El escrito de apelacion que esto contenia fué presentado por el

bachiller Diego Rodriguez de Jaen con su carta de poder en 8 de julio de

1472, en la villa de Montemayor, por ante Juan Gonzalez y otros

escribanos y notarios públicos, en las casas mismas donde tenia su

habitacion el obispo D. Pedro, y hallándose presente su ilustrísima. Y

en 1.º de agosto del propio año, compareció en Córdoba en presencia de

otros escribanos el bachiller Ferran Romero, vicario del señor obispo,

con una carta mensagera dirigida al bachiller Juan Vicario, y con ella

respuesta de lo arriba espresado para que se la diera á los escribanos

que habian hecho el requirimiento. Respondia y decia el obispo: Que por

lo tocante á la incompetencia para conocer en la causa del Sr. de

Aguilar, fundada en la parcialidad de su ilustrísima por el conde de

Cabra y sus hijos, lo único cierto era, «que entrando en Córdoba el rey

D. Enrique, D. Alfon de Velasco y D. Juan de Guzman, Luis de Paniagua y

otros muchos caballeros, el dicho D. Alfon dió la fé á su ilustrísima y

su ilustrísima al D. Alfon, que querian ser neutrales no favoreciendo á

ninguna de las partes, y que uno á otro se guardarian la honra, y que

despues de un año en presencia de Diego Gimenez de Góngora Prior y de

Pedro de Foces, canónigos de esta santa iglesia, por parte del señor

obispo, el dean de ella y otros por la parte del citado D. Alonso, y

dentro de las casas de este se confirmaron las paces que tenian tratadas

y en caso necesario las aprobaron con ciertas formalidades. Y el dia 4

de marzo de dicho año, viniendo dicho señor obispo de confesarse del

convento de S. Pablo, el dicho D. Alfonso juntó mucha gente armada, y

antes que entrára dicho señor obispo en sus casas, le echó fuera de la

ciudad y á todos los de su familia, de lo que resultaba la enemiga que

tenia dicho D. Alfon, dando favor á muchos que vivian malamente contra

Dios y su Iglesia, sabiendo bien el referido que la intencion de su

ilustrísima seria querer enmendarlo.» Que en cuanto á la incompetencia

por falta de jurisdiccion, «el lugar donde estaba dicho señor obispo era

donde habian de comparecer las personas del dicho regimiento por sí ó

por su procurador, mayormente sabiendo el dicho D. Alfon que entre el

Sr. Martin Alfon y los vecinos de Córdoba y su tierra y las villas de

dicho D. Alfon, cada y cuando les parece á todos ó cualesquiera de ellos

entran seguros en la dicha villa de Montemayor y pasan seguros por ella,

como sucedió el dia 25 de julio del presente año de 72 cuando el jurado

Ahumada, vecino de Córdoba, entró en la referida villa de parte de dicha

ciudad á requerir al alcaide que le entregase ciertos presos, pues que

entre ellos habia paz, quien habia respondido que no los tenia ni sabia

de ellos, y si los tuviera se los entregára: de lo que resultaba ser

frívola la apelacion.» «Y siendo como era notorio que en el lugar de

Cañete el dicho D. Alfon arrendó á los almojarifes y vecinos de Córdoba

todas sus rentas de dicho lugar, incluyendo en ellas las rentas de los

_diezmos de menudo, vino y aceite_, de lo que resultaba estar

excomulgado el dicho D. Alfon por la Bula Paulina y Estatuto del

antecesor de dicho señor obispo, que lo fué el Illmo. Sr. D. Fernando: y

siendo cierto que el dicho D. Alfon habia dado armas á los moros; y en

cuanto á la prision de los canónigos que hizo el referido, era notorio,

y que los tuvo presos en su villa de Cañete mas de medio año, y siendo

tambien cierto que se habia apoderado de la torre de la santa iglesia

tomándole al rey lo que tenia en ella, y usurpando las rentas reales que

S. M. tenia en la ciudad, y echándole varias imposiciones en ella y su

tierra; y siendo tambien cierto y notorio que habia quemado las casas de

dicho señor obispo, y que combatió y tomó por fuerza los alcázares

reales; y careciendo de toda verdad lo alegado para justificar las

imposiciones echadas sobre el estado eclesiástico, como tambien el que

sobre este punto se habian comprometido con la ciudad, y que las

imposiciones eran contra los moros, pues antes eran en favor de ellos; y

siendo cierto que el dicho D. Alfon habia sacado violentamente mucha

gente de la iglesia, como que prendió dos clérigos beneficiados de ella

porque llevaban las acémilas del obispo, las que le quitaron; y siendo

cierto que en el mismo dia que fué electo dicho señor obispo lo robaron

y asaltaron los alcázares, como tambien que dicho D. Alfon y Pedro de

Aguayo lo echaron de la ciudad; denegaba su ilustrísima la apelacion

interpuesta.»

Esta ruidosa causa duró muchos años: algunas personas principales y de

autoridad procuraron interponerse entre el obispo, D. Alonso y la

ciudad, para conciliar las diferencias que habia, y lograr se levantase

el entredicho. Consiguieron esto último algunas veces, pero era tan

díscola la condicion de los contendientes, que de todo sacaban pretesto

para volver á la discordia. El señor de Sta. Eufemia habia logrado

apoderarse de Pedroche, villa de la ciudad, y aunque se le requirió que

la dejase, no quiso ejecutarlo. La ciudad salió con su pendon, y

restauró á Pedroche: dió noticia al cabildo para que hiciera alguna

demostracion, y á 14 de febrero de 72 se decretó que todos los

prebendados salieran á caballo á recibir el pendon triunfante. Levantóse

el entredicho despues del 15 de febrero de 73, y parecia reinar la

concordia, pero duró poco tiempo, porque el conde de Cabra, que se

acababa de apoderar de Almodovar, cometia en la ciudad y campiña grandes

vejaciones: el de Aguilar exasperado volvió á sus pasados rigores, y el

obispo volvió á poner entredicho á 19 de octubre. Empezó entonces la

discordia entre el cabildo y el prelado: el cabildo apeló á Toledo;

durante la apelacion interpuesta no se observaba el entredicho, y esto

hizo temer á algunos prebendados que impetrándoles en Roma las

prebendas, se movieran muchos y costosos pleitos, y así determinaron que

si alguno fuese molestado por esta razon, todos le amparasen y

defendiesen en los tribunales contribuyendo á las costas que se

causáran. Declarada la division entre el prelado y el cabildo, siguió la

discordia acerca de otros puntos, y con especialidad en el modo que se

habia introducido en el arrendamiento y administracion de las rentas

decimales, en que el obispo hacia remisiones y otras gracias sin la

intervencion del cabildo ó sus diputados. Fué el resultado un Estatuto

para que no se pudiesen en lo sucesivo arrendar las referidas rentas á

prebendados, caballeros ni personas semejantes, y establecerse el

tribunal llamado de _Cabeza de rentas_.

Ocurrió en 1474 la muerte de D. Enrique IV, y de aquí nuevos motivos de

contrariedad y encono entre D. Alonso de Aguilar y el obispo D. Pedro.

La mayor parte de las ciudades y señores de vasallos se declararon por

D. Fernando y D.ª Isabel, y con ellos el prelado de Córdoba y el conde

de Cabra; y D. Alonso, siguiendo al marqués de Villena, abrazó la

parcialidad de D.ª Juana, á quien valido de su preponderancia en Córdoba

hizo aclamar por reina. A este acto de violencia pudo agregarse otro

para hacerle impopular. Un año antes un herrero, fanático como toda la

demas gente de baja condicion, habia movido un gran motin contra los

conversos ó _cristianos nuevos_, cometiendo grandes robos, incendios y

atropellos en las viviendas de aquellos presuntos apóstatas, y matando á

muchos. D. Alonso de Aguilar dió muerte por su mano al herrero y tuvo

que refugiarse con muchos conversos en el alcázar viejo, guareciéndose

allí contra el furor de la plebe. No sabemos positivamente que el

cabildo aprobase aquel bárbaro desahogo popular, que sin duda alguna

tenia el carácter de tal, puesto que siguieron el ejemplo de Córdoba

Montoro, Adamuz, Bujalance, Rambla, Santaella y otros lugares del

obispado, dando fuertes indicios de querer hacer otro tanto Palma y

Baena; pero sí creemos que la impolítica contemplacion de los magnates

con los conversos de mala fé, que pululaban por desgracia, tenia

justamente exasperado al pueblo, y que en un siglo en que las creencias

religiosas del estado llano eran tan poco ilustradas, estas repugnantes

matanzas eran el resultado lógico de la pugna entre las ideas nacionales

y las de la corte. Ahora bien, podia no ser siempre mengua participar de

las ideas é instintos nacionales contra el desgraciado sistema que

seguia la corte de Enrique IV, y solo bajo este concepto aventuraremos

la especie de que el cabildo de Córdoba no repugnaria quizás aquel

popular escarmiento. Lo cierto es que por aquel tiempo se compuso

decididamente con su obispo, y le siguió dócil y resuelto cuando este se

declaró por D. Fernando y D.ª Isabel; en prueba de lo cual mandó dar mil

maravedís de albricias al criado del rey que le trajo la nueva de su

victoria contra el rey de Portugal.

Del ruidoso pleito entre D. Pedro Solier y D. Alonso de Aguilar no

hallamos rastro despues del año 75, en el cual consta que tuvo que

intervenir el fiscal de la curia romana por S. S., habiéndose dado poder

á varios procuradores para que compareciesen ante el Illmo. Sr. D.

Rodrigo, obispo de Albano, cardenal y vice-cancelario, juez

especialmente nombrado por el Papa en dicho pleito. Ignoramos si llegó á

darse sentencia, ó si quedó paralizado por muerte del obispo D. Pedro,

ocurrida en 1476. (En el Archivo de la Sta. iglesia, caj. P, desde el

núm. 258 en adelante, existen todas las piezas pertenecientes á esta

famosa causa.)

El silencio de los cronistas del reinado de Enrique IV acerca de unos

hechos de tanto bulto, no se estrañará si se atiende á que tampoco hacen

mencion de otras violencias muy semejantes que por los mismos años

exactamente padecia de parte de otro magnate otro prelado mas calificado

todavía. El arzobispo de Santiago D. Alonso de Fonseca se hallaba en

1466, con los canónigos y clérigos que le eran fieles, sitiado en su

misma catedral por gente armada á las órdenes de un magnate, que se cree

fuese el conde de Trastamara D. Per Alvarez Osorio, quien ya en otra

ocasion habia hecho lo mismo con el arzobispo D. Rodrigo de Luna. (Véase

el estracto del viaje del conde bohemo Leon de Rosmital publicado por D.

Pascual de Gayangos en el tomo I de la _Revista española de ambos

mundos_, pág. 739 y siguientes.)

1467. Murió por estos años D. Fernando Ruiz de Aguayo, cuya memoria es

muy venerada por su gran piedad y por las fundaciones magníficas que

hizo. Dotó en la capilla de S. Acacio, fundacion de su tio el obispo D.

Fernando Deza, seis capellanías, de mas de 600 ducados de renta cada

una, y dos sacristías, cada una de mas de 100 ducados. En la capilla de

S. Pedro dotó doce memorias por D.ª Leonor de Bocanegra, su prima, y

tambien dejó dotacion para que en el Sagrario ardiese un cirio

continuamente; y á fin de que en la procesion de las vísperas y fiesta

de las Once mil Vírgenes se llevase la cabeza de Sta. Ursula, dejó para

distribucion 50 maravedís de moneda blanca. Eran por este tiempo muy

usadas las resignas y permutas aun en beneficios desiguales: así este

prebendado fué primero canónigo, luego racionero, y por último

beneficiado de Hornachuelos, conservando la chantría.

1471. En agosto de este año se acabó el altar que hizo á S. Leandro y S.

Isidoro el racionero Juan Garcia de Henares.

1475. A 7 de agosto se dió posesion de la dignidad de maestrescuela al

cardenal de Sto. Angelo, que ya era canónigo, y en 20 de setiembre tomó

posesion de un canonicato, en nombre y como procurador de Pedro Martinez

de Osma, maestro en artes y sagrada teología, el dean D. Lope de

Sandoval. No hacia ocho años que D. Lope de Sandoval, siendo chantre,

habia tomado posesion de su canonicato á mano armada, y ahora era ya

dean. ¿Se tratará quizás de dos prebendados del mismo nombre?

Pedro Martinez de Osma era catedrático muy afamado de la universidad de

Salamanca, y el papa Sixto IV, movido de su gran sabiduría y virtud, le

habia dado aquel canonicato. Tuvo insignes discípulos, pero enseñó

algunos errores en el tratado de Penitencia. Por comision de S. S. el

arzobispo de Toledo D. Alonso Carrillo juntó en Alcalá de Henares

cincuenta y dos doctores para examinar las proposiciones que se le

censuraban, y habiéndose condenado nueve por heréticas, el doctor Osma

se retractó de ellas dócilmente, celebrando todos su humilde y modesto

rendimiento, que le hizo mas glorioso que habia sido antes por su

sabiduría.

1477. Los Reyes Católicos habian dado comision al conde de Cabra para

que ajustase treguas con el rey de Granada, nombrándole al mismo tiempo

capitan general del reino de Córdoba. Fué esto muy sensible á D. Alonso

de Aguilar, y estimulado de la emulacion, ó del enojo que al granadino

tenia desde que en 1470 habia concedido al mariscal el seguro de Granada

para el desafío pendiente entre ambos, le salteó el reino talándole los

campos y haciéndole cuanto daño pudo. Volviendo de su incursion contra

los moros, pasó por el estado del conde, y le hizo tambien gravísimos

daños, con que enconadas mas las antiguas enemistades, se convirtió la

tierra en teatro de robos y homicidios. Al saber estos daños y

alborotos, mandó la reina á Córdoba por corregidor á Diego de Merlo para

que apaciguase á aquellos señores y solicitase de D. Alonso la

satisfaccion de sus agravios. Consiguió con su buen carácter y mejor

maña que este le entregase á Montarque por prenda, hasta satisfacer al

conde de Cabra, y luego empezó á castigar á los delincuentes. Llevaba un

dia el alcalde mayor dos homicidas presos, y de acuerdo de D. Alonso y

algunos caballeros salieron otros á quitárselos. El alcalde se defendió,

y fué herido. Noticioso Merlo de lo que sucedia á su alcalde, clamando

«favor al rey y á la justicia,» se metió con algunos ministros en el

tumulto; pero concurrió tanta gente en defensa de los reos, que para

salvar la vida tuvo que refugiarse en S. Lorenzo cerrando las puertas.

Vino D. Alonso á los ecos del tumulto, y viendo que los refugiados no

querian abrir las puertas de la iglesia, solicitó que la turba popular

las quebrantase. Rehusaron los tumultuados cometer semejante sacrilegio,

pero D. Alonso mandó llamar á setenta de sus esclavos que las hicieron

pedazos, sacando á Merlo, á quien envió el magnate á su castillo de

Aguilar. La reina noticiosa del caso, disimuló prudente, y se contentó

con hacer que D. Alonso pusiese á Merlo en libertad; pero ya el altivo

señor no volvió á predominar en Córdoba. Estos hechos, aunque estraños á

la historia de la catedral, son interesantes como complemento de las

memorias de los años 1465 y siguientes.

1478. Tomó posesion del obispado D. fray Alonso de Burgos, confesor de

la reina católica D.ª Isabel, electo á 12 de noviembre de 76. Pasó todo

el año 77 acompañando á la reina en Estremadura para reducir á su

servicio las ciudades y villas declaradas á favor de D.ª Juana.

A fines de octubre de 1478 entraron en Córdoba los reyes D. Fernando y

D.ª Isabel, con singular gozo y festivas aclamaciones de los ciudadanos.

Con su venida cesó la tirania de D. Alonso de Aguilar, á quien mandaron

entregase los alcázares, la Carrahola y demas fortalezas, y todos los

propios que tenia usurpados. Hiciéronse pesquisas de malhechores y

homicidas, hubo castigos merecidos, y se puso en quietud y seguridad la

provincia. A D. Alonso se le mandó salir de la ciudad.

1482. Habiéndose recibido en el año anterior la Bula del papa Sixto IV

para establecer en España el Tribunal de la Inquisicion, el obispo D.

fray Alonso que deseaba ardientemente verlo instituido en Córdoba, por

el sumo cuidado en que le tenian los conversos, que á título de

cristianos gozaban de dignidades, beneficios y empleos con el poder

consiguiente á estas categorias, de importancia en aquellos tiempos,

instó mucho á los reyes para conseguirlo, y en 1482 ya estaba

establecido y formado. Fueron los primeros prebendados inquisidores el

Dr. Pedro Martin del Barrio, canónigo y vicario del obispo, el bachiller

Alvar Gonzalez de Capillas, canónigo, y el bachiller Anton Ruiz de

Morales, canónigo y despues chantre; agregándose á estos el P. Fr.

Martin Caro, guardian del convento de S. Francisco.

En este mismo año, usando por la primera vez los reyes de España del

derecho de nombrar obispos y presentarlos al Papa para su confirmacion,

segun acababa de ajustarse con Roma con motivo de la repulsa que sufrió

de parte del rey católico el cardenal Riario, sobrino del papa Sixto,

nombrado por S. S. obispo de Cuenca (pues hasta entonces habian tenido y

practicado las iglesias de España el derecho de elegir sus prelados),

nombraron los reyes católicos á D. Fr. Alonso de Burgos para el obispado

vacante de Cuenca, y para el obispado de Córdoba á D. Tello de Buendia,

varon insigne en virtud y letras, que prestó grandes servicios á la

Iglesia y al Estado, y reconcilió con los reyes al indómito arzobispo de

Toledo D. Alonso Carrillo. Esta nominacion de los reyes se hacia por

peticion ó súplica, hasta que Adriano VI concedió al emperador Carlos V

la facultad de nombrar los obispos. _Ad regias preces dabat Papa

Episcopos._

1485. Al año de tomar posesion del obispado D. Tello de Buendia,

falleció, y fué sepultado en el quinto nicho del sepulcro de los cinco

obispos que fabricó D. Leopoldo de Austria.

1486. En este año tomó posesion del obispado de Córdoba D. Iñigo

Manrique, confirmado por Inocencio VIII despues de ciertas tentativas

que hizo para recuperar la facultad de nombrar de que su antecesor habia

hecho renuncia.

1488. A 15 de julio entraron en Córdoba los reyes de vuelta de la

campaña contra los moros, y D. Iñigo recibió al rey con su cabildo en la

catedral, donde fué á dar gracias al Todopoderoso por la conquista de

Loja, Illora, Moclin y otros lugares. Así que la reina, que se hallaba

en Córdoba, recibió la noticia de la toma de Loja, fué al templo con el

mismo piadoso objeto, y allí se formó una solemne procesion á la iglesia

de Santiago, patron de España, asistiendo la reina con la infanta D.ª

Isabel hasta volver á la catedral y finalizar la funcion.

Este obispo D. Iñigo hizo imprimir en Venecia el año 89 el Breviario y

Misal de la iglesia de Córdoba.

1494. Se celebró concordia entre el cabildo y D. Alonso de Aguilar sobre

las diferencias habidas por causa de los diezmos de Aguilar y Montilla

con sus aldeas y términos.

En este mismo año nombraron los reyes al obispo Manrique presidente de

la chancillería establecida en Ciudad Real. Hallándose en Madrid,

llamado para este fin, mandó publicar en su obispado una Constitucion

sobre el hábito y tonsura de los ordenados de corona para gozar del

privilegio clerical conforme á la Bula de Alejandro VI. Hizo igualmente

recoger en un volúmen las Constituciones y Ordenanzas de sus

antecesores.

Tambien en este año concedió S. S. á peticion de los reyes católicos las

facultades propias del inquisidor general á varios obispos, y entre

ellos al de Córdoba, por estimar conveniente dar á Torquemada

coadjutores.

1496. Murió el obispo D. Iñigo Manrique á 1.º de marzo en Ciudad Real.

Su cuerpo fué traido á Córdoba y sepultado en el coro viejo, donde tiene

este epitafio: _Illmus. ac reverendissimus D. D. Enecus Manrique almæ

hujus Ecclesiæ Cordubensis Pontifex hic jacet: hujus memoria in

benedictione est. Obijt anno suæ statis XLII in civitate regia primus

presidens Kal. Martij anno Domini CCCC nonagessimo VI supra mille...

Lector dic ave._

En 29 de diciembre tomó posesion del obispado su sucesor D. Francisco

Sanchez de la Fuente, hombre docto y virtuoso, y hábil diplomático, á

quien se debió la restitucion del Rosellon á la corona de España. Poco

gozó la iglesia de Córdoba de este gran prelado, pues murió dos años

despues; y se refiere que al recibir la reina católica la noticia de su

muerte no pudo contener las lágrimas.

1497. A 12 de octubre tomó posesion el nuevo obispo D. Juan Rodriguez

Fonseca, muy empleado por los reyes católicos en servicio del Estado, y

á quien el Dr. D. Fr. Antonio de Guevara escribia (carta 39): _dicen de

vos, que sois muy macizo cristiano y muy desabrido obispo_. De sus

empleos y embajadas hacen mencion todos los historiadores de este

tiempo.

1501. Murió desastradamente, aunque como héroe, en Sierra Bermeja, el

animoso é inquieto D. Alonso de Aguilar el día mismo (18 de marzo) en

que su hermano el gran capitan D. Gonzalo Fernandez de Córdoba triunfaba

en Nápoles. Habiéndose rebelado los moros de Granada, y queriendo

socorrer á unos cristianos, se metió en unas angosturas de aquella

Sierra, donde le cogió la noche con muy escasa gente. Acometiéronle los

enemigos por todas partes, y por no volver la espalda con desdoro de su

gloria militar, murió batallando, recibiendo tantas heridas que quedó su

cuerpo todo desfigurado. Asi pereció cual otro Judas Macabeo este

antiguo émulo de ambos poderes eclesiástico y real, espiando noblemente

en la guerra contra los infieles los pasados estravios de su ambicion.

1504. En 20 de diciembre recibió el cabildo una carta firmada por los

magníficos Sres. D. Pedro de Córdoba, marqués de Priego, D. Diego

Fernandez de Córdoba, conde de Cabra, D. Diego Fernandez de Córdoba,

alcaide de los Donceles, y D. Alonso Fernandez, señor de la casa de

Alcaudete, pidiendo gozar de las prerogativas que gozaban todos los

descendientes de la _Cepa de Córdoba_, asi en el tañer de las campanas

como en lo demas. El cabildo determinó hacer la gracia, y que se diese

fé y testimonio de esto á los referidos caballeros; y asi desde entonces

empezaron á gozar las mismas prerogativas los que eran de la Cepa aunque

no fuesen Córdobas por varonía.

1505. A 27 de enero tomó posesion del obispado por medio de procurador

D. Juan Daza.

En la iglesia hacia tiempo se trataba de crear un arcedianato de Palma,

y Julio II habia concedido Bula para establecerle; pero nombró S. S. por

arcediano á un hijo del consejero Zapata, y el cabildo no quiso dar

cumplimiento á las Bulas que presentó. El arcedianato no llegó á

erigirse.

El arcediano de Castro se hallaba en la Inquisicion como convicto del

crimen de heregía. Esta infeccion, dice Gomez Bravo, se halla estendida

á las iglesias mas ilustres de España, y así la padeció tambien la de

Córdoba; pero en cambio tenia en su seno hombres sobresalientes que le

daban superior lustre y honra. Tales eran el cardenal de S. Clemente, el

cardenal de Sta. Sabina, y el de Sta. Cruz, D. Pedro Ponce de Leon, el

arcediano de Pedroche, D. Francisco de Mendoza, obispo de Oviedo, y

otros.

Hacia cinco años que era inquisidor en Córdoba el licenciado Diego

Rodriguez Lucero, maestrescuela de Almeria, el cual para acreditarse de

celoso ministro de la fé, y mas principalmente aun para saciar su

monstruosa sed de sangre y su desapoderada ambicion, de tal manera

afligió con sus calumniosas imputaciones y tiránicas sentencias á la

gente principal de la ciudad, sin distincion de clases, edades ni sexos,

y sin respeto á dignidades eclesiásticas y seculares, que fué menester

que el cabildo y la ciudad unidos clamasen contra sus bárbaros

atropellos pidiendo justicia á S. S. y proteccion á los reyes,

príncipes, grandes, iglesias y prelados.

A su tiempo publicaremos el estracto de las curiosas piezas relativas á

los atentados y ruidoso proceso de Lucero, felizmente terminado con la

prision de este malvado y con la declaracion de la católica y general

Congregacion que se juntó en Burgos para este objeto, formulada á 9 de

julio de 1508.

1507. El monasterio de los Mártires debia pagar al cabildo 200 mrs. por

una casa de que se habia incorporado, y otros 200 por la procesion del

dia 17 de noviembre. Ya venia de antiguo la costumbre de dar en prenda

un cáliz ó casulla, y en este año á 13 de noviembre _el reverendo obispo

abad de los Santos Mártires presentó el vestimento para la limosna de

los 400 mrs. de la ida de la procesion_. Pero el cabildo perdonó los

mrs. y mandó volver la prenda, como acostumbraba, por la pobreza del

monasterio.

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