Como supo el Almirante por aquel indio, que duraban por aquella costa

tanta infinidad de islas, y que tantos peligros y daños cada hora se le

ofrecian, y tambien que los mantenimientos se le iban acabando, acordó

de dar la vuelta por la Española y visitar la gente, y proseguir la

villa de la Isabela, que dejó al mejor tiempo comenzada y no acabada,

de lo cual tenia noches y dias intenso cuidado; para proveerse de

agua, y de lo que pudiese haber de comida, fuése á una isla de hasta

30 leguas en torno, á la cual habia puesto el Evangelista, y dice el

Almirante, que distaba de la isla de la Dominica, al pié de 700 leguas.

Esta isla del Evangelista creo que es la isla que despues llamamos,

y hoy se llama, la isla de Pinos, que está cuasi frontero Norte-sur

del principio de la Habana, y terná de luengo 20 leguas, porque, por

toda la costa de la mar del Sur de Cuba, no hay isla sino aquella que

sea tan grande, por manera, que poco le quedaba de descubrir del cabo

de Cuba, al Almirante; quedar le habian obra de 35 ó 36 leguas por

navegar hasta el cabo de Cuba. Esto tambien parece, por lo que dice el

Almirante, en la relacion que deste descubrimiento de Cuba envió á los

Reyes, que navegó y descubrió della 333 leguas, y midiendo su viaje

por las reglas de la Astronomía, dice: «que desde el cabo de Cuba que

se ve con la Española, que llamó Fin de Oriente, y por otro nombre

_Alpha et Omega_, navegó hácia el Poniente, de la parte del Austro,

hasta haber pasado el término de diez horas en la esfera, en manera

que, estando él allí, cuando se le ponia el sol á él, se levantaba á

los que vivian en Cáliz, en España, desde á dos horas, y dice que no

pudo haber yerro alguno, porque hobo entónces eclipse de la luna, á

14 de Setiembre, y que él estaba bien apercibido de instrumentos, y

fué muy claro el cielo aquella noche.» Todas estas son sus palabras.

Tornando al propósito, viernes, 13 de Junio, dió la vuelta por la

vía del Sur ó del Austro, por salir de aquella espesura de islas,

y saliendo por una canal que le pareció más honda y desembarazada,

navegando por ella un poco del dia, hallaron la canal cerrada y los

navíos, de islas y tierras, como en un corral, todos cercados; la gente

toda quedó muy turbada y desmayada, viéndose en tanto peligro y con

falta de bastimentos: bien es de creer que su miedo y angustia era muy

grande, y la del Almirante mucho más que doblada. Confortóles á todos

con las mejores palabras que pudo, y con harto trabajo tornaron á salir

por donde entraron, y fueron á parar á la isla del Evangelista, donde

habia reparádose de agua. Miércoles, 25 de Junio, partió della por

la vía del Norueste, por ver unas isletas, que parecian de allí obra

de cinco leguas, y, un poco más adelante, dieron en una mar manchada

de verde y blanco, que parecia todo bajos, aunque habia de hondo dos

brazas; desde á siete leguas, dan consigo en otra mar muy blanca,

que aína les parecia ser toda cuajada; de allí á siete leguas, topan

otra prieta como tinta, en que habia cinco brazas de fondo; por esta

anduvo hasta que se llegó á Cuba. Todas estas diferencias de mar eran

á los marineros grande espanto, como cosas que nunca habian visto ni

experimentado, y por tanto, en cada una temian ser perdidos y anegados.

Salió de Cuba la vía del Leste con vientos escasos, por canales, y

todas llenas de bajos, y, estando escribiendo, como solia, todo lo

que le acaecia en su viaje, á 30 de Junio, encalló su nao, la cual,

no pudiéndola sacar con anclas y cables por popa, sacáronla por proa,

y, por los golpes que dió en el arena, con harto daño; de allí, no

llevando vía ordenada, sino segun los bajos y ranales y tambien el

viento le daban lugar, navegaba todavía por la mar muy blanca, y, sobre

todos aquellos reveses é inconvenientes, cada dia eran visitados al

poner el sol de aguaceros terribles que los fatigaban. Con todo esto

el Almirante andaba muy penado y angustiado; llegóse á la tierra de

Cuba, por donde aquel camino hácia el Oriente habia comenzado, donde

sintieron unos suavísimos olores como los habian sentido de ántes, y,

cierto, estos olores mucho más se sienten y gozan en aquella isla que

en ninguna destas otras, y creíamos que debia haber por ella, como sea

muy montuosa, árboles de estoraque, porque ansí nos parecia olerlos,

cuando en el descubrimiento della andábamos, cuasi todas las mañanas,

y era de los palos ó leña que los indios quemaban. En 7 de Julio,

salió el Almirante á tierra por oir Misa, y estándola oyendo, llegó un

Cacique ó señor viejo, que parecia ser señor de toda aquella tierra ó

provincia, el cual, mirando todos aquellos actos y ceremonias que el

sacerdote hacia, y las señales de adoracion, y reverencia, y humildad

que los cristianos mostraban, viendo dar la paz al Almirante y las

reverencias por los que le servian, y tambien por la auctoridad de

su persona, conoció que debia ser aquel la persona á quien los demas

obedecian, y ofreciéndole una calabaza de las que llaman hibueras por

aquellas islas, que sirven de escudillas, llena de cierta fruta de

la tierra, asentóse cabe el Almirante en coclillas, porque así era

la manera de asentar cuando no tenian los duhos, que eran unas bajas

sillas, y comenzó á hacer este razonamiento: «Tú has venido con gran

poder á estas tierras que nunca tú ántes viste, y, con tu venida, en

todos los pueblos y gentes dellas has puesto gran temor, hágote saber,

que, segun lo que acá sentimos, dos lugares hay en la otra vida donde

van las ánimas de los cuerpos salidas, uno malo y lleno de tinieblas,

guardado para los que turban y hacen mal al linaje de los hombres; otro

lugar es alegre y bueno, donde se han de aposentar los que, miéntras

acá vivieren, aman la paz y quietud de las gentes, y por tanto, si tú

sientes que has de morir, y que á cada uno, segun lo que acá hiciere

acullá le debe de responder el premio, no harás mal ni daño á quien

contra tí mal ó daño no cometiere; y esto que aquí habeis hecho es

muy bueno, porque me parece que es manera de dar gracias á Dios:»

añidió, diz que, tambien como habia estado en la isla Española, y en

la de Jamáica, y que habia ido la isla abajo de Cuba, y que el señor

de aquella parte andaba como sacerdote vestido. Todo esto entendió

el Almirante, segun le pudieron interpretar los indios que desta

isla llevaba, mayormente Diego Colon, que habia llevado y tornado de

Castilla. Maravillado el Almirante de tan prudente oracion del indio

viejo, más alta, cierto, que la pudiera orar un filósofo gentil, sin

fe, muy estudioso en filosofía, respondióle, que de muchos dias atras

tenia, lo que habia dicho, bien entendido, conviene á saber, las ánimas

vivir para siempre despues desta vida, y las malas ir á mal lugar, que

se llamaba infierno, y las buenas á bueno, que los cristianos nombraban

Paraíso, y que se holgaba mucho haber sabido que él y la gente de

aquella tierra tenian de las cosas del otro siglo tan buena noticia, lo

que ántes él no creia, y que le hacia saber que él era enviado por unos

Reyes grandes, ricos y poderosos, sus señores, que eran señores de los

reinos de Castilla, para buscar y saber de aquellas tierras, no para

otro fin, sino para saber si algunos hobiese que hiciesen mal á otros,

como habia oido decir que habia por estas mares algunas gentes que

llaman caníbales ó caribes, que á otros mal hacian, para los refrenar

é impedir que no lo hiciesen, y á los buenos honrarlos y defenderlos,

y trabajar que todos viviesen, sin perjuicio de otros, pacíficos.

Rescibió las palabras del Almirante, el prudente viejo, con lágrimas y

mucha alegría, afirmando, que si no tuviera mujer y hijos se fuera con

él á Castilla, y recibidas del Almirante algunas cosillas de rescates,

hincábase de rodillas, haciendo meneos de grande admiracion, repitiendo

muchas veces si era cielo ó si era tierra el lugar donde aquellos tales

hombres nascian; todo esto en sentencia saqué, de lo que escribe D.

Hernando Colon, hijo del dicho primer Almirante, y de las Décadas de

Pedro Mártir, que lo dice más largo que D. Hernando, porque en aquel

tiempo don Hernando era muy niño, y Pedro Mártir lo pudo muy bien

saber del mismo Almirante, como supo mucho de lo que escribió, porque

entónces Pedro Mártir residia en la corte, y era de los Reyes bien

favorecido. No es de maravillar que aquel viejo dijese al Almirante

tales cosas de la otra vida, porque comunmente todos los indios destas

Indias tienen opinion de las almas no morir, mayormente aquellos de

Cuba, de quien en su lugar, placiendo á Dios, diremos cosas de notar de

las opiniones que tenian.

CAPÍTULO XCVII[2].

Arriba hemos apuntado y dicho, algunas veces, los incomparables

trabajos que el Almirante padeció en estos descubrimientos, y despues,

cuando pensaba que habia servido y que podia descansar en la tierra

ó en alguna parte ó rincon de los reinos que habia descubierto,

muy mayores angustias y tormentos de espíritu, como se verá, se le

ofrecieron; de tal manera, que en toda su vida fué como un luengo

martirio. De donde los hombres, si quisieren, cognoscerán, cuan poco

fruto y cuan poco descanso se halla, y, puesto que alguno parezca

hallarse, cuan poco dura el placer dél en estos bienes terrenos,

mundanos y temporales, si dentro del espíritu no se negocia y conversa

el ánima con Dios; y porque aún restaban al Almirante otros pocos de

más amargos peligrosos trabajos, ántes que llegase á la Española,

donde pensaba un poquillo descansar, contaremos agora lo que, más que

lo pasado, duro y angustioso le sucedió. Salido de aquel lugar donde

aquel indio viejo le habló, parecia que todos los vientos y aguas se

habian concordado para le fatigar y añadir angustias sobre angustias,

penas sobre penas, y sobresaltos á sobresaltos, porque no tuviese

tiempo ni sazon para poder resollar; entre muchos que padeció, vino

sobre él un tan súpito y tan horrible y peligroso aguacero, que le hizo

poner el bordo debajo del agua, y, con gran dificultad y que pareció

sólo socorro de Dios, poder amainar las velas, y, juntamente, con las

más pesadas anclas surgir. Entrábales mucha agua por el plan, que es

lo más bajo de la nao, que acrecentaba sus peligros, y apénas los

marineros podian vencerla con la bomba, porque, allende que andaban

todos muy cansados de los continuos trabajos, faltábales la comida,

que no comian sino una libra de podrido bizcocho, y un cuartillo de

vino, ó de su brebaje, sino era cuando algun pescado acaso tomaban;

esta era necesidad grande que padecian, y muy mayor la del Almirante,

sobre quien la de los otros y la suya cargaba. Desta, dice él mismo

en lo que escribió á los Reyes, desta navegacion, estas palabras:

«Yo estoy tambien á la mesma razon, plega á Nuestro Señor que sea

para su servicio, porque, por lo que á mí toca, no me pornia más á

tantas penas é peligros, que no hay dia que no vea que llegamos todos

á dar por tragada nuestra muerte.» Con estos peligros y aflicciones

continuas llegó al Cabo que llamó al principio cabo de Cruz, á 18 de

Julio, adonde los indios le hicieron muy buen recibimiento y luego

le trujeron de su pan caçabí, y pescado, y frutas de la tierra y de

todo lo que tenian, con grande alegría y placer, donde holgaron y

descansaron dos ó tres dias. Y, mártes, 22 de Julio, aunque siempre con

vientos contrarios, que no le dejaron volver su camino derecho para la

Española, dió la vuelta sobre la isla de Jamáica; siguió la costa della

por el Occidente abajo, y, yendo mirando y alabando á Dios todos de

ver tanta frescura, y tan hermosa y felice tierra, vian toda la costa

y tierra llena de pueblos y los puertos bonísimos, de legua á legua;

seguian los navíos infinitos indios con sus canoas, trayéndoles y

sirviéndoles con muchas cosas de comer, como si fueran todos sus padres

y ellos hijos. Dice el Almirante, que juzgaba la gente ser muy mejores

aquellos mantenimientos que cuantos hasta allí habian visto, pero cada

tarde les sucedian los sobresaltos y penas de los aguaceros. Echábalo

el Almirante á las muchas arboledas, y no hay duda dello; y dice, que

á los principios así acaecia en las islas de Canaria, y de la Madera,

y de los Azores, pero despues que fueron desmontadas y las humidades

enjutas y consumidas, cesaron en mucha parte los aguaceros, y desto,

en esta isla Española, tenemos larga experiencia. Encarecidamente

loaba el Almirante la hermosura, y fertilidad, y frutas, y lo demas

que traian los indios para comer, y la muchedumbre de pueblos de

la isla de Jamáica, diciendo que ninguna otra se le igualaba de las

que hasta entónces habia visto. Vido una bahía muy hermosa con siete

isletas á la ribera de la mar, y que tenia la isla tierra altísima,

que le parecia que excedia la media region del aire, donde se congelan

las impresiones; toda la tierra muy poblada por todas partes. Juzgaba

que bojaba 800 millas, pero despues que la vido bien, á otro viaje,

declaró que ternía de largo 50 leguas y de ancho 20; mucho quisiera

descubrirla y verla más, segun le parecia tan bien, sino por la falta

de bastimentos y la mucha agua que los navíos hacian. Hízole buen

tiempo y volvió hacia el leste, camino desta isla Española, mártes,

19 de Agosto, y la postrera tierra della, que fué un Cabo que se mira

con esta isla, le puso nombre el cabo del Farol; y miércoles, 20 de

Agosto, vido el cabo ó punta occidental desta isla Española, al cual

puso nombre cabo de Sant Miguel, que agora se llama el cabo ó punta del

Tiburon, dista de la punta oriental de Jamáica 25 ó 30 leguas. Sábado,

23 de Agosto, vino á los navíos un señor ó Cacique de aquella tierra,

nombrando «Almirante, Almirante,» y otras palabras, de donde coligió el

Almirante que aquella tierra que llamó cabo de Sant Miguel debia ser

toda una con esta isla, porque hasta entónces no sabia que fuese esta

isla Española. En fin deste mes de Agosto fué á surgir á una isleta

que está junto á esta isla, que parece desde la mar como vela, porque

es alta, y llamóla el Almirante Alto Velo, y dista de la isleta Beata,

que así se llama, 12 leguas; mandó subir en lo alto de aquella isleta

para descubrir los otros dos navíos que se le habian perdido de vista,

y volviéndose los marineros á embarcar, mataron ocho lobos marinos que

dormian en el arena descuidados, y muchas aves, porque no huian de la

gente por no estar poblada, y así esperaban que las tomasen ó matasen;

esperó allí á los otros dos navíos, los cuales, á cabo de seis dias,

vinieron, y todos juntos, los navíos, fueron á la Beata, isleta, y de

allí, costeando, pasaron hasta llegar á una ribera que tenia una muy

hermosa vega toda llena de pueblos, y tan espesos que parecian todos

ser uno, y esta tierra debia ser la que agora llaman de Cathalina, por

una Cacica ó señora, que despues cognoscieron los cristianos, señora

de aquella tierra; y es tierra hermosísima. Vinieron los indios de por

allí en sus canoas, y dijeron que habian venido allí de los cristianos

de la Isabela y que todos estaban buenos, de lo cual el Almirante

recibió gran gozo y consolacion. Pasado del paraje del rio Hayna, que

está tres leguas de Sancto Domingo, y por ventura fué allí cerca, mandó

echar nueve hombres en tierra que atravesasen á la Isabela, que está

derechamente de aquella costa Norte-sur, para que diesen nuevas de

como venia bueno y de su compañía; de allí pasó adelante, todavía por

el camino del leste ó Oriente, y parecia por allí una gran poblacion

hácia la cual envió las barcas, por agua, y salieron los indios contra

los cristianos en sus canoas, con arcos y flechas herboladas con hierba

ponzoñosa, traian tambien unas cuerdas, haciendo ademanes que los

habian de atar con ellas, y por esto creo, cierto, que esta tierra era

la provincia de Higuey, porque la gente della era más belicosa, y tenia

de la dicha hierba, y tambien por la distancia que habia andado y el

paraje donde estaba; pero llegadas las barcas á tierra, dejaron los

indios todas las armas, y vinieron muy pacíficos á traer agua y pan, y

todo lo que tenian; preguntando que si venia allí el Almirante. Es de

creer que salieron con armas creyendo que fuese otra gente extraña y no

cristianos, pero, despues de cognoscido que era el Almirante y gente

suya, tornaron á obras de paz y amistad.

CAPÍTULO XCVIII.

De allí pasaron adelante la costa del leste arriba, y ocurrióles, segun

dice el Almirante, un pece admirable, tan grande como una ballena

mediana; tenia en el pescuezo una concha grande como una de tortuga,

que es poco ménos, como arriba se dijo, que un adarga; la cabeza dél,

y que tenia de fuera, era tan disforme, que poco ménos grande era que

una pipa ó bota, la cola como de atun y muy crecida, y con dos alas muy

grandes á los costados. Cognosció el Almirante por aparecer este pece

y por otras señales del cielo, que el tiempo queria hacer mudanza, por

lo cual, trabajó de buscar algun puerto para surgir y estar seguro si

tormenta se recreciese, y plugo á Dios que alcanzó á tomar una isleta

que los indios llamaban Adamaney, que agora llamamos la Saona, el cual

nombre creo que le puso el mismo Almirante ó su hermano el Adelantado.

Esta isleta hace un estrecho de obra de una legua, ó poco más, entre

ella y esta isla Española, y paréceme, si no me he olvidado, que durará

en luengo este estrecho dos leguas, porque he estado yo en él, aunque

há muchos años; allí entró, ya con recia tormenta, él sólo y surgió,

á 15 de Setiembre; los otros dos navíos no pudieron entrar, y por

eso pasaron harto peligro y trabajo. Aquella noche vido el Almirante

eclipse de la luna, y afirma que hobo diferencia desde allí hasta

Cáliz cinco horas y veintitres minutos, por lo cual, decia que duró

tanto el temporal recio ó la tormenta dicha; estuvo en aquel puerto,

por la tormenta, siete ó ocho dias, dentro de los cuales entraron los

otros dos navíos, y, á 24 de Setiembre, partieron juntos y llegaron al

cabo desta isla Española que agora se llama el cabo del Engaño, y el

Almirante en su primer viaje le puso nombre el cabo de Sant Rafael,

como arriba se dijo. De allí llegaron á una isleta que está cerca

desta isla diez leguas, y ocho de la isla de Sant Juan, que llamaban

los indios, á lo que yo creo, la Mona, y así se llama hoy la isla

de la Mona; ó quizá le puso el Almirante aquel nombre Mona, por una

isla que está cerca de Inglaterra, que tiene el mismo nombre, de la

cual hace mencion Cornelio Tácito, libro XIV, página 320, _et in Vita

Agricolæ_, página 693. Será de hasta seis leguas en circuitu; es toda

peñas, y en las peñas tiene unos hoyos con tierra bermeja, y en estos

hoyos se hacen las raíces de yuca y ajes, de que se hace el pan caçabí,

tan gruesas, que cuan grande y capaz es el hoyo tan grande es el aje

ó la yuca, por manera, que, partido por medio, acaece ser la mitad ó

poco más, carga de un indio. Hácense tambien los melones de España tan

grandes como botijas de las de media arroba de aceite, y finísimos;

cierto, son cosa de ver y mejores de gustar. De donde parece que es

grande la humidad que causan aquellas peñas que tienen cercada aquella

tierra colorada, y por consiguiente, que la hacen ser tan fértil; desto

digimos arriba cap. 98, hablando de la provincia de Higuey.

CAPÍTULO XCIX.

Dice el Almirante en una carta que escribió á los Reyes, que traia

propósito deste viaje ir á las islas de los caníbales para las

destruir, pero como habian sido tan grandes y tan contínuos los

trabajos y vigilias, de noche y de dia sin una hora de descanso, que

habia padecido en este descubrimiento de Cuba y Jamáica, y rodear

esta Española hasta llegar á esta isleta de la Mona, especial, cuando

andaba entre las muchas isletas y bajos cercanas á Cuba, que nombró el

Jardin de la Reina, donde anduvo treinta y dos dias sin dormir sueño,

que, salido de la Mona y ya que llegaba cerca de la isla de Sant Juan,

súpitamente le dió una modorra pestilencial, que totalmente le quitó el

uso de los sentidos y todas las fuerzas, y quedó muerto, y no pensaron

que un dia durara; por esta causa los marineros, con cuanta diligencia

pudieron, dejaron el camino que llevaba ó queria llevar el Almirante,

y, con todos tres navíos, lo llevaron á la Isabela, donde llegó á 29

dias de Setiembre del mismo año 1494. Lo que aquí dice el Almirante,

que iba por destruir las islas de los caníbales, que eran de los que

habia fama que comian carne humana, por ventura no aplacia á Dios que

los habia criado y con su sangre redimido, porque ir á destruirlos

no era el remedio que Dios pretendia para salvarlos, los que con

el tiempo, por medio de la predicacion de la fe y con industrias

humanas, como se tienen y saben tener muchas para alcanzar las cosas

temporales, pudieran ser reducidos á tal vida, que pudieran algunos

dellos ser salvos, ¿quién duda que dellos no tenga Dios algunos, y

áun quizá muchos predestinados? Así que, por ventura, por esta razon

quiso Dios, con esta enfermedad, estorbarlo, y por ventura está errada

la letra, que por descubrir, dijo el que la escribió, destruir, lo

cual parece tener semejanza de verdad, porque no venia la gente ni él

en disposicion de destruir á nadie, por flaco que fuese, sino para

descansar.

CAPÍTULO C.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 5 / 40 段