Llegado á la Isabela de la manera dicha, estuvo cinco meses malo,

y, al cabo dellos, dióle Nuestro Señor salud, porque áun le quedaba

mucho de hacer por medio dél, y tambien, porque áun, con muchas más

angustias y tribulaciones, habia de ser ejercitado y golpeado, cuando

creyó que de sus tantos y tales trabajos con descanso habia de gozar

y reposar. Dos cosas halló, de que llegó, nuevas, que le causaron

diversas afecciones en su ánimo; la una, que era venido su hermano, D.

Bartolomé Colon, con quien recibió grande alegría, y la otra, que la

tierra estaba toda alborotada, espantada y puesta en horror y odio, y

en armas contra los cristianos, por las violencias y vejaciones y robos

que habian dellos recebido, despues de haberse partido el Almirante

para este descubrimiento de Cuba y de Jamáica; por manera, que se le

aguó bien el alegría que habia recebido con la venida de D. Bartolomé

Colon, su hermano. La causa del alborotamiento y espanto de todas las

gentes de la isla, bien pudiera bastar la justicia é sinjusticia que

habia hecho Hojeda el año pasado, como se contó arriba en el cap.

93, como quiera que, por aquel agravio y prision de los Caciques que

allí se prendieron y trajeron á la Isabela, y que el Almirante queria

justiciar, y que al cabo, con dificultad, por ruego del otro Cacique,

hobo de soltar; pudieran todos los demas reconocer ó adivinar lo

que á todos, el tiempo andando, les podia y habia de venir; por lo

cual, cuanto más prudentes gentes fueran, tanto mayor diligencia y

solicitud, y con mayor título de justicia, pudieran y debieran poner

en no sufrir en sus tierras gente tan feroz, extraña y tan pesada, y

de quien tan malos principios comenzaban á ver, y agravios á recibir,

lo cual era señal harto evidente del perjuicio que á sus reinos y

libertad y vidas se les podia recrecer. Que fuesen gentes sabias y

prudentes, los indios vecinos y moradores de esta isla, parece por

lo que el mismo Almirante dellos testifica en una carta que escribió

á los Reyes, donde dice así: «Porque era de creer, dice él, que esta

gente trabajaria de se volver á su libertad primera, y que bien que

ellos sean desnudos de ropa, que en saber, sin letras, ninguna otra

generacion los alcanza.» Estas son palabras del Almirante. Así que,

como dejase proveidas las personas del Consejo el Almirante, al tiempo

que para el dicho descubrimiento y para hacer lo que de suso en el cap.

94 queda dicho, y á Mosen Pedro Margarite por Capitan general de los

400 hombres, que anduviese por la tierra y sojuzgase las gentes de la

isla; el Almirante partido, fuése á la Vega Real con ella, que está de

la Isabela dos jornadas pequeñas, que son obra de diez leguas; como

estuviese plenísima de innumerables gentes, pueblos y grandes señores

en ella, y la tierra, como en el cap. 90 se dijo, fuese felicísima y

delectabilísima, y la gente sin armas, y de su naturaleza mansísima y

humilde, diéronse muy de rondon á la vida que suelen tener los hombres

ociosos y que hallan materia copiosa y sin resistencia de sensuales

deleites, no teniendo freno de razon ni de ley viva ó muerta que, á

tanta libertad absoluta como gozaban, órden ni límites les pusiese. Y,

porque los indios comunmente no trabajaban ni querian tener más comida

de la que habian, para sí é para sus casas, menester (como la tierra

para sus mantenimientos fuése fertilísima, que, con poco trabajo, donde

quiera, tenian, cuanto al pan cumplido, y cuanto á la carne cabe casa,

como en corral habian las hutias ó conejos, y del pescado llenos los

rios), y uno de los españoles comia más en un dia, que toda la casa de

un vecino en un mes, (¿qué harian cuatrocientos?) porque, no solo se

contentaban ni se contentan tener lo necesario, pero mucho sobrado,

y mucho que echan sin por qué ni para qué á perder, y sobre que los

indios cumpliesen con ellos á su voluntad lo que les pedian, sobraban

amenazas, y no faltaban bofetadas y palos, no solo á la gente comun,

pero tambien á los hombres nobles y principales que llamaban nitaynos,

hasta llegar tambien á poner amenazas y hacer grandes desacatos á los

señores y Reyes; parecióles que aquella gente no habia nacido sino

para comer, y que en su tierra no debian tener mantenimientos, y para

salvar las vidas se vinieron á estas islas para se socorrer, allende

de sentirlos por intolerables, terribles, feroces, crueles y de toda

razon ajenos. Esto fué lo primero porque comenzaron á sentir los indios

la conversacion de los cristianos serles horrible, conviene á saber,

maltratarlos y angustiarlos por comerles y destruirles los bastimentos;

y, porque no para y sosiega el vicio y pecado en sola la comida, porque

con ella, faltando templanza y temor y amor de Dios, se derrueca y

va á parar á los otros sensuales vicios, y más injuriosos, por ende,

lo segundo con que mostraron los cristianos quién eran á los indios,

fué tomarles las mujeres y las hijas por fuerza, sin haber respeto

ni consideracion á persona ni dignidad, ni á estado, ni á vínculo de

matrimonio, ni á especie diversa con que la honestidad se podia violar,

sino sólamente á quien mejor le pareciese, y más parte tuviese de

hermosura: tomábanles tambien los hijos para se servir, y todas las

personas que habian menester, teniéndolas siempre en su casa. Viendo

los indios tantos males, injurias y vejaciones sobre sí, no sufribles,

haciendo tanto buen acogimiento y servicios á los cristianos, y

recibiendo dellos obras de tan mal agradecimiento y galardon, y sobre

todo, los señores y Caciques verse afrentados y menospreciados, y con

doblado dolor y angustia de ver padecer sus súbditos y vasallos tan

desaforados agravios é injusticias, y no los poder remediar; dellos,

se iban y ausentaban, escondiéndose por no ver lo que pasaba; dellos,

disimulaban, porque por la mucha gente cristiana y los caballos, que

era lo principal que les hacia temblar, no se atrevian ni curaban de

resistirles ni ponerse en armas para se vengar; y porque á los que no

andan en el camino de Dios no les han de faltar ocasiones, por el mismo

juicio divino, que son ofendículos en que caigan ó de pecados, porque

un pecado permite Dios que se incurra en pena de otro pecado, ó de

penas corporales ó espirituales, lo cual todo es pena por las ofensas

que se hacen á Dios, y así paguen y áun en esta vida, ó para purgar

en ella los crímines, ó para comenzar á penar lo que se ha de penar

para siempre, en este tiempo comenzó á tener Mosen Pedro Margarite sus

pundonores, y á se desgraciar con los del Consejo, que el Almirante

para gobernar dejó, ó porque no queria ser mandado dellos, ó porque

los queria mandar, ó porque le reprendian lo que hacia y consentia

hacer contra los indios, ó porque se estaba quedo no andando por la

isla señoreándola como el Almirante le habia dejado mandado por su

instruccion. Esta discordia fué causa de otros mayores daños, y de gran

parte, ó de la mayor, de la sedicion y despoblacion de esta isla que

despues se siguió; y porque se habia desmesurado en cartas contra los

que gobernaban, y mostrado quizá otras insolencias y cometido defectos

dignos de reprehension; venidos ciertos navíos de Castilla, que creo

que fueron los tres que trajo el dicho Adelantado, por no esperar al

Almirante, dejó la gente que tenia consigo, que eran los 400 hombres, y

viénese á la Isabela para se embarcar, y, con él, tambien se determinó

de ir el padre fray Buil, que era uno de los del Consejo, y otros

muchos, y ciertos religiosos con ellos. No sé si fueron los que arriba

dije que eran borgoñones, y pudiéralo yo bien saber dellos mismos, pero

no miré entónces en ello; los cuales, llegados á la corte, pusieron en

mucho abatimiento é infamia las cosas destas Indias, publicando que

no habia oro ni cosa de que se pudiese sacar provecho alguno, y que

todo era burla cuanto el Almirante decia. Viéndose la gente sin el

capitan Mosen Pedro, desparciéronse todos entre los indios, entrándose

la tierra dentro de dos en dos y de tres en tres, y no porque fuesen

pocos dejaban de cometer las fuerzas é insultos, é agravios en los

indios que cuando estaban juntos cometian. Viendo los indios crecer

sus agravios, daños é sinjusticias, y que no tenian remedio para los

atajar, comenzaron á tomar por sí la venganza, y hacer justicia los

Reyes y Caciques, cada uno en su tierra y distrito, como les competiese

de derecho natural y de derecho de las gentes, confirmado, cierto, por

el divino, la jurisdiccion; y así, mandaban matar á cuantos cristianos

pudiesen, como á malhechores nocivos á sus vasallos y turbadores de

sus repúblicas. Considere aquí el prudente lector, si aquellos Reyes

y señores, siendo señores, y teniendo verdadera jurisdiccion, como,

sin duda, como dije, por derecho natural y de las gentes, y confirmada

por el divino les competia, hacian lo que debian á buenos y rectos

jueces y señores, mandando hacer justicia de gente que tantos daños,

y afrentas, y fuerzas, y turbaciones les causaban, y de su paz, y

sosiego, y libertad eran usurpadores ¿qué gente, por bárbara ó por

mansa y paciente, ó, por mejor decir, bestial, en el mundo fuera que lo

mismo no hiciera? Así que, por esta razon, un Cacique que se llamaba

Guatiguaná, cuyo pueblo era grande, puesto á la ribera del rio poderoso

Yaquí, que, por ser graciosísimo asiento, hizo el Almirante hacer cerca

ó junto dél una fortaleza que llamó la Magdalena, y estaba 10 ó 12

leguas de donde fué y es agora asentada la villa de Santiago, mandó

matar diez cristianos que pudo haber y envió secretamente á poner fuego

á una casa de paja donde habia ciertos enfermos. En otras partes de la

isla mandaron matar otros Caciques hasta seis ó siete cristianos que

se habian derramado, por los robos y fuerzas que les hacian. Por estas

obras excesivas, y tan contra razon natural y derecho de las gentes,

(que naturalmente dicta á todos que vivan en paz, y á poseer sin daño

ni turbacion sus tierras y casas, y haciendas suyas, pocas ó muchas,

y que nadie les haga fuerza, injuria, ni otro algun mal), que hacian

los cristianos á los vecinos naturales desta isla en cualquiera parte

que estaban, ó por donde quiera que andaban; derramáronse por todos

los reinos, provincias, lugares y rincones desta isla tan horribles y

espantosas nuevas de la severidad y aspereza, iniquidad, inquietud é

injusticia de aquella gente recien venida, que se llamaban cristianos,

que toda la multitud de la gente comun temblaba, y sin verlos los

aborrecia y deseaba nunca verlos ni oirlos, mayormente los cuatro

reyes, Guarionex, Caonabo, Vehechio y Higuanamá, con todos los otros

infinitos Reyes ó señores menores que á aquellos seguian y obedecian,

deseaban echarlos desta tierra y por la muerte sacarlos del mundo. Sólo

Guacanagarí, el rey del Marien, donde vino á perder la nao el Almirante

el primer viaje, y dejó la fortaleza y lugar que llamó la Navidad,

nunca hizo cosa penosa á los cristianos, ántes en todo este tiempo tuvo

cien cristianos manteniéndolos en su tierra, como si cada uno fuera su

hijo ó su padre, sufriéndoles sus injusticias ó fealdades, ó porque su

bondad y virtud era incomparable, como parece, por el acogimiento y

obras que hizo el dicho primer viaje al Almirante y á los cristianos, ó

porque quizá era de ánimo flaco y cobarde que no se atrevia á resistir

la ferocidad de los cristianos; pero, cierto, de creer es, que vivia

harto amargo, y que de continuo sus aflicciones y de sus vasallos gemia

y las lloraba.

CAPÍTULO CI.

Tornando á la venida de Bartolomé Colon, hermano del Almirante,

ya digimos, mucho arriba, en el cap. 29, como cuando el Almirante

determinó de buscar un Rey cristiano, que le favoreciese y ayudase

para el descubrimiento que entendia hacer, envió á su hermano,

Bartolomé Colon, que fuese por su parte á proponer su demanda al rey

Enrico, que entónces reinaba en la isla de Inglaterra, el cual, por

los naufragios é infortunios y tribulaciones que le ocurrieron, no

pudo llegar allá sino despues de muchos años; dentro de los cuales,

el Almirante, aunque tambien gastó años muchos estando siete en la

corte, fué acogido, favorecido y despachado de los Reyes Católicos, y

descubrió estas Indias, y despues tornó con los 17 navíos á poblar,

que es del negocio que agora tratamos. Propuesta, pues, su empresa,

Bartolomé Colon ante el rey de Inglaterra, no sabemos qué repulsas ó

contrarios tuvo, ó cuanto tiempo tardó en su despacho, despues que lo

comenzó (puesto que nos vimos en tiempo con D. Bartolomé Colon, que si

nos ocurriera pensar escribir esta Historia lo pudiéramos bien saber),

mas de que al fin el Rey se lo admitió y capituló con él, segun de

ambas partes se concertaron; viniendo, pues, para Castilla en busca de

su hermano, don Cristóbal Colon, que ya era Almirante y él no lo sabia

(porque, cierto, debia el Almirante de tenerlo por muerto, pues en los

siete años no habia sabido dél, ó por sus enfermedades ó porque, por

sus infortunios, no habia todo aquel tiempo podido ir á Inglaterra),

viniendo por París, como ya estuviese tendida la fama de haberse

descubierto este Nuevo Mundo, el mismo rey de Francia Charles ó Cárlos,

el que decian el Cabezudo, le dijo como su hermano habia descubierto

unas grandes tierras que se decian las Indias: y, porque los Reyes

sabian primero las nuevas que otros, pudo haber sido que el mismo rey

de Inglaterra lo debia tambien saber, y no lo quiso decir al dicho

Bartolomé Colon, ó por lo atraer á sí, y él atrajese al Almirante, su

hermano, para su servicio, ó por dar á entender que para aceptar tan

sumo y tan incierto negocio no le faltaba magnanimidad. Besando las

manos, Bartolomé Colon, al rey de Francia por las buenas nuevas que

le plugo dar, el Rey le mandó dar 100 escudos para ayuda á su camino.

Oido que su hermano habia descubierto las tierras que buscaban, dióse

prisa creyendo de lo alcanzar, pero no pudo, porque el Almirante ya

era partido con sus 17 navíos, halló empero una instruccion que le

dejaba el Almirante para si en algun tiempo Bartolomé Colon pareciera.

Vista esta instruccion, partióse de Sevilla para la corte, que estaba

en Valladolid, por el principio del año de 1494, y llevó consigo á

dos hijos que tenia el Almirante, D. Diego Colon, el mayor, y que le

sucedió en el estado y fué el segundo Almirante de las Indias, y á

D. Hernando Colon, hijo menor, para que fuesen á servir al príncipe

D. Juan, de pajes, porque así le habia hecho merced la Reina al

Almirante. Llegado á besar las manos á los Reyes, Bartolomé Colon

con los sobrinos, y ofrecidos todos á su servicio, recibiéronlo los

católicos Reyes con mucha alegría y benignidad; llamáronle luego D.

Bartolomé, y mandaron que fuese á servirles ayudando al Almirante, su

hermano; para lo cual, le mandaron aparejar tres navíos con bastimentos

y recaudo para engrosar las provisiones que habian dado al Almirante,

su hermano; á los niños mandaron los Reyes que sirviesen al príncipe

don Juan, de pajes. Llegó á esta isla Española en 14 dias de Abril

del año de 1494. Así que, convalecido ya el Almirante de su gravísima

enfermedad, y consolado mucho con la venida de su hermano D. Bartolomé

Colon, acordó, como Visorey, pareciéndole tener auctoridad para ello,

de criarlo é investirlo de la dignidad ó oficio real de Adelantado de

las Indias como él lo era Almirante; pero los Reyes, sabido, no lo

aprobaron, dando á entender al Almirante no pertenecer al oficio de

Visorey criar tal dignidad, sino sólo á los Reyes, pero, por hacer á

ambos merced, Sus Altezas, por sus cartas reales, lo intitularon de las

Indias Adelantado, y, hasta que murió, por tal fué tenido y nombrado.

La provision real de la institucion desta dignidad de Adelantado,

concedida por los Reyes al dicho Bartolomé Colon, se hizo en Medina del

Campo, á 22 dias del mes de Julio de 1497 años, el tenor de la cual

quizá ponemos abajo. Era persona de muy buena dispusicion, alto de

cuerpo, aunque no tanto como el Almirante, de buen gesto, puesto que

algo severo, de buenas fuerzas y muy esforzado, muy sabio y prudente

y recatado, y de mucha experiencia, y general en todo negocio; gran

marinero, y creo, por los libros y cartas de marear glosados y notados

de su letra, que debian ser suyos ó del Almirante, que era en aquella

facultad tan docto, que no le hacia el Almirante mucha ventaja. Anduvo

viajes al cabo de Buena Esperanza, cuando luego se descubrió, si no me

olvido, el año de 1485, no sé si sólo él ó en compañía del Almirante;

era muy buen escribano, mejor que el Almirante, porque en mi poder

están muchas cosas de las manos de ambos. Parecíame á mí, cuanto á

la condicion del Adelantado, las veces que le comunicaba, que era de

más recia y seca condicion, y no tanta dulzura y benignidad como el

Almirante. Ayudóse mucho de su consejo y parecer, en las cosas que le

pareció emprender y en los trabajos del campo, el Almirante, y no hacia

cosa sin él, y, por ventura, en las cosas que se imputaron despues al

Almirante de rigor y crueldad, fué el Adelantado la causa; puesto que,

como el Almirante y sus hermanos eran extranjeros y solos, y gobernaban

á gente española, que aunque á sus naturales señores es subyectísima,

pero ménos humilde y paciente y más dura de cerviz para tener sobre sí

superiores de estraña nacion que otra, mayormente hallándose fuera de

sus tierras, donde más muestran su dureza y ferocidad que ninguna, y

por tanto, cualquiera cosa que no fuese á sabor de todos, en especial

de muchos caballeros que con el Almirante habian ido y mucho más de

los oficiales del Rey, que suelen subir con sus pensamientos más que

otros, habia de serles juzgada y tenida por dura y ménos sufrible que

si la hicieran ó ordenaran otros gobernadores de nuestra propia nacion,

y así, quizá parecia al Adelantado convenir, por entónces, usar de

aquellos rigores: cuanto al castigo de los españoles digo; porque, en

los daños que se hicieron á los indios, poco cuidado siempre hobo de

sentir que fuesen daños, y pocas acusaciones les pusieron dello.

CAPÍTULO CII.

En este tiempo de la indispusicion del Almirante, pocos dias despues

de llegado de su descubrimiento de Cuba y Jamáica, vínole á visitar

el rey del Marien, Guacanagarí, mostrando gran pesar de su enfermedad

y trabajos, y dando disculpa de sí, afirmando que él no habia sido

en la muerte de los cristianos, que se habian muerto por mandado de

los otros Reyes y señores, ni de los ayuntamientos de las gentes que

estaban, en la Vega y en las otras partes, de guerra; y que no podia

traer argumento de su buena voluntad y amor que tenia á él y á sus

cristianos, que los tratamientos que les habia mandado hacer en su

tierra, y las obras buenas que de sus vasallos habian recebido siempre,

teniendo á la contina cient cristianos en ella, y siendo proveidos y

servidos de todas las cosas necesarias que ellos tenian, como si fueran

sus propios hijos, y que por esta causa estaba odioso á todos los Reyes

y señores y gentes de la isla, y le trataban y perseguian su persona

y nombre y vasallos como á enemigos, y habia recibido dellos muchos

daños con este título. Y, en tocando en hablar en los 39 cristianos

que quedaron en la fortaleza, en su tierra, cuando el Almirante tornó

con las nuevas del descubrimiento destas tierras á Castilla, lloraba

como si fueran todos sus hijos, excusándose de culpa, y acusándose por

desdichado en no haberlos podido guardar hasta que viniera, que los

hallara vivos. El Almirante le recibia su satisfaccion y cumplia con él

lo mejor que le parecia, y no tenia duda de que no fuese verdad todo, ó

lo más y lo principal de lo que decia; y porque el Almirante determinó

de salir por la isla con la más gente cristiana que pudiese de guerra,

para derramar las gentes ayuntadas y sojuzgar toda la tierra, ofrecióse

á ir con él el rey Guacanagarí é llevar toda la gente suya que

pudiese, para favor y ayuda de los cristianos, y así lo hizo. Es aquí

de notar, para las personas que aman la verdad y justicia, que no son

otras más, sino las que están desnudas de toda pasion, mayormente de

temporal interese, que aunque para bien de los cristianos y para que

pudiesen permanecer en la isla, el rey Guacanagarí les echase cargo

en favorecerles y ayudarlos, y así, parezca en la superficie, á los

que no penetran la razon del negocio, que el dicho Guacanagarí hacia

bien y virtuosamente, pero en la verdad, considerada la obligacion que

de ley natural todos los hombres tienen al bien comun, y libertad, y

conservacion de su patria y estado público della (como parece por la

Ley _Veluti_, párrafo _De justitia et jure_, donde dice que de derecho

de las gentes, y así, por natural razon, la religion se debe á Dios, y

la obediencia á los padres y á la patria, y así es uno de los preceptos

naturales, que somos obligados á guardar, so pena de gravísimo pecado

mortal), este rey Guacanagarí ofendia y violaba mucho la ley natural,

y era traidor y destruidor de su patria y de las de los Reyes de la

isla y de toda su nacion, y pecaba mortalmente ayudando y manteniendo,

favoreciendo y conservando á los cristianos, y por consiguente, todos

los Reyes y señores, y toda la otra gente de aquellos reinos, justa

y lícitamente lo perseguian y tenian justa guerra contra él y contra

su reino, como á capital enemigo suyo y público de todos, traidor

y disipador de su patria y nacion, pues ayudaba, y favorecia, y

conservaba á los hostes ó enemigos públicos de la suya, y de todas las

otras de los otros reinos y repúblicas; gente áspera, dura, fuerte,

extraña, que los inquietaba, turbaba, maltrataba, oprimia, ponia en

dura servidumbre y, al cabo, los consumia, destruia y mataba, y era

cosa probabilísima y certísima, que aquella gente extraña y que tales

obras hacia, y tales indicios de sí en cada parte donde entraban daban,

que, desque más se arraigasen y asentasen en la tierra, todo el estado

de sus repúblicas de todos los reinos desta isla, como finalmente lo

hicieron (segun es ya bien manifiesto), habian de subvertir ó destruir

é asolar, y lo que más es, que su mismo reino, y sus mismos vasallos

y súbditos, como á tal proditor y destruidor de su patria, y de todo

el estado público de su reino, lo podian lícitamente matar, y tenian

justa guerra contra él, y él, si se defendiera, injusta contra ellos

y contra los otros Reyes que por esta causa le persiguieran. Por las

razones dichas, se pone cuestion entre los doctores teólogos, si

Raab, meretriz, pecó mortalmente encubriendo y salvando las espías ó

exploradores de la tierra de promision que habia enviado Josué, y el

ejército de los hijos de Israel, y concluyese que, en la verdad, fué

traidora y destruidora de su patria y ciudad, Hiericó, en encubrir y

salvar los dichos exploradores, y hizo contra el precepto del derecho

natural, siendo obligada por el mismo derecho á entregarlos al Rey

ó al pueblo, y áun matarlos ella, porque por ello merecian bien la

muerte, por las leyes de cada república tácitas ó expresas que, sobre

este caso, por ley natural tiene promulgadas, y pecára mortalmente, si

no concurrieran otras causas que la excusaron; una de las cuales fué,

porque, movida é inspirada por Dios, cognosció clarísimamente que el

Dios de los judíos era omnipotentísimo, y que habia determinado de dar

toda la tierra de los cananeos á los judíos, pueblo suyo, y por esto,

siendo para ello alumbrada, quiso ayudar en ello y no repugnar á la

voluntad de Dios, y tambien, ya que no podia escapar su ciudad toda,

quiso al ménos escaparse á sí é á su casa de la muerte que esperaba

que todos habian de pasar. Esto parece por el mismo texto de la

Escriptura divina, Josué, II; dijo ella: _Novi quod Dominus tradiderit

vobis terram.... Audivimus quod siccaverit Dominus aquas Maris Rubri

ad vestrum introitum ..._ Et infra: _Dominus enim Deus vester ipse

est Deus in cœœœlo sursum et in terra deorsum_, etc. Así que, por lo

dicho, podrán cognoscer los leyentes algo de la justificacion que

podrán tener las obras que los cristianos hicieron en aquellas gentes,

de que estaba plenísima esta isla, que abajo se referirán. En estos

dias envió el Almirante á hacer guerra al Cacique ó rey Guatigana,

porque habia mandado matar los 10 cristianos, en cuya gente hicieron

cruel matanza los cristianos, y él huyó. Tomáronse mucha gente á

vida, de la cual envió á vender á Castilla más de 500 esclavos en los

cuatro navíos que trujo Antonio de Torres, y se partió con ellos para

Castilla, en 24 de Febrero de 1495. Hobo esta determinacion entre los

españoles, dende adelante, la cual guardaban por ley inviolable, que

por cada cristiano que matasen los indios hobiesen los cristianos

de matar 100 indios; y pluguiera á Dios que no pasáran de 1.000 los

que, por uno, desbarrigaban y mataban, y sin que alguno matasen, como

despues, inhumanamente, yo vide muchas veces. Por ventura, poco ántes

de lo dicho, fué Alonso de Hojeda, de quien arriba en el cap. 82

hicimos mencion, y, si á Dios pluguiere, haremos adelante más larga;

enviado por el Almirante disimuladamente con nueve cristianos él solo,

á caballo, para visitar de su parte al rey Caonabo, de quien arriba

digimos ser muy gran señor y muy más esforzado que otro alguno de

esta isla, y á rogarle que le fuese á ver á la Isabela, y si pudiese

prenderlo con un ardid que habia pensado. Porque á este Rey ó Cacique

temia más que á otro de la isla el Almirante y los cristianos, porque

tenia nuevas que trabajaba mostrar su valor y estado, en guerras y

fuera dellas, preciándose de que se viese y estimase su magestad y

auctoridad real en obras, y palabras, y gravedad; ayudábale á esto

tener dos ó tres hermanos, muy valientes hombres, y mucha gente que lo

corroboraba, por manera que, por guerra no se pensaba poderlo tan aína

sojuzgar. El ardid fué aqueste: que como los indios llamasen al laton

nuestro, turey, é á los otros metales que habiamos traido de Castilla,

por la grande estima que dello tenian como cosa venida del cielo,

porque llamaban turey al cielo, y ansí hacian joyas dellos, en especial

de laton, llevó el dicho Alonso de Hojeda unos grillos y unas esposas

muy bien hechas, sotiles y delgadas, y muy bruñidas y acicaladas, en

lugar de presente que le enviaba el Almirante, diciéndole que era turey

de Vizcaya, como si dijera cosa muy preciosa venida del cielo, que se

llamaba turey de Vizcaya. Llegado Hojeda á la tierra y pueblo del rey

Caonabo, que se decia la Maguana, y estaria de la Isabela obra de 60

leguas ó 70, apeado de su caballo, y espantados todos los indios de

lo ver, porque al principio pensaban que era hombre y caballo todo un

animal, dijeron á Caonabo que eran venidos allí cristianos que enviaba

el Almirante, Guamiquina de los cristianos, que queria decir, el señor

ó el que era sobre los cristianos, y que le traian un presente de su

parte, que llamaban turey de Vizcaya. Oido que le traian turey alegróse

mucho, mayormente que como tenia nueva de una campana que estaba en

la iglesia de la Isabela, y le decian los indios que la habian visto,

que un turey que tenian los cristianos hablaba, estimando que, cuando

tañían á misa y se allegaban todos los cristianos á la iglesia por el

sonido della, que, porque la entendian, hablaba, y por eso deseábala

mucho ver y porque se la trajesen á su casa la habia algunas veces,

segun se dijo, enviado al Almirante á pedir; así que, holgó que Hojeda

entrase donde él estaba, y dícese que Hojeda se hincó de rodillas y

le besó las manos, y dijo á los compañeros: «hacé todos como yo.»

Hízole entender que le traia turey de Vizcaya, y mostróle los grillos

y esposas muy lucías y como plateadas, y, por señas y algunas palabras

que ya el Hojeda entendia, hízole entender que aquel turey habia venido

del cielo y tenia gran virtud secreta, y que los Guamiquinas ó reyes

de Castilla se ponian aquello por gran joya cuando hacian areytes, que

eran bailes, y festejaban, y suplicóle que fuese al rio á holgares y

á lavarse, que era cosa que mucho usaban (y estaria del pueblo media

legua y más por ventura, y era muy grande y gracioso, llamado Yaquí,

porque nace de una sierra con el otro que digimos arriba, que sale

á _Monte-Christi_, y el Almirante le puso el Rio del Oro), y que

allí se los pondria donde los habia de traer, y que despues vernia

caballero en el caballo, y pareceria ante sus vasallos como los Reyes

ó Guamiquinas de Castilla. Determinó de lo hacer un dia, y fuese, con

algunos criados de su casa y poca gente, al rio, harto descuidado y

sin temor que nueve cristianos ó diez le podian hacer mal, estando en

su tierra, donde tenia tanto poder y vasallos. Despues de se haber

lavado y refrescado, quiso, de muy cudicioso, ver su presente de turey

de Vizcaya y probar su virtud, y así Hojeda hace que se aparten, los

que con él habian venido, un poco, y sube sobre su caballo, y al Rey

pónenle sobre las ancas, y allí échanle los grillos y las esposas, los

cristianos, con gran placer y alegría, y dá una ó dos vueltas cerca

de donde estaban por disimular, y da la vuelta, los nueve cristianos

juntos con él, al camino de la Isabela, como que se paseaban para

volver, y, poco á poco, alejándose, hasta que los indios que lo miraban

de léjos, porque siempre huian de estar cerca del caballo, lo perdieron

de vista; y así le dió cantonada y la burla pasó á las veras. Sacan

los cristianos las espadas y acometen á lo matar, sino calla y está

quedo á que lo aten bien al Hojeda, con buenas cuerdas que llevaban,

y, con toda la prisa que se podrá bien creer, dello por camino, dello

por las montañas, fuera dél, hasta que despues de muchos trabajos,

peligros y hambre, llegaron y lo pusieron en la Isabela, entregándolo

al Almirante. Desta manera, y con esta industria, y por este ardid,

del negro turey de Vizcaya, prendió al gran rey Caonabo, uno de los

cinco principales reyes y señores desta isla, Alonso de Hojeda, segun

era público y notorio, y así se platicaba, y muchas veces, como por

cosa muy cierta lo hablábamos de que yo llegué á esta isla, que fué

seis ó siete años despues desto acaecido. Pudieron pasar otras más ó

ménos particularidades, sin las que yo aquí cuento, ó en otra manera,

que en el rio lo prendiesen y echasen los grillos y esposas, pero al

ménos esto lo escribo como lo sé, y que por cosa cierta teniamos en

aquel tiempo, que el Hojeda lo habia preso y traido á la Isabela con

la dicha industria de los grillos, turey de Vizcaya; D. Hernando dice,

que cuando salió el Almirante á hacer guerra á la gente que estaba

junta en la Vega (de que luego se dirá), lo prendió con otros muchos

señores Caciques, pero yo, por lo dicho y por otras razones que hay, no

lo tengo por cierto; y una es, que no habia de venir Caonabo tan léjos

de su tierra 70 y 80 leguas, y en tierra ajena, de Guarionex, y con

grandes dificultades, á dar guerra á los Españoles, no teniendo bestias

para traer los bastimentos, cosa muy contraria de la costumbre y

posibilidad de los indios, al ménos los destas islas. De otra manera lo

cuenta esto Pedro Mártir en la primera de sus Décadas, que el Almirante

envió á Hojeda, solamente á rogarle que le fuese á ver, y que determinó

de irlo á ver con mucha gente armada, para si pudiera matarlo con todos

los cristianos, y que le amenazaba Hojeda para provocarlo á que lo

fuese á ver, con decirle, que sino tenia amistad con el Almirante, que

por guerra él y los suyos serian muertos y destruidos. Estas no son

palabras que sufriera Caonabo, segun era gran señor y esforzado, y no

habia experimentado las fuerzas y lanzas y espadas de los españoles;

y al cabo dice, Pedro Mártir, que yendo con su gente armado, en el

camino Hojeda le prendió y llevó al Almirante, pero todo esto es imágen

de verdad, por muchas razones, que de lo susodicho pueden sacarse;

lo que platicábamos, el tiempo que digo, era que Caonabo respondió á

Hojeda; «venga él acá y tráigame la campana ó turey que habla, que yo

no tengo de ir allá;» esto concuerda más con la gravedad y auctoridad

de Caonabo. Confírmase lo que yo digo por una cosa notable, que, por

tan cierta como la primera se contaba dél, y es esta: que estando el

rey Caonabo preso con hierros y cadenas en la casa del Almirante, donde

á la entrada della todos le veian, porque no era de muchos aposentos,

y cuando entraba el Almirante, á quien todos acataban y reverenciaban,

y tenia persona muy autorizada (como al principio desta Historia

se dijo), no se movia ni hacia cuenta dél, Caonabo, pero cuando

entraba Hojeda, que tenia chica persona, se levantaba á él y lloraba,

haciéndole gran reverencia, y como algunos españoles le dijesen que

por qué hacía aquello siendo el Almirante Guamiquina y el señor, y

Hojeda súbdito suyo como los otros, respondia, que el Almirante no

habia osado ir á su casa á lo prender sino Hojeda, y por esta causa, á

sólo Hojeda debia él esta reverencia y no al Almirante. Determinó el

Almirante llevarlo á Castilla y con él otros muchos para esclavos que

hinchiesen los navíos, por lo cual envió 80 cristianos hácia Cibao y

á otras provincias, que tomasen por fuerza los que pudiesen, y hallo

en mis memoriales que trajeron 600 indios, y la noche que llegó á la

Isabela esta cabalgada, y teniendo ya embarcado al rey Caonabo en un

navío de los que estaban para partir, en la Isabela, para mostrar Dios

la injusticia de su prision y de todos aquellos inocentes, hizo una tan

deshecha tormenta, que todos los navios que allí estaban con toda la

gente que habia en ellos (salvo los españoles que pudieron escaparse),

y el Rey Caonabo cargado de hierros, se ahogaron y hobieron de perecer;

no supe si habian embarcado aquella noche los 600 indios. Vista por

los hermanos de Caonabo su prision, y consideradas las obras que los

cristianos, en todas las partes donde entraban ó estaban, hacian, y que

los mismos, cuando no se catasen, habian de padecer, juntaron cuanta

gente pudieron y determinaron de hacer á los cristianos guerra, cuan

cruel pudiesen, para librar su hermano y señor, que ya era ahogado,

y echarlos de la tierra y del mundo si pudiesen hacerlo. Perdidos

los navíos, que fué gran angustia y dolor para el Almirante, dispuso

luego de que se hiciesen dos carabelas, la una de las cuales yo vide,

y llamóse la _India_, y él, porque era muy devoto de Sant Francisco,

vistióse de pardo, y yo le vide en Sevilla al tiempo que llegó de acá,

vestido cuasi como fraile de Sant Francisco.

CAPÍTULO CIII.

En el cual se tracta de la llegada á Castilla, con los 12 navíos, de

Antonio de Torres.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 6 / 40 段