NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.
—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere
notablemente de la utilizada en español moderno.
—El libro original falta del Capítulo CXXXI; ésta particularidad ha
sido mantenida en éste proyecto.
HISTORIA
DE
LAS INDIAS.
HISTORIA
DE
LAS INDIAS
ESCRITA POR
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
OBISPO DE CHIAPA
AHORA POR PRIMERA VEZ DADA Á LUZ
POR
EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE
Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.
TOMO II.
MADRID
IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA
calle de Campomanes, núm. 8
1875
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Siendo muy pocos los capítulos que, del 83 en adelante, tienen
sumarios, hemos creido conveniente, para facilitar el uso del Indice,
dar aquí un ligerísimo extracto de lo más importante que se contiene en
este tomo.
Sale de Cádiz para su segundo viaje, el Almirante, D. Cristóbal Colon,
y llega á Santo Domingo, donde da principio á la fundacion de la
Isabela (capítulos 83 al 88). Descríbese parte de la isla; relátase el
viaje á Cuba y descubrimiento de Jamáica (89 al 96), la vuelta de Colon
á la Española, donde encuentra á su hermano D. Bartolomé (97 al 100),
que poco ántes habia llegado (101), y la visita del rey Guacanagarí
al Almirante, enfermo, con la prision de Caonabo por Hojeda (102).
Batalla en la Vega Real, contra cien mil indios (104), y escursion del
Almirante por la isla, hasta sojuzgarla casi por completo (105 y 106).
Para averiguar la verdad de ciertas quejas dadas en Castilla contra
Colon, mandan los Reyes á Juan Aguado; vuelve éste á dar cuenta (107
al 109), y poco despues el Almirante, dejando hechas varias fortalezas
y encargado el gobierno á su hermano (110). Llegado á la presencia de
los Reyes, le confirman sus privilegios, le hacen nuevas mercedes y le
dan instrucciones para el gobierno (111-112 y 123 al 126); entre tanto,
D. Bartolomé va á la provincia de Xaraguá, y hace tributario al rey
Behechio (113 al 116); sublévasele el Alcalde de la Isabela, Francisco
Roldan, con 70 españoles (117): cuéntanse otros varios sucesos
ocurridos en la isla (118 y 119) y la guerra con los reyes Guarionex y
Mayobanex, á quienes vence y prende el Adelantado, D. Bartolomé Colon
(120 y 121).
Disertacion histórico-crítica del autor sobre el monte Sopora, la
provincia de Ofir y la isla Taprobana (128); otra científica, sobre el
nacimiento del Nilo y su creciente y menguante (129), y otra, sobre el
Paraíso terrenal y sus rios (141 al 146).
Tercer viaje del Almirante (127 y 130 al 139), en el cual descubre la
tierra firme; su vuelta á la Española (147 al 149), donde, sabido el
levantamiento de Francisco Roldan (148 y 150), trata de reducirle por
medios pacíficos (152 al 154). No lo consigue por entónces, y da cuenta
de ello á los Reyes y del estado de la isla (155). Por fin, despues
de varias tentativas infructuosas (156 y 158 al 160), conciértanse, y
concluye el levantamiento de Roldan (161), acerca del cual y de una
carta de Colon á los Reyes, expone nuestro autor varias consideraciones
(162 y 163).
Viaje á tierra firme de Hojeda con Américo Vespucio (164 al 168), del
cual ya ántes (140) se habia tratado; paso de Hojeda, á la vuelta, por
la isla de Santo Domingo, y disturbios que en ella causa (168 al 170).
Viajes de Peralonso Niño y Cristóbal Guerra (171 y 172), de Vicente
Yañez Pinzon (173), y de Diego de Lepe (174).
Nombran los Reyes Gobernador al comendador Bobadilla, con poderes
extraordinarios (177). Llega á Santo Domingo, prende al Almirante y
á sus hermanos, y los manda á España con grillos (178 al 181). Carta
notable de Colon, al ama del príncipe D. Juan (182), y su llegada á
presencia de los Reyes, quienes manifiestan gran sentimiento por lo que
con él se habia hecho (183).
HISTORIA DE LAS INDIAS.
CAPÍTULO LXXXIII.
Cuando se partió de Barcelona el Almirante, dejó á los Reyes un libro;
no pude saber qué libro fuese, sino que presumo que debia ser donde
tenia colegidas muchas cosas secretas de los antiguos autores, por las
cuales se guiaba, ó el libro de toda su navegacion y rumbos ó caminos
que habia llevado y traido, en aquel su descubrimiento y primer viaje,
para que se sacase un traslado que quedase en los Archivos reales,
y, despues de trasladado, quedaron de enviárselo. Por este libro los
Reyes, y las personas que de su Consejo llamaban, colegian más firmeza
y daban más crédito á las cosas que el Almirante les afirmaba, y
mayores las que habian de suceder esperaban. Y, porque los Embajadores
de Portugal mucho insistian en los conciertos, y en impedir el camino
segundo del Almirante, y, por otra parte, los Reyes eran informados
que el rey de Portugal hacia armada, los Reyes los entretenian cuanto
convenia y daban priesa en el despacho del Almirante, y, juntamente, de
todo lo que se hacia le avisaban. Finalmente, la respuesta que llevaron
los Embajadores fué que ellos enviarian los suyos al Rey, sobre ello,
los cuales fueron dos caballeros, D. Pedro de Ayala y D. García de
Carbajal, hermano del Cardenal de Sancta Cruz; y fué la respuesta,
segun dice la dicha Historia portoguesa, que los Reyes enviaban agora á
saber del todo la cualidad y ser destas tierras, y que á la vuelta de
los navíos se trataria más dello, y se tomaria con el rey de Portugal
el concierto final y resolucion de todo ello. Desta embajada no hobo
el rey de Portugal placer alguno, y dijo á los Embajadores que aquella
embajada de los Reyes, sus primos, no traia piés ni cabeza; y como los
Reyes eran avisados del desabrimiento y dolor del rey de Portugal por
haber perdido tal lance, proveian en todo lo que les parecia convenir
para referirlo al Almirante, y, á este propósito, la Reina le escribió
la siguiente carta:
«La Reina.—D. Cristóbal Colon, mi Almirante del mar Océano, Visorey
é Gobernador de las islas nuevamente halladas en las Indias: Con este
correo vos envio un traslado del libro que acá dejastes, el cual ha
tardado tanto porque se escribiese secretamente, para que estos que
están aquí, de Portugal ni otro alguno, no supiese dello; y, á causa
desto, porque más presto se hiciese, vá de dos letras, segun vereis.
Ciertamente, segun lo que en este negocio acá se ha platicado y visto,
cada dia se cognosce ser muy mayor y de gran calidad y substancia,
y que vos nos habeis en ello mucho servido, y tenemos de vos grande
cargo; y así, esperamos en Dios, que, demas de lo asentado con vos,
que se ha de hacer y cumplir muy enteramente, que vos recibais de Nos
mucha más honra, merced y acrecentamiento, como es razon y lo adeudan
vuestros servicios y merecimientos. La carta del marear que habíades
de hacer, si es acabada, me enviad luego, y por servicio mio deis gran
priesa en vuestra partida, para que aquella, con la gracia de Nuestro
Señor, se ponga en obra sin dilacion alguna, pues vedes cuanto cumple
al bien del negocio; y de todo de allá nos escribid é faced siempre
saber, que, de acá, de todo lo que hobiere vos avisaremos é vos lo
faremos saber. En el negocio de Portugal no se ha tomado, con estos
que aquí están, determinacion; aunque yo creo que el Rey se allegará
á razon en ello, querria que pensásedes lo contrario, porque por ello
no vos descuidedes ni dejeis de ir sobre aviso, á recaudo, que cumple,
para que, en manera alguna, no podais recibir engaño. De Barcelona
á cinco dias del mes de Setiembre de noventa y tres años.—Yo la
Reina.—Por mandado de la Reina, Juan de la Parra.»
Esta parece haber sido la postrera carta que el Almirante recibió de
los Reyes, por aquel tiempo, ántes que se partiese, la cual recibida,
como andaba ya al cabo de aprestarse, allegado el número de la gente,
ordenados los Capitanes, hecha su alarde, mándalos todos embarcar, dada
á cada uno de los pilotos su derrota y camino que habia de hacer, con
su instruccion. Miércoles, á 25 dias de Setiembre del mismo año 1493,
ántes que saliese el sol, hizo soltar las velas y salieron todos 17
navíos y carabelas de la bahía de Cáliz; mandó gobernar los navíos al
Sudueste, camino de las Canarias islas, y el miércoles siguiente, que
se contaron 2 dias de Octubre, llegó á surgir en la isla de la Gran
Canaria, que es la principal de las siete, pero no quiso parar allí, y
por eso, á media noche, tornó á alzar las velas, y el sábado siguiente,
á 5 de Octubre, tomó la isla de la Gomera, donde estuvo dos dias, en
los cuales se proveyó á mucha priesa de algunos ganados, que él, y los
que acá venian, compraban, como becerras, y cabras, y ovejas; y, entre
otros, ciertos de los que venian allí, compraron ocho puercas á 70
maravedís la pieza. Destas ocho puercas se han multiplicado todos los
puercos que, hasta hoy, ha habido y hay en todas estas Indias, que han
sido y son infinitos; metieron gallinas tambien, y esta fué la simiente
de donde, todo lo que hoy hay acá de las cosas de Castilla, ha salido,
lo mismo de las pepitas y simientes de naranjas, limones y cidras,
melones y de toda hortaliza; proveyéronse de agua, y leña, y refrescos
para toda el armada. Allí dió á cada piloto su instruccion cerrada y
sellada, donde se contenia la derrota y camino que habian de hacer
para hasta llegar á la tierra del rey Guacanagarí, donde dejó hecha la
fortaleza y los 39 cristianos. Mandó á los pilotos que en ningun caso
abriesen la dicha instruccion, sino, en caso que el tiempo les forzase
apartarse de su compañía, entónces la abriesen para que supiesen donde
habian de ir; en otra manera nó, porque no queria que nadie supiese
aquellos caminos, porque no acaeciese, por ventura, ser avisado dellos
el rey de Portugal.
CAPÍTULO LXXXIV.
Lúnes, á 7 de Octubre, mandó hacer alzar velas á toda su flota y
armada, pasó la isla del Hierro, que está cerca de la Gomera y es la
postrera de las Canarias; de allí tomó su vía, y caminó más á la parte
austral, que es el primer viaje, cuando vino á descubrir; anduvo, hasta
24 del mismo mes, que sentia que habria andado 450 leguas. Vieron
una golondrina venir á los navíos, y más adelante comenzaron á venir
algunos nublados y aguaceros ó turbiones de agua del cielo; sospechó
que aquella mudanza no debia ser sino haber por allí cerca alguna
tierra, por lo cual mandó quitar algunas velas, y estar sobre el aviso
en la guarda del velar de noche. Domingo, 3 dias de Noviembre, ya que
amaneció, vieron tierra toda la flota, con harto regocijo y alegría de
todos, como si les abrieran los cielos. Esta tierra era una isla, á la
cual puso nombre la Dominica, porque la descubrió dia de domingo; luego
vido otra isla á la mano derecha de la Dominica, luego vieron otra, y
escomenzaron á aparecer muchas. Dando todos infinitas gracias á Dios,
cantan la _Salve regina_, luego, como la suelen cantar en los navíos
cuando navegan, á prima noche; comienzan á salir olores de las flores
de las islas, de que se maravillaban todos; ven infinitos papagayos
verdes, que andan juntos como zorzales en su tiempo, con mucha grita
que siempre van dando. Juzgaban que, desde la Gomera, en veintiun dias
que la Dominica vieron, hasta 750 leguas, ó pocas más, habrian andado.
No pareció haber puerto en la Dominica, por la parte del Levante, y por
esto atravesó el Almirante á otra isla, que fué la segunda á que puso
nombre, y fué Marigalante, porque la nao en que iba el Almirante así
se llamaba. Salió allí en tierra con gente de su nao, y tomó posesion
jurídica por los reyes de Castilla y Leon, ante todos, y autorizóla
con fe de escribano. Partió de allí, otro dia, lúnes, y vido otra
gran isla, y á esta puso nombre Guadalupe, á la cual se llegaron; y,
hallando puerto, surgieron ó echaron anclas, y mandó que fuesen ciertas
barcas á tierra, y ver un poblezuelo que parecia en la costa junto
al mar, donde no hallaron á nadie, porque, como vieron los navíos,
huyeron todos los vecinos dél á los montes. Allí hallaron los primeros
papagayos que llamaban guacamayos, tan grandes como gallos, de muchos
colores, y lo más es colorado, poco azul y blanco; estos nunca chirrían
ni hablan, sino de cuando en cuando dan unos gritos desgraciados,
y solamente se hallan en tierra firme en la costa de Paria, y por
allí adelante. Hallaron en las casas un madero de navío, que llaman
los marineros quodaste, de que todos se maravillaron, y no supieron
imaginar como hobiese allí venido, sino que los vientos y los mares lo
hobiesen allí traido, ó de las islas de Canaria, ó de la Española, de
la nao que allí perdió el Almirante el primer viaje. Mártes, 5 dias del
mes de Noviembre, mandó el Almirante salir dos barcas á tierra para ver
si pudiesen tomar alguna persona, para saber los secretos de la gente
y de la tierra, y para si le diesen nueva que tan léjos estaban de la
isla Española; trujeron dos mancebos, y, por señas, hicieron entender
al Almirante, que no eran de aquella isla, sino de Boriquen, y esta es
la que agora llamamos la isla de Sant Juan; afirmaban, cuanto ellos
podian con manos y ojos, y ménos, mostrar, y con gestos de amargas
ánimas, que los de aquella isla eran caribes, y que los habian preso y
traido de Boriquen para los comer, como lo solian acostumbrar. Tornaron
las barcas por ciertos cristianos que se habian quedado, y hallaron
con ellos seis mujeres que se venian huidas de los caribes, á ellos,
por se escapar. El Almirante, no creyéndolo y por no alterar la gente
de la isla, dió á las indias cuentas, y cascabeles, y espejos y otras
cosas de rescate, y tornólas á enviar á tierra, las cuales los caribes
despojaron de las cosas que les habia dado el Almirante, á vista de los
de las barcas; tornando las barcas por agua, tornaron las mujeres á
huirse con otros dos muchachos y un mozo, y rogaron á los cristianos
que las llevasen á las naos. Dellas se coligió haber por allí otras
muchas islas, y tierra grande que parecian significar á tierra firme,
y nombraban á cada una por su nombre. Preguntóseles tambien por señas
por la isla Española, que en lengua della y de las comarcanas, se
llamaba Haytí, la última sílaba aguda; señalaron á la parte donde
caia, y, aunque el Almirante, por su carta del descubrimiento primero,
entendia y podia ir derecho allá, pero holgóse de óir dellas el paraje
donde le demoraba. Quisiera luego alzar las velas, sino que le dijeron
que Diego Marquez, el veedor, que iba por Capitan de un navío, habia
saltado en tierra con ocho hombres, sin su licencia, y, aún con harta
indiscrecion, ántes que amaneciese, y no era vuelto á los navíos. El
Almirante hobo mucho enojo, y con justa razon; envió luego cuadrillas
de gente para lo buscar, fueron aquel dia y no lo hallaron por la
espesura de los muchos montes; acordó esperarlos todo aquel dia porque
no se perdiesen, y, porque si dejaba el navío, despues no acertase á
ir á la Española. Torna á enviar cuadrillas, cada una con su trompeta,
porque oyesen donde estaban, y tambien tirar espingardas; andando
perdidas aquel dia las cuadrillas, volviéronse, sin hallarlos, á los
navíos. Hacíasele al Almirante cada hora un año, y, con gran pena,
quiso dejarlos, pero al cabo no lo quiso hacer por no desmampararlos
y los indios no los matasen ó padeciesen algun gran desastre; y por
no aventurar el navío y la gente dél, si, por esperarlos, lo dejasen,
mandó que todos los navíos se proveyesen de agua y leña, y los que
quisiesen salir, á se recrear en tierra y lavar su ropa, saliesen, y
determina enviar á Alonso de Hojeda, que iba por Capitan de una de las
carabelas, que con 40 hombres los fuese á buscar, y de camino indagase
lo que habia en la tierra. Díjose que habian hallado almástiga, y
jengibre, y cera, y incienso, y gándalos, y otras cosas aromáticas,
pero hasta agora no se ha sabido que tales cosas haya, ni allí ni en
las otras islas; algodon hallaron mucho, como lo hay en todas estas
islas y en tierra firme, donde es la tierra caliente y no fria. Dijeron
que vieron alcones, y niblíes; milanos hay hartos en todas estas
partes, y garzas, y grajas, palomas, tórtolas y dorales, ansares y
ruiseñores; perdices, dijeron que habian visto, pero estas no se han
hallado, sino solamente en la isla de Cuba. Certificaban que en seis
leguas habian pasado veintiseis rios, muchos dellos hasta la cinta;
bien podia ser uno y pasarle muchas veces, como el rio que se pasa
cuatrocientas veces y más, del Nombre de Dios á Panamá. Finalmente, se
volvieron aquestos sin hallarlos, y ellos, el viernes á 8 de Noviembre,
vinieron y aportaron á los navíos; dijeron, que por los grandes montes
y breñas se perdieron y no acertaron á volverse. El Almirante mandó
prender al Capitan, y á los demas dar alguna pena. Salió el Almirante á
tierra á unas casas que estaban por allí cerca, en las cuales hallaron
mucho algodon hilado y por hilar, y una manera nueva de telares en
que lo tejian, vieron muchas cabezas de hombres colgadas, y restos de
huesos humanos. Debian ser de señores ó personas que ellos amaban,
porque, decir que eran de los que comian, no es cosa probable, la razon
es, porque si ellos comian tantos como dicen algunos, no cupieran en
las casas los huesos y cabezas, y parece, que despues de comidos no
habia para qué guardar las cabezas y huesos por reliquias, si quizá no
fuesen de algunos sus muy capitales enemigos, y todo esto es adevinar.
Las casas, dijeron que eran las de mejor hechura, y más llenas de
comida y cosas necesarias, que se habian visto en las otras partes del
primer viaje.
CAPÍTULO LXXXV.
El domingo siguiente, á 10 dias de Noviembre, mandó levantar las anclas
y dar las velas, y fué costeando la misma isla de Guadalupe, la via
del Norueste, en busca de la Española, y llegó á una isla muy alta, y
nombróla Monserrate, porque parecia que tenia la figura de las peñas
de Monserrate, y de allá descubrió cierta isla muy redonda, tajada por
todas partes, que, sin escalas ó cuerdas hechadas de arriba, parece
que es imposible subir á ella, y por esto púsole nombre Sancta María
la Redonda, á otra llamó Sancta María de la Antigua, que tenia 15 ó 20
leguas de costa; parecian por allí otras muchas islas, hácia la banda
del Norte, muy altas y de grandes arboledas y frescuras; surgió en
una, á la cual llamó Sant Martin, y cuando alzaban las anclas salian
pegados á las uñas dellas pedazos de coral, segun les parecia; no dice
el Almirante si era blanco ó colorado. El jueves, 14 de Noviembre,
surgió en otra isla que llamó Sancta Cruz; mandó allí salir en tierra
gente y que tomasen algunas personas para tomar lengua. Tomaron cuatro
mujeres y dos niños, y á la vuelta con la barca toparon una canoa,
dentro de la cual venian cuatro indios y una india, los cuales, visto
que no podian huir, se comenzaron á defender y la india tambien con
ellos, y tiraron sus flechas y hirieron dos cristianos de los de la
barca, y la mujer pasó con la suya una adarga; embistieron con la
canoa, y trastornáronla, y tomáronlos, y uno dellos, no perdiendo
su arco, nadando tiraba los flechazos tan reciamente, poco ménos,
que si estuviera en tierra. Uno destos vieron que tenia cortado su
instrumento generativo, creian los cristianos que para que engordase
mejor, como capon, y despues comerlo los caribes. Desde allí, andando
el Almirante su viaje para la Española, vido muchas islas juntas que
parecian sin número, á la mayor dellas puso nombre Sancta Ursula, y á
todas las otras las Once mill Vírgenes; llegó de allí á otra grande,
que llamó de Sant Juan Baptista, que ahora llamamos de Sant Juan, y
arriba digimos que llamaban Boriquen los indios, en una bahía della,
al Poniente, donde pescaron todos los navíos diversas especies de
pescados, como sábalos, y sardinas algunas, y, en mucha cantidad,
lizas, porque destas es la mayor abundancia que hay en estas Indias, en
la mar y en los rios. Salieron en tierra algunos cristianos y fueron
á unas casas por muy buen artificio hechas, todas, empero, de paja y
madera, que tenian una plaza, con un camino, desde ella hasta la mar,
muy limpio y seguido, hecho como una calle, y las paredes de cañas
cruzadas ó tejidas, y por lo alto tambien con sus verduras graciosas,
como si fueran parras, ó verjeles de naranjos ó cidros, como los hay
en Valencia ó en Barcelona, y junto á la mar estaba un miradero alto,
donde podian caber diez ó doce personas, de la misma manera bien
labrado; debia ser casa de placer del señor de aquella isla, ó de
aquella parte della. No dice aquí el Almirante que hobiesen visto allí
alguna gente; por ventura, debian de huir cuando los navíos vieron.
El viérnes, á 22 del mismo mes de Noviembre, tomó el Almirante la
primera tierra de la isla Española, que está á la banda del Norte, y
de la postrera de la isla de Sant Juan, obra de 15 leguas, y allí hizo
echar en tierra un indio de los que traia de Castilla, encargándole
que induciese á todos los indios de su tierra, que era la provincia de
Samaná, que estaba de allí cerca, al amor de los cristianos, y contase
la grandeza de los reyes de Castilla y las grandes cosas de aquellos
reinos; él se ofreció de lo hacer, con muy buena voluntad, despues
no se supo deste indio más, creyóse que se debió morir. Prosiguió su
camino el Almirante y viniendo al Cabo, que, cuando el primer viaje lo
descubrió, le puso nombre el cabo del Angel, como arriba en el capítulo
67 se dijo, vinieron á los navíos algunos indios en sus canoas con
comida y otras cosas, para rescatarlas con los cristianos, y, yendo á
surgir á _Monte-Christi_ la flota, salió una barca, hácia tierra, á
un rio que allí parecia; vido muertos dos hombres, el uno mancebo y el
otro viejo, á lo que parecia, y el viejo tenia una soga de esparto,
de las de Castilla, á la garganta, tendidos los brazos y atadas las
manos á un palo como en cruz, pero no cognoscieron que fuesen indios ó
cristianos, de donde el Almirante tomó gran sospecha y pena que fuesen
muertos los 39 cristianos, ó dellos alguna parte. Otro dia, mártes, 26
de Noviembre, tornó á enviar el Almirante por algunas partes algunos
hombres, para saber qué nuevas habia de los de la fortaleza, vinieron
muchos indios á hablar con los cristianos; muy segura y libremente, sin
temor alguno, llegábanse á los cristianos y tocábanles al jubon y á la
camisa diciendo, «jubon, camisa,» mostrando que sabian los nombres de
aquellas cosas; con estas palabras y con no temer los indios aseguróse
algo el Almirante de que no fuesen los de la fortaleza muertos. A la
entrada del puerto de la Navidad surgió con los navíos, miércoles, á
27 de Noviembre; hácia la media noche vino una canoa llena de indios
y llegó á la nao del Almirante y preguntáronles por él, diciendo,
«¡Almirante, Almirante!» respondiéronles que entrasen que allí estaba,
ellos no quisieron hasta que el Almirante se paró al bordo de la
nao, y desque lo cognoscieron, que era harto bien cognoscible por su
autorizada persona, luego entraron en la nao dos dellos, y dánle sendas
carátulas, que llaman guayças, muy bien hechas y con algun oro, como
arriba fué dellas dicho, presentándoselas de parte del rey Guacanagarí
con grandes encomiendas, las que pudieron significar; preguntándoles
el Almirante por los cristianos, que era lo que le dolia, respondieron
que algunos eran muertos de enfermedad, y otros se habian ido la
tierra dentro con sus mujeres y áun con muchas mujeres. Bien sintió
el Almirante que debian ser todos muertos, pero disimuló por entónces
y tornólos á enviar, dándoles un presente de bacinetas de laton que
siempre tuvieron en mucho, y otras menudencias que habian de agradar
al señor Guacanagarí, y tambien á ellos dió cosas conque se fueron
alegres, luego, aquella noche.
CAPÍTULO LXXXVI.
Entróse luego, el jueves, 28 de Noviembre, á la tarde, con toda su
flota, dentro del puerto de la Navidad, acerca de donde habia dejado
hecha la fortaleza, la cual vido toda quemada, de donde recibió
grandísimo pesar y tristeza, viendo cierto argumento de la muerte de
todos los 39 cristianos que en ella habia dejado, y por aquel dia no
pareció persona alguna por todo aquello; otro dia salió en tierra el
Almirante, por la mañana, con grande tristeza y angustia de ver quemada
la fortaleza, y ninguno de los que con tanto placer y contentamiento de
todos habia dejado. Habia algunas cosas de los cristianos, como arcas
quebradas, y bornias, y unos que llaman arambeles, que ponen sobre las
mesas los labradores; no viendo persona ninguna á quien preguntar, el
Almirante, con ciertas barcas entró por un rio arriba, que cerca de
allí estaba, y dejó mandado que limpiasen un pozo que dejó hecho en la
fortaleza, para ver si los cristianos habian escondido allí algun oro,
pero no se halló nada; el Almirante tampoco halló á quien preguntar,
porque los indios todos huian de sus casas. Hallaron, empero, en ellas
vestidos algunos de los cristianos, y dió la vuelta. Hallaron por cerca
de la fortaleza siete ú ocho personas enterradas, y cerca de allí, por
el campo, otras tres, y cognoscieron ser cristianos por estar vestidos,
y parecia haber sido muertos de un mes atras, ó poco más. Andando por
allí buscando escripturas ó otras cosas, de que pudiesen haber lengua
de lo que habia pasado, vino un hermano del rey Guacanagarí, con
algunos indios que ya sabian hablar y entender nuestra lengua algo,
y nombraban por su nombre todos los cristianos que en la fortaleza
quedaron, y tambien por lengua de los indios que traia de Castilla el
Almirante, diéronle nuevas y relacion de todo el desastre. Dijeron
que, luego que el Almirante se partió dellos, comenzaron entre sí á
reñir é tener pendencias, y acuchillarse, y tomar cada uno las mujeres
que queria y el oro que podia haber, y apartarse unos de otros; y que
Pero Gutierrez y Escobedo mataron á un Jacome, y aquellos, con otros
nueve, se habian ido con las mujeres que habian tomado y su hato, á la
tierra de un señor que se llamaba Canabo, que señoreaba las minas (y
creo que está corrupta la letra, que habia de decir Caonabo, señor y
Rey muy esforzado de la Maguana, de quien hay bien que decir abajo),
el cual los mató á todos diez ú once; dijeron más, que, despues de
muchos dias, vino el dicho rey Caonabo con mucha gente á la fortaleza,
donde no habia más de Diego de Arana, el Capitan, y otros cinco que
quisieron permanecer con él para guarda de la fortaleza, porque todos
los demas se habian desparcido por la isla, y de noche puso fuego á
la fortaleza y á las casas donde aquellos estaban, porque no estaban,
por ventura, en la fortaleza, las cuales, huyendo hácia la mar, se
ahogaron. El rey Guacanagarí salió á pelear con él por defender los
cristianos; salió mal herido, de lo que no estaba sano. Esto concordó
todo con la relacion que trajeron otros cristianos, que el Almirante
habia enviado por otra parte á saber nuevas de los 39 cristianos, y
llegaron al pueblo principal de Guacanagarí, el cual vieron que estaba
malo de las heridas susodichas, por lo cual se excusó que no pudo
venir á ver al Almirante y darle cuenta de lo sucedido, despues que
se partió para Castilla; y que la muerte dellos habia sido, porque
luego que el Almirante se fué comenzaron á rifar y á tener discordias
entre sí, tomaban las mujeres á sus maridos y iban á rescatar oro cada
uno por sí. Juntáronse ciertos vizcainos contra los otros, y ansí se
dividieron por la tierra, donde los mataron por sus culpas y malas
obras; y esto es cierto, que si ellos estuvieran juntos estando en
la tierra de Guacanagarí, é so su proteccion, y no exacerbaran los
vecinos, tomándoles sus mujeres, que es con lo que más se injurian y
agravian, como donde quiera, nunca ellos perecieran. Envió á rogar
Guacanagarí al Almirante, con aquellos cristianos, que le fuese á ver
porque él no salia de su casa por aquella indispusicion. El Almirante
fué allá, el cual, con rostro muy triste contó al Almirante todo lo que
dicho es, mostrando sus heridas, y de mucha de su gente que en aquella
defensa habian sido heridos; y bien parecian las heridas ser de las
armas que los indios usaban, que eran las tiraderas, como dardos, con
un hueso de pescado por punta. Pasada la plática hizo un presente al
Almirante de ochocientas cuentas menudas de piedra, que ellos preciaban
mucho y las llamaban cibas, y ciento de oro, y una corona de oro y
tres calabacillas, que llaman hibueras, llenas de granos de oro, que
todo pesaria hasta cuatro marcos, que eran doscientos castellanos
ó pesos de oro; el Almirante dió á Guacanagarí muchas cosas de las
nuestras de Castilla, como cuentas de vidro, y cuchillos, y tijeras,
cascabeles, alfileres, agujas, espejuelos, que valdria todo hasta
cuatro ó cinco reales, y con ello pensaba Guacanagarí que quedaba muy
rico. Quiso acompañar al Almirante á donde tenia su real; hiciéronle
muy gran fiesta, donde se regocijó mucho, admirándose de los caballos,
y de lo que los hombres con ellos hacian. Dice aquí el Almirante, que
entendió allí que uno de los 39, que dejó, habia dicho á los indios y
al mismo Guacanagarí algunas cosas en injuria y derogacion de nuestra
sancta fe, y que le fué necesario rectificarle en ella, y le hizo
traer al cuello una imágen de Nuestra Señora, de plata, que ántes no
habia querido recibir. Dice más aquí el Almirante, que aquel padre
fray Buil, y todos los demas, quisieran que lo prendiera, más no lo
quiso hacer, aunque dice que bien pudiera, considerando que, pues los
cristianos eran muertos, que la prision del rey Guacanagarí, ni los
podia resucitar, ni enviar al Paraíso, si allá no estaban, y dice que
le pareció que aquel Rey debia ser acá como los otros Reyes, entre los
cristianos, que tienen otros Reyes parientes á quien con su prision
injuriara, y que los Reyes lo enviaban á poblar, en lo que tanto habian
gastado, y que sería impedimento para la poblacion, porque le saldrian
de guerra y no dejarle asentar pueblo, y mayormente seria gran estorbo
para la predicacion y conversion á nuestra sancta fe, que era á lo que
principalmente los Reyes lo enviaban. Por manera, que, si era verdad
lo que Guacanagarí decia, hiciérale gran injusticia, y toda la tierra
lo tuviera en odio y rencor con todos los cristianos, teniendo al
Almirante por ingrato del gran bien que habia recibido de aquel Rey,
en el primer viaje, y más en defenderle los cristianos, con riesgo
suyo, como sus heridas lo testificaban, y, finalmente, queria primero
poblar, y que, despues de poblado y hecho en la tierra fuerte, y sabida
la verdad, podria castigarlo si lo hallase culpado, etc. Estas son
las razones que, para no seguir el parecer de los que le aconsejaban
prenderle, dió el Almirante; y fué harta prudencia la suya, más que la
del parecer contrario.
CAPÍTULO LXXXVII.
Antes que pasemos más adelante, porque, por ventura, no habrá otro
lugar donde tan bien convenga ponerse, miéntras el Almirante hacia
esta su segunda navegacion, concertóse entre los reyes de Castilla é
Portugal que hobiese junta de la una parte y de la otra, para tratar
de concierto y dar asiento en lo que destas mares y tierras habia
de quedar por de cada uno de los reinos y de cada uno dellos; segun
impropia y corrupta, y no ménos injustamente se ha acostumbrado á
nombrar, lo que, en la verdad, si habemos de hablar y obrar como
cristianos, no se ha de llamar conquista sino comision y precepto de
la Iglesia y del Vicario de Cristo, que á cada uno destos señores se
les manda y encarga que tengan cargo de convertir las gentes destos
mundos de por acá; otra cosa diferente es la conquista de los infieles
que nos impugnan y angustian cada dia. Así que, el rey de Portugal
envió sus solenes Embajadores, con mucha compañía y autoridad, á los
católicos reyes, que ya eran venidos de Barcelona y estaban en Medina
del Campo, y presentada su embajada y finalmente, dando y tomando,
yendo postas y viniendo posta, de Portugal á Castilla, hobo de haber
fin y concluirse la siguiente determinacion y concierto, entre los
reyes de Castilla D. Fernando y Doña Isabel y el rey D. Juan II de
Portugal. El lugar que eligió para tratarse deste negocio fué la
villa de Simancas, dos leguas y media de Valladolid; allí mandaron ir
los reyes de Castilla á muchas personas que sabian de cosmografía y
astrología, puesto que habia harto pocos entónces en aquellos reinos, y
las personas de la mar que se pudieron haber (no pude saber los nombres
dellas ni quién fueron), y allí envió el rey de Portugal las suyas,
que debian tener, á lo que yo juzgué, más pericia y más experiencia
de aquellas artes, al ménos de las cosas de la mar, que las nuestras.
Ayuntáronse todos en la dicha villa de Simancas, y determinaron y
asentaron, en conformidad, lo siguiente, en 20 dias de Junio, año del
Señor de 1494. Fué el concierto y asiento: «Que si hasta los dichos 20
dias de Junio hobiesen descubierto tierras algunas la gente ó navíos
de los reyes de Castilla, dentro de 250 leguas, de 370 que se habian
señalado, que fuesen y quedasen para el rey de Portugal, y si las
descubriesen dentro de las 120 que restaban de las 370, quedasen para
los reyes de Castilla. Item, fué concierto y asiento, que dentro de
diez meses enviasen cuatro carabelas, una ó dos de cada parte, ó más
ó ménos segun se acordase, las cuales se juntasen en la isla de Gran
Canaria, y en cada una enviasen, de cada una de las partes, pilotos y
astrólogos y marineros, con tanto que sean tantos de una parte como de
otra; y que algunas personas de las dichas vayan, de las de Castilla,
en los navíos de los portogueses, y otras de los portogueses vayan en
los navíos de Castilla, tantos de una parte como de otra. Los cuales
juntamente puedan ver y cognoscer la mar, y los vientos, y los rumbos,
y los grados del sol y del Norte, y señalar las 370 leguas y límites,
segun se pudiese hacer; á lo cual concurran todos juntos, y lleven
los poderes de los Reyes. Y todos los navíos concurran juntamente y
vayan á las islas de cabo Verde, y desde allí tomen su derrota derecha
al Poniente, hasta las dichas 370 leguas, medidas como las dichas
personas acordaren que se deben medir, é allí, donde se acabaren, se
haga el punto é señal que convenga, por grados del sol ó del Norte, ó
por singladuras de leguas, ó como mejor se pudiere concordar; la cual
dicha raya, señalen de polo á polo. Y si caso fuere que la dicha raya
ó límite de polo á polo topare en algunas islas ó tierra firme, que,
al comienzo della ó dellas, se haga alguna señal ó torre donde topare
la dicha raya, é que, en derecho de la tal señal ó torre, se continúen
dende adelante otras señales por la tal isla ó tierra firme en derecha
de la dicha raya, las cuales partan lo que á cada una de las partes
perteneciere della, etc.» Este fué el concierto y asiento que en
Simancas por aquel tiempo se hizo. Y es aquí de considerar la bondad de
los reyes de Castilla y amor de la paz que tuvieron, que, como el Papa
les concediese que todo lo que se contuviese del Occidente y Austro,
despues de pasadas 100 leguas, de las islas de Cabo Verde, por bien de
paz cedieron su derecho á concertarse con lo que se contuviese pasadas
las 370 leguas, con las demas condiciones á que quisieron subiectarse
por su propia voluntad. El traslado de los capítulos de este asiento
enviaron los Reyes al Almirante en los primeros navíos que enviaron,
despues que él partió con los 17 navíos, y quisieran que se hallaran él
ó su hermano en tratar de aquello y asentar los dichos límites ó torre
que se habia de hacer, hecha la línea que habian de imaginar, como
abajo parecerá. Despues muchos años, el tiempo andando, en tiempo del
Emperador D. Cárlos y Rey nuestro señor, se tractó de otra junta que se
hizo en la ciudad de Badajoz, sobre los límites destas Indias, entre
castellanos y portogueses, decirse ha abajo, con el favor de Dios, lo
que en ello supiéremos que decir. Tratando deste asiento la Historia
portoguesa, que refiere la vida del dicho rey D. Juan, y que escribió
el susonombrado autor García de Reesende, en el cap. 166 dice, que
deste asiento y conclusion se hicieron por los Reyes contratos jurados,
y, con gran seguridad corroborados, de que mostraron ambas partes gran
contentamiento, por excusar las diferencias y discordias que ya se
comenzaban á revolver, contrarias de la paz que tenian asentada, y que
cuando volvieron sus Embajadores, por Julio, el rey de Portugal los
recibió con mucha alegría.....[1] Este historiador dice en el siguiente
cap. 167, una cosa que quiero referir aquí, para aviso de los Reyes,
porque es muy notable, y es, que tenia el rey de Portugal tanta parte
en el Consejo de los reyes católicos de Castilla, Rey é Reina, que
ninguna cosa se trataba en él, por secreta é importante que fuese,
que no la supiese luego el rey de Portugal, y por esto, andando en
estos tratos y conciertos, tenia el rey de Portugal muchas postas y
gran industria desta manera: Trataban el Rey y la Reina en su Consejo
lo que convenia tratar y determinarse; algunos traidores del Consejo,
que allí tenia el rey de Portugal bien salariados, avisábanle luego de
todo lo que pasaba; escribia luego el Rey á sus Embajadores, «mañana ó
tal dia os han de decir ó responder el Rey é la Reina tal y tal cosa,
respondereis de mi parte tal y tal cosa, y direis tales palabras;» los
Embajadores, como veian que salia así todo, sin faltar palabra, estaban
espantados, y no ménos el Rey y la Reina miraban en ello, viendo que
los Embajadores daban tan determinadamente respuesta en cosas que
requerian que con su Rey las consultasen. Y tenia esta industria el rey
de Portugal, que enviaba al duque del Infantadgo y á otros Grandes, que
sabia que no le ayudaban ni habian de ayudar, muchas joyas y presentes,
públicamente para hacerlos sospechosos con los Reyes, y á los que tenia
por sí en el Consejo de los Reyes, enviaba muchos dones y dádivas muy
secretas, y pagaba sus salarios; y así no habia cosa que los Reyes
hiciesen que no se lo revelaban. De donde parece cuanta es la maldad de
los infieles consejeros, y como los Reyes viven y gobiernan en mucho
trabajo.
CAPÍTULO LXXXVIII.
Visto por el Almirante que aquella provincia del Marien era tierra muy
baja, y que no le parecia que habia piedra y materiales para hacer
edificios, puesto que tenia muy buenos puertos y buenas aguas, deliberó
de tornar hácia atras la costa arriba, al leste, á buscar un buen
asiento donde provechosamente poblase; y, con este acuerdo, sábado, 7
dias de Diciembre, salió con toda su flota del puerto de la Navidad, y
fué á surgir aquella tarde cerca de unas isletas que están cerca del
_Monte-Christi_, y, otro dia, domingo, sobre el monte, yendo mirando
por la tierra donde Dios le deparase la dispusicion que buscaba para
poblar, pero su intincion, principalmente, iba enderezada al Monte
de Plata, porque se le figuraba, segun él dice, que era tierra más
cercana á la provincia de Cibao, donde, segun el viaje primero habia
entendido, estaban las minas ricas de oro, y quél estimaba ser Cipango,
como arriba se dijo. Fuéronle los vientos muy contrarios despues que
salió del puerto de _Monte-Christi_, que con muy grande trabajo y de
muchos dias, y con toda el armada, se vido en gran pena y conflicto,
porque la gente y los caballos venian todos con grande fatiga; por
estas dificultades, no pudo pasar del puerto de Gracia, en el cual
arriba digimos que habia estado Martin Alonso Pinzon, cuando en el
primer viaje se apartó del Almirante, y que agora se llama el puerto
ó rio de Martin Alonso, y está cinco ó seis leguas del puerto de la
Plata; puesto que dice aquí el Almirante que está once, pero entónces
no se sabia la tierra como agora. Este puerto dice el Almirante ser
singularísimo, y quisiera, diz que, poblar en él, si sintiera que tenia
rio suficiente de agua, ó fuente (y creo que tiene un arroyo pequeño),
ó si supiera la buena tierra y comarca que alrededor tenia, como
despues la supo. Por manera, que hobo de tornar atras tres leguas de
allí, donde sale á la mar un rio grande y hay un buen puerto, aunque
descubierto para el viento Norueste, pero para los demas bueno, donde
acordó saltar en tierra, en un pueblo de indios que allí habia; y vido
por el rio arriba una vega muy graciosa, y que el rio se podia sacar
por acequias que pasasen por dentro del pueblo, y para hacer tambien
en él aceñas y otras comodidades convenientes para edificar. Lo cual
visto, en el nombre de la Sancta Trinidad, dice él, que determinó de
poblar allí, é así mandó luego desembarcar toda la gente, que venia muy
cansada y fatigada y los caballos muy perdidos, bastimentos y todas
las otras cosas de la armada, lo cual todo mandó poner en un llano,
que estaba junto á una peña bien aparejada para edificar en ella su
fortaleza; en este asiento comenzó á fundar un pueblo ó villa que
fué la primera de todas estas Indias, cuyo nombre quiso que fuese la
Isabela, por memoria de la reina Doña Isabel, á quien él singularmente
tenia en gran reverencia, y deseaba más servirla y agradarla que
á otra persona del mundo. Dice aquí el Almirante, que, despues de
haber asentado allí, daba infinitas gracias á Dios, por la buena
dispusicion, que, para la poblacion, por aquel sitio hallaba; y tenia
razon, porque hobo por allí muy buena piedra de cantería, y para hacer
cal, y tierra buena para ladrillo y teja, y todos buenos materiales,
y es tierra fertilísima y graciosísima y bienaventurada. Por este
aparejo dióse grandísima prisa, y puso suma diligencia en edificar
luego casa para los bastimentos y municiones del armada, é iglesia y
hospital, y para su morada una casa fuerte, segun se pudo hacer; y
repartió solares, ordenando sus calles y plaza, y avecindáronse las
personas principales, y manda que cada uno haga su casa como mejor
pudiere; las casas públicas se hicieron de piedra, las demas cada
uno hacia de madera y paja, y como hacerse podia. Mas, como la gente
venia fatigada de tan largo viaje, y no acostumbrado, de la mar, y
luego, mayormente la trabajadora y oficiales mecánicos, fueron puestos
en los grandes trabajos corporales de hacer las obras y edificios
susodichos, y materiales para ellos, y la tierra, de necesidad, por la
distancia tan grande que hay de España hasta aquí, é mudanza de los
aires y diferentísimas regiones, los habia de probar, puesto que ella
en sí es de naturaleza sanísima, como abajo se dirá en los capítulos
90 y 91, á lo cual se llegó la tasa de los bastimentos, que todos se
daban por estrecha órden y medida, como cosa que se traia de España,
y que de los de la tierra, por ser tan diferentes de los nuestros,
mayormente el pan, no habia esperanza que por entónces á ellos se
arrostrase, comenzó la gente, tan de golpe, á caer enferma, y, por el
poco refrigerio que habia para los enfermos, á morir tambien muchos
dellos, que apénas quedaba hombre de los hidalgos y plebeyos, por muy
robusto que fuese, que, de calenturas terribles, enfermo no cayese;
porque á todos era igual, casi, el trabajo, como podrán bien adivinar
todos aquellos que saben qué cosa sea, en especial en estas tierras,
poblar de nuevo, lo cual en aquel tiempo, sin ninguna comparacion, más
que en otro ni en otra parte, fué laborioso. Sobreveníales á sus males
la grande angustia y tristeza que concebian de verse tan alongados
de sus tierras, y tan sin esperanza de haber presto remedio, y verse
defraudados tambien del oro y riquezas que se prometió á sí mismo, al
tiempo que acá determinó pasar, cada uno. No se escapó el Almirante de
caer, como los otros, en la cama, porque como por la mar solian ser sus
trabajos incomparables, mayormente de no dormir, que es lo que más en
aquella arte se requiere que tengan los que llevan oficio de pilotos,
y el Almirante, no sólo llevaba sobre sí cargo de piloto, como quiera
y como los pilotos suelen llevar en las navegaciones, adonde muchas
veces han ido, pero en tal como esta, en aquel tiempo tan nueva y tan
nunca otra tal vista ni oida, y que ninguno la sabia sino él, y por
consiguiente, sobre sus hombros iba el cuidado de toda la flota, y
que todos los otros pilotos habian de llevar, y, sin esto, lo mucho
que ya más le iba que á todos, teniendo suspenso á todo el mundo, que
esperaban como habia de responder la cosa comenzada; que, cierto, no
era ménos, sino ántes más y mayor la obligacion, que de satisfacer á
los reyes de Castilla y á toda la cristiandad, tenia, como mayores
prendas se hobiesen ya metido, así de gastos como de gente, que la del
primer viaje, así que todas estas consideraciones, que pasaban cada
hora por su pensamiento, le compelian á que fuese mártir por la mar;
y, sin duda, sus cuidados, vigilias, solicitud, temores, trabajos y
angustias, no creo que se podrán comparar, de donde necesariamente se
habia de seguir caer en grandes enfermedades, como abajo parecerá.
Y de una cosa me parece que todos los que deste negocio tuvimos y
tenemos noticia, entre todas las demas, nos debiamos más que de otras
maravillar, y cognoscer la infalible providencia de Dios haber tenido
singular modo de proveer aquesta negociacion, conviene á saber, que no
solamente hobiese hecho tan fácil y breve, ansí en lo de la mar, sin
tempestades, como en la clemencia y suavidad y favor de los vientos,
en el primer descubrimiento y viaje, siendo, por la mayor parte, todos
ó cuasi todos, los que despues se han hecho y hacen, tan peligrosos,
impetuosos y llenos de tantos trabajos, como habemos muchas veces en
nos y en otros experimentado, pero que nunca el Almirante, por todo él,
á ida ni á venida, ni en la estada de España, ni agora en esta tornada
de este segundo viaje, hasta que hobo enseñado á todos los demas á
navegar estas mares, y puso en estas tierras la gente que trajo, cuasi
como por arras de los que despues habian de venir á efectuar lo que
Dios tenia determinado, nunca, digo, el Almirante, caudillo y guiador
de aquesta divina hazaña, en todos los peligros y dificultades pasadas
enfermase; y así, creo que es particular cosa esta, de las muchas que
podemos hallar en el descubrimiento de estas Indias, no la menor que
otra digna de profunda consideracion.
CAPÍTULO LXXXIX.
En el cual se tracta como el Almirante envió á un Alonso de Hojeda con
15 hombres á descubrir la tierra, y saber de las minas de Cibao.—Como
recibian los indios á los cristianos con mucha alegría.—Volvió Hojeda
con nuevas de oro.—Alegróse el Almirante y toda la gente.—Como
despachó el Almirante, de los 17, los 12 navíos para Castilla, con la
relacion larga para los Reyes; y á quién envió por Capitan dellos, etc.