JOSÉ MERCADO

(Momo)

Nació en Caguas, el día 7 de Octubre del año 1863. Fué bautizado en

aquella parroquia con el nombre de José Ramón, y era hijo natural de

Ramona Mercado.

De su niñez se sabe solamente que fué poco tiempo á la escuela, y que á

los doce años servía como dependiente y mandadero en una tienda de

comestibles de don Eusebio Santa, en dicha población.

Con motivo de unas fiestas reales que allí se celebraron en aquel

tiempo, se convocó á los trovadores populares para que acudiesen á

improvisar décimas ante un jurado, ofreciendo un premio al vencedor. El

niño Mercado pidió permiso al dueño de la tienda para acudir á la justa

poética, llegó ante el jurado, cantó, y obtuvo el premio entre todos los

trovadores del concurso.

Vivió después en el pueblo de Cayey, dedicado probablemente á

ocupaciones análogas á las que solía desempeñar en Caguas, y cuando se

hallaba ya en plena juventud, vino á San Juan.

Lo más interesante de la vida de Mercado desde esta fecha lo relató hace

años en forma ligera el autor de las presentes líneas, en una especie de

semblanza que sirve de prólogo á la colección de poesías de aquél,

titulada _Virutas_, y dice así:

"En mi ya larga vida de tropezones literarios, no he tropezado hasta

ahora con un autor más original que el de este libro.

_Momo_ es la originalidad misma. No se parece á nadie física, moral ni

literariamente. No se sabe dónde, cuándo ni cómo aprendió á escribir

versos; tampoco se sabe cuándo, ni en donde los escribe, y á estas

horas, en que _Momo_ es ya una personalidad literaria hecha y derecha,

todavía son muy contadas las personas que aquí tienen noticias de cómo,

cuándo y de dónde vino Momo á esta ciudad. Yo mismo, que solía tener al

dedillo, en tiempos atrás, los antecedentes de mis compañeros de letras,

encuentro bien poca cosa que decir acerca del advenimiento, aprendizaje

y formación de este poeta singular.

Allá por los años de 1891 se publicaba aquí un periódico, del cual eran

redactores varios catedráticos del Instituto. Lo editaba el Sr. Anfosso,

y lo empaquetaba y rotulaba para los suscriptores un jovencito

pelirrojo, risueño, vivaracho, de fisonomía simpática é inteligente, y

de mirada interrogativa y sagaz.

Adolecía por lo general el periódico aquel de cierto dogmatismo

empalagoso, y el lenguaje de sus artículos era casi siempre almidonado y

tieso, con más atavíos de retórica que ingenio y originalidad. Pero

afortunadamente, los catedráticos se distraían con frecuencia, no

volvían á la Redacción después de almuerzo, y á la hora de terminar el

periódico no había originales suficientes. Corría entonces la noticia

por el taller, se producía un sordo rumor de colmena mezclado con tal

cual escape de risa, continuaba después el trabajo de los tipógrafos, y

el periódico salía completo, á su hora y sin dificultad.

Luego se fué notando que las ediciones del periódico en que ocurría lo

que acabo de relatar, eran las únicas en que había algo bueno y sabroso

que leer.

Y... lo que pasa. La gente que leía y saboreaba aquellos versos

epigramáticos y aquellas sabrosas noticias, quiso averiguar de quién

eran. Nada se puso en claro por de pronto, y esto avivó más y más el

deseo de la averiguación; pero de sospecha en sospecha, y de indicio en

indicio, llegó, por fin, á saberse que el autor de los epigramas

picantes y de las regocijadas gacetillas era... el mismísimo diablillo

rojo que rotulaba las fajas para el correo en la oficina del periódico.

La curiosidad frívola frecuentó con cierta asiduidad, en aquellos meses,

la Redacción y la Administración de _La Balanza,_ que éste era el nombre

del periódico indicado; pero sólo consiguió saber que el chico era de

carne y hueso, que había venido de Cayey, que tenía buen humor, que

fumaba puro y que sabía leer y escribir.

Más tarde, un repartidor de cédulas de vecindad llegó á saber que

nuestro incógnito se llamaba José Mercado.

¡Mercado! Este apellido sonaba mal en aquella época, en que se había

establecido ya la cotización de las conciencias políticas, y no se podía

pronunciar en alta voz sin que alguno se diese por aludido.

El chico lo conoció bien pronto, á fuer de avisado y perspicaz, y empezó

á desligarse del apellido, hasta que prescindió de él por completo.

--Este, más que apellido--dijo Mercado para sí--es un apóstrofe oblicuo,

que diría el catedrático de Retórica... Sacrifiquémoslo, para evitar

disgustos innecesarios.

Y tomó de ese apellido el principio y el fin, ó sea la primera y la

última letra, y repitiéndolas en una sola palabra formó el seudónimo por

el cual le conocemos desde entonces, y que es también el nombre del dios

mitológico de la Risa.

No tardó mucho en hacerse popular el seudónimo, y desde ese mismo

instante empezó _Momo_ á padecer.

En cuanto se supo que hacía versos fáciles y graciosos no hubo en la

ciudad sereno, cartero, alguacil, campanero, ó repartidor de periódicos

que no le encargase versos, para pedir el aguinaldo.

Y tras de éstas, llegaron otras peticiones, atraídas por la eficacia de

la propaganda.

--¿Quién te _sacó_ esos versos tan bonitos?

--_Momo._

--¿No te _quitó_ nada por sacarlos?

--No.

--Pues me tiene que sacar otros á mí.

Y allá fué medio mundo, á sacarle á _Momo_ los ojos, para que él le

sacara versos.

Las compañías de zarzuelas le encargaban todas las seguidillas,

peteneras y coplas alusivas y picantes de la temporada; no hubo ya

pedidor de aguinaldo que no le pidiera versos graciosos, ni álbum que no

llegara donde él en demanda de alguna chistosa redondilla.

También acudieron á _Momo_ las cofradías en busca de poesías místicas.

¿Tenía gracia el nuevo poeta? ¿Eran leídos con avidez sus versos? ¿se

reían las gentes con ellos, y por todas partes los repetían y los

saboreaban con deleite? Pues que le saque unas décimas á las cinco

llagas, que componga un villancico para los Santos Reyes, ó que haga un

soneto acróstico para el Ángel Gabriel.

Complaciente y bondadoso como Dios lo hizo, apechugaba _Momo_ con estos

encargos, y _sacaba_ versos de aquella enmarañada y varonil cabeza, como

quien saca agua de un pozo manantial.

Y ahora pregunto:

¿Deben atribuirse á esta tremenda gimnasia, los evidentes progresos de

_Momo_ en el arte de la versificación?

Yo, por lo menos, me inclino á creer que esto ha debido contribuir en

gran parte al desarrollo de sus excelentes disposiciones para el cultivo

de la poesía lírica. Lo cierto del caso es que _Momo_ versifica ahora

con admirable facilidad, que maneja bien la rima y que su dicción iguala

en espontaneidad y soltura á la del mejor de los poetas portorriqueños.

En los primeros años el instrumento poético de _Momo_ fué consecuente

con la significación mitológica de su seudónimo, y no sonaba en él más

que la cuerda festiva; pero el pasar de los años, las amarguras de la

experiencia y la penosa impresión que dejan siempre en las almas

sensibles las desgracias de la patria, fueron poniendo en tensión otras

cuerdas importantes, y ya le falta poco para poseer el registro

completo. Sus composiciones tituladas _La Lengua castellana_, _¡Á la

fiesta!_, _¡Sálvanos, madre!_, _Lázaro_, y _Redención_, demuestran hasta

qué punto el diablillo juguetón y despreocupado de _La Balanza_ ha

podido elevarse en la escala del sentimiento patrio, de la elegía bien

sentida y vibrante, y de un subjetivismo ingenuo y melancólico, que hace

recordar en cierto modo la doliente y amable sinceridad de Alfredo de

Musset.

En algunas de estas producciones aparece ya el poeta de alto sentido

social, que se sale de sí mismo, que se olvida de su risa y de su

humorismo propios, para sentir el dolor ambiente, la desgracia de los

que le rodean; é inspirándose entonces en los diversos estados del alma

popular, interpreta y expresa en sugestivas estrofas el pensamiento

colectivo, las esperanzas, las tristezas ó los anhelos de las

multitudes. Enmudece entonces en él la nota festiva y riente, y ora

prorrumpe en gritos de protesta contra lo que considera indigno, ora nos

canta, como Richepin, la canción melancólica de los desgraciados.

Posee, pues, en alto grado el don de la sensibilidad, sin el cual no hay

poeta posible; pero pasada en él la impresión aguda que crea esos

estados de ánimo capaces de producir el ardiente soplo de la inspiración

lírica, su espíritu, naturalmente regocijado y apacible vuelve á

producir notas alegres, como vuelve la palmera al movimiento dulce y

juguetón de sus graciosos abanicos, después de haberlos agitado con

violencia dolorosa á impulsos de una breve racha del vendaval.

¡Dios le conserve á _Momo_ esa cualidad, tan en harmonía con la gracia

de su ingenio y con la espontaneidad generosa de su carácter!

Lo árido de la profesión en que por necesidad se ejercita, su desdén por

el convencionalismo literario (todavía mayor que el que le inspira el

convencionalismo social) y su poca ó ninguna afición á las citas de las

historia y del arte, han sido causa de que algunos de sus admiradores le

supongan refractario al estudio, atribuyendo los méritos de sus

producciones á milagros de la ciencia infusa y á la fuerza poderosa de

la vocación.

Creo que se equivocan.

No hay progreso sin estudio, y son evidentes los progresos que se van

operando en la labor poética de _Momo_. Lo probable es que tenga muy

limitado el número de sus autores preferidos, y que áun de estos pocos

no se esclavice á ninguno. Diríase que su Musa es huraña de puro

independiente, y que su Pegaso no admite ancas; pero eso no es decir que

el poeta de _La Lengua Castellana_ desdeñe los buenos modelos, ni huya

de las verdaderas fuentes de inspiración.

Además, _Momo_ sabe leer y lee con frecuencia en el gran libro de la

realidad viviente, y de él suele sacar sin esfuerzo los mejores asuntos

para sus composiciones.

Si según vive en una ciudad relativamente populosa, en cuyas alegrías y

tristezas toma nuestro poeta inspiración para sus cantares, le hubiera

tocado en suerte vivir, con su cultura actual, en medio de la campiña

portorriqueña, de esa maravillosa orgía de luz y de colores donde la

vida brota, se renueva, se esparce y se desborda en profusión

incomparable de formas, tonos, perfumes y sonidos, quizás no

estuviéramos esperando todavía el cantor de tan soberanas bellezas, el

poeta que nos hiciese comprender y sentir el tesoro de tan amorosa,

dulce y delicada poesía.

La necesidad, la curiosidad, ó ambas fuerzas reunidas, le trajeron del

campo á la población, y en vez de Orfeo ha resultado _Momo_.

¡Séalo en hora buena!

Son ya tantos en el mundo los que nos hacen gemir, que aquél que logre

aportar al _acerbo_ común un poco de dulzura alegre y comunicativa, será

verdaderamente un bienhechor de la humanidad.

_Ecce Momo._"

Á fines de Septiembre del año 1905 se embarcó para la Habana, en donde

hizo vida de bohemio amable, bien querido de los hombres de letras y

bien recibido en las Redacciones de periódicos, pero constantemente

desprovisto de dinero.

Visitó varias poblaciones importantes de Cuba, publicó allá varios

trabajos en verso y en prosa, que no se han coleccionado, y falleció en

la Capital de aquella república en Marzo de 1911.

No obstante su vida azarosa y descuidada, fué un poeta de gran

espontaneidad, de noble pensamiento y de fácil vena cómica.

La siguiente composición es de las más celebradas que escribió:

Antología portorriqueña: Prosa y verso · 第 126 / 146 题