confirmado por varios reyes, y á este diezmo estaban anejas y juntas las
rentas del pontazgo, de los tres pesos, de las libras de la carne, de la
media fanega de la alhóndiga, y de la alcabala antigua de las bestias.
Hasta el año 1411 habia cobrado el cabildo el diezmo de estas rentas
percibiendo su importe en el arca de la Aduana de la ciudad. Teniasele
tambien por señor de la renta de la almotaglasia y de las alcaicerías y
tiendas del corral de la alhóndiga, por considerarse todas anejas al
almojarifazgo. Pero el rey D. Enrique III sin curarse de ello, queriendo
hacer merced á Ruy Mendez y á Alfon Mendez de Sotomayor, sus vasallos,
les habia dado las tiendas que tenia la corona en Córdoba, algunas de
las cuales, decia la donacion, _son en la alcaicería de la dicha cibdat
e otras son en el corral de la alfondiga_. Entonces el cabildo presentó
su querella contra los referidos vasallos del rey á fin de que fuesen
respetados sus antiguos privilegios, y sustanciado el pleito por todos
sus trámites, se dió sentencia declarando haber probado el cabildo su
intencion y pertenecerle por virtud del dicho su privilegio y escrituras
que habia presentado, los diezmos del almojarifazgo, de la almotaglasia
de dicha ciudad, de las tiendas de las alcaicerías y del corral de la
alhóndiga, y de las dos tiendas que los Mendez habian sacado de la
alcaicería. (Memorial del pleito del terreno solar de la alcaicería de
Córdoba entre el Excmo. Sr. duque de Medinaceli y el venerable dean y
cabildo de ella en el Juicio de propiedad intentado por su excelencia
por caso de corte en la Real Chancillería de Granada.--_Archivo_, Caj.
Z, leg. 2, núm. 38.)
1424. Murió el obispo D. Fernando Gonzalez Deza y fué enterrado con sus
padres en la capilla que habia erigido á S. Acacio. Su sobrino D.
Fernando Ruiz de Aguayo dotó en ella dos sacristías y seis capellanías
muy cuantiosas, y tambien fué sepultado allí.
1427. Habia por este tiempo gran facilidad de impetrar en la corte
romana los beneficios y prebendas, por lo cual se suscitaban frecuentes
litigios y se veían precisados muchos á componerse con los impetrantes
por cierta cantidad de dinero que les daban, ó recibian dejándoles los
beneficios. Para evitar estos daños y molestias, el dean D. Fernando y
el cabildo hicieron un Estatuto, determinando que el beneficiado que
hubiese gozado pacíficamente su prebenda por un año, pudiese ir á Roma ó
á cualquiera otra parte á seguir su derecho, teniéndole por presente
mientras durase el litigio; pero que si constase que alguno habia
cooperado maliciosamente en la impetra por gozar de este indulto, le
perdiese con el duplo de lo que habia de percibir, y fuese multado á
juicio del cabildo.
1431. Se instituyó en la catedral una fiesta muy solemne en accion de
gracias por la gran victoria de la _Higueruela_, en cuya jornada derrotó
el rey D. Juan á los moros granadinos matándoles treinta mil hombres.
1432. Habiendo el obispo D. Fernando Gonzalez Deza dejado en testamento
su librería al cabildo, su sucesor D. Gonzalo y el cabildo mandaron que
todos los años se hiciesen por su alma doce memorias y un aniversario.
Segun el _Indicador cordobés_ (página 240 y siguientes) la biblioteca
del cabildo empezó á formarse con los libros que en el año 1274 le donó
el obispo D. Fernando de Mesa, cuyo ejemplo imitaron despues el dean y
canónigo D. Pedro Ayllon en 1303; el citado obispo Gonzalez Deza en
1424; el obispo D. Martin Fernandez de Angulo en 1516; el chantre Anton
Ruiz de Morales, y el célebre Juan Ginés de Sepúlveda en 1564. La
biblioteca estuvo en un principio situada en la capilla de Santiago. En
1480 se decretó su traslacion á otro lugar. En 1578, siendo obispo D.
fray Martin de Córdoba y Mendoza, se mudó á las piezas que hoy ocupa,
comunicando con la iglesia por una puerta que hay entre las dos capillas
_antigua y nueva, ó primera y segunda de S. Bartolomé_.
1442. Hizo el cabildo diferentes rogativas y procesiones á las ermitas
de Sta. María de las Huertas, Sta. Ana y S. Benito, y dentro de la
iglesia, para aplacar la cólera divina manifiesta en la terrible peste
que padecia la ciudad.
1443 y siguientes. El infante D. Enrique de Aragon, que era uno de los
que acaudillaban al partido opuesto al condestable D. Alvaro de Luna,
pretendia conciliarse la benevolencia del pueblo cordobés asistiendo con
mucha frecuencia en la catedral á los divinos oficios y ofreciendo
preciosos dones en misas nuevas y otras fiestas principales. Muchos
prebendados y caballeros sin embargo, conociendo que el infante atendia
mas á sus intereses que al bien del reino, y que solo habia separado á
los que ejercian oficios municipales para poner en su lugar á otros que
le eran devotos, no queriendo ceder á su tiranía, ni pudiendo
contrastarla, se salieron de la ciudad, y el cabildo determinó que los
tales prebendados se tuviesen por presentes. El obispo D. Sancho de
Rojas, que era de la parcialidad del infante, vino enojado al cabildo y
contradijo esta determinacion, y la declaró por nula prohibiendo
practicarla so pena de excomunion mayor. Obedeció el cabildo y la mandó
borrar del libro de las constituciones. Despues, cuando triunfó el
partido del condestable alejándose de Andalucía el infante, el obispo
quiso poner entredicho en la ciudad y su obispado; mas apeló el cabildo
al arzobispo de Toledo, y como este era hermano de D. Alvaro de Luna,
tuvo que suspender el obispo su determinacion. Retiróse entonces el
prelado á Baena, y allí celebró órdenes generales. Para ordenar al dean
D. Juan de Contreras fué menester que el cabildo le mandase entregar _el
báculo de plata dorado, e la mitra mayor, con lo que necesario es del
Pontifical mayor, para levar á nuestro Sr. el obispo D. Sancho de Roxas
á Baena_. El rey, irritado contra el obispo D. Sancho, hizo secuestrar
por el cabildo todas las rentas: hízose así á 5 de febrero de 1445,
dándose su administracion al arcediano de Castro D. Pedro de Córdoba y
Solier. Este secuestro duró bastante tiempo, y algunas veces se vió
precisado el obispo á pedir al cabildo le socorriese con dinero para
atender á sus necesidades mas urgentes.
1455. El rey D. Enrique IV fué á Córdoba, adonde llegó á 20 de mayo la
reina D.ª Juana, y allí ratificaron el matrimonio que habian contraido
por poderes. Recibieron las bendiciones en la catedral el dia 25, Pascua
del Espíritu Santo, y por no estar consagrado el obispo D. Gonzalo de
Illescas, hizo el oficio el arzobispo de Tours, embajador del rey de
Francia.
1456. El obispo D. fray Gonzalo de Illescas, dice Bravo, dió en el año
de cincuenta y seis una singular muestra de su ánimo verdaderamente
religioso y pacífico; pues teniendo algunas diferencias con el cabildo
sobre el derecho de elegir pertiguero, y sobre algunos bienes de D.
Sancho de Rojas, y reparo del palacio episcopal, que se habia quemado,
vino á cabildo viernes 23 de julio, y dijo: que para evitar los pleitos,
debates é contiendas, nombraba su compromisario al arcediano de Castro y
al Dr. fray Alonso Alvarez, prior de S. Gerónimo. El cabildo admitió
gustoso el compromiso, y para el caso de discordia nombró á otros tres
individuos; con lo que todo se fué componiendo amigablemente.
1458. El papa Calixto III habia pedido al estado eclesiástico de
Castilla y Leon un caritativo subsidio para la guerra contra el turco.
Congregáronse las iglesias en Medina del Campo y se obligaron á
contribuir con 35000 florines. Pero como en este mismo año habia
padecido Córdoba esterilidad y peste, y el cabildo y el obispo habian
tenido que hacer cuantiosas limosnas, la iglesia de Córdoba resistió la
referida contribucion. Obligóse sin embargo á contribuir con algo, mas
en el año de 1474 todavía no habia acabado de satisfacer su contingente.
1465 y siguientes. Las memorias de estos años son del mayor interés, no
solo por lo tocante á la iglesia de Córdoba, su clero y obispo, sino
tambien por la viva pintura que con ellas se hace del infeliz estado de
Castilla en tiempo de D. Enrique el Impotente, bajo cuyo infausto
reinado, y mediante el escandaloso suceso de Avila, se encendió tanto
fuego en la monarquía, que no hubo ciudad que no ardiese en guerras
civiles, muertes, robos y sacrilegios. Procuraremos delinear lo mas
brevemente posible el cuadro general de estos sucesos, intercalando en
la compendiada narracion de los historiadores de mas crédito, las
noticias no publicadas que hemos podido proporcionarnos merced á la
obsequiosa venia obtenida del ilustrado cabildo de Córdoba. Depuesto en
Avila el rey D. Enrique IV y elevado al trono en su lugar su hermano el
infante D. Alonso, declaráronse en Córdoba por el intruso el inquieto D.
Alonso de Aguilar y otros grandes caballeros con D. Martin Fernandez,
alcaide de los Donceles; y por el rey legítimo el obispo, el conde de
Cabra y otros caballeros principales: con lo que quedó la ciudad
dividida en dos poderosos bandos que se hicieron sangrienta guerra. D.
Alonso de Aguilar se habia hecho tan dueño de Córdoba, que echó fuera al
corregidor y ministros del rey, y usurpando la jurisdiccion antigua de
alcalde mayor, prendia y desterraba, cargaba pechos á eclesiásticos y
seculares, y no habia quien pudiese contenerle. El obispo D. Pedro de
Córdoba y Solier, hasta entonces amigo suyo, habia procurado en vano
refrenar sus arrebatados ímpetus hasta que viendo que nada obtenia, y no
teniendo fuerzas para contrastarle, se salió de la ciudad y se refugió
en su castillo de Toledillo, donde publicó entredicho y anatema contra
D. Alonso de Aguilar por haberle quemado y saqueado su palacio
episcopal, cometiendo otras injurias y violencias contra sus familiares.
Murió en 1468 el infante D. Alonso, causa principal de la division del
reino; sus partidarios se acobardaron, y los fieles al rey se llenaron
de júbilo. La repulsa de la prudente D.ª Isabel (despues reina
católica), á quien quisieron los primeros declarar por reina, acabó de
desarmarlos, y así todos por necesidad volvieron á la obediencia del rey
jurando á la infanta por sucesora en el reino. Entregado ciegamente D.
Enrique al marqués de Villena, que solo atendia al logro de sus
intereses con la discordia de los demas, al pasar á Córdoba con objeto
de acabar la pacificacion de los ánimos, solo consiguió enconarlos de
nuevo, porque con las providencias que dictó aconsejándole su valido,
dejó á todos descontentos. D. Alonso de Aguilar, resentido de que le
hubiesen hecho entregar á su enemigo el conde de Cabra los alcázares y
fortalezas de la ciudad, y al conde de Alcaudete la Carrahola, sin cuyas
defensas era poco seguro su predominio en Córdoba, ideó el modo de
recuperarlas, y le salió bien, porque habiéndose apoderado traidoramente
de la persona del mariscal D. Diego Fernandez de Córdoba, el conde de
Cabra y sus parciales, amigos de este, se vieron precisados á
abandonárselas como precio de su rescate. La preponderancia de Aguilar
en la ciudad alejaba de ella al obispo; sin embargo contribuía cuando
era necesario con su presencia á remediar los males de su Iglesia,
porque á la general turbacion introducida por los desmanes de los
grandes, se agregaba una gran relajacion en la disciplina eclesiástica,
y hubo casos en que, arrostrando la tirania ejercida por el de Aguilar,
tuvo el prelado que acudir como buen pastor, ya á reprimir la insolencia
de algunos malos canónigos á quienes aquel favorecia, ya á contener al
prepotente magnate en sus injustos procedimientos con otros prebendados.
En una ocasion el chantre D. Lope de Sandoval, que por lo visto era
mejor para campeador ó bandolero que para sacerdote, se atrevió á tomar
posesion de una canongía contra la voluntad del obispo y cabildo de
canónigos, á quienes tocaba darla, asaltando la iglesia con gente armada
reunida por su propia autoridad. Otro dia, por haber defendido con calor
en el cabildo á varios prebendados atropellados y desterrados por D.
Alonso, y contribuido á que se tomase un acuerdo en cuya virtud debian
los desterrados tenerse por presentes todo el tiempo que durase su
ausencia, el poderoso árbitro de Córdoba fraguó su ruina: tan buena
traza se dió, que logró del mismo rey enviase carta firmada al obispo
rogándole saliese de la ciudad y se retirase á un lugar del obispado; no
quiso obedecer D. Pedro Solier, y D. Alonso sorprendiéndole con gente
armada se apoderó de él, le montó en una mula, y tomando las riendas, le
sacó violentamente de la ciudad, mandando se le cerrasen las puertas. D.
Pedro se fué al convento de S. Gerónimo, y de allí á Montemayor, donde a
1.º de julio de 1472 mandó publicar por excomulgado á D. Alonso y poner
entredicho en la ciudad. Las causas espresadas en la carta de anatema
fueron once, y merecen publicarse literalmente (Gomez Bravo solo lo hace
en estracto muy diminuto) por la luz que derraman sobre esta época de
turbulencias tan digna de estudio. Hace saber el obispo en su
carta-excomunion, á los Sres. dean y cabildo, capellanes mayores de la
capilla de S. Pedro, y á los demas rectores y clérigos de todas las
iglesias de la ciudad de Córdoba y su obispado, que habia seguido
algunos procesos contra D. Alfon, señor de la casa de Aguilar, así de
oficio como á peticion fiscal y del cabildo, sobre la quema de las casas
obispales y fraccion de la santa iglesia, como tambien por haberse
apoderado de las rentas de los diezmos de Cañete por su propia autoridad
muchos años, por lo cual habia incurrido en excomunion mayor; y
debiéndose guardar entredicho, lo declaraba y mandaba se tuviese por tal
por las causas siguientes:==«1.ª Porque habia D. Alfon dado muchas armas
y caballos á los moros; 2.ª porque prendió seis canónigos de esta santa
iglesia porque obedecieron los mandamientos apostólicos, y los tuvo
presos mas de seis meses siendo presbíteros, diáconos y subdiáconos; 3.ª
por haber tenido como tenia la torre de la iglesia y obra de ella
encastillada; 4.ª por el quebrantamiento de las casas obispales y quema
de ellas, y por la fraccion de la iglesia; 5.ª porque habia muchos años
que tenian impuesta imposicion en esta ciudad llevando de dicho Sr. y de
su clerecía y religiosos y conventos de ella la dicha imposicion,
debiendo ser por lo mismo excomulgados con el referido D. Alfon los
siguientes: García Mendez de Sotomayor, comendador de la órden de
Santiago, Alfon del Castillo, Ferran Cabrera, Pedro Mendez el mozo,
Alfon Mendez, Pedro de Cárdenas, Gonzalo de Mesa, Alfon de Angulo, Juan
de Angulo, Juan de Sosa, Ferrando de las Infantas, Ferrando de Luna,
Juan de Cárdenas, Pedro Gonzalez de Mesa, Pedro de Hoces, Pedro Cabrera,
Pedro de Aguayo, Anton Cabrera, Pedro de Córdoba, Gonzalo de Cárdenas,
el bachiller Gonzalo de Zea, Martin de la Cuerda, Pedro de Torreblanca,
Diego de Ferrera, Sancho de Córdoba, Diego de Córdoba, su hijo, Juan de
Valenzuela, el bachiller Alfon Rodriguez, Juan de Baeza y Ferrando de
Baeza, veinticuatros de Córdoba, los cuales habian concurrido con D.
Alfon, señor de Aguilar, en la referida imposicion. Gonzalo y Alfon de
Baeza, escribanos; y se debia guardar entredicho hasta tanto que
restituyesen todo lo quitado al obispo y su clerecía, y levantasen la
referida imposicion; 6.ª (que comprendia juntamente con D. Alfon á
Gonzalo de Godoy) porque cuando fueron declarados por públicos
excomulgados el dicho D. Alfon y los que le ayudaron á quemar y robar
las casas de su ilustrísima, y á quebrantar las puertas de la iglesia,
el referido D. Alfon mandó á Gonzalo de Godoy, alguacil que entonces
era, que prendiese, como prendió, á muchos escuderos del Sr. obispo, y
les quitó mucho de lo que tenian y los puso en mazmorras así en Cañete
como en Montilla y Bujalance; 7.ª porque estando su ilustrísima en S.
Gerónimo, dicho D. Alfon y la ciudad de Córdoba enviaron á Juan de
Angulo y á Pedro de Cárdenas para desterrar á su ilustrísima, lo que en
efecto hicieron y pasó en 2 de mayo del año 69. Despues á 24 de marzo
del presente año, el dicho D. Alfon desterró á su ilustrísima echándolo
por fuerza de la ciudad, sacándolo por las riendas de su mula; 8.ª por
haber sacado por fuerza á muchos de los retraidos en la iglesia; 9.ª
porque viviendo Alfon de Jaen y Diego Rodriguez, racioneros de esta
iglesia, cerca de Castro, los mandó prender, quitándoles dos acémilas de
su ilustrísima con muchas cosas que llevaban, lo que no habia pagado
todavia, teniendo presos á dichos racioneros; 10.ª porque siendo electo
su ilustrísima de esta iglesia, D. Alfon y los suyos entraron de noche
en las casas obispales y robaron mucho dinero en especie, en vino, pan,
trigo, cebada y preseas de casa, y despues, siendo su ilustrísima ya
obispo, excomulgó á los robadores y muy poco restituyeron; 11.ª por
tener, como tiene, por fuerza tomadas las casas obispales y embargado
cuanto en ellas habia.»
Publicada esta carta, acudió D. Alonso de Aguilar, legalmente
representado por el bachiller Diego Rodriguez de Jaen, apoderado tambien
y procurador de los consortes en la causa de Aguilar, y apeló ante su
ilustrísima pidiendo se declarase lo hecho nulo y de ningun valor y
efecto por varias razones que alegó, entre las cuales figuran como
principales: Que el D. Alonso no se habia apoderado de los diezmos como
se suponia; que el obispo no podia ser juez de la causa por ser
notoriamente sospechoso y capital enemigo del Sr. de Aguilar y de
algunos de los otros excomulgados, y confederado, aliado y amigo del
conde de Cabra y sus hijos, y de su valía y opinion, por lo que, como su
contrario y enemigo declarado, habia sido echado de la ciudad por órden
del rey; que mediante la referida sospecha no podia tener jurisdiccion,
ni podia haber citado á D. Alfon y consortes á que compareciesen ante su
ilustrísima en la villa de Montemayor, por cuanto esta era del Sr.
Martin Alfon que estaba en la misma parcialidad, confederacion y
adversidad que su ilustrísima contra el citado Aguilar y consortes; y
aunque decia que habia seguido los dichos procesos á peticion del
cabildo, no era así, ni pasó tal cosa. Que aunque la carta decia que D.
Alfon estaba excomulgado por haber dado armas, caballos y otras cosas á
los moros, la causa no era verdadera, y caso de haberlo hecho sería con
justa razon para defensa y conservacion del reino de Castilla, en
especial de Andalucía, por mandado y con poder del rey, en lo cual Dios
no habia sido ofendido; que D. Alfon no prendió los canónigos, porque
cuando esto ocurrió no se hallaba en Córdoba. Que tampoco habia
incurrido en excomunion por lo que su ilustrisíma llamaba
quebrantamiento y quema de las casas obispales y fraccion de la iglesia,
porque esta no la habia habido ni se podia probar, y si en el palacio
hubo alguna quema sería por culpa del señor obispo y de sus familiares,
pues era notorio en la ciudad y sus comarcas que todo habia sucedido por
autoridad de derecho y por justas y legítimas causas en defensa y amparo
de la república. Que estando en Córdoba el dicho D. Alfon con la
gobernacion de ella, como al presente la tenia, en paz y sosiego,
ciertos caballeros y escuderos, todos familiares, criados y paniaguados
del señor obispo, y por su mandado, entraron, se apoderaron y
encastillaron en las casas obispales y torres de la ciudad juntas á
ellas, y se fortalecieron dentro, haciendo muchos edificios de tapias y
canterías (lo que hoy llamamos _barricadas_) con empalizadas, y
fortalecieron las dichas torres por dentro y fuera con muchos
almadraques, colchones, tapiales, puertas, mucha ropa y maderas,
abasteciéndose asímismo de muchas viandas, pan, vino y pescado, de los
propios bienes del señor obispo. Y asímismo se guarnecieron y
abastecieron de muchas armas, lombardas, truenos, espingardas,
culebrinas, serpentines y ballestas fuertes y comunes, así de palo como
de acero, y otros muchos tiros de pólvora, con ánimo malévolo é
intencion depravada, para desde allí tirar y ofender con sugestion
diabólica á los alcázares del rey por tomarlos y ocuparlos, y por tirar
contra los vecinos y moradores de Córdoba, turbándolos y damnificándolos
y el pacífico sosiego en que estaban, levantándolos contra el D.
Alfonso, para entregar la ciudad á sus adversarios. Que el plan de los
parciales del obispo era traerle á la ciudad, entregársela, prender á D.
Alfon y matarle, robando luego y destruyendo la poblacion en daño de la
república. Que era notorio que su ilustrísima llevaba gente de armas de
á caballo y de á pié apercibiéndose para llevar á cabo su propósito
contra el juramento apostólico, homenage y fidelidad que habia prestado.
Que el consejo de la ciudad, viendo los escandalosos movimientos, y no
queriendo usar de rigor, llana y pacíficamente habia hecho requerir á
los familiares y gente del obispo, intimándoles se desarmasen y
desencastillasen, dejando libres las torres y castillos; á lo que no
quisieron ellos condescender, antes por el contrario, obedeciendo á las
sugestiones del obispo, siguieron haciéndose fuertes, esperando su
socorro, invocando en las torres á su ilustrísima y á la demas gente que
en su ayuda venia, á cuyas señales dicho señor y los de su concierto
respondieron, con lo cual, creciendo el endurecimiento y obstinacion de
sus familiares, empezaron á tirar contra la ciudad y contra los que
estaban ocupando la fábrica y obra de la iglesia, donde mataron é
hirieron muchos hombres. Que continuando en ello y viendo la ciudad el
peligro y daño, por mandamiento de ciertos jueces hizo prender á dichos
familiares, y si en tal acto hubo algun daño ó toma de bienes, seria
culpa de dicho señor, fuera de que ya la ciudad le habia satisfecho y su
ilustrísima se habia dado por contento. Que no era cierto se hubiesen
impuesto contribuciones ó tributos á dicho señor obispo, clérigos y
religiosos de Córdoba y su tierra, y si algunas se habian decretado, no
habia sido señaladamente contra dichos clérigos y religiosos, ni esto se
habia hecho sin mandado del rey, ni para objeto ageno al bien comun,
redundando por consiguiente en beneficio del mismo estado eclesiástico.
Que dichas imposiciones habian tenido por objeto la defensa contra los
moros, que otras veces habian hecho entradas con ayuda de los parciales
del obispo. Que tampoco eran reos de excomunion por haber prendido á los
familiares de su ilustrísima, puesto que eran personas legas. Que cuando
Pedro de Cárdenas y Juan de Angulo habian hecho salir al señor obispo de
la ciudad y de S. Gerónimo, habian procedido por mandado del rey, por
ser su ilustrísima escandaloso y parcial con el conde de Cabra y sus
hijos, y porque procuraba con algunos grandes del reino adversarios del
rey, entrar en Córdoba por fuerza y con escándalo en deservicio de S. M.
para alzarse con la ciudad y su tierra.