Antes que subiese aquel puerto envió á hacer el camino, como mejor

adobarse pudo, para que los caballos pasasen, y desde aquí despachó

ciertas bestias de carga para que tornasen á traer bastimentos de la

Isabela; porque, como la gente no podia comer áun de los bastimentos

de la tierra, gastábase mucho pan y vino, que era lo principal, y

dello era necesario socorrerlos. Domingo, pues, de mañana, 16 de

Marzo, subido el puerto, de donde tornaron á gozar de la graciosísima

vista de la vega, porque se parece desde aquel puerto mejor áun que

del primero, de cada banda sobre 40 leguas, entraron por la tierra de

Cibao, tierra aspérrima, de grandes y aspérrimas sierras, todas de

piedras grandes y chicas, cuan altas son; y bien la llamaron los indios

Cibao, de ciba, que es piedra, cuasi pedregal, ó tierra de muchas

piedras. Sobre la piedra hay nacida una corta hierba, que áun no cubre

las piedras, puesto que en unas partes la hay más que en otras crecida;

tiene toda aquella provincia infinitos rios y arroyos, en todos los

cuales se halla oro; hay en ella pocas arboledas frescas, ántes es

sequísima, comunmente, si no es en los bajos de los rios, salvo que

abunda de infinitos pinos, muy raros y esparcidos y altísimos, que no

llevan piñas, por tal órden por natura compuestos, como si fueran los

aceitunos del Ajarafe de Sevilla, es toda esta provincia sanísima, los

aires suavísimos, y las aguas, sin comparacion, delgadas y dulcísimas.

Dice aquí el Almirante, que sería tan grande como el reino de Portugal

esta provincia, pero yo, que la he andado y sé harto más y mejor que

él, digo que creo ser mayor que tanto y medio que aquel reino. En

cada arroyo que pasaban, hallaban granos de oro chiquitos, porque

comunmente todo el oro de Cibao es menudo, puesto que en algunas partes

y arroyos se han hallado granos crecidos, y uno se halló de 800 pesos

de oro, que son diez y seis libras; y porque, como arriba en el cap.

89 se dijo, habia enviado el Almirante á Alonso de Hojeda, pocos dias

habia, que viese aquella provincia, y la gente della estaba ya avisada

de la venida de los cristianos, y supieron que el Guamiquina de los

cristianos venia (Guamiquina, llamaban al señor grande), por esta

causa, por todos los pueblos que pasaban, salian á recibir al Almirante

y á sus cristianos con grande alegría, trayéndoles presentes de comida

y de lo que tenian, y, en especial, de oro en grano, que habian cogido

despues que tuvieron noticia que aquella era la causa de su venida.

Llegó desta hecha el Almirante hasta distar de la Isabela 18 leguas;

halló y descubrió por allí, segun él dice en una carta que escribió á

los Reyes, muchos mineros de oro, y uno de cobre, y otro de azul fino,

y otro de ámbar, y algunas maneras de especería; destas no sabemos que

haya otras sino la pimienta, que llamaban los indios desta isla axí.

El azul fué poco, y el ámbar tambien, el oro, cierto, ha sido mucho; y

como viese que cuanto más dentro de Cibao entraba, más áspera tierra

y dificilísima de andar, mayormente para los caballos, se le ofrecia,

porque no se pueden encarecer las sierras y altura, y aspereza dellas,

que Cibao tiene, deliberó de hacer por allí donde estaba una casa

fuerte, para que los cristianos tuviesen refugio y señoreasen aquella

tierra de las minas, y escogió un sitio alegrísimo, en un cerro, cuasi

poco ménos que cercado de un admirable y fresquísimo rio, no muy grande

rio; el agua dél parece destilada, el sonido de sus raudales, á los

oidos, suavísimo, la tierra enjuta, desabahada, airosa, que puede

causar toda alegría, llámase Xanique aqueste rio, y de donde se ha

sacado mucho oro, pero está en medio y comarca de muchos rios ricos.

Allí mandó edificar una casa de madera y tapias, muy bien hecha, y,

por la parte que no la cercaba el rio, cercóla de una cava, que, para

contra indios, la casa ó torre era fortísima; al pié del asiento de

esta fortaleza está un llano gracioso, que los indios llaman çabana, en

la cual, algunos años despues de despoblada, hice y tuve yo, viviendo

en otro estado, una heredad ó labranza, y, de un pequeño arroyo que

estaba de cara de la fortaleza y que entraba en el dicho rio Xanique,

hice coger algun oro; este arroyuelo hace á la entrada del rio una

isleta de muy fértil y gruesa tierra, en la cual se hicieron entónces,

de la semilla que aquellos primeros cristianos sembraron, traida de

Castilla, las primeras cebollas de toda esta isla Española. Puso nombre

á esta fortaleza el Almirante, la fortaleza de Sancto Tomás, dando

á entender que la gente, que no creia que en esta isla hobiese oro,

despues que lo vido con los ojos y palpó con sus mesmas manos, habia

creido, como arriba se tocó. De una cosa hobo admiracion el Almirante y

los que con él estaban, conviene á saber, que, abriendo los cimientos

para una fortaleza, y haciendo la cava, cavando hondo bien un estado,

y áun rompiendo á partes alguna peña, hallaron unos nidos de paja,

como si hobiera pocos años que allí hobieran sido puestos, y, como por

huevos, entre ellos, habia tres ó cuatro piedras redondas, casi como

unas naranjas, de la manera que las pudieran haber hecho para pelotas

de lombardas. Bien podia ser que la virtud mineral hobiese convertido

los huevos en aquellas piedras, y ellas, despues, haber crecido, y los

huevos estuviesen dentro dellas, por la misma virtud mineral, conforme

á lo que arriba, en el capítulo 6.º, trujimos de Alberto Magno, puesto

que, segun se puede colegir de Alberto Magno, las piedras no crecen,

porque no viven, pero segun otros, sí; Alberto Magno en el libro I.

cap. 7.º _De Mineralibus_, dice tambien, que en su tiempo en la mar de

Dácia, cerca de la ciudad lubicense, se halló un ramo grande de árbol,

en el cual estaba un nido de picazas, y en él picazas convertidas en

piedras, que declinaban algo á color bermejo, lo que no pudo ser,

segun dice, sino que, con alguna tormenta, las olas derrocaron el

árbol al tiempo que tenia el nido, y cayeron las avecillas chiquitas

en el agua, que no pudieron volar, y despues, por virtud del lugar en

que cayeron, fué todo convertido en piedra; cuenta más, de una fuente

que hay en Gotia, de la cual por virtud se certifica, que todo lo que

en ella cae lo convierte en piedra, en tanto grado, que el emperador

Frederico envió un guante suyo, sellado con su sello, para saber la

verdad, del cual, como estuviese la mitad en el agua, y la mitad del

sello, algunos dias, fué convertida aquella mitad, quedando la otra

mitad cuero, como de ántes se era; y las gotas que caen á la orilla

de aquella fuente se hacen piedras del tamaño de la gota, y ella no

deja de correr. Vémoslo tambien manifiestamente, dice Alberto, en las

altas sierras que perpétuamente tienen nieve, lo cual no podria ser

sino por virtud mineral que abunda en aquellos lugares ó sierras; y

Aristóteles en el libro _De Mineralibus_ dice, que algunas hierbas y

plantas, y algunos animales tambien, se convierten en piedras por la

virtud mineral, que tiene tal fuerza y virtud lapidificativa, conviene

á saber, de convertir aquellas cosas en piedras, y esto dice que acaece

en los lugares pedregosos; y como aquella provincia de Cibao fuese

tan pedregosa, y tuviese y tenga tanta virtud mineral, fácil cosa

era, segun natura, convertir los huevos de aquellos nidos en aquellas

piedras, y despues, como dije, hacerse más grandes, si fuese verdad

que viviesen, ó que las piedras los abrazasen y concluyesen dentro de

sí, y esto parece lo más cierto, por lo que luego se dirá. La razon de

engendrarse las piedras es esta: que como las concavidades, que las

sierras ó montes tienen, sean naturalmente receptivas ó dispuestas

para recibir en sí las aguas, como parece que de las sierras ó montes

altos vemos salir fuentes y exprimir ó producir arroyos, ó caños de

agua, y el agua cause ó haga lodo de la tierra, mayormente cuando la

tierra es gruesa en sí é pegajosa como el barro, por tanto, deste lodo

jugoso, y grueso, y pegajoso, y del calor ó vapor del lugar caliente

que de su naturaleza es congregativo y conservativo del calor, ó que

aquel calor se engendre por el movimiento de los vapores de la tierra,

ó se engendre de los rayos del sol, destas dos cosas del lodo grueso

y pegajoso, y del dicho vapor, son engendradas las piedras; y porque

desto abundan los montes altos ó altas sierras, por eso en ellas se

hallan grandes y muchas piedras, lo cual, cierto, se verifica bien en

las sierras de Cibao. Esto es de Alberto Magno, en el cap. 5.º del

tercero tratado «De las propiedades de los elementos.» Y dice más, que

la señal y argumento de lo dicho es, que algunos miembros ó partes de

animales de agua, como son pescados, y algunos instrumentos de navíos,

así como timon ó gobernario, se han hallado dentro de algunas peñas,

en lo hueco ó entrañas de algunas sierras ó montes, los cuales, sin

duda, dice él, el agua con el lodo grueso y pegajoso allí los puso, y,

por la frialdad y sequedad de la tal piedra ó peña, fueron conservadas

aquellas cosas que no se pudriesen ó corrompiesen; y así pudieron estar

dentro de las piedras los huevos, y si advirtiera el Almirante en esto

y las hiciera quebrar, quizá se halláran dentro. A lo cual ayuda lo

que el filósofo trae en el libro _De propietatibus elementorum_, que

un filósofo, haciendo un pozo en su casa, llegando cavando al barro

muy duro, y ahondando por él, halló un timon ó gobernario de una nao

grande, como si allí se hobiera nacido, sobre lo cual dice Alberto,

que aquello pudo acaecer, ó porque allí lo pusieron siendo entónces

suelo aquel lugar ó la superficie de tierra, y despues, por tiempos,

por causa de terremotos, ó por otra causa, echarse ó caer sobre aquel

suelo mucha tierra, y, por la frialdad della, haber sido allí sin

corromperse conservado, ó que antiguamente hobiese sido aquello mar, y

por alguna causa accidental haberse desviado de allí la mar y quedar

el lugar seco; y testifica él, que en Colonia vido cavar grandísimos

hoyos, y, en lo más hondo dellos, hallarse paramentos con figuras

de gran artificio y hermosura, de los cuales, ninguna duda hay que

antiguamente los hobiesen puesto allí hombres, sino que despues, con

los tiempos, caerse los edificios y sobrevenir mucha tierra, y así,

lo que solia ser la superficie del suelo parecer y estar en hondura

profunda. Por esta razon no son imposibles muchas cosas que se cuentan,

puesto que, á los que no leen y saben estos principios, lo parecen;

como lo que cuenta Fulgoso en el libro I de sus _Coletáneas_, que en el

año de 1072, en los montes ó sierras de Suiza, léjos de la mar, cavando

bien hondo, más de cient brazas, en unas minas de metales hallaron un

navío enterrado con masteles y anclas de hierro, y, dentro del navío,

los huesos de 40 hombres; algunos de los que lo vieron, diz que, decian

que debia de quedar allí aquel navío desde el Diluvio, pero yo no lo

creo, porque áun no se tenia tanta experiencia de navegar en la Edad

del mundo primera. Otros afirmaban, que, anegado el navío, por las

concavidades de la tierra la mar lo debió llevar allí, é despues, por

discurso de luengos tiempos, crecer la tierra, desviándose el agua, y

así quedar seca aquella comarca; y esto parece llegarse á lo susodicho

y tener más color de verdad. Otros cuentan haberse hallado en una

piedra de mármol una piedra preciosa, diamante, labrada y polida, y en

otra, un sapo vivo; todo lo cual se debe reducir á la manera susodicha,

y puede ser todo posible y certísimo. Yo he visto en las mismas minas

de Cibao, á estado y dos estados en hondo de tierra vírgen, en llanos,

al pié de algunos cerros, haber carbones y ceniza, como si hobiera

pocos dias que se hobiera hecho allí fuego, y por la misma razon hemos

de concluir que, en otros tiempos, iba por allí cerca el rio, y en

aquel lugar hicieron fuego, y despues, apartándose más el agua del rio,

amontonóse la tierra sobre él que con las lluvias descendia del cerro,

y porque esto no pudo ser sino por gran discurso de años y antiquísimo

tiempo, por eso es grande argumento que las gentes destas islas y

tierra firme son antiquísimas. Tornando al propósito de los nidos, que

en la cava de la fortaleza de Sancto Tomás halló el Almirante, queda

bien averiguado, por los ejemplos naturales y razonables susodichos,

que pudieron conservarse y no corromperse, aunque de paja eran, por la

frialdad y sequedad de las piedras ó de la tierra. Dejó por Capitan y

Alcaide á un caballero aragonés, y Comendador, que se llamaba D. Pedro

Margarite, persona de mucha estima, y con él 52 hombres; despues envió

más, y estuvieron hasta 300, entre oficiales, para que la fortaleza

se acabase, y otros que la defendiesen. Y, dejada su instruccion y lo

demas ordenado, tornó á tomar el camino para la Isabela, con intincion

de se despachar lo más presto que pudiese para ir á descubrir, como

se dirá; por lo cual, viérnes, 21 de Marzo, se partió, y en el camino

halló la recua, que volvia con los bastimentos por qué habia enviado,

la cual envió á la fortaleza, y porque los rios venian muy grandes con

las avenidas, porque llovia mucho en las sierras, hobo de andar por los

pueblos más despacio de lo que quisiera, y comenzó á comer la gente del

caçabí, ó pan y ajes, y de los otros mantenimientos de los indios, que

los indios les daban de muy buena voluntad, y mandábales dar por ellos

de las contezuelas y otras cosillas de poco valor, que llevaba.

CAPÍTULO XCII.

En el cual se tracta como halló el Almirante la gente cristiana muy

enferma, y muerta mucha della.—Como por hacer molinos y aceñas

compelió á trabajar la gente, y por la tasa de los mantenimientos,

que ya muy pocos habia, comenzó á ser aborrecido, y fué principio de

ir siempre su estado descreciendo y áun no habiendo crecido.—De los

que mucho daño le hicieron fué fray Buil, el legado que arriba se

dijo.—Persuádese no tener hasta entónces el Almirante culpas por qué

lo mereciese.—Dícense muchas angustias que allí los cristianos, de

hambre, padecieron, y como morian cuasi desesperados.—De cierta vision

que se publicó que algunos vieron.—Como vino mensajero de la fortaleza

que un gran señor venia á cercarla.—De lo que el Almirante por remedio

hizo.

Sábado, 29 dias de Marzo, llegó el Almirante á la Isabela, donde halló

toda la gente muy fatigada, porque, de muertos ó enfermos, pocos

se escapaban, y los que del todo estaban sanos, al ménos estaban,

de la poca comida, flacos, y cada hora temian venir al estado de

los otros; y que no vinieran, sólo el dolor y compasion que habian

en ver la mayor parte de todos en tan extrema necesidad y angustia

era cosa triste, llorosa é incurable. Tantos más caian enfermos y

morian, cuanto los mantenimientos eran ménos, y las raciones dellos

más delgadas; estas se adelgazaban más de dia en dia, porque, cuando

los desembarcaron, se hallaron muchos dañados y podridos; la culpa

desto cargaba el Almirante, ó mucha parte della, á la negligencia ó

descuido de los Capitanes de los navíos. Tambien los que restaron,

con la mucha humedad y calor de la tierra, ménos que en Castilla sin

corrupcion se detenian, y porque ya se acababa el bizcocho, y no

tenian harina sino trigo, acordó hacer una presa en el rio grande de

la Isabela para una aceña, y algunos molinos, y dentro de una buena

legua no se hallaba lugar conveniente para ellos; y, porque de la

gente de trabajo y los oficiales mecánicos, los más estaban enfermos y

flacos, y hambrientos, y podian poco, por faltarles las fuerzas, era

necesario que tambien ayudasen los hidalgos y gente del Palacio, ó

de capa prieta, que tambien hambre y miseria padecia, y á los unos y

á los otros se les hacia á par de muerte ir á trabajar con sus manos,

en especial no comiendo; fuéle, pues, necesario al Almirante añadir

al mando violencia, y, á poder de graves penas, constreñir á los unos

y á los otros para que las semejantes obras públicas se hiciesen. De

aquí no podia proceder sino que de todos, chicos y grandes, fuese

aborrecido, de donde hobo principio y orígen ser infamado, ante los

Reyes y en toda España, de cruel y de odioso á los españoles, y de

toda gobernacion indigno, y que siempre fuese descreciendo, ni tuviese

un dia de consuelo en toda la vida, y, finalmente, desta semilla se

le originó su caida; por esta causa debió de indignarse contra él

aquel padre, que, diz que, venia por legado, fray Buil, de la órden

de Sant Benito, ó porque, como hombre perlado y libre, le reprendia

los castigos que en los hombres hacia, ó porque apretaba más la mano,

el Almirante en el repartir de las raciones de los bastimentos, que

debiera, segun al padre fray Buil parecia, ó porque á él y á sus

criados no daba mayores raciones como se las pedian. Y como ya fuese

á todos ó á los más, por las causas susodichas, odioso, en especial

al contador Bernal de Pisa, y así debia ser á los otros oficiales y

caballeros, que más auctoridad en sí mismos presumian que tenian, á

todos los cuales, sobre todo, creo yo que desplacia la tasa de los

bastimentos, como parece por las disculpas que el Almirante á los

Reyes por sus cartas de sí traia, que como muchos le importunaron en

Castilla que los trajese consigo, y ellos trajesen más criados de los

que podian mantener, no dándoles las raciones tantas ó tan largas como

las quisieran, consiguiente cosa era, que los habia en ello, quien

habia de cumplir con tantos, de desabrir. Allegábase otra calidad que

hacia más desfavorable su partido, conviene á saber, ser extranjero y

no tener en Castilla favor, por lo cual, de los españoles, mayormente

de la gente de calidad, que en sí son altivos, como no le amasen, era

en poco estimado; así que todo esto, junto con el descontento del padre

fray Buil, hobo de hacer harto efecto para dañarle, y dende adelante

su favor fuese disminuido. Y verdaderamente, yo, considerando lo que

desto por mí sé, y á lo que á otros de aquellos tiempos he oido, y de

propósito algo inquirido, y lo que la razon que juzguemos nos dicta,

yo no sé qué culpas en tan poco tiempo (porque no habian pasado sino

tres meses, y con tantas dificultades y necesidad involuntaria, y que

sólo el tiempo y la novedad del negocio y de las tierras ofrecia), el

Almirante, contra los españoles que consigo trujo, por entónces hobiese

cometido, para que tanta infamia y desloor con razon incurriese, sino

que fué guiado por oculto divino juicio. Tornando á la infelicidad de

los cristianos que allí estaban, como fuese creciendo de dia en dia

y de hora en hora, y disminuyéndoseles todo el socorro y refrigerio,

no sólo de los manjares que para enfermos y de graves enfermedades

se requerian, porque acaecia purgarse cinco con un huevo de gallina

y con una caldera de cocidos garbanzos, pero los necesarios para no

morir aunque estuvieran sanos, y lo mismo de cura y medicinas, puesto

que algunas habia traido, pero no tantas ni tales que hobiese para

tantos, ni conviniesen á todas complisiones, sobrevenia la carencia de

quien los sirviese, porque ellos mesmos se habian de guisar la comida,

ya que alguna tuviesen, aunque, por falta de la cual, era este su

menor cuidado, y, finalmente, á sí mismos habian de hacer cualquiera

necesario servicio. Y lo que en estos dias, en aquella gente, mas

llorosa y digna de toda compasion hacia su desastrada suerte, fué,

que como se veian, distantísimos de todo remedio y consuelo, morir,

principalmente de hambre y sin quien les diese un jarro de agua, y

cargados de muy penosas dolencias, que más, cierto, la hambre y falta

de refrigerio para enfermos, les causó allí, é siempre (como se dirá

placiendo á Dios), á los que han muerto y enfermado en todas estas

Indias se les ha causado; así que, con todo género de adversidad

afligidos, y que muchos dellos eran nobles y criados en regalos, y que

no se habian visto en angustias semejantes, y, por ventura, que no

habia pasado por ellos en toda su vida un dia malo, por lo cual, la

menor de las penas que padecian, les era intolerable, morian muchos

con grande impaciencia, y á lo que se teme totalmente desperados. Por

esta causa, muchos tiempos, en esta isla Española, se tuvo por muchos

ser cosa averiguada, no osar, sin gran temor y peligro, pasar alguno

por la Isabela, despues de despoblada, porque se publicaba ver y oir de

noche y de dia, los que por allí pasaban ó tenian que hacer, así como

los que iban á montear puercos (que por allí despues hobo muchos), y

otros que cerca de allí en el campo moraban, muchas voces temerosas

de horrible espanto, por las cuales no osaban tornar por allí. Díjose

tambien públicamente y entre la gente comun, al ménos, se platicaba

y afirmaba, que una vez, yendo de dia un hombre ó dos por aquellos

edificios de la Isabela, en una calle aparecieron dos rengleras, á

manera de dos coros de hombres, que parecian todos como de gente noble

y del Palacio, bien vestidos, ceñidas sus espadas, y rebozados con

tocas de camino, de las que entónces en España se usaban, y estando

admirados aquel ó aquellos, á quien esta vision parecia, como habian

venido allí á aportar gente tan nueva y ataviada, sin haberse sabido en

esta isla dellos nada, saludándolos y preguntándoles cuando y de donde

venian, respondieron callando, solamente, echando mano á los sombreros

para los resaludar, quitaron juntamente con los sombreros las cabezas

de sus cuerpos, quedando descabezados, y luego desaparecieron; de la

cual vision y turbacion quedaron los que los vieron cuasi muertos,

y por muchos dias penados y asombrados. Tornando á tomar donde la

historia dejamos, estando en estos principios de sus tribulaciones y

angustias el Almirante, vínole un mensajero de la fortaleza de Sancto

Tomás, enviado por el capitan Mosen Pedro Margarite, avisándoles como

todos los indios de la tierra se huian y desamparaban sus pueblos, y

que un señor de cierta provincia, que se llamaba Caonabo, se apercibia

para venir sobre la fortaleza y matar los cristianos. Oidas estas

nuevas por el Almirante, acordó enviar 70 hombres de los más sanos,

y la recua cargada de bastimentos y armas, y otras cosas necesarias;

los 25 para guarda de la recua, y los restantes para engrosar los que

la fortaleza guardaban, y, de camino, hiciesen camino por otra parte,

porque por el que habian comenzado á ir era muy áspero. Junto con esto

deliberó enviar toda la gente que no estaba enferma, y la que podia

andar, aunque no del todo muy sana, dejando solamente los oficiales

mecánicos, y dióles por Capitan á Alonso de Hojeda, para que los

llevase hasta la fortaleza de Sancto Tomás, y los entregase al dicho

Mosen Pedro Margarite, para que con ella anduviesen por la tierra y la

allanasen, mostrando las fuerzas y poder de los cristianos para que los

indios temiesen y comenzasen á enseñarse á obedecerlos, mayormente por

la Vega Real, donde, dice el Almirante, que habia innumerables gentes,

y muchos Reyes y señores (y así era gran verdad, como se dijo en el

cap. 90), y así tambien andando, se hiciesen los cristianos á comer de

los mantenimientos de la tierra, pues ya todos los de Castilla se iban

acabando, pero el Hojeda quedase por Alcaide de la dicha fortaleza.

CAPÍTULO XCIII.

En el cual se tracta como Alonso de Hojeda salió de la Isabela con 400

hombres, para poner miedo á la gente de la tierra y sojuzgarla.—Como

en llegando á un pueblo, pasado el Rio del Oro, prendió á un

Cacique y señor, y á su hermano y sobrino por una cosa que hizo un

indio.—Como cortó las orejas á un vasallo del mismo Cacique en su

presencia.—Como condenó á muerte á los mismos, Cacique, hermano y

sobrino.—Dánse razones como ya tenian los indios justa guerra contra

los cristianos.—Cuán culpable fué deste hecho el Almirante, y cuan al

revés entró y comenzó en estas tierras del camino de la ley evangélica,

etc.

Miércoles, 9 de Abril del mismo año de 1494, salió de la Isabela Alonso

de Hojeda con la gente, que pasarian de 400 hombres, y, en llegando

que llegó, al rio, y pasado de la otra parte, que el Almirante habia

puesto Rio del Oro, que arriba digimos ser Mao, á lo que conjeturamos,

porque sabemos muy bien aquella tierra, y cuantos y cuales rios tiene,

y como se llamaban en lengua de indios, como, placiendo á Dios, abajo

se nombrarán, prendió Hojeda al Cacique y señor del pueblo que allí

estaba, y á un hermano y sobrino suyo, y presos, en cadenas, los

envió á la Isabela, al Almirante; hizo más, que á un indio ó vasallo

del dicho Cacique y señor, mandó cortar las orejas en medio de la

plaza de su pueblo; la causa de hacer esta obra, diz que, fué porque

viniendo tres cristianos de la dicha fortaleza para la Isabela, el

dicho Cacique les dió cinco indios que les pasasen la ropa por el

vado, y al medio del rio los dejaron, y volviéronse con ella á su

pueblo, y, diz que, el Cacique no los castigó por ello, ántes la ropa

se tomó para sí. Estaba otro pueblo destotra parte del rio, y el

Cacique y señor dél, como vido que llevaban presos á aquel señor, su

vecino, y á su hermano y á su sobrino, quísose ir con ellos á rogar

al Almirante que no los hiciese mal, confiando que habia hecho muy

buenas obras cuando el Almirante pasó, y ántes cuando Hojeda tambien,

y que el Almirante recebiria sus ruegos. Llegados los presos á la

Isabela, y él con ellos, mandó el Almirante que los presos llevasen á

la plaza, y con voz de pregonero, les cortasen las cabezas; ¡hermosa

justicia y sentencia, para comenzar en gente tan nueva á ser amados

los cristianos, para traerlos al cognoscimiento de Dios, prender y

atar á un Rey y señor en su mismo señorío y tierra, y, pared por medio

della, condenarlos á muerte y á su hermano y sobrino, por una cosa

en que, quizá, ninguna culpa tuvieron, y ya que la tuviesen, siendo

tan leve, y habiendo de preceder mil comedimientos y justificaciones

primero! Tambien ¿como se pudo averiguar, prendiéndolos luego como

Hojeda llegó, y no sabiendo cosa ninguna de la lengua, que el Cacique

tuviese la culpa, y su hermano y su sobrino que no fuesen inocentes?

lo mismo fué gentil ejecucion de justicia, la cual hizo en presencia

del mismo Cacique, y en su pueblo y señorío, cortando las orejas al

vasallo ajeno, Hojeda; ¡buenas nuevas cundirian de la mansedumbre y

bondad de los cristianos por toda la tierra! Así que, como vido el otro

Cacique que llevaban al señor, su vecino, y quizá su padre, ó hermano y

pariente, á la muerte, con muchas lágrimas rogaba al Almirante que no

lo hiciese, prometiendo por señas, en cuanto él podia dar á entender,

que nunca más otro tanto se haria; condescendió el Almirante á sus

ruegos y alcanzólos la vida. En esto llegó uno de caballo que venia

de la fortaleza, y dió nueva, como pasando por el pueblo del Cacique

preso, sus vasallos tenian en mucho aprieto cercados, para matar, á

cinco cristianos, y él con su caballo los descercó y le huyeron más

de 400 indios, fué tras ellos é hirió algunos, é yo no dudo sino que

habria otros muertos. Tambien se derramaría por toda la tierra buen

rumor y buena fama de los cristianos, que un poco ántes estimaban haber

descendido del cielo. Esta fué la primera injusticia, con presuncion

vana y errónea de hacer justicia, que se cometió en estas Indias contra

los indios, y el comienzo del derramamiento de sangre, que despues tan

copioso fué en esta isla, como abajo parecerá, placiendo á Dios, y

despues desta en todas las otras infinitas partes dellas. Ya, desde

este dia, ninguna duda se puede tener por hombre que tenga buen seso,

sino que aquel Cacique y su pueblo tenia justo título y derecho para

contra los cristianos mover y sostener justa guerra, y este derecho

comenzaban los indios de aquel pueblo justamente contra los cinco

cristianos á ejercer; pues veian que les habian llevado su Rey é señor

á la Isabela, preso, quisieron, por ventura, prenderlos, porque, por

haberlos el Almirante, creian ser en su señor restituidos. ¿Qué título,

ó qué derecho, ó qué razones tan necesarias que los convenciese, los

podia haber dado el Almirante cuando llegó á su pueblo, en obra de dos

ó tres horas que estuvo en él, mayormente los unos ni los otros no se

entendiendo, para que no creyese el Cacique que le hacia muy buena

obra en dejarle pasar por su tierra, y hacelle, como le hizo, buen

recibimiento, entrando en ella sin pedirle licencia, mayormente siendo

los cristianos gente tan nueva y de su vista primera feroz, y entrando

en modo de armado ejército, y con caballos, animales tan fieros, que en

viéndolos les tiemblan las carnes, creyendo que los habian de sorber?

lo cual, en la verdad, injuria que se les hizo fué, y no hay gente hoy

en el mundo ni la hobo en tónces que por injuria no lo tuviera, y, de

_jure gentium_, resistir y vengar ó castigar por derecho natural no lo

pudiera ó debiera. ¿Y qué, no se estimaría tambien por superior suyo

y de los cristianos que traia, y á quién habia de ocurrir Hojeda que

le hiciera justicia del indio que, del medio del rio, con la ropa de

los cristianos, afirmaba que se les habia vuelto, y no hacerse juez

supremo en tierra y jurisdiccion ajena, y, lo peor y gravísimo que es,

prender al mismo señor y Rey, y estando seguro y pacífico, y en su

señorío y jurisdiccion, casa y tierra, que fué hacer más atroz y feo

el crímen, echarle en cadenas? La razon clara lo muestra, que no se

habia de entrar tan de rondon ni como en su casa en estas tierras, ni

en forma de guerra, y que no habia de salir el Almirante tan presto de

la Isabela, sin primero enviar sus mensajeros por toda la tierra, dando

cuenta de su venida á todos los Reyes y señores della, notificándoles

venir por su bien, convidándolos á que viniesen á verlo, y que para

los ir á ver le diesen licencia, enviándoles dádivas, como áun trajo

en la instruccion y mandado que le dieron los Reyes, y hacer todos

cuantos comedimientos, y tomar todos cuantos medios de paz, y amor, y

dulzura, y para evitar escándalo y turbacion de los pusilos inocentes,

nos enseña y manda la suave ley evangélica, cuyo ministro y mensajero

él era; pero luego entrar poniendo temores y mostrar potencia, y en

forma de guerra, y violar la jurisdiccion y preeminencia que de ley

natural no era suya, sino ajena, paréceme á mí que no fué entrar por

la puerta. No parece, cierto, esta primera entrada, que fué otra sino

como si nó de los hombres, salvo de bestias fieras, estuvieran pobladas

estas tierras; y, verdaderamente, yo no osaria culpar la intincion

del Almirante, por lo mucho que dél conocí, porque, cierto, siempre

la juzgué por buena, pero, como digimos en el cap. 41, el camino que

llevó, y muchas cosas que hizo, dellas, creyendo que acertaba, de su

voluntad, dellas, constreñido por las angustias que le sucedieron,

como, placiendo á Dios, diremos, fué por error grandísimo que tuvo

cerca del derecho. Es aquí mucho de considerar, para que se vea mejor

el principio que siempre llevó este negocio de las Indias, que, como ha

parecido en los capítulos precedentes, el Almirante y sus cristianos,

y despues todos cuantos en todas estas tierras y reinos entraron y

anduvieron, lo primero que trabajaron siempre, como cosa estimada

dellos por principal y necesaria para conseguir sus intentos, fué

arraigar y entrañar en los corazones de todas estas gentes su temor

y miedo, de tal manera que, en oyendo cristianos, las carnes les

extremeciesen; para lo cual, efectuar hicieron cosas hazañosas, nunca

otras tales, ni tantas, vistas ni oidas, ni áun pensadas ni soñadas,

como, Dios queriendo, se verá. Obra muy manifiesta ser contraria y

enemiga de la por donde han de comenzar su camino, y su entrada, y

su negociacion para inducir los infieles á que vengan á la fe, los

que profesan la verdad y la benignidad, la suavidad y mansedumbre

cristiana.

CAPÍTULO XCIV.

En el cual se tracta como el Almirante determinó de ir á descubrir,

como los Reyes le habían mucho encargado, cuando volvió el segundo

viaje.—Como constituyó un Presidente y un Consejo para el regimiento

desta isla.—Como partió de la Isabela y llegó á Cuba, por la parte

del Sur.—Llegó á surgir á un puerto.—Vinieron á los navíos muchos

indios á traer á los cristianos de lo que tenian, estimando que habian

venido del cielo.—Como desde allí descubrió la isla de Jamáica;

púsole nombre Santiago.—Salieron muchas canoas de indios, con

alegría, para los navíos.—En un puerto salieron de guerra, queriendo

impedir á los cristianos la entrada.—Como lo hacian con razon y

justicia.—Como los cristianos asaetearon á ciertos indios, y cuan mal

hecho fué, y como no se habian de ganar por esta via.—Como no se han

de hacer males por algun fin bueno, aunque salgan dellos bienes.

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 3 / 40 段