No está, no, la triste y dolorosa ruina de la mas bella creacion

monumental arábigo-bizantina donde la buscan todavía muchos apasionados

de aquel arte. No busqueis el grandioso rastro de Azzahra ni en las

orillas del Guadalquivir, ni en lo recóndito de la Sierra. Hélo ahí, á

tres millas de Córdoba entre norte y poniente, donde todos los

escritores árabes de mas autoridad situaron siempre la hermosa joya. Su

dicho concorde es mi testimonio, y en prueba de que el arte lo confirma,

ahí teneis esos fragmentos por mi propia mano recogidos entre la maleza

y cardizales que cubren la llamada _suerte de S. Gerónimo_ en la dehesa

de _Córdoba la vieja_. Contempladlos, y os convencereis de que los

edificios de que formaron parte solo han podido pertenecer á la época

mas floreciente y á la poblacion mas famosa del Califado andaluz. Ahí

teneis todos los elementos de la ornamentacion mas bella y graciosa

que creó el Oriente y regularizó el genio estético de los pobladores del

Archipiélago: las _postas_ que figuran las olas de la mar; los

_meandros_ ó _grecas_ de listones que se interrumpen y cortan en ángulos

rectos; los _enlaces_ ó _entrelazos_, combinacion preciosa de líneas

rectas y curvas que imita las trenzas del cabello; las _palmetas_, en

que con la mayor donosura alternan hojas agudas y hojas obtusas, unas

replegadas hácia dentro, otras hácia fuera, imitacion feliz del _loto_

asirio y de las palmas fenicia y tebana; el _acanto silvestre_ tan

parecido á la hoja del punzante cardo; el _tulipan_ y la _flor de loto_,

graciosa importacion del arte de Persépolis, al cual fué comunicada por

la arquitectura de Nínive y Babilonia, etc.[522]. Y advertid que además

de estos pedazos de piedra y barro tan lindamente trabajados, quedan en

_Córdoba la vieja_ otros de mármol labrados con el mismo esquisito

gusto, algunos de fondo de color, sobre el cual destacan esos tan

relevados y bien recortados adornos; y en la huerta de S. Gerónimo no

pocos capiteles que de allí se sacaron, los cuales podrian sostener la

competencia con los capiteles corintios del famoso monumento de

Lisícrates de Atenas[523].

La dehesa de _Córdoba la vieja_, que á los ojos del vulgo no es mas que

un llano descampado con leves sinuosidades hácia la parte de la Sierra

en cuya falda apoya, y donde sobre la viciosa vegetacion espontánea

propia de aquel delicioso clima descuellan de trecho en trecho algunas

encinas é higueras silvestres, se descubre inmediatamente á los ojos del

observador atento como vasta ruina de alguna construccion importante, y

á los del arqueólogo como precioso depósito de una de las páginas mas

interesantes del libro monumental: página lastimosamente despedazada,

mas no del todo perdida. Merced á nuestra natural incuria, por regla

general deplorable, ahora por escepcion benéfica, consérvanse hoy estas

ruinas próximamente en el estado mismo en que se hallaban á fines del

siglo XVI y principios del XVII, cuando nos las describian Ambrosio de

Morales y el licenciado Diaz de Rivas sin saber de cuán noble cadáver

hacian la filiacion[524]. Algunos preciosos vestigios que ellos vieron

han desaparecido: quizás han sido cubiertos por la lenta crecida del

terreno. Lo que hoy allí principalmente se advierte es una elevacion de

forma cuadrangular y superficie llana de unos ciento setenta pasos de

longitud, con declives por los tres lados de oriente, poniente y

mediodia, y por el norte unida á la Sierra con varios montículos de

figura irregular, no de formacion natural, sino de escombros en que

facilmente se hallan trozos de piedras bellamente labradas, lastras de

mármol rotas y otros objetos, con solo remover la masa pulverulenta que

cubre la yerba. En el centro mismo del límite meridional de la alta

planicie que domina la llanura, hay un hueco cubierto de espesa maleza,

como indicio de haber existido allí alguna puerta, y desde este punto de

la esplanada parte recta al mediodia por lo bajo de la campiña una

especie de calzada que finaliza en un objeto informe de fábrica de

argamasa y mampostería, pié tal vez de algun robusto torreon de entrada.

¿Sería este por ventura vestigio de aquella segunda puerta de entrada

al alcázar árabe, por donde pasaron á caballo D. Ordoño y su

introductor Ibn Talmís? ¿Sería aquella otra brecha que hemos visto en el

declive meridional de la plaza rectangular la subida á la plataforma

donde se apeó el rey destronado? ¿Ó sería mas bien esta misma plaza

aquel famoso terrado de los tres pabellones donde tantas cosas

memorables acaecieron?... Ultimamente, aquella singular planicie, obra

evidente de los hombres y no de la naturaleza, ¿es un mero terraplen, ó

es el resultado de un hundimiento que conserve quizá intacta la planta

baja de alguna construccion palaciana? ¿Quién podrá hoy saberlo? No

faltan allí en verdad reliquias de grandes construcciones, y cuando otra

cosa no hubiera, bastaria un soberbio ramal de acueducto que sale del

costado de oriente de la indicada plaza en direccion S-E., todo

revestido interiormente de durísima costra de betun liso y bruñido como

escayola, para persuadirse de la gran probabilidad de poder exhumar en

este parage muchos tesoros del arte.

Con mala estrella por cierto hemos comenzado nosotros esta obra[525].

Esperemos sin embargo proseguirla con mejor fortuna; y entonces, si la

elegante y erudita pluma que hasta ahora con plausible modestia no hizo

mas que ensayarse en el bosquejo de la historia de la arquitectura en

España, emprende la árdua tarea que al parecer le está reservada de

analizar detenidamente todos sus períodos y desentrañar sus

singularísimos é interesantes sincronismos, quizás donde hoy deja

lastimada un deplorable vacío[526], tendrá ocasion de trazar con su

acostumbrada animacion y elocuencia la descripcion fiel de muchas

bellezas artísticas que creía perdidas.

Capítulo sesto y último.

_La Sierra y la Campiña._

Si hubiéramos de detenernos en describir todo lo bueno que la provincia

de Córdoba debe á la naturaleza, sería interminable nuestra tarea, pues

siendo la Andalucía el vergel de España, Córdoba es, ó debiera ser al

menos, el vergel de Andalucía. Quede reservado á los naturalistas el

encarecer la fertilidad de su suelo[527], la abundancia de sus

minerales, la hermosura de sus ganados, rivalizando en encomios con

Plinio y Estrabon acerca de la escelencia de sus frutos; y salven ellos

como puedan el compromiso de dejar airoso al poeta Estacio[528] que

tanto elogia la bondad de sus aceites. Nosotros somos los panegiristas

del arte en primer lugar, y secundariamente de la naturaleza en sus

bellas manifestaciones.

Los campos de Córdoba y su tierra estan repartidos en _Sierra_ y

_Campiña_, teniendo por término divisorio entre unos y otros el rio

Guadalquivir, que atraviesa diagonalmente la provincia de N-E. á S-O.,

bajando por cerca de Aldea del Rio hácia Palma, donde se le incorpora el

Genil. La Sierra y sus poblaciones quedan á la derecha de su corriente,

á la izquierda los pueblos de la Campiña. Parte á esta por mitad el rio

Guadajoz, llamado de los antiguos rio Salado (_flumen salsum_), que

atravesando en su nacimiento por la antigua encomienda del castillo de

_Víboras_ de la órden de Calatrava, sale á lo llano poco mas adelante,

recibe otras aguas al pié del castillo de Locubin, baña en su curso á

Castro el Rio fertilizando su deliciosa ribera de huertas por medio de

azudas que mueve su misma corriente, acércase á las villas de Espejo y

Santa Cruz, y sigue por Torres-Cabrera su direccion al Guadalquivir, con

el cual junta murmullos una legua mas abajo de Córdoba. Fertilizaba

antiguamente este rio cerca de Castro los términos de _Ategua_, pueblo

famoso por el largo cerco que sostuvo en la guerra de César con los

hijos de Pompeyo. El Guadajoz es muy celebrado en aquellas guerras

civiles por los autores que de ellas escribieron.

La parte de la Sierra está naturalmente contornada con una doble línea

de aguas corrientes y cordilleras, que forman una especie de pentágono

sobre la márgen derecha del Guadalquivir. Un largo estribo de

Sierra-Morena que de los confines de la provincia de Ciudad Real baja

hasta este rio, llevando como tributo al mismo por un lado las aguas del

arroyo de las Yeguas, por otro las del revuelto y precipitado Jándula,

es su límite oriental. Forma el septentrional el Guadalmez, que baja

desde los cerros de Fuencaliente hasta entrar en el rio Zuja faldeando

uno de los principales ramales de la gran cordillera; y el occidental el

mismo Zuja y el Rembezar, que naciendo en las dos vertientes opuestas de

una montaña, corren el uno al norte y el otro al mediodia, aquel al

Guadiana, este al Guadalquivir. Dentro de este vasto territorio, todo

ceñido de altas cumbres sin mas salida que la llanura por donde el

Guadalmez y el Zuja pasan juntos á regar campos de Estremadura, se

dibujan otras largas cadenas de montañas: una de las cuales lo atraviesa

todo de levante á poniente, de Fuencaliente á Fuenteovejuna, y es la

cordillera principal de los _Montes Marianos_, que va vertiendo á uno y

otro lado las aguas de sus veneros, unas al Guadalquivir, otras al

Guadalmez y al Zuja, contornando elevadas barreras. De aquellos montes

se originan el Guadamellato al pié del alto cerro de Nuestra Señora de

Luna, el Guadalbarbo que recibe las que nacen debajo del castillo de

Cuzna, el Guadiato que vuelca límpidas ondas de varios arroyuelos del

término de Belmez; de estas barreras secundarias resultan otros

riachuelos de menos caudal. Por último, de la gran cadena con que

Sierra-Morena divide por medio el pentágono de la parte montuosa de

Córdoba, se desprenden y caen al mediodia como hileras de gigantes

curiosos de mirarse en la corriente del sacro Bétis, tres principales

ramales; dos de ellos mueren en la ribera, y el tercero en las altas

llanuras donde descuellan las ruinas del castillo de Albacar.

¡Cuántos recuerdos encierran estas ásperas cordilleras! Una de ellas, la

mas oriental, lleva en su mas avanzado estribo el famoso convento de _S.

Francisco del Monte_, que el caballero cordobés D. Martin Fernandez de

Andújar fundó á peticion de D. Enrique III y de la reina D.ª Catalina

cabe las ruinas del antiguo cenobio Armilatense. En él se veneraba la

piadosa imágen de Nuestra Señora de la Esperanza, hallada segun

tradicion entre aquellos vestigios; y en sus claustros vivió retirado el

rey D. Felipe IV durante las carnestolendas del año 1624. Otra, que es

la mas próxima á Córdoba, ostenta en sus alcores el grandioso y severo

monasterio de _S. Gerónimo_, construido con los despojos de la preciosa

Medina-Azzahra; en su cerro de _Nuestra Señora de Belen_ una

congregacion de rígidos anacoretas, cuyas humildes ermitas son para

Andalucía lo que Monserrat para Cataluña, lo que la Tebaida para el

Egipto, lo que el monte Athos para la Rumelia; y al pié de ese cerro la

famosa _Ruzafa_, que despues de haber sido una de las mas deleitosas

quintas de los amires, fué patrimonio de la célebre D.ª Leonor de

Guzman, y despues convento de padres Franciscanos; y hoy... ¡hoy

desierta y miserable fonda! Otra, que espira dentro de una hoz formada

en el llano de Hernan-Paez donde traza el Guadiato su última revuelta

antes de salir brioso á la Campiña, se ilustra con el célebre santuario

de _Nuestra Señora de Villaviciosa_ y con el valle donde fueron

bárbaramente inmolados los siete infantes de Lara. Todas estas cadenas

de montañas y las corrientes que las van acompañando en sus diversas

ondulaciones, llevan en sus faldas y en sus orillas reliquias de

poblaciones antiguas, de arruinados monasterios, de castillos derruidos.

Fuenteovejuna, Azuaga, Belmez, Espiel, Cuzna, Trassierra, son todos

lugares interesantísimos para la historia de la edad media cordobesa,

situados á la parte meridional de Sierra-Morena. Lo mismo puede decirse

de los que ocupan á la otra parte los estribos de la gigantesca

cordillera y las márgenes del Guadamora, del Guadarramilla, del

Guadamatilla y del Zuja, como Belalcázar, Santofimia, Hinojosa,

Torremilano, Villapedroche, Pozoblanco, etc. Muchos de estos lugares

eran de poblacion considerable siendo España provincia romana; de otros

que entonces habia en esta parte de la Beturia de los Túrdulos apenas

queda memoria. Bajo la dominacion de los godos y sarracenos unos

conservaron su importancia, otros la aumentaron, otros se formaron que

antes no existian: muy pocos de los antiguos decayeron, porque la

prosperidad del pais iba siempre en aumento. En los siglos anteriores á

la reconquista no ofrecia de seguro la Sierra el espectáculo de

desolacion y pobreza que hoy presenta. Orlaban las faldas de sus

montañas blancos caseríos; en sus espaciosos valles asentaban risueñas

poblaciones que se mantenian de la industria, del cultivo y del

pastoreo; en sus pingües dehesas y cañadas se apacentaban ganados de

toda especie; tendíanse por sus anchas lomas los viñedos con sus

lagares, los olivares con sus vigas: por sus frescas vegas los edificios

conventuales rodeados de granjas y cortijos; y coronaban sus empinados

cerros fuertes castillos y atalayas, centro aquellos del poderío feudal,

centinelas avanzadas estas de un Estado robusto y floreciente enclavado

en tierra enemiga, único medio entonces conocido de comunicar con

rapidez los sucesos prósperos ó adversos de la guerra. Los arroyos y

rios que vierte por uno y otro lado la Sierra no llegaban como ahora sin

merma á la llanura: recogíase su precioso caudal en acequias para regar

las huertas y vergeles, ó en presas para mover molinos y batanes, ó en

balsas para otras industrias. Con el producto de estas y del fácil

cultivo de tan agradecida tierra, sosteníanse muy granadas las rentas de

las villas, de los señores y de las iglesias. Pero aquella prosperidad

acabó, y hubo muchas causas para que así sucediese: primero la

devastadora furia con que pusieron fin al Califado cordobés las guerras

intestinas de las razas musulmanas agolpadas en Andalucía; luego el

crecimiento del poder castellano, que despues de la conquista de Toledo

hizo de la tierra septentrional de Córdoba pais de frontera, y por

consiguiente de molesto y peligroso vivir; luego causas generales que

paulatinamente fueron predisponiendo la opinion nacional contra las

poblaciones de origen islamita; por último la pésima administracion de

la casa de Austria, que esquilmando á los pueblos para sostener

descabelladas empresas militares y cegándoles al propio tiempo todas las

fuentes de la pública riqueza, que era lo mismo que ordeñar la vaca sin

darle pasto, abrumó á los montañeses de Córdoba con alcabalas y tributos

que no bastaban á satisfacer sus ya escasos provechos. Todavía aquella

privilegiada tierra está brindando á sus naturales con su fertilidad

prodigiosa: fuera de los olivares, naranjales, higuerales, granados,

cidras damasquinas y moreras de que se cubren sus laderas aun

negligentemente labradas, produce la montaña sin que intervenga la mano

del hombre, arrayanes, lentiscos, algarrobos, almezos de dulcísimo

fruto, pinos, avellanos, castaños y acebuches. Fórmanse naturalmente

muchos colmenares en las concavidades de sus peñas; el áspero jabalí, el

tímido gamo, el ciervo corredor, el conejo cauteloso, la pintada perdiz,

el zorzal viajero, el tordo y el estornino amigos de los cañaverales,

estimulan al cazador á sus gratas fatigas; y los criaderos de plata,

oro, cobre, azogue y carbon de piedra que recelan las entrañas de sus

montes, sirven de incentivo á la actividad del minero codicioso. ¿Y qué

alicientes no ofrece ella al amante de la bella naturaleza? El valle

donde está situado el insigne monasterio de S. Gerónimo, con harta

justicia lleva el nombre de _Valparaiso_, pues nada menos que un Eden

representa á los ojos su frescura; cerca de este hay otro llamado

_Vallehermoso_, y tiene tan merecido su nombre, que quien penetra en él

sin saberlo se lo dá de nuevo. Subiendo por él algun trecho se aparece

como jardin de amor en un campo de esmeralda _la senda del rosal_,

llamada así por la estraordinaria abundancia de rosas con que allí plugo

á la madre naturaleza engalanarse el seno y embalsamarse el aliento:

delicioso lecho de flores para la enamorada Diana, que solo los vergeles

de la Ruzafa impregnados de azahar hubieran podido con igual derecho

disputar al Monte Latmos. ¿Pues qué diremos del _pago de Miraflores_, y

qué de otros muchos cuyos nombres no conforman menos con sus lindezas?

En esta amenísima Sierra vamos á comenzar, lector amigo, un viaje aéreo

por toda la provincia de Córdoba, con que pondremos fin á nuestra tarea.

Y en esta jornada postrera tú y yo, como dos nigromantes de esos que el

vulgo llama _brujos_, vamos á dar tres grandes vuelos: el primero á modo

de águilas cerniéndonos sobre las cumbres de las montañas; el segundo

como ánades por las orillas del Guadalquivir abajo; el tercero como

alondras que con inciertos giros revolotean en la campiña de aquí para

allá, atraidas por los destellos de los objetos lucientes, y se

remontan gorjeando cuando no hallan atractivo en el suelo.

VUELO POR LAS MONTAÑAS. Mira al occidente, cerca del nudo que forman

Sierra-Morena y la Sierra de los Santos, sobre una colina que domina una

estensa y pintoresca llanura, entre cerros coronados de torres y

atalayas arruinadas, la villa de _Fuenteovejuna_, que debe á un acto de

sangrienta y heróica venganza la inmortalidad á que en vano hubiera

aspirado como municipio romano[529], como poblacion sarracena guarnecida

con un cinto de muros y un fuerte castillo, y como recompensa digna de

los servicios de un gran maestre de Calatrava. Aplica el oido, que su

nombre suena muy alto y llena toda la comarca, porque es á un mismo

tiempo grito de gloria y melancólico gemido varonil. Prepárate

recordando la época en que á la sombra de la autoridad real fuertemente

constituida, cuajaba en el árbol de la sociedad española la preciosa

yema del derecho comun, á despecho de las injurias de los ricos-hombres

que como sañudos vendabales la combatian. Corre el año 1476: un

orgulloso comendador de Calatrava encastillado en esa villa, sujeta á la

jurisdiccion de la órden por permuta hecha con el gran maestre D. Pedro

Tellez Giron, comete contra sus moradores toda suerte de desmanes y

atropellos: tolera que sus soldados les devoren las haciendas y

deshonren sus casas; él mismo con violencia les quita sus hijas y

mujeres. El pueblo cansado de sufrir se conjura contra el insolente

tirano; ruge el motin á sus puertas apellidando _Fuenteovejuna, vivan

los reyes D. Fernando y D.ª Isabel y mueran los traidores_. Precipítase

dentro la turba enfurecida, hombres, mujeres, niños, armados todos de

espadas, picas, palos y piedras. Trábase en la mas fuerte pieza del

castillo una encarnizada refriega: catorce criados del comendador mueren

á sus piés por defenderle: muere luego el magnate, y su cadáver,

arrojado por una de las ventanas á la calle, es recogido en puntas de

lanzas y espadas. Acuden las mujeres con adufes y sonajas á celebrar la

libertad de la villa, y despues los vecinos ancianos quitan las varas y

cargos de justicia á los que estaban puestos por la órden, y acuden á

Córdoba sujetándose á su jurisdiccion y pidiendo amparo. Quéjanse del

agravio los caballeros de Calatrava al rey y al pontífice: ya los reyes

mandan á la villa jueces pesquisidores. Hélos cabalgando en mulas

regalonas por la márgen del Guadiato arriba; hé ahí rondando el temido

tribunal algunos bárbaros sayones dispuestos á manejar contra el

aterrado vecindario máquinas horribles de tormento de que nunca se hizo

merecedor. Entran en la tremenda prueba hombres, mujeres, niños, y todos

la sufren con heróica constancia: medio lugar padece tormento sin

declarar quiénes dieron la muerte al comendador: _Fuenteovejuna le

mató_, esclaman todos concordes, significando haber armado Dios contra

él el brazo del pueblo entero.--¿Quién mató al comendador? vuelve á

preguntar el obcecado ministro que no comprende tan sublime

respuesta.--Fuenteovejuna, contestan todos.--¿Quién es Fuenteovejuna?

pregunta de nuevo aquel.--Todos los vecinos de la villa.--¿Quiénes son

los vecinos de la villa?--Y vuelve á resonar entre dolorosos gemidos de

muerte la misma heróica respuesta: _Fuenteovejuna_. Sabedora Córdoba del

caso, representa inmediatamente á los reyes: los pesquisidores suspenden

los tormentos: la ciudad prueba los desafueros y tiranías del comendador

asesinado, y los reyes, convencidos de que su muerte fué castigo del

cielo, mandan sobreseer en la causa formada al lugar.

Atravesamos ahora la gran cordillera y nos suspendemos, no lejos de la

confluencia del Guadamatilla con el Zuja, sobre un llano donde descuella

una poblacion que tiene al norte un cerro ceñido por un arroyo, y en él

los restos de uno de los mas soberbios alcázares de la España del siglo

XV. Es _Belalcázar_, nombre dado por el fundador de aquella insigne

fortaleza D. Gutierre de Sotomayor, maestre de la órden de Alcántara, á

quien hizo merced de la poblacion el rey D. Juan II. No habia en toda la

tierra aledaña alcázar de mas estupenda estructura: mil varas de

estension ocupa todavía su muro de cantería, el cual formaba un gran

cuadrilátero fortalecido con veinticuatro cubos y defendida por un

castillo con ocho torres y un foso de treinta piés de anchura. Erigida

la villa en condado, el nieto del maestre lo gozaba espléndidamente

establecido en su magnífico alcázar. Su madre D.ª Elvira de Zúñiga,

temerosa de los estragos que suele causar en los jóvenes de alma mas

generosa la vida de soldado, le retenia con frecuencia en Belalcázar,

aunque servia á los Reyes Católicos en su corte y en las guerras contra

los moros, y el valeroso caballero se daba á la montería, ejercicio muy

propio de la gente moza y noble en aquellos tiempos. Volviendo un dia de

una de sus cacerías, y habiéndose separado gran trecho de él sus criados

persiguiendo á una res herida, advirtió que le seguia muy de cerca un

hombre alto y amulatado.--Pasad adelante, ó quedaos atrás, díjole el

conde, viéndole ya muy junto á su caballo.--Deseo tratar en secreto con

su señoría, respondió el desconocido, cierto negocio de grande

importancia.--Quedaos atrás, replicó el conde, y en llegando al castillo

os oiré despacio. Picó al caballo, entró en su alcázar, y de allí á poco

llegó al puente levadizo el hombre alto y moreno, á quien se permitió la

entrada por haberlo ya prevenido el dueño. Pidió á este el misterioso

aparecido hablarle sin testigos: el jóven caballero despidió á sus

criados presentes, y quedaron los dos solos. Habia sobre una mesa dos

velas encendidas, porque ya iba cerrando la noche: tendió el brazo el

huésped y las apagó, y bastaron su rostro de ascua y sus ojos de

azuladas llamas para dar luz al aposento. Lo que entre los dos pasó allí

no se sabe: el efecto sí, y fué que el conde de Belalcázar D. Juan de

Sotomayor, siendo mozo soltero y de aventajadas prendas, renunció su

estado en su hermano D. Gutierre, y dejando el mundo se hizo religioso.

Fué muy estremado en todas las virtudes, señaladamente en la humildad,

pues la misma tierra que habia sido teatro de su alegre mocedad, le vió,

siendo Fr. Juan de la Puebla, con el hábito de S. Francisco ejercitarse

en los oficios mas bajos y penosos en servicio de los pobres y de los

religiosos descalzos que estableció en la comarca. Fué el fundador de

una provincia de las mas insignes de la órden, la cual teniendo por

núcleo la ermita de Nuestra Señora de los Angeles, creció antes de la

muerte del conde santo tan rápidamente, que la Sierra por aquella parte

se trasformó en un nuevo Carmelo[530].

El condado de Belalcázar con sus lugares, el marquesado de _Santofimia_

(ó Sta. Eufemia) y las villas de _Hinojosa_ y _Torremilano_, componen lo

que en la España romana denominaban los escritores latinos regiones de

los _ossintigisis_. Rasis llama á esta parte de la Sierra _el llano de

las bellotas_, por estar muy poblada de encinares.

Córdoba · 第 33 / 53 段