay de una á otra, y todo lo que habeis

fallado en cada una dellas, y lo que dicen que hay en ellas, y en lo

que se ha enviado despues que allá fuistes, qué se ha habido, pues ya

es pasado el tiempo que todas las cosas sembradas se han de coger; y

principalmente, deseamos saber todos los tiempos del año qué tales son

allá en cada mes por sí, porque á Nos parece, que, en lo que decís que

hay allá, hay mucha diferencia en los tiempos á los de acá: algunos

quieren decir si en un año hay dos inviernos y dos veranos. Todo nos

lo escribid por nuestro servicio, y enviadnos todos los más halcones

que de allá se pudieren enviar, y de todas las aves que allá hay y se

pudieren haber, porque querríamoslas ver todas; y cuanto á las cosas

que nos enviastes por memorial que se proveyesen y enviasen de acá,

todas las mandamos proveer, como del dicho Torres sabreis y vereis por

lo que él lleva. Querriamos, si os parece, que así para saber de vos y

de toda la gente que allá está, como para que cada dia pudiésedes ser

proveidos de lo que fuese menester, que cada mes viniese una carabela

de allá, y de acá fuese otra, pues que las cosas de Portugal están

asentadas, y los navíos podrán ir y venir seguramente; veldo, y si os

pareciere que se debe hacer, haceldo vos, y escribidnos la manera que

os pareciere, qué se debe enviar de acá. Y en lo que toca á la forma

que allá debeis tener con la gente que allá teneis, bien nos parece lo

que hasta agora habeis principiado, y así lo debeis continuar, dándoles

el más contentamiento que ser pueda, pero no dándoles lugar que excedan

en cosa alguna de las que hobieren de hacer é vos les mandedes de

nuestra parte; y cuanto á la poblacion que hicistes, en aquello no hay

quien pueda dar regla cierta ni enmendar cosa alguna desde acá, porque

allá estariamos presentes, y tomariamos vuestro consejo y parecer en

ello, cuanto más en absencia; por eso á vos lo remitimos. A todas las

otras cosas contenidas en el memorial que trajo el dicho Torres, en

las márgenes dél va respondido lo que convino que vos supiésedes la

respuesta, á aquella vos remitimos; y cuanto á las cosas de Portugal,

acá se tomó cierto asiento con sus Embajadores, que nos parecia que era

más sin inconvenientes, y porque dello seais bien informado largamente,

vos enviamos el treslado de los capítulos que sobre ello se hicieron,

y por eso, aquí no conviene alargar en ello, sino que mandamos y

encargamos que aquello guardeis enteramente, é fagais que por todos sea

guardado, así como en los capítulos se contiene; y en lo de la raya

ó límite que se ha de hacer, porque nos parece cosa muy dificultosa

y de mucho saber y confianza, querriamos, si ser pudiese, que vos os

hallásedes en ello, y la hiciésedes con los otros que por parte del

rey de Portugal en ello han de entender, y si hay mucha dificultad

en vuestra ida á esto, ó podria traer algun inconveniente en lo que

ende estais, ved si vuestro hermano, ó otro alguno teneis ende que lo

sepan, é informadlos muy bien por escripto, y áun por palabra, y por

pintura, y por todas las maneras que mejor pudieran ser informados, é

inviádnoslos acá luego con las primeras carabelas que vinieren, porque

con ellos enviaremos otros de acá para el tiempo que está asentado; y

quier hayais vos de ir á esto, ó nó, escribidnos muy largamente todo lo

que en esto supiéredes y á vos pareciere que se debe hacer para nuestra

informacion y para que todo se provea como cumple á nuestro servicio, y

faced de manera que vuestras cartas y las que habeis de enviar vengan

presto, porque puedan volver á donde se ha de hacer la raya, ántes

que se cumpla el tiempo que tenemos asentado con el rey de Portugal,

como vereis por la capitulacion. De Segovia á diez y seis de Agosto de

noventa y cuatro años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandato del Rey é

de la Reina, Fernandalvarez.»

Lo que en esto despues se hizo no lo pude saber, sólo esto fué

cierto, que ni el Almirante ni su hermano pudieron ir á ello por el

descubrimiento que hizo de Cuba y Jamáica, y enfermedad del Almirante,

y otras adversidades que luego les vinieron, ó porque el tiempo del

asiento era pasado, y áun creo que, principalmente, por lo que se dirá

en los capítulos siguientes.

CAPÍTULO CIV[3]

El Almirante, como cada dia sentia toda la tierra ponerse en armas,

puesto que armas de burla en la verdad, y crecer en aborrecimiento de

los cristianos, no mirando la grande razon y justicia que para ello

los indios tenian, dióse cuanta más priesa pudo para salir al campo

para derramar las gentes y sojuzgar por fuerza de armas la gente de

toda esta isla, como ya digimos; para efecto de lo cual, escogió hasta

200 hombres españoles, los más sanos (porque muchos estaban enfermos

y flacos), hombres de pié y 20 de á caballo, con muchas ballestas y

espingardas, lanzas y espadas, y otra mas terrible y espantable arma

para con los indios, despues de los caballos, y esta fué 20 lebreles

de presa, que luego en soltándolos ó diciéndolos «tómalo,» en una

hora hacian cada uno á cien indios pedazos; porque como toda la gente

desta isla tuviesen costumbre de andar desnudos totalmente, desde lo

alto de la frente hasta lo bajo de los piés, bien se puede fácilmente

juzgar qué y cuales obras podian hacer los lebreles ferocísimos,

provocados y esforzados por los que los echaban y açomaban en cuerpos

desnudos, ó en cueros, y muy delicados: harto mayor efecto, cierto,

que en puercos duros de Carona ó venados. Esta invencion comenzó aquí

escogitada, inventada y rodeada por el diablo, y cundió todas estas

Indias, y acabará cuando no se hallare más tierra en este orbe, ni más

gentes que sojuzgar y destruir, como otras exquisitas invenciones,

gravísimas y dañosísimas á la mayor parte del linaje humano, que aquí

comenzaron y pasaron y cundieron adelante para total destruccion de

estas naciones, como parecerá. Es tambien aquí de notar, que como los

indios anduviesen, como es dicho, desnudos en estas islas y en muchas

partes de tierra firme, y en todas las demas no pase su vestido de una

mantilla delgada de algodon, de vara y media, ó dos cuando más, en

cuadro, y estas sean cuasi en todas las Indias (los pellejos suyos,

digo, y las dichas mantillas), sus armas defensivas, las ballestas de

los cristianos y las espingardas de los tiempos pasados, y más sin

comparacion los arcabuces de agora, son para los indios increiblemente

nocivas; pues de las espadas que cortaban y cortan hoy un indio desnudo

por medio, no hay necesidad que se diga; los caballos, á gentes que

nunca los vieron y que imaginaban ser todo, el hombre y caballo, un

animal, bastaban de miedo enterrarse dentro de los abismos, vivos, y,

por su mal, despues que los cognoscieron, vieron y ven hoy por obra

en sus personas, casas, pueblos y reinos, lo que padecen dellos ó por

ellos temian. Esto es cierto, que solos 10 de caballo, al ménos en

esta isla (y en todas las demas partes destas Indias, si no es en las

altas sierras), bastan para desbaratar y meterlos todos por las lanzas,

100.000 hombres que se junten, contra los cristianos, de guerra, sin

que 100 puedan huir; y esto se pudo bien efectuar en la Vega Real desta

isla, por ser tierra tan llana como una mesa, como arriba en el cap.

90 se dijo. Por manera, que ninguna de nuestras armas podemos contra

los indios mover que no les sea perniciosísima: de las suyas, ofensivas

contra nosotros, no es de hablar, porque, como arriba digimos, son las

más como de juegos de niños.

Teniendo, pues, la gente aparejada y lo demas para la guerra necesario,

el Almirante, llevando consigo á D. Bartolomé Colon, su hermano, y

al Rey Guacanagarí (no pude saber qué gente llevó de guerra, de sus

vasallos), en 24 del mes de Marzo de 1495, salió de la Isabela, y á dos

jornadas pequeñas, que son diez leguas como se dijo, entró en la Vega,

donde la gente se habia juntado mucha, y dijeron que creian habia sobre

100.000 hombres juntos. Partió la gente que llevaba con su hermano,

el Adelantado, y dieron en ellos por dos partes, y soltando las

ballestas y escopetas y los perros bravisimos, y el impetuoso poder

de los de caballo con sus lanzas, y los peones con sus espadas, así

los rompieron como si fueran manada de aves; en los cuales no hicieron

ménos estragos que en un hato de ovejas en su aprisco acorraladas.

Fué grande la multitud de gente que los de á caballo alancearon, y

los demas, perros y espadas hicieron pedazos; todos los que le plugo

tomar á vida, que fué gran multitud, condenaron por esclavos. Y es de

saber que los indios siempre se engañan, señaladamente los que áun no

tienen experiencia de las fuerzas y esfuerzo y armas de los cristianos,

porque, como por sus espías que envian, les traen por cuenta cuantos

son en número los cristianos, que es lo primero que hacen, y les traen

por granos de maíz, que son como garbanzos, contados los cristianos,

y por muchos que sean, no suben ó subian entónces de 200 ó 300, ó

400, cuando más, y caben en el puño esos granos, como ven tan poco

número dellos y de sí mismos son siempre tan innumerables, paréceles

que no es posible que tan pocos puedan prevalescer contra tantos,

pero despues, cuando vienen á las manos, cognoscen cuan con riesgo y

estrago suyo se engañaron. Aquí es de advertir lo que en su Historia

dice D. Hernando Colon en este paso, afeando primero la ida de Mosen

Pedro Margarite, y despues las fuerzas é insultos que hacian en los

indios los cristianos, por estas palabras: «De la ida de Mosen Pedro

Margarite provino que cada uno se fuese entre los indios por do quiso,

robándoles la hacienda, y tomándoles las mujeres, y haciéndoles tales

desaguisados, que se atrevieron los indios á tomar venganza en los que

tomaban solos ó desmandados; por manera que el Cacique de la Magdalena,

llamado Guatiguana, mató 10 cristianos, etc.» Aunque despues, vuelto

el Almirante se hizo gran castigo, y bien que él no se pudo haber,

fueron presos y enviados á Castilla con los cuatro navíos que llevó

Antonio de Torres, más de 500 esclavos y son sus vasallos; asimismo

se hizo castigo por otros seis ó siete, que, por otras partes de la

isla, otros Caciques habian muerto. Y más abajo, dice D. Hernando así:

«Los más cristianos cometian mil excesos, por lo cual los indios les

tenian entrañable ódio, y reusaban de venir á su obediencia, etc.»

Estas son sus formales palabras; y dice más, que despues de vuelto

el Almirante, hizo gran castigo por la muerte de los cristianos, y

por la rebelion que habian hecho. Si confiesa D. Hernando que los

cristianos robaban las haciendas y tomaban las mujeres, y hacian

muchos desaguisados, y otros mil excesos á los indios, y no vian juez

que lo remediase, otro, de ley natural y derecho de las gentes, sino

á sí mismos (cuanto más que esta era defension natural que áun á las

bestias y á las piedras insensibles es conocida, como prueba Brecio

en el libro I, _De consolatione_, prosa 4.ª; y lo pudieron hacer,

aunque recognoscieran por superior al Almirante ó á otro, pues él no

lo remediaba), ¿como el Almirante pudo en ellos hacer castigo? Item,

si áun entónces llegaba el Almirante y no lo habian visto en la isla

sino solos los diez, ó doce, ó quince pueblos que estaban en 18 leguas,

que anduvo cuando fué á ver las minas, ni habia probado á alguno por

razon natural, ni por escriptura auténtica, ni le podia probar que le

eran obligados á obedecer por superior, porque ni podia ni la tenia,

ni tampoco los entendia, ni ellos á él, ¿como iba y fué y pudo ir por

alguna razon divina ó humana á castigar la rebelion que D. Hernando

dice? Los que no son súbditos ¿como pueden ser rebeldes? ¿Podrá decir,

por razon, el rey de Francia á los naturales de Castilla, si, haciendo

fuerzas y robos, insultos y excesos, usurpándoles sus haciendas, y

tomándoles sus mujeres y hijos en sus mismas tierras y casas los

franceses, si volviendo por sí ó por escaparse de quien tantos males

vienen á hacerles, podrá, digo, el rey de Francia, con razon, decir

que los Españoles le son rebeldes? Creo que no confesara esta rebelion

Castilla. Luego, manifiesto es, que el Almirante ignoró en aquel

tiempo, y áun mucho despues, como parecerá, lo que hacer debia, y á

cuanto su poder se extendia, y D. Hernando Colon estuvo bien remoto del

fin, ignorando muy profundamente el derecho humano y divino, al cual

fin, el descubrimiento que su padre en estas tierras hizo, y el estado

y oficio (aunque bien trabajado y bien merecido), que por ella alcanzó,

y la comision y poderes que les Reyes le dieron y todo lo demas, se

ordenaba y habia de ordenar y enderezar, como medios convenientes,

segun arriba en el cap. 93 digimos. Si este fin D. Hernando

cognosciera, y penetrara la justicia y derecho que los indios á

defenderse á sí é á su patria tenian, mayormente experimentando tantos

males é injusticias cada dia, de nueva y extraña gente á quien nunca

ofendieron, ántes quien muchas y buenas obras les debia, y la poca ó

ninguna que los cristianos pudieron tener para entrar por sus tierras y

reinos por aquella vía, ciertamente, mejor mirara y ponderara lo que en

este paso habia de decir, y así, callara lo que incautamente para loa

del Almirante dijo, conviene á saber: «Que dieron los caballos por una

parte y los lebreles por otra, y todos, siguiendo y matando, hicieron

tal estrago, que en breve fué Dios servido tuviesen los nuestros tal

victoria, que, siendo muchos muertos y otros presos y destruidos, etc.»

Cierto, no fué Dios servido de tan execrable injusticia.

CAPÍTULO CV.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 7 / 40 段