EL HOMBRE VELORIO.

Hubo en Puerto Rico una época en que verdaderamente se ataban los perros

con longanizas. Nos referimos á aquel buen tiempo en que era una verdad

decir que donde comían cuatro, comían cinco; y no podía ser de otro

modo, porque había mucho que comer, tal vez no tan de fantasía como lo

que hoy conocemos con los nombres de _pancée_, _souflée_, _troufée_,

etc., etc., pero de cierto que había comidas muy sabrosas, que saben

confeccionar algunos rebeldes á los efectos de esa civilización que se

entromete hasta en el lugar más sagrado de una casa, la cocina. Nos

referimos al haragán mofongo, la persuasiva sopa de casabe, la

melindrosa carne frita, etc., etc., que aún conservan sus prosélitos,

por supuesto, deponiendo el título de gente de buen tono. La época de

que hacemos mención, es aquella en que las calles estaban á oscuras, y

cada una de ellas tenía más tropiezos que una mujer tropezona de

nuestros tiempos; cuando las Miseña Josefa, y todas las otras Miseña

engordaban su puerquito, y todas comían chicharrones (hoy se dice: «el

que no mata puerco, no come chicharrón») y se hacían pasteles, hayacas y

butifarras, y se repartía todo entre todos en un santiamén, y de postre

se mandaban sendas fuentes de manjar blanco, ojaldres y suaves buñuelos,

y se veían las criadas cruzarse, llevando los repartimientos de una á

otra casa. Hoy la cosa se maneja de otro modo, por efecto de la

civilización; el que mata un puerquito tiene buen cuidado de apretarle

el hocico, no sea que chille y le oiga el vecino, y averigüe que hay

puerco muerto en la vecindad, y mande por el rabo. Pero volvamos á la

edad de oro. Otro de los rasgos característicos de aquella fecha, era el

pedirse prestado los morteros unos á otros, y un poquito de culantro, y

un dientecito de ajo, etc.; para resumir, entonces todo se daba, hoy no

se da nada, y hacemos bien, entre paréntesis.

En la época á que nos referimos, se hacía patrullas por los paisanos,

que es otra peculiaridad de aquel buen tiempo. Estas patrullas se

reducían á reunirse una media docena de amigos y salir de parranda por

la ciudad; uno llevaba pasteles, el otro pan, el criado de otro le

andaba detrás en sus rondas con la cazuela de escabeche, y el del otro

con la escandalosa y perfumada olla de mofongo, y la patrulla concluía

por ir al atrio de la iglesia ó á la plazuela de Santiago, sentarse

sobre el fresco suelo y tragarse el santo y seña bajo la forma dicha. Al

siguiente día los que pasaban por aquel lugar decían, sin más

antecedentes que las lustrosas envolturas de los pasteles: «aquí hizo

alto la patrulla de anoche».

Los jóvenes de aquella época se paseaban de noche llevando en vez de

varitas ó bastones, grandes espadones toledanos de siete cuartas, de

esos que pelean solos, y que eran los compañeros inseparables de la

juventud, después de las siete de la noche. Era golpe de gran hombre

llegar á casa de la novia con el chafarote bajo el brazo, y tirarlo con

desdén sobre una mesa.

En esa época, raro era el baile que no se acababa con algunos sablazos,

pues los bailes justamente eran las galleras de la juventud. Para

hacerse una pelea era suficiente motivo que D. Pepito, aprendiz de

bailarín, no pudiendo seguir la estratégica trama de una contradanza,

que el veterano D. Ramón ponía, con el nombre del _Pabellón francés_, ó

el _Canasto de flores_, ó los _Molinos_, en cuyas figuras había que

sudar á mares, y bracearse media hora, y pasar los hombres por debajo de

los brazos de las mujeres, y las mujeres por encima de los hombres, y en

que no faltaba un viejo experto que diese la voz de alarma: «ahora,

_doña_, para entrar á tiempo». Si como dejo dicho, el neófito don Pepito

no podía seguir el berengenal que plantaba don Ramón, y dejaba pasar una

figura entera ó media cadena, D. Ramón se consideraba, altamente

ofendido en lo más delicado de su honra, y era necesario que corriese la

sangre para lavar tanta afrenta.

Del mismo modo se consideraba un motivo de desafiar el colocarse un

hombre distraídamente en un puesto más arriba de lo que la rigorosa

ordenanza danzante le permitía, y también tenía uno que romperse el

juicio con un cualquiera, por sacar á bailar una joven que estaba

comprometida á acompañar en aquella misma contradanza á otro, sin que

sirviese de excusa el alegar que él ignoraba tal compromiso, y que la

culpa era de la dama: no había más remedio: V. hacía de hablativo ó

instrumento con que se hacía la cosa, y no cabía otro arreglo que, al

salir del baile, irse á la bajada del cementerio, y recibir una tanda de

planazos con el mismo compás de dos por cuatro, con que inocentemente

bailó V. su retozona contradanza. De ese tiempo es que dicen los viejos,

suspirando al recordarlo: «¡Ah, tiempo bueno!»

En aquella época la Isla aparecía como una sola familia compacta y

unida. Las riquezas, convenientemente distribuídas, ofrecían el

bienestar y la satisfacción, que se retrataba así en el rostro del rico

hacendado, como en el del honrado proletario. El lujo no se había

abierto camino en nuestra Isla, y alternaban gustosos en las modestas

reuniones junto con el opulento comerciante ó propietario, sus

dependientes ó servidores.

Pero vamos á nuestro _hombre velorio_, originario de la época á que

acabamos de referimos, y en la que se concurría á un velorio como á una

fiesta cualquiera; aquel hombre se diferencia muy poco del tipo de

nuestros días, diferencia que no ha podido menos de establecer la

civilización.

La primera diligencia del _hombre velorio_, al oscurecer, era informarse

de la salud de los enfermos en la población, fuesen ó no amigos suyos,

porque para el _hombre velorio_ importaba poco el grado de intimidad que

le uniese con el paciente: con llegar por la casa así como por

casualidad, de una manera que él sabía y que nosotros no podemos

explicar, ya tenía bastante. En tratándose de velorio, nuestro tipo no

tenía jurisdicción marcada. Una vez al corriente del estado de los

enfermos, iba á su casa y se ponía su traje de _velorio_, que consistía,

por lo regular, en camisa y pantalón «de andar de noche»; un redingot de

irlanda cruda, un par de chinelas, un sombrero de panamá en el cuarto

grado de consunción; y en vez del chafarote de marras, un bastoncito de

naranjo, cieniguillo ó _Juan caliente_; completando su ajuar un pañuelo

de bolsillo de grandes dimensiones y grandes flores.

Nuestro hombre llegaba al velorio y ponía la cara de conformidad con el

estado de gravedad del enfermo, ó cambiando en un todo el escenario de

la fisonomía, si era velorio de muerto grande, y presentando otra

decoración distinta, si era de muerto pequeño, que en este caso se

llamaba técnicamente _velorio de angelito_.

El _hombre velorio_ llegaba en puntillas de pie, haciendo señas con la

mano para que nadie se moviese. Colocaba el sombrero en un rincón, y

antes de hacerse cargo de la silla sobre que había de pasar la noche,

miraba á su rededor para reconocer el campo de sus operaciones. Su

primer diligencia era indagar si había comestibles, y á qué clase

pertenecían, y no se sentaba hasta que no lo averiguaba, para lo cual

daba dos ó tres paseos, siempre dirigiendo disimuladamente la vista por

todas partes, y no se acomodaba hasta saber el estado de las

provisiones, porque para poder velar bien, consideraba necesario que

hubiese algo que comer; á lo contrario se le llamaba profesionalmente

velorio á _palo seco_, y nuestro hombre no entraba por esa clase de

velorios: si descubría que había que correr el temporal á _palo seco_,

viraba de bordo y seguía otro rumbo. Una vez satisfecho de que había

algo, procuraba informarse de quiénes eran los compañeros de velorio,

porque había también _mujer velorio_ y tenía su reputación formada de

buena compañera de velorio, que era frase que oíamos á menudo.

Enterado ya de cuanto necesitaba saber, colocaba su silla en un lugar

conveniente, es decir, entre las mujeres, y al lado de la _mujer

velorio_, y ya estaba nuestro hombre en su elemento.

Antes de todo, y pocos momentos después de haberse sentado, vuelve á

levantarse y se dirige al depósito de los _pasatiempos_, mete la mano en

la bandeja de tabacos, y se apodera de más de los que necesita por el

momento, echa un traguito, come algunos bizcochos y vuelve á ocupar su

lugar. Ya está el tabaco prendido y puede darse principio á los

chascarrillos; el _hombre velorio_ es un manantial de anécdotas, y sabe

decirlas con graciosa seriedad y una voz propia de velorio, lanzando por

la boca una nube de humo á cada «pues señor». Mientras que el _hombre

velorio_ cuenta sus chascarrillos, las mujeres apoyan la barba sobre la

mano abierta, y fijos en él sus ojos mascan el cigarro que tienen en la

boca, haciendo creer que se limpian los dientes, y las viejas los

prenden y fuman como murciélagos, diciendo cada vez que el cuentecillo

se enrojece, al echar una nube de humo por la boca: "Jesús con Vd., don

José." Y don José aumenta el colorido del cuento, las muchachas se miran

unas á las otras, y algunas de ellas, de risibles propensiones, por no

romper la carcajada se tapan la boca con el pañuelo y se hacen mil

contorsiones en la silla. Es de rigor que haya un pollo en el velorio, y

que sea pollo enamorado, que va detrás de alguna hija de Eva en los

primeros albores de la juventud.

El _hombre velorio_ es el protector de esos amores por aquella noche,

aconseja y anima al pollo y le hace lugar, diciéndole de vez en cuando:

«ahora es tiempo, no seas tonto, aprovecha la ocasión». Así se pasa la

noche entera, la cual se ameniza muy á menudo con copitas de vino,

bizcochos, azucarillos y cigarros, de los cuales hace una provisión para

muchos días. Desde las tres de la mañana ya empieza nuestro tipo á

indicar que es hora de estar listo el pan caliente; se ofrece--por vía

de estirar las piernas--á ver si aquél está ya cocido, y él mismo va á

informarse á la próxima panadería.

Á las cuatro de la mañana ya las viejas están apestosas á _cabos de

tabacos_, y las muchachas de mal talante y peor color, y unas y otras

con el indispensable pañuelito atado á la cabeza.

Los muebles están en desorden, y allá y acullá por los rincones se ven

algunos de los _veladores_ dormidos sobre una silla, haciendo la figura

más triste, pues sus compañeros más fuertes, como uno de los recursos

de la diversión en el velorio, les han tiznado la cara con un corcho

carbonizado. Ya á esta hora han desaparecido todos los comestibles de la

noche, y el _hombre velorio_ anda por la cocina activando el café, y

disponiendo que se haga _cargadito_.

Ya vienen las tazas y se oye el ruido de las cucharas al caer en los

platillos: el caliente pan se anuncia con su peculiar olor al dividir en

dos la tostada libra que tiene el _hombre velorio_, quien al echar de

menos la mantequilla, dice como pudiera decir un químico al ver que en

lo más preciso de una operación le faltase el más indispensable

ingrediente: «¿Y la mantequilla, por Dios? ¿Y la mantequilla? ¿Quién

tiene la mantequilla? ¡Lo menos se han olvidado de la mantequilla!

¡Corran, por Dios, por esa mantequilla, ó se pierde todo esto!» Y vuelve

á cerrar el pan antes que se enfríe. Viene la mantequilla, vuelve á

abrir la olorosa libra de pan, se le unta la apetecible grasa, y el

cuchillo empieza su tarea de dividirla en rebanadas. Cada cual se

acerca, toma su taza de café y su apéndice de pan, y se retira á un

lado.

El _hombre velorio_ es el único que se queda al pie de la mesa, porque

primeramente le ha quedado el café muy dulce, y lo ha venido á notar

después de haberse bebido la mitad de la taza, la cual llena nuevamente

para que le dé sazón á su gusto. Luego le falta pan para concluír el

café que le queda en la taza, y toma otra rebanada, y como es natural le

sobra después el pan, y tiene que echar más café para concluír con él, á

fin de que ambos concluyan á un tiempo. De un fresco jarro lleno de agua

serenada, que está en una jarrera en el patio, toma agua, se lava las

manos y los relumbrosos labios, que limpia con su pañuelo de color.

Prende otro cigarro, no de los que han estado depositados en el bolsillo

toda la noche, sino del abastecedor azafate; se levanta el cuello del

redingot, y se lo abotona hasta el último botón, para no refriarse; se

cala el sombrero, y sale en puntillas de pie, diciendo al taparse la

boca con el pañuelo: «¡Hasta mañana!» Y de seguro que volverá mañana y

pasado, y todas las noches en que haya velorio.

Antología portorriqueña: Prosa y verso · 第 76 / 146 题