[437] Téngase presente que una cosa es la regla de S. Benito y otra cosa

las constituciones y reglamentos particulares de cada congregacion. En

el siglo de que vamos hablando no existian aun aquellas famosas abadías

matrices de Cluni y del Cister, que por efecto de la inmensa importancia

política y religiosa que adquirieron, no pueden en manera alguna

compararse con los monasterios anteriores á la primera reformacion.

Fuera de España sin embargo hubo abadías de gran cuenta desde el tiempo

de Carlomagno hasta el X siglo; pero las mayores nuestras no llegaron al

apogeo de su poderio feudal hasta despues de adoptada en ellas la

reforma cluniacense. Esto se esplica facilmente: las gentes que habitan

á la parte de acá del Danubio y del Rhin, la Suiza, la Baviera, la

Alsacia, el Austria occidental, las provincias de Colonia y Tréveris, y

toda la tierra baja de Flandes, vivian sin industria y sin artes, casi

puede decirse sin poblaciones fijas, y mucho mas por consiguiente sin

centros de cultivo cientifico y literario, cuando los monges

benedictinos empezaron á evangelizarlas. Las pocas ciudades que en esta

parte de Alemania habia, estaban destruidas con las irrupciones

continuas de otros bárbaros bajados del Septentrion. Asi como la de

Salisburgo tuvo principio en el monasterio de S. Pedro erigido por el

monge S. Ruperto, y las de Argentina y Worms por los que edificó S.

Amando favorecido del rey Dagoberto; del mismo modo otros monasterios de

la regla de S. Benito fueron el principio de la restauracion de otras

ciudades, y como el núcleo de las principales que en Alemania se

fundaron de nuevo. A la parte de allá de los dos citados rios, y al otro

lado del Báltico, donde la gente era todavia mas bárbara é inculta, se

fueron asimismo agrupando en torno de los monasterios benedictinos

muchas poblaciones, que andando los tiempos llegaron á un alto grado de

esplendor y riqueza. Suevia, Turingia, Sajonia, Dania, Gocia, Suecia,

Noruega, Polonia, Rusia, deben sus mas famosas universidades y sus

ciudades mas opulentas á los monasterios. Quien dude de este aserto

puede consultar á Beato Renano en su libro II _de las cosas de

Alemania_, á Alberto Crancio en su _Metrópoli_, á Jorge Braun en su

_Teatro de las ciudades_, á Munstero en su _Geografía_, á Bocio en su

libro 22 _de las Señales_, á nuestro P. Yepes en su _Crónica de S.

Benito, centuria 2.ª al año 640_, y en otros muchos escritores tan

respetables como estos. Fulda, Escafusa, Lucerna, San Galo, Wisemburgo,

Sechingen, Amerbaquio, Campidonia, Blamberg, se glorían de su orígen

monástico; y la insigne ciudad de Muster ha querido perpetuar la memoria

de él en su propio nombre, que en lengua alemana significa _monasterio_.

Ahora bien, como estos centros religiosos no solo enseñaban á aquellas

gentes la doctrina de Jesucristo, sino tambien todas las ciencias y

artes de utilidad, las matemáticas, la astronomía, la aritmética, la

música, la retórica, las lenguas sabias, la poesía, etc.; como ellos,

además de difundir la luz de la civilizacion en aquellas regiones, eran

los defensores de los intereses legítimos de los reyes, de los grandes y

de los pueblos en medio del caos espantoso que habia sucedido á la caida

del imperio romano de Occidente; los únicos que sabian desarmar la

petulancia de los magnates oponiendo la resistencia moral á la fuerza

bruta, y contener la ferocidad de las hordas hambrientas con la

mansedumbre y la caridad, y hacer prosperar la causa de los reyes con el

ejemplo de una sociedad sabiamente ordenada y tranquila; no debe

estrañarse que estos grandes servicios alcanzasen su recompensa, y que

desde el siglo IX hubiese en Europa establecimientos monásticos

espléndidamente enriquecidos con donaciones de tierras, libertades,

exenciones, privilegios especiales, y oblaciones de todo género. Los que

habian enseñado á la Europa septentrional á sacudir la corteza de la

barbarie roturando tierras, desecando pantanos, desmontando bosques,

regularizando las corrientes, construyendo hornos, abriendo escuelas y

talleres, merecian bien de todas las clases y gerarquías: ellos daban

ejemplos de abnegacion, protegian á los débiles, socorrian á los

necesitados, respetaban á sus semejantes; á ellos son debidos los

primeros gérmenes de libertad é independencia; á ellos se debieron

despues los primeros bosquejos de organizacion central que en los siglos

posteriores adoptaron los reyes. Muy natural era, pues, que la gran

familia benedictina alcanzase mayores beneficios allí donde mas

servicios habia prestado, y que en las naciones de Europa mencionadas

llegase á haber monasterios como el de S. Galo, el de Fulda, el de

Murbaquio, el de Campidonia, el de Wisemburgo, el de Hirsfelden, etc.,

que mas que casas conventuales pareciesen, á semejanza de la de Monte

Casino, verdaderas ciudades. La abadía de S. Galo conserva aun en los

archivos de su suprimido monasterio el plano que para el mismo edificio

se supone trazó por los años de 820 el famoso Eginhardo, á peticion del

piadoso abad Gozberto que la gobernaba. Este plano, que publicaron

Mabillon en sus _Anales Benedictinos_, t. II, p. 571, y recientemente M.

Fr. Keller con una memoria descriptiva, que puede verse en las

_Instrucciones sobre la arquitectura monástica_ de M. Albert Lenoir, dá

una idea cabal de lo que era una abadía de la órden de S. Benito en la

primera mitad del siglo IX. Es pues este documento un grande auxiliar

para nosotros. La iglesia ocupa en él un grande espacio: presenta dos

abaides, uno á oriente y otro á poniente, perfectamente semicirculares;

dos exedras, dos coros, gran número de altares aislados en las naves

principal y colaterales; ambones como en las primitivas basílicas para

leer la Epístola y el Evangelio; la pila bautismal en la nave mayor,

junio al coro de occidente; sacristía á la derecha del coro de oriente;

sala para los escribas á la izquierda del mismo coro, con biblioteca en

la parte superior; narthex á la entrada destinada al pueblo; vestíbulo

para los familiares del convento; otro vestíbulo para los huéspedes y

estudiantes; y por último varios departamentos pegados al muro del norte

de la iglesia para los maestros de las escuelas, y para asilo de los

refugiados en ellas. El templo está por todas partes rodeado de

edificios; aquí se ve la escuela, con sus patios á la manera del

_impluvium_ de los romanos y sus cátedras repartidas en las cuatro

bandas; mas alla otro edificio en que se comprenden la cillerezía, la

panadería y las cocinas de los huéspedes; al mediodia del templo el

refectorio, con el vestuario encima; allí cerca la despensa; luego

baños; luego el dormitorio pegado á la pared de mediodia del crucero,

con sus letrinas; luego las cocinas de la comunidad en comunicacion con

el refectorio y con los lugares escusados (por medio de corredores

sabiamente trazados en planta angular para impedir el paso á los malos

olores); últimamente una oficina esclusivamente consagrada á la

elaboracion del pan azimo para el Sacrificio. Añádanse á estas

dependencias una huerta, en cuyas divisiones se indican los nombres de

las verduras que allí se cultivan, la casa para el hortelano, el huerto

de los árboles frutales, el edificio para noviciado y enfermería, con

sus capillas, claustros y salas separadas, los gallineros y corrales con

habitacion para el que cuida de ellos, el alojamiento del médico, un

jardinillo de plantas medicinales, la botica, el aposento del abad, con

cocina, baños, y cuartos para sus domésticos; hospedería, con cuadras y

cochiqueras y habitaciones para criados, pastores, porqueros y demas

sirvientes; un edificio separado para toneleros, cordeleros, boyeros,

etc., con sus cobertizos y establos; graneros, oficinas para tostar

grano y fabricar cerveza; departamento para los esclavos, talleres para

zapateros, cojineros, armeros, torneros, guarnicioneros, plateros,

cerrageros, etc.; lagar, molino, habitaciones para peregrinos y

mendigos, cocina y refectorio para los mismos.

Todo esto comprendia una abadía de las principales en el siglo IX. Es

claro que en España, donde la órden de S. Benito, aunque muy favorecida

de los Alfonsos y Ordoños, preponderó menos, quizas por no haber sido

como en los Estados de Alemania la única maestra de la civilizacion del

pais en aquella ominosa edad de hierro, no serian tan poderosas las

abadías, ni tan numerosas sus oficinas y dependencias. Los derechos

señoriales y feudales de nuestros abades son muy posteriores á la época

por cuya zona discurrimos; al paso que los abades franceses, italianos y

alemanes, ya entonces habian comenzado á adquirir aquella prodigiosa

influencia, que despues desde el siglo X fué la causa principal de la

decadencia de la disciplina monástica. No busquemos pues en nuestros

anales eclesiásticos memorias de grandes abadías émulas de las que hemos

nombrado; todo por el contrario induce á creer que para citar algo de lo

conocido que dé una idea aproximada de lo que podrian ser los

monasterios nuestros en las provincias dominadas por los infieles, en la

época misma en que se trazaba el suntuoso plano de la abadía de S. Galo,

habria que acudir á las primeras casas de la reforma cisterciense, en

las cuales, prescindiendo de toda constitucion y reglamento particular,

se vivia estrictamente segun la regla de S. Benito, consagrando el dia á

la oracion, al estudio y al trabajo corporal, labrando los monges la

tierra por sus propias manos, y empleándose personalmente en toda clase

de faenas dentro y fuera de la casa, sufriendo las inclemencias de las

estaciones, sin criados y familiares que les llevasen la pesada carga

del servicio cotidiano y mecánico. No habia en España en la época á que

nos referimos abadías de las que se llamaron luego inmediatas á la Sede

Apostólica por no reconocer mas superior que el Papa, y tener libertad

plena en la eleccion de abad sin sujetarse á la jurisdiccion del obispo.

Todas dependian de sus respectivos prelados, y las grandes mercedes

hechas por los monarcas á aquellas célebres casas de Compludo, de S.

Pedro de Montes, del real monasterio de Sahagun y otras por el estilo,

se reducen generalmente á donaciones de tierras, que suelen ser cotos

redondos con montes, valles y heredades, deslindados por sus términos y

mojones; y de vasos sagrados, relicarios, cruces, coronas, ornamentos y

frontales, y otros objetos á este tenor, todos los cuales se especifican

menudamente. Algunas veces los monarcas reedificaban á su costa estas

cosas y adornaban sus templos con columnas, mármoles y jaspes; pero es

preciso llegar al siglo X por lo menos para hallar documentos en que se

conceda á los monasterios jurisdiccion feudal sobre las villas y pueblos

del contorno. Véase la historia del monasterio de Sahagun que bosqueja

Yepes en su _Crónica_ (centuria 3.ª, fol.º 167 y siguientes), donde se

corrige la fecha que atribuye Morales al famoso privilegio concedido por

D. Alfonso el Magno á esta grande abadía.

[438] Así se espresan las referidas constituciones de la órden del

Cister, escritas en el año 1119 por Hugo de Macon, S. Bernardo y otros

diez abades benedictinos, al tratar de la _fábrica de los templos_.

[439] De un hermano del rey Pipino y tio de Carlomagno, refiere Leon

Hostiense que hacia en el monasterio de Monte Casino el oficio de mozo

de cocina, ayudando en los ministerios mas viles que allí habia. Véase

su historia de aquella célebre abadía, lib. I, cap. 7. Suponemos que

para los niños _ofrecidos_, llamados por otro nombre _oblatos_, habria

mas laxa disciplina, y mas adelante tendremos ocasion de señalar alguna

de las consideraciones que con ellos se tenian por razon de su tierna

edad.

[440] De aquí el haber llamado á los benedictinos por espacio de muchos

siglos, _los monges negros_.

[441] Es curioso el cánon 22 del concilio de Aquisgran, que previene

todo lo que constituye el vestuario del monge. Encárgase en él al abad

que dé á cada religioso los efectos siguientes: dos camisas, dos

túnicas, dos cogullas, dos escapularios, cuatro pares de calzas, dos de

calzoncillos, dos de zapatos. Hasta aqui todo es conforme con el

capitulo 55 de la Regla; pero añade el cánon, sin duda haciéndose cargo

de la inclemencia de algunas regiones, que se les dé tambien un ropon de

pieles largo hasta los talones, dos cintos, guantes forrados y sin

forro, para el invierno y para el verano (lo cual, segun la edicion de

Plantino, solo debia entenderse respecto de los que iban de camino; dos

pares de calzado de dia, y dos de chinelas para la noche (_subtalares_),

con las cuales acudian al rezo de maitines para no detenerse en mudar de

calzado; zuecos en invierno; y jabon para lavarse ellos mismos su ropa.

El citado capítulo 55 de la Regla esplica el objeto y uso particular del

escapulario y de la cogulla: «Bastará á cada uno de los monges, dice,

una cogulla y una saya (túnica); la cogulla sea en el invierno vellosa,

en verano raida ó vieja, y un escapulario para los trabajos.» De modo

que el escapulario venia á ser como una cogulla ó capa abreviada. La

palabra _cogulla_ viene de la latina _cuculla_, que propiamente

significa _capilla_: esta es la parte principal del hábito, y de tal

manera que no se daba á los religiosos hasta profesar; entonces el que

recibia sus votos, que era el abad, al ponérsela en la cabeza se la

sujetaba con unas puntadas debajo de la barba como si le amortajase, y

el nuevo profeso no podia quitársela por espacio de tres dias, al cabo

de los cuales recibia la comunion, y el que se la administraba le

soltaba la cogulla.

[442] Acerca del tiempo que duraba el noviciado tenemos alguna duda. S.

Gregorio el Magno (_Epíst., lib. VIII_), escribiendo á Fortunato, obispo

de Nápoles, dá á entender que se estendia á dos años con estas palabras:

_prius quam biennium in conversatione compleant, nullomodo audeant

tonsurare_; que es decir: _no se abran corona hasta cumplir dos años en

la religion_. Aplicando Yepes este pasage á los usos prescritos para los

novicios ó _conversos_, que es todo uno, concluye que las coronas se

hacian al profesar, esto es, al terminarse el noviciado. Pero el mismo

cronista, esplicando luego el cánon 34 del concilio de Aquisgran, dice

que lo que dejó ordenado S. Benito, y lo que se practicó por trescientos

años, fué _que los religiosos tuviesen un año de probacion antes de

profesar_: segun lo cual parece reconocer que el noviciado era de un

año, y no de dos. Si la _probacion_ y el _noviciado_ no eran una cosa

misma, la dificultad desaparece. En efecto, podia el noviciado ser de un

año, y sin embargo continuar el religioso sin tonsura y con el mismo

hábito de noviciado hasta que se cumpliese otro año de probacion. De

esta manera puede esplicarse el cánon 34 citado que manda no se dé fácil

ingreso á los novicios en el monasterio, y que no se abran coronas ni

cambien de vestimenta hasta hacer profesion terminado el año de prueba.

[443] Solo era permitido comer carne á los muy ancianos, y á los niños

que tambien vivian en los monasterios como _oblatos_ ú ofrecidos por sus

padres, menores de catorce años.

[444] Son estos religiosos de la congregacion de S. Pablo, primer

ermitaño, y viven ejemplarmente siguiendo la primitiva regla, reformada

por el venerable Juan de Dios de S. Antonino, en una de las montañas de

la Sierra al norte y á una legua escasa de Córdoba. Este instituto

existe desde los tiempos de Osio, aunque en Córdoba no se introdujo

hasta el año de 1309. «Fueron los primeros (dice D. Francisco Sanchez de

Feria en su obra inédita ya en otras ocasiones citada: _Descripcion

antigua y moderna, etc._) unos soldados castellanos, esforzados y

valientes, que cansados de padecer trabajos en las dilatadas guerras

sobre Algeciras, y desengañados de las cosas del mundo, desampararon las

banderas del rey D. Fernando el IV por lo desabrido que estaba con él

todo el ejército, y se resolvieron á militar por el reino del cielo;

para lo que se ocultaron en las malezas de los montes cordobeses á hacer

vida solitaria. Unos habitaban en cuevas, otros en chozas, otros en

ermitas que fabricaban... Unos residian en tierra de Ribera la alta, en

un cerro eminente de dificil subida, cerca del arroyo _del Gato_, no

lejos del rio Guadamellato... Otros se situaron en las montañas del

Bañuelo, donde permanecen arruinadas sus ermitas... Y otros ocupaban los

montes del Albayda... Y habiéndose fundado en 1417 el observantísimo y

religiosísimo convento del órden de S. Francisco en el sitio ó pago de

la Arrizafa, dícese se juntaron unos y otros ermitaños en sus

inmediaciones... para gozar del pasto espiritual del convento.» De

nuestro _Diario de viaje_ sacamos los siguientes pormenores

descriptivos. La situacion de estas ermitas es en sumo grado pintoresca:

desde el mirador que hay á su entrada se divisan, á la derecha, y como á

la mitad de la vertiente de la montaña, la quinta de la _Albayda_,

antiguo _Castillo Blanco_, propiedad hoy del conde de Hornachuelos; mas

lejos el castillo de Almodovar, cuya masa cenicienta descuella confusa

en la eminencia de un cerro entre los vapores que se levantan de la

campiña. Hácia la falda del monte que me sirve de atalaya veo á vuelo de

pájaro la Ruzafa, antigua casa de recreo de Abde-r-rahman I, luego

convento de padres franciscanos... ¡ahora parador, y fonda casi siempre

cerrada! Viven en estas ermitas, bajo la proteccion del señor obispo de

Córdoba, diez y siete ermitaños profesos, y un solo novicio. Observan

riguroso silencio, é incomunicacion completa entre sí la mayor parte del

dia. Reúnense solamente en la capilla, en la lectura que sigue á la

misa, y en el refectorio. Cada cual tiene su celdilla, y hace su

almuerzo y cena en su cocina: para la comida hay refectorio en la casa

principal. Emplean en el trabajo manual y corporal cinco horas diarias.

A las horas de oracion cada cual debe tocar su campana en oyendo sonar

la de la capilla; é incurre en grave falta el que no lo hace. Visten

hábito y escapulario con capilla de paño pardo. Hay casa de novicios,

separada de las celdas de los profesos, las cuales estan aisladas y

diseminadas por toda la tierra que abraza el Santo Yermo. El noviciado

dura seis meses. En una de las peñas mas avanzadas de esta montaña han

labrado los ermitaños para el obispo un cómodo sillon, desde el cual se

goza una de las perspectivas mas bellas que pueden imaginarse.

Descúbrese toda la campiña al frente, haciendo fondo á la ciudad las

sierras de Cabra y de Granada con sus azulados festones de crestas, y

sobresaliendo al sudeste el pico de Alcaudete: por detrás de la ciudad

se desliza culebreando el magestuoso Guadalquivir.

[445] En su famosa carta al obispo de Pamplona Wiliesindo.

[446] Era S. Eulogio, dice su condiscípulo Paulo Alvaro, _tan pequeño de

cuerpo como grande de alma_.

[447] «Vé, carta, y sal con mucha priesa, volando por selvas y collados:

atraviesa con apresurado curso los valles y busca los sagrados edificios

del amado de Dios Benedicto. Allí siempre hallan reposo los que llegan

fatigados: dáseles con abundancia verduras, pan y peces. Hay allí alegre

amor, y culto á Jesucristo á todas horas: piadosa paz, entendimiento

humilde y hermosa conformidad entre los hermanos. Dirás al abad y á sus

compañeros: ¡Dios os guarde, vivid felices!» Trae estos versos Leon

Hostiense en el lib. I, c. 17 de su Hist. de Monte Casino.

[448] «_Jubet ecclesias nuper structas diruere, et quidquid novo cultu

in antiquis basilicis splendebat, fueratque temporibus arabum rudi

formatione adiectum elidere, etc._» _Memor. Sanctor._, lib. III,

_Destructio basilicarum_, cap. 3.

[449] Verificóse aquella en el año 853, y cinco años despues vemos al

célebre Sanson hallarse de abad en el monasterio Peñamelariense, cuando

vinieron á Córdoba por los cuerpos de los santos mártires Jorge y

Aurelio los dos monges Usuardo y Olivardo de la abadía de S. German de

Paris.

[450] Almundhyr sin embargo, mas inclinado á la paz que á la guerra,

medió eficazmente para restablecer la concordia entre su padre Mohammed

y el rey D. Alfonso. Con este motivo pasó á Córdoba el presbítero

toledano Dulcidio, el cual cumplió su embajada tan á satisfaccion de

ambos, que de vuelta á los estados de D. Alfonso se llevó consigo los

cuerpos de S. Eulogio y Sta. Leocricia. El piadoso presbítero salió

alegre de Córdoba con las santas reliquias en diciembre de aquel mismo

año (883), y en enero del siguiente llegó á Oviedo, donde las recibieron

con devocion suma y solemne pompa el rey, el arzobispo Hermenegildo y

toda la corte.

[451] En este intérvalo florecieron pacíficamente los condes Adulfo y

Guyfredo, á quienes celebró en sus epígramas latinos el arcipreste

Ciprian: al primero por la biblioteca que habia regalado á la basílica

de S. Acisclo (que tampoco habia sido destruida); y al segundo con

motivo de un abanico ofrecido á la condesa Guysinda, su esposa.

[452] Consta de una lápida que en tiempo de Felipe II fué descubierta en

el sitio llamado _los Marmolejos_, descifrada por Ambrosio de Morales, y

colocada en el que era convento de S. Pablo.

[453] El rey de Leon D. Sancho, que acudió á Córdoba á curarse una

hidropesía calificada de incurable.

[454] El mismo D. Sancho, que se hallaba desposeido de su trono; su

abuela la reina Theuda; el rey de Navarra, su hijo; Ordoño IV, rey de

Galicia; la condesa de Galicia, madre del conde Rodrigo Velascon; el

conde D. Vela y sus hijos, etc.: todos los cuales fueron alojados,

mantenidos con gran decencia, y espléndidamente agasajados por An-nasír

y Alhakem, que se preciaban de ser el amparo y refugio de los príncipes

estrangeros.

[455] El monge aleman Gerberto, que despues llegó á ser pontífice con el

nombre de Silvestre II. Vino á Córdoba, dice en su Crónica el monge

Ademaro, _causa sophiæ_, pues rivalizando en el cultivo de las ciencias

y de la literatura los árabes, los cristianos y los judíos, llegó

verdaderamente esta ciudad á convertirse en una nueva Atenas. Quien

desee formarse alguna idea del amor que Alhakem II profesaba á las

ciencias, y de los muchos hombres célebres que florecieron bajo su

reinado, puede ver el cap. 6 del lib. VI de la Hist. de Al-Makkarí.

[456] Tambien resulta del acta del martirio de esta santa que permanecia

en pié la basílica de los santos Fausto, Januario y Marcial. Otro tanto

se infiere respecto de la basílica de S. Andrés de una lápida de mármol

blanco, sumamente curiosa, que aun conserva la parroquia del mismo

nombre en la haz interior de su pared septentrional. Dícese en ella en

ocho elegantes versos yámbicos latinos, estar allí enterradas _Speciosa_

y su hija _Tranquila_, vírgen consagrada á Dios, y que la hija murió en

la Era 965 (A-D. 927), muriendo la madre despues en la Era 1004 (A-D.

966). De aquí tambien se deduce la grande antigüedad de esta basílica,

puesto que, no siendo verosimil que fuese construida en los tiempos de

desolacion y pobreza que siguieron al martirio de S. Eulogio, debe

racionalmente creerse que existia ya en tiempo de este santo, y para

conservarse en pié durante el reinado de Mohammed, debia ya contar mas

de trescientos años de existencia segun el edicto del mismo arriba

mencionado. De consiguiente la basílica de S. Andrés debió ser fundacion

por lo menos del siglo VI de la Iglesia. Esto no se opone á que pudieran

restaurarla despues los mozárabes segun su peculiar arquitectura; pero

de todos modos la lápida referida, que cubre en aquel muro un sepulcro

nunca violado, es prueba evidente de que dicho muro y la fábrica

principal del templo estaban en pié á mediados del siglo X. El

arqueólogo debe tener esto presente al visitar dicha iglesia en su parte

antigua por dentro y fuera (pues el antiguo templo miraba á oriente y

tenia su nave central en lo que es hoy crucero), y al comparar su ábside

primitivo y su portada, que aun se conservan, con los de las parroquias

que hemos designado como de mas remota edad.

Pegado á este ábside por la parte del mediodia hay un edificio que

tambien indica grande antigüedad. Puede haber sido dependencia de la

parroquia; pudiera quizás tambien haber servido de asilo á algunas

religiosas ahuyentadas de su monasterio de la Sierra cuando las del

monasterio Tabanense, entregado á las llamas, se refugiaron asimismo en

una casa contigua á la basílica de S. Cipriano. En tal caso viviria la

vírgen Tranquila con su madre junto á esta parroquia, como vivian unidas

á la otra Sta. Columba y su hermana Isabel.

[457] Distinguiendo al propio tiempo con crecidos estipendios á los

mozárabes que militaban bajo sus banderas. «_Almanzor autem... ita sibi

Christianos alicere satagebat, ut Christianos arabibus ostenderet

chariores_,» dice el arzobispo D. Rodrigo, lib. 5. _Hist._ cap. 14.

[458] Hoy todavía se ven las ruinas del famoso castillo de este nombre

en el centro de la Sierra, á cuatro leguas de Córdoba y á la derecha del

camino que sube desde Trasierra hácia Espiel. Son evidentemente restos

de un grande edificio árabe.

[459] Tronco y principio de la ilustre casa de los _Manriques de Lara_.

[460] Aunque Almanzor era solamente _hagib_ ó primer ministro del

verdadero califa, Hixem II, mandaba de hecho como rey, y por tal le

tenia el pueblo castellano. Véase pág. 189.

[461] Ambrosio de Morales, _Crón._ lib. XVI, cap. 45.

[462] S. Zoil y S. Félix, que llevó al famoso monasterio de Carrion.

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