Porque, como el rey de Portugal vido descubiertas estas Indias, y

hallarse burlado de no haber aceptado la empresa que la fortuna le

habia ofrecido y puesto en sus manos, alegaba que este orbe caia debajo

de su demarcacion y division que la Iglesia, los tiempos pasados,

hecho habia, entre los reyes de Castilla y Portugal (no se cual ella

entónces pudo ser, no teniendo de cosa, que por este mar Océano

hobiese, noticia, más de Guinea), por lo cual pretendia mover pleito,

y áun tenia una armada aparejada para venir acá, como arriba se dijo;

por esta causa, el Rey é la Reina, al tiempo que este segundo viaje

de los 17 navíos para poblar despacharon, al Almirante le mandaron

y encargaron muy mucho, que lo más presto que pudiese trabajase de

se despachar para ir á descubrir, mayormente á la isla de Cuba, que

hasta entónces fué estimada por tierra firme, y descubriese cuanta

más tierra firme ó islas pudiese, porque el rey de Portugal fuese en

tiempo y posesion, y en derecho por consiguiente, prevenido, mayormente

habiendo ya concedido la Sede Apostólica en especie todo este orbe de

las Indias, y puesto límites y demarcacion, ó distribuido este mundo de

por acá, entre ambos reyes de Portugal y de Castilla, segun que arriba

queda en el capítulo 79 escrito. Así que, por cumplir el mando de Sus

Altezas, y ejercitar el apetito é inclinacion que Dios le habia dado, y

para lo que le habia escogido, determinó el Almirante de se despachar

para descubrir, y para dejar la gobernacion de los Españoles ordenada,

y lo demas que tocaba á los indios desta isla, segun la estima y

opinion que dellos, para sujetarlos, tenia. Instituyó un Consejo de

las personas que de mayor prudencia, y ser, y auctoridad le pareció,

entre las cuales puso á su hermano, D. Diego Colon, por Presidente.

Las personas fueron, el dicho padre fray Buil, que se dijo tener poder

del Papa, como su legado, y Pero Hernandez Coronel, Alguacil mayor,

y Alonso Sanchez de Carabajal, Regidor de Baza, y Juan de Luxan,

de los caballeros de Madrid, criado de la Casa real; á estos cinco

encomendó toda la gobernacion, y á Mosen Pedro Margarite, que con la

gente que tenia, que eran, como dije, 400 hombres, anduviese y hollase

y sojuzgase toda la isla, dando á todos sus instrucciones, segun que

por entónces le pareció que, para el servicio de Dios y de Sus Altezas

(como él dice, hablando dello), convenia; el cual, con un navío ó nao

grande y dos carabelas, todos los tres bien aparejados, dejando los

dos en el puerto para las necesidades que se ofreciesen, partió, en

nombre de la Sancta Trinidad, dice él, jueves, 24 de Abril del mismo

año de 1494, despues de comer, la vía del Poniente, y fué al puerto de

_Monte-Christi_ á surgir. Otro dia fué al puerto de la Navidad, donde

dejó los 39 cristianos, tierra del rey Guacanagarí, que tanta humanidad

y buen acogimiento y caridad en el primer viaje, señaladamente en la

pérdida de la nao, le hizo; el cual, con miedo, porque quizá no le

viniese á hacer mal por la muerte de los cristianos, de que no tuvo

culpa, como se dijo arriba, se escondió, puesto que preguntando por

él el Almirante á los indios, sus vasallos, que luego á los navíos

en sus canoas vinieron, fingieron que habia ido cierto camino, y que

luego vernia. Finalmente, no curó de más esperar sino alzó sus velas

el sábado; fué seis leguas de allí á la isla de la Tortuga, en par

de la cual estuvo con calma y mucha mar, que venia del Oriente, y las

corrientes, por el contrario, venian del Occidente, por lo cual toda

la noche estuvo en harto trabajo. El domingo, con viento contrario,

que creo que era Norueste, y con las corrientes que le venian por la

proa, del Occidente, fué forzado tornar á surgir atras en el rio que

en el viaje primero llamó Guadalquivir, de que arriba digimos; llegó

al fin al puerto de Sant Nicolás, martes, 29 dias de Abril. De allí

vido la punta ó cabo de Cuba, que él llamó el primer viaje, cuando la

descubrió, _Alpha et Omega_, y agora se llama la Punta de Bayatiquirí,

en lengua de los indios; atravesó por aquel golfo, entre Cuba y esta

Española, que es de 18 leguas de punta á punta ó de cabo á cabo, y

comienza á costear la isla de Cuba por la parte del Sur ó Austro.

Vido luego una gran bahía y puerto grande, y así lo nombró Puerto

Grande, cuya entrada era muy honda; ternia de boca 150 pasos. Surgió

allí, donde los indios vinieron con canoas á los navios y trajeron

mucho pescado, y de aquellos conejos de la isla, que llamamos arriba,

capítulo 46, guaminiquinajes. Tornó á alzar sus velas, domingo, 1.º de

Mayo, y fué costeando la isla, y vía, cada hora, maravillosos puertos,

cuales los tiene, cierto, aquella isla; vian montañas muy altas y

algunos rios que salian á la mar, y, porque iba muy cerca de tierra,

eran sin número los indios de la isla que venian con sus canoas á los

navíos, creyendo que habian descendido del cielo, trayéndoles del pan

caçabí suyo, y agua, y pescado, y de lo que tenian, ofreciéndoselo á

los cristianos con tanta alegría y regocijo, sin pedir cosa por ello,

como si por cada cosa hobieran de salvar las ánimas, puesto que el

Almirante mandaba que todo se lo pagasen dándoles cuentas de vidro, y

cascabeles, y otras cosas de poco valor, de lo cual iban contentísimos,

pensando que llevaban cosas del cielo. Y porque los indios que llevaba

el Almirante consigo (que era, á lo que yo creo, un Diego Colon, de los

que el viaje primero habia tomado en la isla de Guanahaní y lo habia

llevado á Castilla y vuelto, el cual, despues vivió en esta isla muchos

años conversando con nosotros), hacian mucho caso señalando hácia la

parte donde estaba la isla Jamáica, afirmando que habia mucho oro, (y

creo, cierto, que es la que llamaban el viaje primero Baneque, que

tantas veces la nombraban, puesto que no veo que aquí el Almirante haga

mencion de Baneque), así que, acordó el Almirante dar una vuelta hácia

el Sueste, tomando parte del Sur, sábado, 13 de Mayo, y el domingo,

luego, la vido, y el lúnes llegó á ella y surgió, aunque no en puerto.

Desque la vido, dice el Almirante, que le pareció la más hermosa y

graciosa de cuantas hasta entónces habia descubierto; eran sin número

las canoas grandes y chicas que venian á los navíos. El lúnes procuró

de buscar puerto, yendo la costa abajo, y, como enviase las barcas

para que sondasen (esto es, echar la plomada para ver cuantas brazas

tiene el fondo), las entradas de los puertos, salieron muchas canoas

llenas de gente armada para les defender la tierra, y que en ella no

saltasen; como gente prudente, que, de ley natural, puede defender

su tierra de cualquiera gente no conocida, hasta ver quién es ó qué

es lo que pretende, porque cada una república ó persona particular

puede temer y proveer en el daño que le puede venir, de gente nueva

ó personas que no conoce, como Josepho, con razon pudo decir á sus

hermanos, como á gente de otro reino, extraña y fingiendo que no la

conocia, «vosotros espías debeis de ser deste reino de Egipto para

ver lo mas flaco dél, etc.,» como parece en el Génesis, cap. 42. Por

esta razon se hicieron leyes por los Emperadores, que los romanos no

fuesen osados, aunque fuese con títulos de llevar mercaduría, de ir á

tierra de persas con quien no tenian paz ni que hacer, y la razon de

la ley asignase en ella: «porque no parezca ó se diga que los romanos

son espías ó especuladores de los reinos extraños.» Así lo dice la ley

_Mercatores_, capítulo _De mercatoribus_. Así que, visto por los que

iban en las barcas que los indios venian denodados para los impedir

que no saltasen en tierra, y con armas, tornáronse á los navíos en su

paz. De allí fué á otro puerto, el cual nombró Puerto Bueno, y como

saliesen asimismo los indios con sus armas á resistir la entrada á los

de las barcas, diz que, porque, mostrando temor los cristianos, sería

causa que tuviesen mayor atrevimiento, acordaron de darles tal refriega

de saetadas con las ballestas, que, habiéndoles herido seis ó siete

(y Dios sabe cuantos más serian los heridos y muertos), que tuvieron

por bien de cesar de la resistencia, y vinieron de las comarcas gran

número de canoas llenas de indios á los navíos, pacíficos y humildes.

Este fué otro yerro no chico; cierto, mejor fuera por otras vías

darles á entender como no iban á hacerles mal ni daño, ó por señas,

ó enviándoles de los indios que en los navíos llevaban, como muchas

veces se aseguraron en muchos lugares de Cuba y desta isla Española y

de las de los lucayos, en el primer viaje, como en diversos capítulos

arriba ha parecido, que no matar ni herir, ni quebrar por ninguna

manera con ellos; y cuando no pudieran por todas vías, eran obligados

á irse á otra parte y dejarlos, porque los indios tenian justo título

y justicia para defender su tierra de toda gente, y nunca se ha de

hacer mal alguno, por chico que sea, por fin que del hayan de salir

cuan grandes bienes los hombres pretendieren, cuanto más, que ya se

tenia larga experiencia de la bondad y pacabilidad de los indios, cuan

fáciles eran de aplacar y contentar, dándoles razon ó señales de que no

venian á hacerles algun perjuicio, aunque al principio se ponian, de

puro miedo, en resistir la entrada. Traian aquí de sus bastimentos y de

lo que tenian, y lo daban á los cristianos por cualquiera cosa que les

daban; en este se adobó el navío del Almirante de un agua que hacia por

la quilla. Era este puerto de la forma de una herradura; puso nombre

á esta isla de Jamáica, el Almirante, Santiago. Viernes, 9 de Mayo,

tornó á salir deste puerto, yendo la costa de Jamáica abajo, la vía del

Poniente, yendo tan junto con la costa, que muchas canoas iban con los

navíos dando de sus cosas y recibiendo de las nuestras, con toda paz y

alegría.

CAPÍTULO XCV.

En el cual se cuenta como el Almirante dejó á Jamáica y tornó sobre la

isla de Cuba.—De un indio, que, dejados sus parientes, llamando, se

quiso ir con los cristianos.—Como yendo por la costa de Cuba abajo

tuvo grandes aguaceros y bajos para encallarle los navíos, donde

padecieron grandes trabajos y peligros.—Hallaron infinitas islas

pequeñas; púsoles nombre el Jardin de la Reina.—Vieron unas aves

coloradas de la manera y hechura de grullas.—Vieron grullas, muchas

tortugas, y de cierta pesquería dellas.—De la mansedumbre de los

indios.—Toparon otros indios mansísimos.—Detuvo uno.—Informóle ser

isla de Cuba, y nuevas que le dió de un Cacique que habla por señas á

su gente, sin ser mudo.—De otros peligros que por allí padecieron.

Y porque tenia los vientos muy contrarios, que no le dejaron más

costear aquella isla, por esto acordó de dar la vuelta sobre la de

Cuba, y ansí tornóse, mártes, 18 de Mayo, con intincion de andar por

ella 500 ó 600 leguas, hasta experimentar si era isla ó tierra firme.

El dia que dió la vuelta, vino un indio mancebo á los navíos, hablando

por señas que se queria ir con ellos, tras él vinieron muchos parientes

suyos y sus hermanos para rogarle que no fuese con los cristianos,

pero no lo pudieron acabar con él, puesto que con muchas lágrimas

se lo persuadian, ántes se metia en los lugares secretos del navío,

donde no los viese llorar, y finalmente se quedó, y ellos se fueron

desconsolados y tristes. Cierto, es de considerar, que no sin misterio

esta inclinacion le quiso dar Dios para salvarlo por esta vía, porque

es de creer que el Almirante le haria enseñar en las cosas de la fé y

baptizarle, lo que no alcanzara si en su tierra quedara. Partido, pues,

de Jamáica el Almirante con sus navíos, llegó á un Cabo de la isla de

Cuba, que nombró cabo de Cruz, miércoles, 18 de Mayo. Yendo la costa

abajo, tuvo grandes y contínuos aguaceros, con truenos y relámpagos, y

con esta topaba muchos bajos, donde á cada paso temia encallar; estas

dos cosas, concurriendo juntas, le pusieron en grandísimos peligros y

trabajos, porque los remedios de ambas son contrarios, y, habiéndose

de poner juntos, es imposible, sino por casi milagro, salvarse; la

razon es, porque el remedio de los aguaceros, tan impetuosos como

los hay en estas tierras, y de gran peligro, si en muy presto no se

pone, es amainar las velas muy luego, y para no encallar, ó para

despues de encallados salir de los bajos, es añadir á las veces velas;

por manera, que si ambos á dos peligros concurren en un tiempo, es

necesario, en uno dellos, y áun en ambos, perderse, sino por milagro.

Cuanto más andaba la costa abajo, tanto más espesas parecian infinitas

islas bajas, unas todas de arena, otras de arboleda, y muchas que no

sobreaguaban nada; cuanto más estaban más cerca de la isla de Cuba, más

altas, y más verdes, y graciosas parecian. Eran de una legua, y de dos,

y de tres, y de cuatro; este dia vido muchas, y el siguiente muchas más

y más grandes, y porque eran innumerables y no podia á cada una ponerle

nombre, llamólas á todas juntas, el Jardin de la Reina; contáronse

aquesta dia más de 160, de una parte y de otra, digo, de la parte del

Norte, y del Norueste, y del Sudueste, y áun canales por entre ellas,

con hondura, que podian pasar los navíos, de dos brazas, y de tres,

y más. En muchas dellas hallaron unas aves como grullas, coloradas;

estas aves no son grullas, sino de la misma manera y tan grandes como

grullas, excepto que son al principio blancas (digo al principio,

cuando áun no han llegado á cierta edad), y poco á poco se van tornando

coloradas, y cuando comienzan á colorarse no parecen, de un poco léjos,

sino manadas de obejas almagradas; solamente las hay estas aves en

Cuba y en estas isletas, y no se mantienen sino del agua salada y de

alguna cosa que en ella ó con ella hallan, y cuando alguna se toma y

se tiene en casa, no la mantienen sino echándole un poco de caçabí,

que es el pan de los indios, en un tiesto de agua con una escudilla de

sal en ella. Hallaban eso mismo muchas tortugas, tan grandes como una

gran rodela, y poco ménos que una adarga; destas hay infinitas entre

aquellas isletas, de las cuales y de su nacimiento, ó como se crian,

diremos, placiendo á Dios, cuando de la isla de Cuba hablaremos.

Vieron grullas de las mismas de Castilla, y cuervos, y diversas aves

que cantaban suavemente, y de las isletas salian suavísimos olores que

los deleitaban. En una destas isletas vieron una canoa de indios que

estaban pescando, los cuales, viendo á los cristianos que iban en la

barca á ellos, se estuvieron seguros como si vieran á sus hermanos, y

hiciéronles señas que se detuviesen; detuviéronse hasta que pescaron,

y la pesquería era, que toman unos peces que se llaman revesos, que

los mayores serán como una sardina, los cuales tienen en la barriga

una aspereza, con la cual, donde quiera que se pegan, primero que se

despeguen los hacen pedazos; estos ataban de la cola un hilo delgado,

luengo de ciento y doscientas brazas, y váse el pece cuasi por encima

del agua ó poco más bajo, y en llegando que llega adonde están las

tortugas en el agua, pégansele en la concha baja, y tiran del cordel y

traen una tortuga que pesa cuatro y cinco arrobas, y, en fin, allí se

queda el pece pegado, si, como dije, no le despedazan; no sé si quizá

él despues se despegaria por sí, si le dejasen. Lo mismo vemos cuando

se toman tiburones, que son unas bestias crueles, carniceras, que comen

hombres cuando los hallan, que vienen muchos de los peces revesos, que

dije, en las barrigas de los tiburones pegados. Acabada la pesquería,

vinieron los indios á la barca y hicieron los cristianos señas, que

se viniesen con ellos á los navíos, los cuales vinieron de muy buena

gana, y el Almirante les hizo dar de los rescates, y supo dellos

haber adelante, de aquellas isletas, infinitas; daban todo cuanto

tenian liberalísimamente, y así, se tornaron muy alegres. Prosiguió

su camino todavía al Poniente por las islas inmensas que habia, y por

los aguaceros y tormentas de aguas y truenos y relámpagos, cada tarde

hasta el salir de la luna, y con todos los susodichos peligros, con

lo cual pasó grandes trabajos y angustias, que sería dificultoso,

como fueron, decirlas; y, puesto que ponia grandísima diligencia, y

guarda, y vigilias suyas, y de atalayas que ponia en el mastel, muchas

veces tocaba y áun atollaba la nao en que él venia, donde padecian

nuevos trabajos y peligros para sacar la nao, tornando atras, y otras

veces yendo adelante. Llegó a una isla mayor que las otras, la cual

llamó Sancta María, en la cual habia una poblacion, y ninguno de los

indios della osó parar por miedo de los cristianos. Hallaron en ella

mucho pescado, y perros de los mudos que no ladran; vian por todas

las islas muchas manadas de las grullas, muy coloradas, y papagayos y

otras muchas aves. Teniendo falta de agua, dejó de andar por aquellas

isletas, y llegóse á la costa de Cuba, á 3 dias de Junio, donde habia

mucha espesura de árboles, por lo cual no pudieron cognoscer si habia

poblacion alguna; saliendo un marinero con una ballesta, para matar

alguna ave, topó con obra de 30 hombres con sus armas de lanzas y

flechas, y unas como espadas, de forma de una paleta hasta el cabo, y

del cabo hasta la empuñadura se viene ensangostando, no aguda de los

cabos, sino chata; estas son de palma, porque las palmas no tienen las

pencas como las de acá, sino lisas ó rasas, y son tan duras y pesadas,

que de hueso y, cuasi de acero, no pueden ser más: llámanlas macanas.

Dijo aquel marinero, que entre aquellos habia visto un indio con una

túnica blanca vestido, y que hasta los piés le cubria. Dió voces el

marinero á sus compañeros viéndose solo cerca de tantos, los cuales

dieron á huir, como si vieran mil hombres tras ellos; y aunque otro

dia envió el Almirante algunos cristianos para ver si hallaban algo,

y llagaron obra de media legua dentro en la tierra, no pudieron, sino

con trabajo, penetrar, por los montes ser espesos, y mayormente que

habia cienagas que duraban cuasi dos leguas, segun les parecia, hasta

llegar á los cerros y montañas. De allí prosigue al Poniente, y,

andadas 10 leguas con sus navíos, vieron en la costa algunas casas, y

la gente dellas vinieron en sus canoas á los navíos con comida y con

muchas calabazas llenas de agua, todo lo cual mandó el Almirante que se

les pagase, y hizo detener un indio, rogándole á él y á ellos, por la

lengua, que lo tuviesen por bien hasta que les mostrase el camino y le

preguntasen algunas cosas, y que despues le dejarian volver á su casa;

los cuales, aunque con alguna tristeza, mostraron tenerlo por bueno,

pues podian juzgar, que si no quisieran poco les aprovechara. Este

le certificó que Cuba era isla que la mar cercaba, y, segun entendió

el Almirante, que el Rey della, de la costa del Poniente abajo, con

su gente, sino era por señas, no hablaba, pero que luego era hecha

cualquiera cosa que mandase; si el señor que entónces vivía era ó no

era mudo, ó quizá este hablar por señas acostumbraba, esto debe ser

fábula, porque los que primero fuimos á descubrir por dentro de la

tierra y á poblarla de cristianos, desde á quince á diez ó seis años,

nunca tal cosa ni nueva de ella hallamos. Andando ansí, entran los

navíos en un banco de arena que ternia una braza de agua, y de longura

tanto trecho como dos navíos, donde se vieron en grande angustia

y trabajo, tanto, que para pasarlos á una canal honda, tuvieron

necesidad de armar con mucha dificultad todos los cabrestantes. Vieron

innumerables tortugas muy grandes, que parecia dellas estar la mar

cuajada; sobrevino una nubada de cuervos marinos, que cubrian la lumbre

del sol, venian de hácia la mar, y daban consigo en tierra de Cuba; lo

mismo pasaban innumerables palomas y gaviotas, y, de diversas especies,

muchas aves. Otro dia vinieron á los navíos tan espesas las mariposas,

que parecian espesar el aire; duraron hasta la noche y las disipó un

gran aguacero de agua.

CAPÍTULO XCVI.

En el cual se tracta como determinó el Almirante dar la vuelta para

la Española.—De las leguas que descubrió de Cuba.—Que halló por las

reglas de la Astronomía, como se halló de Cáliz tantas otras por la

esfera.—Encalló con los navíos, padeció grandes angustias.—Del olor

de estoraque que sintieron.—De un indio viejo que vino á hablar al

Almirante, y de un teológico razonamiento que le hizo cerca de la otra

vida; cosa es muy notable, aunque breve, por ser dicha por un indio.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 4 / 40 段