Isabela, porque no se perdiese tiempo ni se gastasen los mantenimientos
en balde, y se supiese alguna nueva de lo que en la tierra habia,
especialmente de su Cipango, informado de los indios que allí en un
pueblo junto vivian, quienes afirmaban estar cerca de allí Cibao,
determinó de enviar descubridores que supiesen lo que todos tanto
deseaban, conviene á saber, las minas del oro, y para este ministerio
eligió á Alonso de Hojeda, de quien arriba en el cap. 84 se hizo
mencion. Con 15 hombres, luego, por el mes de Enero siguiente, mandó el
Almirante que fuese á buscar y saber donde eran las minas de Cibao, y
ver la dispusicion de la tierra, poblaciones y gentes della. Entretanto
que Hojeda iba, entendió tambien el Almirante en despachar con brevedad
los navíos que habian de ir á Castilla, y estos fueron 12 dejando 5,
dos naos grandes y tres carabelas, que dejó consigo, de los 17, para
las necesidades que se ofreciesen, y para ir á descubrir, como abajo se
dirá. Volvió Alonso de Hojeda, á pocos dias, con buenas nuevas que á
todos, en alguna manera, entre sus trabajos y enfermedades, alegraron,
puesto que más quisieran, muchos y los más, y quizá todos, hallarse en
el estado que estaban cuando se embarcaron en Castilla, como ya viesen
que el poder ser ricos de oro iba á la larga, porque no pensaban sino
que, á la costa de la mar, habian de hallar el oro, para hinchir
sus costales, arrollado. Dió relacion Hojeda, que hasta los dos dias
que habia hecho de camino, salido de la Isabela, habia tenido algun
trabajo por ser despoblado, pero que, descendido un puerto, habia
hallado muchas poblaciones á cada legua, y que los señores dellas y
toda la gente los recibian como á ángeles, saliéndolos á recibir, y
aposentándolos, y dándoles de comer de sus manjares, como si fueran
todos sus hermanos. Este puerto es la sierra, que arriba digimos,
fertilísima, que hace la vega por la parte del Norte, la cual toda era
poblada, sino que, por aquella parte por donde fueron, debia ser el
camino despoblado; como quiera que era todo poca distancia, porque no
podian ser obra de ocho ó diez leguas hasta descender la vega abajo,
la cual era, en admirable manera, poblada. Continuó Hojeda su camino,
llegó á la provincia de Cibao en cinco ó seis dias, que está de la
Isabela obra de 15 ó 20 leguas, porque se detenia por los pueblos por
ser tan bien hospedado; llegado á la provincia, que luego comienza,
pasado el rio grande que se llama Yaquí, al cual puso el Almirante Rio
del Oro, cuando vido la boca dél en el puerto del _Monte-Christi_, el
primer viaje, andando por los rios y arroyos della, los vecinos que
en los puertos cercanos estaban y los que consigo por guias llevaban,
en presencia del Hojeda y de los cristianos, cogian y cogieron muchas
muestras de oro, que bastaron para creer y afirmar que era tierra
de mucho oro; como en la verdad lo fué despues, de donde se sacó
innumerable, y de lo más fino que hobo en el mundo, como, si Dios
quiere, abajo se contará más largo. Con esta nueva, todos, como dije,
recibieron un mezclado alegron; pero el Almirante fué el que más dello
gustó, y determinó, despachados los navíos para Castilla, ir á ver la
dicha provincia de Cibao, por los ojos, y dar á todos motivo de creer
lo que viesen y palpasen, como Sancto Tomás. Hecha relacion larga de
la tierra y del estado en que quedaba, y donde habia poblado, para los
Reyes católicos, y enviándoles la muestra del oro que Guacanagarí le
habia presentado, y la que Hojeda habia traido, é informándoles de todo
lo que vido ser necesario, despachó á los 12 navíos dichos, poniendo
por Capitan de todos ellos al susodicho Antonio de Torres, hermano del
ama del príncipe D. Juan, á quien entregó el oro y todos sus despachos.
Hiciéronse á la vela á los 2 dias de Febrero de 1494. Alguno dijo que
envió con estos navíos á un Capitan que se decia Gorbalan pero no es
así, lo cual ví, como está dicho, en una carta del mismo Almirante para
los Reyes, cuyo traslado tuve yo en mi poder escrito de su propia mano.
CAPÍTULO XC.
En el cual se tracta como el Almirante salió por la tierra, con
cierta gente española.—Dejó la gobernacion de la Isabela á su
hermano D. Diego.—Como salió en forma de guerra, y así entraba y
salia en los pueblos para mostrar su potencia y poner miedo en la
gente indiana.—Como se quiso amotinar un contador, Bernal de Pisa,
y hurtar ciertos navíos.—Los recibimientos que hacian los indios al
Almirante y á los cristianos.—De su bondad y simplicidad en la manera
que tenian.—De la hermosura de la vega á que puso nombre la Vega
Real.—Los rios tan grandes y hermosos que habia, y el oro que en ellos
se hallaba, etc.
Partidos los navíos para España, y el Almirante, de su indispusicion y
enfermedad mejorado, acordando de salir á ver la tierra, en especial
la provincia de Cibao, porque, estando enfermos algunos de los
descontentos y trabajados, quisieron hurtar ó tomar por fuerza los
cinco navíos que quedaban, ó algunos dellos, para se volver á España,
cuyo movedor, diz que, habia sido un Bernal de Pisa, Alguacil de corte,
á quien los Reyes habian hecho merced del oficio de Contador de aquesta
isla, puesto quel Almirante, no pudiéndose la rebelion encubrir, hechó
preso al Bernal de Pisa, y mandólo poner en una nao para enviarlo á
Castilla con el proceso de lo que habia ordenado, y á los demas mandó
castigarlos; por esta causa mandó poner toda la municion y artillería,
y cosas más necesarias de la mar de los cuatro navíos, en la nao
_Capitana_, y puso en ellas personas de buen recaudo. Y esta fué la
primera rebelion que en estas Indias fué intentada, aunque luego,
ántes que se perfeccionase, fué apagada. Tambien parece haber sido el
origen de la contradiccion, que el Almirante y sus sucesores siempre
tuvieron, de los que los Reyes proveian en estas tierras por sus
oficiales, los cuales le hicieron, como se verá, grandísimos daños.
Hallóse á este Bernal de Pisa una pesquisa escondida dentro de una
boya, (que es un palo muy grueso que se echa con una cuerda, para que
se sepa donde está el ancla, por si se le rompiere el cable) hecha
contra el Almirante; y no se yo qué podia el Almirante haber cometido
ó agravios hecho en tan pocos dias, que no habia dos meses que en la
tierra estaba. Asimismo de los castigos, que, quizá por esto, hizo en
los que por esta conjuracion halló culpados, comenzó la primera vez
á ser tenido por riguroso juez, y, delante de los Reyes, y cuasi en
todo el reino, por insufrible y cruel infamado; de lo cual yo bien
me acuerdo, y áun ántes que pasase á estas partes ni cognosciese al
Almirante, por tal en Castilla publicarse, y dado que no he visto los
testigos que entónces hizo para certificarlos, pero he leido cartas
suyas escritas á los Reyes, excusándose del rigor de la justicia que
le imponian, de donde colijo que algun testigo debiera en aquellos
de haber ejecutado; y, en la verdad, digno era de gran castigo aquel
delito, siendo el primero y de tan mala y peligrosa especie y así
muy grave, pero como los delincuentes, por gravemente que ofendan,
querrian, del todo de las penas que merecen, escaparse, cuando se
las ejecutan escuéceles, y siempre sus causas justifican y repútanse
por agraviados. Volviendo al propósito, puesto recaudo en los cinco
navios, y dejado cargo de la gobernacion á D. Diego, su hermano,
con personas que en ella le aconsejasen y ayudasen, escogió toda la
más gente y más sana que le pareció que habia de pié y de caballo,
y trabajadores, albañiles y carpinteros, y otros oficiales, con las
herramientas é instrumentos necesarios, así para probar á sacar oro,
como para hacer alguna casa fuerte donde los cristianos se pudiesen
defender si los indios intentasen algo. Salió de la Isabela, con toda
su gente cristiana y con algunos indios del pueblo que habia junto á
la Isabela, miércoles, á 12 de Marzo de 1494 años, y, por poner temor
en la tierra, y mostrar que si algo intentasen eran poderosos para
ofenderlos y dañarlos los cristianos, á la salida de la Isabela, mandó
salir la gente en forma de guerra, con las banderas tendidas, y con sus
trompetas, y, quizá, disparando espingardas, con las cuales quedarian
los indios harto asombrados; y así hacia en cada pueblo al entrar y
al salir, de los que en el camino hallaba. Fué aquel dia tres leguas
de allí á dormir, al pié de un puerto harto áspero, todas de tierra
llana, y porque los caminos, que los indios andaban, eran no más anchos
que los que llamamos sendas, como ellos tengan poco embarazo de ropa
ni de recuas ó carretas para tenerlos anchos, porque no lo son más de
cuanto les caben los pies, mandó el Almirante ir á ciertos hidalgos,
con gente de trabajo, delante, la sierra arriba, que dura obra de dos
tiros buenos de ballesta, que con sus azadas y azadones lo ensanchasen,
y, donde habia árboles, los cortasen y escombrasen, y por esta causa,
puso nombre á aquel puerto, el Puerto de los Hidalgos. Otro dia,
jueves, 13 de Marzo, subido el Puerto de los Hidalgos, vieron la gran
vega, cosa que creo yo, y que creo no engañarme, ser una cosa de las
más admirables cosas del mundo, y más digna, de las cosas mundanas y
temporales, de ser encarecida con todas alabanzas, y por ella ir á
prorumpir en bendiciones é infinitas gracias de aquel Criador della
y de todas las cosas que tantas perfecciones, gracias y hermosura en
ella puso; ella es de 80 leguas, y las 20 ó 30 dellas de una parte y
de otra, de lo alto de aquella sierra, donde el Almirante y la gente
estaban, se descubre; la vista della es tal, tan fresca, tan verde, tan
descombrada, tan pintada, toda tan llena de hermosura, que ansí como
la vieron les pareció que habian llegado á alguna region del Paraíso,
bañados y regalados todos en entrañable y no comparable alegría, y
el Almirante, que todas las cosas más profundamente consideraba, dió
muchas gracias á Dios, y púsole nombre la Vega Real. Cuanto bien
merezca este nombre y otro más digno si en la tierra lo hobiese, y que
pudiese provocar las criaturas á nunca cesar de bendecir al Criador,
despues parecerá cuando habláremos della en la descripcion desta isla.
Descendieron luego la sierra abajo, que dura mucho más que la subida,
con grande regocijo y alegría, y atravesaron la felicísima vega, cinco
leguas que tiene de ancho por allí, pasando por muchas poblaciones,
que, como á venidos del cielo, los recibian hasta que llegaron al
rio grande y graciosísimo que los indios llamaban Yaquí, de tanta
agua y tan poderoso como Ebro, por Tortosa, ó como por Cantillana,
Guadalquivir; al cual llamó el Almirante el Rio de las Cañas, no se
acordando que en el primer viaje lo nombró el Rio del Oro, cuando
estuvo á su boca, que sale á _Monte-Christi_. A la ribera deste rio
durmieron aquella noche todos, muy alegres y placenteros, lavándose
y holgándose en él, y gozando de la vista y amenidad de tan felice y
graciosa tierra y deleitosos aires, mayormente por aquel tiempo, que
era Marzo, porque, aunque hay poca diferencia de un tiempo á otro
en todo el año, en esta isla, como en otros muchos lugares y por la
mayor parte destas Indias, pero aquellos meses desde Setiembre hasta
Mayo, es su vivienda como de Paraiso, segun que, placiendo á Dios, más
largo abajo será dicho. Cuando llegaban y pasaban por los pueblos, los
indios de la Isabela que consigo el Almirante llevaba, entraban en
las casas y tomaban todo lo que bien les parecia, con mucho placer de
los dueños, como si todo fuera de todos, y los de los pueblos adonde
entraban se iban á los cristianos, y les tomaban lo que les agradaba,
creyendo que tambien se debia de usar entre nosotros en Castilla; de
donde parece manifiesto, aunque despues se cognosció y experimentó más
claro en diez mil partes destas Indias, cuanta era la paz, y amor, y
liberalidad, y comunicacion benigna y fraternidad natural que, entre
estas gentes, viviendo sin cognoscimiento del verdadero Dios, habia, y
cuanto aparejo y dispusicion en ellos Dios habia puesto para imbuirlos
en todas las virtudes, mayormente con la católica y cristiana doctrina,
si los cristianos por fin principal lo tomáramos segun debiamos. Así
que, otro dia, jueves, 14 de Marzo, pasado el rio Yaquí, con canoas
y balsas, gente y fardaje, y los caballos por un vado hondo, aunque
no nadando, sino fuera que viniera avenido, legua y media de allí
llegaron á otro gran rio que llamó Rio del Oro, porque, diz que,
hallaron ciertos granos de oro, en él, á la pasada; este rio parece
ser, ó el que llamaban los indios Nicayagua, que está del rio Yaquí,
el grande de atras y entra en él, obra de legua y media, pero este no
es grande, salvo que debia de venir á la sazon, por ventura, avenido.
Con este rio Nicayagua, que por sí es pequeño arroyo, se juntan tres
otros arroyos; el uno Buenicún, que los cristianos, el tiempo andando,
llamaron Rio Seco, el otro Coateniquím, el tercero Cibú, las últimas
sílabas agudas; los cuales fueron riquísimos y del oro más fino, y
estos fueron la principal riqueza de Cibao. Ó por ventura, era otro
muy grande que en lengua de indios se nombraba Mao, que tambien mete
su agua en el grande Yaquí. Este rio es muy gracioso y deleitable, y
tuvo tambien muchas y ricas minas de oro; y más creo que fué Mao que no
Nicayagua, considerando el camino del Puerto de los Hidalgos, por donde
pudo á la Vega Real descender. Pasado, pues, este rio, segun cuenta
el Almirante, con mucha dificultad, porque, cierto, debia de venir
por las avenidas muy crecido, como algunas veces yo lo vide, allende
ser por sí grande, fué á dar á una gran poblacion; de la cual, gran
parte de la gente dió á huir, metiéndose en los más cercanos montes,
como sintió los cristianos, otra parte de la gente quedó en el pueblo
y se metian en sus casas de paja, y atravesaban con toda simplicidad
unas cañuelas á las puertas, como si pusieran algunos carretones con
culebrinas por las troneras de la muralla, haciendo cuenta, que, visto
aquel impedimento de las cañuelas atravesadas, habian de cognoscer
los cristianos que no era voluntad de los dueños que en sus casas
entrasen, y que luego se habian de comedir á no querer entrar. ¿Qué
mayor argumento de su inocencia y buena simplicidad? ¿qué más pudiera
usarse en aquella edad dorada de que tantas maravillas y felicidades
cantan los antiguos auctores, mayormente poetas? pero el Almirante,
mandando que nadie entrase en las casas, y asegurando, en cuanto podia,
los indios, iban perdiendo el temor y salian poco á poco á ver los
cristianos; y porque pasando el rio Yaquí primero, grande, luego están
sierras, debian guiar los indios que llevaba por el rio abajo, porque
es todo llano, entre el rio y la sierra, obra de una legua, y á veces
media, por llevar los cristianos por las poblaciones principales
y grandes. Partió de aquella poblacion y llegó á otro hermoso rio,
que era de tanta frescura, que le puso nombre Rio Verde; y tenia el
suelo y ribera de unas piedras lisas guijeñas, todas redondas ó cuasi
redondas, que lucian, y desta manera son cuasi los rios de Cibao; en
este descansó toda la gente aquella noche. Otro dia, sábado, 15 de
Marzo, entró por algunas poblaciones grandes, y la gente toda dellas,
sin la que se ausentaba, ponian tambien palos atravesados á las puertas
porque no entrase nadie, como en los pueblos pasados; llegaron aquella
noche al pié de un gran puerto que llamó Puerto de Cibao, porque desde
encima dél comienza la provincia de Cibao, por aquella parte, que es
cuasi lo postrero della, porque atras, sobre la mano izquiérda, hácia
el Mediodia, queda la mayor parte, y ellos iban la parte del rio Yaquí
abajo, que tiraba el camino hácia el Norte ó polo Ártico; hicieron allí
noche, porque ya la gente de pié iba fatigada. Estarian 11 leguas de la
descendida del puerto pasado que nombró, por la parte de la subida en
él, cuando salió de la Isabela, de los Hidalgos.
CAPÍTULO XCI.
En el cual se tracta como el Almirante subió á la provincia de Cibao, y
de la etimología della, segun la lengua de los indios; de su hermosura,
puesto que es aspérrima; los admirables y graciosísimos rios que tiene;
los pinos infinitos de que está adornada; de su sanidad, salubérrimas
aguas y aires, y alegría; del grandor della.—De los recibimientos y
servicios que los indios en los pueblos le hacian.—Como en un gracioso
rio y tierra halló minas de oro y de azul, y de cobre, y de ámbar, y
especería.—Edificó una fortaleza.—De unos nidos de aves que hallaron
en las cavas que hicieron, de que el Almirante se admiró, de lo cual
tomó ocasion el auctor de decir como pudieron estar sin podrirse,
y descubre muchos secretos de naturaleza.—Colige argumento de ser
antiguas en estas tierras estas gentes.