bachiller Diego Rodriguez de Jaen con su carta de poder en 8 de julio de
1472, en la villa de Montemayor, por ante Juan Gonzalez y otros
escribanos y notarios públicos, en las casas mismas donde tenia su
habitacion el obispo D. Pedro, y hallándose presente su ilustrísima. Y
en 1.º de agosto del propio año, compareció en Córdoba en presencia de
otros escribanos el bachiller Ferran Romero, vicario del señor obispo,
con una carta mensagera dirigida al bachiller Juan Vicario, y con ella
respuesta de lo arriba espresado para que se la diera á los escribanos
que habian hecho el requirimiento. Respondia y decia el obispo: Que por
lo tocante á la incompetencia para conocer en la causa del Sr. de
Aguilar, fundada en la parcialidad de su ilustrísima por el conde de
Cabra y sus hijos, lo único cierto era, «que entrando en Córdoba el rey
D. Enrique, D. Alfon de Velasco y D. Juan de Guzman, Luis de Paniagua y
otros muchos caballeros, el dicho D. Alfon dió la fé á su ilustrísima y
su ilustrísima al D. Alfon, que querian ser neutrales no favoreciendo á
ninguna de las partes, y que uno á otro se guardarian la honra, y que
despues de un año en presencia de Diego Gimenez de Góngora Prior y de
Pedro de Foces, canónigos de esta santa iglesia, por parte del señor
obispo, el dean de ella y otros por la parte del citado D. Alonso, y
dentro de las casas de este se confirmaron las paces que tenian tratadas
y en caso necesario las aprobaron con ciertas formalidades. Y el dia 4
de marzo de dicho año, viniendo dicho señor obispo de confesarse del
convento de S. Pablo, el dicho D. Alfonso juntó mucha gente armada, y
antes que entrára dicho señor obispo en sus casas, le echó fuera de la
ciudad y á todos los de su familia, de lo que resultaba la enemiga que
tenia dicho D. Alfon, dando favor á muchos que vivian malamente contra
Dios y su Iglesia, sabiendo bien el referido que la intencion de su
ilustrísima seria querer enmendarlo.» Que en cuanto á la incompetencia
por falta de jurisdiccion, «el lugar donde estaba dicho señor obispo era
donde habian de comparecer las personas del dicho regimiento por sí ó
por su procurador, mayormente sabiendo el dicho D. Alfon que entre el
Sr. Martin Alfon y los vecinos de Córdoba y su tierra y las villas de
dicho D. Alfon, cada y cuando les parece á todos ó cualesquiera de ellos
entran seguros en la dicha villa de Montemayor y pasan seguros por ella,
como sucedió el dia 25 de julio del presente año de 72 cuando el jurado
Ahumada, vecino de Córdoba, entró en la referida villa de parte de dicha
ciudad á requerir al alcaide que le entregase ciertos presos, pues que
entre ellos habia paz, quien habia respondido que no los tenia ni sabia
de ellos, y si los tuviera se los entregára: de lo que resultaba ser
frívola la apelacion.» «Y siendo como era notorio que en el lugar de
Cañete el dicho D. Alfon arrendó á los almojarifes y vecinos de Córdoba
todas sus rentas de dicho lugar, incluyendo en ellas las rentas de los
_diezmos de menudo, vino y aceite_, de lo que resultaba estar
excomulgado el dicho D. Alfon por la Bula Paulina y Estatuto del
antecesor de dicho señor obispo, que lo fué el Illmo. Sr. D. Fernando: y
siendo cierto que el dicho D. Alfon habia dado armas á los moros; y en
cuanto á la prision de los canónigos que hizo el referido, era notorio,
y que los tuvo presos en su villa de Cañete mas de medio año, y siendo
tambien cierto que se habia apoderado de la torre de la santa iglesia
tomándole al rey lo que tenia en ella, y usurpando las rentas reales que
S. M. tenia en la ciudad, y echándole varias imposiciones en ella y su
tierra; y siendo tambien cierto y notorio que habia quemado las casas de
dicho señor obispo, y que combatió y tomó por fuerza los alcázares
reales; y careciendo de toda verdad lo alegado para justificar las
imposiciones echadas sobre el estado eclesiástico, como tambien el que
sobre este punto se habian comprometido con la ciudad, y que las
imposiciones eran contra los moros, pues antes eran en favor de ellos; y
siendo cierto que el dicho D. Alfon habia sacado violentamente mucha
gente de la iglesia, como que prendió dos clérigos beneficiados de ella
porque llevaban las acémilas del obispo, las que le quitaron; y siendo
cierto que en el mismo dia que fué electo dicho señor obispo lo robaron
y asaltaron los alcázares, como tambien que dicho D. Alfon y Pedro de
Aguayo lo echaron de la ciudad; denegaba su ilustrísima la apelacion
interpuesta.»
Esta ruidosa causa duró muchos años: algunas personas principales y de
autoridad procuraron interponerse entre el obispo, D. Alonso y la
ciudad, para conciliar las diferencias que habia, y lograr se levantase
el entredicho. Consiguieron esto último algunas veces, pero era tan
díscola la condicion de los contendientes, que de todo sacaban pretesto
para volver á la discordia. El señor de Sta. Eufemia habia logrado
apoderarse de Pedroche, villa de la ciudad, y aunque se le requirió que
la dejase, no quiso ejecutarlo. La ciudad salió con su pendon, y
restauró á Pedroche: dió noticia al cabildo para que hiciera alguna
demostracion, y á 14 de febrero de 72 se decretó que todos los
prebendados salieran á caballo á recibir el pendon triunfante. Levantóse
el entredicho despues del 15 de febrero de 73, y parecia reinar la
concordia, pero duró poco tiempo, porque el conde de Cabra, que se
acababa de apoderar de Almodovar, cometia en la ciudad y campiña grandes
vejaciones: el de Aguilar exasperado volvió á sus pasados rigores, y el
obispo volvió á poner entredicho á 19 de octubre. Empezó entonces la
discordia entre el cabildo y el prelado: el cabildo apeló á Toledo;
durante la apelacion interpuesta no se observaba el entredicho, y esto
hizo temer á algunos prebendados que impetrándoles en Roma las
prebendas, se movieran muchos y costosos pleitos, y así determinaron que
si alguno fuese molestado por esta razon, todos le amparasen y
defendiesen en los tribunales contribuyendo á las costas que se
causáran. Declarada la division entre el prelado y el cabildo, siguió la
discordia acerca de otros puntos, y con especialidad en el modo que se
habia introducido en el arrendamiento y administracion de las rentas
decimales, en que el obispo hacia remisiones y otras gracias sin la
intervencion del cabildo ó sus diputados. Fué el resultado un Estatuto
para que no se pudiesen en lo sucesivo arrendar las referidas rentas á
prebendados, caballeros ni personas semejantes, y establecerse el
tribunal llamado de _Cabeza de rentas_.
Ocurrió en 1474 la muerte de D. Enrique IV, y de aquí nuevos motivos de
contrariedad y encono entre D. Alonso de Aguilar y el obispo D. Pedro.
La mayor parte de las ciudades y señores de vasallos se declararon por
D. Fernando y D.ª Isabel, y con ellos el prelado de Córdoba y el conde
de Cabra; y D. Alonso, siguiendo al marqués de Villena, abrazó la
parcialidad de D.ª Juana, á quien valido de su preponderancia en Córdoba
hizo aclamar por reina. A este acto de violencia pudo agregarse otro
para hacerle impopular. Un año antes un herrero, fanático como toda la
demas gente de baja condicion, habia movido un gran motin contra los
conversos ó _cristianos nuevos_, cometiendo grandes robos, incendios y
atropellos en las viviendas de aquellos presuntos apóstatas, y matando á
muchos. D. Alonso de Aguilar dió muerte por su mano al herrero y tuvo
que refugiarse con muchos conversos en el alcázar viejo, guareciéndose
allí contra el furor de la plebe. No sabemos positivamente que el
cabildo aprobase aquel bárbaro desahogo popular, que sin duda alguna
tenia el carácter de tal, puesto que siguieron el ejemplo de Córdoba
Montoro, Adamuz, Bujalance, Rambla, Santaella y otros lugares del
obispado, dando fuertes indicios de querer hacer otro tanto Palma y
Baena; pero sí creemos que la impolítica contemplacion de los magnates
con los conversos de mala fé, que pululaban por desgracia, tenia
justamente exasperado al pueblo, y que en un siglo en que las creencias
religiosas del estado llano eran tan poco ilustradas, estas repugnantes
matanzas eran el resultado lógico de la pugna entre las ideas nacionales
y las de la corte. Ahora bien, podia no ser siempre mengua participar de
las ideas é instintos nacionales contra el desgraciado sistema que
seguia la corte de Enrique IV, y solo bajo este concepto aventuraremos
la especie de que el cabildo de Córdoba no repugnaria quizás aquel
popular escarmiento. Lo cierto es que por aquel tiempo se compuso
decididamente con su obispo, y le siguió dócil y resuelto cuando este se
declaró por D. Fernando y D.ª Isabel; en prueba de lo cual mandó dar mil
maravedís de albricias al criado del rey que le trajo la nueva de su
victoria contra el rey de Portugal.
Del ruidoso pleito entre D. Pedro Solier y D. Alonso de Aguilar no
hallamos rastro despues del año 75, en el cual consta que tuvo que
intervenir el fiscal de la curia romana por S. S., habiéndose dado poder
á varios procuradores para que compareciesen ante el Illmo. Sr. D.
Rodrigo, obispo de Albano, cardenal y vice-cancelario, juez
especialmente nombrado por el Papa en dicho pleito. Ignoramos si llegó á
darse sentencia, ó si quedó paralizado por muerte del obispo D. Pedro,
ocurrida en 1476. (En el Archivo de la Sta. iglesia, caj. P, desde el
núm. 258 en adelante, existen todas las piezas pertenecientes á esta
famosa causa.)
El silencio de los cronistas del reinado de Enrique IV acerca de unos
hechos de tanto bulto, no se estrañará si se atiende á que tampoco hacen
mencion de otras violencias muy semejantes que por los mismos años
exactamente padecia de parte de otro magnate otro prelado mas calificado
todavía. El arzobispo de Santiago D. Alonso de Fonseca se hallaba en
1466, con los canónigos y clérigos que le eran fieles, sitiado en su
misma catedral por gente armada á las órdenes de un magnate, que se cree
fuese el conde de Trastamara D. Per Alvarez Osorio, quien ya en otra
ocasion habia hecho lo mismo con el arzobispo D. Rodrigo de Luna. (Véase
el estracto del viaje del conde bohemo Leon de Rosmital publicado por D.
Pascual de Gayangos en el tomo I de la _Revista española de ambos
mundos_, pág. 739 y siguientes.)
1467. Murió por estos años D. Fernando Ruiz de Aguayo, cuya memoria es
muy venerada por su gran piedad y por las fundaciones magníficas que
hizo. Dotó en la capilla de S. Acacio, fundacion de su tio el obispo D.
Fernando Deza, seis capellanías, de mas de 600 ducados de renta cada
una, y dos sacristías, cada una de mas de 100 ducados. En la capilla de
S. Pedro dotó doce memorias por D.ª Leonor de Bocanegra, su prima, y
tambien dejó dotacion para que en el Sagrario ardiese un cirio
continuamente; y á fin de que en la procesion de las vísperas y fiesta
de las Once mil Vírgenes se llevase la cabeza de Sta. Ursula, dejó para
distribucion 50 maravedís de moneda blanca. Eran por este tiempo muy
usadas las resignas y permutas aun en beneficios desiguales: así este
prebendado fué primero canónigo, luego racionero, y por último
beneficiado de Hornachuelos, conservando la chantría.
1471. En agosto de este año se acabó el altar que hizo á S. Leandro y S.
Isidoro el racionero Juan Garcia de Henares.
1475. A 7 de agosto se dió posesion de la dignidad de maestrescuela al
cardenal de Sto. Angelo, que ya era canónigo, y en 20 de setiembre tomó
posesion de un canonicato, en nombre y como procurador de Pedro Martinez
de Osma, maestro en artes y sagrada teología, el dean D. Lope de
Sandoval. No hacia ocho años que D. Lope de Sandoval, siendo chantre,
habia tomado posesion de su canonicato á mano armada, y ahora era ya
dean. ¿Se tratará quizás de dos prebendados del mismo nombre?
Pedro Martinez de Osma era catedrático muy afamado de la universidad de
Salamanca, y el papa Sixto IV, movido de su gran sabiduría y virtud, le
habia dado aquel canonicato. Tuvo insignes discípulos, pero enseñó
algunos errores en el tratado de Penitencia. Por comision de S. S. el
arzobispo de Toledo D. Alonso Carrillo juntó en Alcalá de Henares
cincuenta y dos doctores para examinar las proposiciones que se le
censuraban, y habiéndose condenado nueve por heréticas, el doctor Osma
se retractó de ellas dócilmente, celebrando todos su humilde y modesto
rendimiento, que le hizo mas glorioso que habia sido antes por su
sabiduría.
1477. Los Reyes Católicos habian dado comision al conde de Cabra para
que ajustase treguas con el rey de Granada, nombrándole al mismo tiempo
capitan general del reino de Córdoba. Fué esto muy sensible á D. Alonso
de Aguilar, y estimulado de la emulacion, ó del enojo que al granadino
tenia desde que en 1470 habia concedido al mariscal el seguro de Granada
para el desafío pendiente entre ambos, le salteó el reino talándole los
campos y haciéndole cuanto daño pudo. Volviendo de su incursion contra
los moros, pasó por el estado del conde, y le hizo tambien gravísimos
daños, con que enconadas mas las antiguas enemistades, se convirtió la
tierra en teatro de robos y homicidios. Al saber estos daños y
alborotos, mandó la reina á Córdoba por corregidor á Diego de Merlo para
que apaciguase á aquellos señores y solicitase de D. Alonso la
satisfaccion de sus agravios. Consiguió con su buen carácter y mejor
maña que este le entregase á Montarque por prenda, hasta satisfacer al
conde de Cabra, y luego empezó á castigar á los delincuentes. Llevaba un
dia el alcalde mayor dos homicidas presos, y de acuerdo de D. Alonso y
algunos caballeros salieron otros á quitárselos. El alcalde se defendió,
y fué herido. Noticioso Merlo de lo que sucedia á su alcalde, clamando
«favor al rey y á la justicia,» se metió con algunos ministros en el
tumulto; pero concurrió tanta gente en defensa de los reos, que para
salvar la vida tuvo que refugiarse en S. Lorenzo cerrando las puertas.
Vino D. Alonso á los ecos del tumulto, y viendo que los refugiados no
querian abrir las puertas de la iglesia, solicitó que la turba popular
las quebrantase. Rehusaron los tumultuados cometer semejante sacrilegio,
pero D. Alonso mandó llamar á setenta de sus esclavos que las hicieron
pedazos, sacando á Merlo, á quien envió el magnate á su castillo de
Aguilar. La reina noticiosa del caso, disimuló prudente, y se contentó
con hacer que D. Alonso pusiese á Merlo en libertad; pero ya el altivo
señor no volvió á predominar en Córdoba. Estos hechos, aunque estraños á
la historia de la catedral, son interesantes como complemento de las
memorias de los años 1465 y siguientes.
1478. Tomó posesion del obispado D. fray Alonso de Burgos, confesor de
la reina católica D.ª Isabel, electo á 12 de noviembre de 76. Pasó todo
el año 77 acompañando á la reina en Estremadura para reducir á su
servicio las ciudades y villas declaradas á favor de D.ª Juana.
A fines de octubre de 1478 entraron en Córdoba los reyes D. Fernando y
D.ª Isabel, con singular gozo y festivas aclamaciones de los ciudadanos.
Con su venida cesó la tirania de D. Alonso de Aguilar, á quien mandaron
entregase los alcázares, la Carrahola y demas fortalezas, y todos los
propios que tenia usurpados. Hiciéronse pesquisas de malhechores y
homicidas, hubo castigos merecidos, y se puso en quietud y seguridad la
provincia. A D. Alonso se le mandó salir de la ciudad.
1482. Habiéndose recibido en el año anterior la Bula del papa Sixto IV
para establecer en España el Tribunal de la Inquisicion, el obispo D.
fray Alonso que deseaba ardientemente verlo instituido en Córdoba, por
el sumo cuidado en que le tenian los conversos, que á título de
cristianos gozaban de dignidades, beneficios y empleos con el poder
consiguiente á estas categorias, de importancia en aquellos tiempos,
instó mucho á los reyes para conseguirlo, y en 1482 ya estaba
establecido y formado. Fueron los primeros prebendados inquisidores el
Dr. Pedro Martin del Barrio, canónigo y vicario del obispo, el bachiller
Alvar Gonzalez de Capillas, canónigo, y el bachiller Anton Ruiz de
Morales, canónigo y despues chantre; agregándose á estos el P. Fr.
Martin Caro, guardian del convento de S. Francisco.
En este mismo año, usando por la primera vez los reyes de España del
derecho de nombrar obispos y presentarlos al Papa para su confirmacion,
segun acababa de ajustarse con Roma con motivo de la repulsa que sufrió
de parte del rey católico el cardenal Riario, sobrino del papa Sixto,
nombrado por S. S. obispo de Cuenca (pues hasta entonces habian tenido y
practicado las iglesias de España el derecho de elegir sus prelados),
nombraron los reyes católicos á D. Fr. Alonso de Burgos para el obispado
vacante de Cuenca, y para el obispado de Córdoba á D. Tello de Buendia,
varon insigne en virtud y letras, que prestó grandes servicios á la
Iglesia y al Estado, y reconcilió con los reyes al indómito arzobispo de
Toledo D. Alonso Carrillo. Esta nominacion de los reyes se hacia por
peticion ó súplica, hasta que Adriano VI concedió al emperador Carlos V
la facultad de nombrar los obispos. _Ad regias preces dabat Papa
Episcopos._
1485. Al año de tomar posesion del obispado D. Tello de Buendia,
falleció, y fué sepultado en el quinto nicho del sepulcro de los cinco
obispos que fabricó D. Leopoldo de Austria.
1486. En este año tomó posesion del obispado de Córdoba D. Iñigo
Manrique, confirmado por Inocencio VIII despues de ciertas tentativas
que hizo para recuperar la facultad de nombrar de que su antecesor habia
hecho renuncia.
1488. A 15 de julio entraron en Córdoba los reyes de vuelta de la
campaña contra los moros, y D. Iñigo recibió al rey con su cabildo en la
catedral, donde fué á dar gracias al Todopoderoso por la conquista de
Loja, Illora, Moclin y otros lugares. Así que la reina, que se hallaba
en Córdoba, recibió la noticia de la toma de Loja, fué al templo con el
mismo piadoso objeto, y allí se formó una solemne procesion á la iglesia
de Santiago, patron de España, asistiendo la reina con la infanta D.ª
Isabel hasta volver á la catedral y finalizar la funcion.
Este obispo D. Iñigo hizo imprimir en Venecia el año 89 el Breviario y
Misal de la iglesia de Córdoba.
1494. Se celebró concordia entre el cabildo y D. Alonso de Aguilar sobre
las diferencias habidas por causa de los diezmos de Aguilar y Montilla
con sus aldeas y términos.
En este mismo año nombraron los reyes al obispo Manrique presidente de
la chancillería establecida en Ciudad Real. Hallándose en Madrid,
llamado para este fin, mandó publicar en su obispado una Constitucion
sobre el hábito y tonsura de los ordenados de corona para gozar del
privilegio clerical conforme á la Bula de Alejandro VI. Hizo igualmente
recoger en un volúmen las Constituciones y Ordenanzas de sus
antecesores.
Tambien en este año concedió S. S. á peticion de los reyes católicos las
facultades propias del inquisidor general á varios obispos, y entre
ellos al de Córdoba, por estimar conveniente dar á Torquemada
coadjutores.
1496. Murió el obispo D. Iñigo Manrique á 1.º de marzo en Ciudad Real.
Su cuerpo fué traido á Córdoba y sepultado en el coro viejo, donde tiene
este epitafio: _Illmus. ac reverendissimus D. D. Enecus Manrique almæ
hujus Ecclesiæ Cordubensis Pontifex hic jacet: hujus memoria in
benedictione est. Obijt anno suæ statis XLII in civitate regia primus
presidens Kal. Martij anno Domini CCCC nonagessimo VI supra mille...
Lector dic ave._
En 29 de diciembre tomó posesion del obispado su sucesor D. Francisco
Sanchez de la Fuente, hombre docto y virtuoso, y hábil diplomático, á
quien se debió la restitucion del Rosellon á la corona de España. Poco
gozó la iglesia de Córdoba de este gran prelado, pues murió dos años
despues; y se refiere que al recibir la reina católica la noticia de su
muerte no pudo contener las lágrimas.
1497. A 12 de octubre tomó posesion el nuevo obispo D. Juan Rodriguez
Fonseca, muy empleado por los reyes católicos en servicio del Estado, y
á quien el Dr. D. Fr. Antonio de Guevara escribia (carta 39): _dicen de
vos, que sois muy macizo cristiano y muy desabrido obispo_. De sus
empleos y embajadas hacen mencion todos los historiadores de este
tiempo.
1501. Murió desastradamente, aunque como héroe, en Sierra Bermeja, el
animoso é inquieto D. Alonso de Aguilar el día mismo (18 de marzo) en
que su hermano el gran capitan D. Gonzalo Fernandez de Córdoba triunfaba
en Nápoles. Habiéndose rebelado los moros de Granada, y queriendo
socorrer á unos cristianos, se metió en unas angosturas de aquella
Sierra, donde le cogió la noche con muy escasa gente. Acometiéronle los
enemigos por todas partes, y por no volver la espalda con desdoro de su
gloria militar, murió batallando, recibiendo tantas heridas que quedó su
cuerpo todo desfigurado. Asi pereció cual otro Judas Macabeo este
antiguo émulo de ambos poderes eclesiástico y real, espiando noblemente
en la guerra contra los infieles los pasados estravios de su ambicion.
1504. En 20 de diciembre recibió el cabildo una carta firmada por los
magníficos Sres. D. Pedro de Córdoba, marqués de Priego, D. Diego
Fernandez de Córdoba, conde de Cabra, D. Diego Fernandez de Córdoba,
alcaide de los Donceles, y D. Alonso Fernandez, señor de la casa de
Alcaudete, pidiendo gozar de las prerogativas que gozaban todos los
descendientes de la _Cepa de Córdoba_, asi en el tañer de las campanas
como en lo demas. El cabildo determinó hacer la gracia, y que se diese
fé y testimonio de esto á los referidos caballeros; y asi desde entonces
empezaron á gozar las mismas prerogativas los que eran de la Cepa aunque
no fuesen Córdobas por varonía.
1505. A 27 de enero tomó posesion del obispado por medio de procurador
D. Juan Daza.
En la iglesia hacia tiempo se trataba de crear un arcedianato de Palma,
y Julio II habia concedido Bula para establecerle; pero nombró S. S. por
arcediano á un hijo del consejero Zapata, y el cabildo no quiso dar
cumplimiento á las Bulas que presentó. El arcedianato no llegó á
erigirse.
El arcediano de Castro se hallaba en la Inquisicion como convicto del
crimen de heregía. Esta infeccion, dice Gomez Bravo, se halla estendida
á las iglesias mas ilustres de España, y así la padeció tambien la de
Córdoba; pero en cambio tenia en su seno hombres sobresalientes que le
daban superior lustre y honra. Tales eran el cardenal de S. Clemente, el
cardenal de Sta. Sabina, y el de Sta. Cruz, D. Pedro Ponce de Leon, el
arcediano de Pedroche, D. Francisco de Mendoza, obispo de Oviedo, y
otros.
Hacia cinco años que era inquisidor en Córdoba el licenciado Diego
Rodriguez Lucero, maestrescuela de Almeria, el cual para acreditarse de
celoso ministro de la fé, y mas principalmente aun para saciar su
monstruosa sed de sangre y su desapoderada ambicion, de tal manera
afligió con sus calumniosas imputaciones y tiránicas sentencias á la
gente principal de la ciudad, sin distincion de clases, edades ni sexos,
y sin respeto á dignidades eclesiásticas y seculares, que fué menester
que el cabildo y la ciudad unidos clamasen contra sus bárbaros
atropellos pidiendo justicia á S. S. y proteccion á los reyes,
príncipes, grandes, iglesias y prelados.
A su tiempo publicaremos el estracto de las curiosas piezas relativas á
los atentados y ruidoso proceso de Lucero, felizmente terminado con la
prision de este malvado y con la declaracion de la católica y general
Congregacion que se juntó en Burgos para este objeto, formulada á 9 de
julio de 1508.
1507. El monasterio de los Mártires debia pagar al cabildo 200 mrs. por
una casa de que se habia incorporado, y otros 200 por la procesion del
dia 17 de noviembre. Ya venia de antiguo la costumbre de dar en prenda
un cáliz ó casulla, y en este año á 13 de noviembre _el reverendo obispo
abad de los Santos Mártires presentó el vestimento para la limosna de
los 400 mrs. de la ida de la procesion_. Pero el cabildo perdonó los
mrs. y mandó volver la prenda, como acostumbraba, por la pobreza del
monasterio.