Ya, sin saberlo, para el momento de las despedidas éramos muchos:
primero que todos, el inseparable compañero de diabluras; enlazadas,
detrás, en su contínuo abrazo la madre dilecta y la hija predilecta; más
atrás, empujando para ponerse por delante, los dos más endiablados
botafuegos que el sol de las Antillas ha ingerido en corazones y cabezas
de muchacho. Faltaba sólo uno: es uno que ya está camino del porvenir,
que es un camino muy áspero, muy cuesta arriba, muy sin horizonte, muy
sin luz, sobre todo, en la América del Sud. Y suspiramos.