Mas si alevoso huésped, por codicia,
del recinto selvático le arranca
para dejarle prisionero alado
dentro la odiosa jaula;
El pobre ruiseñor cierra su pico,
enfermo pliega las oscuras alas,
y, romper no pudiendo sus cadenas,
muere de rabia...
Entonces ¡oh! no sólo del aplauso
agito yo las palmas,
sino que, noble, sin igual y altiva,
doy forma á esta pregunta temeraria:
¿Por qué los pueblos que aherreojó el tirano
también no aprenden á morir de rabia?